Hacia la unión con Dios

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Tres ofrecimientos

Posted by pablofranciscomaurino en junio 10, 2015

Ofrecimiento

 

“Dios mío y mi todo, he comprendido vuestra misteriosa operación obrada en mi alma, he oído vuestra invitación amorosa; aquí estoy. Me ofrezco a Vos para que me convirtáis en vuestra víctima en el significado más completo de la palabra. Os entrego mi cuerpo, mi alma, mi corazón, todo cuanto poseo, para que Vos lo inmoléis según vuestros deseos.

Os ofrezco mi vida; tomadla, ¡oh Dios mío! El amor no exige condiciones, ni reservas. ¡Yo no os pongo ninguna, mi tierno Padre! Me ofrezco y os suplico que me aceptéis. No consultéis ni mis gustos, ni mis repugnancias; satisfaced vuestro amor, esto me basta.

Cuando considero mis debilidades, ¡oh! Dios mío, temo muchísimo; más cuando me dirijo a Vos, me siento fortificada e irresistiblemente atraída hacia la más completa inmolación.

Desconfío de mí, ¡oh! mi Dios, mas confío en Vos.

¡Oh María, mi buena y tierna Madre!, ten piedad de tu hija; ella teme, tiembla… y no obstante sus temores, desea con su amor glorificar y consolar a su Dios.

Ofréceme, os ruego a la santísima, adorabilísima, gloriosísima Trinidad. Quisiera poseer la pureza de tu Corazón, a fin de ser más digna del Dios a quien me ofrezco.

¡Oh! María, alcánzame la gracia de disminuir cada día el número de mis culpas, de alcanzar el grado de perfección que ha fijado para mí la Santísima Trinidad, el de vivir tan solo del puro amor, y finalmente la gracia de la perseverancia final.

Ángeles de paraíso, santos y santas del cielo, vosotros, en especial mis santos patrones y patronas, decid a vuestro Rey amantísimo: ¡He aquí la víctima que has elegido; ella se entrega eternamente a tu amor!”

Severina de Maistre, carmelita

 

 

“Señor Jesús, me uno a vuestro perpetuo, incesante, universal sacrificio. Me ofrezco a Vos todos los días de mi vida y cada instante del día, conforme a vuestra santa y adorable Voluntad. Habéis sido la víctima de mi salvación; quiero ser la víctima de vuestro amor.

Aceptad mi deseo, mi ofrecimiento, acoged mi plegaria. Que yo muera de amor por Vos, y que el último latido de mi corazón sea un acto del más per­fecto amor.”

Te­resa Couderc, fundadora de la Sociedad de Nuestra del Cenáculo

 

 

“¡Hostia por hostia!

Como Él se ha abandonado y entregado a nos­otros.

Abandonarse y entregarse.

Entregarse recíprocamente.

Entregarse como Él se entregó en todo momento.

Entregarse como se nos entrega el Pan.

Aniquilado, convertido en Él.

Entregarse como la Hostia al sacerdote, quebra­da, como Cristo se ha entregado en cada fragmento de la Hostia, todo entero.

Entregarse para que de nuestra muerte nazca la vida de otros; para que más que con palabras, nuestra vida los atraiga hacia Aquel que es su manantial.”

María Pérignon, afiliada a la Ado­ración Reparadora

 

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Ciclo B, domingo de ramos

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

La esencia de la sabiduría divina

 

Hoy se nos presentan dos acontecimientos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Pasión del Señor. Es difícil entender su relación, pues primero Jesús es aclamado como Dios y luego es torturado hasta la muerte como un esclavo; este es uno de los misterios más maravillosos de nuestra fe: un Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a Dios.

Esto nos ensaña que en la medida en que el ser humano se despoja de sus ataduras, de sus apegos, de sus malas inclinaciones, en esa medida crece su capacidad espiritual, se hace más cercano a Dios…

Debemos morir al pecado y a las malas acciones para poder llegar a Dios, a ese estado en el cual Él gobierna nuestras acciones: ya no tomamos las decisiones, basados en criterios humanos, sino que es el Espíritu Santo quien nos ilustra, quien nos dirige, quien decide por nosotros.

Así, cada acto estará lleno de la sabiduría divina, es decir, ya actuaremos según Dios y no según nuestro pobre modo de entender, equivocándonos con frecuencia, pues estamos viciados por el pecado original.

Así lo hizo la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Sabiduría encarnada. Y, ¿cómo lo hizo? Él mismo nos lo dice: No me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

En la segunda lectura está la esencia de esta sabiduría: Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Si hacemos eso, reconocernos criaturas, seres falibles, capaces de caer, necesitados de Dios, Él nos engrandecerá también a nosotros y nos dará la sabiduría, con la que llegaremos a la meta de todo ser humano: la felicidad.

 

 

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