Hacia la unión con Dios

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Predicar mis propias ideas

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2017

He aquí parte del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores (Sermón 46, 1-2: CCL 41, 529-530):

“Yo, por mi parte, no pretendo exponer mis propias ideas. Porque si os propusiera mis ideas, también yo sería de aquellos pastores que, en lugar de apacentar las ovejas, se apacientan a sí mismos. Si, en cambio, hablo no de mis pensamientos, sino exponiendo la palabra del Señor, es el Señor quien os apacienta por mediación mía. Esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?; es como si se dijera: «Los pastores no deben apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas.» Ésta es la primera causa por la que el profeta reprende a tales pastores, porque se apacientan a sí mismos y no a las ovejas. ¿Y quiénes son, pues, aquellos pastores que se apacientan a sí mismos? Sin duda alguna son aquellos de los que el Apóstol afirma: Todos buscan sus intereses personales, no los de Cristo Jesús.”

Y ¿cómo distingo mis ideas de las del Espíritu Santo? Eso es fácil de discernir:

“No os dejéis seducir por doctrinas variadas y extrañas.” (He 13, 9a)

¿Doctrinas extrañas a qué? A la Revelación universal, a la Palabra eterna del Padre, a la enseñanza perenne de la Iglesia.

Si estoy enseñando lo que siempre ha enseñado la Iglesia, la Palabra eterna del Padre, es el Espíritu Santo quién habla por mí; pero si aparecen novedades en mi predicación, es que no tengo presente la Palabra de Dios:

“Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre.” (Hb 13, 8)

Quién tiene afán de novedades es el cristiano carnal; el cristiano espiritual descansa en la Verdad inmutable.

 

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Vivimos en un universo alterno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2017

universo

Fue santa Teresa de Jesús quien, al describir el estado místico más alto de unión con Dios al que llegan algunos —conocido como la unión transformante o matrimonio espiritual—, afirmó que el mundo entero les parece a los místicos una farsa de locos.

Efectivamente, esta santa doctora de la Iglesia afirma que quien ha llegado a este grado místico tan elevado lo ve todo como “al revés” de como lo ven los demás hombres o de como lo veía él mismo antes de experimentar esa alta contemplación. Y se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en esa mentira» (Santa Teresa, Vida, 20, 26); «se ríe de sí mismo, del tiempo en el que valoraba el dinero y la codicia» (ídem 20, 27), y le parece que «no puede vivir, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21, 4).

Es más: se lamenta así: «¡Oh, qué será del alma que llega a este estado y se ve obligada a tratar con los demás, y ver esta farsa de esta vida tan mal establecida!» (21, 6).

Y así se expresan muchos otros santos místicos que han experimentado y descrito estas vivencias místicas.

Es que el Universo que creó Dios era uno solo, en el que se percibía tanto lo visible como lo invisible; pero después del pecado original, el ser humano perdió —entre otras muchas cosas— la capacidad de apreciar lo invisible: se opacaron para él la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles), los demonios, los santos… Tras el pecado del hombre, el apetito sensible por lo material, por lo temporal, creció tanto, que menguó casi hasta su extinción la facultad de advertir todo ese mundo espiritual.

Cegado de esa manera, el hombre perdió la noción completa del Universo en el que se halla inmerso y, por la mala inclinación que le quedó como consecuencia del pecado y por las tentaciones diarias que le producen los espíritus malignos, comenzó a apegarse a las criaturas visibles: a los otros seres humanos, a las cosas materiales, a sus propias ideas y a sí mismo.

Y hasta tal punto llegó, que muchos de ellos se convirtieron en esclavos de los placeres carnales, del deseo de poseer cosas materiales, de gozar de la fama o de la aprobación de los demás y de acceder al poder.

Por eso, san Juan llega a afirmar que «todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne [la lujuria], la concupiscencia de los ojos [la codicia] y la soberbia de la vida» (1Jn 2, 16), que son los 3 pecados capitales principales.

Perdida así su libertad para comprender su esencia material/espiritual, su trascendencia y la razón para la cual fueron creados por Dios, los hombres se empequeñecieron a tal punto, que disminuyeron más y más su capacidad de observar lo espiritual del mundo que los rodea, y se quedaron admirando y seguros únicamente del universo material.

En innumerables pasajes de la Biblia, se describen las tinieblas, la oscuridad en la que quedaron los mortales por eso. Un ejemplo entre muchos: «Pues mira cómo la oscuridad cubre la Tierra y espesa nube a los pueblos» (Is 60, 2a).

