Hacia la unión con Dios

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La riqueza

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2016

 

Riqueza 2

 

El trabajo honesto ofrece dignidad; no gran riqueza, por cierto. Es que la riqueza no es un don de Dios: es una prueba difícil de superar, sin sentir avidez por ella o sin tener soberbia o egoísmo.

 

La riqueza es para compartirla con quien no la posee, no para Riquezavanagloriarse.

 

Es la prueba más difícil para el alma. Y esto a muchos podrá parecer extraño.

 

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PLACER SUBLIME

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 4, 2014

Recién aparecido el ser humano sobre la tierra comenzó a preguntarse sobre su vida, su esencia, su razón de ser… Miles y miles de preguntas más le surgieron y, después de unos doscientos mil años, muchas no se han contestado.

Hay quienes por ejemplo, desde una perspectiva teocéntrica, han postulado la idea de que Dios creó al hombre. Y, más recientemente, con una mirada antropocéntrica, otros afirman que fue el hombre quien inventó la idea de un Dios, creador de todo. Pero se multiplican las creencias, y la cosmovisión de muchos es tan plural que habría que invertir varias vidas estudiándolas todas.

Ante semejante panorama, es admirable descubrir la ignorancia en la que todavía se encuentra el ser humano con respecto a estos temas tan trascendentales para sí mismo y para su vida, transcurridos tantos milenios, sobre todo ante los vertiginosos avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos.

Pero no solo es admirable; aterra saber que miles de millones de personas viven en un sinsentido parecido en muchos aspectos— al de los animales: nacen, crecen, se reproducen y mueren; hacen sus elecciones —profesión, matrimonio, lugar y estilo de vida, etc.— sin criterios claros sobre la razón última de su ser; no le dan más trascendencia a sus vidas que la de prever su futuro más inmediato, sin contemplar siquiera la posibilidad de que la vida siga después de la muerte, tal y como lo comenzó a intuir la especie humana desde sus comienzos. Además, se preguntaba sobre la posibilidad de la existencia de otros seres más allá de lo tangible y visible: seres espirituales, buenos y malos, con quienes quizá podrían interactuar y hasta valerse de ellos para cambiar las leyes de la naturaleza, como se empezó a creer en los inicios de la especie humana…

Sin embargo, siempre se ha oído hablar de algunos que han desarrollado su vida espiritual hasta llegar a la contemplación pura del mundo espiritual y al conocimiento de los espíritus; es decir, que han vivido experiencias místicas.

Entre la inconsciencia de unos y la profunda espiritualidad de otros se encuentran las actitudes que tienen los seres humanos frente a los cuestionamientos más profundos de su existencia, pero es evidente que —y hoy más que nunca— son más quienes viven sin desarrollar su plano espiritual, quedándose satisfechos dándole relieve únicamente a sus otros dos planos: el biológico y el psicológico; queda así truncada la integridad de su esencia, de su naturaleza, de su sustancia, con lo que muy difícilmente lograrán el pleno desarrollo de su ser y, por ende, la felicidad que tanto anhelan y persiguen, a pesar de que se les muestra tan esquiva.

Son varias las religiones que reclaman para sí las experiencias místicas más elevadas, pero no se puede negar que hay 3 características que las hacen más sublimes y, por consiguiente, más plenamente humanas:

1) las que producen la transformación moral del individuo: pasar un hombre de la maldad a la bondad, como es el caso de quienes dejan de matar, robar, ser infieles a sus esposas, etc., para comenzar una vida de bien,

2) las que facultan al individuo a realizar actos sobrenaturales, es decir, actos que no pueden realizar los seres humanos naturalmente (perdonar, por ejemplo, a quienes mataron a un hijo) y

3) el enaltecimiento de la facultad más elevada del ser humano: amar; tal es el caso de las personas que son capaces de olvidarse de sí mismas para conseguir el bien de otro (o de otros), sin esperar nada a cambio, y cuyo mayor ejemplo es el de quienes gastan su vida, día a día, en una labor de servicio humanitario o el de quienes llegan al extremo de morir por otros seres humanos, por amor a Dios, y que son llamados comúnmente mártires o testigos.

Ninguna de estas 3 acciones es posible, a menos de que se reciba una fuerza sobrenatural, un empuje espiritual que viene de lo alto, de una entidad superior, y solo el cristianismo ha mostrado evidencias claras al respecto: conversiones de personas que dejan el mal para siempre, capacidad de realizar acciones verdaderamente sobrenaturales y entrega total al servicio gratuito y desinteresado, a veces hasta la muerte, solo por amor a Dios y a la humanidad.

Efectivamente, al revisar toda la teología espiritual (ascético-mística) del cristianismo, se encuentra una doctrina sólida, amplia y profundamente desarrollada por maestros espirituales llamados los santos místicos.

