Hacia la unión con Dios

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Atenuantes del pecado de abortar

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 2, 2017

La periodista Claudia Palacios publicó en el periódico EL TIEMPO el artículo:

Atenuantes del pecado de abortar: La Iglesia debe reconocer que el derecho canónico perdona el aborto en 10 causales:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/claudia-palacios/atenuantes-del-pecado-de-abortar-125474

 

Sobre este artículo, hay que aclarar algunas cosas:

1) Las «10 causales para que las sanciones no sean aplicadas» de las que habla la periodista se refieren no a la justicia divina (la de Dios) sino a las sanciones eclesiales (las de la Iglesia); por eso, los códices 1.323 y 1.324 del Código de Derecho Canónico están enmarcadas en el LIBRO VI: DE LAS SANCIONES EN LA IGLESIA.

Esto quiere decir que, aunque la Iglesia contemple esos atenuantes para la pena que impone a los pecadores, Dios castigará de todos modos el aborto a quienes no se arrepientan sinceramente y se acojan al Sacramento de la Reconciliación (confesión), por ser un homicidio realizado con premeditación (lo pensó antes de abortar), alevosía (contra una persona sin correr el riesgo de una reacción defensiva) y ventaja (de un superior contra un ser humano inferior e indefenso).

Comparándolo con la justicia penal, supongamos que a un homicida, por cometer este delito coaccionado por miedo grave o para evitar un perjuicio grave, en vez de una pena de 30 años, se le aplica una de 25 ó 20. Pero ese delito no deja de llamarse homicidio.

En el caso del aborto siempre se pretende la muerte de un ser humano no-nacido: es homicidio, aunque en algunos casos haya atenuantes.

Así, pues, si algunas jóvenes no abortaron «por temor a convertirse en pecadoras», como lo dice la periodista, hicieron bien pues, aunque la justicia de la Iglesia atenúe sus penas, el aborto sigue siendo un pecado gravísimo.

2) La cita que hace la periodista (que no está en el Código de Derecho Canónico): «No queda sujeto a pena quien cuando infringió una ley o precepto aún no había cumplido 16 años», vale para todos los delitos, como ella misma lo dice. Podríamos preguntar: ¿Si un joven de 15 años y 11 meses mata a un compañero de la escuela a puñaladas, ¿será que no es consciente del mal que hace? ¿Acaso se hará consciente el mes siguiente, cuando cumpla 16?

La experiencia demuestra que la conciencia acusa indefinidamente a las jóvenes que se realizan un aborto siendo menores de 16 años, prueba de que sabían que actuaron mal.

3) La fuente de la periodista —el sacerdote que l«pide no revelar su nombre para no meterse en líos con su comunidad»— no es buena, pues no es un auténtico seguidor de Jesucristo quien, por defender la verdad, llegó hasta las últimas consecuencias: dio su vida. Asimismo, todos los mártires de la Iglesia dieron su vida en defensa de la verdad; no fueron cobardes. Por eso, las opiniones de este sacerdote no deberían tenerse en cuenta.

Por otra parte, nace la pregunta: ¿A qué le teme este anónimo sacerdote? Según la periodista, fue él quien le reveló los códices que hablan de los atenuantes, «esa verdad que la mayoría de los sacerdotes y la alta jerarquía de la Iglesia, según él, se niegan a divulgar por miedo a perder el control sobre la conciencia de las personas». ¿Acaso el Código de Derecho Canónico -donde se encuentran esos códices- no fue publicado por la Iglesia hace más de treinta años?, ¿acaso no se consigue en todas las librerías católicas y en varios lugares de la Red? Véase, por ejemplo, la página oficial del Vaticano:

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html.

4) Parafraseando a la periodista, podemos decir que el problema no es [Su Santidad] Francisco, ni la pesada estructura eclesial; es la ignorancia de quienes se atreven a cuestionar personas e instituciones sin conocimiento de causa, como se demostró en los 3 numerales anteriores.

 

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`Me duele la Iglesia´, respuesta al artículo del padre Llano

Posted by pablofranciscomaurino en julio 17, 2012

El reverendo padre Alfonso Llano Escobar, S. J., en su columna: Un alto en el camino de: El Tiempo, escribió el siguiente artículo:

Me duele la Iglesia

Sí, me duele la Iglesia y, porque la amo, me duelen más tantas debilidades de la Iglesia oficial: el Papa, el Vaticano, Roma.

No la ataco. ¡Dios me libre! La quiero, como a madre, la deseo santa, abierta al mundo, humana, con sentido común, no cerrada sobre sí misma, de espaldas a la realidad.

