Hacia la unión con Dios

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ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2018

Señor Espíritu Santo, haz que haga todo oculto, fusionado a Jesús, e inmolado con Él en la Eucaristía, como la Santísima Virgen: con profundísima humildad, absoluta confianza e intensa intimidad de amor y de dolor; que sirva al Padre con mis trabajos, penas y oraciones, en penitencia constante, alabanza continua y docilidad total; y que sea para los demás una fuente de tu amor, de tu alegría y de tu paz.

Amén.

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Ciclo A, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 22, 2017

VII DOMINGO DE PASCUA

Programa de vida

 

Un verdadero programa de vida para los cristianos nos ofrecen las lecturas de hoy:

Primero, en los Hechos de los Apóstoles se nos urge a perseverar en la oración, como lo hacían los primeros seguidores de Jesús: con un mismo espíritu y en compañía de la santísima Virgen María, la madre de Jesús.

Después, san Pedro nos insta a estar alegres cuando compartamos los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, rebosemos de gozo. Se trata de vivir dichosos, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.

Y, en tercer lugar, el Apóstol Juan nos trae las palabras de Jesús en las que nos hace notar la razón de ser de nuestra existencia: la gloria de Dios y la salvación de los hombres:

«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste».

En estas palabras se descubren las 2 intenciones que deben movernos a realizar nuestros trabajos, a sufrir con paciencia las adversidades de la vida y a orar: la intención soteriológica, que Dios sea glorificado y la intención doxológica, que se salve la mayor cantidad de personas posibles.

¿No te animas a acogerlas también como tus metas, como las causas por las que vas a luchar, por las que vas a vivir, por las que estarías dispuesto a morir? Jamás te faltará su oración; óyelo:

«Padre, te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

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¿La Iglesia debe acomodarse a los tiempos?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 31, 2017

Pululan por doquier miembros de la Iglesia Católica que tergiversan la doctrina de Cristo, hasta afirmar que los Evangelios fueron escritos mucho después de los hechos que narran y que, por eso, deben estar equivocados; explican que fueron acomodadizos, según las circunstancias del momento, con lo que niegan la inspiración del Espíritu Santo de las Sagradas Escrituras.

Como se comprende, todo queda al arbitrio de la imaginación de cada persona y, así, se disparan criterios como el de que la Resurrección de Cristo fue solo espiritual o un simple modo de enseñar metafórico, que la Santísima Virgen tuvo más hijos, y mil pensamientos más que socavan los fundamentos mismos de la doctrina perenne de la Iglesia. Y es que para ellos «la Iglesia debe acomodarse a los tiempos»; pero no se dan cuenta de la consecuencia lógica que esa frase entraña: que el Dios-Verdad inmoble debe acomodarse al vaivén humano.

Pero todo esto ya estaba profetizado por la misma Biblia:

Hermanos: Hubo también falsos profetas en el pueblo de Dios, como también entre vosotros habrá falsos maestros. Éstos introducirán sectas de perdición, renegarán del Señor que los rescató y atraerán sobre sí una pronta venganza. Mucha gente los seguirá en sus torpezas y a causa de ellos será difamada la doctrina de la verdad. (2P 2, 1-3)

Haciendo alusión a la lámpara encendida que no debe ponerse bajo el celemín (Mt 5, 15; Mc 4, 21; Lc 11, 33), san Máximo, confesor, abad, nos previno sobre esto:

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la Palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero (es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la revelación divina. (De las Cuestiones a Talasio, n° 63: PG 90, 670)

Dicho en otras palabras, la humildad de quien se somete a la enseñanza de la Iglesia es el único “seguro” contra el error, y nos evita caer en la arrogancia de quien todo lo cuestiona con su “infalible” inteligencia.

 

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Críticas al Papa

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2016

Papa

Después de que Jesús fundó su Iglesia y nombró al primer Papa, el Espíritu Santo se ha encargado de elegir a los otros 266 papas y de impedir que se equivoquen, tal y como lo prometió Jesucristo. ¿Por qué pensar, pues, que ahora sí Dios abandonó a su Iglesia y permitió que apareciera un papa que enseña errores?

Cuando un erudito lee los documentos que el Papa Francisco ha escrito o lo escucha, verifica que no enseña nada contrario a la doctrina oficial de la Iglesia que Cristo fundó.  En este caso se aplica muy bien el adagio: “Todo texto sacado de su contexto sirve para cualquier pretexto”.

Pero si alguien no sabe mucho acerca del Magisterio de la Iglesia, le debe bastar la humildad de saber que es una simple criatura que no debería ponerse en la actitud de juzgar al Papa.

La soberbia de quienes sí se creen con el derecho de cuestionar al Espíritu Santo, debe llevarnos a orar mucho por su conversión. Pero no debemos exponernos a seguir escuchando cosas que nos pueden confundir: esa soberbia es más peligrosa que otros pecados: incita a muchos a creerse jueces del papa, de la jerarquía eclesiástica y hasta del mismo Dios, con las consecuencias que se pueden imaginar.

A propósito de los juicios, san Agustín afirma: “Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás.” (Sermón 19, 2)

Y san Juan de la Cruz explica que los cristianos avanzados están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. (Cf. Noche, 1, 1-2)

De todos los pecados —aun los más graves— se puede salir si hay humildad; pero cuando falta esta virtud, hasta los más santos pueden caer.

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Oración de entrega amorosa al Señor

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 31, 2015

Padre eterno: haz que haga todo FUSIONADO por el Espíritu Santo a Jesús, e inmolado con Él en la Eucaristía, como la Virgen Dolorosa: con profundísima humildad, absoluta confianza e intensa intimidad de amor y de dolor; que te sirva con mis trabajos, penas y oraciones, en penitencia constante, alabanza continua y docilidad total; y que sea para los demás una fuente de tu amor, de tu alegría y de tu paz. Amén.

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Septiembre 14 (en donde se celebra hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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Mayo 3 (en donde se celebra el día de hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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El demonio ataca a María

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2014

Veamos lo que le pasó a san José cuando se enteró de que María estaba embarazada, para entender un modo que todavía usa el demonio para atacar a la Virgen y, con ello, destruir al cristianismo.

Dice el primer capítulo del Evangelio de san Mateo que José era un hombre justo. Así son la mayoría de los cristianos que no veneran a María, los protestantes o evangélicos: hombres y mujeres buenos, como José. Pero, como José, deciden abandonar a María, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre justo, es probable que tengan miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel, y que está narrada en el primer capítulo del Evangelio de san Lucas.

Debe notarse que allí María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos simplemente cumpliendo las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo. Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del mismo fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama Madre del Señor?

Pero lo que más exalta su personalidad es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima respondió diciendo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava”.

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la más grande criatura, sino la más humilde de todas.

Y para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María: «Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» [1]

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido: «¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la estrella! Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» [2]

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús: «Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» [3]

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María: «Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» [4]

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

[1] Lc 2, 16

[2] Mt 2, 10-11

[3] Jn 2, 1-2

[4] Jn 19, 25

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El Credo comentado por santo Tomás*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 4, 2013

EXPOSICIÓN DEL SÍMBOLO DE LOS APOSTÓLES O DEL “CREDO IN DEUM”

Prólogo

1.- Lo primero que le es necesario al cristiano es la fe, sin la cual nadie se llama fiel cristiano. Pues bien, la fe produce 4 bienes.

2.- Primeramente por la Fe se une el alma a Dios. En efecto, por la fe el alma cristiana realiza una especie de matrimonio con Dios (Oseas, 2, 20): “Te desposaré conmigo en la Fe”.

Por lo cual al ser bautizado el hombre, desde luego confiesa la Fe, cuando se le pregunta: “¿Crees en Dios?”, porque el bautismo es el primer sacramento de la fe. Lo dice el Señor (Mc 16, 16): “El que crea y sea bautizado será salvo”. Porque el bautismo sin la fe es inútil, por lo cual es de saberse que nadie es acepto a Dios sin la fe (Hb II, 6): “Sin la fe es imposible agradar a Dios”. Por esta razón San Agustín, comentando a Romanos 14, 23: “Todo lo que no proceda de la fe es pecado”, escribe: “Donde falta el conocimiento de la eterna e inmutable verdad, falsa es la virtud aun con las mejores costumbres”.

3.- El segundo bien es que por la Fe comienza en nosotros la vida eterna. Porque la vida eterna no es otra cosa que conocer a Dios, por lo cual dice el Señor (Jn 17, 3): “La vida eterna es que te conozcan a ti el solo Dios verdadero”. Pues bien, este conocimiento de Dios empieza aquí por la fe, para perfeccionarse en la vida futura, en la cual lo conoceremos tal cual es. Por lo cual se dice en Hebreos II, I: “La fe es la substancia de las realidades que se esperan”. Así es que nadie puede alcanzar la bienaventuranza, que es el verdadero conocimiento de Dios, si primero no lo conoce por la fe (Juan 20, 29): “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

4.- El tercer bien es que la fe dirige la vida presente. En efecto, para vivir bien es menester que el hombre sepa qué cosas son necesarias para bien vivir, y si tuviera que aprender por el estudio todas las cosas necesarias para bien vivir, o no podría alcanzar tal cosa, o la alcanzaría después de mucho tiempo. En cambio la fe enseña todo lo necesario para vivir sabiamente. En efecto, ella nos enseña la existencia del Dios único, que recompensa a los buenos y castiga a los malos, y que hay otra vida y otras cosas semejantes, que nos incitan suficientemente a hacer el bien y a evitar el mal (Hab 2, 4): “Mi Justo vive de la fe”. Lo cual es manifiesto, porque ninguno de los filósofos de antes de la venida de Cristo, a pesar de todos los esfuerzos, pudo saber tanto acerca de Dios y de lo necesario para la vida eterna cuanto después de la venida de Cristo sabe cualquier viejecita mediante la fe. Por lo cual Isaías (II, 9) dice: “Colmada está la tierra con la ciencia del Señor”.

5.- El cuarto bien es que por la fe vencemos las tentaciones (Hb 11, 33): “Por la fe los santos vencieron reinos”. Y esto es patente, porque toda tentación viene o del diablo, o del mundo, o de la carne. En efecto, el diablo tienta para que no obedezcas a Dios ni te sujetes a Él. Y esto lo rechazamos por la fe. Porque por la fe sabemos que El es el Señor de todas las cosas, y por lo tanto que se le debe obedecer: I Pe 5, 8: “Vuestro adversario el diablo ronda buscando a quién devorar: resistidle firmes en la fe”.

El Mundo, por su parte, tienta o seduciendo con lo próspero o aterrándonos con lo adverso. Pero todo lo vencemos por la fe, que nos hace creer en otra vida mejor que ésta, y así despreciamos las cosas prósperas de este mundo y no tememos las adversas: I Jn 5, 4: “La victoria que vence al mundo es nuestra fe”, y a la vez nos enseña a creer que hay males mayores, los del infierno.

La Carne, en fin, nos tienta induciéndonos a las delectaciones momentáneas de la vida presente. Pero la fe nos muestra que por ellas, si indebidamente nos les adherimos, perdemos las delectaciones eternas: Ef 6. 16: “Embrazad siempre el escudo de la fe”.

Con todo esto queda patente que es grandemente útil tener fe.

6.- Pero puede alguno decir: es una tontería creer en lo que no se ve; así es que no se puede creer en lo que no vemos.

7.- Respondo. En primer lugar, la imperfección de nuestro entendimiento resuelve esta dificultad: porque si el hombre pudiese perfectamente conocer por sí mismo todas las realidades visibles e invisibles, necio sería creer en lo que no vemos. Pero nuestro conocimiento es tan débil que ningún filósofo pudo jamás descubrir a la perfección la naturaleza de un solo insecto. En efecto, leemos que un filósofo vivió treinta años en soledad para conocer la naturaleza de la abeja. Por lo tanto, si nuestro entendimiento es tan débil, ¿acaso no es insensato no creerle a Dios sino lo que el hombre puede conocer por sí mismo? Por lo cual sobre esto se dice en Job 36, 26: “¡Qué grande es Dios, y cuánto excede nuestra ciencia!”.

8.- En segundo lugar se puede responder que si un maestro enseñase algo de su ciencia y cualquier rústico dijese que eso no es tal como el maestro lo afirma por no entenderlo él, por gran necio tendríamos a ese rústico. Pues bien, es un hecho que el entendimiento de los ángeles excede al entendimiento del mejor filósofo más que el entendimiento de éste al del rústico. Por lo cual necio es el filósofo si no quiere creer lo que dicen los ángeles, y con mayor razón si no quiere creer lo que Dios enseña. Sobre esto se dice en Eccli 3, 25: “Muchas cosas que sobrepujan la humana inteligencia se te han enseñado”.

9.- En tercer lugar se puede responder que si el hombre no quisiera creer sino lo que conoce, ciertamente no podría vivir en este mundo. En efecto, ¿cómo se podría vivir sin creerle a nadie? ¿Cómo creer ni siquiera que tal persona es su padre? Por lo cual es necesario que el hombre le crea a alguien sobre las cosas que él no puede conocer perfectamente por sí mismo. Pero a nadie hay que creerle como a Dios, de modo que aquellos que no creen las enseñanzas de la fe, no son sabios sino necios y soberbios, como dice el Apóstol en la  Epístola a Timoteo, 6, 4: “Soberbio es, y no sabe nada”. Por lo cual dice San Pablo en la 2a. Epístola a Timoteo, I, 12: “Yo sé bien en quién creí y estoy cierto”.

10.- Se puede todavía responder que Dios prueba la verdad de las enseñanzas de la fe. En efecto, si un rey enviase cartas selladas con su sello, nadie osaría decir que esas cartas no proceden de la voluntad del rey. Pues bien, consta que todo aquello que los santos creyeron y nos transmitieron acerca de la fe de Cristo marcadas están con el sello de Dios: ese sello lo muestran aquellas obras que ninguna pura criatura puede hacer: son los milagros con los que Cristo confirmó las enseñanzas de los Apóstoles y de los santos.

11.- Si me dices que nadie ha visto hacer un milagro, respondo: consta que todo el mundo adoraba los ídolos y perseguía a la fe de Cristo, como lo atestiguan aun las historias de los paganos; y sin embargo todos se han convertido a Cristo: sabios y nobles, y ricos y poderosos y los grandes, por la predicación de unos cuantos pobres y simples que predicaron a Cristo. Y esto ha si-do obrado o milagrosamente, o no. Si milagrosamente, ya está la demostración. Si no, yo digo que no puede haber mayor milagro que la conversión del mundo en-tero sin milagros. No hay para qué investigar más.

12.- Así es que nadie debe dudar de la fe, sino creer en lo que es de fe más que en las cosas que ve; porque la vista del hombre puede engañarse, mientras que la ciencia de Dios es siempre infalible.

Artículo    1

CREO EN UN SÓLO DIOS, PADRE

TODOPODEROSO, CREADOR DEL

CIELO Y DE LA TIERRA

13.- Entre todas las cosas que los fieles deben creer, lo primero es que existe un solo Dios. Pues bien, debemos considerar qué significa esta palabra: “Dios”, que no es otra cosa que Aquel que gobierna y provee al bien de todas las cosas. Así es que cree que Dios existe aquel que cree que El gobierna todas las cosas de este mundo y provee a su bien.

Al contrario, el que crea que todas las cosas ocurren al acaso no cree en la existencia de Dios. Sin embargo, nadie hay tan insensato que no crea que las cosas de la naturaleza son gobernadas, están sometidas a una providencia y ordenadas, de modo que ocurren conforme a cierto orden y a su tiempo. En efecto, vemos que el sol y la luna y las estrellas y todos los otros seres de la naturaleza guardan un curso determinado, lo cual no ocurriría si fuesen efecto del azar. En consecuencia, si hubiere alguien que no creyese en la existencia de Dios, sería un insensato. Salmo 13, I: “Dijo el necio en su corazón: no hay Dios”.

14.- Sin embargo, hay algunos que creen que Dios gobierna y dispone las realidades naturales, pero no creen que Dios sea providente respecto de los actos humanos, así que no creen que los actos humanos estén gobernados por Dios. Y la razón de ello es que ven que en este mundo los buenos son afligidos y los malos prosperan, por lo cual parece que no hay una pro-videncia divina respecto a los hombres, por lo cual ha-blando por ellos dice Job (22, 14): “Dios se pasea por los caminos del cielo y se desinteresa de nuestros asuntos”.

Pero esto es demasiado estúpido. Pues a éstos les ocurre como si algún ignorante en medicina viere al médico recetar a un enfermo agua, a otro vino, conforme lo piden las reglas de la medicina, y creyere que eso lo hace al acaso, por su ignorancia de esas reglas, siendo que por un justo motivo lo hace, o sea, el darle a uno vino, y al otro agua.

15.- Lo mismo debemos decir de Dios. Pues por justo motivo y por su providencia Dios dispone las cosas que les son necesarias a los hombres, por lo cual a algunos buenos los aflige y a algunos malos los deja en prosperidad. Así es que quien crea que esto ocurre por azar es un insensato y se le tiene por tal, porque esto no proviene sino de que ignora la sabiduría y las razones del gobierno divino. Job 11,6: “Ojalá que Dios te revelara los arcanos de su sabiduría y la multiplicidad de sus designios”. Por lo cual es de creer firmemente que Dios gobierna y dispone no sólo las realidades naturales sino también los actos humanos. Salmo 93, 7-10: “Y dicen: ‘No lo verá el Señor, no se da cuenta el Dios de Jacob’. Comprended, estúpidos del pueblo; insensatos ¿cuándo vais a ser cuerdos? El que plantó la oreja ¿no oirá? El que formó los ojos ¿no va a ver?… El Señor conoce los pensamientos de los hombres”.

Dios ve, pues, todas las cosas, y los pensamientos y los secretos de la voluntad. De aquí que se les imponga especialmente a los hombres la necesidad de obrar bien, porque todo lo que piensan y hacen manifiesto está a la mirada divina. El Apóstol dice en Hebreos 4, 13: “Todo está desnudo y patente a sus ojos”.

16.- Pues bien, debemos creer que este Dios que todo lo dispone y gobierna es un Dios único. La razón es que la disposición de las cosas humanas está bien ordenada cuando la multitud se halla regida y gobernada por uno solo. En efecto, una multitud de jefes provoca generalmente disensiones entre los subordinados. Y como el gobierno divino es superior al gobierno humano, es evidente que el mundo no está regido por muchos dioses sino por uno solo.

17.- Sin embargo, hay cuatro razones por las que los hombres son inducidos a tener muchos dioses.

La primera es la flaqueza * del entendimiento huma-no. Porque hombres de flaco entendimiento, incapaces de elevarse por encima de los seres corporales, no creyeron que hubiese algo más allá de la naturaleza de los cuerpos sensibles, y en consecuencia, entre los cuerpos tuvieron por preeminentes y gobernantes del mundo a los que les parecieron más bellos y dignos de todos, y les atribuían y consagraban un culto divino: y de éstos son los cuerpos celestes, a saber el sol, la luna y las estrellas. Pero a éstos les ocurrió lo que a uno que fue a la corte de un rey: queriendo ver al rey, se imaginaba que cualquiera bien vestido o cualquier funcionario era el rey. De estas gentes dice la Sabiduría, 13, 2: “Al sol y la luna y la «bóveda estrellada los consideraron como dioses que rigen el mundo”. E Isaías, 51,6, dice: “Alzad a los cielos vuestros ojos, y contemplad abajo la tierra, pues los cielos como humareda se disiparán, la tierra como un vestido se gastará, y sus moradores perecerán igualmente: pero mi salvación por siempre será, y mi justicia no tendrá fin”.

18.- En segundo lugar proviene de la adulación de los hombres. En efecto, algunos, queriendo adular a los. poderosos y a los reyes, a ellos les tributaron el honor debido a Dios, obedeciéndolos y sujetándoseles; y por eso a algunos ya muertos los hicieron dioses, y a otros aun en vida los declararon dioses. Judit 5, 29: “Sepan todas las naciones que Nabucodonosor es el dios de la tierra y que no hay otro fuera de él”.

19.- La tercera causa proviene del afecto carnal a hijos y consanguíneos. En efecto, algunos, por el excesivo amor a los suyos, les hacían estatuas después de muertos, y de esto se siguió que a esas estatuas les rin-dieran culto divino. De éstos dice la Sabiduría, 14, 21: “O por afecto o por servilismo con los reyes, los hombres impusieron a piedras y maderos el nombre incomunicable”.

20.- En cuarto lugar por la malicia del diablo. Pues éste desde el principio quiso igualarse a Dios, por lo cual dijo (Isaías 14, 13): “Pondré mi sede hacia el Aquilón, escalaré los cielos y seré semejante al Altísimo”. Y tal decisión nunca la ha revocado, por lo cual todo su esfuerzo consiste en hacerse adorar por los hombres y en que le ofrezcan sacrificios: no es que se deleite en un perro o en un gato que le sean ofrecidos, sino que se deleita en que a él se le rinda reverencia como a Dios, por lo cual dijo al mismo Cristo (Mt 4, 9): “Todo esto te daré sí postrándote me adoras”. Por esta misma razón entraban los demonios en los ídolos y daban las respuestas para ser venerados como dioses. Salmo 95, 5: “Todos los dioses de las naciones son demonios”. Y el Apóstol dice en 1Co 10, 20: “¡Pero si lo que inmolan los gentiles, lo inmolan a los demonios, y no a Dios!”.