En esta doctrina se enseña que Dios desciende hacia la criatura, para hacerla primero capaz de actos divinos y, después, de disponerse para una unión cada vez más íntima con Él. Y esa unión es el placer más elevado que puede experimentar el ser humano, puesto que fue creado para disfrutarlo.

Las personas que han experimentado este estado de unión, aun cuando sea incipiente, como suele ocurrir al comienzo, ya no desean en esta vida otra cosa que volver a vivirla y, ojalá, acentuarla cada vez más, pues descubren que todos los placeres biológicos o psicológicos —incluso el más elevado de todos: el amor humano— palidecen frente a un instante de esta unión con Dios: se siente tanto gozo espiritual, tantos consuelos y deleites espirituales, que ya no se desea seguir viviendo; lo único a lo que se aspira desde ese momento es conseguir esa unión con Dios: el máximo placer, el placer más sublime y elevado de todos.

Pero se explica que esto va ocurriendo paulatinamente, en 2 medidas: tanto cuanto Dios quiere participar de su Ser a la criatura y tanto cuanto la criatura se dispone para tal unión.

En este proceso, Dios va llenando a la persona de su gracia, que es un don, un regalo, un favor que le hace sin merecimiento alguno de su parte, con la que la va llenando primero de virtudes sobrenaturales y, después, de los 7 dones del Espíritu Santo, que la facultan para la unión con Dios.

Por su parte, la persona debe ser primero muy humilde: totalmente consciente de su condición de criatura, débil, proclive al mal e incapaz del bien, necesitada de la ayuda divina; y debe, además, vivir en gracia de Dios (cumpliendo los mandamientos), frecuentar los Sacramentos (asistir a Misa y comulgar, ojalá diariamente, y confesarse al menos una vez al mes) y hacer oración mental (dedicar diariamente un tiempo para hablar con ese Dios que la ama inmensa e intensamente y que lo único que quiere es hacerla feliz). Y le conviene conseguir un director espiritual que ya haya experimentado la unión con Dios, para dejarse guiar por él en este asunto de tanta trascendencia.

En la medida en la que la persona va dejando que Dios se acerque a ella, cumpliendo los requisitos dichos, Él le va dando esos regalos que la harán totalmente feliz.

Lo primero que le obsequia es la paz; una paz distinta a la que conocía. Se supo de un hombre que era conocido por todos como uno de los seres humanos más serenos, más tranquilos, más llenos de paz… Él mismo era consciente de ello, pues veía a muchos intranquilos, angustiados, ansiosos, etc. Pero el día en el que Dios lo visitó espiritualmente y le dejó la paz que Él deja en sus primeras visitas, este hombre descubrió que antes de esta experiencia estaba muy lejos de saber lo que era la paz auténtica, que lo que él creía que era paz no era ni un esbozo de la verdadera…

En otra ocasión, Dios le regaló una virtud por la que había luchado durante casi treinta años sin éxito: no controvertir sobre asuntos de Fe, pues siempre terminaba discutiendo acaloradamente con cuantos discrepaban de sus creencias. Se arrepentía después de cada suceso, pero no lograba erradicar su defecto, que atentaba contra la caridad que le debía a los demás. Un día, estando en oración, Dios se le presentó y le mostró su perfección, su santidad, su grandeza; y le dejó ver parte de la gran imperfección a la que este hombre estaba sometido, su miseria y cómo lo afeaban sus pecados… Después de este episodio, jamás volvió a discutir con nadie: quedó convencido de que no tenía autoridad moral para controvertir, y Dios le dio la fuerza para callar, orar y confiar más en Él que en los argumentos que solía poner para defender sus puntos de vista.

Y así, la persona va recibiendo de Dios dones cada vez más elevados, como el de una pareja de esposos que fue a visitar públicamente —los mostraron por la televisión— al asesino de su hijo, para perdonarlo: la audiencia vio aterrada el momento en el que ese par de señores mayores saludaban al sicario y le decían que lo perdonaban por amor a Dios.

La evidencia del Amor de Dios en estas experiencias llega a ser tan fuerte, que las personas adquieren una confianza ilimitada en ese Amor, y nada los perturba, nada los angustia, nada los preocupa… Saben que Dios tiene esta triple condición: 1) es infinitamente poderoso, 2) sabe qué es lo mejor para ellos y 3) los ama tanto, que solo les propiciará o permitirá lo mejor; por eso se abandonan totalmente en el Amor que ya experimentaron místicamente.

