Hacia la unión con Dios

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Hay 2 clases de católicos:

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2016

  • los que hablan, discuten y opinan (sobre el Papa, lo que dijo, lo que dicen los demás, etc.) y

  • los que trabajan por el Reino de Dios y su justicia: orando, reparando, procurando su propia santificación y evangelizando con el ejemplo.

¿A qué grupo perteneces?

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¿Evangelizar a los de la casa?

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2014

Cuando una persona se acerca a Dios y se convierte, se llena de dicha interior y desea fervientemente que sus parientes sigan su mismo camino. Además, suele ocurrir que en la parroquia o grupo de oración se le recomiende que los evangelice, que hay que convertirlos, que hay que comenzar por ellos…

Pero la verdad es que ellos no comprenden ese cambio; lo suelen confundir con fanatismo religioso y, si les habla de Dios, lo rechazan…

Así, la alegría que experimenta el recién convertido se ve empañada desde temprano por ese dolor que experimenta al ver que sus seres más cercanos no lo entienden, lo critican y hasta se burlan de él, lo ponen en ridículo ante los demás, etc. Y aunque siente el apoyo de la comunidad a la que pertenece y la asistencia divina, ese desconsuelo es difícil de llevar.

Pero Jesús dijo que ningún profeta es bien recibido en su propia casa (Lc 4, 24). Nadie les dice que a los familiares no se los debe evangelizar con palabras, que no deben hablarles a sus familiares de Dios ni de las cosas de Dios (mucho menos tratar de obligarlos a asistir a misa o a otra celebración o encuentro espiritual…).

Es con el ejemplo como se los debe acercar a Dios; es mostrándoles la felicidad que ahora los embarga.

¿Y esto cómo se hace?

1) Amándolos, es decir, sirviéndolos con gusto,

2) infundiéndoles paz y

3) llenándolos de alegría.

En resumen: que se note que ahora está lleno de Dios, pero sin hablarles de Él; predicarles con la vida, no con las palabras.

Al ver este cambio positivo en su vida, los demás se sentirán atraídos. Se preguntarán: «¿Por qué ahora se ve tan feliz?» «¿Por qué ya no se disgusta como antes?» «¿Por qué es tan cariñoso y servicial?»…

Y a veces hasta le harán la pregunta: «Oye, ¿qué te ha hecho cambiar tanto?» Esa será la señal, el momento propicio para que aproveche —ahora sí— a evangelizar con la Palabra; contestará, por ejemplo: «Porque ahora estoy con Dios».

Y las palabras que diga en adelante serán escuchadas.

 

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Ciclo B, Ascensión del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2009

¿Para qué subió Jesús?

 

“Subiendo a la altura, repartió dones a los hombres.” Eso fue lo que lo hizo subir: poder repartir regalos a los miembros de la Iglesia: Dios dispuso que unos fueran apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros, etc.

Y, ¿qué pretendía con ello? Que hubiera una adecuada organización de los miembros de la Iglesia, en las funciones del servicio, pues todos pertenecemos a un cuerpo: somos el Cuerpo místico de Cristo.

Por eso debemos ayudarnos los unos a los otros con los dones que cada uno recibió, para que todos crezcamos espiritualmente, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo, a la felicidad personal y social, a la santidad individual y gremial.

Él sube, podríamos decir, para poder organizar la Iglesia desde allá. Porque no se trataba sólo de cumplir la misión de Jesús: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.» Había que organizase.

De hecho, Jesús se presentó a ellos después de su pasión, y les dio numerosas pruebas de que vivía. Durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. En una ocasión en que estaba reunido con ellos les dijo que no se alejaran de Jerusalén y que esperaran lo que el Padre había prometido. «Ya les hablé al respecto, les dijo: Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.»

Después, los apóstoles salieron a predicar en todos los lugares, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que los acompañaban. Y se fueron organizando, dirigidos por el Espíritu Santo, hasta conformar la Iglesia que conocemos hoy: con una cabeza invisible —Cristo—, una visible —el Santo Padre—, toda la jerarquía y el pueblo fiel, obediente a la jerarquía, caminando hacia la unión con Dios, hacia la felicidad eterna.

 

   

 

 

 

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