¿Y por qué se habla de oscuridad? Porque no se percatan los hombres que fueron hechos para una eternidad feliz, que esta vida es solo un paso para llegar allá: una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor; que solo quienes superen esa prueba podrán gozar de la felicidad a la que consciente o inconscientemente aspiran todos: una felicidad creciente que no acabe jamás, y que sacie sobreabundantemente las ansias de dicha que hierven en sus corazones.oscuridad

Vivir en esa oscuridad es como vivir en un universo distinto, diferente al primero, una especie de universo alterno, precisamente del que hablaba santa Teresa como una farsa: en este universo alterno lo que más importa es el placer, el tener, el poder y la fama.

En vez de procurarse la auténtica felicidad, corren por el mundo buscando llenar su vacío interior con un poco de placer diario, sin aspirar a nada duradero.

Para agravar su situación, muchas circunstancias de sus vidas estimulan esa inconciencia generalizada: los medios de comunicación los instan a buscar el placer pasajero y al poseer mucho como únicas fuentes posibles de felicidad; las novelas y las películas los inducen a apegarse más y más a sus seres queridos, de modo que cuando les acaece la muerte —inevitable, aunque muchos lo olvidan— se les desgarran dramáticamente sus corazones, sin que tengan en cuenta que pronto los verán, y mucho más rápido de lo que imaginan, pues esta vida «es sólo un soplo» (Sal 38, 7); cada vez que tienen un revés en sus vidas, pierden la paz, olvidando que Dios los está cuidando amorosamente, propiciando o permitiendo que cada acontecimiento ocurra para sacarlos de esa oscuridad en la que se encuentran o para acercarlos más a la felicidad auténtica que se gusta ya en la tierra: no saben que «todo es para bien» (Rm 8, 28).

Paradójicamente, muchos de ellos se quejan porque Dios no los escucha y, como su criterio está oscurecido, llegan a decir que Dios no existe, porque no les da lo que desean, ignorando de cuántos peligros los libró y cómo los ayudaba a acercarse a la luz, es decir, a la verdad.

Lo que más le cuesta entender al hombre o a la mujer que vive en esa oscuridad es el sufrimiento, permitido siempre por Dios para nuestra liberación de la oscuridad: verdad, por ejemplo, es que cada vez que Dios permite que muera un ser querido lo hace para recordarnos que esta vida es un instante, como afirmaba santa Teresita del Niño Jesús, que debemos ocuparnos más por lo verdaderamente importante —la vida eterna—, que debemos prepararnos para llegar a la casa de Dios-Padre. Y lo pretende Dios cuando permite una enfermedad o un sufrimiento: nos hace valorar las circunstancias en su medida correcta, nos hace verlas con su luz, no desde nuestra oscuridad.

Es que lo único que importa es ir a gozar para siempre del amor de Dios. Así lo expresó Jesús: «Marta, Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y una sola es necesaria» (Lc 10, 42). Y así nos lo dice a nosotros.

Desde nuestra oscuridad nos pueden parecer buenas muchas cosas y circunstancias que en realidad son malas para nosotros, pues nos alejarían de la finalidad de nuestra vida —lo único necesario, que decía Jesús, la felicidad auténtica— o correríamos el riesgo de alejarnos de ella.

Desde nuestra oscuridad podríamos hasta llegar a pensar que Dios nos quitó algo con lo que creíamos poder obtener un gran beneficio, pero desde su luz quizá nos sorprendamos al verificar cuán lejos estábamos de la verdad.

Por eso, dejemos que sea Dios quien guíe nuestras vidas, que haga y deshaga en ellas lo que quiera; dejemos a un lado la soberbia de creer que sabemos lo que nos conviene. Eso sería vivir con luz.

Vivir con luz es saber que estamos de paso por esta Tierra.

La luz que Dios nos da nos hace entender que lo único que se tendrá en cuenta a la hora del juicio será el amor efectivo (no el solamente afectivo) que hayamos realizado en esta vida: En cambio, la oscuridad nos hace cada vez más egoístas, hasta el punto de que muchos sólo piensan en sí mismos, sin importarles la suerte de los demás…

Lo más triste es que eso les ocurre a todos, en mayor o menor grado, inclusive a quienes están procurando las cosas del espíritu pues, como dice san Juan de la Cruz, casi siempre las buscan solo para complacerse, con lo que prueban su egoísmo…

Dios, al ver que su hijo, su criatura predilecta —el hombre— se perdía irremediablemente engañada de ese modo, se apiadó de ella, y le envió su Palabra esclarecedora y liberadora. Efectivamente, al leerla, el ser humano puede redescubrir lo que sus ojos tienen velado: el Universo completo. No ese universo parcial, sino todo: puede descubrir que tras esta vida, hay otra; que esta es muy corta, pues le espera una infinita, después de terminar su paso por esta Tierra.

