Hacia la unión con Dios

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¿DECIR: “PERDÓN” Y YA?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2018

-Agarra un plato y tíralo al piso.

-Listo. Ya lo hice.

-¿Se rompió?

-Sí.

-Ahora pídele perdón.

-¡Perdón!

-¿Se arregló?

-No.

-¿Ahora entiendes? ¿No es verdad que la persona debe estar sinceramente arrepentida?

Hasta Dios -que es la misericordia infinita- nos exige eso para perdonarnos: un arrepentimiento sincero.

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Cualidades de una buena dirección espiritual*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 17, 2010

 

Los tiempos actuales reclaman cristianos auténticos que estén a la altura de los retos y desafíos de santidad que el mundo y las sociedades les presentan. Aunque el ideal común es claro, cada alma necesita una formación individual, una atención detallada y particularizada, no masiva, superficial y a la buena de Dios. Cada alma es obra de artesanía singular divina.

Por lo mismo, hay que valorar el papel de la dirección espiritual en la vida de cualquier persona, abierta hacia un futuro y unas metas por alcanzar en el campo de la formación, de la santificación, del apostolado, de las tareas y deberes confiados. En su trabajo necesita de un guía que conozca el camino y lo oriente en su labor concreta.

Este es el ámbito de la dirección espiritual entendida no sólo como una forma de comunicación humana sino, ante todo, como un diálogo en la fe dentro de la Iglesia de dos personas que buscan juntamente conocer la Voluntad de Dios en lo concreto de la vida.

Bien podemos decir que no toda comunicación y encuentro entre las personas es un encuentro formativo. La dirección espiritual siempre debe serlo. Es mucho lo que está en juego. Ahora bien, ¿qué debemos cuidar para que la dirección espiritual sea lo que debe ser y cumpla su objetivo? ¿Cómo debe ser? ¿Qué características debe tener?

Es mucho lo que podríamos decir al respecto, pero quizá podríamos definir sus cualidades con cuatro adjetivos: fecunda, renovadora, transformadora, enriquecedora.

Cada uno de ellos nos habla de vida, porque en realidad la dirección espiritual siempre debe suscitar nueva vida en el dirigido. ¡Pobres de nosotros y pobres de nuestros dirigidos si no aprovecháramos este encuentro para crecer! El reto que tenemos y la meta a la que aspiramos nos la ha dejado Cristo en el Evangelio: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10) y también: “Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Ahora bien, si queremos que la dirección espiritual sea lo anteriormente descrito y no una charla espiritual, un simple desahogo o el cumplimiento formal de un compromiso, debe reunir una serie de requisitos. Es así que la dirección espiritual debe ser: periódica, motivadora y exigente, profunda, cordial y amable y concreta.

1. Periódica

Bien sabemos que la santificación personal no se obtiene de la noche a la mañana, como la semilla que se planta no crece de un día a otro. El proceso de nuestra santificación es una labor que se realiza en el tiempo. Hoy captamos una luz en el prisma de nuestra vida cristiana, mañana otra, y así sucesivamente, día a día, hasta que captamos toda su belleza y atractivo. Dios nos va conquistando y transformando en su Hijo poco a poco, hay que ir a su paso con constancia. Una labor aislada puede quizás dar un pequeño empujón, pero no deja huella profunda, por eso es esencial el seguimiento periódico. La continuidad en el diálogo es necesaria para ir modelando con paciencia y perseverancia la obra de arte descrita en nuestro ideal de vida.

Esta periodicidad se pide tanto al dirigido, que debe mantener la continuidad en su dirección espiritual, cuanto al orientador que debe analizar el número de personas que atiende en dirección espiritual y ver si está ofreciendo a todas ellas la posibilidad de una dirección espiritual periódica.

