Hacia la unión con Dios

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Hablar mal de otros

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 13, 2020

No hay humildad en quienes están a la caza de los defectos o errores de los demás y, por eso, están lejos de la santidad.

Hoy se ven cada vez más católicos que juzgan, critican o, al menos, murmuran contra otros católicos: hasta han publicado un libro con los supuestos errores (algunos los llaman herejías) del Santo Padre Francisco.

Al respecto, hay que recordar lo que nos dijo Jesucristo:

«No juzguéis, para que no seáis juzgados.» (Mt 7, 1)

«Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá.» (Mt 7, 2)

Y lo que escribió san Pablo:

“Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. El iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda.» (1Co 4, 5)

Y Santiago:

«Uno solo es el legislador y juez, que puede salvar o perder. En cambio tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?» (4, 12)

En segundo lugar, debemos tener presente lo que nos enseñan los santos místicos: que hay 3 etapas en la vía interior que conduce a la santidad, a la unión con Dios: los principiantes, los avanzados y los perfectos.

Dice san Juan de la Cruz, por ejemplo, que los principiantes se atreven a juzgar las faltas de los demás, llegando a pecar contra la caridad. Por su parte, los que van camino de la perfección están tan concentrados en amar a Dios y en darle gloria, y en reparar las ofensas que le han hecho al Señor, que ni se dan cuenta de si los demás hacen bien o mal las cosas; y si se percatan de algo, recuerdan sus propias fallas, y comprenden a los demás, se arrepienten y piden perdón. (cf Noche, canción 1ª, libro 1, capítulo 2, 6.)

Es que los que van camino de la santidad aman la humildad, la sencillez, la simplicidad: dejan que Dios se encargue, con su providencia, de guiar a la Iglesia, y le creen sinceramente a Jesús que «los poderes del Infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18) y que Él estará con nosotros «todos los días hasta el fin del Mundo» (Mt 28, 20): están seguros de que así como durante más de veinte siglos ha librado de errores doctrinales o espirituales a su Esposa, la Iglesia, así lo seguirá haciendo.

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¿Golpear a los hijos para educarlos?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2020

La sensatez, al sentido común, nos hace preguntarnos: ¿Cómo es posible que a un ser humano se lo eduque con golpes, si es un ser racional que puede entender? La violencia física no es propia de seres con inteligencia; por eso, quien golpea a un ser más débil físicamente, a uno que no se puede defender, a alguien que está bajo la autoridad de otro y que viola uno de sus derechos más básicos y elementales (el derecho a la integridad física), es peor que un animal (los expertos en comportamiento animal —los etólogos— enseñan que no es necesario el uso de la violencia para educar a un animal).

Jesucristo dijo «Yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que lo llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego» (Mt 5, 21-22). Si para el Hijo de Dios llamar a alguien “imbécil” o incluso: “renegado” merece la condena, ¿qué no merecerá quien golpea a otro? ¿Y qué merece el que le pega, no a otro cualquiera, sino a un ser más vulnerable, débil y desprotegido, a quien le debe dar solo amor, máxime cuando libremente lo trajo al mundo (o lo adoptó y debe hacer las veces de padre con él)?

Además, es bueno que se tengan en cuenta los criterios de la mayoría de las orientadoras de los colegios e institutos educativos, pues su experiencia en niños y adolescentes es muy valiosa, que afirman categóricamente que “Los padres castigan en sus hijos los errores a los que ellos mismos los inducen”, lo que significa que los niños y adolescentes se portan mal por alguna razón, de la que son culpables sus propios padres, casi siempre sin culpa. En cada caso, entonces, sería conveniente que se evaluara cuál es la razón por la cual el niño se porta mal, antes de castigarlo. ¿No es atroz pegarle a un niño que se porta mal, en parte por culpa del mismo que lo castiga?

Y si a nosotros esto nos parece salvaje, ¿qué sentirá Nuestro Padre del Cielo, que es todo Amor?

Otro aspecto que se debe tener en cuenta es el grandísimo mal afectivo y emocional que se les produce a los niños a los que se los golpea: son innumerables las ocasiones en las cuales adultos mayores han tenido que recibir terapia del perdón hacia sus padres, porque fueron violentados física y psicológicamente por ellos. Sólo hasta que se les hace esa terapia del perdón se curan de su agresividad, de su pusilanimidad o de cualquier otra consecuencia derivada del haber sido agredidos así en su infancia.

Y, siguiendo con el sentido común, ¿cómo es posible que no piensen quienes agreden así a sus hijos en lo que nos dice el libro de Tobías (4, 15): “No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan”? ¿Acaso a estos padres les hubiera gustado que los hubieran maltratado así (o les gustó, si los maltrataron), precisamente en la época en la que uno está formando su psique, y requiere ser rodeado por amor, especialmente de sus progenitores o padres adoptivos?

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El cristiano y la verdad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2014

 

Cada ser humano debe buscar la verdad en conciencia.

En la profundidad de su conciencia, el hombre descubre una ley que no se dicta él a sí mismo. Es una voz que oye con claridad en los oídos del corazón y que lo invita suavemente a amar y a obrar el bien, y a evitar el mal: «haz esto», «evita lo otro».

Esta ley que lleva el hombre en su corazón fue puesta allí por Dios para que con ella pudiera buscar la verdad, la verdad poseída por Dios.

Esa verdad se halla por encima de la conciencia y es independiente de ella. La conciencia, por eso mismo, no es la verdad ni puede crear la verdad: son muchos los hombres que fabrican sus propios errores y los llaman verdades. La verdad auténtica siempre es algo más grande que la mente humana; por eso debe ser respetada y buscada con humildad.