21.- Verdaderamente son horribles estas cosas, y sin embargo son muchos los que con frecuencia incurren en estas cuatro causas. Y ciertamente, si no de palabra o con la boca, con sus hechos demuestran que creen en muchos dioses.

En efecto, aquellos que creen que los cuerpos celestes pueden constreñir la voluntad del hombre y que para obrar escogen tiempos determinados, consideran a los cuerpos celestes como dioses y que dominan a los otros seres, y hacen predicciones. Jeremías 10, 2: “De los signos celestes no os espantéis como los temen los gentiles, porque las costumbres de las naciones son vanas”.

Asimismo, todos aquellos que obedecen a los reyes más que a Dios o en aquellas cosas en que no deben obedecer, los constituyen dioses suyos. Hechos 5, 29: “Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Asimismo aquellos que aman a sus hijos o a sus parientes más que a Dios, con sus obras manifiestan que para ellos hay muchos dioses. Así como los que aman la comida más que a Dios. De éstos dice el Apóstol (Fil 3, 19): “Su dios es su vientre”.

También todos aquellos que se entregan a la adivinación y a los sortilegios creen que los demonios son dioses, puesto que piden a los demonios lo que sólo Dios puede dar, a saber, la revelación de alguna cosa oculta o el conocimiento de las cosas futuras.

En consecuencia, lo primero que se debe creer es que Dios es tan sólo uno.

22.- Como ya lo dijimos, lo que primeramente debemos creer es que hay un solo Dios; en segundo lugar, que este Dios es el creador que ha hecho el cielo y la tierra, las cosas visibles y las invisibles.

Y dejando a un lado por el momento razonamientos sutiles, con un ejemplo sencillo demostremos nuestra proposición: todas las cosas han sido creadas y hechas por Dios.

Es  claro  que  si  alguien  entra  a  una  casa,  y  al  penetrar en ella siente calor, y conforme va avanzando sien-te mayor calor, y más y más, pensará que hay fuego adentro, aun cuando no vea el fuego que produce dicho calor: esto mismo le ocurre al que considera las cosas de este mundo. Porque encuentra que todas las cosas están dispuestas según diversos grados de belleza y de nobleza, y cuanto más se acercan a Dios, más bellas y mejores las halla. He aquí por qué los cuerpos celestes son más bellos y nobles que los cuerpos inferiores, y las cosas invisibles más que las visibles. Por lo cual debemos creer que todas estas realidades vienen del Dios uno, que da a cada cosa su existencia y su excelencia.

Sabiduría 13, I: “Vanos son todos los hombres que ignoraron a Dios y no fueron capaces de conocer por los bienes visibles a Aquel que es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice”; y más abajo, 5: “pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se puede, por analogía, contemplar a su Creador”.

Así es que como cosa cierta debemos tener que todas las cosas que existen en el mundo, de Dios vienen.

23.- Sin embargo, en esta materia debemos evitar tres errores.

El primer error es el de los Maniqueos, que dicen que todas las cosas visibles han sido creadas por el diablo, y por lo mismo a Dios no le atribuyen sino la creación de las cosas invisibles. Y la causa de este error es que afirman, conforme a la verdad, que Dios es el sumo bien y que todas las cosas que provienen del Bien son buenas; pero no sabiendo discernir qué cosa sea mala y qué cosa sea buena, creyeron que todas aquellas cosas que de cierta manera son malas son pura y simplemente malas; y así, según ellos, el fuego, porque quema, es totalmente malo; y lo es el agua, porque ahoga, y así por el estilo. En consecuencia, por no ser enteramente buena ninguna de las realidades sensibles, sino en cierto modo malas y deficientes, dijeron que todas las realidades visibles no son hechas por el Dios bueno, sino por el dios malo.

Contra ellos propone San Agustín el siguiente ejemplo. Si alguien entra a la casa de un artesano y allí encuentra instrumentos con los que tropieza, y que lo hieren, y por ello juzgare que dicho artesano es malo, por tener esos instrumentos, sería un estulto, pues el artesano los tiene para su trabajo. Asimismo es estulto decir que las criaturas son malas por ser nocivas en algo, pues lo que es nocivo para el uno es útil para el otro.

Este error es contrario a la fe de la Iglesia, y para descartarlo se dice: “De todas las cosas visibles e invisibles”. Génesis 1, 1: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”. Juan I, 3: “Todas las cosas son hechas por El”.

24.- El segundo error es de los que afirman que el mundo es eterno, según este modo de hablar que Pedro consigna (II Pedro 3, 4): “Desde que murieron los padres,* todo sigue como al principio de la criatura”.

* La primera generación cristiana.

Estos son inducidos a tal postura porque no supieron considerar el principio del mundo. Por lo cual, como dice Maimónides, a éstos les pasa lo que a un niño que desde su nacimiento fuese puesto en una isla, y que nunca viese a una mujer encinta ni nacer a un niño: si a este niño se le dijera, siendo ya grande, cómo es concebido el hombre y llevado en el seno y cómo nace, no creería nada de lo que se le dijera, porque le parecería imposible que el hombre pudiese existir en el seno materno. De la misma manera, estos hombres, considerando el estado del mundo presente, no creen que haya tenido comienzo.

También esto es contra la fe de la Iglesia, por lo cual para descartarlo se dice: “Creador del cielo y de la tierra”. Y si fueron hechos es claro que no siempre existieron, por lo cual se dice en el Salmo 148, 5: “Dios mandó y ellas fueron creadas”. “Dixít et facta sunt”.

25.- El tercer error es de los que afirman que Dios hizo el mundo de una materia preexistente. Y a esto fueron llevados porque quisieron medir el poder de Dios conforme a nuestra capacidad, y como el hombre nada puede hacer sino de alguna materia preexistente, creyeron que también así es Dios, por lo cual dijeron que para la producción de los seres contó El con una materia preexistente.

Pero esto no es la verdad. En efecto, nada puede hacer el hombre sin una materia preexistente, porque él es una causa parcial y no puede dar sino tal o cual forma a una materia determinada, por algún otro proporcionada. Y la razón es que su poder no abarca sino la forma, y en consecuencia no puede ser causa sino de ella sola. Dios, en cambio, es la causa universal de todas las cosas, y no crea sólo la forma sino también la materia; así es que de la nada lo hizo todo. Por lo cual para descartar este error se dice: “Creador del cielo y de la tierra”.

Así es que crear y hacer difieren en que crear es hacer algo de la nada, y hacer es producir algo de cierta cosa. Por lo tanto, si de la nada creó Dios, debemos creer que podría crear todas las cosas de nuevo si fuesen destruidas: así es que puede darle la vista a un ciego, resucitar a un muerto, y hacer las demás obras milagrosas. Sabiduría 12, 18: “Con sólo quererlo lo puedes todo”.

26.- Por la consideración de esta doctrina el hombre es llevado a cinco consecuencias.

Primeramente al conocimiento de la divina Majestad. Porque el artesano es superior a sus obras, y como Dios es el creador de todas las cosas, es evidente que está por encima de todas las cosas. Sabiduría 13, 3-4: “Si seducidos por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de todos ellos; y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos, deduzcan de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los hizo”. Por lo cual cuanto podamos entender y pensar es inferior a Dios mismo. Job 36, 26: “¡Qué grande es Dios! Excede nuestra ciencia”.

27.- En segundo lugar, esto lleva al hombre a la acción de gracias. Porque si Dios es el creador de todas las cosas, resulta evidente que cuanto somos y tenemos, de Dios procede. Dice San Pablo en 1Co 4, 7: “¿Qué cosa tienes que no la hayas recibido?”. Salmo 23, I: “Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella, el orbe de la tierra y cuantos en él habitan”. Y por lo mismo debemos rendirle acciones de gracias: Salmo 115, 12: “¿Qué podré yo darle al Señor por todo lo que El me ha dado?”.

28.- En tercer lugar es llevado a la paciencia en las adversidades. En efecto, si toda criatura viene de Dios, y por esto mismo es buena según su naturaleza, empero, si en algo nos daría una de ellas y nos produce un sufrimiento, debemos creer que éste viene de Dios; mas no el pecado, porque ningún mal viene de Dios sino en cuanto está ordenado al bien. Por lo cual, como cualquier pena que el hombre sufra viene de Dios, pacientemente debe soportarlas. En efecto, las penas purgan los pecados, humillan a los culpables, inducen a los buenos a amar a Dios. Job 2, 10: “Si los bienes los hemos recibido de la mano de Dios, ¿por qué no hemos de aceptar igualmente los males?”.

29.- En cuarto lugar somos llevados a usar rectamente de las cosas creadas: en efecto, de las criaturas debemos usar para aquello para lo que fueron creadas por Dios. Ahora bien, fueron hechas con un doble objeto: para la gloria de Dios, porque “el Señor ha hecho todas las cosas en atención a El mismo” (esto es, para su gloria], como dice Prov 16, 4; y para nuestro provecho: Deut 4, 19: “El Señor tu Dios las hizo para el provecho de todas las gentes”. Por lo tanto, debemos usar de las cosas para la gloria de Dios, o sea, para que al usarlas agrademos a Dios; y para nuestro provecho, o sea, de modo que al usarlas no cometamos pecado. I Paralip 29, 14: “Tuyas son todas las cosas y te damos lo que de tu mano hemos recibido”. Así es que cuanto tengas, o ciencia, o belleza, todo debes referirlo y usarlo para la gloria de Dios.

30.- Todo ello nos lleva, en quinto lugar, al conocimiento de la dignidad humana. En efecto, Dios todo lo hizo para el hombre, según se dice en el Salmo 8, 8: “Todo lo pusiste bajo sus pies”. Y entre todas las criaturas, el hombre es, después de los ángeles, la más semejante a Dios, por lo cual dice el Génesis (I, 26): “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y esto no lo dijo ni del cielo ni de las estrellas, sino del hombre. Pero no en cuanto al cuerpo, sino en cuanto al alma, que goza de una voluntad libre y que es incorruptible, que es en lo que se asemeja a Dios más que las otras criaturas. Por lo tanto, hemos de considerar que después de los ángeles el hombre tiene mayor dignidad que las demás criaturas y de ninguna manera disminuir nuestra dignidad por el pecado y por el desordenado apetito de las cosas corporales, que son inferiores a nosotros y fueron hechas para nuestro servicio, sino que debemos portarnos tal como Dios nos hizo.

Pues bien, Dios hizo al hombre para que domine todas las cosas que existen en la tierra y para que se sujete a Dios. Por lo tanto, debemos dominar y someter las cosas; pero sujetarnos a Dios, obedecerlo y servirlo; y de esto pasaremos a la fruición de Dios. Que El se digne concedérnoslo, etc.

 

Artículo    2

Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, SEÑOR NUESTRO

31.- No sólo les es necesario a los cristianos creer en un Dios único, y en que El es creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas, sino que también les es necesario creer que Dios es Padre y que Cristo es verdadero Hijo de Dios.

Lo cual, como lo dice el bienaventurado Pedro en su Segunda Epístola Canónica, cap. I, no es una fábula, sino algo cierto y probado por la palabra de Dios en la montaría. En efecto, dice él allí (16-18): “Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de Nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloría cuando de la sublime Gloria le vino esta voz: Este es mi hijo muy amado en quien me complazco. Oídle. Nosotros mismos escuchamos esta voz venida del cielo, estando con El en el monte santo”.

El mismo Jesucristo en muchas ocasiones llama Padre suyo a Dios y se dice Hijo de Dios. Por lo cual los Apóstoles y los Santos Padres pusieron entre los artículos de Fe que Cristo es Hijo de Dios, al decir: “Y en Jesucristo su Hijo”, esto es, Hijo de Dios.

32.- Pero hubo algunos herejes que creyeron en esto de manera perversa.

En efecto, Fotino dice que Cristo no es Hijo de Dios sino tal como lo son los varones virtuosos que, por vivir honestamente y por cumplir con la voluntad de Dios, merecen ser llamados hijos de Dios por adopción; y que de esta manera Cristo, que vivió honestamente e hizo la voluntad de Dios, mereció ser llamado Hijo de Dios; y pretendió que Cristo no existió antes de la Bienaventurada Virgen, sino que empezó a existir cuando fue concebido por Ella.

Y así erró doblemente. Primero, por no decir que Cristo es verdadero Hijo de Dios según la naturaleza; y en segundo lugar al decir que Cristo empezó a existir en el tiempo en cuanto a todo su ser, mientras que nuestra fe afirma que El es Hijo de Dios por naturaleza y que lo es ab aeterno. Y en todo esto tenemos testimonios expresos contra Fotino en la Sagrada Escritura.

En efecto, contra lo primero la Escritura dice no sólo que Cristo es Hijo sino que es Hijo único. Juan I, 18: “El Hijo único, que está en el seno del Padre, El lo ha contado”. Y contra lo segundo, Juan 8, 58: “Antes de que Abraham fuese, Yo soy”. Ahora bien, es claro que Abraham existió antes que la Santísima Virgen, por lo cual los Santos Padres agregaron, en otro Símbolo, contra lo primero: “Su único Hijo”; y contra lo segundo: “Y nacido del Padre antes de todos los siglos”.

33.- Sabelio ciertamente dijo que Cristo fue anterior a la Bienaventurada Virgen, pero también dijo que no es una la persona del Padre y otra la del Hijo, sino que el mismo Padre se encarnó, por lo cual una misma es la persona del Padre y la del Hijo. Pero esto es erróneo porque destruye la trinidad de las personas. Y en contra de esto tenemos la autoridad de Juan 8, 16: “No estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre”. Y es claro que nadie se envía a sí mismo. En esto, pues, yerra Sabelio. Por lo cual se añade en el Símbolo de los Padres: “Dios de Dios, Luz de Luz”, o sea: debemos creer en Dios Hijo procedente de Dios Padre, en el Hijo que es Luz, que procede del Padre, que es Luz.

34.- Arrío dijo que Cristo es anterior a la Bienaventurada Virgen, y que una es la persona del Padre y otra la del Hijo; pero le atribuyó a Cristo estas tres cosas: primera, que el Hijo de Dios fue una criatura; segunda, que no ab aeterno sino en el tiempo fue creado por Dios como la más noble de las criaturas; tercera, que Dios Hijo no es de una misma naturaleza con Dios Padre, y por lo tanto que no es verdadero Dios.

Pero todo esto es igualmente erróneo y contra la autoridad de la Sagrada Escritura. Pues dice Juan (10, 30): “Yo y el Padre somos una sola cosa”, es evidente que en cuanto a la naturaleza; y por lo tanto, como el Padre siempre ha existido, también el Hijo, y así como el Padre es verdadero Dios, lo es también el Hijo.

Por lo cual, donde se dice por Arrio que Cristo fue una criatura, en contra se dice por los Padres en el Símbolo: “Dios verdadero de Dios verdadero”; donde se dice que Cristo no existe ab aeterno, sino que fue creado en el tiempo, en contra se dice en el Símbolo: “Engendrado, no creado”, y contra la afirmación de que El no es de la misma sustancia con el Padre, se agrega en el Símbolo: “Consubstancial al Padre”.

35.- Es evidente, por Io tanto, que debemos creer que Cristo es el Unigénito de Dios, y verdadero Hijo de Dios, y que siempre ha sido con el Padre, y que una es la persona del Hijo y otra la del Padre, y que es de una misma naturaleza con el Padre. Pero todo esto que creemos aquí abajo por la fe, lo conoceremos en la vida eterna por una visión perfecta. Por lo cual para nuestro consuelo diremos algo de estas cosas.

36.- Es de saber que los diversos seres tienen diversos modos de generación. En efecto, la generación en Dios es distinta de la de los demás seres; por lo cual no podemos llegar a conocer la generación en Dios si no por la generación de aquello que en las criaturas alcance a ser más semejante a Dios. Pues bien, nada es tan semejante a Dios, según ya lo dijimos, como el alma del hombre. Y he aquí el modo de la generación en el alma: el hombre piensa por su alma alguna cosa, que se llama concepción de la inteligencia; y tal concepción proviene del alma como de un padre, y se le llama verbo de la inteligencia, o del hombre. Así es que, pensando, el alma engendra su Verbo.

De la misma manera, el Hijo de Dios no es otra cosa que el Verbo de Dios; no como un verbo proferido afuera, porque tal verbo pasa, sino como un verbo concebido interiormente: por lo cual ese Verbo de Dios es de una misma naturaleza con Dios e igual a Dios. De aquí que hablando San Juan acerca del Verbo de Dios, a los tres herejes destruyó. Primero la herejía de Fotino, que es aniquilada con estas palabras (Jn I, I): “En el principio era el Verbo”; en segundo lugar la de Sabelio, cuando dice: “Y el Verbo estaba en Dios”; y en tercer lugar la de Arrio, cuando dice: “Y el Verbo era Dios”.

37.- Pero el verbo es una cosa en nosotros y otra en Dios. En efecto, en nosotros nuestro verbo es un accidente; y en Dios el Verbo de Dios es lo mismo que el propio Dios, por no haber nada en Dios que no sea la esencia de Dios. Ahora bien, nadie puede decir que Dios no tenga Verbo, porque ocurriría que Dios sería ignorantísimo; pero como Dios siempre ha existido, también su Verbo.

38.- Y como el artesano lo hace todo conforme a la forma que preconcibió en su inteligencia, lo cual es su verbo, de la misma manera Dios lo hace todo por su Verbo, como por su arte. Juan I, 3: “Todas las cosas fueron hechas por El”.

39.- Pues bien, si el Verbo de Dios es Hijo de Dios, y si todas las palabras de Dios son cierta semejanza de ese Verbo, en primer lugar debemos oír con gusto las palabras de Dios, pues la señal de que amamos a Dios es que con agrado escuchemos sus palabras.

40.- En segundo lugar, debemos creer en las palabras de Dios, porque gracias a esto habita en nosotros el Verbo de Dios, esto es, Cristo, que es el Verbo de Dios, conforme al Apóstol (Ef 3, 17): “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”. Juan 5, 38: “El Verbo de Dios no habita en vosotros”.

41.- En tercer lugar, es menester que continuamente meditemos en el Verbo de Dios que habita en nosotros; porque debemos no sólo creer sino también meditar; pues de otra manera lo primero no nos aprovecha, y tal meditación sirve de mucho contra el pecado. Salmo 118, II: “Dentro del corazón he guardado tus palabras, para no pecar contra ti”; y otra vez acerca del varón justo se dice en Salmo I, 2: “En la ley del Señor medita de día y de noche”. Por lo cual se dice de la Santísima Virgen, en Luc 2, 51, que “conservaba todas estas palabras meditándolas en su corazón”.

42.- En cuarto lugar, es menester que el hombre comunique la palabra de Dios a los demás, advirtiendo, predicando e inflamando. Dice el Apóstol en Efesios 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea buena para edificar”. Y en Colos 3, 16: “La palabra de Dios habite en vosotros en abundancia, con toda sabiduría, enseñándoos y amonestándoos unos a otros”. Y asimismo en Tim 4, 2: “Predica la palabra, insiste oportuna e inoportunamente, reprende, exhorta, amenaza con toda paciencia y doctrina”.

43.- Por último, debemos llevar a la práctica la palabra de Dios. Santiago I, 22: “Sed ejecutores de la palabra, y no tan sólo sus oyentes, engañándoos a vosotros mismos”.

44.- Estas cinco cosas las observó por su orden la Santísima Virgen al engendrar al Verbo de Dios. En efecto, primero escuchó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti” (Luc I, 35); en segundo lugar, consintió gracias a la fe: “He aquí la esclava del Señor” (Luc I, 38); en tercer lugar, le tuvo y llevó en su seno; en cuarto lugar, lo dio a luz; en quinto lugar, lo nutrió y amamantó, por lo cual canta la Iglesia: “Al mismo rey de los Ángeles la sola Virgen lo amamantaba con su pecho lleno de cielo”.

Artículo    3

QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE LA VIRGEN MARÍA

45.- No solamente es necesario creer en el Hijo de Dios, como está demostrado, sino que es menester creer también en su encarnación. Por lo cual San Juan, después de haber dicho muchas cosas sutiles y difíciles (sobre el Verbo), en seguida nos habla de su encarnación en estos términos (Jn I, 14): Y el Verbo se hizo carne.

Y para que podamos captar algo de esto, propondré dos ejemplos.

Es claro que nada es tan semejante al Hijo de Dios como el verbo concebido en nuestra mente y no proferido. Ahora bien, nadie conoce el verbo mientras permanece en la mente del hombre, si no es aquel que lo concibe; pero es conocido al ser proferido. Y así, el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre no era conocido sino por el Padre; pero ya revestido de carne, como el verbo se reviste con la voz, entonces por primera vez se manifestó y fue conocido. Baruc (3, 38): “Después apareció en la tierra, y conversó con los hombres”.

El segundo ejemplo es éste: por el oído se conoce el verbo proferido, y sin embargo no se le ve ni se le toca; pero si se le escribe en un papel, entonces sí se le ve y se le toca. Así, el Verbo de Dios se hizo visible y tangible cuando en nuestra carne fue como inscrito; y así como al papel en que está escrita la palabra del rey se le llama palabra del rey, así también el hombre al cual se unió el Verbo de Dios en una sola hipóstasis, se llama Hijo de Dios, Isaías 8, I: “Toma un gran libro, y escribe en él con un punzón de hombre”; por lo cual los santos apóstoles dijeron (acerca de Jesús): “Que fue concebido del Espíritu Santo, y nació de la Virgen María”.