La dirección espiritual no puede depender del capricho o del gusto personal, ni por parte del orientador ni por parte del dirigido, y por ello, es importante calendarizarla. Conviene ponerse de acuerdo para que, en la medida de lo posible, la dirección espiritual sea fija, con día y hora. Normalmente la falta de regularidad en la dirección espiritual la encontramos, sobre todo, en no haber marcado previamente el día y la hora. Cuando no hay una cita fija, cualquier otro compromiso, incluso menos importante, puede prevalecer. Además, se requiere ser muy formales: cita hecha, cita mantenida. Si el orientador es cumplidor, el orientado verá la seriedad del compromiso y no lo pospondrá fácilmente. Es conveniente, al terminar la dirección espiritual, concretar la siguiente cita apuntándola en sus respectivas agendas. Para tener periodicidad hay que tener tiempo y tener un gran realismo en la organización del mismo.

Es importante consagrar una buena parte del día a atender en dirección espiritual, dejando a un lado la creencia de ser tiempo perdido que podría dedicarse a otras actividades, aparentemente más urgentes, pero nunca más importantes. Descubrimos que las almas que realmente progresan en su vida espiritual, en su entrega a Dios y en su vida apostólica, son las que no fallan a la dirección espiritual, y los directores más fecundos son los que son fieles en impartirla.

¿Cuánto tiempo debe dedicarse a cada dirección? No es posible determinar el tiempo que se requiere para una buena dirección. Se ha de emplear el necesario; sin embargo, se ha de procurar normalmente que sea breve, y para ello formar al orientado para que la prepare bien, con precisión y delicadeza. No se trata de decir muchas cosas, sino de elegir sabiamente las que interesan para el provecho espiritual y las que conviene por tanto manifestar.

Algunas personas requieren más tiempo que otras; hay almas más abiertas y espontáneas, otras más reservadas, debemos tomarlo en cuenta a la hora de citarlas. Hay también que saber detectar las razones que tiene una persona que habitualmente exige más atención de la necesaria para así ayudarla a poner soluciones en la raíz, ya que las direcciones prolongadas pueden ser contraproducentes.

Por otra parte, debemos evitar a toda costa dar la impresión agobiadora de la prisa, de tener un horario restringido puesto que inhibe la apertura, al hacer sentir al orientado que es un número más o que nos está quitando el tiempo.

2. Motivadora y exigente

No podemos permitir que, por ningún motivo, las almas que dirigimos se conformen con un grado de santidad más o menos ‘aceptable’, sino que debemos acompañarlas por el camino de la vida espiritual siempre de una forma positiva y constructiva, haciendo más hincapié en el atractivo de la santidad y en los medios para conquistarla que en las limitaciones y obstáculos que le son contrarios. Debemos invitarlos a subir más alto, a llevar su amor y fidelidad a Cristo hasta sus últimas consecuencias en la entrega de su vida diaria y mostrarles la hermosura del camino de progresiva intimidad con Jesucristo que exige sacrificio y renuncia como medios de identificación con Él y de participación en su cruz redentora. Debemos convencerlas de que cuando un alma se deja tocar por su amor, y se abraza sin reservas a la cruz de Cristo, se transforma, se transfigura a lo divino. Dios no puede tocar un alma y dejarla igual.

Esto nos da luz para comprender que nuestra labor es presentar la cara hermosa de la lucha en el camino de la propia santificación.

El orientador debe ser alguien que continuamente está alimentando la confianza en la misericordia de Dios. Al orientar, está tratando de acercar las almas a Dios, y por ello debe ser siempre positivo y motivador. La motivación es el germen de la perseverancia; es ahí donde se gesta realmente la perseverancia. La motivación conduce al amor y el amor es el fundamento de la vida, de la disponibilidad y de la generosidad.

Cuando se sabe orientar, motivar y exigir; cuando se sabe tener paciencia, Dios nuestro Señor bendice con creces la labor del orientador. Encerrado en las cuatro paredes de un pequeño despacho colabora con Dios en dar cauce a las grandes entregas en bien de la Iglesia.

