Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Familia’

Radio María

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 24, 2018

“No sé qué estará planeando la Virgen, pero su Radio se está extendiendo por todo el mundo.”

Estas palabras del director espiritual de la Radio María son la mejor expresión para definir este fenómeno mariano.

El Padre Livio Fanzaga, en Italia, inspirado por el mensaje de la Virgen María en Fátima y Medjugorge, empezó los trabajos para la fundación de la Radio María.

La primera estación de Radio María fue una radio parroquial de Arcellasco d’Erba, Italia, en 1983, y llegó a tener difusión en toda Italia en 1990.

A partir de la década del 90 comienza la internacionalización en el idioma local en Europa, África y América.

En la ciudad de Bogotá, Colombia, se escucharon las primeras emisiones de sus ondas radiales el 1 de octubre de 1996.

La razón de ser de Radio María es la salvación de las almas, es decir, el anuncio de la conversión. A este servicio de evangelización se le ha dado el apelativo de fenómeno, es decir, de cosa extraordinaria y sorprendente por muchas razones:

Radio María es una iniciativa de laicos y de personas consagradas que, bajo la dirección del presbítero Germán Darío Acosta, trabajan completamente gratis, en un servicio para la Iglesia, para la Virgen y para la Fe. Por eso se prefieren a las personas que dan el corazón.

Radio María no tiene fines de lucro, sino un compromiso con el bien. No utiliza la publicidad para autofinanciarse, sino que se sostiene con las libres donaciones de sus oyentes. Tiene su fuerza en la confianza en la divina Providencia, la valorización del voluntariado, el sostenimiento económico por parte de los radioescuchas y la prohibición absoluta de cualquier tipo de publicidad comercial. Y así se ha mantenido estos años, como en todo el mundo.

Radio María es una radio de oración y de evangelización en el nombre de María Santísima. Participar en su transmisión es para todos una gracia y una responsabilidad, para vivir en espíritu de servicio y de profunda humildad, y presupone una adhesión sincera a la Fe católica, como también a la enseñanza magisterial del Santo Padre y de los obispos en comunión con él.

Radio María se considera una radio para la Iglesia, con la Iglesia y en la Iglesia, aunque es una radio libre. La programación de la emisora está basada en la humilde y respetuosa escucha a los pastores de la Iglesia Católica (Lumen Gentium, 25), y se compone de: Oración (oraciones del buen cristiano y de intercesión), Santa Misa, Liturgia de las horas, Santo Rosario, catequesis simple y clara de toda la riqueza de la Fe (temas que tienen que ver con la moral de la Iglesia Católica, su liturgia, su espiritualidad, etcétera), familia y desarrollo humano (promoción del desarrollo humano, con especial referencia a la concepción católica de la familia y a la doctrina social de la Iglesia Católica), actualidad del mundo y de la Iglesia universal desde una perspectiva católica, y música de inspiración religiosa en armonía con la Fe cristiana.

Radio María tiene un cuidado especial por los estratos más débiles de la sociedad, como los enfermos, las personas solas, los presos, los jóvenes, etcétera, permitiendo expresar sus opiniones a quienes generalmente no tienen voz. Para esto se propician las intervenciones telefónicas en directo, siempre al servicio de la oración y del diálogo, en donde tenga cabida cualquier palabra de consuelo.

 “La gente tiene necesidad de una palabra auténtica; palabra que construya y no divida, que infunda confianza en los corazones desesperados; palabra pura, sencilla, que anuncie el amor y la verdad. Esta palabra es el mensaje de salvación. Es Cristo mismo.” (Palabras de san Juan Pablo II a Radio María)

Unámonos todos los católicos, para dar gracias a Dios por este privilegio mariano, que no solo es de Bogotá, sino ya de muchas ciudades, pueblos y municipios de Colombia y de muchos países en el mundo.

Pidamos a Dios que su cobertura siga ampliándose y que los que sirven a Dios en estas ondas radiales sigan siendo guiados por María, para la Gloria de Dios y para la salvación de las almas.

Unámonos también a la oración de san Juan Pablo II por Radio María:

“María, orienta nuestras opciones de vida, fortalécenos en la hora de la prueba, para que fieles a Dios y al hombre, afrontemos con humilde audacia los senderos misteriosos de las ondas radiales, para llevar a la mente y al corazón de cada persona el anuncio gozoso de Cristo, Redentor del hombre. María, Estrella de la Evangelización, camina con nosotros, guía tu Radio y sé su protectora. Amén.”

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SAN JOSÉ

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

La vida ordinaria vista por Dios

Dios le promete a David que de su descendencia nacerá alguien a quien pondrá con poder en el trono y permanecerá firme hasta la eternidad. Por eso, el Evangelio nos muestra a José, descendiente de David, como el encargado de ese trono eterno lleno de poder: Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Abraham creyó y esperó contra toda esperanza, llegando a ser padre de muchos Como él, José también creyó, llegando a ser el padre putativo del Hijo de Dios. Y las palabras aplicadas a Abraham se le pueden decir a José: No dudó de la promesa de Dios ni dejó de creer; por el contrario, su fe le dio fuerzas y dio gloria a Dios, plenamente convencido de que cuando Dios promete algo, tiene poder para cumplirlo.

¿Creemos así? ¿Esperamos así? ¿Somos, como este hombre, así de justos?

El hombre justo por antonomasia fue el escogido para realizar una de las misiones más importantes de cuantas hayan existido: cuidar humanamente de Jesucristo y de su Madre, la Santísima Virgen María.

Bajo su vigilancia vivieron estos dos seres en quienes no había mancha alguna. Y él tuvo el privilegio de permanecer con ellos. ¡Oh, vida tan sencilla y a la vez magnífica…!

¿Cuándo comprenderemos que las grandezas de Dios están casi siempre escondidas en los pequeños detalles de cada día? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que Dios está con nosotros, en la vida ordinaria? ¿Cómo es posible que no lo veamos con los ojos del alma en cada circunstancia de nuestra vida?