Y por eso mismo, aunque trabajan con responsabilidad en los asuntos temporales para hacer de este un mundo mejor y así dar gloria a Dios, les es indiferente la salud o la enfermedad, el bienestar o el malestar, la pobreza o la riqueza, tener trabajo o estar vacantes, la soledad o la compañía… Saben que todo está calculado sabiamente por Dios para conseguirles lo único que importa: la eternidad junto al Amor de los amores. En todas sus empresas e intereses —trabajo, familia, salud, educación, vestido, vivienda, alimentación, servicios a la comunidad…— ponen todos los medios y esfuerzos para que salgan lo mejor posible, pero dejan a Dios los resultados.

A quienes Dios une a Sí mismo de esta manera ya no les importa el cansancio: trabajan infatigablemente por el ideal más grande de todos: enseñar al mundo entero que esta vida es una sombra, es oscuridad; y que con la luz que Dios nos da en esas experiencias místicas comenzamos a ver la verdad: que lo único que importa es lograr cuanto podamos esa unión con Dios ahora —en el tiempo presente—, que después consigamos la unión completa y eterna con el Amor —¡la dicha eterna!—, y que nos llevemos a muchos a ese estado de felicidad, que jamás podremos describir, pues “ni ojo vio ni oído oyó ni llegó jamás a la mente de nadie lo que Dios tiene preparado para los que esperan en Él”.

Están seguros de que los sufrimientos que Dios les permite son para su propio bien y el bien de otros, porque saben que fue con sus sufrimientos como Cristo consiguió esa luz para la humanidad, y se sienten dichosos de sufrir con Cristo para ayudar a muchos a entender la vida tal y como es en realidad. Y por eso, ya no piden nada, fuera de la salvación y santificación (que es la unión con Dios) de todos: conocidos y desconocidos.

Y así como están dispuestos a vivir por este ideal, también lo están, si es necesario, a morir por él. Es por eso que solo en el cristianismo se ven mártires que dan la vida por amor a Jesucristo y por la felicidad auténtica de sus hermanos, los hombres. Muchos de ellos, en medio de sus sufrimientos mientras los martirizan y matan, cantan y alaban a Dios dichosos, pues son los seres humanos más felices; y lo serán plena y eternamente.

 

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La riqueza no es un don*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 15, 2011

“El trabajo honesto ofrece dignidad,

no gran riqueza, por cierto, pero

la riqueza no es un don de Dios,

es una prueba difícil de superar

sin sentir avidez por ella,

o tener soberbia, sin egoísmo;

porque la riqueza es

para compartir con quien no la posee,

no para vanagloriarse.

Es la prueba más difícil para el alma;

y esto a muchos podrá parecer extraño.”

Jesús


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¿Qué dice la Biblia acerca del don de lenguas?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 30, 2010

 

«Busquen el amor y aspiren a los dones espirituales, especialmente al don de profecía. El que habla en lenguas habla a Dios, pero no a los hombres, pues nadie le entiende cuando habla en espíritu y dice cosas misteriosas. El que profetiza, en cambio, lo hace para dar a los demás firmeza, aliento y consuelo. El que habla en lenguas se fortalece a sí mismo, mientras que el profeta edifica a la Iglesia.

«Me alegraría que todos ustedes hablaran en lenguas, pero más me gustaría que todos fueran profetas. Es mucho mejor tener profetas que quien hable en lenguas, a no ser que haya quien las interprete y así toda la Iglesia saque provecho. Supongan, hermanos, que yo vaya donde ustedes hablando en lenguas, ¿de qué les serviría si no les llevase alguna revelación, con palabras de conocimiento, profecías o enseñanzas?

«Tomen un instrumento musical, ya sea una flauta o el arpa; si no doy las notas con sus intervalos, ¿quién reconocerá la melodía que estoy tocando? Y si el toque de la trompeta no se parece a nada, ¿quién correrá a su puesto de combate? Lo mismo ocurre con ustedes y sus lenguas: ¿quién sabrá lo que han dicho si no hay palabras que se entiendan? Habrá sido como hablar al viento. Por muchos idiomas que haya en el mundo, cada uno tiene sus palabras, pero si yo no conozco el significado de las palabras, seré un extranjero para el que habla, y el que habla será un extranjero para mí.

«Tomen esto en cuenta, y si se interesan por los dones espirituales, ansíen los que edifican la Iglesia. Así no les faltará nada. El que habla en alguna lengua, pida a Dios que también la pueda interpretar.

«Cuando oro en lenguas, mi espíritu reza, pero mi entendimiento queda inactivo. ¿Estará bien esto? Debo rezar con mi espíritu, pero también con mi mente. Cantaré alabanzas con el espíritu, pero también con la mente. Si alabas a Dios sólo con el espíritu, ¿qué hará el que se conforma con escuchar? ¿Acaso podrá añadir «amén» a tu acción de gracias? Pues no sabe lo que has dicho. Tu acción de gracias habrá sido maravillosa, pero a él no le ayuda en nada.

«Doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos ustedes. Pero cuando me encuentro en la asamblea prefiero decir cinco palabras mías que sean entendidas y ayuden a los demás, antes que diez mil en lenguas.