Veamos algunos pasajes de esa Palabra de Dios:

San Pablo afirma que nosotros [se refiere a los cristianos que ya viven en la luz] «no nos fijamos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18). Nótese que aquí la Palabra de Dios habla de lo que nos interesa, de aquello a lo que le damos más importancia en nuestra vida: si seguimos buscando el placer, el tener, la fama, la honra, el poder, todavía estamos en la oscuridad.

Ya podemos entender que, en medio de la oscuridad, de las tinieblas, no advertimos sino la apariencia de las cosas y de las circunstancias. Por eso, conviene que recordemos constantemente que «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

Ver solo el universo alterno es ser mundanos, es vivir según la carne: «Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5).

Pero «el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

Salgamos de este universo alterno y regresemos al Universo primero, al Universo total. Vivamos en la verdad.

Para ello, basta cumplir los mandamientos, frecuentar los Sacramentos y hacer mucha, mucha oración.

Al orar, vislumbras ese primer Universo; al entrar a una iglesia, entras en él; al asistir a Misa, todo ese Universo baja para ti; al recibir un Sacramento, él entra en ti. Y así vivirás en la verdad.

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Los mensajes de los videntes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2015

Son tantos los videntes hoy día, que bien vale la pena refrescar algunos conceptos claves:

La Revelación pública y universal (todo lo que Dios reveló a los hombres de Sí mismo, del universo y de la vida humana) terminó cuando san Juan, el Apóstol y Evangelista, finalizó de escribir el Apocalipsis, hacia el año ciento diez de nuestra era; allí está contenido todo lo que debemos saber para alcanzar la salvación. Las revelaciones privadas y particulares no hacen parte de ese mensaje público y universal.

Una vez que la Iglesia ha estudiado una revelación privada y particular (lo cual suele ser demorado, debido a la gran responsabilidad que ello implica), da su concepto favorable, si ese mensaje se adecua y no tergiversa en nada el gran mensaje de la Revelación pública y universal. Y da un concepto desfavorable, indicando a sus hijos, los católicos, que ese mensaje no debe ser creído, por no estar incluido en la Revelación pública y universal.

Debido a que muchas revelaciones privadas y particulares son falsas, mientras la Iglesia se pronuncia, se dan los siguientes criterios:

  • Si la persona tiene un conocimiento doctrinal suficiente y nota algo contrario o que desdice de la Fe católica, debe rechazar esa revelación privada y particular y recomendar lo mismo a cuantos pueda.

  • Como lo único verdaderamente necesario es la Revelación pública y universal, a un católico formado en su Fe, coherente y maduro nunca le harán falta las revelaciones privadas y particulares; le basta el Magisterio de la Iglesia.

  • Aunque no son necesarias, si esas revelaciones privadas y particulares estimulan las virtudes cristianas e invitan a la conversión, a la penitencia, a la oración, pueden ayudar a las personas sencillas, simples y humildes, que no tienen acceso al conocimiento doctrinal.

  • Si en una revelación privada y particular hay mezcla de aspectos buenos y malos (por ejemplo, invitación a orar por la jerarquía eclesiástica y, a la vez, a desconfiar de la Iglesia), debe rechazarse y desaprobar con firmeza, pues se puede afirmar con firmeza que son típicas del demonio.

  • Por último, otro criterio certero: Nadie se equivoca obedeciendo. En el supuesto caso de que las órdenes, recomendaciones y dispensas del Vaticano no fueran según la Voluntad de Dios, quien obedece humildemente da gloria y honra a Dios.

Añadamos que cuando la Iglesia aprueba una revelación privada y particular lo que está afirmando es que sus mensajes están ya contenidos en la Revelación pública y universal; dicho de otro modo: no están diciendo nada nuevo. Por eso, nace la pregunta: ¿Para qué sirven, entonces, las revelaciones privadas y particulares?