Tantos amigos me piden te diga lo que ellos piensan, con el deseo firme y sincero de volver a ella. Pero, que aterrice, que no se calle, que se actualice, que oiga el clamor de sus hijos, deseosos de ver en ella la presencia del Dios humano, que tanta falta les hace.

Trataré de presentar algunas de las confidencias que me hacen a diario, y me piden que te musite unas cuantas inquietudes a ver si encuentran solución, y ven una Iglesia renovada, abierta, con los ojos puestos en el cielo pero con los pies bien asentados en la tierra.

¿Por qué te opones, querida Iglesia, a los científicos, desde Copérnico hasta Hawking, pasando por Da Vinci, por Darwin, Hubble y Teilhard? ¿Por qué no dejar que los sabios piensen, avancen y nos ofrezcan un mundo más científico, puesto al servicio del hombre?

¿Por qué excomulgas, sabiendo que con cada excomunión te ganas un enemigo mortal? La excomunión de Miguel Cerulario (siglo XI) dio origen a la Iglesia Ortodoxa. Con la excomunión de Lutero (siglo XVI) nació el Protestantismo. La excomunión de los masones engendró una Masonería enemiga de tu misión apostólica. La excomunión del Modernismo dio origen a todo el espíritu anticlerical del siglo XX. La excomunión del Liberalismo dio origen a un liberalismo radical, y así por el estilo.

Iglesia querida, ¿por qué no oyes el clamor de miles de sacerdotes, que ven a colegas suyos, como los luteranos, los anglicanos, los ortodoxos, que encuentran compatible, como los Apóstoles, su sacerdocio con el vínculo matrimonial, clamor ante el Papa para que les quite el yugo del celibato obligatorio, incompatible, en muchos casos, con el amor y con los justos afectos del corazón?

¿Por qué no oyes, santa Iglesia, el clamor de tantos fracasados en su primer matrimonio, muchos sin culpa propia, que, al iniciar un segundo matrimonio, se ven obligados a llevar un catolicismo de ‘segundo orden’, sin poder comulgar ni practicar una vida cristiana normal, que no comprenden, ante el hecho de que muchos sacerdotes que dejan su sacerdocio pueden recuperar una vida normal de creyentes de ‘primer orden’? ¿Por qué, Señor, estas diferencias, por qué?

¿Por qué elevas a los altares a tantos hombres y mujeres que no significan una invitación a llevar una vida ejemplar, en vez de elevar, como modelos de santidad moderna, a hombres de ciencia y probada virtud como Teilhard de Chardin, Juan Sebastián Bach, así haya pertenecido a la Iglesia luterana; Elizabeth Kübler Rosse, la Madre Teresa de Calcuta y tantos otros, que dejaron una estela de ciencia, virtud y servicialidad?

No entiendo por qué tus clérigos usan tantos títulos ceremoniosos, como Monseñor, Su Reverencia, Su Excelencia, Su Eminencia, Su Santidad. ¿Dónde queda la humildad de tu Maestro, que abrió senderos de sencillez y fraternidad?

Santa Iglesia: ¿por qué no derribas los muros del Vaticano y te abres al mundo libre y actual, como la Alemania oriental, para entablar un diálogo permanente y sincero con él, un diálogo con los pobres de Italia y del mundo, con los recaudadores de impuestos y prostitutas, con los niños y los ancianos de hoy?

Iglesia querida: no te pongas de espaldas al mundo, no pierdas la dimensión humana que Dios asumió al encarnarse en Jesús: sé humana, sé sencilla, sé aterrizada en tus documentos y mensajes de fe: deja ese estilo esotérico y señorial que te aleja de nosotros y te hace distante e incomprensible.

Marcha, codo a codo, con nosotros, danos tus mensajes de verdad y de amor, pero escucha, también, nuestras quejas, que salen sinceras del fondo del corazón.

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Respuesta:

Reverendo padre:

Alfonso Llano Escobar, S. J.

Columna: Un alto en el camino (1º de julio de 2012).

El Tiempo.

Como me llamaste madre, yo te digo:

Querido hijo: ¿te duele la Iglesia? ¿Acaso no sabes que tú eres Iglesia? «Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él» (1Co 12, 27). Si lo que llamas Iglesia oficial tiene tantas debilidades, el Papa, el Vaticano, Roma, esas son tus debilidades.

Dices que no me atacas —«¡Dios me libre!»—, que me quieres, como a madre: 1) santa, 2) abierta al mundo, 3) humana, 4) con sentido común, 5) no cerrada sobre sí misma, de espaldas a la realidad.