Tampoco se elige la verdad como si fuera «una verdad entre otras posibles verdades». Una verdad, y una sola, se presenta como real y verdadera, y esta se acepta o se rechaza.

La dignidad del ser humano lo obliga a obedecer a la conciencia, ya que según ella será juzgado, como lo explica Pablo:

«Y así demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. Serán juzgados por su propia conciencia, y los acusará o los aprobará su propia razón el día en que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo. Es lo que dice mi Evangelio. (Rm 2, 15-16)

Esa conciencia nos exige que ordenemos toda nuestra vida según las exigencias de la verdad, aun a pesar de que sea difícil de vivir o que no nos guste; y nos pide también que no nos dejemos llevar por comodidades, gustos, conveniencias, afinidades, opiniones personales, caprichos y cosas por el estilo; sino que sigamos la verdad que la voz de la conciencia nos muestra.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia tanta mayor seguridad tendrán las personas para apartarse del subjetivismo y para someterse a las normas objetivas de la moralidad: ya no juzgaremos ni actuaremos de acuerdo con nuestro modo de pensar o de sentir, sino acordes con lo justo, lo equitativo y lo correcto, es decir, de acuerdo con la verdad.

Así obtendremos el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas y ganaremos el derecho a expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas; en esto consiste la libertad de religión.

 

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Ciclo A, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2011

El amor de corregir

San Pablo nos dice hoy que el amor no hace nada malo al prójimo. Quizá esto lo saben quienes repiten la frase: «Yo no le hago mal a nadie».

Pero en la primera lectura se encuentra algo un poco más difícil de vivir: cuando amamos a alguien que como todo ser humano se equivoca, peca, debemos llamarle amorosamente la atención. Dice Ezequiel que si no le hablamos de su mala conducta, el que actúa mal será castigado debido a su pecado, pero que Dios nos pedirá cuentas por ello. Si le llamamos la atención por su mala conducta y no se aparta de ella, morirá, pero nosotros no tendremos nada qué temer.

En el Evangelio, el mismo Jesús enseña que si mi hermano ha pecado, debo hablar con él a solas para reprochárselo. Si me escucha, habré ganado a mi hermano. Si no me escucha, debo ir con una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si tampoco escucha, la Iglesia puede reprobarlo, ya que Él —el que la fundó— dijo: «Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.»

Todo esto implica una obligación de amor: corregir al que yerra. ¿Le hemos dicho por amor y amor, a aquel pariente que vive en unión libre o casado «por lo civil» que así se aleja de la auténtica felicidad y ofende a Dios?; ¿le explicamos que pasar a comulgar viviendo así es sacrilegio? ¿Le recordamos a ese otro amigo el bien que recibiría si asistiera a la Santa Misa los domingos y fiestas? Y a ese compañero que cobra el porcentaje indebido o a ese otro que le es infiel a su esposa, ¿les recordamos Dios los está mirando?… En esto consiste el amarlos.

Otra cosa: Jesús dice que primero se debe hablar con el interesado, a solas. ¿Hacemos eso o hablamos mal de él a sus espaldas?

Y recordemos que también debemos dejarnos corregir: casi siempre nuestra soberbia no nos deja ver que a veces los que nos corrigen tienen razón. Aceptar los errores también es saber amar. ¿Lo hacemos?

 

 

 

 

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Ciclo C, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 25, 2010

¿De qué sirve orar?

 

Es posible que alguna vez nos hayamos hecho esta pregunta. Y quizá hayamos añadido: «Ya llevo tanto tiempo rezando y…, nada he conseguido». Las lecturas de hoy nos enseñan los errores que hacen que nuestra oración no sea eficaz y, por lo tanto, las características de la oración que logra todo lo que desea.

Como se sabe, en el Antiguo Testamento, levantar las manos equivalía a orar; y eso fue lo que hizo Moisés: rezaba al Señor para que su pueblo obtuviese la victoria, y así sucedía; dejaba de orar y eran vencidos…

Este hecho tiene una enseñanza intrínseca: si nos cansamos de orar, no lograremos lo que anhelamos.

Lo mismo le sucedió a la viuda que acudía al juez para pedirle que le hiciera justicia contra su adversario: tanto insistió, que consiguió lo que deseaba.

La primera característica de una oración eficaz es, pues, la constancia, la perseverancia en la oración. ¡Cuántas veces nos desanimamos porque no se nos da pronto lo que pedimos! Por eso mismo es que no lo alcanzamos.

La segunda es la confianza. Jesús nos lo enseña en el Evangelio de hoy; dijo: «¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos, si claman a él día y noche? Somos sus elegidos; es más: somos sus hijos; ¿cómo nos va a negar algo?

Quizá lo que ocurre es que no acabamos de creer que Él nos ame tanto; de otra manera no se puede explicar nuestra falta de confianza. Si miramos un crucifijo descubriremos que ese sufrimiento solo lo pudo padecer alguien que nos amaba mucho: llegó hasta el extremo. ¿Cómo dudar de su amor? ¿Cómo no confiar en Él, si nos salvó con su dolor?

Ahora que lo sabemos, hagamos lo que le recomienda san Pablo a Timoteo: Quédate con lo que has aprendido de las Sagradas Escrituras. Esa es la sabiduría que lleva a la salvación. En esas mismas Escrituras aprendimos que Jesús murió por amor a nosotros, y que con ese mismo amor nos escucha siempre.

Pero —como dijo Jesús—, cuando Él vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra?».

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