«Hermanos, no sean niños en su modo de pensar. Sean como niños en el camino del mal, pero adultos en su modo de pensar. Dios dice en la Ley: Hablaré a este pueblo en lenguas extrañas y por boca de extranjeros, pero ni así me escucharán. Entiendan, pues, que hablar en lenguas es una señal para quienes no creen, pero no para los creyentes; en cambio, la profecía es para los creyentes, no para los que no creen.

«Con todo, supongan que la Iglesia entera estuviera reunida y todos hablasen en lenguas y entran algunas personas no preparadas o que todavía no creen. ¿Qué dirían? Que todos están locos. Por el contrario, supongan que todos están profetizando y entra alguien que no cree o que no tiene preparación, y todos le descubren sus errores, le dicen verdades y le hacen revelaciones. Este, al ver descubiertos sus secretos más íntimos, caerá de rodillas, adorará a Dios y proclamará: Dios está realmente entre ustedes.

«¿Qué podemos concluir, hermanos? Cuando ustedes se reúnen, cada uno puede participar con un canto, una enseñanza, una revelación, hablando en lenguas o interpretando lo que otro dijo en lenguas. Pero que todo los ayude a crecer. ¿Quieren hablar en lenguas? Que lo hagan dos o tres al máximo, pero con limitación de tiempo, y que haya quien interprete. Si no hay nadie que pueda interpretar, que se callen en la asamblea y reserven su hablar en lenguas para sí mismos y para Dios.

«En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y los demás hagan un discernimiento. Si alguno de los que están sentados recibe una revelación, que se calle el que hablaba. Todos ustedes podrían profetizar, pero uno por uno, para que todos aprendan y todos sean motivados, pues los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas. En todo caso, la obra de Dios no es confusión, sino paz.

«Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas como lo dice la Ley, y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea.

«¿Acaso la palabra de Dios partió de ustedes, o ha llegado tal vez sólo a ustedes? Los que entre ustedes son considerados profetas o personas espirituales reconocerán que lo que les escribo es mandato del Señor. Y si alguien no lo reconoce, tampoco él será reconocido. Por lo tanto, hermanos, aspiren al don de la profecía y no impidan que se hable en lenguas, pero que todo se haga en forma digna y ordenada.» (1 Co, 14, 1-40)

«Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica.» (Jn 13, 17)

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Posición de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2009

CONGREGACIÓN PARA EL CLERO

REFLEXIONES DEL CARDENAL CLAÚDIO HUMMES
CON MOTIVO DEL XL ANIVERSARIO DE LA CARTA ENCÍCLICA
«SACERDOTALIS CAELIBATUS»
DEL PAPA PABLO VI

La importancia del celibato sacerdotal

Al entrar en el XL aniversario de la publicación de la encíclica Sacerdotalis caelibatus de Su Santidad Pablo VI, la Congregación para el clero cree oportuno recordar la enseñanza magisterial de este importante documento pontificio.

En realidad, el celibato sacerdotal es un don precioso de Cristo a su Iglesia, un don que es necesario meditar y fortalecer constantemente, de modo especial en el mundo moderno profundamente secularizado.

En efecto, los estudiosos indican que los orígenes del celibato sacerdotal se remontan a los tiempos apostólicos. El padre Ignace de la Potterie escribe:  “Los estudiosos en general están de acuerdo en decir que la obligación del celibato, o al menos de la continencia, se convirtió en ley canónica desde el siglo IV (…). Pero es importante observar que los legisladores de los siglos IV o V afirmaban que esa disposición canónica estaba fundamentada en una tradición apostólica. Por ejemplo, el concilio de Cartago (del año 390) decía:  “Conviene que los que están al servicio de los misterios divinos practiquen la continencia completa (continentes esse in omnibus) para que lo que enseñaron los Apóstoles y ha mantenido la antigüedad misma, lo observemos también nosotros”” (cf. Il fondamento biblico del celibato sacerdotale, en:  Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale. Cinisello Balsamo 1993, pp. 14-15). En el mismo sentido, A.M. Stickler habla de argumentos bíblicos en favor del celibato de inspiración apostólica (cf. Ch. Cochini, Origines apostoliques du Célibat sacerdotal, Prefacio, p. 6).

Desarrollo histórico

El Magisterio solemne de la Iglesia reafirma ininterrumpidamente las disposiciones sobre el celibato eclesiástico. El Sínodo de Elvira (300-303?), en el canon 27, prescribe:  “El obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios; pero en modo alguno plugo (al Concilio) que tengan a una extraña” (Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, ed. Herder, Barcelona 1955, n. 52 b, p. 22); y en el canon 33:  “Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” (ib., 52 c).