Y yo te digo que 1) soy santa, porque quien me fundó es el Santo, aunque todos mis hijos —como tú— todavía no lo sean, pues están pendientes todavía de criticar sin ver sus propios defectos, de corregir y no de corregirse, de criticar en vez de amar;

2) estoy abierta al mundo desde mi fundación: quien me busca me encuentra, a todos les ofrezco los medios para salvarse;

3) no hay nada más humano que la Iglesia, pues no ha habido institución que haya hecho más servicios de caridad en el mundo, y nadie propicia más el bienestar temporal y eterno;

4) tener sentido común, hijo mío, no consiste en pedirle al Espíritu Santo que se adecúe a los criterios mundanos sino pedirle al mundo que se adecúe a los criterios de quien lo construyó, de quien sabe para qué lo hizo y cómo hacerlo feliz;

5) por eso mismo, lo que tú llamas: estar cerrada sobre mí misma, de espaldas a la realidad es en verdad amor: yo cuido de mis hijos, para que no solamente sean felices en la vida eterna sino todo lo que puedan en esta.

Nunca me he opuesto al avance científico: muéstrame un solo documento oficial en el que yo —como Iglesia— lo haya hecho (no me hables de opiniones de alguno de mis hijos que, como tú, solo me critican): ¿oponerme yo a los científicos, desde Copérnico hasta Hawking, pasando por Da Vinci, por Darwin, Hubble y Teilhard? ¿Cuándo he impedido que los sabios piensen, avancen y nos ofrezcan un mundo más científico, puesto al servicio del hombre?

Cuando excomulgo, lo hago para protegerte del mal, aun sabiendo que con cada excomunión me puedo ganar un enemigo (no mortal, como dices, porque nadie puede acabar con la Iglesia de Jesucristo: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella» [Mt 16, 18]). Además, debo ser fiel a mi fundador, Jesucristo: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad» (Mt 18, 15-17). No me importa excomulgar a quien dices, con tal de salvarte del error, ese sí, fatal.

Hijo querido, no te preocupes más por el clamor de esos miles (?) de sacerdotes que dices que ven a colegas suyos, como los luteranos, los anglicanos, los ortodoxos, que encuentran compatible, como los Apóstoles, su sacerdocio con el vínculo matrimonial, clamor ante el Papa para que les quite el yugo del celibato obligatorio, pues tú conoces mejor que muchos los temas de la sexualidad del ser humano: sabes que el hombre es el complemento de la mujer y ella de él. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Al ser creado por Dios, sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de un hombre por una mujer, porque ella es signo de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa Signo sensible de un efecto interior y espiritual. El matrimonio es el signo a través del cual se ama a Dios en la imagen de la esposa.

En cambio, en la virginidad que vive un sacerdote, Dios se convierte en el esposo de su alma. ¡El sacerdote alcanza a Dios directamente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad —la unión con Dios— es lo significado.

Esta unión con Dios, entonces, viene a ser la meta definitiva del hombre. Para los casados, el matrimonio es un signo de esta unión con Dios, unión que también ellos deben vivir para alcanzar la felicidad. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento.

Todo esto se puede corroborar en las Sagradas Escrituras:

«El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor. (1Co 7, 32-34a. 35)

Se trata, pues, como dice san Pablo, de «una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor.»

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio:

«Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!». (Mt 19, 12)

El sacerdote que tiene una auténtica vocación se entrega directamente a Dios; no necesita del medio, del signo, es decir, no necesita el Sacramento del matrimonio, pues goza ya de la intimidad de quien verdaderamente lo complementa: Dios. Ya posee lo que el matrimonio apenas promete.

Proponerle a un buen sacerdote que se case es como pedirle a un hombre enamorado que se contente con una fotografía de su esposa, con una imagen.

Por esto, los seminaristas que tienen auténtica vocación abrazan libremente el celibato antes de ordenarse: se eximen voluntariamente del ejercicio de su genitalidad porque ya no lo necesitan; están por encima de los deseos sexuales del matrimonio, porque los colma plenamente el encuentro íntimo y sincero del yo personal con Dios, encuentro que trasciende la señal física.

Desafortunadamente, hay sacerdotes que no comprendieron estas maravillas de su vocación, y por lo tanto tampoco se hicieron conscientes de que podrían vivir tan cerca de la meta definitiva del hombre: la unión con Dios; son ellos los que tienen momentos de crisis en los que “el amor, el afecto y el sexo se hacen incontrolables”, como dicen algunos, y son los que intentan llenar el gran vacío que les queda con un amor humano (o con el sexo).

