Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, XVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 23, 2012

Multiplicar el pan del amor

Tanto el profeta Eliseo —en el Antiguo Testamento— como Jesús en el Evangelio —Nuevo Testamento— multiplican milagrosamente el pan para la gente. Porque así dice el Señor: «Comerán y sobrará».

Es que el Antiguo Testamento (AT) fue superado y sobrepasado por el Nuevo Testamento (NT). El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT. El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo. Por eso, todo lo valioso del AT está interiorizado en el NT: menos acciones externas y más conversión del corazón.

Y también por esto, san Pablo, en la carta a los Efesios, nos ruega que andemos como pide el nuevo llamado al que hemos sido convocados los cristianos: ser siempre humildes y amables, ser comprensivos, sobrellevarnos mutuamente con amor; esforzarnos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz: que vivamos en un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que hemos sido convocados; que creamos en un solo Señor, un solo Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo; que todos una misma fe, por el único Bautismo que hemos recibido.

Vivir así es como decir que de ese único Pan Jesús repartió a los que estaban todo lo que quisieron. Y, a pesar de repartirlo, sobrará: llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido; esto significa que le podemos dar de este pan a muchos, y les seguirá sirviendo a más y más personas, hasta que hagamos de este un mundo donde reinen el amor (la servicialidad), la paz y la alegría, ¡un mundo cristiano!

La gente entonces, al ver el signo que había hecho Jesús, decía: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo».

Tenemos que darnos cuenta de que Él ya vino y multiplicó el pan del amor, de la paz y de la alegría para que lo repartamos a todos y lo multipliquemos. ¿Empezamos?

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Ciclo C, XIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 6, 2010

¿Escuchas que Dios te llama?

 

Elías unge a Eliseo para hacerlo profeta; Jesús ofrece la vocación a uno, rechaza a otro y, a quien vacila, lo impulsa a obedecer el llamado que le hace. Hoy todo, pues, nos habla de vocación, llamado.

La vocación es una inspiración con que Dios llama a alguien a un estado: matrimonio, vida consagrada, sacerdocio… Están equivocados quienes piensan que la vocación es simplemente una inclinación a cualquier estado, profesión o carrera. Es un llamado de Dios.

Atender ese llamado de Dios y obedecerlo nos asegura la felicidad; la auténtica, pues Dios es la infinita sabiduría y no puede equivocarse; sabe Él qué es lo que más nos hará felices. Y, como nos ama, desea solo nuestra felicidad y la favorece. Así pues, quien quiera ser feliz sólo tiene que atender el llamado divino.

Pareciera que la segunda lectura es la consecuencia lógica de las otras dos: quien sigue a Dios obedeciendo el llamado que Él le hace será libre: no se someterá más al yugo de la esclavitud. Porque es esclavitud seguir nuestro parecer: pensar que nosotros sabemos —más que Dios— qué es lo que nos conviene; también es esclavitud obstinarnos en nuestro juicio, olvidándonos de que Dios nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos.

Por eso, nuestra vocación es la libertad. No esa libertad que encubre los deseos de la carne (placer, tener, poder y fama), sino el amor que Dios da a quienes lo siguen, y por el que nos hacemos esclavos unos de otros. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo.

Por eso san Pablo nos dice: caminen según el espíritu y así no realizarán los deseos de la carne, pues los deseos de la carne se oponen al espíritu, y los deseos del espíritu se oponen a la carne.

El espíritu da la libertad; la carne nos esclaviza.

El espíritu nos hace tender a amar; la carne, a ser egoístas. ¿De cuál nos estamos dejando guiar?

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