Él está allí, mirándonos, amándonos. Nuestra vida personal, familiar, laboral, social, está toda bajo la mirada de Dios: así como se complacía observando la vida familiar de Jesús, María y José, hoy se complace con cada uno de nuestros pensamientos, palabras, obras… Pidamos a san José que nos ayude, con su intercesión, a comportarnos a la altura de ese divino espectador.

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¡Familias católicas!

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2014

Dirigiéndose a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, el Santo Padre se puso categórico al hablar de los esposos, frente a los problemas y conflictos:

«Jamás hay que abandonar la oración, el recurso frecuente al sacramento de la reconciliación y la dirección espiritual, pensando en sustituirlos con otras técnicas de apoyo humano y psicológico».

A más de uno le habrá parecido extraño ese énfasis: la palabra «jamás», rara vez es usada por Su Santidad en ese sentido urgente.

Y ¿qué es lo que le urge tanto al Papa?

Que los esposos han abandonado la oración, ese encuentro personal con Dios que los capacita para ser buenos padres y parejas saludables, que les provee la paz necesaria para vivir en armonía, que les da la alegría de vivir en familia y que los impulsa a la generosidad para establecer hogares luminosos y alegres.

Ese Dios es el único que puede enseñar el amor verdadero, con el que la célula de la sociedad, la familia, propenderá por el cambio social que tanto anhelamos.

Pide el Papa que el Sacramento de la Reconciliación sea frecuente: al pedir perdón a Dios cultivaremos el perdón en nuestro hogar y no nos faltará nunca la gracia de Dios para formar familias santas y pujantes, de donde saldrán ciudadanos honestos y trabajadores.

E invita a la dirección espiritual: que alguien, con prudencia y experiencia, dirija nuestras almas por el camino que Dios desea para cada uno de nosotros.

Ninguna de estas tres ayudas maravillosas puede ser reemplazada por otras técnicas de apoyo humano y psicológico: Dios es la sabiduría infinita.

Y continúa diciendo Su Santidad que vivamos la vida familiar en la presencia de nuestro Padre amoroso:

«Jamás hay que relegar al olvido lo esencial, o sea, vivir en familia bajo la mirada tierna y misericordiosa de Dios».

Es todo un programa para engrandecer la vida familiar y, por ende, el globo terráqueo.

¿Aprenderemos?

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Un sacrificio de amor*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2013

Es la tarde de un viernes típico, y estás manejando hacia tu casa. Sintonizas la radio. El noticiero cuenta una historia que te parece de poca importancia: en un pueblo lejano han muerto tres personas de alguna enfermedad que nunca antes se había visto. No lo piensas mucho…

El lunes, cuando despiertas, escuchas que ya no son tres, sino cerca de treinta mil personas las que han muerto por esa enfermedad en las colinas remotas de la India. Se informa también que personal del control de enfermedades de Estados Unidos ha ido a investigar.

El martes ya es la noticia más importante en la primera plana del periódico, porque no solo es la India, sino Pakistán, Irán y Afganistán los países a los que llega la epidemia. Pronto la noticia corre a través de las emisoras de radio y televisión. La llaman «la enfermedad misteriosa». Todos se preguntan: «¿Cómo vamos a controlarla?»

Entonces, otra noticia sorprende a todos: Europa cierra sus fronteras: no habrá vuelos desde la India ni de ningún otro país en el que se haya visto un brote de la enfermedad.

Para enterarte bien del cierre de fronteras estás viendo las noticias, cuando escuchas las palabras traducidas de una mujer que, en Francia, afirma que hay un hombre en el hospital muriendo de la «enfermedad misteriosa»…

Hay pánico en Europa. La noticia que llega informa que cuando adquieres el virus, permanece latente una semana, y ni cuenta te das. Luego, tienes cuatro días de síntomas horribles y mueres.

Pasa un día más, y el presidente de los Estados Unidos cierra los viajes a Europa y a Asia, tanto de ida como de regreso, para evitar el contagio en el país, hasta que encuentren la cura…

Al día siguiente la gente se reúne en las iglesias a orar para que los científicos encuentren una solución…

Estás en una de esas iglesias orando cuando, de pronto, entra alguien diciendo: «Prendan la radio». Se oye la noticia: dos mujeres han muerto en Nueva York. Lo que se temía: ¡América está infectada!

En horas, parece que la enfermedad invade a todo el mundo. Los científicos siguen trabajando para encontrar el antídoto. Pero nada funciona…

De repente, llega la noticia más esperada: se ha descifrado el código del ADN del virus. ¡Se puede hacer el antídoto! Va a requerirse de alguien que no haya sido infectado, y en todo el país se corre la voz de que los ciudadanos deben ir a los hospitales para que se les practique un examen de sangre.

Acudes con tu familia y unos vecinos, preguntándote por el camino qué pasará. «¿Será esto el fin del mundo?…»

Se efectúan los exámenes a la familia. Todos deben esperar…

Repentinamente, un médico sale gritando un nombre que ha leído en su cuaderno. El más pequeño de tus hijos está a tu lado, te agarra la chaqueta y te dice: «Papi, ese es mi nombre». Antes de que puedas reaccionar, se están llevando a tu hijo, y gritas «¡Esperen!». Y ellos contestan: «Su sangre está limpia, su sangre es pura. Creemos que tiene el tipo de sangre correcto».

Después de cinco largos minutos salen los médicos llorando y riendo de la emoción. Hacía mucho que no oías reír a alguien. El médico de mayor edad se te acerca y te dice: «Señor, la sangre de su hijo es perfecta, está limpia y pura; podemos hacer el antídoto contra esta enfermedad». La noticia corre por todas partes; la gente da gracias a Dios y ríe de felicidad.

En eso, el médico se acerca y te dice: «¿Podemos hablar un momento? Es que no sabíamos que el donante era un niño, y necesitamos que firme este formato para darnos el permiso de usar su sangre».

Cuando estás leyendo el documento te das cuenta de que allí no ponen la cantidad de sangre que necesitan y preguntas: «¿Cuánta sangre…?» La sonrisa del galeno desaparece, y contesta: «La necesitamos toda».

No lo puedes creer, y tratas de contestar: «Pero… Pero…». El médico sigue insistiendo: «Usted no entiende; estamos hablando de la cura para todo el mundo. Por favor, firme».