46.- En esto erraron muchos. Por lo cual los Santos Padres, en otro símbolo, en el Concilio de Nicea, añadieron muchas precisiones, en virtud de las cuales son destruidos ahora todos los errores.

47.- En efecto, Orígenes dijo que Cristo nació y vino al mundo para salvar también a los demonios. Por lo cual dijo que todos los demonios serían salvos al fin del mundo. Pero esto es en contra de la Sagrada Escritura. En efecto, dice San Mateo (25, 41): “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”. Por lo cual, para rechazar esto se agrega: “Que por nosotros los hombres (no por los demonios) y por nuestra salvación”. En lo cual aparece mejor el amor que Dios nos tiene.

48.- Fotino ciertamente consintió en que Cristo nació de la Bienaventurada Virgen; pero agregó que El era un simple hombre, que viviendo bien y haciendo la voluntad de Dios mereció venir a ser hijo de Dios, como los demás santos. Pero contra esto Jesús dice en Juan (ó, 38): “Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Es claro que del cielo no habría descendido si allí no hubiese estado; y que si fuese un simple hombre, no habría estado en el cielo. Por lo cual, para rechazar ese error se añade: “Descendió del cielo”.

49.- Maniqueo, por su parte, dijo que ciertamente el Hijo de Dios existió siempre y que descendió del cielo; pero que no tuvo carne verdadera, sino aparente. Pero esto es falso. En efecto, no convenía que el doctor de la verdad tuviese alguna falsedad. Y por lo mismo, puesto que ostentó verdadera carne, verdaderamente la tuvo. Por lo cual dijo en San Lucas (24, 39): “Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. Por lo cual, para rechazar dicho error, agregaron (los Santos Padres): “Y se encarnó”.

50.- Por su parte, Ebión, que fue de origen judío, dijo que Cristo nació de la Santísima Virgen, pero por la unión de un varón y del semen viril. Pero esto es falso, porque el Ángel dijo (Mt I, 20): “Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”. Por lo cual los Santos Padres, para rechazar dicho error, añadieron: “del Espíritu Santo”.

51.- Valentino, por su parte, confesó que Cristo fue concebido del Espíritu Santo; pero pretendió que el Espíritu Santo llevó un cuerpo celeste, y que lo puso en la Santísima Virgen, y que ése fue el cuerpo de Cristo: de modo que ninguna otra cosa hizo la Santísima Virgen, sino que fue su receptáculo. Por lo cual aseguró que dicho cuerpo pasó por la Bienaventurada Virgen como por un acueducto. Pero esto es falso, pues el Ángel le dijo a Ella (Lc I, 35): “El Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”. Y el Apóstol dice (Gal 4, 4): “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Por lo cual añadieron: “Y nació de la Virgen María”.

52.- Arrio y Apolinar dijeron que ciertamente Cristo es el Verbo de Dios y que nació de la Virgen María; pero que no tuvo alma, sino que en el lugar del alma estuvo allí la divinidad. Pero esto es contra la Escritura, porque Cristo dijo (Jn 12, 27): “Ahora mi alma está turbada”, y también en Mateo 26, 38: “Triste está mi alma hasta la muerte”. Por lo cual, para rechazar dicho error añadieron: “Y se hizo hombre”. Pues bien, el hombre está constituido de alma y cuerpo. Así es que muy verdaderamente Jesús tuvo todo lo que el hombre puede tener, con excepción del pecado.

53.- Al  asentar  que  Cristo  se  hizo  hombre,  se  destruyen todos los errores arriba enunciados y cuantos puedan decirse, y principalmente el error de Eutiques, que enseñaba que hecha la mezcla de la naturaleza divina con la humana, resultaba una sola naturaleza de Cristo, la cual no sería ni puramente divina ni puramente humana. Lo cual es falso, porque así Cristo no sería hombre, y también contra esto se dice que “se hizo hombre”.

Se destruye también el error de Nestorio, el cual enseñó que el Hijo de Dios está unido a un hombre sólo porque habita en él. Pero esto es falso, porque en tal caso no sería hombre, sino que estaría en un hombre. Y que Cristo es hombre lo dice claramente el Apóstol (Flp 2, 7): “Y por su presencia fue reconocido como hombre”. Y Juan (8, 40) dice: “¿Por qué tratáis de matarme a mí, que soy hombre, que os he dicho la verdad que he oído de Dios?”.

54.- De todo esto podemos concluir algunas cosas para nuestra instrucción.

En primer lugar, se confirma nuestra fe. En efecto, si alguien dijera algunas cosas de una tierra remota a la que no hubiese ido, no se le creería igual que si allí hubiese estado. Ahora bien, antes de la venida de Cristo al mundo, los Patriarcas y los Profetas y Juan Bautista dijeron algunas cosas acerca de Dios, y sin embargo no les creyeron a ellos los hombres como a Cristo, el cual estuvo con Dios, y que además es uno con El. De aquí que nuestra fe, que nos transmitió el mismo Cristo, sea más firme. Juan I, 18: “Nadie ha visto jamás a Dios: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él mismo lo ha revelado”. De aquí resulta que muchos secretos de la fe se nos han manifestado después de la venida de Cristo, los cuales estaban antes ocultos.

55.- En segundo lugar, por todo ello se eleva nuestra esperanza. En efecto, es claro que el Hijo de Dios no vino, asumiendo nuestra carne, por negocio de poca monta, sino para una gran utilidad nuestra; por lo cual efectuó cierto canje, o sea, que tomó un cuerpo con una alma, y se dignó nacer de la Virgen, para hacernos el don de su divinidad; y así, El se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. Rm 5, 2: “Por quien hemos obtenido, mediante la fe, el acceso a esta gracia, en la cual nos hallamos y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios”.

56.- En tercer lugar, con todo ello se inflama la caridad. En efecto, ninguna prueba de la divina caridad es tan evidente como la de que Dios creador de todas las cosas se haya hecho criatura, que nuestro Dios se haya hecho nuestro hermano, que el Hijo de Dios se haya hecho hijo del hombre. Juan 3, 16: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito”. Por lo tanto, por esta consideración el amor a Dios debe reencenderse e inflamarse.

57.- En cuarto lugar, somos llevados a guardar pura el alma. En efecto, de tal manera ha sido ennoblecida y exaltada nuestra naturaleza por la unión con Dios, que ha sido elevada a la unidad con una divina persona. Por lo cual el Ángel, después de la encarnación, no quiso permitir que el bienaventurado apóstol Juan lo adorase, cosa que anteriormente les había permitido a los más grandes de los Patriarcas. Por lo cual, recordando su exaltación y meditando sobre ella, debe el hombre guardarse de mancharse y de manchar su naturaleza con el pecado. Por eso dice San Pedro (IIP I, 4): “Por quien nos han sido dadas las magníficas y preciosas promesas, para que por ellas nos hagamos partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción de la concupiscencia que hay en el mundo”.

58.- En quinto lugar, con todo ello se nos inflama el deseo de alcanzar a Cristo. En efecto, si algún rey fuese hermano de alguien y estuviese lejos de él, ese cuyo hermano fuese el rey desearía llegar a él, y con él estar y permanecer. Por lo cual, como Cristo es nuestro hermano, debemos desear estar con él y unírnosle: Mt 24, 28: “Donde esté el cuerpo, allí se juntarán las águilas”. Y el Apóstol deseaba morir y estar con Cristo. Y este deseo crece en nosotros si meditamos sobre su encarnación.

Artículo    4

PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO

59.- Así como le es necesario al cristiano creer en la encarnación del Hijo de Dios, así también le es necesario creer en su pasión y en su muerte, porque, como dice San Gregorio, “de nada nos aprovecharía el haber nacido si no nos aprovecha el haber sido redimidos”. Pues bien, que Cristo haya muerto por nosotros es algo tan elevado, que apenas puede nuestra inteligencia captarlo; no sólo, sino que no le cuadra a nuestro espíritu. Y esto es lo que dice el Apóstol (Hechos 13, 41): “En vuestros días yo voy a realizar una obra, una obra que no creeréis si alguien os la cuenta”. Y Habacuc I, 5: “En vuestros días se cumplirá una obra que nadie creerá cuando se narre”. Pues tan grandes son la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo por nosotros más de lo que podemos entender.

60.- Sin embargo, no debemos creer que de tal manera haya sufrido Cristo la muerte que muriera la Divinidad, sino que la humana naturaleza fue lo que murió en El. Pues no murió en cuanto Dios, sino en cuanto hombre. Y esto es patente mediante tres ejemplos.

El primero está en nosotros. En efecto, es claro que al morir el hombre, al separarse el alma del cuerpo, no muere el alma, sino el mismo cuerpo, o sea, la carne.

Así también, en la muerte de Cristo, no muere la Divinidad sino la naturaleza humana.

61.- Pero si los judíos no mataron a la Divinidad, es claro que no pecaron más que si hubiesen matado a cualquier otro hombre.

62.- A esto debemos responder que suponiendo a un rey revestido con determinada vestidura, si alguien se la manchase incurriría en la misma falta que si manchase al propio rey. De la misma manera los judíos: no pudieron matar a Dios, pero al matar la humana naturaleza asumida por Cristo, fueron castigados como si hubiesen matado a la Divinidad misma.

63.- Además, como dijimos arriba, el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, y el Verbo de Dios encarnado es como el verbo del rey escrito en una carta. Pues bien, si alguien rompiese la carta del rey, se le consideraría igual que si hubiere desgarrado el verbo del rey. Por lo mismo, se considera el pecado de los judíos de igual manera que si hubiesen matado al Verbo de Dios.

64.- Pero ¿qué necesidad había de que el Verbo de Dios padeciese por nosotros? Muy grande. Y se puede deducir una doble necesidad. Una, como remedio de los pecados, y la otra como modelo de nuestros actos.

65.- Para remedio, ciertamente, porque contra todos los males en que incurrimos por el pecado, encontramos el remedio en la pasión de Cristo. Ahora bien, incurrimos en cinco males.

66.- En primer lugar, una mancha: el hombre, en efecto, cuando peca, mancha su alma, porque así como la virtud del alma es su belleza, así también el pecado es su mancha. Baruc 3, 10: “¿Por qué, Israel, por qué estás en país de enemigos… te has contaminado con los cadáveres?”. Pero esto lo hace desaparecer la Pasión de Cristo: en efecto, con su Pasión Cristo hizo un baño con su sangre, para lavar allí a los pecadores. Apoc I, 5: “Nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. En efecto, se lava el alma con la sangre de Cristo en el bautismo, pues por la sangre de Cristo tiene el bautismo virtud regenerativa. Por lo cual cuando alguien se mancha por el pecado, le hace una injuria a Cristo y peca más que antes (del bautismo). Hebreos 10, 28-29: “Si alguno viola la ley de Moisés es condenado a muerte sin compasión, por la declaración de dos o tres testigos. ¿Cuánto más grave castigo pensáis que merecerá el que pisoteó al Hijo de Dios y tuvo por impura la sangre de la Alianza?”.

67.- En segundo lugar, caemos en desgracia respecto a Dios. Porque así como el hombre carnal ama la belleza carnal, así Dios ama la espiritual, que es la belleza del alma. Así es que cuando el alma se mancha por el pecado, Dios se ofende y le tiene odio al pecador. Sabiduría 14, 9: “Dios odia al impío y su impiedad”. Pero esto lo borra la Pasión de Cristo, el cual satisfizo a Dios Padre por el pecado, por el que no podía satisfacer el propio hombre, porque la caridad y la obediencia de Cristo fueron mayores que el pecado del primer hombre y su desobediencia. Rm 5, 10: “Cuando éramos enemigos (de Dios), fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”.

68.- En tercer lugar, caemos en debilidad. Porque el hombre tan pronto como peca cree poder en seguida preservarse del pecado; pero ocurre todo lo contrario; porque por el primer pecado se debilita y se hace más inclinado al pecado; y así domina más el pecado al hombre, y el hombre, en cuanto de sí depende, se pone en tal situación que sin el poder divino no se puede levantar, como quien se arrojara a un pozo. Por lo cual después de haber pecado el hombre, nuestra naturaleza se debilitó y corrompió, y entonces el hombre se encontró más inclinado a pecar. Pero Cristo disminuyó esta flaqueza y esta debilidad, aunque no la suprimió enteramente. Sin embargo, de tal manera ha sido confortado el hombre por la Pasión de Cristo, y debilitado el pecado, que ya no estamos tan dominados por él; y puede el hombre, ayudado por la gracia de Dios, que nos confiere con los sacramentos, que tienen eficacia por la Pasión de Cristo, esforzarse de tal manera que puede apartarse de los pecados. Dice el Apóstol en Rm 6, 6: “Nuestro hombre viejo fue crucificado con El, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado”. En efecto, antes de la Pasión de Cristo se halló que eran pocos los hombres que vivieran sin pecado mortal; pero después son muchos los que vivieron y viven sin pecado mortal.

69.- En cuarto lugar, incurrimos en el reato de una pena. Pues la justicia de Dios exige que todo el que peque sea castigado. Y la pena se mide por la culpa. De modo que como la culpa del pecado mortal es infinita, puesto que es contra el bien infinito, o sea, Dios, cuyos preceptos menosprecia el pecador, la pena debida al pecado mortal es infinita. Pero Cristo por su Pasión nos levantó esa pena, y El mismo la padeció. I Pedro 2, 24: “El mismo llevó nuestros pecados (esto es, la pena del pecado) en su cuerpo”. Porque la virtud de la Pasión de Cristo fue tan grande que bastó para expiar todos los pecados de todo el mundo, aun cuando fuesen sin cuento. Por eso los bautizados son aliviados de todos sus pecados. Por eso también el sacerdote perdona los pecados. Por eso también el que mejor se conforme a la Pasión de Cristo, mayor perdón obtendrá y más gracia merece.

70.- En quinto lugar, incurrimos en el destierro del reino. Porque quienes ofenden a los reyes son obligados a dejar el reino. Y así el hombre por el pecado es echado del paraíso. Por eso, inmediatamente después de su pecado Adán es arrojado del paraíso, y es cerrada la puerta del paraíso. Pero Cristo por su Pasión abrió esa puerta, y llamó al reino a los desterrados. En efecto, abierto el costado de Cristo, fue abierta la puerta del paraíso; y derramada su sangre, se limpió la mancha, Dios fue aplacado, suprimida fue la debilidad, fue expiada la pena, los desterrados fueron llamados al reino. Y por eso se le dijo al ladrón inmediatamente (Lc 23, 43): “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esto no fue dicho en otro tiempo: no se le dijo a nadie, ni a Adán, ni a Abraham, ni a David; sino hoy, o sea, cuando es abierta la puerta, el ladrón pide y obtiene el perdón. Hebr 10, 19: “Teniendo… la seguridad de entrar en el santuario por la sangre de Cristo”.

De esta manera, pues, queda patente la utilidad (de la Pasión de Cristo) en calidad de remedio.

Pero no es menor su utilidad en calidad de ejemplo.

71.- En efecto, como dice San Agustín, la Pasión de Cristo basta totalmente como instrucción para nuestra vida. Pues quien anhele vivir de manera perfecta, que no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y que desee lo que Cristo deseó.

72.- Porque ningún ejemplo de virtud falta en la cruz. Pues si buscas un ejemplo de caridad, “nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos”, Jn 15, 13. Y esto fue lo que hizo Cristo en la cruz. Por lo tanto, si El dio su vida por nosotros, no se nos debe hacer pesado soportar por El cualquier mal. Salmo 115, 12: “¿Qué le daré al Señor por todo lo que El me ha dado?”.

73.- Si buscas un ejemplo de paciencia, excelentísimo lo encuentras en la cruz. En efecto, de dos grandes maneras se manifiesta la paciencia: o bien padeciendo pacientemente grandes males, o bien padeciendo algo que podría evitarse y que no se evita.

Pues bien, Cristo soportó en la cruz grandes males. Treno I, 12: “Oh, vosotros todos, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor”; y pacientemente, porque, “al padecer, no amenazaba”, I Pedro 2, 23; e Isaías 53, 7: “Como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante los trasquiladores”.

Además, Cristo pudo evitarlos, y no los evitó. Mt 26, 53: “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que me enviaría luego más de doce legiones de ángeles?”.

Grande es, pues, la paciencia de Cristo en la cruz. Hebr 12, 1-2: “Por la paciencia corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús, el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia”.

74.- Si buscas un ejemplo de humildad, ve el crucifijo: en efecto, Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilato y morir. Job 36, 17: “Tu causa ha sido juzgada como la de un impío”. En verdad como la de un impío: “Condenémosle a una muerte afrentosa”, Sabiduría 2, 20. El Señor quiso morir por su siervo, y el que es la vida de los Ángeles por el hombre. Flp 2, 8: “Hecho obediente hasta la muerte”.

75.- Si buscas un ejemplo de obediencia, síguelo a Él. que se hizo obediente al Padre hasta la muerte. Rm 5, 19: “Como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo muchos fueron hechos justos”.

76.- Si quieres un ejemplo de desprecio de las cosas terrenas, síguelo a Él, que es el Rey de Reyes y el Señor de los señores, en quien se hallan los tesoros de la sabiduría, y que sin embargo en la cruz estuvo desnudo, objeto de burla, fue escupido, golpeado, coronado de espinas, y abrevado con hiel y vinagre, y murió. Por lo tanto, no os impresionéis por las vestiduras, ni por las riquezas, porque “se repartieron mis vestiduras”, Salmo 21, 19; ni por los honores, porque a mí me cubrieron de burlas y de golpes; no por las dignidades, porque tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre mi cabeza; no por las delicias, porque “en mi sed me abrevaron con vinagre”, Salmo 68, 22.

Sobre Hebr 12, 2: “El cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia”, dice San Agustín: “El hombre Jesucristo despreció todos los bienes terrenos para enseñarnos que deben ser despreciados”.

Artículo    5

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, Y AL TERCER DÍA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS

77.- Como ya dijimos, la muerte de Cristo consistió, como en los demás hombres, en que su alma se separó de su cuerpo; pero de manera tan indisoluble está unida la Divinidad a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la misma Deidad estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo, por lo cual en el sepulcro estuvo el Hijo de Dios con el cuerpo, y descendió a los infiernos 1 con el alma.

78.- Por cuatro razones descendió Cristo con su alma a los infiernos.

La primera fue soportar toda la pena del pecado, para expiar así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no era sólo la muerte del cuerpo, sino que también era un sufrimiento del alma. Porque como el pecado era también por parte del alma, también la misma alma era castigada por la privación de la visión divina. De modo que sin esa pena, de ninguna manera se satisfacía. Por ello, después de muertos, todos descendían, aun los santos Padres, antes de la venida de Cristo, a los infiernos. Así es que para soportar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también bajar con el alma a los infiernos. De aquí que diga el Salmo 87, 5-6: “Contado entre los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado, libre entre los muertos”. Pues los demás estaban allí como esclavos, pero Cristo como libre.

79.- La segunda fue el socorrer perfectamente a todos sus amigos. En efecto, El tenía amigos no sólo en el mundo sino también en los infiernos. Pues se es amigo de Cristo en la medida en que se tiene caridad, y en los infiernos había muchos que habían muerto con la caridad y la fe en El que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros justos y varones perfectos. Y como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido por su propia muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y socorrerlos bajando hasta donde se hallaban ellos. Eccli 24, 45: “Penetraré a todas las profundidades de la tierra, y visitaré a todos los que duermen, e iluminaré a cuantos esperan en el Señor”.

80.- La tercera razón fue el triunfar perfectamente sobre el diablo. En efecto, se triunfa de manera perfecta sobre otro, cuando no sólo se le vence en el campo de batalla, sino que se le acomete hasta en su propia casa y se le arrebata la sede de su imperio y su casa misma. Pues bien, Cristo había triunfado del diablo, pues en la cruz lo había vencido. Por lo cual dice Juan (12, 31): “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo (o sea el diablo) será echado fuera”. Por lo cual para triunfar perfectamente, quiso arrebatarle la sede de su imperio y encadenarlo en su casa, que es el infierno. Por eso descendió hasta allí, y le arrebató todos sus bienes, y lo encadenó, y le quitó su presa, Col. 2, 15: “Y una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió con gran despliegue, triunfando de ellos públicamente por sí mismo”.

Y así como había recibido Cristo el poder y la posesión del cielo y de la tierra, quiso también recibir la posesión de los infiernos, para que así, según el Apóstol a los Filipenses (2, 10): “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla, en los cielos, en la tierra y en los infiernos”. Y Marcos 16, 17: “En mi nombre expulsarán a los demonios”.

81.- La cuarta y última razón era librar a los santos que estaban en los infiernos. Porque así como Cristo quiso sufrir la muerte para librar de la muerte a los vivos, así también quiso descender a los infiernos para librar a los que allí estaban. Zac 9, 11: “Tú, Señor, por la sangre de tu alianza, soltaste a tus cautivos de la fosa, en la cual no hay agua”. Oseas 13, 14: “Oh muerte, yo seré tu muerte; infierno, yo seré tu mordedura”.