Pero los que son consecuentes con la grandeza de su vocación nunca pensarían en algo menor al encuentro directo con la divinidad.

Te pido que estudies lo que escribieron —para tu bien— mis últimos papas sobre el asunto del celibato sacerdotal:

https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/?s=El+celibato+sacerdotal+seg%C3%BAn+los+%C3%BAltimos+papas

Querido hijo mío Alfonso: yo sí oigo el clamor de tantos fracasados en su primer matrimonio, muchos sin culpa propia, y me duele su situación más que a ti, puesto que me preocupa su salvación eterna; recuerda lo que santa Teresa de Jesús dijo: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada».

Por eso, al iniciar un segundo matrimonio, ellos no pueden comulgar, pues no practican una vida cristiana normal: ellos mismos escogen vivir eso que tú llamas creyentes de «segundo orden». Son ellos los que hacen las diferencias a las que tú te refieres. ¿Por qué? Porque fueron libres al prometer fidelidad hasta la muerte; nadie los obligó (ni a los sacerdotes se les obliga a vivir el celibato; ellos lo eligen, como viste más arriba). El riesgo de que el matrimonio fracase existía y corrieron libremente ese riesgo. ¿Por qué no lo pensaron mejor? Yo los valoro tanto que sé que pueden cumplir lo que prometen o no prometer lo que no pueden cumplir. Son seres humanos libres, hechos a imagen y semejanza de Dios.

Elevo a los altares a tantos hombres y mujeres que precisamente significan una invitación a llevar una vida ejemplar, la que les consigue el fin último del hombre: la realización personal: la felicidad auténtica, ¡la eterna!, en vez de elevar, como modelos de santidad moderna, a hombres de ciencia y probada virtud como Teilhard de Chardin, Juan Sebastián Bach, Elizabeth Kübler Rosse y tantos otros, que dejaron una estela de ciencia, virtud y servicialidad, pero que no sé si se salvaron o no, no sé si lograron esa plena realización personal; es que para ti quiero lo mejor, no apenas lo bueno. A la Madre Teresa de Calcuta ya la beatifiqué y va camino de ser canonizada (infórmate mejor, hijo mío querido).

No es fraternidad ni humildad desconocer que Dios hace diferencias, y a unos da un cargo o responsabilidad más elevado que a otros; además, tú aprendiste que hay personas que tienen más edad, dignidad o que ejercen funciones de gobierno u oficio de mayor respeto, como tú, a quien Dios elevó la dignidad altísima del sacerdocio ministerial sagrado. Es el respeto de los fieles por lo sagrado (y por los humanos consagrados) y no la exigencia de los clérigos los que dan esos títulos a los que te refieres. Por eso, mi encabezado de esta carta dice: Reverendo padre (y lo puse a pesar de ser tu madre).

No sé cuáles son los muros del Vaticano que dices que hay que derribar: ¿No estoy abierta al mundo libre y actual, como la Alemania oriental, para entablar un diálogo permanente y sincero con él, un diálogo con los pobres de Italia y del mundo, con los recaudadores de impuestos y prostitutas, con los niños y los ancianos de hoy? ¿No lo he hecho siempre?

Aunque digas lo contrario, marcho, codo a codo, contigo y con todos mis hijos, dándoles mis mensajes de verdad y de amor y, aunque digas lo contrario, escucho tus quejas, esas que te salen sinceras del fondo del corazón, como sale sincero, del fondo de mi corazón, este grito: ¡Qué triste es para una madre tener que defenderse de uno de sus hijos!

La Iglesia, tu madre, que tanto te ama.

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Los mandamientos del cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2008

¿Fe afectiva o efectiva?

Es impresionante ver a tantos cristianos «comprometidos» o «convencidos» o «practicantes» que hablan de la felicidad que les causó acercarse a Dios, y de la imperiosa necesidad de alabar al Señor. Y la mayoría lo hacen: sus «Glorias», «Bendiciones» y «Alabanzas» llenan su día.

Pero también son muchos los que se quedan aterrados cuando se les pregunta si están viviendo bien los mandamientos del cristiano. Veamos un pasaje del Evangelio:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: «¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación:

«El que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los de­más a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cie­los. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

En eso consiste conocer a Cristo:

«Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos. Si alguien dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.» (1Jn 2, 3-4)

Cuando un doctor de la Ley le preguntó a Jesús qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, Él le dijo:

«¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?». El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» (Lc 10, 27-28)

Todos sabemos que amar es trabajar todo lo necesario para hacer feliz al amado; por tanto, amar a Dios y al prójimo, como lo dice el texto, es cumplir los mandamientos, y eso fue lo que produjo esa exclamación positiva de Jesús.