También el Papa Siricio (384-399), en la carta al obispo Himerio de Tarragona, fechada el 10 de febrero de 385, afirma:  “El Señor Jesús (…) quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que él es esposo, irradiara con esplendor (…). Todos los sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir, que desde el día de nuestra ordenación consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos” (ib., n. 89, p. 34).

En el primer concilio ecuménico de Letrán, año 1123, en el canon 3 leemos:  “Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió que habitaran el concilio de Nicea (325)” (ib., n. 360, p. 134).

Asimismo, en la sesión XXIV del concilio de Trento, en el canon 9 se reafirma la imposibilidad absoluta de contraer matrimonio a los clérigos constituidos en las órdenes sagradas o a los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad; con ella, la nulidad del matrimonio mismo, juntamente con el deber de pedir a Dios el don de la castidad con recta intención (cf. ib., n. 979, p. 277).

En tiempos más recientes, el concilio ecuménico Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis (n. 16), reafirmó el vínculo estrecho que existe entre celibato y reino de los cielos, viendo en el primero un signo que anuncia de modo radiante al segundo, un inicio de vida nueva, a cuyo servicio se consagra el ministro de la Iglesia.

Con la encíclica del 24 de junio de 1967, Pablo VI mantuvo una promesa que había hecho a los padres conciliares dos años antes. En ella examina las objeciones planteadas a la disciplina del celibato y, poniendo de relieve sus fundamentos cristológicos y apelando a la historia y a lo que los documentos de los primeros siglos nos enseñan con respecto a los orígenes del celibato-continencia, confirma plenamente su valor.

El Sínodo de los obispos de 1971, tanto en el esquema presinodal Ministerium presbyterorum (15 de febrero) como en el documento final Ultimis temporibus (30 de  noviembre), afirma la necesidad de conservar el celibato en la Iglesia latina, iluminando su fundamento, la convergencia de los motivos y las condiciones que lo favorecen (Enchiridion del Sínodo de los obispos, 1. 1965-1988; edición de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, Bolonia 2005, nn. 755-855; 1068-1114; sobre todo los nn. 1100-1105).

La nueva codificación de la Iglesia latina de 1983 reafirma la tradición de siempre:  “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Código de derecho canónico, can. 277, 1).
En la misma línea se sitúa el Sínodo de 1990, del que surgió la exhortación apostólica del siervo de Dios Papa Juan Pablo II Pastores dabo vobis, en la que el Sumo Pontífice presenta el celibato como una exigencia de radicalismo evangélico, que favorece de modo especial el estilo de vida esponsal y brota de la configuración del sacerdote con Jesucristo, a través del sacramento del Orden (cf. n. 44).

El Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, que recoge los primeros frutos del gran acontecimiento del concilio ecuménico Vaticano II, reafirma la misma doctrina:  “Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres  creyentes  que  viven  como célibes y  que tienen  la  voluntad de guardar el celibato por el reino de los cielos” (n. 1579).

En el más reciente Sínodo, sobre la Eucaristía, según la publicación provisional, oficiosa y no oficial, de sus proposiciones finales, concedida por el Papa Benedicto XVI, en la proposición 11, sobre la escasez de clero en algunas partes del mundo y sobre el “hambre eucarística” del pueblo de Dios, se reconoce “la importancia del don inestimable del celibato eclesiástico en la praxis de la Iglesia latina”. Con referencia al Magisterio, en particular al concilio ecuménico Vaticano II y a los últimos Pontífices, los padres pidieron que se ilustraran adecuadamente las razones de la relación entre celibato y ordenación sacerdotal, respetando plenamente la tradición de las Iglesias orientales. Algunos hicieron referencia a la cuestión de los viri probati, pero la hipótesis se consideró un camino que no se debe seguir.

El pasado 16 de noviembre de 2006, el Papa Benedicto XVI presidió en el palacio apostólico una de las reuniones periódicas de los jefes de dicasterio de la Curia romana. En esa ocasión se reafirmó el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica ininterrumpida, así como la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados.

Las razones del sagrado celibato

En la encíclica Sacerdotalis caelibatus, Pablo VI presenta al inicio la situación en que se encontraba en ese tiempo la cuestión del celibato sacerdotal, tanto desde el punto de vista del aprecio hacia él como de las objeciones. Sus primeras palabras son decisivas y siguen siendo actuales:  “El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras” (n. 1).

Pablo VI revela cómo meditó él mismo, preguntándose acerca del tema, para poder responder a las objeciones, y concluye:  “Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe, también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida tanto en la comunidad de los fieles como en la profana” (n. 14).

“Ciertamente —añade el Papa—, como ha declarado el sagrado concilio ecuménico Vaticano II, la virginidad “no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales” (Presbyterorum ordinis, 16), pero el mismo sagrado Concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos” (n. 17).