Este trabajo no siempre resulta tarea fácil, sabemos que toda labor pastoral tiene sus ratos de alegría y de sufrimiento íntimo hasta ver revestidos de Cristo a aquellos que nos han sido confiados en la dirección espiritual.

La labor positiva reviste una especial importancia en la dirección de mujeres, pues debido a su emotividad, su sensibilidad y su fina percepción de los detalles, suelen crearse una imagen negativa de sí mismas. Ante pequeños fallos se recriminan fácilmente: «soy mala», «no valgo», «no puedo»…Si las impulsamos a la confianza en Dios y en sí mismas, se logrará mucho más que con impaciencias o incomprensiones.

En este sentido, un análisis del Evangelio nos descubre casos muy hermosos de cómo Cristo, incluso ante el pecado de la mujer, siempre reacciona de una forma positiva y motivadora. Encontramos un claro ejemplo en el episodio de la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Jesús no corresponde a la actitud de aquellos hombres, armados con piedras, decididos a acabar con ella. Pero tampoco cierra los ojos al pecado como si nada hubiera ocurrido. Más bien Cristo le deja ver que conoce su falta; pero penetrando en sus sentimientos adopta la actitud de quien busca ayudar a un alma.

Así, cuando todos se han ido, le dice con ternura y firmeza: «Vete y adelante no peques más”. Si el orientador es defensor de la verdad, no debe abdicar de ella. Sin embargo, la debe presentar con bondad para que el alma dirigida se sienta motivada. No hay que olvidar que el ser humano es una unidad de alma y cuerpo, por tanto de espíritu y sentimiento; hay que atender esta necesidad que tiene el hombre de ser comprendido, de ser aceptado y de ser animado.

Exigencia y motivación van de la mano. Quien quiera exigir, debe saber motivar, y nunca exigir sin haber motivado; de otra manera la dirección espiritual se desvanecerá como humo en el viento. Convencer es dar motivos suficientes para actuar, para que salga espontánea la entrega, para que brote fluida la disponibilidad.

3. Profunda

La dirección espiritual cobra esta dimensión especial, porque en ella se busca descubrir la voluntad de Dios sobre el alma de cada persona. En esta búsqueda se compromete todo el hombre: inteligencia, voluntad, libertad, afectividad, sentimientos, emociones, pasiones, ideales.

Los directores espirituales deben potenciar a las almas que les han sido confiadas para que sientan la urgencia de responder más a la gracia de Dios. Para ello, la dirección espiritual no puede ser una entrevista superficial o un compromiso social o un diálogo más o menos corto que ayude, sí, pero que no lleve a la profunda formación y transformación de la persona. No se puede convertir la dirección espiritual en una serie de consejos espirituales que no den una verdadera dirección al alma confiada por Dios.

Cada entrevista debe ayudar a fraguar un poco más, y más sólidamente, la santidad y, para lograrlo, deberemos permanecer alerta para descubrir qué grado tiene el dirigido de formación de la conciencia, y ayudarlo/a a interiorizar los valores y principios de su vida cristiana y a tomar decisiones eficaces y duraderas.

Cuando la persona trate un problema, busquemos llegar a la causa de fondo, sólo así la dirección espiritual resultará acertada y eficaz. No podemos dar respuestas prefabricadas. En conformidad con la problemática de fondo, vendrá dada la solución. Esto es vivir la caridad en plenitud, buscar lo mejor para el alma, aunque implique mayor esfuerzo.

4. Cordial y amable

La seriedad y profundidad que caracteriza a la dirección, no puede transformarla en algo frío, lejano, impositivo. Por el contrario, la dirección espiritual debe desarrollarse en un clima de diálogo cordial y amable, porque el dirigido habla de lo más íntimo de sí, de lo más preciado, y lo pone en consideración, con toda confianza, ante quien lo orienta. Se sentirá alentado a abrirse si encuentra cordialidad sincera.