En efecto, aunque Cristo haya destruido totalmente la muerte, no destruyó del todo los infiernos, sino que los mordió; porque ciertamente no liberó a todos del infierno, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, e igualmente sin el pecado original, del cual en cuanto a su persona estaban libres por la circuncisión: o antes de la circuncisión, los que eran salvos por la fe de los padres fieles, si no tenían uso de razón; o por los sacrificios, y con la fe en el Cristo que había de venir, si eran adultos; pero que permanecían allí por el pecado original de Adán, del cual no podían librarse, en cuanto a la naturaleza, sino por Cristo. Por lo cual Cristo dejó allí a los que habían descendido con pecado mortal y a los niños incircuncisos. Por lo cual dijo: “Infierno, seré tu mordedura”.

Así pues, queda claro que Cristo bajó a los infiernos y por qué razones.

82.- De todo esto podemos recibir para nuestra instrucción cuatro cosas.

En  primer  lugar,  una  firme  esperanza  en  Dios.  Porque por más que esté el hombre en aflicción, siempre debe esperar en la ayuda de Dios, y en El confiar. No puede haber, en efecto, cosa tan penosa como estar en los infiernos. Si pues Cristo libró a los que estaban en los infiernos, todo aquel que sea amigo de Dios debe tener gran confianza en ser librado por El de cualquier angustia. Sabiduría 10, 13-14: “Ella (la Sabiduría) no desamparó al justo vendido… descendió con él a la mazmorra, y no lo abandonó en las cadenas”. Y porque Dios ayuda especialmente a sus siervos, aquel que sirve a Dios debe sentirse con gran seguridad. Eccli 34, 16: “El que teme al Señor de nada teme porque El mismo es su esperanza”.

83.- En segundo lugar, debemos concebir el temor (de Dios) y apartar la presunción. Porque aun cuando Cristo haya padecido por los pecadores y descendido a los infiernos, sin embargo no liberó a todos, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, como ya se dijo. Y allí dejó a los que habían muerto en pecado mortal. Por lo tanto, que nadie de los que allí bajen en pecado mortal espere el perdón. Porque en el infierno estará cuanto los santos padres en el paraíso, esto es, eternamente. Mt 25, 46: “Irán éstos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna”.

84.- En tercer lugar, debemos estar alertas. Precisamente porque Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación, nosotros debemos preocuparnos por descender allí frecuentemente considerando ciertamente las penas aquellas, como lo hacía el santo Ezequías, que decía (Is 38, 10}: “Yo dije: a la mitad de mis días me voy a las puertas del Infierno”. Porque quien baje allí frecuentemente en vida con el pensamiento, no descenderá allá fácilmente al morir: porque tal consideración lo aparta del pecado. En efecto, vemos que los mundanos se guardan de las malas acciones por temor al castigo: en consecuencia, ¿cuánto más deben guardarse (del mal) ante la pena del infierno, la cual es mayor por razón de la duración, de la acritud y de la multiplicidad? Eclesiástico 7, 36: “Ten presentes tus novísimos, y jamás pecarás”.

85.- En cuarto lugar, de esto resulta para nosotros un ejemplo de amor. En efecto, Cristo bajó a los infiernos para liberar a los suyos, y por lo tanto nosotros debemos descender allí (en espíritu) para ayudar a los nuestros. Pues ellos nada pueden, por lo cual debemos ayudar a los que están en el purgatorio. Demasiado cruel sería quien no ayudara a un ser querido que estuviese en una cárcel terrena. Así es que no habiendo ninguna comparación de las penas de este mundo con aquéllas, mucho más cruel es el que no le ayuda al amigo que está en el purgatorio. Job 19, 21: “Tened piedad de mí, tened piedad de mí, siquiera vosotros, mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido”. II Macab 12, 46: “Obra santa y saludable es orar por los muertos para que sean librados de sus pecados”.

86.- Como dice San Agustín, se les ayuda principalmente de tres maneras, a saber, con misas, con oraciones y con limosnas. San Gregorio agrega una cuarta manera: el ayuno. Ni hay de qué admirarse, porque aun en este mundo, el amigo puede satisfacer por el amigo. Sin embargo, esto debe entenderse respecto a quienes están en el purgatorio.

87.- Al hombre le es necesario conocer dos cosas, a saber, la gloria de Dios y el castigo del infierno. Atraídos, en efecto, por la gloria, y atemorizados por los castigos, los hombres se guardan y se apartan de los pecados. Pero muy difícilmente conoce el hombre estas cosas. Por lo cual acerca de la gloria se dice en Sabiduría 9, 16: “¿Quién rastreará lo que hay en los cielos?”. Lo cual es ciertamente difícil para los terrenos, porqué, como se dice en Juan 3,31: “El que es de la tierra habla de la tierra”; pero no les es difícil a los espirituales, porque “el que viene de lo alto está por encima de todos”, como se dice allí mismo. Y por eso, para enseñamos las cosas celestiales, Dios bajó del cie lo y se encarnó.

Era también difícil conocer las penas del infierno. Sabiduría 2, I: “Ni se sabe de nadie que haya vuelto de los infiernos”. Y esto se pone en boca de los impíos. Pero esto de ninguna manera se puede decir, porque así como bajó del cielo para enseñar las cosas celestiales, así también resucitó de los infiernos para instruirnos acerca de las cosas de los infiernos. Por lo cual es necesario que creamos no sólo que Cristo se hizo hombre y que murió, sino también que resucitó de entre los muertos. Por lo cual se dice: “Y al tercer día resucitó de entre los muertos”.

88.- Sabemos que muchos resucitaron de entre los muertos, como Lázaro, y el hijo de la viuda y la hija del jefe de la sinagoga. Pero la resurrección de Cristo difiere de la resurrección de éstos y de otros en cuatro cosas.

Primero en cuanto a la causa de la resurrección, porque los otros resucitados no resucitaron por su propia virtud sino por la de Cristo o por las oraciones de algún santo, y en cambio Cristo resucitó por su propia virtud, porque no sólo era hombre, sino que también era Dios, y la Divinidad del Verbo jamás fue separada ni de su alma ni de su cuerpo, por lo cual el cuerpo recobró el alma, y el alma recobró el cuerpo cuando El lo quiso. Juan 10, 18: “Tengo poder de dar mi alma y poder para recobrarla de nuevo”. Y aunque Cristo haya muerto, esto no fue por debilidad ni por necesidad, sino por su propio poder, porque fue voluntariamente. Y esto es patente porque cuando exhaló su espíritu, gritó con fuerte voz, cosa que no pueden hacer los demás moribundos, porque mueren por debilidad. Por lo cual dijo el Centurión (Mt 27, 54): “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”. Y por eso, así como por su propio poder entregó su alma, así también por su propio poder la recobró. Por lo cual se dice que “resucitó”, y no que haya sido resucitado, como si lo hubiera sido por otro. Salmo 3, 6: “Me acosté, y me dormí, y me levanté”. Ni esto es contrario a lo que se dice en Hechos 2, 32: “A este Jesús lo resucitó Dios”, porque en efecto el Padre lo resucitó, y a la vez el Hijo: porque el mismo poder es el del Padre y el del Hijo.

89.- En segundo lugar, difiere en cuanto a la vida a la cual resucitó, porque Cristo resucitó a una vida gloriosa e incorruptible. Dice el Apóstol en Rm 6, 4: “Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre”; y los demás, ciertamente, a la misma vida que primero tenían, como consta en cuanto a Lázaro y otros.

90.- En tercer lugar, difiere en cuanto al fruto y la eficacia, porque todos resucitan por el poder de la resurrección de Cristo. Mt 27, 52: “Muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron”. Dice el Apóstol en I Cor 15, 20: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron”.

Pero notad que por la pasión Cristo llegó a la gloria. Luc 24, 2ó: “¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Así nos enseña cómo podemos nosotros llegar a la gloria: Hechos 14, 21: “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios”.

91.- En cuarto lugar, difiere en cuanto al tiempo: porque la resurrección de los otros hombres es diferida hasta el fin del mundo, si no es que a algunos por privilegio se les concede antes, como a la Santísima Virgen, y, como piadosamente se cree, a San Juan Evangelista; pero Cristo resucitó al tercer día. Y la razón de ello es que la resurrección y la muerte y la natividad de Cristo fueron por nuestra salvación, por lo cual El quiso resucitar cuando nuestra salvación se cumpliera. Por lo cual, si hubiese resucitado al instante, no se habría creído que hubiese muerto. De la misma manera, si hubiese tardado mucho, los discípulos no habrían permanecido en la fe, y así ninguna utilidad habría en su pasión. Salmo 29, 10: “¿Qué utilidad hay en mi sangre si desciendo a la corrupción?”. Por lo cual resucitó al tercer día, para que se creyera que había muerto y para que los discípulos no perdieran la fe.

92.- Pues bien, de todo lo anterior podemos sacar cuatro consecuencias para nuestra ilustración.

En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: “Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará”. Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: “Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección”.

93.- En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: “No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro”, porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado. Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.

94.- En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rm ó, 9: “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él”. Y más abajo (1 1-13): “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida”.

95.- En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rm 6, 4: “Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva”. Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la. conduce a la vida de la gloria. Así sea.

Artículo    6

ASCENDIÓ A LOS CIELOS, Y SE SENTÓ A LA DIESTRA DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE

96.- Tras de creer en la resurrección de Cristo es necesario creer en su ascensión, por la cual ascendió al Cielo a los cuarenta días. Y por eso se dice: “Ascendió a los cielos”.

Acerca de su ascensión debes notar tres cosas.

Primeramente fue a) sublime, b) racional y c) útil.

97.- a) Fue sublime porque ascendió a los cielos. Y esto se explica de tres maneras.

Primero, por encima de todos los cielos materiales. Dice el Apóstol en Ef 4, 10: “Subió por encima de todos los cielos”. Cristo fue el primero en realizar tal cosa. Antes, en efecto, el cuerpo terreno no existía sino en la tierra, tanto que aun Adán estuvo en un paraíso terrenal.

En segundo lugar, ascendió por encima de todos los cielos espirituales. Ef I, 20-22: “Sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero; y bajo sus pies sometió todas las cosas”.

En tercer lugar, ascendió hasta el trono del Padre. Dan 7, 13: “Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre, y llegó hasta el Anciano de los días”; y Marc 16, 19: “Y el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo, y se sentó a la diestra de Dios”.

98.- Pero no debemos entender lo de “diestra de Dios” de una manera corporal, sino metafóricamente: porque se dice que se sentó a la derecha del Padre, en cuanto Dios, esto es, por su igualdad con el Padre; y en cuanto hombre se sentó a la derecha del Padre, esto es, con los bienes más excelentes. Pero esto afectó al diablo: Is 14, 13: “Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el monte de la Alianza, en el extremo norte. Subiré por encima de la altura de las nubes, me asemejaré al Altísimo”. Pero no llegó allí sino Cristo, por lo cual se dice: “Subió a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre”. Salmo 109, I: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra”.

99.- b) En segundo lugar, la ascensión de Cristo fue conforme a razón, porque fue hasta los cielos; y esto por tres motivos:

Primeramente porque el cielo se le debía a Cristo a causa de su naturaleza. En efecto, lo natural es que cada ser vuelva al lugar de donde es originario. Pues bien, el principio del origen de Cristo está en Dios, que es por encima de todo. Juan 16, 28: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre”. Juan 3, 13: “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo”. Y aunque los santos suben al cielo, sin embargo esto no es como sube Cristo; porque Cristo sube por su propio poder, y los santos, atraídos por Cristo. Cant 1, 3: “Llévame en pos de ti”. Pero puede decirse que nadie sube al cielo sino Cristo, porque los santos no ascienden sino en cuanto son miembros de Cristo, que es la cabeza de la Iglesia. Mat 24, 28: “Donde esté el cadáver, allí se juntarán las águilas”.

En segundo lugar, se le debía a Cristo el cielo por razón de su victoria. Porque Cristo fue enviado al mundo para luchar contra el diablo, y lo venció, y por lo mismo mereció ser exaltado por encima de todo. Apoc 3,21: “Yo vencí, y me senté con mi Padre en su trono”.

En tercer lugar, a causa de su humildad. En efecto, ninguna humildad es tan grande como la de Cristo, que siendo Dios quiso hacerse hombre, y siendo Señor quiso tomar la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte, como se dice en Flp 2, y descendió hasta los infiernos, por lo cual mereció ser exaltado hasta el cielo, al trono de Dios. Porque la humildad es el camino de la exaltación. Luc 14, II: “El que se humilla será exaltado”; Ef 4, 10: “Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos”.

100.- c) En tercer lugar, la ascensión de Cristo fue útil, por tres motivos.

Primeramente por razón de conducción, porque ascendió para conducirnos. Pues nosotros ignorábamos el camino, pero El mismo nos lo mostró. Miqueas 2, 13: “Ascendió, abriendo camino adelante de ellos”. Y para darnos la seguridad de la posesión del reino celestial. Juan 14, 2: “Voy a prepararos un lugar”.

En segundo lugar, por razón de la seguridad que nos da. Pues subió al cielo para interceder por nosotros. Hebr 7, 25: “Ya que está siempre vivo para interceder por nosotros”. I Juan 2: “Tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo”.

En tercer lugar, para atraer nuestros corazones hacia El. Mt 6, 21: “Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón”; y para que despreciemos las cosas temporales. El Apóstol en Colos 3, I: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; gustad de las cosas de arriba, no de las de la tierra”.

Artículo    7

Y DE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS

101.- El juzgar corresponde al oficio de rey y de Señor. Prov 20, 8: “El Rey sentado sobre el trono de la justicia disipa con la mirada todo mal”. Y como Cristo ascendió al Cielo, y está sentado a la derecha de Dios como Señor de todos, es claro que a él le toca el juzgar. Por lo cual en la regla de la Fe católica confesamos que “ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Esto mismo lo dijeron también los Ángeles (Hechos I, II): “Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo”.

102.- Debemos considerar tres cosas acerca de este juicio. Primero, su forma; segundo, lo que se le debe temer; tercero, cómo hemos de prepararnos para ese juicio.

103.- Tres cosas concurren a la forma de un juicio: quién sea el juez, quiénes serán juzgados y acerca de qué.

104.- Pues bien, Cristo es el juez. Hechos 10, 42: “Es Él quien ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos”: ya sea que tomemos por muertos a los pecadores, y por vivos a los justos; o literalmente por vivos a los que aún vivan a la sazón, y por muertos a cuantos hayan muerto. El es el juez no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre. Y esto por tres razones.

Primeramente porque es necesario que los que son juzgados vean al juez. Ahora bien, tan deleitable es la Divinidad, que nadie puede verla sin gozo; por lo cual ningún condenado podrá verla, porque de lo contrario gozaría. Por lo tanto es necesario que aparezca bajo la forma de hombre, para que sea visto por todos. Juan 5, 27: “Le ha dado poder para juzgar, porque es el Hijo del hombre”.

En segundo lugar, porque en cuanto hombre mereció tal oficio. Pues en cuanto hombre fue injustamente juzgado El mismo, por lo cual Dios lo hizo juez de todo el mundo. Job 36, 17: “Tu causa ha sido juzgada como la de un impío: recibirás la culpa y la pena”.

En tercer lugar, para que, siendo juzgados por un hombre, los hombres cesen de desesperar. Pues si sólo Dios fuese el juez, los hombres, aterrados, desesperarían. Luc 21, 27: “Verán venir al Hijo del hombre en una nube”. Ciertamente serán juzgados cuantos son, fueron y serán. Dice el Apóstol en II Cor 5, 10: “Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada quien reciba lo que es debido a su cuerpo, según el bien o el mal que haya hecho”.

105.- Según dice San Gregorio, hay una cuádruple diferencia entre los que son juzgados. Desde luego, o son buenos o son malos. Pero entre los malos, algunos, que serán condenados, no serán juzgados, como los que han rechazado la Fe: sus acciones no serán examinadas, porque, según Juan 3, 18: “el que no cree ya está juzgado”. Otros, ciertamente, serán condenados y juzgados, como los fieles que mueren en pecado mortal. Dice el Apóstol en Rm ó, 23: “El salario del pecado es la muerte”. Estos, en efecto, no serán excluidos del juicio, a causa de la fe que tuvieron.

En cuanto a los buenos, algunos, que serán salvos, no serán juzgados: serán los pobres de espíritu por (amor a) Dios; más bien ellos juzgarán a otros. Mt 19, 28: “Vosotros que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”: lo cual no se entiende sólo de los discípulos, sino también de todos los pobres. De otra manera San Pablo, que trabajó más que los otros, no sería del número de ellos. Por lo cual debe entenderse también de cuantos siguieron a los Apóstoles y de los varones apostólicos. Por lo cual dice el Apóstol en I Cor 6, 3: “¿Acaso no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?”. Isaías 3, 14: “El Señor vendrá al juicio con los ancianos y los jefes de su pueblo”.

Otros, empero, que mueren en la justicia, serán salvos pero serán juzgados. En efecto, aunque murieron justificados, sin embargo en algo faltaron en sus ocupaciones temporales, por lo cual serán juzgados pero se salvarán.

106.- 3o. Los hombres serán juzgados por todas sus acciones, buenas y malas. Eclesiastés 11,9: “Sigue los impulsos de tu corazón… pero a sabiendas de que por todo ello te hará venir Dios a juicio”. Eclesiastés 12, 14: “Todo cuanto se hace Dios lo llevará a juicio, por cualquier falta, sea bueno o sea malo”. Aun por las palabras ociosas. Mt 12, 36: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio”. De los pensamientos: Sab I, 9: “Los pensamientos del impío serán examinados”.

Y así queda en claro la forma del juicio.

107.- Por cuatro razones debemos temer ese juicio.

En primer lugar por la sabiduría del Juez. Pues lo sabe todo: pensamientos, palabras y obras, porque “todo está patente y descubierto ante sus ojos”, como se dice en Hebr 4, 13 y en Prov 16, 2: “Todos los caminos del hombre están patentes a los ojos del Señor”. Y conoce también nuestras palabras. Sab I, 10: “Un oído celoso lo escucha todo”. Y asimismo nuestros pensamientos: Jer 17, 9: “El corazón del hombre es retorcido e inescrutable: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, exploro el corazón, pruebo los riñones para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras”. Habrá allí testigos infalibles: la propia conciencia de los hombres. Dice el Apóstol en Rm 2, 15-16: “…atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que les acusan y también les defienden en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres”.

108.- En segundo lugar, por el poder del Juez, porque por sí mismo es omnipotente. Is 40, 10: “He aquí que viene el Señor Dios con poder”. Es también todopoderoso sobre los otros, porque el conjunto de la creación estará con El. Sab 5,21: “Peleará con Él el Universo contra los insensatos”; por lo cual decía Job (10, 7): “Nadie hay que pueda librarse de tus manos”. Y el Salmista (138, 8) dice: “Si hasta los cielos subo, allí estás tú; si desciendo al infierno, allí te encuentras”.

109.- En tercer lugar, a causa de la inflexible justicia del juez. En efecto, ahora es el tiempo de la misericordia; pero para entonces será solamente el tiempo de la justicia. Por lo cual este tiempo es nuestro, pero para entonces será sólo la hora de Dios. Salmo 74, 3: “En el momento que yo fije, haré perfecta justicia”. Prov 6, 34: “El día de la venganza, el celo y furor del esposo no tendrá miramientos, no escuchará petición alguna, no recibirá en rescate ni grandes regalos”.

110.- En cuarto lugar, a causa de la cólera del juez. En efecto, de un modo se les aparece a los justos, porque es dulce y encantador: Is 33, 17: “Contemplarán al rey en su belleza”; y de otro modo a los malos, tan airado y cruel, que dirán a las montañas: “Caed sobre nosotros, y escondednos de la ira del Cordero”, como dice el Apocalipsis (6, 16). Pero esta ira no quiere decir pasión del ánimo en Dios, sino un efecto de la ira, o sea, la pena infligida a los pecadores, la cual es eterna. Orígenes: “¡Cuan estrechas serán las vías de los pecadores el día del juicio! De arriba vendrá el juez airado, etc.”.

111.- Pues bien, contra ese temor debemos tener cuatro remedios.

El primero consiste en las buenas obras. Dice el Apóstol en Rm 13, 3: “¿Quieres no temer a la autoridad?” Obra el bien, y obtendrás elogios de ella”.

El segundo es la confesión y la penitencia de los pecados cometidos, en las cuales debe haber tres cosas, que expían la pena eterna: dolor en el pensamiento, vergüenza en la confesión y rigor en la satisfacción.

El tercero es la limosna, que todo lo limpia. Lucas XVI, 9: “Haceos amigos con las riquezas injustas, para que cuando lleguen a faltar, os reciban en las eternas moradas”.

El cuarto es la caridad, esto es, el amor a Dios y al prójimo, porque la caridad cubre la multitud de los pecados, como se dice en I Pedro 4, 8 y en Prov 10, 12,

Artículo    8

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

112.- Como ya se dijo, el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así como el verbo del hombre es una concepción de su inteligencia. Pero a veces el hombre tiene un verbo muerto: así es cuando el hombre piensa lo que debe hacer, pero no hay en él la voluntad de hacerlo; como cuando el hombre cree y no obra, se dice que su fe está muerta, como en Santiago 2, 26. Pero el Verbo de Dios está vivo. Hebr 4, 12: “Ciertamente es viva la palabra de Dios”; por lo cual necesariamente Dios tiene en sí voluntad y amor. Por lo cual dice San Agustín en el libro sobre la Trinidad: “El Verbo del que tratamos de dar una idea es un conocimiento con amor”. Ahora bien, como el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así el amor de Dios es el Espíritu Santo. De aquí que el hombre posee al Espíritu Santo cuando ama e Dios. Dice el Apóstol en Rm 5, 5: “El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”.