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

El mismo Jesús especificó cómo amarlo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15, 10)

La mejor alabanza a Dios, entonces, es cumplir sus mandamientos:

LOS MANDAMIENTOS DE

LA LEY DE DIOS

Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren al amor a Dios y los otros siete al amor al prójimo (Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-21).

1.Amarás a Dios sobre todas las cosas

Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.

2.No tomarás el nombre de Dios en vano

Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.

3.Santificarás las fiestas

Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.

4.Honrarás a tu padre y a tu madre

Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.

5.No matarás

Aquí se prohíben también el aborto y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.

6.No cometerás actos impuros

Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.

7.No robarás

Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.

8.No dirás falso testimonio ni mentirás

Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o “piadosas”.

9.No consentirás pensamientos ni deseos impu­ros

Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.

10.No codiciarás los bienes ajenos

Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejores que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

LOS MANDAMIENTOS DE

LA SANTA MADRE IGLESIA

Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles: «Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18, 18) quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos.

El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.

1. Oír Misa entera los domingos y fiestas de precepto

Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Tanto los domingos como las fiestas, si hay dificultad para asistir el mismo día, se puede ir el día anterior por la tarde.

2. Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar

La Confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).

3. Comulgar por Pascua de Resurrección

La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).

4. Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia

El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc.

La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años (Canon 1252 del Código de Derecho Canónico).

5. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

La Iglesia Católica pide que se done por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane a la parroquia a la que cada uno pertenezca. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

El Sacramento de la Reconciliación

Los pecados mortales deben confesarse para ser perdonados. Por eso conviene saber las clases de pecados que existen:

A. Pecado mortal. Culpa que priva al hombre de la vida espiritual de la gracia, y lo hace enemigo de Dios y digno de la pena eterna, es decir, del infierno.

Para que haya pecado mortal deben darse las siguientes 3 condiciones:

1. Plena advertencia. Es darse cuenta de que se está haciendo, diciendo o pensando algo malo; o darse cuenta de que se está omitiendo hacer o decir algo.

2. Pleno consentimiento. Es hacer, decir o pensar algo, sabiendo que es malo; también es omitir hacer o decir algo.

3. Materia grave. Significa que la acción, las palabras, el pensamiento o la omisión sea algo grave, o que prive de un bien grande, de importancia.

Quien ha pecado mortalmente, una vez confesado, se evita la pena eterna[1].

Cuando se está en pecado mortal no se debe comulgar,

pues se estaría cometiendo un sacrilegio.

B. Pecado venial. Se da cuando falta una de las 3 condiciones anteriores: el que es cometido sin pleno consentimiento o sin plena advertencia o tiene materia leve (no grave). Por él se paga la pena del purgatorio, para ir después a gozar de la dicha eterna del cielo.

Pasos para hacer una Confesión

1. Examen de conciencia

Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia.

2. Contrición de corazón

Arrepentirse de haber ofendido a Dios.

3. Propósito de la enmienda

Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas.

4. Confesión de boca

Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna. Los que se olvidan sin culpa, también los perdona Dios (si son graves y se recuerdan después, hay que confesarlos en la siguiente ocasión).

5. Satisfacción de obra

Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga.


[1] Nota: el pecado del aborto es castigado por la Iglesia con la excomunión, es decir, el individuo queda apartado de la comunión de los fieles y del uso de los Sacramentos. Para levantar la excomunión es necesario que el penitente acuda a un obispo o a un sacerdote autorizado para ello.

En la ciudad de Bogotá, se pueden confesar en la Catedral, después de las 9:00 a.m. (teléfono: 3411954) o con los sacerdotes franciscanos (por ejemplo: cll. 16 nº 7-35, 3412357; cra. 11 nº 72-82, 2486119, etc.).

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¿Fe afectiva o efectiva?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2008

Es impresionante ver a tantos cristianos «comprometidos» o «convencidos» o «practicantes» que hablan de la felicidad que les causó acercarse a Dios, y de la imperiosa necesidad de alabar al Señor. Y la mayoría lo hacen: sus «Glorias», «Bendiciones» y «Alabanzas» llenan su día.