Conviene que el director recuerde a Quién representa y de Quién es instrumento para que la conversación refleje los rasgos amables que encontramos en los diálogos de Cristo, en su rostro, en sus palabras, en sus movimientos, en su dedicación total a cada persona. Así mismo debe evitar lo que pueda crear barreras y bloqueos. Esto requiere por parte del director espiritual un gran olvido personal para dejar de lado como se siente, sus prisas y sus problemas personales, sus antipatías naturales, sus modos, sus prejuicios, su humor… y un gran amor a quien tiene por delante, ya que el alma puede percibir todo, también a través del lenguaje corporal no verbal. Ya antes de hablar, el orientador influye sobre el dirigido por su modo de comportarse y de acogerlo. Su sola presencia debe ser ya una revelación de Cristo y difundir los valores del Evangelio.

Caridad amigable inspirada por Dios y ofrecida por Dios en el encuentro con su director. ¡Qué misión tan grande la de ser transmisores del amor de Dios de esta manera!

5. Concreta

El diálogo espiritual debe centrarse en la vida espiritual y en las inquietudes y problemas del momento que atraviesa el que es ayudado espiritualmente. Por ello, el diálogo espiritual debe asentarse fundamentalmente sobre el proyecto de vida espiritual que cada alma debe tener permanentemente actualizado. Este proyecto de vida espiritual es un medio sencillo, claro, exigente, de metas concretas, que determina la orientación de propio esfuerzo en la búsqueda de la virtud y en la práctica de la vida cristiana. La revisión periódica y frecuente del mismo ayuda a desterrar los defectos y a cultivar la virtud.

Conclusión

La conquista de un hombre o una mujer para Dios es la tarea más hermosa que existe. Al director espiritual, como instrumento de Dios, le corresponde este privilegio de asistir a la prodigiosa transformación de la persona, dejando que Él actúe en su vida.

Privilegio y responsabilidad que se basa única y exclusivamente en el don y la llamada de Dios, y que exige de cada uno actitudes de agradecimiento y de correspondencia.

Estas pautas generales quieren ser medios que ayuden e iluminen para llevar a cabo con más acierto la misión encomendada.

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* Paloma Chico

   Profesora del Instituto Superior de Ciencias Religiosas en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma).

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Ciclo C, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2010

¿Cuál es tu tesoro?

 

«Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón», dijo Jesús, y eso es lo que siempre hemos hecho: poner el corazón en lo que creemos más importante.

Y no solo ponemos el corazón, sino que trabajamos duro hasta conseguirlo, aplicamos todas nuestras fuerzas, usamos toda nuestra inteligencia y sagacidad: hay que ver cuánto esfuerzo ponemos para lograr el amor de una persona, los trabajos a los que nos sometemos y las penas que pasamos para ganar el dinero que creemos necesitar…

Habría que preguntarnos si ponemos el mismo ahínco para ganarnos la felicidad eterna en el Cielo.

De esto tratan las lecturas de hoy: la Carta a los hebreos afirma que la fe es como aferrarse a lo que se espera (la dicha eterna), y que es tener la certeza de cosas que no se pueden ver: el llamado que Dios nos hace a ese estado de felicidad.

El libro de la Sabiduría, por su parte, nos enseña que eso mismo había sido anunciado a nuestros padres (los primeros seguidores del Dios verdadero), para que supieran valorar sus promesas y depositaran en ellas su confianza.

En el Evangelio nos dice Jesús que no debemos temer nada, pues al Padre le agradó darnos el Reino, la plena felicidad, nuestro tesoro, el verdadero tesoro.

Y añade: Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas; sean como personas que esperan que su patrón regrese de la boda para abrirle apenas llegue y golpee a la puerta. Todo esto significa que debemos ocuparnos más en nuestro auténtico tesoro que en las cosas temporales, pues nos ha prometido que si, al llegar el Señor, nos encuentra cumpliendo nuestro deber, seremos eternamente felices.

Pero debemos preguntarnos: ¿Cómo estamos administrando lo que recibimos de Dios: riquezas, cultura, familia, salud, oportunidades, etc.? ¿Las usamos para nosotros, egoístamente, o las ponemos al servicio de los demás? Debemos recordar que al que se le ha dado mucho se le exigirá mucho.