113.- Pero hubo algunos que opinando erróneamente acerca del Espíritu Santo, dijeron que es una creatura, que es inferior al Padre y al Hijo y que era el esclavo y el servidor de Dios. Por lo cual, para rechazar esos errores, se agregaron cinco palabras en otro símbolo sobre el Espíritu Santo.

114.- Primeramente, que aun cuando hay otros espíritus, los Ángeles, que sí son servidores de Dios, según aquello del Apóstol (Hebr I, 14): “Todos ellos son espíritus servidores”; en cambio, el Espíritu Santo es Señor. Juan 4, 24: “El Espíritu es Dios”; y el Apóstol, en II Cor 3, 17: “El Señor es el Espíritu”; por lo cual donde esté el Espíritu del Señor, allí hay libertad, como se dice en II Cor 3. Y la razón de ello es que hace amar a Dios y quita el amor al mundo. Por lo cual se dice: Creo “En el Espíritu Santo, que es Señor”.

115.- En segundo lugar, que la vida del alma consiste en unirse a Dios, porque Dios mismo es la vida del alma, así como el alma es la vida del cuerpo. Pues bien, el Espíritu Santo une a Dios por amor, porque El mismo es el amor de Dios, y por eso vivifica. Juan 6, 64: “El Espíritu es el que vivifica”. Por lo cual se dice: “Y vivificante”.

116.- En tercer lugar, que el Espíritu Santo es de la misma substancia con el Padre y el Hijo; porque como el Hijo es el Verbo del Padre, así el Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, y por lo mismo procede del uno y del otro; y así como el Verbo de Dios es de una misma sustancia con el Padre, así también el Amor con el Padre y con el Hijo. Por lo cual se dice: “Que procede del Padre y del Hijo”. Luego también por esto consta que no es una criatura.

117.- En cuarto lugar, que es igual al Padre y al Hijo en cuanto al culto. Juan 4, 23: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Mt 28, 19: “Enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Por lo cual se dice: “Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración”.

118.- En quinto lugar, lo que prueba que el Espíritu Santo es igual a Dios es que los Santos Profetas hablaron por Dios. En efecto, es claro que si el Espíritu no fuese Dios, no se diría que los Profetas hablaran por Dios. Pero San Pedro dice (Epist. II, cap. I, 21) que “santos hombres de Dios han hablado inspirados por el Espíritu Santo”. Isaías 48, 16: “Me envió el Señor Dios y su Espíritu”. Por lo cual aquí se dice: “Que habló por los Profetas”.

119.- Con esto se destruyen dos errores: el error de los Maniqueos, que dijeron que el Antiguo Testamento no es de Dios, lo cual es falso, porque por los Profetas habló el Espíritu Santo. Y también el error de Priscila y de Montano, que dijeron que los Profetas no hablaron por el Espíritu Santo, sino como dementes.

120.- Pues bien, del Espíritu Santo provienen para nosotros variados frutos.

En primer lugar, nos purifica de los pecados. La razón es que a quien hace una cosa le corresponde rehacerla. Pues bien, el alma es creada por el Espíritu Santo, porque Dios hace todas las cosas por El. En efecto, amando su propia bondad es como Dios produce todas las cosas. Sab II, 25: “Amas todo lo que existe, y nada de lo que hiciste aborreces”. Dice Dionisio en el cap. 4 de Los Nombres divinos: “El amor de Dios no le permitió permanecer sin vástago”. Es forzoso, pues, que el corazón del hombre destruido por el pecado sea rehecho por el Espíritu Santo. Salmo 103, 30: “Envía tu Espíritu y los seres serán creados, y renovarás la faz de la tierra”. Ni es de admirar que el Espíritu purifique, porque todos los pecados se perdonan por el amor. Luc 7, 47: “Sus muchos pecados le son perdonados porque amó mucho”. Prov 10, 12: “La caridad cubre todos los delitos”. Y también I Pedro 4, 8: “La caridad cubre la multitud de los pecados”.

121.- En segundo lugar, ilumina el entendimiento, porque todo lo que sabemos, lo hemos aprendido del Espíritu Santo. Juan 14, 26: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que yo os he dicho”. Y también I Jn 2, 27: “La Unción os enseñará acerca de todas las cosas”.

122.- En tercer lugar, el Espíritu Santo nos ayuda y de cierta manera nos obliga a guardar los mandamientos. En efecto, nadie puede guardar los mandamientos de Dios si no ama a Dios. Juan 14, 23: “Si alguno me ama guardará mi palabra”. Pues bien, el Espíritu Santo nos hace amar a Dios, por lo cual nos ayuda. Ezeq 36, 26: “Os daré un corazón nuevo, y en medio de vosotros pondré un espíritu nuevo; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra; y os daré un corazón de carne; y pondré mi espíritu en medio de vosotros; y haré que marchéis según mis preceptos, y observaréis mis leyes y las practicaréis”.

123.- En cuarto lugar, confirma la esperanza de la vida eterna, porque El es como la prenda de su herencia. Dice el Apóstol en Efes I, 13-14: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia”. El es, pues, como las arras de la vida eterna. Y la razón de ello es que la vida eterna le es debida al hombre en cuanto es hecho hijo de Dios, y viene a serlo haciéndose semejante a Cristo. Ahora bien, se asemeja uno a Cristo por poseer al Espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo. Dice el Apóstol en Rm 8, 15-16: “No recibisteis un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que recibisteis el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: Abba, Padre. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”. Y en Gal 4, 6: “Porque sois hijos de Dios, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre”.

124.- En quinto lugar, nos aconseja en nuestras dudas y nos enseña cuál sea la voluntad de Dios. Apoc 2, 7: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias”. Isaías 50, 4: “Lo escucharé como a Maestro”.

Artículo   9

EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA

125.- Así como vemos que en un hombre hay una alma y un cuerpo, y sin embargo son diversos sus miembros, así la Iglesia Católica es un cuerpo y tiene diversos miembros. Ahora bien, el alma que vivifica este cuerpo es el Espíritu Santo. Por lo cual, tras de creer en el Espíritu Santo, se nos manda creer en la santa Iglesia Católica. Por lo cual, se añade en el Símbolo: “en la Santa Iglesia Católica”.

Acerca de esto es de saber que la Iglesia es lo mismo que congregación. Por lo cual la Santa Iglesia es lo mismo que la asamblea de los fieles, y cada cristiano es como un miembro de esta Iglesia, de la que dice el Eclesiástico (51, 31): “Acercaos a mí, ignorantes, y congregaos en la casa de la instrucción”.

Pues bien, esta Santa Iglesia posee cuatro cualidades: porque es una, porque es santa, porque es católica, esto es, universal, y porqué es fuerte y firme.

126.- En cuanto a lo primero, es de saberse que aunque diversos herejes han inventado diversas sectas, sin embargo no pertenecen a la Iglesia, porque están divididas en partes; pero la Iglesia es una. Cant 6, 8: “Única es mi paloma, única mi perfecta”.

Ahora bien, de tres cosas proviene la unidad de la Iglesia.

127.- Primero, de la unidad de la fe. En efecto, todos los cristianos que pertenecen al cuerpo de la Iglesia, creen lo mismo. I Cor I, 10: “Tened todos un mismo lenguaje, y que no haya escisiones entre vosotros”. Y Ef 4, 5: “Un solo Dios, una fe, un bautismo”.

128.- En segundo lugar, de la unidad de la esperanza, porque todos han sido afirmados en la misma esperanza de llegar a la vida eterna. Por lo cual dice el Apóstol en Ef 4, 4: “Un solo cuerpo y un sólo espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados”.

129.- En tercer lugar, de la unidad de la caridad, porque todos (los cristianos) se unen en el amor de Dios y entre sí en el amor mutuo. Juan 17, 22: “Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno”. Tal amor, si es verdadero, se manifestará en la mutua solicitud y en la mutua compasión. Ef 4, 15-16: “Por la caridad, crezcamos en todo por aquel que es la cabeza, Cristo: de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor”. Porque cada uno debe servir al prójimo con la gracia que le ha sido dada por Dios.

130.- Por lo cual nadie debe menospreciar ni sufrir el ser arrojado y apartado de esta Iglesia; porque no hay más que una Iglesia en la que los hombres se salven, así como fuera del arca de Noé nadie pudo salvarse.

131.- B) Acerca de lo segundo es de saberse que hay también otra congregación, pero es la de los perversos. Salmo 25, 5: “Odio la Iglesia de los perversos”.

Esta es mala. Pero la Iglesia de Cristo es santa. Dice el Apóstol en I Cor 3, 17: “El templo de Dios es santo, y vosotros sois ese templo”. Por lo cual se dice: (Creo) “en la Iglesia Santa”.

Los fieles de esta congregación son santificados por tres realidades:

132.- Primeramente, así como una iglesia, al ser consagrada, materialmente es lavada, así también los fieles han sido lavados en la sangre de Cristo. Apoc I, 5: “Nos amó, y nos lavó de nuestros pecados en su sangre”. Hebr 13, 12: “Jesús, para santificar con su sangre al pueblo, padeció fuera de la puerta”.

133.- En segundo lugar, por la unción: así como una iglesia se unge con aceite, así también los fieles son ungidos con una unción espiritual para ser santificados: de otra manera no serían cristianos: Cristo, en efecto, es lo mismo que el Ungido. Pues bien, esta unción es la gracia del Espíritu Santo. 2 Cor 1,21: “El que nos ha ungido es Dios”; y I Cor 6, II: “Habéis sido santificados en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo”.

134.- En tercer lugar por la inhabitación de la Trinidad. Porque cualquiera que sea, el lugar en que Dios habite es santo. Por lo cual dice el Génesis, 28, 16: “Verdaderamente este lugar es santo”. Y el Salmo 92, 5: “La santidad conviene a tu casa, Señor”.

135.- En cuarto lugar por la invocación de Dios. Jer 14, 9: “Tú, Señor, estás entre nosotros, y por tu Nombre se nos llama”.

136.- Por lo tanto, debemos guardarnos de manchar nuestra alma, que es templo de Dios, por el pecado, después de semejante santificación. Dice el Apóstol en I Cor 3, 17: “Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo aniquilará”.

137.- C) Acerca de lo tercero es de saber que la Iglesia es católica, o sea universal: primeramente en cuanto al lugar, porque existe en todo el mundo, contra lo que dicen los Donatistas. Rm I, 8: “Vuestra fe es celebrada en el mundo entero”. Marcos 16, 15: “Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a todas las creaturas”. Por lo cual antiguamente Dios era conocido solamente en Judea, y ahora lo es en todo el mundo.

Ahora bien, esta Iglesia tiene tres partes. Una existe en la tierra, otra en el cielo, y la tercera en el purgatorio.

138.- En segundo lugar, es universal en cuanto a la condición de los hombres, porque nadie es rechazado, ni señor, ni esclavo, ni hombre, ni mujer. Gal 3, 28: “Ya no hay ni hombre ni mujer”.

139.- En tercer lugar, es universal en cuanto al tiempo. En efecto, algunos dijeron que la Iglesia debe durar hasta cierto tiempo. Pero esto es falso. Porque esta Iglesia empezó en el tiempo de Abel y durará hasta el final de los siglos. Mt 28, 20: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Pero después de la consumación de los siglos (la Iglesia) permanecerá en el cielo.

140.- D) Acerca de lo cuarto debemos saber que la Iglesia es firme. Se dice que una casa está firme si primeramente tiene buenos cimientos. Pues bien, el principal fundamento de la Iglesia es Cristo. Dice el Apóstol en I Cor 3, 11: “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, el cual es Jesucristo”. Fundamento secundario son ciertamente los Apóstoles y su doctrina. Por eso la Iglesia es firme. Por lo cual, en Apoc XXI se dice que la ciudad tenía doce fundamentos, y que estaban escritos en ella los nombres de los doce Apóstoles. Y por esto se dice que la Iglesia es apostólica. De allí también que para significar la firmeza de esta Iglesia, Pedro ha sido nombrado su cabeza.

141.- En segundo lugar es patente la solidez de la casa, si sacudida no puede ser destruida. Ahora bien, la Iglesia nunca puede ser destruida:

–Ni por los perseguidores; al contrario, en el tiempo de las persecuciones más creció, y perecieron los que la perseguían y los que ella misma combatía. Mt 2 1, 44: “Aquel que cayere sobre esta piedra se estrellará y aquel sobre el cual ella cayera, será aplastado”;

Ni por los errores, pues cuantos más errores sobrevengan, tanto mejor se manifiesta la verdad. II Tim 3, 8: “Hombres de mente corrompida; réprobos en cuanto a la fe; pero no progresarán más”;

Ni por las tentaciones de los demonios. En efecto, la Iglesia es como una torre, en la cual se refugia cual quiera que lucha contra el diablo. Prov 18, 10: “El nombre del Señor es una torre fortísima”. Por lo cual el diablo se esfuerza principalmente por destruirla; pero no prevalece, porque el Señor dijo, según San Mateo16, 18: “Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, como diciendo: te harán la guerra, pero no te vencerán.

De aquí que solamente la Iglesia de Pedro (de la que vino a formar parte toda Italia, cuando los discípulos fueron enviados a predicar) siempre fue firme en la fe. Y mientras en otras partes o es nula la fe, o está mezclada con muchos errores, la Iglesia de Pedro, en cambio, se robustece en la fe y limpia está de los errores. Y no es de admirar, porque el Señor dijo a Pedro, según San Lucas 22, 32: “Yo he rogado por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe”.

Artículo     10

LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS, LA REMISIÓN DE LOS PECADOS

142.- Así como en el cuerpo natural la acción de un miembro redunda en beneficio de todo el cuerpo, así también en el cuerpo espiritual, o sea, en la Iglesia. Y como todos los fieles son un solo cuerpo, el bien de uno es comunicado al otro. Dice el Apóstol en Rm 12, 5: “Todos somos miembros los unos de los otros”. De aquí que entre otros artículos de fe que los Apóstoles nos transmitieron está el de que hay en la Iglesia comunión de bienes, lo cual es lo que se llama “La comunión de los santos”.

143.- Pero entre los miembros de la Iglesia, el miembro principal es Cristo, porque El es la cabeza. Ef I, 22-23: “Dios lo dio por cabeza a toda la Iglesia, que es su Cuerpo”. En consecuencia, los bienes de Cristo son comunicados a todos los cristianos, como la virtud de la cabeza lo es a todos los miembros. Y tal comunicación se efectúa mediante los Sacramentos de la Iglesia, en los cuales obra la virtud de la pasión de Cristo, la cual obra para conferir la gracia para la remisión de los pecados.

144.- Pues bien, estos Sacramentos de la Iglesia son siete. El primero es el bautismo, que es cierta regeneración espiritual. En efecto, así como el hombre no puede tener la vida carnal si no nace carnalmente, de la misma manera, no puede poseer la vida espiritual, o de la gracia, si no renace espiritualmente. Pues bien, este nacimiento se opera por el bautismo. Juan 3, 5: “El que no renazca del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios”.

Y  es  de  saberse  que  así  como  el  hombre  no  nace sino una sola vez, así también sólo una vez es bautizado, por lo cual los santos (Padres) agregaron: “Confieso que hay un solo bautismo”.

La virtud del bautismo, en efecto, consiste en que limpia de todos los pecados, tanto en cuanto a la falta como en cuanto a la pena. Y por eso no se impone penitencia alguna a los bautizados, por grandes pecadores que hayan sido; y si muriesen inmediatamente después del bautismo, al instante volarían a la vida eterna. De aquí que aunque solamente los sacerdotes bautizan en virtud de su cargo, sin embargo, en caso de necesidad, cualquier persona puede bautizar, aunque guardando la forma del bautismo, la cual es ésta: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Pues bien, este Sacramento toma su virtud de la pasión de Cristo: “Todos nosotros que hemos sido bautizados en Jesucristo, en su muerte fuimos bautizados”. Por lo cual, así como Cristo estuvo tres días en el sepulcro, así también se hace una triple inmersión en el agua.

145.- El segundo Sacramento, es la Confirmación. Así como en los que nacen corporalmente, las fuerzas son necesarias para obrar, así también, a los que renacen espiritualmente les es necesario el vigor del Espíritu Santo. Por lo cual a fin de que fueran fuertes, los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo después de la Ascensión de Cristo. Lucas 24, 49: “Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto”.

Pues bien, este vigor se confiere en el Sacramento de la Confirmación. Por lo cual aquellos que tienen niños a su cargo deben ser muy solícitos en que sean confirmados, porque con la Confirmación se confiere una gran gracia. Y en caso de muerte, tiene mayor gloria el confirmado que el no confirmado, porque aquél posee más gracia.

146.- El tercer Sacramento es la Eucaristía. Así como en la vida corporal, después de nacer y de adquirir fuerzas el hombre, le es necesario el alimento, para conservarse y sustentarse, así en la vida espiritual, después de haber recibido el vigor le es necesario el alimento espiritual, el cual es el Cuerpo de Cristo. Juan 6, 54: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”. Por lo cual, conforme al mandato de la Iglesia cada cristiano cuando menos una vez al año debe recibir el Cuerpo de Cristo, pero dignamente y con pureza, porque, como se dice en I Cor I 1, 29: “el que come y bebe indignamente”, o sea, con conciencia de pecado mortal del que no se ha confesado, o sin proponerse no abstenerse de él, “come y bebe su propia condenación”.

147.- El cuarto Sacramento es la Penitencia. En efecto, en la vida corporal ocurre que si alguien enferma y no se medicina, muere, y lo mismo el que en la vida espiritual enferma por el pecado. Por lo cual es necesaria la medicina para recuperar la salud. Y esa medicina es la gracia que se confiere en el Sacramento de la Penitencia. Salmo 102, 3: “El que todas tus iniquidades perdona, el que sana todas tus dolencias”.

Ahora bien, en la penitencia debe haber tres actos: contrición, que es el dolor del pecado con el propósito de abstenerse de él: la confesión íntegra de los pecados; y la satisfacción, mediante buenas obras.

148.- El Quinto Sacramento es la Extrema Unción. En efecto, en esta vida hay muchos impedimentos para que el hombre pueda conseguir perfectamente la purificación de los pecados. Y como no puede entrar a la vida eterna nadie que no esté bien purificado, se hizo necesario otro Sacramento por el que el hombre lo purificara de sus pecados, se librara de su debilidad y se preparara a entrar al reino de los cielos. Y este es el Sacramento de la Extrema Unción. Y el que no siempre cure corporalmente se debe a que quizá no convenga para la salvación del alma. Santiago 5, 14-15: “¿Se enferma alguien entre vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que éstos oren sobre él, ungiéndole con óleo en nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará; y si estuviere con pecados, le serán perdonados”.

149.- Queda en claro, pues, que por los cinco Sacramentos ya dichos, se tiene perfección de vida. Pero como es necesario que esos Sacramentos sean conferidos por determinados ministros, fue igualmente necesario el Sacramento del Orden, por cuyo ministerio se dispensan esos Sacramentos. Y no hay qué considerar la vida de ellos si a veces caen en el mal, sino el poder de Cristo, por el cual tienen su eficacia esos Sacramentos, de los que ellos mismos son los dispensadores. Dice el Apóstol en I Cor 4, I: “Que los hombres nos miren como los ministros de Cristo, y como los dispensadores de los misterios de Dios”. Y este es el Sexto Sacramento, o sea, el del Orden.

150.- El Séptimo Sacramento es el Matrimonio, en el que si limpiamente viven, los hombres se salvan, y pueden vivir sin pecado mortal.

A veces los esposos incurren en pecados veniales cuando su concupiscencia no cae fuera de los bienes del matrimonio; porque si cae fuera de esos bienes, incurren en pecado mortal.

151.- Pues bien, por estos siete Sacramentos, conseguimos el perdón de los pecados. Por lo cual aquí se agrega: “Creo en la remisión de los pecados”.

152.- También por esto les ha sido dado a los Apóstoles el perdonar los pecados. Por lo cual se debe creer que los ministros de la Iglesia a los cuales les ha sido transmitida tal potestad por los Apóstoles, y a los Apóstoles por Cristo, tienen en la Iglesia la potestad de ligar y de desligar, y que en la Iglesia es plena la potestad de perdonar los pecados, pero por grados, o sea, por el Papa para los otros prelados.

153.- Pero es de saberse también que no sólo la virtud de la pasión de Cristo se nos comunica, sino también el mérito de la vida de Cristo. Y cuantos bienes hicieron todos los santos se comunican a los que viven en la caridad, porque todos son uno: Salmo CXVIII, ó3: “Yo tengo participación con todos los que te temen”. Por lo cual el que vive en la caridad es partícipe de todo el bien que se hace en el mundo entero; pero más especialmente aquellos por los que especialmente se hace algo bueno. Porque uno puede satisfacer por otro, como consta por los bienes espirituales a los que numerosas congregaciones admiten a algunos.

