Hacia la unión con Dios

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¿Sobre todas las cosas?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 1, 2013

“Es que eso de amar a Dios sobre todas las cosas nadie lo puede cumplir”, fueron las palabras que el sacerdote escuchó de labios de su pequeño catecúmeno.

Y no era para menos. Entendida así la explicación del primer mandamiento de la Ley de Dios da la impresión de que es imposible amar más a Dios que a los hijos, a los padres, a la novia, a la esposa… o, más aún, a nosotros mismos.

Si bien esta es la meta final —amar a Dios en todas esas personas—, la finalidad inicial se centra en no reemplazar a Dios.

No substituirlo por la energía cósmica, ni por otros dioses.

Por eso también se prohiben las creencias y lecturas esotéricas (nueva era), que reemplazan al Dios por “Maitreyas” y energías, y reducen a Cristo —Dios y hombre verdadero— al nivel de una de ellas… Así, cada vez que un católico lee o estudia estos temas u otros en los cuales basa su vida o su estabilidad emocional, está —directa o indirectamente— mudando a Dios.

Asistir a sesiones de espiritismo no solo es algo parecido, sino que, además, quien lo hace, se pone en peligro de caer en la forma más violenta de pecar contra este mandamiento: el satanismo. Con las estadísticas tan altas de esta práctica en nuestro país, es necesario que los padres de familia, los educadores y los sacerdotes repiquen constantemente para prevenir.

Es también sorprendente para los párrocos que van a bendecir las casas de sus parroquianos ver suplir a Dios con la penca de sábila, las velas de colores y aromas, los cuarzos, las pirámides, etcétera, o creyendo en la cruz magnética del gran poder, la pulsera de la felicidad o de la riqueza… ¡Una vela a Dios y otra quién sabe a quien!

Pero este mandamiento nos recuerda que tampoco podemos suplir a Dios con el placer, el tener, el poder o la fama, como sucede cuando lo que hacemos es más elocuente que lo que decimos:

  • Si los placeres se erigen en la prioridad de la vida, dejando a un lado los deberes que nacen del amor que caracteriza al cristiano, especialmente el de servir de algún modo a los demás; es decir, si nos preocupamos más por nuestro bienestar que por el de nuestros hermanos.
  • Si un padre de familia mueve cielo y tierra para ganar dinero en un negocio, si se trasnocha o deja de comer por esa ganancia, y si, por el contrario, deja a un lado su obligación de amor de asistir a la Eucaristía un domingo porque está cansado y dice: “Dios entenderá”, no solamente está cambiando al Dios verdadero por el dios–dinero, sino que está dejando un funesto ejemplo a sus hijos (el dinero es más importante que Dios).
  • Si el poder se usa para el propio beneficio y no para servir.
  • Si la fama es un fin y no una consecuencia de nuestros actos de servicio a la comunidad.

Pero si se trata de crecer tenemos que volver a las palabras del niño: que cada día nuestro amor a Dios sea más puro, y pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.

Estamos llamados a subir un peldaño diario en la escalera del amor hasta que salga todo ese “yo” que estorba, y entre ese Dios–Amor, junto con todos los demás hijos suyos, a quienes también Él llama por ese camino.

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