Tú preguntas: «¿No pueden hacerle una transfusión?» Y viene la respuesta: «Si tuviéramos sangre limpia podríamos… ¿Firmará?… ¡Por favor!… Firme»…

Tu hijo interrumpe: «No importa, papá. Se salvarán todos. ¡Si no, morirán!»

En silencio y sin poder sentir los dedos que sostienen la pluma, lo firmas…

Cuando regresa el médico, te dice: «Lo siento, necesitamos empezar: mucha gente en todo el mundo está muriendo»…

La siguiente semana, cuando hacen una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan dormidas en sus casas, otras no asisten porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol, otras asisten a la ceremonia distraídos o con una sonrisa falsa, fingiendo que les importa…

Quisieras pararte y gritar: «¡Mi hijo murió por ustedes!; ¿Acaso no les importa?»

Tal vez eso es lo que tu Padre Dios quiere decir: «Mi Hijo murió por ustedes, ¿no les importa?»

La ceremonia se celebra todos los días: es la Santa Misa, la Eucaristía. Allí se renueva el sacrificio de Jesucristo: de un modo misterioso estás presente en el lugar y en el momento en que murió por la humanidad, para salvarla de la enfermedad que le traería la muerte eterna…

¿Asistirás, al menos, los domingos y las fiestas, para honrar al que derramó toda su Sangre por ti?

Anónimo

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Ciclo B, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2012

¿Divorcio?

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble.

Desde siempre se canta el amor exclusivo y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y san Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia: «Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 32).

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

Y, en consecuencia, es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9). «El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6). Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios, y constituye un desprecio a las leyes de Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

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Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 21, 2012

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

San Pablo, ¿machista?

Esa es la impresión que se llevan muchos al leer este versículo de la carta de Pablo a los Efesios: «Las mujeres, que se sometan a sus maridos».

Pero lo que pocos destacan es el texto que continúa: «Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia». E, inmediatamente después, concreta cómo lo hizo: «Se entregó a sí mismo por ella».

«Obras son amores y no buenas razones», dice el sabio adagio. ¿Cuántos esposos aman así a sus esposas? ¿Cuántos están trabajando —dando la vida— por ellas? ¿Cuántos dejan a un lado el egoísmo para dedicarse con todas las fuerzas a hacer felices a sus esposas? ¿Cuántos esposos han sido capaces de sufrir, como Jesús, por amor a sus esposas? El llamado de san Pablo es categórico: «Así deben también los maridos amar a sus mujeres». ¿Podrá esto tomarse como machista?

He aquí, más bien, la perfección del amor conyugal:

Un hombre que ama de verdad a su esposa destina todas sus fuerzas a hacerla feliz, busca solo su bienestar, con toda su alma, con todo su corazón, con todo su ser, haciendo a un lado sus egoísmos y hasta sus metas más nobles, pues sabe que no hay mayor nobleza que amar.

Y una mujer que, como dice esta carta, es amada así, ¿cómo no va a ser condescendiente con su marido? Al sentir ese apoyo moral y psicológico, ¿no se someterá a él sin reservas?, ¿no sentirá que él es, efectivamente, su cabeza, como dice san Pablo?

Finalmente, ¿no sería este el ejemplo ideal para los hijos? Si ambos esposos actúan como lo pide la Palabra de Dios, se verá nacer y crecer una nueva generación, libre de egoísmos y de machismo, y se formarán hogares con más sentido de la dignidad de la mujer y del hombre. Como consecuencia lógica, ya sana la célula de la sociedad —la familia—, se hará por fin un cambio verdaderamente positivo en todo este “organismo” social que es la humanidad.

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UN PACTO*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 14, 2012

Yo pedí a mi sierva santa Margarita: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas, que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”. También contigo desearía hacer este pacto. Yo, que, como Señor absoluto podría acercarme exigiendo sin ningunas condiciones, quiero pactar con mis criaturas. Ya ves a cuánto me abajo. Y tú ¿no quieres pactar conmigo? No tengas miedo que hayas de salir perdiendo; Yo, en los tratos con mis criaturas, soy tan condescendiente y benigno, que cualquiera pensaría que me engañan. Además, es un convenio que no te obligará, ni bajo pecado mortal, ni bajo pecado venial; Yo no quiero compro­misos que te ahoguen; quiero amor, genero­sidad, paz: no zozobras ni apreturas de conciencia.

Ya ves que el pacto tiene dos partes: una que me obliga a Mí y otra que te obliga a ti. A Mí, cuidar de ti y de tus intereses; a ti, cuidar de Mí y de los míos. ¿Verdad que es un convenio muy dulce?

 

PRIMERA PARTE

Principiaremos por la parte mía: “Yo cuidaré de ti y de tus cosas”. Para eso es necesario que todas, a saber: alma, cuerpo, vida, salud, familia, asuntos, en una palabra, todo, lo remitas plenamente a la disposición de mi suave Providencia y que me dejes obrar. Yo quiero arreglarlas a mi gusto y tener las manos libres. Por eso deseo que me des todas las llaves; que me concedas licencia para entrar y salir cuando Yo quiera, que no andes vigilándome para ver y examinar lo que hago; que no me pidas cuentas de ningún paso que dé, aunque no veas la razón y aunque parezca a primera vista que va a ceder en tu daño; pues, aunque tengas muchas veces que ir a ciegas, te consolará el saber que te hallas en buenas manos. Y cuando ofreces tus cosas, no ha de ser con el fin precisamente de que Yo te las arregle a tu gusto; porque eso ya es ponerme condiciones y proceder con miras interesadas, sino para que las arregle según me parezca a Mí; para que proceda en todo como dueño y como rey con entera libertad, aunque prevea alguna vez que mi determi­nación te haya de ser dolorosa. Tú no ves sino el presente; Yo veo lo porvenir. Tú miras con el microscopio; Yo miro con telescopio de inconmensurable alcance; y soluciones que de momento parecerían felicísimas son a veces desastrosas para lo que ha de llegar; fuera de que en ocasiones, para probar tu fe y confianza en Mí y hacerte merecer gloria, permitiré de momento con intención deliberada el tras­torno de tus planes.