Pero también son muchos los que se quedan aterrados cuando se les pregunta si están viviendo bien los mandamientos del cristiano. Veamos un pasaje del Evangelio:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: «¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación:

«El que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los de­más a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cie­los. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

En eso consiste conocer a Cristo:

«Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos. Si alguien dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.» (1Jn 2, 3-4)

Cuando un doctor de la Ley le preguntó a Jesús qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, Él le dijo:

«¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?». El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» (Lc 10, 27-28)

Todos sabemos que amar es trabajar todo lo necesario para hacer feliz al amado; por tanto, amar a Dios y al prójimo, como lo dice el texto, es cumplir los mandamientos, y eso fue lo que produjo esa exclamación positiva de Jesús.

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

El mismo Jesús especificó cómo amarlo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15, 10)

La mejor alabanza a Dios, entonces, es cumplir sus mandamientos:

LOS MANDAMIENTOS DE

LA LEY DE DIOS

Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren al amor a Dios y los otros siete al amor al prójimo (Ex 20, 1-17; DT 5, 6-21).

 

1.Amarás a Dios sobre todas las cosas

Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.

2.No tomarás el nombre de Dios en vano

Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.

3.Santificarás las fiestas

Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.

4.Honrarás a tu padre y a tu madre

Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.

5.No matarás

Aquí se prohíben también el aborto y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.

6.No cometerás actos impuros

Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.

7.No robarás

Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.

8.No dirás falso testimonio ni mentirás

Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o “piadosas”.

9.No consentirás pensamientos ni deseos impu­ros

Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.

10.No codiciarás los bienes ajenos

Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejores que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

 

 

 

LOS MANDAMIENTOS DE

LA SANTA MADRE IGLESIA

 

Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles: «Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18, 18) quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos.

El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.

 

1.Oír Misa entera los domingos y fiestas de precepto

Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Tanto los domingos como las fiestas, si hay dificultad para asistir el mismo día, se puede ir el día anterior por la tarde.

2.Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar

La Confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).

3.Comulgar por Pascua de Resurrección

La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).

4.Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia

El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc.

La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años (Canon 1252 del Código de Derecho Canónico).

5.Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

La Iglesia Católica pide que se done por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane a la parroquia a la que cada uno pertenezca. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

 

¿EXISTE EL INFIERNO?

 

No recibe el mismo castigo quien ataca a un ciudadano simple que quien lo hace a un policía o quien lo hace al presidente de la república. El primero pasará unas horas en la cárcel; el segundo, unos días; y el tercero, unas semanas o meses. Por lo tanto, no es el grado de la ofensa la que determina el castigo, sino la dignidad del ofendido. Y si alguien ofende a un Dios eterno, ¿cuánto tiempo deberá ser castigado?

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

El término “infierno” designa el lugar o, mejor, la situación de castigo que corresponde a los impíos. En este sentido es empleada con frecuencia en la Biblia por el mismo Jesucristo:

 

«Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22)

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.» (Mt 5, 29-30)

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9)

«¿Cómo lograrán escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 33)

«Yo les voy a mostrar a quién deben temer: teman a Aquel que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder para echarlo al infierno. Créanme que es a ése a quien deben temer.» (Lc 12, 5)

«Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo.» (Lc 16, 23)

«Y ahora yo te digo: tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del infierno jamás la podrán vencer.» (Mt 16, 18)

 

 

 

 

¿EXISTE EL PURGATORIO?

 

Es muy frecuente oír que el purgatorio no existe.

Acudamos a la Biblia para refrescar algunos conceptos:

«Al que calumnie al Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo, ni en el otro.» (Mt 12, 32)

De esta frase de Jesús se desprende que hay pecados que se perdonan en “este mundo”, y hay pecados que se perdonan “en el otro”.

Si así es, si se perdonan en la otra vida, ¿dónde se perdonan?

¿En el infierno? No puede ser, porque en el infierno no hay Redención.

¿En el cielo? Tampoco puede ser, porque allí nada ni nadie puede entrar manchado:

«Nada manchado entrará en ella [en la Nueva Jerusalén], ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.» (Ap 21, 27)

Debe haber entonces un lugar —un estado— donde se perdonen los pecados en el otro mundo, donde se purifican las almas antes de entrar al cielo. Ese estado es llamado purgatorio por los católicos.

«Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo.» (Mt 5, 25–26)

Son palabras de Jesús que hablan explícitamente de un lugar (“allí”) en donde “saldrás” “hasta que hayas pagado”.

Del infierno no puede ser, pues de allá nadie sale nunca.

Del cielo tampoco, porque allí no se paga nada.

