Hacia la unión con Dios

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SAN JOSÉ

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

La vida ordinaria vista por Dios

Dios le promete a David que de su descendencia nacerá alguien a quien pondrá con poder en el trono y permanecerá firme hasta la eternidad. Por eso, el Evangelio nos muestra a José, descendiente de David, como el encargado de ese trono eterno lleno de poder: Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Abraham creyó y esperó contra toda esperanza, llegando a ser padre de muchos Como él, José también creyó, llegando a ser el padre putativo del Hijo de Dios. Y las palabras aplicadas a Abraham se le pueden decir a José: No dudó de la promesa de Dios ni dejó de creer; por el contrario, su fe le dio fuerzas y dio gloria a Dios, plenamente convencido de que cuando Dios promete algo, tiene poder para cumplirlo.

¿Creemos así? ¿Esperamos así? ¿Somos, como este hombre, así de justos?

El hombre justo por antonomasia fue el escogido para realizar una de las misiones más importantes de cuantas hayan existido: cuidar humanamente de Jesucristo y de su Madre, la Santísima Virgen María.

Bajo su vigilancia vivieron estos dos seres en quienes no había mancha alguna. Y él tuvo el privilegio de permanecer con ellos. ¡Oh, vida tan sencilla y a la vez magnífica…!

¿Cuándo comprenderemos que las grandezas de Dios están casi siempre escondidas en los pequeños detalles de cada día? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que Dios está con nosotros, en la vida ordinaria? ¿Cómo es posible que no lo veamos con los ojos del alma en cada circunstancia de nuestra vida?

Él está allí, mirándonos, amándonos. Nuestra vida personal, familiar, laboral, social, está toda bajo la mirada de Dios: así como se complacía observando la vida familiar de Jesús, María y José, hoy se complace con cada uno de nuestros pensamientos, palabras, obras… Pidamos a san José que nos ayude, con su intercesión, a comportarnos a la altura de ese divino espectador.

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Ciclo A, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 19, 2008

El milagro de la Fe

Cada vez que nos cuentan la escena de san Pedro caminando sobre el agua, su miedo y su caída, nos entra en el corazón la idea de que, como él, también nos hundiríamos por nuestra falta de fe.

Efectivamente, es frecuente que en nuestra vida nos hayamos encontrado con muchos episodios en los cuales dudamos de Dios o, lo que es lo mismo, confiamos más en otras cosas: nuestras capacidades, estudios, experiencia, el haber aprendido a sortear algunos problemas y otras habilidades más…

Otras veces, lo que nos sucede es que pretendemos que Dios actúe siempre en forma extraordinaria, con milagros…

O creemos que se presenta solamente con signos portentosos visibles, como le pasó a Elías, según cuenta la primera lectura de hoy: Dios no acostumbra a venir de un modo prodigioso o extraordinario; lo hace casi siempre en forma callada, velada, en el silencio de la oración, como una suave brisa, como dice el texto.

Y se presenta a las almas sencillas, humildes. Si revisamos la historia de la Iglesia, observaremos que los verdaderos milagros se operan en aquellos seres que no están llenos de sí mismos, que se sienten criaturas frente a un Dios todopoderoso, que se dan cuanta de sus limitaciones, que trabajan con sencillez por la felicidad de los demás, por la Iglesia, por el Reino de Dios…

Por eso san Pablo nos cuenta en la segunda lectura que siente una tristeza muy grande y una pena continua, hasta el punto que desearía ser rechazado y alejado de Cristo —que es a quien él más añora— en lugar de sus hermanos. Es que él desea que todos tengamos el beneficio de ser inmensamente felices junto a Dios.

Queda como lección que quien desee, con egoísmo, hacer milagros, nunca los hará. Pero aquellos que no se buscan a sí mismos, sino que prefieren servir a Dios y a sus hermanos, sin aspavientos, calladamente, serán testigos del milagro más grande del amor de Dios: la fe, la suave brisa de la conversión, la paz y el gozo interiores que da Dios a los que lo aman verdaderamente.

 

 

 

 

 

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