Mas con esto no quiero que te abandones a una especie de fatalismo quietista y descui­des tus asuntos interiores o exteriores. Debes seguir como ley aquel consejo que os dejé en el Evangelio: “Cuando hubiereis hecho cuan­to se os había mandado, decid: Siervos inútiles somos”. Debes en cualquier asunto tomar todas las diligencias que puedas, como si el éxito dependiera de ti solo, y después decirme con humilde confianza: “Corazón de Jesús, hice según mi flaqueza cuanto buenamente pude; lo demás ya es cosa tuya; el resultado lo dejo a tu Providencia”. Y después de dicho esto procura desechar toda inquietud y quedarte con el reposo de un lago en una tranquila tarde de otoño.

LO QUE SE DEBE OFRECER

Como dije, debes ofrecerme todo, sin excluir absolutamente nada, pues sólo me excluyen algo las personas que se fían poco de Mí.

El Alma

Ponla en mis manos; tu salvación eterna, grado de gloria en el cielo, pro­gresos en la virtud, defectos, pasiones mise­rias: todo. Hay algunas personas que siempre andan henchidas de temores, angustias, desa­lientos por las cosas del espíritu. Si esto es, hijo mío, porque pecas gravemen­te, está muy justificado. Es un estado tristí­simo el del pecado mortal, que a todo trance debes abandonar en seguida, ya que te hace enemigo formal mío. Esfuérzate, acude a Mí con instancia, que Yo te ayudaré mucho y sobre todo confiésate con frecuen­cia: cada semana, si puedes, que este es un excelente remedio. Caídas graves no son obstáculo para consagrarte a Mí, con tal que haya sincero deseo de enmienda: la consa­gración será un magnífico medio para salir de ese estado.

Hay otra clase de personas que no pecan mortalmente, y sin embargo siempre están interiormente de luto, porque creen que no progresan en la vida espiritual. Esto no me satisface. Debes también aquí hacer cuanto buenamente puedas según la flaqueza humana, y lo demás abandonármelo a Mí. El Cielo es un jardín completísimo, y así debe contener toda variedad de plantas; no todo ha de ser cipreses, azucenas y claveles; también ha de haber tomillos; ofrécete a ocupar ese lugar. Todas estas amarguras en personas que no pecan grave­mente, nacen porque buscan más su gloria que la mía. La virtud, la perfección tiene dos aspectos: el de ser bien tuyo y el de ser bien mío; tú debes procurarla con empeño, mas con paz, por ser bien mío, pues lo tuyo en cuanto tuyo, ya quedamos en que debes remitirlo a mi cuidado. Además debes tener en cuenta que, si te entregas a Mí, la obra de tu perfección, más bien que tú, la haré Yo.

 

El cuerpo

También Yo quiero encargarme de tu salud y de tu vida, y por eso tienes que ponerlas en mis manos. Yo sé lo que te conviene; tú no lo sabes. Toma los medios que buenamente se puedan para conservar o recuperar la salud, y lo demás remítelo a mi cuidado, desechando aprehensiones, imaginaciones, miedos, persuadido de que no de medicinas ni de médicos sino prin­cipalmente de Mí vendrán la enfermedad y el remedio.

 

Familia

Padres, cónyuges, hijos, hermanos, pa­rientes. Hay personas que no hallan difi­cultad en ofrecérseme a sí mismos, pero a veces se resisten a poner resueltamente en mis manos algún miembro especial de su familia a quien mucho aman. No parece sino que voy a matar in continenti todo cuanto a mi bondad se confíe. ¡Qué concepto tan pobre tienen de Mí! A veces dicen que en sí no tienen dificultad en sufrir, pero que no quisieran ver sufrir a esa persona; creen que consagrarse a Mí y comenzar a sufrir todos cuantos les rodean, son cosas inseparables. ¿De dónde habrán sacado esa idea? Lo que sí hace la consagración sincera es suavizar mucho las cruces que todos tenéis que llevar en este mundo.

 

Bienes de fortuna

Fincas, negocios, carrera, oficio, empleo, casa, etc. Yo no exijo que las almas que me aman abandonen estas cosas, a no ser que las llame al estado religioso. Todo lo contrario: deben cuidar de ellas, ya que constituyen una parte de las obligaciones de su estado. Lo que pido es que las pongan en mis manos, que hagan lo que buenamente puedan a fin de que tengan feliz éxito, pero el resultado me lo reserven a Mí sin angustia, ni zozobras, ni desesperaciones.

 

Bienes espirituales

Ya sabes que todas las acciones virtuosas que ejecutas en estado de gracia, y los sufragios que después de tu muerte se ofrezcan por tu descanso, tienen una parte a la cual puedes renunciar a favor de otras personas, ya vivas, ya difuntas. Pues bien, hijo mío: desearía que de esa parte me hicieras donación plena, a fin de que Yo la distribuya entre las personas que me pareciere bien. Yo sé mejor que tú en quiénes precisa establecer mi reinado, a quiénes hace más falta, en dónde surtirá mejor efecto, y así podré repartirla con más provecho que tú. Pero esta donación no es óbice para que ciertos sufragios que o la obediencia, o la caridad, o la piedad piden en algunas ocasiones, puedas ofrecerlos tú.

Todo, pues, has de entregármelo con entera confianza, para que Yo lo administre como me parezca bien; y aunque no debes hacerlo con miras interesadas, ya verás cómo, a pesar de que en ocasiones sueltas pondré a prueba tu confianza haciendo que salgan mal, sin embargo, en conjunto tus asuntos han de caminar mejor; tanto mejor cuanto fuere el interés con que tú tomes los míos. Cuanto más pienses tú en Mí, más pensaré Yo en ti; cuanto más te preocupes de mi gloria, más me preo­cuparé de la tuya; cuanto más trabajes por mis asuntos, más trabajaré por los tuyos. Tienes que procurar, hijo mío, ser más desinteresado. Hay algunas personas que sólo piensan en sí; su mundo espiritual es un sistema planetario en el cual ellos ocupan el centro, y todo lo demás, incluso mis intereses —al menos en la práctica—, son especie de planetas que giran alrededor; este egocentrismo interior es mal sistema astronómico.