Podemos afirmar que—cuando son auténticas— pueden servir a las personas que están alejadas de la Fe, para su conversión; pero, una vez convertidas, conviene que se desapeguen de lo que los acercó a Dios y se concentren en estudiar la doctrina de la Iglesia y en conocer y poner en práctica la teología espiritual católica (ascético-mística) para avanzar en su vida interior, hacia la unión con Dios.

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Ciclo B, X domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

Un nuevo parentesco

«Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Esta frase de Jesús cambia todo: se acaba la era material, se inicia la espiritual; se inicia el cristianismo, acaba el judaísmo; cesan los signos, Dios está verdaderamente presente; ya no hay sombras, se evidencia la realidad; el nuevo parentesco espiritual se alza por encima del material.

Y todo este cambio lo produce Dios en nuestras vidas, para devolvernos las capacidades que teníamos antes del pecado original, como nos lo narra la primera lectura. Efectivamente, lo que ocurrió en el Paraíso, cuando el ser humano representado en Adán y Eva decidió volverse contra Dios, causó un daño en nuestras habilidades: desde entonces nos queda difícil percibir las realidades espirituales, como que nos limitamos a ver únicamente lo material…

Por eso, en la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que por el Bautismo los cristianos ya no ponemos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas.

Y, cuando escribe que «no ponemos nuestra atención en las cosas visibles», lo que quiere es destacar qué es lo que realmente nos importa más: los mundanos se fijan (fijan su atención) en las cosas que se ven, mientras que los espirituales contemplan lo invisible, lo que dura, lo que vale la pena.

Asimismo, habla de lo que nosotros consideramos «nuestra casa». Dice: sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los Cielos. El cristiano, pues, concentra su atención en la vida eterna.

Pero la actitud de Cristo provoca en sus parientes y en todos los demás la idea de que estaba loco, pues decían: «Está fuera de sí.»

Y, nosotros, ¿consideramos también locura este nuevo orden de ideas? O, por el contrario, ¿nos interesamos y vivimos —como Él y sus discípulos— en el mundo espiritual?, ¿nos alegramos al oír decir que estamos tan locos como Jesús?

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Ciclo B, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2012

‘Es que somos humanos’

 

Esta frase es la disculpa más utilizada: «Es que soy humano, y por eso…», como si ser humanos consistiera siempre en hacer lo malo. ¿Acaso no es humano servir, hacer obras de caridad, ser generoso, etc.? Efectivamente, lo humano no es solo lo negativo: porque somos humanos también hacemos el bien. No son los animales —ni tampoco los ángeles— los que hacen los orfanatos, ancianatos, dispensarios de salud gratuitos…

En realidad, cuando hablamos así, lo que queremos decir es que no somos aún muy espirituales, sino que somos todavía muy carnales, como dice san Pablo.

Y son carnales, como nos explica hoy el apóstol Santiago, quienes tienen envidias y rivalidades, los que viven en guerras y contiendas…

También lo son quienes acechan al justo, porque les resulta incómodo: porque se opone a sus malas acciones, les echa en cara sus pecados, les reprende su educación errada; tal y como nos lo explica hoy el libro de la Sabiduría.

Dicen esos carnales: «Veamos si sus palabras son verdaderas; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él».

En cambio, el espiritual posee la sabiduría que viene de arriba, que ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

Otra característica del hombre carnal es que quiere ser el primero, el más reconocido, el más apreciado y respetado…; es decir: el que más soberbia tiene.

Para prevenirnos de este error, Jesús sentenció:

«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Somos humanos; por supuesto. Pero podemos —y debemos— ser humanos espirituales; no humanos carnales.

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La vida interior*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 25, 2012

Desde el momento que el hombre cesa de ocuparse exteriormente, de conversar con sus semejantes; desde el instante que se encuentra solo, aun entre el bullicio de las calles de una gran ciudad, inmediatamente comienza a entretenerse con sus pensamientos. Si es un joven, piensa con frecuencia en su porvenir; si es un anciano, piensa en el pasado; y sus expe­riencias, felices o desgraciadas, hacen que juzgue de muy distinta manera a sus semejantes y a las cosas.

Si ese hombre es fundamentalmente egoísta, su con­versación íntima deriva a la sensualidad o al orgullo; piensa en el objeto de sus concupiscencias y de su envidia; y como de este modo no halla en sí sino tristeza y muerte, después bus­ca huir de sí mismo, exteriorizarse y divertirse para olvidar el vacío y la nada de su vida.

De esta conversación del egoísta consigo mismo nace un conocimiento muy bajo de sí y un amor no menos bajo hacia sí mismo.

