Hacia la unión con Dios

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Palabras clave de la Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2009

 

Sacrificio, expiación, reparación, mortificación, penitencia, son algunos de los vocablos que solemos escuchar en esta época cuaresmal. Parecen significar lo mismo, pero intuimos que tienen sus diferencias. ¿Cuáles son?

Extrayendo del Diccionario de la lengua española las acepciones concernientes a la vida espiritual, he aquí la definición de estas palabras, para salir de la confusión:

Sacrificio: Ofrenda que se hace a Dios. Tiene dos sentidos: en señal de homenaje o de expiación.

Expiación: Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio (de una ofrenda a Dios). En este caso, nuestros sacrificios se unen a los de Cristo, para que tengan valor.

Reparación: Desagravio, satisfacción completa de una ofensa, daño o injuria hecha a Dios. Es lo que se logra con la expiación.

Mortificación: Domar las pasiones castigando el cuerpo y refrenando la voluntad, con el fin de conseguir la libertad que se necesita para llegar a la perfección que Dios nos pide (Cf. Mt 5, 48), es decir, la santidad, la felicidad. 

Penitencia: Serie de ejercicios penosos con que procuramos la mortificación de nuestras pasiones y sentidos.

Todos estamos obligados, como criaturas que somos, a ofrecer homenajes a Dios, a desagraviarlo por nuestras ofensas y a purificarnos de nuestras culpas. Y, por otra parte, debemos domar nuestras pasiones para llegar a la perfección, a la felicidad auténtica. Pero cada uno, de acuerdo con su director espiritual, debe acordar la calidad y la cantidad de estos actos.

Estas prácticas se deben enseñar con mucha prudencia y sabiduría espiritual. Son muchos los factores que influyen en la toma de esta decisión:

–el estado de la persona: si es casado, soltero o viudo;

–la vocación y el carisma al que fue llamado: sacerdote secular, vida consagrada, seglar;

–la cantidad y calidad de los pecados que se quieren purgar;

–el conocimiento que tenga de la bondad y maldad de los actos;

–su situación biológica y psicológica (su salud); y, sobre todo,

–si es un principiante, un aprovechado o un perfecto, es decir, su situación espiritual.

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Ayuno y abstinencia

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

Dicen los Pastores con su estribillo anual en el tiempo de Cuaresma: “El sentido del ayuno y la abstinencia no es el del masoquista, ni Dios quiere algo así; el auténtico sentido del ayuno y la abstinencia es el de ayudar a los necesitados con lo que nos ahorramos”.

Pero son pocos los que explican que el ayuno y la abstinencia tienen una finalidad expiatoria:  el dolor y arrepentimiento que se tiene de las malas acciones realizadas, el sentimiento de haber ejecutado algo que no se quisiera haber hecho, nos llevan a desear borrar las culpas, purificándonos de ellas por medio de algún sacrificio —por los méritos de Jesucristo— y a hacer el propósito de no pecar más.

El ayuno y la abstinencia tienen también un sentido ascético:  los ejercicios penosos con los que mortificamos nuestras pasiones y sentidos nos hacen quedar libres de toda atadura terrenal, de todo apego, purificándonos, y así podemos conseguir la perfección espiritual que nos pidió Jesús (Mt 5, 48). Y sabemos que esos sacrificios tienen esta utilidad si los unimos a los méritos de Jesucristo.

El sacrificio enriquece poderosamente la fuerza de la oración: la oración se avalora con el sacrificio, puesto que queda unida a los méritos de Jesucristo.

Estos actos de mortificación interior y exterior nos hacen crecer como seres humanos: nos llenan de virtudes que no tendríamos sin ellos.

Hacer ayuno y la abstinencia nos une efectivamente a Jesucristo, que nos dio ese ejemplo durante cuarenta días.

Con la penitencia se consuela a Jesús, que está viendo que el pecado todavía impera en muchas partes del mundo y que, por lo tanto, los hombres todavía no son conscientes de su dignidad de hijos de Dios.

El ayuno y la abstinencia son la mejor arma para la eficacia en las tareas apostólicas: con ellos preparó Jesús su vida pública.

¿Acaso dicen los Evangelios que Jesús hizo ese ayuno para ayudar económicamente a los pobres? El Espíritu Santo no inspiró a ningún evangelista a escribir esto.

Otra cosa es que el buen cristiano quiera practicar la caridad con el dinero que ahorra, especialmente cooperando con la campaña de la Comunicación cristiana de bienes,  que organiza cada año la Conferencia Episcopal, y que tanto bien hace; pero eso es una consecuencia, no la esencia del ayuno y la abstinencia.

 

 

 

 

 

 

 

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