No quiere decir lo dicho que no se pueda pedir al Sagrado Corazón por nues­tros intereses, pero se ha de hacer así:

a) O pidiendo simplemente por tal o cual necesidad propia o ajena sin ofrecer ninguna obra buena por eso, y diciéndole al Corazón Divino que sólo queremos que nos oiga si es para el aumento de su reinado; pero que si lo que suplicamos es indiferente a su gloria solamente deseamos que haga su voluntad. La razón de esto es que el alma verdaderamente consagrada sólo anhela el reinado del Sagrado Corazón, según el com­promiso. Y no se vaya a pensar que por abandonarse a Él van a dejar de importarnos esas necesidades, sino que por interesarnos mucho las dejamos en las mejores manos, confiando siempre en que Él nos dará lo que más nos convenga, aunque aparentemente a veces sea al contrario, pues Él no puede querer sino nuestro bien. Además, la con­fianza es lo que más lo compromete en nuestro favor. En resumen: busquemos su reinado en todo, y sólo su reinado, y con­fiemos en que Él nos proporcionará lo mejor.

b) La otra manera de lograr un favor del cielo es ofreciendo por ello el mérito de una obra buena hecha en gracia (Santa Misa, comunión, etc.); pero, como quien se consagra ofrece ese mérito al Corazón de Jesús, solo por caridad, cortesía u obligación —como ya se dijo— podemos disponer de él, pidiendo por una necesidad, en esa for­ma; y en tal caso decirle al Sagrado Corazón que si no es de su agrado, haga y disponga como le parezca mejor.

No es contra el espíritu de esta primera parte de la consagración el pedir al Sagrado Corazón que nos purifique más y más de nuestras culpas, para que reinando mejor en nosotros podamos trabajar más eficaz­mente por su reinado en los demás; que nos llene de todas las virtudes; que lleve pronto al Cielo tal o cual alma del Purgatorio etc., pero sin ofrecer ninguna obra por esas intenciones, contentándonos con encomendarlas, llenos de confianza en la voluntad del Divino Corazón.

 

SEGUNDA PARTE

Hijo mío, hemos llegado con esto a la segunda parte de la consagración: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas”. Esta es la parte para ti más importante, porque en rigor es la propiamente tuya. La anterior era la mía; si en ella te pedí aquella entrega de todo, era con el fin de tener las manos libres para cumplir la parte del convenio que me toca; mas la tuya, en la que debes poner toda la decisión de tu alma, la que ha de formar el termómetro que marque los grados de tu amor para conmigo, es la presente: cuidar de mis santos intereses.

¿Sabes cuáles son mis intereses? Yo, hijo mío, no tengo otros que las almas: éstas son mis intereses y mis joyas y mi amor; quiero, como decía a mi sierva Mar­garita, “establecer el imperio de mi Amor” en todos los corazones. No ha llegado todavía mi reinado; hay de él cierta extensión externa en las naciones católicas, pero ese reinado hondo, por el cual el amor para conmigo sea el que, no de nombre sino de hecho, mande, gobierne e impere establemente en el alma; ese reinado ¡qué poco extendido está aún en los pueblos cristianos! Y no es que el terreno falte; son numerosas las almas preparadas para ello, y cada día serán más; lo que faltan son apóstoles; dame un corazón tocado con este divino imán, y verás qué pronta­mente quedan imantados otros.

 

Maneras de apostolado

¡Qué fácil es ser apóstol! No hay edad, ni sexo, ni estado, ni condición que puedan decirse ineptos. ¡Son tantos los medios de trabajar! Míralos:

 

1º La oración. O sea, pedir al Cielo mi reino continuamente; pedirlo a mi Padre, pedírmelo a Mí, a mi Madre, a mis santos. Pedirlo en la Iglesia, en la calle, en medio de tus ocupaciones diarias. “¡Que reines, Corazón Divino!”. Esta ha de ser la excla­mación que en todo el día no se caiga de tus labios; repítela diez, veinte, cincuenta, cien, doscientas veces por día, hasta que se te haga habitual; busca mañas e indus­trias para acordarte. ¿Quién no puede ser apóstol? ¡Y qué buen apostolado éste de oración por instantáneas! Dame una mu­chedumbre de almas lanzando de continuo estas saetas, y dime si no harán mella en el Cielo; son moléculas de vapor que se elevan, forman nubes y se deshacen después en lluvia fecunda sobre el mundo.

 

2º El sacrificio. Primero pasivo o de aceptación. ¡Cuántas molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores a veces pequeños, a veces grandes, suelen sobrevenirnos a todos, como me sobrevinieron a Mí, a mi Madre y a mis santos! Pues bien, todo eso llevado en silencio, con paciencia y aun con alegría si puedes; todo eso ofrecido porque reine, ¡qué apostolado tan rico! Hijo mío, la Cruz es lo que más vale, porque es lo que más cuesta. ¡Cuántas cruces se estropean tristemente entre los hombres!

¡Y son joyas tan preciosas! En segundo lugar, el sacrificio activo, o de mortificación. Procura habituarte al vencimiento frecuente en cosas pequeñas, práctica tan excelente en la vida espiritual. Vas por la calle y te asalta el deseo de mirar tal objeto, no lo mires; tendrías gusto en probar tal golosina, no la pruebes; te han inculpado una cosa que no has hecho, y no se sigue gran perjuicio de callarte, cállate; y así en casos parecidos, y todo porque Yo reine.

Y si tu generosidad lo pide, puedes pasar a penitencias mayores. Ya ves ¡qué campo de apostolado se presenta ante tus ojos! Y éste ¡sí que es eficaz!

 

3º Ocupaciones diarias. Algunas personas dicen que no pueden trabajar por el reinado del Corazón de Jesús por estar muy ocupa­das; como si los deberes de su estado, las obligaciones de su oficio y sus quehaceres diarios, hechos con cuidado y esmero, no pudieran convertirse en trabajos apostólicos. Sí, hijo mío; todo depende de la intención con que se hagan. Una misma madera puede ser trozo de leña que se arroje en una hornilla o devotísima imagen que se ponga en un altar. Mientras te ocupas en eso, procura muchas veces levantar a Mí tus ojos y como saborearte en hacerlo todo bien, para que todas tus obras sean mone­das preciosísimas que caigan en la alcancía que guardo para la obra de mi reinado en el mundo. Debes también esforzarte, aunque con paz, por ser cada día más santo, porque cuanto más lo seas, tendrá mayor eficacia lo que hicieres por mi gloria.

