Hacia la unión con Dios

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La unión de los cristianos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2015

«Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por dios para su pueblo» (Carta apostólica Tertio millenio adveniente, nº 34).

Resulta u poco duro oír hablar a un Papa así, pero es conveniente que ese llamado de atención, ese «campanazo» de alerta conmueva nuestras entrañas al comenzar el siglo XXI.

«Es este un problema crucial para el testimonio evangélico en el mundo», continúa diciendo en su carta apostólica. Sin importar si los budistas o mahometanos tienen más o menos divisiones que nosotros, el espectáculo que brindamos al mundo es deplorable: Jesús es amor y estamos divididos. Jesús es amor y nos decimos cosas que hieren. Jesús nos dio, como despedida, el “amaos los unos a los otros como yo os he amado” y no lo hemos puesto en práctica.

Cada vez que rechazamos de palabra o de obra, a uno de nuestros hermanos, porque son Cristianos Evangélicos, Pentecostales, etc., estamos, sin quererlo quizá, poniendo un ladrillo más en el muro que nos separa.

En cambio, si se responde cada afrenta como Él nos enseñó, poniendo la otra mejilla, dando todo a quien se lo quiere llevar, amando de corazón y disculpando todo antes de ir al presentar la ofrenda al Altar, estaremos forjando la unión que quería el Papa cuando escribía «Comprometiendo a los cristianos, en sintonía con la gran invocación de Cristo, antes de la pasión: que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros (Jn 17, 21)».

Pero el Santo Padre hace énfasis en que «la unidad, en definitiva, es un don del Espíritu Santo». Por eso, traza el plan de trabajo:

  1. Oración ecuménica continua y creciente para lograr ese don.
  2. Compromiso de penitencia y de conversión.
  3. Actualización generosa de las directrices del Concilio.
  4. No caer en ligerezas o reticencias al testimoniar la verdad.
  5. Fomentar la unión en los postulados que nos unen, en vez de subrayar los que nos separan, ya que aquellos son siempre más que estos.

Este es el derrotero que se pone hoy ante nuestros ojos, con respecto a uno de los pecados que más hacen sufrir al Corazón de Jesús, infinita fuente de misericordia: oración, penitencia y obediencia.

 

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Ciclo A, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 31, 2011

Y empezó una nueva historia

 

Comenzó Jesús a proclamar este mensaje: «Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está ahora cerca». Luego, se dedicó a escoger a los apóstoles, y cumplió las predicciones de Isaías iniciando una nueva era: los hombres iban a ser ahora conocedores de los designios de Dios.

Con esta nueva era, la historia de la humanidad se iba a partir en dos: habíamos pecado y merecíamos la muerte eterna, no le encontrábamos sentido a nuestras vidas y no sabíamos cómo ser felices: vivíamos en la angustia y en la oscuridad de la ignorancia.

Pero mientras caminábamos en la noche, divisamos una luz grande; cuando habitábamos el oscuro país de la muerte, fuimos iluminados: todos empezaron a oír cómo Jesús, el Hombre–Dios, mostraba el camino de la felicidad a los seres humanos y les prometía la vida eterna. Los hombres, atónitos, apreciaban cómo curaba en el pueblo todas las dolencias y enfermedades y, lo que sería mejor, tres años después verían cómo pagaba todas sus culpas muriendo en una cruz

Así nos ha bendecido y nos ha colmado de alegría. Por eso celebramos la Eucaristía: es una fiesta como en un día de siega, como la alegría de los que reparten el botín tras la victoria.

Así se marcó el inicio de una nueva era. La era de los hijos de Dios, de los hijos de la luz, los que ya tienen respuesta a las preguntas más trascendentales de la vida. ¿Queremos pertenecer a esa nueva era, la era del conocimiento de la verdad? Si respondemos afirmativamente, ¿cómo lo haremos?

Hoy mismo nos responde san Pablo: que nos pongamos de acuerdo y terminemos con las divisiones; que tengamos un mismo modo de pensar y los mismos criterios. Que todos digamos: «Yo soy de Cristo». Que aprendamos que Dios–Padre nos ama y por eso tenemos ahora una nueva oportunidad de llegar a gozar de la eterna felicidad en el Cielo. No la desaprovechemos, porque esa es la nueva era, la del Amor de Dios en nuestras vidas.

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