Hacia la unión con Dios

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El cristiano y la verdad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2014

 

Cada ser humano debe buscar la verdad en conciencia.

En la profundidad de su conciencia, el hombre descubre una ley que no se dicta él a sí mismo. Es una voz que oye con claridad en los oídos del corazón y que lo invita suavemente a amar y a obrar el bien, y a evitar el mal: «haz esto», «evita lo otro».

Esta ley que lleva el hombre en su corazón fue puesta allí por Dios para que con ella pudiera buscar la verdad, la verdad poseída por Dios.

Esa verdad se halla por encima de la conciencia y es independiente de ella. La conciencia, por eso mismo, no es la verdad ni puede crear la verdad: son muchos los hombres que fabrican sus propios errores y los llaman verdades. La verdad auténtica siempre es algo más grande que la mente humana; por eso debe ser respetada y buscada con humildad.

Tampoco se elige la verdad como si fuera «una verdad entre otras posibles verdades». Una verdad, y una sola, se presenta como real y verdadera, y esta se acepta o se rechaza.

La dignidad del ser humano lo obliga a obedecer a la conciencia, ya que según ella será juzgado, como lo explica Pablo:

«Y así demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. Serán juzgados por su propia conciencia, y los acusará o los aprobará su propia razón el día en que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo. Es lo que dice mi Evangelio. (Rm 2, 15-16)

Esa conciencia nos exige que ordenemos toda nuestra vida según las exigencias de la verdad, aun a pesar de que sea difícil de vivir o que no nos guste; y nos pide también que no nos dejemos llevar por comodidades, gustos, conveniencias, afinidades, opiniones personales, caprichos y cosas por el estilo; sino que sigamos la verdad que la voz de la conciencia nos muestra.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia tanta mayor seguridad tendrán las personas para apartarse del subjetivismo y para someterse a las normas objetivas de la moralidad: ya no juzgaremos ni actuaremos de acuerdo con nuestro modo de pensar o de sentir, sino acordes con lo justo, lo equitativo y lo correcto, es decir, de acuerdo con la verdad.

Así obtendremos el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas y ganaremos el derecho a expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas; en esto consiste la libertad de religión.

 

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Ciclo A, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2011

El amor de corregir

San Pablo nos dice hoy que el amor no hace nada malo al prójimo. Quizá esto lo saben quienes repiten la frase: «Yo no le hago mal a nadie».

Pero en la primera lectura se encuentra algo un poco más difícil de vivir: cuando amamos a alguien que como todo ser humano se equivoca, peca, debemos llamarle amorosamente la atención. Dice Ezequiel que si no le hablamos de su mala conducta, el que actúa mal será castigado debido a su pecado, pero que Dios nos pedirá cuentas por ello. Si le llamamos la atención por su mala conducta y no se aparta de ella, morirá, pero nosotros no tendremos nada qué temer.

En el Evangelio, el mismo Jesús enseña que si mi hermano ha pecado, debo hablar con él a solas para reprochárselo. Si me escucha, habré ganado a mi hermano. Si no me escucha, debo ir con una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si tampoco escucha, la Iglesia puede reprobarlo, ya que Él —el que la fundó— dijo: «Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.»

Todo esto implica una obligación de amor: corregir al que yerra. ¿Le hemos dicho por amor y amor, a aquel pariente que vive en unión libre o casado «por lo civil» que así se aleja de la auténtica felicidad y ofende a Dios?; ¿le explicamos que pasar a comulgar viviendo así es sacrilegio? ¿Le recordamos a ese otro amigo el bien que recibiría si asistiera a la Santa Misa los domingos y fiestas? Y a ese compañero que cobra el porcentaje indebido o a ese otro que le es infiel a su esposa, ¿les recordamos Dios los está mirando?… En esto consiste el amarlos.

Otra cosa: Jesús dice que primero se debe hablar con el interesado, a solas. ¿Hacemos eso o hablamos mal de él a sus espaldas?

Y recordemos que también debemos dejarnos corregir: casi siempre nuestra soberbia no nos deja ver que a veces los que nos corrigen tienen razón. Aceptar los errores también es saber amar. ¿Lo hacemos?

 

 

 

 

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Ciclo C, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 25, 2010

¿De qué sirve orar?

 

Es posible que alguna vez nos hayamos hecho esta pregunta. Y quizá hayamos añadido: «Ya llevo tanto tiempo rezando y…, nada he conseguido». Las lecturas de hoy nos enseñan los errores que hacen que nuestra oración no sea eficaz y, por lo tanto, las características de la oración que logra todo lo que desea.

Como se sabe, en el Antiguo Testamento, levantar las manos equivalía a orar; y eso fue lo que hizo Moisés: rezaba al Señor para que su pueblo obtuviese la victoria, y así sucedía; dejaba de orar y eran vencidos…

Este hecho tiene una enseñanza intrínseca: si nos cansamos de orar, no lograremos lo que anhelamos.

Lo mismo le sucedió a la viuda que acudía al juez para pedirle que le hiciera justicia contra su adversario: tanto insistió, que consiguió lo que deseaba.

La primera característica de una oración eficaz es, pues, la constancia, la perseverancia en la oración. ¡Cuántas veces nos desanimamos porque no se nos da pronto lo que pedimos! Por eso mismo es que no lo alcanzamos.

La segunda es la confianza. Jesús nos lo enseña en el Evangelio de hoy; dijo: «¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos, si claman a él día y noche? Somos sus elegidos; es más: somos sus hijos; ¿cómo nos va a negar algo?

Quizá lo que ocurre es que no acabamos de creer que Él nos ame tanto; de otra manera no se puede explicar nuestra falta de confianza. Si miramos un crucifijo descubriremos que ese sufrimiento solo lo pudo padecer alguien que nos amaba mucho: llegó hasta el extremo. ¿Cómo dudar de su amor? ¿Cómo no confiar en Él, si nos salvó con su dolor?

Ahora que lo sabemos, hagamos lo que le recomienda san Pablo a Timoteo: Quédate con lo que has aprendido de las Sagradas Escrituras. Esa es la sabiduría que lleva a la salvación. En esas mismas Escrituras aprendimos que Jesús murió por amor a nosotros, y que con ese mismo amor nos escucha siempre.

Pero —como dijo Jesús—, cuando Él vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra?».

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