Hacia la unión con Dios

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¿Quién era Barrabás?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2014

Históricamente ya lo sabemos: Barrabás era un bandido (Jn 18, 40). Este Barrabás había sido encarcelado por algunos disturbios y un asesinato en la ciudad (Lc 23, 19); había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín (Mc 15, 7).

Pero si lo estudiamos con algo de profundidad, quizás encontremos aspectos desconocidos y útiles para nuestra vida y para ayudar a los demás. Conviene recordar lo que ocurrió:

Cuando el gobernador volvió a preguntarles: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», ellos contestaron: «A Barrabás.» Pilato les dijo: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Cristo?» Todos contestaron: «¡Crucifícalo!» Pilato insistió: «¿Qué ha hecho de malo?» Pero ellos gritaban cada vez con más fuerza: «¡Que sea crucificado!» (Mt 27, 20-23)

Desde el punto de vista jurídico romano, el castigo que pedían —que fuera crucificado— era el que por justicia merecía Barrabás, no Jesús. Místicamente podemos pensar que nosotros, por el pecado original y por nuestros pecados personales, somos los merecedores de tal castigo: unas pequeñas criaturas osaron ofender gravemente a su Creador, a quien es la fuente de todos sus beneficios: Dios eterno; por eso merecíamos un castigo eterno.

Pero el Hijo de Dios, la Segunda persona de la Santísima Trinidad, llena de amor por sus criaturas, vino a la tierra tomando la condición humana, y pagó por esos pecados, recibiendo el castigo que en justicia merecíamos nosotros…

Por eso, cada vez que elegimos el pecado, podemos decir que estamos eligiendo a Barrabás y exigiendo que crucifiquen a nuestro Salvador.

No fueron, pues, los judíos de entonces quienes pidieron la sentencia de muerte para Jesús: fuimos nosotros, los pecadores.

Pero hay algo más profundo en todo esto. En el pecado hay siempre una elección: prefiero mis caprichos a la voluntad de Dios, prefiero lo que en mi soberbia creo mi bienestar antes que la gloria y honra de Dios y —siempre— me prefiero a mí que a Dios… Por eso, en el fondo de todo pecado subyace una actitud en la que me elijo a mí antes que a Dios.

Podríamos decir que en el momento en el que Pilato preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», yo contesté: «A mí».

Ahora ya puedo responder quién era Barrabás. Y dolerme. Y pedir perdón. Y pedir su ayuda… Y empezar a amarlo.

 

 

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Ciclo C, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2010

Hora de examen: ¿Cómo vamos?

 

Hoy se nos presentan dos actitudes que, a primera vista, parecen dos polos opuestos.

Por un lado, la humildad del publicano que ora en la parte de atrás del templo y que no se atrevía a levantar los ojos al Cielo, sino que se golpeaba su pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador».

Por otra parte, esas palabras de san Pablo: «He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Sólo me queda recibir la corona de toda vida santa con la que me premiará aquel día el Señor, juez justo».

Aunque parecen triunfalistas, estas son declaraciones de un ser humano excepcional que ya había demostrado su humildad profunda al decir que es el último de todos, un aborto, indigno de llamarse cristiano…

Él sabe que, desde su conversión, hizo todo lo que debía hacer; por eso espera seguro el premio prometido.

Y, nosotros, ¿hemos combatido bien?, ¿hemos hecho lo que debíamos?, ¿hemos guardado la fe que recibimos? O, como la señora del Evangelio, ¿andamos encorvados mirando nuestro propio egoísmo…?

Todavía estamos a tiempo. Todavía podemos ponernos en la presencia de ese Señor que lo cura todo y lo perdona todo; podemos pedirle perdón y podemos comenzar una nueva vida: una vida verdaderamente cristiana.

Porque el que adora a Dios con todo su corazón, como dice la primera lectura, encontrará buena acogida, su clamor llegará hasta el Cielo; la oración del humilde atravesará las nubes.

Si así actuamos, probablemente oiremos las mismas palabras que Jesús dijo del publicano: Yo te digo que estás en gracia de Dios, porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Ven a gozar de la Gloria eterna del Cielo.

Este es el camino: humillarse, confesarse y recomenzar, con la ayuda de Dios.

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