 

4º La Propaganda. A veces podrías prestar tu apoyo a alguna empresa de mi Corazón Divino; recomendar tal o cual práctica a las personas que están a tu alrededor, ganarlas, si puede ser, a fin de que se entreguen a Mí como te entregaste tú. Y si tienes dificultad en hablar, una hoja o un folleto no la tienen; dalo o recomiéndalo; colócalo otras veces en un sobre, y envíalo de misión a cualquier punto del globo.

¡Cuántas almas me han ganado donde menos se pensaba estos misioneros errabundos!

¡Ya ves que sí existen maneras de trabajar por mi reino! Si no luchas, no será por falta de armas. No hay momento en todo el día en que no puedas manejar alguna de ellas. Debes imitar al girasol o al helio tropo, que miran sin cesar al astro–rey. Es muy fácil ser mi apóstol. Y ¡qué cosa tan hermosa! ¡Una vida de continuo iluminada por este ideal esplendoroso! ¡Todas las obras del día convertidas en oro de caridad! A la hora de la muerte ¡qué dulce será, hijo mío, echar una mirada hacia atrás y ver cinco, diez, veinte o más años de trescientos sesenta y cinco días cada uno, pasados todos los días así!

 

5º La reparación. ¿Quieres amarme de veras? Dos cosas hace el amor: procurar a quien se ama todo el bien de que carezca y librarlo del mal que sobre él pesare. Con el apostolado me procuras el bien, me das las almas; con la reparación me libras del mal, lavas mi divino honor de las manchas que le infieren los pecados. Sí, hijo mío, puede una injuria borrarse dando una satisfacción. Y ¡cuántas podrías tú darme no sólo por tus pecados sino por los in­finitos que cada día se cometen! Yo no quiero agobiarte con mil prácticas; las mismas oraciones, sacrificios, acciones de cada día, y propaganda entusiasta, que sirven de apostolado, sirven de reparación, si se hacen con esta intención. “¡Que reines!”, “Perdónanos nuestras deudas”, “¡Porque reines!”, “En reparación por lo que te ofendemos, Señor”, han de ser jaculatorias que siempre estén en tus labios. Dos oficios principales tuve en mi vida terrestre: el de Apóstol que funda el reino de Dios, y el de Sacerdote y Victima que expía los pecados de los hombres. Quiero que los mismos tengas tú. Con la devoción a mi Corazón Divino, pretendo hacer de cada hombre una copia exacta mía, un pequeño redentor. ¡Qué sublime y qué hermoso para ti!

 

CONCLUSIÓN

¡Animo, pues; lánzate! Si mil personas lo han hecho y eran de carne y hueso como tú. Escoge un día de fiesta, el primero que llegue; te vas preparando mientras tanto con lectura reposada de todas estas ideas; llegado el día escogido, te confiesas y comul­gas con fervor, y cuando dentro de tu pecho me tuvieres es la mejor ocasión de hacer tu consagración. Para facilitarte el trabajo, y porque es muy necesario que la consagración sea completa, ya que ha de constituir todo un programa de vida, tienes abajo un esbozo con todas las ideas nece­sarias. Pero repito, hijo mío, que no te asustes; no te obliga nada de eso ni a pecado venial; quiero anchura de corazón, generosi­dad y amor; sólo pido que te resuelvas a hacer por cumplirla lo que puedas buena­mente. ¿Quién no puede hacer lo que buenamente pueda?

Después no te olvides de volverla a renovar cada día en la Iglesia o en tu casa, porque el hacerla a diario es punto muy importante; si no la renuevas cada día, pronto la abandonaras; si la renuevas acaba­rás por cumplirla. Así lo hagas, hijo mío. Si con decisión abrazas este santo camino, ¡qué brisa primaveral, qué torrente de san­gre joven y vigorizante advertirás en tu alma!

Y ahora, hijo mío, dos consejos, para terminar. Uno es que procures no olvidarme en el Sagrario. Me agrada el culto a mi imagen, pero más vale mi Persona que mi imagen. La Eucaristía es mi Sacramento, porque es el del Amor. Yo quisiera que me recibieses con alguna más frecuencia y quisiera también verte alguna vez entre día; ¡no sabes lo que agradezco estas visi­tas de amigo! El otro consejo es que pro­cures, si es posible, sacar un ratito al día, para leer y meditar cosas de mi Corazón; de este modo poco a poco irás abriendo la concha, en que se guarda la perla de esta devoción divina.

CONSAGRACIÓN

 

¡Sacratísima Reina de los Cielos y Madre mía amabilísima! Yo, N. N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin em­bargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero conociendo bien mi indignidad e inconstan­cia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuida­dos el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

 

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y amor: gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de “cuidar Tú de mí y yo de Ti”, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo: todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mí ofrecieren otros en vida o después de muerto; por si de algo pue­de servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

Quiero, en cambio, Corazón amabi­lísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más: bien, quisiera hacer mucho, para que reines en el mundo; quiero, con oración larga o ja­culatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis pequeños vencimientos, y en fin, con la propaganda, no estar, a ser posible, un momento sin ha­cer algo por ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado y tu gloria, hasta mi postrer aliento, que ¡ojala! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervientísimo. Amén.

 

 

 

NIHIL OBSTAT. José Restrepo, Pbro.

IMPRIMATUR. Ernestus Solano, Pbro. Vic. Gen.

Bogotae, 1 junii, 1962. Reg. L. Resp., Fol. 68, No. 982.

 

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Prioridades

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 10, 2012


Una de las verdaderas causas de estrés es el no darle, en nuestras mentes, la importancia que tienen las cosas, las circunstancias y las personas en nuestras vidas.