154.- Así pues, por esta comunión conseguimos dos cosas: la primera, que el mérito de Cristo se comunique a todos; la otra, que el bien de uno se comunique al otro. De aquí que los excomulgados, por estar fuera de la Iglesia, no participan de ninguno de los bienes que se hacen, lo cual es una pérdida mayor que la pérdida de cualquier cosa temporal. Pero hay además otro peligro: porque consta que por los dichos derechos (a participar de los bienes espirituales), se impide que el diablo nos pueda tentar. Por lo cual cuando alguien queda excluido de esos derechos el diablo más fácilmente lo vence. Por eso en la primitiva Iglesia, cuando era excomulgado, al instante el diablo lo vejaba corporalmente.

 

Artículo    11

LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE

155.- No sólo santifica el Espíritu Santo la Iglesia en cuanto a las almas, sino que por su virtud resucitarán nuestros cuerpos. Rm 4, 24: “Creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos, Jesucristo Señor Nuestro”. Y Cor 15, 21: “Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos”. Por lo cual creemos, conforme a nuestra fe, en la futura resurrección de los muertos.

156.- Cuatro cosas se pueden considerar acerca de esto.

La primera es la utilidad que proviene de la fe en la resurrección. La segunda son las cualidades de los resucitados, en cuanto a todos en general. La tercera, cuáles serán las cualidades de los buenos. La cuarta, en cuanto a los malos en especial.

157.- Acerca de lo primero debe saberse que de cuatro maneras nos son útiles la fe y la esperanza de la resurrección.

En primer lugar, para que desaparezca la tristeza que abrigamos por los muertos. Es ciertamente imposible que el hombre no se duela por la muerte de un ser querido; pero por esperar su resurrección, mucho se modera el dolor de su muerte. I Tes 4, 13: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza”.

158.- En segundo lugar, se suprime el temor a la muerte. Porque si el hombre no espera otra vida mejor después de la muerte, indudablemente debe ser muy temida la muerte, y el hombre debería hacer cualquier mal con tal de no tropezar con la muerte. Pero como creemos que hay otra vida mejor, a la cual llegaremos después de la muerte, es claro que nadie debe temer la muerte, ni por temor a la muerte hacer algún mal. Hebr 2, 14-15: “para aniquilar por la muerte al señor de la muerte, esto es, al diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud”.

159.- En tercer lugar, nos hace solícitos y atentos en hacer el bien. Pues si la vida del hombre fuese tan sólo ésta en que vivimos, no habría en los hombres gran aplicación en obrar bien, porque cualquier cosa que hiciesen sería poca cosa por no ser su anhelo por un bien limitado conforme a un tiempo determinado sino por la eternidad. Pero como creemos que, por lo que aquí hacemos, recibiremos los bienes eternos en la resurrección, tratamos de obrar bien. I .Cor 15, 19: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres”.

160.- En cuarto lugar, nos aparta del mal. En efecto, así como la esperanza del premio incita a obrar bien, así también el temor a la pena, que creemos se reserva para los malos, nos aparta del mal. Juan 5, 29: “Y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; pero los que hayan hecho el mal, para la resurrección de condenación”.

161.- Acerca de lo segundo debemos saber que en cuanto a todos habrá una cuádruple condición.

La primera es en cuanto a la identidad de los cuerpos que resucitarán. Porque el mismo cuerpo que ahora

es, con su carne y sus huesos resucitará, aunque algunos dijeron que este cuerpo que ahora se corrompe no resucitará, lo cual es contra lo que dice el Apóstol. Pues dice en I Cor 15, 53: “En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad”. Y la Sagrada Escritura dice que por el poder de Dios el mismo cuerpo resurgirá a la vida: Job 19, 26: “De nuevo seré recubierto con mi piel, y con mi carne veré a Dios”.

162.- La segunda condición será en cuanto a la cualidad, porque los cuerpos de los resucitados serán de cualidad distinta de la que ahora son: porque lo mismo en cuanto a los bienaventurados que en cuanto a los malos, los cuerpos serán incorruptibles, porque los buenos estarán siempre en la gloria, y los malos siempre en sus tormentos. I Cor 15, 53: “Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad”. Y como el cuerpo será incorruptible e inmortal, no habrá uso de alimentos ni de unión sexual. Mt 22, 30: “En la resurrección no se tomará ni mujer ni marido, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo”. Y esto es contra lo que dicen judíos y sarracenos. Job 7, 10: “No volverá más a su casa”.

163.- La tercera condición es en cuanto a la integridad, porque todos, buenos y malos, resucitarán con toda la integridad que pertenece a la perfección del hombre; así es que no habrá allí ni ciego ni cojo, ni defecto alguno. Dice el Apóstol en I Cor 15, 52: “Los muertos resucitarán incorruptibles”, esto es, sin que puedan padecer las actuales corrupciones.

164.- La cuarta condición es en cuanto a la edad, porque todos resucitarán en la edad perfecta, o sea, de treinta y tres o treinta y dos años. La razón de ello es que los que no llegaron a ella no tienen la edad perfecta, y los ancianos la pasaron ya, por lo cual a los jóvenes y a los niños se les agrega los que les falta, y a los ancianos se les restituye. Ef 4, 13: “Hasta que lleguemos todos al estado de hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo”.

165.- Acerca de lo tercero debemos saber que en cuanto a los buenos será una gloria especial, porque los santos tendrán cuerpos glorificados en los que habrá una cuádruple condición.

La primera es la claridad: Mt 13, 43: “Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”. La segunda es la impasibilidad: I Cor 15, 43: “Se siembra (el cuerpo) en la vileza, y resucitará en la gloria”; Apoc 21,4: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gemidos, ni dolor porque el primer estado habrá pasado”. La tercera es la agilidad: Sab 3,7: “Los justos resplandecerán, se propagarán como chispas en rastrojo”. La cuarta es la sutileza: I Cor 15, 44: “Se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual”: no que sea completamente espíritu, sino que estará totalmente sujeto al espíritu.

166.- Acerca de lo cuarto debemos saber que la condición de los condenados será contraria a la condición de los bienaventurados, porque en ellos habrá un castigo eterno, en el cual se dará una cuádruple mala condición. En efecto, sus cuerpos serán oscuros: Isaías 13, 8: “Son los suyos rostros calcinados”. Además, serán pasibles, aunque nunca se corromperán, porque arderán eternamente en el fuego y nunca serán consumidos: Isaías 66, 24: “Su gusano no morirá, su fuego no se apagará”. Además, serán pesados, pues sus almas estarán allí como encadenadas: Salmo 149, 8: “Para trabar con grillos a sus reyes”. Además, sus almas y sus cuerpos serán de cierta manera carnales: Joel I, 17: “Se pudrirán las bestias de carga en sus inmundicias”.

 

Artículo    12

Y EN LA VIDA ETERNA. AMEN.

167.- Conviene que como término de todos nuestros deseos, esto es, la vida eterna, se nos proponga ese final, en el Símbolo, a los creyentes, diciendo: “Y en la vida eterna. Amén”, Contra lo cual están los que asientan que el alma muere con el cuerpo. Si esto fuese verdadero, el hombre sería de la misma condición de los brutos. Les conviene a aquéllos lo del Salmo 48, 21: “El hombre, mientras está en honor, no comprende; se le compara con las bestias irracionales, y semejante es a ellas”. En efecto el alma humana se asemeja a Dios por la inmortalidad; pero por parte de la sensualidad se asemeja a las bestias. Por lo tanto el que crea que el alma muere con el cuerpo, se aparta de la semejanza con Dios y se equipara a las bestias. Contra lo cual dice la Sabiduría 2, 22-23: “No esperan recompensa para la justicia, ni creen en el premio de las almas santas. Porque Dios creó al hombre inmortal, y le hizo a imagen de su misma naturaleza”.

168.- Lo primero que se debe considerar en este artículo es qué clase de vida sea la vida eterna. Acerca de esto debemos saber: a) que en la vida eterna lo primero es que el hombre se une a Dios. Porque Dios es el premio y el fin de todos nuestros trabajos: Gen 15, I: “Yo soy tu protector, y tu premio será muy grande”.

Pues bien, esa unión consiste en la visión perfecta: I Cor 13, 12: “Ahora vemos como en un espejo, y en enigma; pero entonces veremos a Dios cara a cara”.

También consiste en la suma alabanza. Dice San Agustín en La Ciudad de Dios, cap. 22: “Veremos, amaremos y alabaremos”. E Isaías 51,3: “Regocijo y alegría se encontrarán en ella, acción de gracias y voces de alabanza”.

169.- Consiste también en la perfecta satisfacción del deseo. En efecto, allí poseerá cada bienaventurado más de lo deseado y esperado.

Y la razón de ello es que en esta vida nadie puede satisfacer su deseo, ni jamás nada creado sacia el anhelo del hombre. Porque sólo Dios lo sacia y lo excede de manera infinita, por lo cual el hombre no descansa sino en Dios, como dice San Agustín en sus Confesiones (libro I): “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti”. Y como los santos poseerán en la patria a Dios perfectamente, es claro que será saciado el deseo de ellos, y aun su gloria lo excederá. Por lo cual dice el Señor en San Mateo 25, 21: “Entra en el gozo de tu Señor”. Y San Agustín: “Todo el gozo no cabrá en los gozosos, pero todos los gozosos entrarán en el gozo”. Salmo 16, 15: “Me saciaré cuando aparezca vuestra gloria”. Y también el Salmo 102, 5: “El que harta de bienes tu deseo”.

170.- Cuanto es deleitable se halla allí superabundantemente. En efecto, si se antojan gozos, allí habrá el sumo y perfectísimo gozo, porque será del sumo bien, esto es, de Dios: Job 22, 26: “Pondrás entonces totalmente en el Omnipotente tus delicias”. Salmo 15, II: “A tu derecha delicias para siempre”.

Además, si se apetecen los honores, allí los habrá todos. Los hombres desean principalmente ser reyes, los seglares, y obispos, los clérigos. Y una y otra cosa serán allí: Apoc 5, 10: “Has hecho de nosotros reyes y sacerdotes para nuestro Dios”. Y Sab 5, 5: “He aquí que son contados entre los hijos de Dios”.

Además, si se apetece ciencia, allí la habrá perfectísima, porque todas las naturalezas de las cosas y toda verdad, y cuanto queramos conoceremos, y cuanto queramos poseer lo poseeremos allí con esa vida eterna. Sab 7, II: “Con ella me vinieron a la vez todos los bienes”. Prov 10, 24: “Al justo se le dará lo que desee”.

171.- c) En tercer lugar (la vida eterna) consiste en una seguridad perfecta. En efecto, en este mundo no hay seguridad perfecta, porque cuanto más posee alguien y más sobresale, más cosas teme y de más cosas carece; pero en la vida eterna no hay ni tristeza, ni trabajo, ni temor. Prov I, 33: “Gozará de la abundancia, sin temer mal alguno”.

172.- d) En cuarto lugar, consiste en la gozosa sociedad de todos los bienaventurados, sociedad que será sumamente deleitable, porque cada quien tendrá todos los bienes con todos los bienaventurados. Porque amara a cada uno como a sí mismo, por lo cual gozará por el bien del otro como de su propio bien. Lo cual hace que aumente tanto la alegría y el gozo de cada uno cuanto es el gozo de todos. Salmo 86, 7: “Es un gran gozo para todos el habitar en ti”.

173.- Todo lo que se ha dicho y otras muchas cosas inefables poseerán los santos en la patria. En cambio los malos, que estarán en la muerte eterna, no tendrán menos dolor y daño que los buenos gozo y gloria.

174.- En efecto, aumenta la pena de ellos, en primer lugar por la separación de Dios y de todos los buenos. Y esta pena es la de daño, que corresponde a su aversión (a Dios), y tal pena es mayor que la pena del sentido. Mt 25, 30: “A ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores”. En efecto, en esta vida los malos viven en tinieblas interiores, las del pecado; pero para entonces estarán también en tinieblas exteriores.

En segundo lugar, por el remordimiento de la conciencia. Salmo 49, 21: “Te reprenderé y te pondré ante tu rostro”. Sab 5, 3: “gimiendo con la angustia en el alma”. Y sin embargo, esos sufrimientos y gemidos serán inútiles, porque no serán por odio al mal sino por el dolor del castigo.

En tercer lugar, por la inmensidad del castigo sensible, esto es, del fuego del infierno, que torturará alma y cuerpo, el más terrible de los castigos, como dicen los santos; y estarán como si siempre murieran, y nunca muertos ni podrán morir, por lo cual se llama muerte eterna, porque como el que muere se halla en la amargura del sufrimiento, así también los que estén en el infierno. Salmo 48, 15: “Como ovejas son colocados en el infierno: la muerte los devora”.

En cuarto lugar, por no tener esperanzas de salvación. En efecto, si se les diera esperanza de la liberación de sus penas, se mitigaría su castigo; pero como se les priva de toda esperanza, su castigo se vuelve gravísimo. Isaías 66, 24: “Su gusano no morirá, su fuego no se apagará”.

175.- De esta manera es clara la diferencia entre bien y mal obrar, porque las buenas obras conducen a la vida, y en cambio las malas arrastran a la muerte. Por lo cual los hombres deberían hacer volver estas cosas a la memoria con frecuencia, porque así serán excitados al bien y se apartarán del mal. Por lo cual expresamente se dice al final de todo: “En la vida eterna”, para que siempre se grabe mejor en nuestra memoria. Que a esa vida nos conduzca Nuestro Señor Jesucristo, Dios bendito por los siglos de los siglos. Amén.

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Oblación perfecta

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2012

Dios Padre,

haz que te glorifique con mi vida;

 

Dios Hijo,

haz que te ayude

a salvar almas;


Dios Espíritu Santo, lléname de ti

para derramarte

en mis hermanos

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Las profundas cavernas del sentido*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 23, 2012

(Nota: el texto entre corchetes [ ] es añadido, para mejor comprensión.)

Estas cavernas son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad, las cuales son tan profundas, que no se llenan sino con infinito. Con lo que sufren cuando están vacías, podremos de alguna manera de ver lo que gozan y deleitan cuando están llenas de Dios.

Estas cavernas de las potencias, cuando no están vacías, purgadas y limpias de todo apego de criaturas, no sienten elvacío grande de su profunda capacidad; porque en esta vida basta cualquier cosita que se les pegue, para tenerlas tan distraídas y embelesadas que no sienten su privación, y no anhelan sus inmensos bienes ni conocen su capacidad. Y es cosa verdaderamente admirable que, siendo capaces de bienes infinitos, les baste el menor de todos los bienes para distraerlas de manera que no puedan recibir el verdadero Bien infinito, que es Dios, hasta que no se vacíen de esas pequeñas criaturas.

Pero cuando están vacías y limpias, es intolerable la sed, el hambre y el ansia de lo espiritual; porque, como son tan profundos los estómagos de estas cavernas, sufren profundamente, ya que el manjar que echan de menos tam¬bién es infinitamente profundo: es Dios.

Y este gran sentimiento comúnmente le ocurre a la persona hacia el final de la fase iluminativa, cuando ya está purificada su alma, pero todavía no ha llegado a la unión con Dios, donde ya se satisfará. Porque, como el apetito espiritual está vacío y purgado de toda criatura —y, por lo tanto no tiene apegos—, pierde el temple para lo natural y está templada para lo divino: tiene ya el vacío dispuesto y, como todavía no se le comunica lo divino, sufre intensamente por este vacío, y siente una sed de Dios que es más que el morir, especialmente cuando se le trasluce algún rayo divino que no se le comunica. Estos son los que padecen con un amor tan impaciente, que no pueden durar mucho sin recibir ese amor de Dios o morir.

La primera caverna es el entendimiento. Su vacío es una sed de Dios tan grande, que la compara David (Sal 41, 1) a la del ciervo (que dicen que es vehementísima), diciendo: Así como desea el ciervo las fuentes de las aguas, así mi alma desea a ti, Dios. Y esta es sed de las aguas de la sabiduría de Dios, que es el objeto del entendimiento[: Jesucristo, la sabiduría encarnada].

La segunda caverna es la voluntad, y el vacío de ésta es un hambre de Dios tan grande que hace desfallecer al alma, según lo dice también David (Sal 83, 3): Codicia y desfallece mi alma a los tabernáculos del Señor. Y esta hambre es de la perfección de amor que el alma pretende[: el Espíritu Santo].

La tercera caverna es la memoria, y el vacío de ésta es deshacimiento y derretimiento del alma por la posesión de Dios, como lo nota Jeremías (Lm 3, 20): Como con memoria me acordaré, y de Él mucho me acordaré, y se derretirá mi alma en mí; revolviendo estas cosas en mi corazón, viviré en esperanza de Dios Padre[, que todo lo da].

Es, pues, profunda la capacidad de estas cavernas, porque lo que en ellas puede caber, que es Dios, es profundo de infinita bondad; y así será en cierta manera su capacidad infinita, y así su sed es infinita, su hambre también es profunda e infinita, su deshacimiento y pena es muerte infinita. Que, aunque no se padece tan inten¬samente como en la otra vida, pero padécese una viva imagen de aquella privación infinita, por estar el alma en cierta disposición para recibir su lleno. Aunque este penar es a otro temple, porque es en los senos de! amor de la voluntad, que no es el que alivia la pena, pues cuanto mayor es el amor, es tanto más impaciente por la posesión de su Dios, a quien espera por momentos de intensa codicia.

Pero, ¡válgame Dios!, si es verdad que, cuando el alma desea a Dios con entera verdad, tiene ya al que ama, como dice san Gregorio sobre san Juan, ¿cómo sufre de ansias por lo que ya tiene? Porque en el deseo que —dice san Pedro— tienen los ángeles de ver al Hijo de Dios (1 Pe 1, 12), no hay alguna pena o ansia, porque ya lo poseen. Aquí el alma, cuanto más desea a Dios más lo posee, y la posesión de Dios le da deleite y satisfacción. Es lo mismo que les ocurre a los ángeles, que desean y se deleitan en la posesión de Dios, saciando siempre su alma, sin el fastidio de llenarse; por lo cual, porque no hay fastidio, siempre desean, y porque hay posesión, no sufren. Así mismo, el alma siente aquí este deseo, con tanta sensación de saciedad y de deleite, cuanto mayor es su deseo, pues tanto más tiene a Dios.

En esta cuestión viene bien notar la diferencia que hay en tener a Dios por gracia, y en tenerlo también por unión: cuando se tiene a Dios únicamente por la gracia, se da el amor entre Dios y la criatura; pero cuando se lo tiene también por unión, se dan las comunicaciones de Dios al alma y del alma a Dios, que tanto placer producen. Entre estos dos modos de tener a Dios se puede deducir la diferencia que hay entre el desposorio y el matrimonio espiritual.
Porque en el desposorio se dan una semejanza y una sola voluntad de ambos y, además, el Esposo le regala al alma dones y virtudes; pero en el matrimonio hay también comunicación de las personas entre sí y la vivencia de una unión auténtica.
Cuando el alma ha llegado a tanta pureza en sí y en sus potencias, la voluntad está muy pura y purgada de otros gustos y apetitos, según la parte inferior [los sentidos corporales] y la superior [inteligencia, memoria, sentimientos, sensaciones, afectos, emociones…], por lo que también está dándole enteramente el sí a Dios, siendo ya la voluntad de Dios y la del alma una. Entonces la persona, en un consentimiento propio y libre, ha llegado a tener todo lo que puede a Dios (por vía de voluntad y gracia). Y esto se da porque Dios le ha dado en el sí de ella su verdadero sí y entero de su gracia.

Es éste es un alto estado de desposorio espiritual del alma con el Verbo, en el cual el Esposo la da grandes dádivas y la visita amorosísimamente muchas veces, en las que ella recibe grandes sabores y deleites.
Pero todo esto no se compara con los deleites del matrimonio espiritual, porque apenas son disposiciones para la unión del matrimonio; que, aunque es verdad que esto pasa en el alma que está purgadísima de todo apego de criatura (porque de otro modo no se hubiera hecho el des¬posorio espiritual, como dijimos), todavía es necesario que el alma tenga otras disposiciones positivas de Dios, de sus visitas y sus dones, con las que la va purificando, hermoseando y afinando más, para que esté decentemente dispuesta para tan alta unión. Y en esto pasa tiempo (en unas más y en otras menos), porque Dios lo va haciendo a la velocidad que tiene cada alma. Y esto está figurado por aquellas doncellas que fueron escogidas para el rey Asuero (Est 2, 2-4; 12, 4), que, aunque ya las habían sacado de sus tierras y de la casa de sus padres, antes que las llegasen al lecho del rey, las tenían un año (aunque en el palacio) encerradas: durante el primer semestre se estaban disponiendo con ciertos ungüentos de mirra y otras especies, y el otro medio año con otros ungüentos más finos; solo después de ello iban al lecho del rey.

Es en este tiempo de este desposorio y espera del matrimonio con las unciones del Espíritu Santo, cuando son más valiosos los ungüentos de disposiciones para la unión de Dios, cuando se dan las ansias de las cavernas del alma, extremadas y delicadas. Es que estos ungüentos disponen más próximamente a la unión con Dios, y por eso engolosinan a alma más finamente de Dios: el deseo se hace más fino y profundo, porque el deseo de Dios es disposición para unirse con Dios.