Se ocupa ese tal de la parte sensitiva de su alma, de lo que es común al hombre y al animal; tiene goces sensibles, triste­zas sensibles, según que haga bueno o mal tiempo, según que gane o pierda en los negocios; se ve envuelto en deseos y aversiones de la misma naturaleza y, cuando se lo contraría, se exalta en cólera e impaciencia, inspiradas únicamente por el amor desordenado de sí mismo.

Pero conoce muy poco la porción espiritual de su alma, aquella que es común al ángel y al hombre. Aun cuando crea en la espiritualidad del alma y de las facultades supe­riores, inteligencia y voluntad, está muy lejos de vivir en este orden espiritual. No tiene, por decirlo así, conocimiento experimental de esta parte superior de sí mismo y tampoco la estima en lo debido. Si por ventura la conociera, encon­traría en ella la imagen de Dios, y comenzaría a amarse, no de una manera egoísta, en razón de sí mismo, sino por Dios.

Casi constantemente, sus pensamientos recaen sobre lo que en sí tiene de inferior; y aunque a veces dé pruebas de inte­ligente y hábil sagacidad y astucia, su inteligencia, en lugar de elevarse, se rebaja siempre a lo que es inferior a ella. Fue creada para contemplar a Dios, verdad suprema, y se deja envolver en el error, obstinándose a veces en defenderlo con gran ahínco. Cuando la vida no está a la altura del pensa­miento, el pensamiento desciende hasta el nivel de la vida, ha dicho alguien. Y así todo decae, y las más altas convic­ciones se apagan hasta extinguirse.

La conversación íntima del egoísta consigo mismo conduce así a la muerte y no es vida interior. Su amor propio lo lleva a pretender hacerse el centro de todo, a reducir todo a sí mismo, tanto las personas como las cosas; y como esto es imposible, pron­to cae en el desencanto y el disgusto; se hace insoportable a sí mismo y a los demás, y termina aborreciéndose, por haber que­rido amarse sin medida. A veces acaba aborreciendo la vida por haber anhelado por lo que la vida tiene de inferior.

Si, aun no estando en estado de gracia, comienza el hom­bre a buscar el bien, su conversación consigo mismo es ya totalmente diferente. Piensa, por ejemplo, qué cosas son necesarias para vivir honestamente y hacer vivir así a los suyos. Siente por esto graves preocupaciones, comprende su debilidad y la necesidad de poner su confianza, no en sí mismo, sino en Dios.

Este hombre, todavía en pecado mortal, puede conservar la fe cristiana y la esperanza, que subsisten en nosotros aun después de perder la caridad, mientras nuestro pecado no haya sido de incredulidad, presunción o desesperación.

La conversación íntima que este hombre sos­tiene consigo mismo es a veces esclarecida por la luz sobre­natural de la fe; medita algunas veces en la vida eterna y as­pira a ella, aunque con débil deseo. Y es a veces empujado por una inspiración especial a entrar en una iglesia para orar.

Si el hombre tiene al menos arrepentimiento de sus pecados y recibe la absolución, vuelve al estado de gracia y a la caridad, al amor de Dios y del prójimo.

Muy pronto, en la soledad de sus pensamientos, su conversación consigo mismo cambia; comienza a amarse santamente, no por sí mismo sino por Dios, y lo mismo a los suyos, y a comprender que debe perdonar a sus enemigos y aun amarlos y desearles la vida eterna como la desea para sí.

Sin embar­go, acaece muchas veces que esa conversación íntima del hombre en estado de gracia persiste en su egoísmo, en el amor propio, en la sensualidad y en el orgullo. Estas faltas no son mortales en él, sino veniales; pero si son reiteradas lo inclinan a caer en el pecado mortal, es decir a volver a la muerte espiritual. En tal caso, comienza el hombre nueva­mente a huir de sí mismo, porque encuentra en sí, no la vida, sino la muerte; y en lugar de hacer seria reflexión so­bre esta desgracia, sucede a veces que se adentra más y más en la muerte, entregándose a los placeres, a la sensualidad y al orgullo.