Con frecuencia, por ejemplo, anteponemos cosas superfluas a las trascendentales o les damos más interés a circunstancias secundarias o le dedicamos más tiempo a personas menos allegadas que a los seres queridos…

Se da también el caso de quienes tienen una desavenencia con un amigo, y no valoran el apoyo que recibe en su propio hogar.

Hay quienes se amargan el día porque no pueden ir a tomarse unos tragos y departir con sus amigos, pues los requieren asuntos de trabajo o familiares

Otros se angustian mucho ante la inminencia de una dificultad económica, pero olvidan que lo más importante —su salud espiritual, psicológica y biológica— está bien.

Por otra parte, es común observar cuánto se pierde diariamente al dedicar tiempo y esfuerzos a cosas triviales, dejando de lado las cosas que nos harían realmente felices.

Y todo esto obedece a que no tenemos ordenadas las ideas.

Lo más importante en un ser humano es que posee un alma espiritual, que está destinado a ser eternamente feliz; que esta vida es un paso, «una mala noche en una mala posada», como dijo santa Teresa de Ávila. Por lo tanto, la mejor inversión (de tiempo, de esfuerzo, de dedicación) es la que se haga para lograr esa trascendental meta.

En segundo lugar está la familia, sus seres queridos: el amor que logre construir. Con ese empuje e inspiración podrá proyectar ideales altos y soportará cualquier penalidad.

Luego, es necesaria la salud. Con ella se puede trabajar y dar el máximo de las capacidades para llegar a ver hechas realidad las metas que se proponga.

Después de estas preferencias están las otras personas, circunstancias y cosas de la vida de un ser humano.

Como resumen, el siguiente cuadro podrá servir para ordenar la vida humana por prioridades y, sobre todo, para elegir en cuál área trabajar primero para forjar nuestro bienestar:

 

  1. Mi salvación eterna y la de mis seres queridos
  2. Mi relación con mis seres queridos
  3. Mi salud y la de mis seres queridos
  4. Mis necesidades materiales
  5. Mis relaciones con los otros familiares
  6. Mis amistades
  7. Mis gustos personales

 

Confronte con su propia vida las cosas que de esta lista ya posee, las que necesita mejorar o reforzar y las que le hace falta implementar. Y comience hoy mismo.

Póngase metas diarias, semanales, mensuales y anuales; revise a diario cómo va el mejor negocio de su vida: su propia felicidad.

 

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Ciclo A, XXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 5, 2011

El miedo a la cruz

El Evangelio de hoy nos cuenta que Jesucristo comenzó a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén, y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley lo iban a hacer sufrir mucho. Que incluso debía morir y que resucitaría al tercer día.

Uno de los profetas, Jeremías, se queja: «Todo el día soy el blanco de sus burlas, toda la gente se ríe de mí. Pues me pongo a hablar con amenazas, no les anuncio más que violencias y saqueos. La palabra del Señor me acarrea cada día humillaciones e insultos».

Pablo, por su parte, nos ruega que, por la gran ternura de Dios, le ofrezcamos nuestra propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarlo; y afirma que un culto así conviene a criaturas que tienen juicio. Dice: «No sigan la corriente del mundo en que vivimos, sino más bien transfórmense a partir de una renovación interior. Así sabrán distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto».

Las tres lecturas, pues, nos dejan entrever que sin sacrificio no saldremos del egoísmo en que nos movemos. Pero la corriente del mundo en que vivimos es totalmente diferente: se erige el placer a toda costa y se le tiene miedo a hacer cualquier sacrificio por los demás; y eso es indiferencia total ante el mal ajeno.

La humanidad se ha convertido así en una multitud de seres solitarios. Para construir una familia, como Dios quiere, la cruz de cada día que Jesús nos dice que tomemos para seguirlo es la de pensar nuestro hermano y trabajar por él. Esa que hace que el «tú» sea más importante que mi «yo», y que me lleva a servir a los demás, a tratar de hacerlos felices y, así, mejorar este mundo, ideal que no se puede lograr sin miedo a la cruz.

La felicidad seguirá siendo una utopía si queremos conseguirla solamente para nosotros y para nuestro pequeño círculo de seres queridos.

Dios mismo nos muestra el camino: sigámoslo.

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Ciclo A, La Sagrada Familia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 29, 2010

Un hogar como el de Nazaret

«El que respeta a su padre obtiene el perdón de sus pecados; el que honra a su madre se prepara un tesoro. Sus propios hijos serán la alegría del que respeta a su padre; el día en que le implore, el Señor lo atenderá.» Así comienza la liturgia del día de hoy, al ofrecernos el ejemplo de la Sagrada Familia para nuestras familias.

Y las promesas continúan en el texto de la primera lectura.

¿Hacemos todo lo que hoy nos dice san Pablo en nuestras familias? ¿Nos tratamos con compasión tierna, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia? ¿Nos soportamos y perdonamos unos a otros si alguno tiene motivo de queja contra otro? Todo lo que, en el hogar, decimos o hacemos, ¿lo hacemos en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él?

La segunda lectura nos da las reglas para hacer de la nuestra una familia feliz:

  • Maridos que amen a sus esposas en una entrega total, sin reservas egoístas, como Cristo amó a su esposa (hasta la muerte) y no les amarguen la vida.
  • Y si así actúan los maridos, las esposas, con un marido que las ama como Cristo amó a la Iglesia, se someterán a él como conviene entre cristianos.
  • Hijos que obedezcan a sus padres en todo, porque eso es lo correcto entre cristianos.
  • Padres que no sean pesados con sus hijos, para que no se desanimen.

Así nuestro hogar será como el de aquella hermosa morada de Nazaret, en donde vivía un Niño–Dios, lleno de amor por los hombres, que se derretía en detalles y trabajos con su Madre y con su padre adoptivo; una Madre tan excelsa, que estaba sin la más pequeña mancha de pecado y que, por lo tanto, amaba —y ama a sus hijos— con un amor que ninguna criatura puede alcanzar, y que se desvive para hacer la misión que su Hijo le confió: ser nuestra Madre; y, por último, José, un padre honesto, casto, trabajador, amoroso y respetuoso como ninguno…

¿Quién no querría un hogar así?

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Ciclo C, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2010

¿Cuál es tu tesoro?