San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 3ª, verso 3, 18ss

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La misión de la Iglesia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 9, 2011

 

Llama mucho la atención cómo Su Santidad logra enmarcar en la actual coyuntura varios acontecimientos. Efectivamente, al lado del lamento papal por la negatividad del mundo moderno, el modelo consumista, la frialdad en las relaciones humanas y la esterilidad espiritual y demográfica, están varios aspectos optimistas que vale la pena resaltar para que podamos contribuir al bien propio y al de toda la humanidad, como lo quiere Dios:

«No se puede comprender la acción del Espíritu en la Iglesia y en el mundo con análisis estadísticos o con otros subsidios de las ciencias humanas porque aquella se sitúa en otro plano, el de la gracia, percibido por la fe».

En estas palabras del Mensaje se entrevé la profundidad de la fe que, con su vida, nos enseña el Santo Padre:

«Se trata de una acción con frecuencia escondida, misteriosa, pero seguramente eficaz. El Espíritu Santo no ha perdido la fuerza propulsora que tenía en la época de la Iglesia naciente. Hoy actúa como en los tiempos de Jesús y de los apóstoles.»

Pero, ¿cómo podremos hacer realidad ese «optimismo de la esperanza» del que nos habla, para hacer una evangelización sin límites?:

«Es consolador saber que no somos nosotros, sino que es Él mismo [el Espíritu Santo] el protagonista de la misión. Esto da serenidad, alegría, esperanza intrepidez.»

Y ¿cómo llegar al meollo de la eficacia? La respuesta está también en el texto:

«El sufrimiento, afrontado por Cristo y por el Evangelio, es indispensable para el desarrollo del Reino de Dios.»

¿Quiere decir esto que el Papa nos está pidiendo cosas medievales?

Quienes tratamos de obedecerlo, sabiendo que así obedecemos a Dios Padre, podemos encontrar un camino certero en sus palabras:

«Personas que, en el silencio de su servicio cotidiano, ofrecen a Dios sus oraciones y sufrimientos por las misiones y los misioneros.»

Pero, además, nos dice el Papa que el mundo entero es misionero:

«Invito por lo tanto a reafirmar, contra todo pesimismo, la fe en la acción del Espíritu, que llama a todos los creyentes a la santidad y al empeño misionero.»

Y más adelante nos insiste:

«Porque todos, sin excepción, son llamados a colaborar con la misión de la Iglesia; la oración, el ofrecimiento de los propios sufrimientos y el testimonio de vida son elementos primarios para la misión, al alcance de todos los hijos e hijas de Dios.»

Ese ofrecimiento de los sufrimientos es el que mostrará al Espíritu Santo la anulación de nuestro “yo”, requerida para que Él pueda hacer su obra con su fuerza propulsora —como en los primeros tiempos de la Iglesia— y no con la pobre fuerza nuestra, que es inútil sin el Espíritu.

Solo así escucharemos con esperanza la voz de Cristo en su Vicario:

«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas de vuestro corazón y de vuestra vida a Cristo! ¡Dejaos implicar en la misión del anuncio del Reino de Dios; para esto el Señor fue enviado, y ha transmitido la misma misión a sus discípulos de todos los tiempos. Dios, que no se deja vencer en generosidad, ¡os dará el cien por uno y la vida eterna!»

Vale la pena escuchar, atender y acatar la voz del Papa. En verdad, ¡vale la pena!

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Ciclo A, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 31, 2011

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente?

San Pablo dice hoy que el Evangelio que les llevó a los habitantes de Tesalónica no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo.

Ese mismo Evangelio nos llegó a nosotros; alguno podría decir que ahora no hay milagros ni se ve el Espíritu Santo. ¿Por qué? Quizá porque en nosotros «se quedó solo en palabras»…

Y, ¿cómo hacer para que no se quede sólo en palabras? La respuesta está en la misma lectura: los tesalonicenses se hicieron imitadores de los apóstoles y del mismo Señor, y se pasaron de los ídolos a Dios, empezando a servir al Dios vivo y verdadero, y esperando que venga del Cielo el que nos liberaría: Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos.

Actuando así podremos demostrar a Dios nuestro agradecimiento y nuestro amor: cumpliendo los mandatos que nos dio desde el Éxodo, como nos lo narra la primera lectura: no maltratar, ni oprimir a los extranjeros; no hacer daño a la viuda ni al huérfano; si se le presta dinero al pobre, no ser como el usurero, no exigirle interés; si se toma prestado, devolver a tiempo lo prestado.

Ese agradecimiento y ese amor nos debe mover a buscar cómo agradar a Dios todos los días de nuestra vida: que nuestras obras, palabras y pensamientos sean de su gusto, que con ellos le demos parte de la gloria que se merece, pues es mucho lo que le debemos: nos dio la vida, la salud, nuestros seres queridos, el sustento diario; la creación, la Encarnación del Hijo de Dios, la Redención, la Iglesia, los sacerdotes que nos guían y administran los Sacramentos, su presencia real entre nosotros en la Eucaristía… Nunca terminaríamos de enumerar lo que Dios nos ha dado, y que nos muestra su infinito amor por nosotros.

Por eso, Jesús dejó claro que todo lo que debemos cumplir está encerrado en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Qué tan lejos estamos de amar con esas dos medidas? Pensémoslo un instante.

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Ciclo A, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2011

¿Acabar el mal con el mal?

A todos nos ha pasado: al ver todo el mal que hay en el mundo, deseamos destruirlo cuanto antes, destruyendo a quienes lo causan. Querríamos que desaparecieran los que hacen el mal.

Pero Dios —el Todopoderoso, el Dueño de toda la fuerza— no actúa así: es paciente y sabe esperar y, además, perdona, como dice hoy el libro de la sabiduría: «Tu fuerza es el fundamento de tu justicia; como eres el dueño de todas las cosas, puedes también perdonarlas». Así se muestra la verdadera fortaleza: perdonando. Quien es grande, sabe perdonar.

Y sabe esperar, como se muestra en el Evangelio de hoy. Mientras los seres humanos ansían acabar pronto con el mal, Dios, el Eterno, sabe esperar. Solo hasta el fin del mundo será recogida toda la cizaña —el mal—, y será quemada en el horno eterno.

Aunque es un Señor poderoso, juzga con moderación y nos gobierna con mucha paciencia, porque es libre de intervenir cuando quiera, y ha dado a sus hijos esa dulce esperanza: después del pecado le permite que se arrepientan.

¿Qué vamos a hacer, pues, con nuestros pecados? ¿Qué esperamos? ¿Vamos a aprovechar esta oportunidad? Todavía estamos en tiempo.

La pregunta que nace es cómo hacerlo. Y la segunda lectura nos da la respuesta: Somos débiles pero el Espíritu viene en nuestra ayuda. No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo pide por nosotros, sin palabras, como con gemidos. Y aquel que penetra los secretos más íntimos entiende esas aspiraciones del Espíritu, pues el Espíritu quiere conseguir para los santos lo que es de Dios.

Hay que destacar la palabra «santos» del párrafo anterior. Ser santos es cumplir la Voluntad de Dios: los mandamientos de Dios y los de la Iglesia. Si no los hemos cumplido, ¡a confesarnos! Y luego, a buscar en la oración el modo de actuar cada momento para agradar a Dios, en nuestras relaciones con Él, con los demás y con la naturaleza que Él nos dio.

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La necesaria purificación para recibir al Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2011

Como la llama del Amor de Dios —el Espíritu Santo— es amplísima e inmensa, cuando toca a la persona, cuya voluntad es estrecha y angosta, ella siente esa estrechura y angostura suya, hasta que, de tanto quemarla, la dilate y la ensanche, haciéndola capaz de Dios.

Esta llama es sabrosa y dulce, pero la persona tiene el paladar de su espíritu incapaz de esa sabrosura y dulzura por los apetitos desordenados; por esto la siente desabrida y amarga, y no puede gustar del dulce manjar del amor de Dios. Además, a pesar de sentirse cerca de esta amplísima y sabrosísima llama, no siente su sabor, sino su miseria, que es lo único que tiene en sí misma.

Esta llama también es de inmensas rique­zas y deleites, y la persona por sí misma es pobrísima y no tiene bien ninguno ni alguna cosa de qué satisfacerse; por eso, aunque conoce y siente cla­ramente sus miserias, su pobreza y su malicia, al verlas cerca de las riquezas, la bondad y los deleites de la llama, no los puede reconocer, porque la malicia no comprende a la bondad, ni los deleites bajos a los sublimes, sino hasta que esta llama acabe de purificar al alma y con su transformación la enriquezca, la glorifique y la deleite.

De esta manera, se puede decir que pelean en el alma dos fuerzas opuestas: Dios —que es todas las perfecciones en sí mismo— contra todos los hábitos imperfectos que hay en ella; Dios gana esa batalla transformando al alma en sí mismo, suavizándola, pacificándola y esclareciéndola. Y así, purificada el alma, se dispone, se hace apta, capaz de Dios, de sus altísimas delicias.

* San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 1ª, verso 4, 23

 

 

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Ciclo A, Domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2011

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

¿Milagros?

Lo que quizá más impresiona de las lecturas de la solemnidad de hoy es que en nuestros días no vemos con frecuencia a los actuales apóstoles (los obispos) ni a los actuales discípulos (los presbíteros) hablar en lenguas ni realizar milagros.

Pero no lo vemos porque no tenemos abiertos los ojos del espíritu para ver cómo la enseñanza de la Iglesia ha llegado en casi todos los idiomas a numerosos países, y así se han roto las barreras que nos separaban antaño:

Es bello saber de hombres o mujeres que en el otro lado del planeta celebran la Eucaristía como nosotros, o enterarse de la devoción mundial a la Santísima Virgen María. ¡Qué hermoso es descubrir a dos católicos de distinta nacionalidad y lengua rezar el Santo Rosario juntos y que uno conteste al otro, sin conocer su idioma, pero sabiendo qué se está diciendo al orar! Da alegría enterarse de que en todas partes del globo terráqueo hay comunidades apostólicas que dan testimonio del mensaje de amor del Evangelio… En fin, se puede decir que la Iglesia rompió las fronteras. Y esto es obra del Espíritu Santo. Las actividades apostólicas se abren como un abanico expresando, en el orbe entero, las diferentes facetas de la acción del Espíritu Santo, las acciones de cada una de las partes del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.

Otra realidad que no se ve es la acción del Espíritu Santo en las almas: poco a poco y en el silencio de las vidas individuales, se está llevando a cabo una transformación patente y auténtica: ciegos para las cosas de Dios que recuperan la vista, sordos al mensaje evangélico que comienzan a escuchar, paralíticos del espíritu que ahora empiezan a recorrer los caminos del amor de Dios…, y hasta muertos que, por sus pecados estaban destinados al infierno, que resucitan a la vida de la gracia.

¿Hacemos patente e innegable en nuestras vidas que, con el Espíritu Santo, nos llegan sus siete dones y sus doce frutos? ¿Vivimos, por ejemplo, el fruto de la paz, que tanto necesitamos?

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Ciclo A, Ascensión del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en junio 13, 2011

¿Nos quedamos solos?

Jesús fue levantado ante los ojos de los apóstoles y discípulos, y una nube lo ocultó de su vista. Ellos seguían mirando fijamente al cielo mientras se alejaba. Pero de repente vieron a su lado a dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Amigos galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús volverá de la misma manera que ustedes lo han visto ir al cielo».

En esta actitud de los apóstoles y discípulos de Jesús se denota tanto la admiración por la ascensión como la tristeza por su partida. Efectivamente, habían vivido tres años en su compañía, compartiendo todo con Él, nutriéndose de sus enseñanzas, llenándose de su paz…; y, de pronto, los deja.

A unos ojos sin fe les podría parecer que todo se acababa. Lo mismo pensaríamos si no tuviéramos la certeza de que Él siempre está con nosotros, como nos lo prometió, y si no viéramos la perspectiva histórica que nos muestra que la Iglesia ha crecido mucho estos dos milenios, especialmente en santidad.

Pero Jesús no se fue sin hacernos una explicación y una promesa maravillosa: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia».

Estas dos verdades nos llenan de fascinación: todos los bautizados conformamos la Iglesia por Él fundada y hacemos parte de su cuerpo místico, ya que Él es la cabeza. Él ya entró; falta que entre el cuerpo, que somos nosotros.

Por otra parte, tenemos la certeza de que Él se quedó en la Eucaristía, para acompañarnos en el camino que nos conduce a la meta de eterna felicidad.

Y en las lecturas de hoy aparece una segunda promesa: recibiremos la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre nosotros, cosa que ocurrirá en la fiesta de Pentecostés, fuerza necesaria para llevar a cabo lo que nos pide: dar testimonio de la verdad hasta los extremos de la tierra.

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Ciclo A, VI domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en junio 7, 2011

Cómo amar a Dios

Las lecturas de hoy están ordenadas a lograr un solo propósito: que sepamos cómo amar a Dios.

El primer paso consiste en cumplir sus mandamientos. La Biblia está llena de ocasiones en la que se repite esta idea —de hecho está 410 veces—; en el Evangelio de hoy, el mismo Jesús nos los dice: «El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama».

Jesús había dicho eso mismo unas líneas más arriba, junto con una promesa: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes, el Espíritu de Verdad».

Y, ¿qué significa todo esto? Que el Espíritu Santo vendrá sobre todos los que acepten que Jesucristo es el Hijo de Dios y nuestro salvador y lo amen. Efectivamente, cuando nos bautizamos, el Espíritu Santo se posa en nuestras almas; y, como ya se dijo, el mejor modo de demostrarle nuestro amor es cumplir los mandamientos.

Pero, en la Confirmación, el Espíritu Santo nos hace soldados de Cristo, y podemos ser como los primeros cristianos que, además de cumplir esos mandamientos, llenos de entusiasmo, propagaban la noticia de que no estamos obligados a ir al infierno: ahora podemos escoger nuestra suerte eterna.

Es también el Espíritu Santo el que llena de su gracia a los diáconos que, como Felipe, pueden realizar prodigios, hacer que toda la población se interese por su predicación, hacer salir los espíritus malos de los endemoniados y hacer que los paralíticos y cojos queden sanos… En fin, ¡producir alegría!

En la segunda lectura nos pide san Pedro que estemos siempre dispuestos para dar una respuesta a quien nos pida cuenta de nuestra esperanza: que aunque morimos por ser de carne, después resucitaremos por el Espíritu.

Para comenzar, entonces, debemos aceptar a Cristo y cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios y los cinco de la Iglesia que Él mismo fundó.

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Ciclo A, III domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en abril 4, 2011

Agua que quita la sed

En el desierto, el pueblo atormentado por la sed, se quejó y recibió agua, cuando Moisés golpeó una roca. Así Dios demostró que estaba en medio de ellos.

Jesús, en el Evangelio, se hace el encontradizo con la mujer samaritana para hablarle de un agua más excelsa: un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna, un manantial que quita para siempre la verdadera sed: sed de paz, sed de gozo, sed de felicidad y sed de eternidad…

Y, ¿en qué consiste esa agua? Nos lo dice la segunda lectura: «Hermanos, por la fe hemos sido reordenados y estamos en paz con Dios, por medio de Jesucristo, nuestro Señor. Por Él hemos tenido acceso a un estado de gracia e incluso hacemos alarde de esperar la misma Gloria de Dios, que no quedará frustrada, pues ya se nos ha dado el Espíritu Santo, y por Él, el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones».

Habíamos pecado contra nuestro Creador y ya no podíamos ser felices, es decir, teníamos un desorden en el amor que debíamos a Dios y a nosotros mismos que produjo, a su vez, un desorden en la naturaleza. La fe, cuyo signo es el bautismo de agua que hemos recibido, fue la que nos reordenó para la vida eterna y el bautismo de agua es el que prometía Jesús a la samaritana.

Esta agua fue conseguida por Jesús con un acto de amor superior a la falta que cometimos, como lo explica san Pablo: no aceptaríamos morir por una persona mala; tratándose de una persona muy buena, tal vez alguien se atrevería a sacrificar su vida. Pero Dios dejó constancia del amor que nos tiene: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.

¿Cómo hemos correspondido a esa muestra extraordinaria de amor? ¿Cumplimos los mandamientos de Dios y de la Iglesia? ¿Sabemos perdonar? ¿Ofrecemos y damos nuestra ayuda? ¿Notan los demás en nuestro comportamiento y en nuestra forma de hablar que estamos bautizados?…

Si no es así, ¡qué desperdicio de agua viva!

 

 

 

 

 

 

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Ciclo A, V domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 15, 2011

Para ver en la oscuridad

 

Los ejércitos cuentan desde hace mucho tiempo con un aparato que sirve para observar los movimientos del enemigo en la noche. Hoy, por la oscuridad en la que vivimos, la mayoría de las veces no vemos al enemigo oculto: el egoísmo, la soberbia, la gula, la envidia, la lujuria, la ira y la pereza que sentimos y, a veces, consentimos. Todo esto nos muestra claramente que ese enemigo invisible —pero real— nos gana algunas batallas.

Como lo importante es no perder la guerra, conviene que sepamos dónde está ese enemigo, cuáles son sus armas y sus estrategias.

Lo primero que hay que saber es que usa unas técnicas muy sutiles, y la primera de ellas es la misma que usó contra nuestros primeros padres: incitarnos a la altivez y al apetito desordenado de ser preferidos a otros, a la satisfacción y al envanecimiento por la contemplación de las propias capacidades, a veces hasta con menosprecio de los demás. Pero no lo hace de frente. Nos puede sugerir que las palabras de Jesús del Evangelio de hoy: «Ustedes son la sal de la tierra» «Ustedes son la luz del mundo» son para sentirnos muy importantes, más de lo que somos.

Sólo si cumplimos los requisitos de la primera lectura de hoy seremos la luz del mundo, seremos la sal de la tierra, como lo quiere el Señor: que compartamos el pan con el hambriento, que no volvamos la espalda a nuestros hermanos, que no haya gente explotada, que apartemos el gesto amenazador y las palabras perversas, que demos pan al hambriento y que ayudemos al hombre oprimido.

Y seremos como san Pablo, quien sin oratoria ni grandes teorías esparció por gran parte del mundo conocido la Buena Noticia de un Mesías crucificado. Él mismo se sintió débil, tímido y tembloroso. Sus palabras y su mensaje no contaron con los recursos de la oratoria, sino con manifestaciones de Espíritu y poder, para que nuestra fe se apoyara, no en sabiduría humana, sino en el poder de Dios.

Y con ese poder de Dios veremos al enemigo en la oscuridad. Y lo venceremos.

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La eficacia del silencio

Posted by pablofranciscomaurino en enero 21, 2011

En teología, en filosofía, en doctrina y hasta en aspectos litúrgicos se viven a diario discusiones en todos los niveles: laicos que comienzan a estudiar, laicos que ya llevan haciéndolo bastante tiempo, diáconos, presbíteros y hasta obispos.

Esto sucede también a la hora de hacer apostolado: ¡Cuántas veces —por ejemplo— ese noble afán apostólico se convierte en contiendas, disputas, rivalidades, competencias por «tener» la verdad! Y, en vez de apostolado, se abre la puerta para la desunión, para las faltas de caridad y hasta para el pecado.

Los mismos medios de comunicación no están exentos de este defecto; ni siquiera los medios de comunicación cristianos. En la televisión, por ejemplo, es frecuente, en los programas no católicos dedicados a la difusión de la doctrina cristiana, que se critique tanto al catolicismo, como a los católicos.

Pero aun dentro de la Iglesia Católica se ven actitudes semejantes: en vez de procurar la unión y estimular las virtudes, se resaltan a veces los defectos. En vez de proponer soluciones eficaces, se critican abierta y públicamente los errores, supuestos o reales.

Pareciera que los cristianos no hubiéramos oído ni leído lo que nos dijo aquél a quien seguimos: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros» (Jn 13, 35).

Pareciera que se nos olvidó que Jesús nos enseñó: «Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea.» (Mt 18, 15-17). Estos hermanos escritores u oradores hacen primero el último paso: le informan al mundo los desperfectos de los demás.

Pareciera que se nos olvidó que el Espíritu Santo actúa eficazmente en el alma cuando cumplimos la doctrina del amor: orar por los equivocados y por los pecadores, unirnos a la Cruz redentora de Cristo ofreciendo nuestros Ighlesisacrificios por ellos y no dejar de hablarles con cariño y con prudencia.

Pero con frecuencia se nos olvidan tanto el cariño de hermanos como la prudencia del Espíritu Santo. Y por eso la labor que pretendíamos hacer no es eficaz. Y por eso crecen las divisiones y el desamor. Y por eso se opaca y se nubla la doctrina de la Iglesia Católica. Y por eso triunfa el demonio.

En cambio, obtendremos resultados eficaces si oramos, si confiamos más en los méritos de Cristo que en nuestro poder de convicción y si ofrecemos nuestros sufrimientos por los miembros de la Iglesia, a la manera de san Pablo: «Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24).

El silencio de Cristo en su juicio y en su pasión nos pareció absurdo, pero el Amor que destiló dio resultados. Lo propio de los cristianos es callar cuando queramos hablar mal de los demás y, más bien, hablar con Nuestro Padre para que los ayude y nos ayude.

Amémonos unos a otros como él nos amó: no criticándonos ni enfatizando errores o defectos sin caridad, sino dándolo todo, muriendo a nuestros egoísmos y a nuestras soberbias por nuestros hermanos, para que seamos uno, como Él y el Padre. Y así brillará en nosotros la luz del Espíritu Santo.