Eso no obstante, en los momentos de soledad, la conversa­ción íntima vuelve a reanudarse, como prueba de que no puede ser interrumpida. Querría acabar con ella, pero no le es dado conseguirlo. Es que en el fondo de su alma per­siste un afán irresistible, al cual es preciso dar satisfacción. Pero ese afán y ese deseo sólo Dios puede llenarlos, y le será preciso entrar de lleno en el camino que conduce a él. Tiene el alma necesidad de conversar con alguien que no sea ella. ¿Por qué? Porque ella no es su propio fin último. Porque su fin no es otro que Dios vivo y sólo en él puede encontrar su descanso. Como dice San Agustín: “Nuestro corazón está, Señor, inquieto, mien­tras no descanse en ti” (Esta es la prueba de la existencia de Dios por el deseo natural de la felicidad; felicidad verdadera y perdurable, que sólo puede encontrarse en el Soberano Bien, siquiera imperfectamente conocido y amado sobre todas las cosas, más que nosotros mismos).

Cuando ya la vida interior pasa a ser cada vez más una conver­sación con Dios, el hombre se des­prende poco a poco del egoísmo, del amor propio, de la sensualidad, del orgullo; y, por la frecuente oración, pide al Señor las gracias siempre renovadas de que se ve necesitado.

De esta suerte, comienza el hombre a conocer experimentalmente no ya sólo la parte inferior de sí mismo, sino la porción más elevada.

Sobre todo comienza a conocer a Dios de una manera vital; a tener experiencia de las cosas de Dios.

Poco a poco el pensamiento del propio yo, hacia el cual hacemos convergir todas las cosas, cede el lugar al pen­samiento habitual de Dios.

Y del mismo modo el amor egoís­ta de nosotros mismos y de lo que hay en nosotros menos noble, se transforma progresivamente en amor a Dios y a las personas en Dios.

La conversación interior cambia, tanto que San Pablo pudo decir: “Nuestra conversación es ya en el Cielo, nuestra verdadera patria” (Flp 3, 20).

Reginald Garrigou–­Lagrnage, Las tres edades de la vida interior

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Los inevitables sufrimientos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

 

La aterradora realidad del sufrimiento humano —de la que nadie ha podido escapar los cien o doscientos mil años que el hombre lleva sobre la tierra— ha hecho que algunos pretendan lo imposible: vivir sin dolor. Anestésicos y analgésicos de todo tipo, por una parte; técnicas de control mental, faquirismo y budismo, por otra…; siempre buscando libarse del sufrimiento…

Pero han sido infructuosos los intentos: todo ser humano ha tenido que experimentar alguna vez el sufrimiento físico o biológico: los nervios sensitivos llevan la sensación de dolor al sistema nervioso central… ¿Quién no ha sentido frío, calor, sed, hambre, cansancio…?

El sufrimiento emocional también llega —tarde o temprano— a nuestras vidas: se sufre, por ejemplo, ante un fracaso, por el peso del trabajo y de la pobreza, por las vergüenzas, o por una desilusión, las «injusticias», la humillación, la deshonra, el desprestigio, el desconsuelo… Por eso, el estrés, la angustia, la ansiedad, la depresión y muchas enfermedades psicológicas más son muestras de esta realidad que tanto pulula en nuestros días.

En el ámbito afectivo también el ser humano se afecta: la ingratitud, el cariño no correspondido, la indiferencia de los seres queridos, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, el desprecio, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, la soledad…

Un cuarto tipo de sufrimiento es el moral, frecuentemente confundido con los anteriores: se sufre cuando se ve el mal, porque va en contra de la caridad, porque ofende a Dios… Por la misma razón nos duele también el mal que realizamos. ¡Y duele más cuanto más está el alma enamorada de Dios!

Pero el sufrimiento que más afecta es el espiritual: en la vida de intimidad con Dios, cuando el alma es «tocada» por Dios y queda prendada del amor de Dios, ya no hay nada que la atraiga más que la unión con el Amor de los amores… Y, como el alma vive esta vida terrenal, esa separación duele infinitamente, pues infinito es el bien del que se está perdiendo… Dolor que es incomparable a todos los demás, pero que es preciso experimentar para poder llegar limpios a esa unión con Dios, que llenará al alma de los gozos y deleites espirituales que apenas se presienten en la vida de oración, y de la que tanto han hablado los autores místicos. En esta etapa ya los placeres terrenales son despreciables…

Por eso Dios permite nuestro sufrimiento: para purificarnos de todos los apegos y apetitos a los que tendemos desordenadamente, y lleguemos a la meta donde se realizará nuestra auténtica realización personal:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos.

Además, cuando nuestros padres según la carne nos corregían, los respetábamos. ¿No deberíamos someternos con mayor razón al Padre de los espíritus para tener vida? Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-12)

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