En la Biblia se habla de la necesaria purificación: Pablo, por ejemplo, habla de una salvación pasando por el fuego:

«Sobre este cimiento se puede construir con oro, plata, piedras preciosas, madera, caña o paja. Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.» (1Co 3, 12-15)

Y, hablando de la necesidad de la muerte de Cristo, la carta a los hebreos explica esa purificación:

«Tal vez fuera necesario purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales; pero esas mismas realidades necesitan sacrificios más excelentes.» (Hb 9, 23)

Por otra parte, en el segundo libro de los Macabeos hay una clara alusión al purgatorio:

«Efectuó entre sus soldados una colecta y entonces envió hasta dos mil monedas de plata a Jerusalén a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado.

Todo esto lo hicieron muy bien inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y de acuerdo con la fe. Esta fue la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos; para que fueran perdonados de su pecado.» (2 Mc 12, 43–45)

Si los compañeros caídos habían sido buenos, ya se habrían ganado el cielo, y no tendrían necesidad de ese sacrificio ofrecido por Judas ni, como dice el texto, «orar por ellos».

Si —por el contrario— habían sido malos, se habrían ganado el infierno; y ya nada los salvaría.

La frase: «Judas ofreció este sacrificio por los muertos» obliga a pensar que algunos muertos no van ni al infierno ni al cielo. Entonces, ¿a dónde van? Es obvio deducir que irán a purgarse para ganarse esa «valiosa recompensa para los que mueren como creyentes».

 

El perdón de los pecados

 

Dios es infinitamente misericordioso: sabe que el pecado original dejó en el ser humano esa herida que nos hace tender al mal y, por eso, se inventó otro milagro de su amor: el perdón de los pecados. Es un tribunal de justicia en el que el reo se declara culpable y el juez (Dios), en vez de condenarlo, lo perdona.

Y Dios quiso, como se verá, que ese perdón se diera a través del sacramento de la Penitencia, Reconciliación o confesión de los pecados.

Sin embargo, a veces aparecen dudas acerca de si un pecador (el sacerdote) puede perdonar los pecados. Esas dudas tienen su base en el desconocimiento de la Biblia o en una interpretación errónea de la misma; y también, en no usar la lógica:

Cuando vamos donde un médico lo que nos importa es que nos cure, no su vida personal. Además, un médico enfermo puede curar a otro ser humano, no necesita estar sano. Lo mismo sucede con el sacerdote: aunque él sea un pecador como nosotros, puede perdonar los pecados, curar las almas; como el médico enfermo cura los cuerpos.

Asimismo, las sentencias de un juez son válidas, aunque él viva una vida desordenada, sea infiel a su esposa, no cumpla las leyes del tránsito, robe o mate…; todos sabemos que el juez malo, como el bueno, tiene autoridad delegada de la rama jurisdiccional; es decir, su autoridad no proviene de él mismo, proviene de una autoridad superior.

El sacerdote no perdona pecados porque él no los ha cometido, lo hace porque el sacerdote tiene una autoridad que provine de Dios, como lo dice Jesús en la Biblia:

«“¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.” Sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos”.» (Jn 20, 21-23)

Jesús mismo es el que deja a los apóstoles y discípulos este poder de perdonar los pecados.

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Dios se compromete a dar por bueno en el Cielo lo que sus ministros —la Iglesia que Él fundó— dictaminen en la tierra. A través de la Iglesia ha hecho el prodigio de acercar a nosotros el juicio, la sentencia —sentencia o juicio de salvación y perdón— de Dios.

«Viendo Jesús la fe de estos hombres, dijo al paralítico: “Amigo, tus pecados quedan perdonados.” De inmediato los maestros de la Ley y los fariseos empezaron a pensar: “¿Cómo puede blasfemar de este modo? ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?” Jesús leyó sus pensamientos y les dijo: “¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil decir: ‛Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‛Levántate y anda’? Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados.” Entonces dijo al paralítico: “Yo te lo ordeno: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Y al instante el hombre se levantó a la vista de todos, tomó la camilla en que estaba tendido y se fue a su casa dando gloria a Dios.» (Lc 5 20-25)

Algunos siguen pensando como los fariseos. Pero, ¿qué dijo la gente después de ese episodio?

«La gente, al ver esto, quedó muy impresionada, y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.» (Mt 9, 8)

Sacramento administrado por los hombres escogidos por Jesús y sus descendientes.

Más tarde, Pablo lo confirma:

«Todo eso es obra de Dios, que nos reconcilió con Él en Cristo y que a nosotros nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.» (2Co 5, 18)

Los sacerdotes son los sucesores de los apóstoles y de los discípulos, a quienes les delegó esa autoridad divina: Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que iban a necesitar del perdón de los pecados.

 

Dios es la autoridad superior que le da al sacerdote el poder de perdonar los pecados.