Es verdad. El celibato es un don que Cristo ofrece a los llamados al sacerdocio. Este don debe ser acogido con amor, alegría y gratitud. Así, será fuente de felicidad y de santidad.

Las razones del sagrado celibato, aportadas por Pablo VI, son tres:  su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.

Comencemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús, el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, “se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento, entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad” (n. 19).

El mismo matrimonio natural, bendecido por Dios desde la creación, pero herido por el pecado, fue renovado por Cristo, que “lo elevó a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia. (…) Cristo, mediador de un testamento más excelente (cf. Hb 8, 6), abrió también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (cf. 1 Co 7, 33-35), manifiesta de modo más claro y complejo la realidad, profundamente innovadora del Nuevo Testamento” (n. 20).

Esta novedad, este nuevo camino, es la vida en la virginidad, que Jesús mismo vivió, en armonía con su índole de mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. “En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres” (n. 21). Servicio de Dios y de los hombres quiere decir amor total y sin reservas, que marcó la vida de Jesús entre nosotros. Virginidad por amor al reino de Dios.

Ahora bien, Cristo, al llamar a sus sacerdotes para ser ministros de la salvación, es decir, de la nueva creación, los llama a ser y a vivir en novedad de vida, unidos y semejantes a él en la forma más perfecta posible. De ello brota el don del sagrado celibato, como configuración más plena con el Señor Jesús y profecía de la nueva creación. A sus Apóstoles los llamó “amigos”. Los llamó a seguirlo muy de cerca, en todo, hasta la cruz. Y la cruz los llevará a la resurrección, a la nueva creación perfeccionada. Por eso sabemos que seguirlo con fidelidad en la virginidad, que incluye una inmolación, nos llevará a la felicidad. Dios no llama a nadie a la infelicidad, sino a la felicidad. Sin embargo, la felicidad se conjuga siempre con la fidelidad. Lo dijo el recordado Papa Juan Pablo II a los esposos reunidos con él en el II Encuentro mundial de las familias, en Río de Janeiro.
Así se llega al tema del significado escatológico del celibato, en cuanto que es signo y profecía de la nueva creación, o sea, del reino definitivo de Dios en la Parusía, cuando todos resucitaremos de la muerte.

Como enseña el concilio Vaticano II, la Iglesia “constituye el germen y el comienzo de este reino en la tierra” (Lumen gentium, 5). La virginidad, vivida por amor al reino de Dios, constituye un signo particular de los “últimos tiempos”, pues el Señor ha anunciado que “en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Sacerdotalis caelibatus, 34).

En un mundo como el nuestro, mundo de espectáculo y de placeres fáciles, profundamente fascinado por las cosas terrenas, especialmente por el progreso de las ciencias y las tecnologías —recordemos las ciencias biológicas y las biotecnologías—, el anuncio de un más allá, o sea, de un mundo futuro, de una parusía, como acontecimiento definitivo de una nueva creación, es decisivo y al mismo tiempo libra de la ambigüedad de las aporías, de los estrépitos, de los sufrimientos y contradicciones, con respecto a los verdaderos bienes y a los nuevos y profundos conocimientos que el progreso humano actual trae consigo.

Por último, el significado eclesiológico del celibato nos lleva más directamente a la actividad pastoral del sacerdote.

La encíclica Sacerdotalis caelibatus afirma:  “la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (n. 26). El sacerdote, semejante a Cristo y en Cristo, se casa místicamente con la Iglesia, ama a la Iglesia con amor exclusivo. Así, dedicándose totalmente a las cosas de Cristo y de su Cuerpo místico, el sacerdote goza de una amplia libertad espiritual para ponerse al servicio amoroso y total de todos los hombres, sin distinción.

“Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios” (n. 30).
La encíclica añade, asimismo, que el celibato aumenta la idoneidad del sacerdote para la escucha de la palabra de Dios y para la oración, y lo capacita para depositar sobre el altar toda su vida, que lleva los signos del sacrificio (cf. nn. 27-29).

El valor de la castidad y del celibato

El celibato, antes de ser una disposición canónica, es un don de Dios a su Iglesia; es una cuestión vinculada a la entrega total al Señor. Aun distinguiendo entre la disciplina del celibato de los sacerdotes seculares y la experiencia religiosa de la consagración y de la profesión de los votos, no cabe duda de que no existe otra interpretación y justificación del celibato eclesiástico fuera de la entrega total al Señor, en una relación que sea exclusiva, también desde el punto de vista afectivo; esto supone una fuerte relación personal y comunitaria con Cristo, que transforma el corazón de sus discípulos.

La opción del celibato hecha por la Iglesia católica de rito latino se ha realizado, desde los tiempos apostólicos, precisamente en la línea de la relación del sacerdote con su Señor, teniendo como gran icono el “¿Me amas más que estos?” (Jn 21, 15), que Jesús resucitado dirige a Pedro.