 

 

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Ciclo A, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 6, 2010

I DOMINGO DE ADVIENTO

La lucha por llegar a la casa del Padre

 

Comienza hoy un nuevo año litúrgico, y las lecturas nos invitan al cambio, a comenzar un nuevo camino. Este año nuevo aparece como el cuaderno nuevo de un colegial: listo para que se inicie sobre él un trabajo limpio, pulcro, perfecto.

El profeta Isaías nos muestra la meta: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas; en ese lugar ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. ¡La paz que tanto buscamos será nuestra!

Pero para que la paz verdadera llegue a nosotros, es necesario que escuchemos la voz de san Pablo cuando dice que ya es hora de espabilarse. La paz es primer logro de nuestra lucha interior por acercarnos a Dios: dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con la dignidad de los hijos de Dios, dignidad de reyes, de señores, de hombres bañados por la gracia, de templos del Espíritu Santo: nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni contiendas. Habremos dado así honor a nuestra condición de hombres y de cristianos, y tendremos las virtudes necesarias para acceder a la auténtica paz y a la alegría verdadera.

Revestidos de Nuestro Señor Jesucristo, dueños de nosotros mismos, sin malos deseos —producto casi siempre del excesivo cuidado personal— estaremos preparados, en vela, para la hora decisiva, la hora en que vendrá el Hijo del hombre.

Él nos llevará a la eterna e imperturbable felicidad: junto a Dios–Padre, en donde sentiremos que por fin nos realizaremos como seres humanos.

Por eso ya hoy podemos cantar presagiando nuestra conquista: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Y cuando lleguemos a la Jerusalén celestial, nos diremos a nosotros mismos: ¡Valió la pena!

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Tiempo ordinario después de Pentecostés*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 21, 2010

 

1.- Exposición dogmática 

Después del reinado del Padre sobre el pueblo de Dios, que nos recuerda el Tiempo de Adviento; después del reinado del Hijo, que comienza en su nacimiento, o sea, en Navidad, para consumarse en su Ascensión, y que nos recuerda a su vez el Tiempo de Navidad y el Tiempo Pascual, la liturgia celebra y se manifiesta desde Pentecostés hasta el fin de los siglos.

Así como el Padre se sirvió del pueblo hebreo para preparar la Redención del mundo; y el Verbo asumió la naturaleza humana e hizo de ella el instrumento de nuestra redención, así también el Espíritu Santo hace efectiva la redención en la Iglesia. El sacerdocio, la Misa y los Sacramentos son otros tantos cauces oficiales, por donde nos trae la doctrina del Salvador y nos aplica sus méritos.

El Papa está al frente de toda la jerarquía eclesiástica, como la Eucaristía está sobre todos los demás Sacramentos. Y así el rei­nado del Espíritu Santo se manifiesta visiblemente por la Iglesia romana, en medio de la cual está el Santísimo Sacramento, despi­diendo efluvios de luz y de amor.

Si el Espíritu es el alma que vivifica a esa Iglesia[1], Cristo escondido en la Hostia sagrada es el corazón, de donde se reparte la sangre por las venas, o sea, por el canal de los Sacramentos, a todos los miembros; san Pedro y sus sucesores con todos los obispos, son la cabeza de donde parten las fibras nerviosas que mandan a todo el cuerpo: y ese cuerpo místico lo formamos todos los cristianos.

«Formamos un solo cuerpo, dice san Pablo, porque hemos sido bautizados en un solo Espíritu» (1Co 10), y «todos participamos del mismo pan (Ib. 10, 17). Lo somos también porque hemos sido convertidos por Cristo resucitado en corderos y ovejas de un mismo Pastor, cabeza visible de la Iglesia[2].

La acción del Espíritu Santo y la acción de Cristo en el Sacra­mento se unen hasta el punto de que los Libros Santos llegan a afirmar indiferentemente que «somos santificados en el Espí­ritu Santo» (1Co 6) o «en Cristo» (Ib. 1 1), y que así como el Espíritu Santo es vida, así también Jesús es «pan de vida». La acción de ambas divinas Personas se ejerce mediante la Iglesia.

Merced al ciclo litúrgico, Cristo revive en cierto modo cada año sobre el altar como en otra Palestina, toda su vida en el mismo orden en que antaño se realizara. O sea que ahora somos nosotros los que en unión con Cristo realizamos en cierto modo sus miste­rios, y de ahí también que el tiempo después de Pentecostés esté dedicado más especialmente al ciclo santoral, a la vida de la Iglesia.

El Espíritu Santo, al hacernos echar una ojeada retrospectiva a la vida del Salvador, que se termina en este ciclo, nos repite por boca de los evangelistas y de los Apóstoles, cuyos escritos Él inspiró, todas las enseñanzas del Maestro, proyectando sobre ellas nuevos fulgores. Esas Epístolas nos hablan precisamente de los frutos de santidad, que el Espíritu Santo produce en las almas, y asistimos durante todo ese tiempo a la magnífica floración de santidad, que no cesa de reproducir imágenes vivas de Cristo en todos los siglos y en todos los países.

Sol divino, radiante al despuntar en la mañana de Navidad, majestuoso al transponerse pálido el Viernes Santo, Jesús ha reco­rrido su carrera de gigante: y durante la larga noche que precede a su venida y la que le sigue, María, luna mística y los santos, a manera de estrellas de mil vistosos cambiantes brillan en el firmamento de la Iglesia, y nos son propuestos como dechados de vida. Y así, nuestra alma, después de haber copiado a Jesús mismo, podrá también copiarlo en sus miembros, los cuales vivieron la vida de su Cabeza.

Si en Adviento se celebra la gran festividad de la Inmaculada Concepción, en este tiempo de Pentecostés se celebra la de su Asunción a los cielos.

Los ángeles tienen su fiesta en este mismo período del año, así como el Bautista y los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo, y la turba magna de Todos los Santos a la que honramos en todos estos seis meses, y especialmente el día 1° de noviembre. En ese mes se celebran asimismo la Conmemoración de los fieles Difun­tos y la Dedicación de las iglesias.

Si la solemnidad del Corpus Christi, que viene en pos de Pente­costés y va seguida de la de los Príncipes de los Apóstoles, nos recuerda que son el Espíritu Santo, el Santísimo Sacramento y la Iglesia los que santifican a los fieles , la solemnidad de la Santísima Trinidad, la del Sagrado Corazón y la memoria del santísimo rosario —que obedecen todas a una misma necesidad— nos muestran que esa santificación se obra mediante la doctrina del Salvador y la aplicación a las almas de sus infinitos merecimientos.

Así, durante esta segunda parte del año eclesiástico, la Iglesia es la continuadora de la obra de la Redención de Cristo que ya había sido preparada y reali­zada en la primera parte del ciclo litúrgico.

«Si en esa primera parte no hubiere conseguido el cristiano que su vida sea un fiel trasunto de la vida de Cristo, en esta segunda encontrará seguramente valiosísimos auxilios, fervorosos alientos para desarrollar su fe y acrecentar su amor. El misterio de la Trinidad, el del Santísimo Sacramento, la misericordia y el poder del Corazón de Jesús, las grandezas de María y su acción en la Iglesia y en las almas aparecerán en toda su plenitud, produ­ciendo en él nuevos efectos. El alma siente más íntimamente en las vidas de los santos, tan variadas y tan ricas en ese tiempo, el lazo que le une a ellos en Jesucristo, por el Espíritu Santo. La felicidad eterna, que ha de seguir a esta vida de prueba se revela a ellos en la fiesta de Todos los Santos, y entonces com­prende mejor la esencia de esa misteriosa dicha, que consiste en la luz y en el amor.

« Unido cada vez más estrechamente a la Santa Iglesia, que es la Esposa de Aquél a quien ama, va siguiendo el cristiano todas las fases de su existencia en el correr de los tiempos, lo compa­dece en sus dolores, triunfa con Él en su triunfo, y ve sin flaquear un momento, a ese mundo que camina a su fin, porque sabe muy bien que el Señor está cerca».

 

2.- Exposición histórica

Desde Pentecostés, en que la Iglesia nació, viene ésta reproduciendo siglo tras siglo, la vida de Cristo, cuyo místico cuerpo es.

Jesús, desde el día en que nació, se vio perseguido y hubo de huir a Egipto, mientras se perpetraba la horrible matanza de los Inocentes. También la Iglesia sufrió durante cuatro siglos recias persecuciones, teniéndose que ocultar en las Catacumbas o en el desierto.

Jesús adolescente se retira a Nazaret, y allí pasa los años largos y floridos de su vida en el recogimiento y la oración. Y la Iglesia, desde Constantino, disfrutó de una era de paz. Entonces surgieron por doquier catedrales y abadías en que resonaran día y noche las divinas alabanzas, y cuyos obispos, abades, sacerdotes y reli­giosos se oponen por el estudio y un celo infatigable al avance de la herejía y al violento empuje de la barbarie.

Jesús, el divino misionero, enviado por el Padre a las apar­tadas regiones de este planeta, comienza a los treinta años su vida de apostolado; y la Iglesia, desde el siglo XVI, debe resistir a los embates del paganismo renaciente, y desparramar por todos los nuevos mundos entonces descubiertos la semilla del Evangelio de Cristo. De su fecundo seno saldrán sin cesar nuevas milicias, y nutridas falanges de apóstoles y esforzados misioneros que anuncien la Buena Nueva al mundo entero.

Por fin Jesús termina su vida con el sacrificio del Gólgota, seguido muy pronto del triunfo de su Resurrección; y la Iglesia, lo mismo que su divina Cabeza, se verá entonces vencida y cla­vada en cruz, aunque ella ganará la victoria decisiva. «El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo mismo que el cuerpo humano, fue en un tiempo joven, aunque al fin del mundo tendrá una apariencia de caducidad» (San Agustín).

Las fiestas de Santos abundan más después de Pentecostés, que es la más larga entre todas las épocas litúrgicas, pudiendo empezar hacia el 10 de mayo y terminar el 3 de diciembre.

3.- Exposición litúrgica

Durante el primer período del año eclesiástico (Adviento-Pentecostés) la Iglesia ha reconstituido la trama entera de la vida de Cristo, para trazar en el segundo (Pentecostés-Adviento) la vida de la Iglesia, la cual procura reproducir en sus santos las virtudes del Maestro. Por eso, los domingos que siguen a Pentecostés se veían como agrupados en torno de algu­nos santos más importantes, llamándose en la antigüedad sema­nas después de San Pedro, o de los Santos Apóstoles; Semanas después de San Lorenzo, Semanas del Séptimo mes (Septiembre) y Semanas después de San Miguel. Pero, con el tiempo, reparando más bien en la acción del Espíritu Santo en las almas, esos domingos recibieron su antigua denominación, que es sin duda más lógica, de domingos del tiempo ordinario.

Esta segunda parte del año, sin someter de nuevo su liturgia al orden cronológico de la primera, es sin embargo, eco suyo fidelísimo, porque ahonda más y más en las enseñanzas del Señor, dejándose guiar por las necesidades de nuestra inteligencia y de nuestro corazón. De ahí que en tiempos antiguos se leyeran por orden las Epístolas de san Pablo, como también los Evangelios de san Marcos y de san Lucas. Aún queda en el Misal algún rastro de aquel orden.

Con todo eso, aún se advierte cierto lógico plan en la enseñanza que se nos da en las misas dominicales del Tiempo que sigue a Pentecostés.

El primero de todos los dogmas es el de la Santísima Trinidad, y es el que el Espíritu Santo recuerda antes que ningún otro a la Iglesia, habiendo de enseñarlo a todas las naciones, al bautizarlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y así, el domingo después de Pentecostés coincide con la Fiesta de la Santísima Trinidad.

El segundo dogma es el de la Encarnación que nos será recor­dado hasta el fin de los siglos por la presencia de Jesús en la Eucaristía. Y la segunda solemnidad de este tiempo es la del Santísimo Sacramento.

El tercer dogma es el de la Iglesia, cuya alma es el Espíritu Santo; de ahí que todos los domingos encierren alusiones al Espíritu Santo y a la gracia que en las almas produce, para hacer de ellas esposas de Cristo.

Como esta serie de domingos viene también a representar los siglos por que atravesará la Iglesia, se pueden ver en ellos alusiones a las distintas edades del mundo. Y así, los últimos domingos hablan claramente de la conversión de los judíos y de las grandes pruebas por que se distinguirá el fin de los tiempos.

El tiempo ordinario está sobre todo consagrado a la Iglesia. De ahí que aparezcan más de relieve las figuras de los santos, de esos «otros Cristos», que el Espíritu Divino ha ido labrando desde el día de Pentecostés, en que fue enviado al mundo con la alta misión de santificar las almas y recoger los frutos de la reden­ción obrada por Jesús. Los Santos son el comentario vivo de la palabra del Maestro, realizando ellos en el curso de la semana lo que el Espíritu Santo ha tenido a bien enseñarnos el domingo. El ciclo santoral se despliega libremente en este tiempo litúrgico del año, y hasta hace que resalte el valor del ciclo temporal, del que depende.

En efecto, durante este tiempo vemos desfilar, una tras otra las fiestas de la Natividad de María Santísima y su Asunción a los cielos en cuerpo y alma; la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y la memoria de los santos ángeles custodios; la doble natividad de san Juan Bautista, primero en la tierra y después en el cielo el día de su degollación; la de los Príncipes de los Apóstoles, san Pedro y san Pablo; la de Todos los Santos, la Conmemoración de todos los fieles Difuntos y el Aniversario de la Dedicación de las prin­cipales iglesias figurando la reunión de las almas, que un día habrán de integrar esa «turba magna» de que hablaba san Juan, llamada la celestial Jerusalén.

Y precisamente, para indicar esta esperanza certera, se reviste el sacerdote durante todo este tiempo con los verdes ornamentos que la simbolizan[3]. El color verde significa el trabajo de la gra­cia en las almas, y por eso los antiguos con frecuencia vestían a la Virgen y a los santos con ropas verdes. También sobre los fúnebres monumentos solían pintar un ramito verde, símbolo de la inmortalidad y de la resurrección futura, a las cuales nos lleva como de la mano el tiempo santo de Pentecostés.

La fiesta de Pascua es movible, y por eso el tiempo ordinario retoma el conteo de las semanas que se dieron después de Epifanía, haciendo que terminen con la semana 34, inmediatamente antes de Adviento aunque para ello algunas veces se pierda una semana.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] «El Espíritu es en toda la Iglesia lo que el alma es todos los miembros del cuerpo» San Agustín.

[2] «La unidad del cuerpo místico es producida por el cuerpo verdadero sacramentalmente recibido» (Santo Tomás). 

[3] El color verde, que en la naturaleza vegetal es indicio de vida, se estilaba antaño para los ángeles, los cuales aparecían con doble aureola verde, o bien revestidos de ese color, porque, según la expresión del Areopagita «éstos tienen algo de juvenil». Pero los tejidos de oro pueden suplir a los verdes (Decreto 20, noviembre de 1885).

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Consagración de sí mismo a Jesucristo por medio de María*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 12, 2010

 

Oh Jesús, Sabiduría Eterna y Encarnada, te adoro en la gloria del Padre durante la eternidad y en el seno virginal de María en el tiempo de tu encarnación.

Te agradezco que hayas venido al mundo —hombre entre los hombres y servidor del Padre— para librarme de la esclavitud del pecado.

Te alabo y glorifico porque has vivido en obediencia amorosa a María para hacerme fiel discípulo tuyo; desgraciadamente no he guardado las promesas y compromisos de mi bautismo, no soy digno de llamarme hijo de Dios.

Por ello acudo a la misericordiosa intercesión de tu Madre, esperando obtener por su ayuda el perdón de mis pecados y una continua comunión contigo, Sabiduría Encarnada.

Te saludo, pues, oh María Inmaculada, templo viviente de Dios; en ti ha puesto su morada la Sabiduría Eterna para recibir la adoración de los ángeles y de los hombres.

Te saludo, oh Reina del cielo y de la tierra: a ti están sometidas todas las criaturas ¡todos experimentan tu gran misericordia! Acepta los anhelos que tengo de la Divina Sabiduría y mi consagración total. Consciente de mi vocación cristiana, renuevo hoy en tus manos mis compromisos bautismales.

Renuncio a Satanás, a sus seducciones y a sus obras, y me consagro a Jesucristo para llevar mi cruz con Él, en la fidelidad de cada día a la voluntad del Padre.

En presencia de toda la Iglesia te reconozco ahora como mi Madre y Soberana; te ofrezco y consagro mi persona, mi vida y el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras; dispón de mí y de cuanto me pertenece para la mayor gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad.

Madre del Señor, acepta mi oración y preséntala a tu Hijo: si Él me redimió con tu colaboración, debe ahora recibir de tu mano el don total de mí mismo.

Que yo viva plenamente esta consagración para prolongar en mí la amorosa obediencia de tu Hijo y dar respuesta vital a la misión que Dios te ha confiado en la historia de la salvación.

Madre de la misericordia, alcánzame la verdadera sabiduría de Dios y hazme plenamente disponible a tu acción maternal.

Oh Virgen fiel, haz de mí un auténtico discípulo de tu Hijo, la Sabiduría Encarnada.

Contigo, Madre y modelo de mi vida, llegaré a la perfecta madurez de Jesucristo en la tierra y a la gloria del cielo. Amén.

 Oración a Jesucristo

Gracias, Señor Jesucristo, por haberme concedido la gracia de consagrarme a María.

Ella será mi socorro que, levantándome de mi propia miseria, me introducirá más y más profundamente en tu amistad.

Ay, Señor, débil como soy, sin ella ya hubiera naufragado en mis pecados. Sí ¡María me hace falta ante ti y en todas partes!

Con ella, en cambio, me libraré del pecado y de sus consecuencias, y podré acercarme a ti, dialogar contigo y agradarte en todo; aceptar radicalmente tu Evangelio, salvarme e irradiar tu amor y salvación a mis hermanos. ¡Cómo quisiera, oh Jesús, publicar ante todas las criaturas tu gran misericordia en favor mío! Y hacer que todo el mundo reconozca que, de no ser por María, hace tiempo estaría yo condenado. ¡Y agradecerte dignamente ese favor!

¡María está conmigo! ¡Qué tesoro tan precioso! ¡Qué alegría tan inmensa!

Pero, Señor, amor con amor se paga: qué ingratitud la mía si no me consagrara a ella totalmente.

Salvador mío amadísimo, antes morir que vivir sin ella… Mil   y mil veces, como Juan ante la Cruz, he aceptado a María como tu don más precioso y cuántas veces me he consagrado a ella ¡aunque todavía con tanta imperfección!

Por eso, quiero ahora, con la madurez y disponibilidad que esperas de mí, consagrarme a ella nuevamente.

Arranca de mi ser todo lo no que pertenezca a tan augusta Reina, pues si no es digno de ella, tampoco es digno de ti. Amén

 Oración al Espíritu Santo

Oh, Espíritu Santo, ayúdame a cumplir mi compromiso, concédeme todas las gracias: planta y cultiva en mí el árbol de la vida verdadera, que es la amabilísima María, para que crezca y dé flores y frutos abundantes.

Oh, Espíritu Santo, concédeme amar y venerar a María, tu esposa fidelísima, apoyarme en su amparo maternal y recurrir a ella confiadamente en toda circunstancia. Forma con ella en mí a Jesucristo hasta la plena madurez espiritual. Amén.

Oración a María

¡Oh María, hija predilecta del Padre, Madre admirable del Hijo, esposa fidelísima del Espíritu Santo!

Tú eres mi Madre espiritual, mi admirable maestra y soberana, mi gozo, mi corona, mi corazón y mi alma.

Tú eres toda mía, por bondad del Señor, y yo te pertenezco por justicia.

Mas, aún no soy tuyo cuanto debo; por ello, hoy me consagro a ti, en disponibilidad plena y eterna, comprometiéndome a arrancar de mí cuanto desagrade a mi Dios, y a plantar, levantar y producir todo lo que tú quieras.

Que la luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu, que tu humildad profunda sustituya a mi orgullo, que tu contemplación contenga mi alocada fantasía, que tu visión no interrumpida de Dios llene con su presencia mi memoria, que el fuego de tu ardiente caridad incendie la tibieza y frialdad de mi pecho, que mis pecados cedan al paso de tus virtudes y que el fulgor de tu gracia me acompañe al encuentro con Dios.

Madre mía amantísima, alcánzame la gracia de no tener más espíritu que el tuyo para conocer a Jesús y su Evangelio, más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor, más corazón que el tuyo para amar a Dios como tú lo amas.

No te pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni consuelos aun espirituales.

Para ti el ver claro, sin tinieblas ni dudas; para ti el saborear el gozo pleno; para ti el triunfar junto a tu Hijo; para ti el dominar cielos y tierra, y humillar los poderes del maligno; para ti el difundir como tú quieras los dones del Altísimo. Esta es tu mejor parte, que no te será nunca arrebatada, y me llena de gozo el corazón.

Para mí solamente gozarme en tu alegría, seguirte en tu camino: creer confiado solamente en Dios, sufrir con alegría cerca a Cristo, morir al egoísmo cada día, colaborar contigo para salvar al mundo.

Te pido solamente poder decir 3 veces «amén»: amén a cuanto hiciste en este mundo, amén a todo lo hoy que haces en el cielo, amén a todo lo ahora que haces en mi alma, para que en ella Cristo sea glorificado en plenitud, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

Oraciones compuestas por san Luis María Grignion de Montfort

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