Por eso, en la Confesión el sacerdote dice:

«Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

 

La misma Biblia cuenta que el Sacramento de la Confesión se celebraba entre los primeros cristianos:

«Venían muchos y confesaban sus pecados.» (Hch 19, 18)

«Confiésense unos a otros sus pecados para que sean perdonados.» (St 5, 16)

Como se ve, el Sacramento de la Confesión o Reconciliación está descrito en la Biblia. Es que ese es uno de los servicios que le corresponde a todo sacerdote:

«Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres, y le piden representarlos ante Dios y presentar sus ofrendas y víctimas por el pecado.» (Hb 5, 1)

A propósito del sacerdote pecador, vale la pena decir que, aunque todos somos pecadores, quizá él sea menos pecador de lo que muchos imaginan, por las siguientes razones:

Þ  Su formación religiosa seria.

Þ  El gran respeto que siente por Dios.

Þ  La conciencia clara de que sus malas actuaciones darían lugar al escándalo del que se aterra Jesús en el Evangelio.

Þ  El temor de ofender a Dios, quien nos ama tanto, que le fue infundido en el seminario.

Þ  La asistencia y vigilancia de sus superiores.

Þ  Las oraciones que por él hacen muchos de sus feligreses y algunos religiosos.

Þ  La intercesión que la Virgen María y los santos hacen por los sacerdotes, «los otros Cristos», hijos predilectos de Dios.

Además, hay 4 aspectos que tienen peso a la hora de analizar las bondades del Sacramento de la Penitencia o Confesión:

1.    La seguridad que tiene el feligrés al oír las palabras del sacerdote: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Este acto lo llena de paz interior y de sensación de descargo de sus pecados, porque queda seguro de que Dios lo perdonó.

2.    La humildad que se necesita para contarle a «otro pecador» sus fallas enriquece espiritualmente al que se confiesa, lo acerca más a Dios, y le da una alegría espiritual muy grande («se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.», dijo María, la Madre de Dios).

3.    Los consejos que el sacerdote da, con la gracia de Dios, sirven para una lucha nueva y para sentir, a veces, una «sacudida» espiritual, que nos puede impulsar más a ser cada vez mejores.

4.    El penitente debe hacer luego una o varias oraciones o sacrificios en reparación por la ofensa cometida, y con esto siente haber saldado la cuenta.

 

El Sacramento de la Reconciliación

 

Los pecados mortales deben confesarse para ser perdonados. Por eso conviene saber las clases de pecados que existen:

A.  Pecado mortal. Culpa que priva al hombre de la vida espiritual de la gracia, y lo hace enemigo de Dios y digno de la pena eterna, es decir, del infierno.

Para que haya pecado mortal deben darse las siguientes 3 condiciones:

1. Plena advertencia. Es darse cuenta de que se está haciendo, diciendo o pensando algo malo; o darse cuenta de que se está omitiendo hacer o decir algo.

2. Pleno consentimiento. Es hacer, decir o pensar algo, sabiendo que es malo; también es omitir hacer o decir algo.

3. Materia grave. Significa que la acción, las palabras, el pensamiento o la omisión sea algo grave, o que prive de un bien grande, de importancia.

Quien ha pecado mortalmente, una vez confesado, se evita la pena eterna[1].

 

Cuando se está en pecado mortal no se debe comulgar,

pues se estaría cometiendo un sacrilegio.

 

B.Pecado venial. Se da cuando falta una de las 3 condiciones anteriores: el que es cometido sin pleno consentimiento o sin plena advertencia o tiene materia leve (no grave). Por él se paga la pena del purgatorio, para ir después a gozar de la dicha eterna del cielo.

 

Pasos para hacer una Confesión

1.  Examen de conciencia

Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia.

2.  Contrición de corazón

Arrepentirse de haber ofendido a Dios.

3.  Propósito de la enmienda

Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas.

4.  Confesión de boca

Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna. Los que se olvidan sin culpa, también los perdona Dios (si son graves y se recuerdan después, hay que confesarlos en la siguiente ocasión).

5.  Satisfacción de obra

    Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga.


[1] Nota: el pecado del aborto es castigado por la Iglesia con la excomunión, es decir, el individuo queda apartado de la comunión de los fieles y del uso de los Sacramentos. Para levantar la excomunión es necesario que el penitente acuda a un obispo o a un sacerdote autorizado para ello.

En la ciudad de Bogotá, se pueden confesar en la Catedral, después de las 9:00 a.m. (teléfono: 3411954) o con los sacerdotes franciscanos (por ejemplo: calle 16 nº 7-35, 3412357; carrera 11 nº 72-82, 2486119, etc.).

  

 

 

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