Por tanto, las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas del celibato, todas ellas arraigadas en la comunión especial con Cristo a la que está llamado el sacerdote, pueden tener diversas expresiones, según lo que afirma autorizadamente la encíclica Sacerdotalis caelibatus.
Ante todo, el celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral” (n. 24). La caridad es el criterio supremo para juzgar la vida cristiana en todos sus aspectos; el celibato es un camino del amor, aunque el mismo Jesús, como refiere el evangelio según san Mateo, afirma que no todos pueden comprender esta realidad:  “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19, 11).

Esa caridad se desdobla en los clásicos aspectos de amor a Dios y amor a los hermanos:  “Por la virginidad o el celibato a causa del reino de los cielos, los presbíteros se consagran a Cristo de una manera nueva y excelente y se unen más fácilmente a él con un corazón no dividido” (Presbyterorum ordinis, 16). San Pablo, en un pasaje al que aquí se  alude, presenta  el  celibato y la virginidad como “camino para agradar al Señor” sin divisiones (cf. 1 Co 7, 32-35):  en otras palabras, un “camino del amor”, que ciertamente supone una vocación particular, y en este sentido es un carisma, y que es en sí mismo excelente tanto para el cristiano como para el sacerdote.

El amor radical a Dios, a través de la caridad pastoral, se convierte en amor a los hermanos. En el decreto Presbyterorum ordinis leemos que los sacerdotes “se dedican más libremente a él y, por él al servicio de Dios y de los hombres y se ponen al servicio de su reino y de la obra de la regeneración sobrenatural sin ningún estorbo. Así se hacen más aptos para aceptar en Cristo una paternidad más amplia” (n. 16). La experiencia común confirma que a quienes no están vinculados a otros afectos, por más legítimos y santos que sean, además del de Cristo, les resulta más sencillo abrir plenamente y sin reservas su corazón a los hermanos.

El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Explica también la encíclica:  “Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre” (Sacerdotalis caelibatus, 21).

La existencia histórica de Jesucristo es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada tanto en el plano cristiano como en el de la común racionalidad humana.

Si la vida cristiana común no puede legítimamente llamarse así cuando excluye la dimensión de la cruz, cuánto más la existencia sacerdotal sería ininteligible si prescindiera de la perspectiva del Crucificado. A veces en la vida de un sacerdote está presente el sufrimiento, el cansancio y el tedio, incluso el fracaso, pero esas cosas no la determinan en última instancia. Al escoger seguir a Cristo, desde el primer momento nos comprometemos a ir con él al Calvario, conscientes de que tomar la propia cruz es el elemento que califica el radicalismo del seguimiento.

Por último, como he dicho, el celibato es un signo escatológico. Ya desde ahora está presente en la Iglesia el reino futuro:  ella no sólo lo anuncia, sino que también lo realiza sacramentalmente, contribuyendo a la “nueva creación”, hasta que la gloria de Cristo se manifieste plenamente.
Mientras que el sacramento del matrimonio arraiga a la Iglesia en el presente, sumergiéndola totalmente en el orden terreno, que así se transforma también él en lugar posible de santificación, la virginidad remite inmediatamente al futuro, a la perfección íntegra de la creación, que sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos.

Medios para ser fieles al celibato

La sabiduría bimilenaria de la Iglesia, experta en humanidad, ha identificado constantemente a lo largo del tiempo algunos elementos fundamentales e irrenunciables para favorecer la fidelidad de sus hijos al carisma sobrenatural del celibato.

Entre ellos destaca, también en el magisterio reciente, la importancia de la formación espiritual del sacerdote, llamado a ser “testigo de lo Absoluto”. La Pastores dabo vobis afirma:  “Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo:  “¿Me amas?” (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (n. 42).

En este sentido, son absolutamente fundamentales tanto los años de la formación remota, vivida en la familia, como sobre todo los de la próxima, en los años del seminario, verdadera escuela de amor, en la que, como la comunidad apostólica, los jóvenes seminaristas mantienen una relación de intimidad con Jesús, esperando el don del Espíritu para la misión. “La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio” (ib., 16).

El sacerdocio no es más que “vivir íntimamente unidos a él” (ib., 46), en una relación de comunión íntima que se describe como “una forma de amistad” (ib.). La vida del sacerdote, en el fondo, es la forma de existencia que sería inconcebible si no existiera Cristo. Precisamente en esto consiste la fuerza de su testimonio:  la virginidad por el reino de Dios es un dato real; existe porque existe Cristo, que la hace posible.