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La mayor bendición

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2009

«¡Se curó milagrosamente!» «¡Me gané la lotería!» «¡Salió bien de la operación que le hicieron!» «¡Conseguí el trabajo que quería!»… Todo esto lo llamamos bendiciones. Y también llamamos bendiciones el hecho de tener salud, dinero, bienestar…

Pero, ¿por qué las personas buenas sufren? ¿Por qué a un católico comprometido le ocurren cosas malas? Los buenos cristianos se enferman y sufren como los demás; y reciben bendiciones como los demás. ¿De qué sirve, entonces, esforzarse por mejorar?

Quizá lo que ocurre es que no hemos comprendido suficientemente la parábola de los talentos: podríamos descubrir detalles de la Revelación a los que no se les ha dado suficiente relieve:

«Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció enseguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: “Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos. El patrón le contestó: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.”

Vino después el que recibió dos, y dijo: “Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.” El patrón le dijo: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón”.

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.” Pero su patrón le contestó: “¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.”» (Mt 25, 14-30)

Dios nos ha enseñado en esta parábola que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, acceso a la cultura, viajes, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo (esto derriba el principal argumento que defiende la creencia en la reencarnación).

Por eso es que no podemos seguir llamando «bendiciones» a las cosas que recibimos o a los talentos; en realidad son pruebas. El Señor nos da para probarnos. Cuanto más nos dé, más pruebas habrá; y quien menos reciba, será menos probado.

Entonces cabe preguntarnos para qué nos prueba Dios y qué es lo qué es lo que nos quiere probar. ¿Acaso Dios no lo sabe todo? ¿Acaso Dios no sabe de lo que somos capaces? ¿Hay algo que Él necesite saber?

La palabra «prueba» se debe entender aquí como se entiende en las Sagradas Escrituras: una oportunidad que Dios nos da para hacer méritos, para que el esfuerzo que hagamos le dé gloria y honra. Si no hay esfuerzo, no hay mérito.

Por eso, todo lo que llamamos «malo» en esta vida temporal es la posibilidad de hacer algo meritorio ante los ojos de Dios. Y esos méritos, unidos a los de Jesucristo, ayudarán a la salvación de muchas almas y a la instauración del Reino de Dios: un reino de amor, paz y alegría. Pero si la persona no tiene que esforzarse, no hace méritos.

Si, por ejemplo, alguien es probado con una enfermedad, es porque Dios quiere que esa persona haga méritos, que sea santa. Y los hará simplemente si acepta la voluntad de Dios, si le ofrece sus sufrimientos unidos a los de nuestro Salvador y si confía en su infinito amor, a pesar de las circunstancias.

Como se dijo más arriba, si no hay esfuerzo, no hay mérito, no hay santidad. Podemos deducir que no solamente es necesario sufrir, sino que nos conviene mucho, como ninguna otra cosa; concluiremos que sufrir es nuestra mayor bendición.

Pero hay más razones para querer el sufrimiento: el sufrimiento así ofrecido es reparador: le devuelve la honra y gloria que le quitamos a Dios con nuestros pecados, sirve para pagar la pena temporal que merecemos por los pecados propios y los de los demás.

Además, nos fortalece como seres humanos y, lo que es mejor, nos purifica para que no haya intereses escondidos en nuestra relación con Dios: así como una mujer sabe que un hombre la ama si es capaz de sufrir por ella, solo cuando sufrimos por Él se puede asegurar que lo amamos, pues cuando hay gusto personal se puede mezclar el egoísmo.

Finalmente, nuestro sufrimiento así ofrecido consuela el Corazón adolorido de Jesús, que tiene tan pocos amigos aquí en la tierra.

La mejor bendición, pues, son los sufrimientos. ¿Qué otra cosa en este mundo nos puede proporcionar tantos beneficios?

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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