El amor al Señor es auténtico cuando tiende a ser total:  enamorarse de Cristo quiere decir tener un conocimiento profundo de él, frecuentar su persona, sumergirse en él, asimilar su pensamiento y, por último, aceptar sin reservas las exigencias radicales del Evangelio. Sólo se puede ser testigos de Dios si se hace una profunda experiencia de Cristo. De la relación con el Señor depende toda la existencia sacerdotal, la calidad de su experiencia de martyria, de su testimonio.

Sólo es testigo de lo Absoluto quien de verdad tiene a Jesús por amigo y Señor, quien goza de su comunión. Cristo no es solamente objeto de reflexión, tesis teológica o recuerdo histórico; es el Señor presente; está vivo porque resucitó y nosotros sólo estamos vivos en la medida en que participamos cada vez más profundamente de su vida. En esta fe explícita se funda toda la existencia sacerdotal. Por eso la encíclica dice:  “Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de parecerle sin consistencia e incongruente” (Sacerdotalis caelibatus, 75).

Además de la formación y del amor a Cristo, un elemento esencial para conservar el celibato es la pasión por el reino de Dios, que significa la capacidad de trabajar con diligencia y sin escatimar esfuerzos para que Cristo sea conocido, amado y seguido. Como el campesino que, al encontrar la perla preciosa, lo vende todo para comprar el campo, así quien encuentra a Cristo y entrega toda su existencia con él y por él, no puede menos de vivir trabajando para que otros puedan encontrarlo.

Sin esta clara perspectiva, cualquier “impulso misionero” está destinado al fracaso, las metodologías se transforman en técnicas de conservación de una estructura, e incluso las oraciones podrían convertirse en técnicas de meditación y de contacto con lo sagrado, en las que se disuelven tanto el yo humano como el Tú de Dios.

Una ocupación fundamental y necesaria del sacerdote, como exigencia y como tarea, es la oración, la cual es insustituible en la vida cristiana y, por consecuencia, en la sacerdotal. A la oración hay que prestar atención particular:  la celebración eucarística, el Oficio divino, la confesión frecuente, la relación afectuosa con María santísima, los ejercicios espirituales, el rezo diario del santo rosario, son algunos de los signos espirituales de un amor que, si faltara, correría el riesgo de ser sustituido con los sucedáneos, a menudo viles, de la imagen, de la carrera, del dinero y de la sexualidad.

El sacerdote es hombre de Dios porque está llamado por Dios a serlo y vive esta identidad personal en la pertenencia exclusiva a su Señor, que se documenta también en la elección del celibato. Es hombre de Dios porque de él vive, a él habla, con él discierne y decide, en filial obediencia, los pasos de su propia existencia cristiana.

Los sacerdotes, cuanto más radicalmente sean hombres de Dios, mediante una existencia totalmente teocéntrica, como subrayó el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, el 22 de diciembre de 2006, tanto más eficaz y fecundo será su testimonio y tanto más rico en frutos de conversión será su ministerio. No hay oposición entre la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre; al contrario, la primera es condición de posibilidad de la segunda.

Conclusión:  una vocación santa

La Pastores dabo vobis, hablando de la vocación del sacerdote a la santidad, después de subrayar la importancia de la relación personal con Cristo, presenta otra exigencia:  el sacerdote, llamado a la misión del anuncio, recibe el encargo de llevar la buena nueva como un don a todos. Sin embargo, está llamado a acoger el Evangelio ante todo como don ofrecido a su propia existencia, a su propia persona y como acontecimiento salvífico que lo compromete a una vida santa.

Desde esta perspectiva, Juan Pablo II habló del radicalismo evangélico que debe caracterizar la santidad del sacerdote. Por tanto, se puede decir que los consejos evangélicos tradicionalmente propuestos por la Iglesia y vividos en los estados de la vida consagrada, son los itinerarios de un radicalismo vital al que también, a su modo, el sacerdote está llamado a ser fiel.

La exhortación afirma:  “Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:  el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan” (n. 27).

Más adelante, refiriéndose a la dimensión ontológica en la que se fundamenta el radicalismo evangélico, dice:  “El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, cabeza y pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella “vida según el Espíritu” y para aquel “radicalismo evangélico” al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual” (n. 72).

La nupcialidad del celibato eclesiástico, precisamente por esta relación entre Cristo y la Iglesia que el sacerdote está llamado a interpretar y a vivir, debería dilatar su espíritu, iluminando su vida y encendiendo su corazón. El celibato debe ser una oblación feliz, una necesidad de vivir con Cristo para que él derrame en el sacerdote las efusiones de su bondad y de su amor que son inefablemente plenas y perfectas.

A este propósito, son iluminadoras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI:  “El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase:  “Dominus pars (mea)“, Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe:  la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundamentar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres”.

 22 de diciembre de 2006

 

 

Card. CLÁUDIO HUMMES, o.f.m.
Prefecto de la Congregación para el clero

  

 

 

 

 

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