 

«Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón», dijo Jesús, y eso es lo que siempre hemos hecho: poner el corazón en lo que creemos más importante.

Y no solo ponemos el corazón, sino que trabajamos duro hasta conseguirlo, aplicamos todas nuestras fuerzas, usamos toda nuestra inteligencia y sagacidad: hay que ver cuánto esfuerzo ponemos para lograr el amor de una persona, los trabajos a los que nos sometemos y las penas que pasamos para ganar el dinero que creemos necesitar…

Habría que preguntarnos si ponemos el mismo ahínco para ganarnos la felicidad eterna en el Cielo.

De esto tratan las lecturas de hoy: la Carta a los hebreos afirma que la fe es como aferrarse a lo que se espera (la dicha eterna), y que es tener la certeza de cosas que no se pueden ver: el llamado que Dios nos hace a ese estado de felicidad.

El libro de la Sabiduría, por su parte, nos enseña que eso mismo había sido anunciado a nuestros padres (los primeros seguidores del Dios verdadero), para que supieran valorar sus promesas y depositaran en ellas su confianza.

En el Evangelio nos dice Jesús que no debemos temer nada, pues al Padre le agradó darnos el Reino, la plena felicidad, nuestro tesoro, el verdadero tesoro.

Y añade: Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas; sean como personas que esperan que su patrón regrese de la boda para abrirle apenas llegue y golpee a la puerta. Todo esto significa que debemos ocuparnos más en nuestro auténtico tesoro que en las cosas temporales, pues nos ha prometido que si, al llegar el Señor, nos encuentra cumpliendo nuestro deber, seremos eternamente felices.

Pero debemos preguntarnos: ¿Cómo estamos administrando lo que recibimos de Dios: riquezas, cultura, familia, salud, oportunidades, etc.? ¿Las usamos para nosotros, egoístamente, o las ponemos al servicio de los demás? Debemos recordar que al que se le ha dado mucho se le exigirá mucho.

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Ciclo C, V domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 15, 2010

¡Y se realizó el milagro!

 

Era quizá el más viejo de todos los apóstoles. Había pasado toda su vida pescando; aunque empírico, era uno de los mejores. Sabía cómo, cuándo y dónde pescar. Simón Pedro tenía toda la experiencia. Jesús, en cambio, había sido carpintero y era ahora predicador.

Precisamente, este ignorante en las lides de la pesca, después de enseñar a la gente desde la barca de Simón, le ordena remar mar adentro y echar las redes.

«Maestro, nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Y al poco tiempo ¡se reventaba la red por tan gran pesca!

Si hacemos caso a las palabras de Jesús ¡veremos milagros! Sí. Como los de entonces. «Todo es posible para el que cree», dijo una vez el que es la misma Verdad. También nosotros podremos hacer cosas que parecen imposibles, tan solo si la fe en nosotros es total. Y obtener de Dios cosas que parecen imposibles.

Que vivamos de la fe, que sea nuestro móvil en nuestra vida personal y familiar, en el trabajo y en las relaciones sociales…

Y también en el apostolado: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres», para llevarlos hacia le felicidad auténtica: en el Cielo, y también aquí.

Así entenderemos plenamente la verdad más asombrosa de todas: «que Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día […]; que se le apareció a Cefas y más tarde a los doce». Que fue el primero en vencer a la muerte, y que nos invita a que la venzamos también, es decir, que no muramos eternamente en el Infierno, sino que cambiemos de casa: que pasemos de esta tierra al Cielo.

Dejemos a un lado el desmedido apetito por las cosas materiales y por los placeres, dejemos tanto amor propio, dejemos de creer que la fama, la honra, el quedar bien ante los demás, nos dará la felicidad, pues nada de eso nos lleva a Dios: Hagamos como los apóstoles que, «dejándolo todo, lo siguieron».

   

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Ciclo B, VI domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 26, 2009

La esencia del cristianismo

 

«Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios», nos dice hoy san Juan en la segunda lectura. Y añade: «El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor».

Al ver el mundo nos encontramos con una realidad innegable. El porcentaje de quienes no aman es muy alto; basta ver las noticias diarias para corroborarlo: aunque se ve el bien, parece que aquello que se dijo alguna vez es verdad: el hombre es un lobo para el hombre. El mal cunde por todas partes y los intereses particulares (casi siempre egoístas) están por encima de los de nuestros prójimos.

En la familia ocurre lo mismo: no estaría la sociedad enferma si no lo está su célula: las separaciones conyugales, la dispersión familiar, los problemas afectivos y emocionales, la soledad, etc., son cada vez más frecuentes

Conclusión fácil de sacar: todavía el mundo no ha conocido a Dios.

Sigue diciendo san Juan: «Miren cómo se manifestó el amor de Dios entre nosotros: Dios envió a su Hijo único a este mundo para que tengamos vida por medio de Él». Y en el Evangelio leemos: «Dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor».

Y, ¿Cómo nos amó Jesús? Él mismo responde: «Como yo los he amado», dando la vida por nosotros.

Podemos preguntarnos: ¿Damos la vida por alguien? Y la respuesta ya la sabemos: solo quienes se gastan en el servicio desinteresado por los demás están cumpliendo el verdadero sentido del cristianismo. Y son pocos.

San Pedro, en la primera lectura dijo: «Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas». Esto quiere decir que tenemos que enseñarle a amar al mundo entero.

Y, ¿cómo? Con la única manera de hacerlo: con el ejemplo. El Hijo de Dios fue claro: «Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando».

Si no comenzamos hoy y ahora, ¿cuándo lo vamos a hacer?

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Ciclo B, II domingo de Pascua o día de la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2009

Misericordia aquí

 

Nos cuentan los Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común.

Es lo que Dios quiere: una familia. Él no pensó en una democracia, una monarquía, anarquía, comunismo, socialismo…, todos inventos de la reducida inteligencia humana; y, por supuesto, todos con defectos, fallos, imperfecciones.

Entre otras cosas, a eso vino a la tierra: a fundar una familia en la que Dios es el Padre, y nosotros sus hijos —misericordiosos como Él— hermanos los unos de los otros, por quienes seríamos capaces de hacer cualquier cosa: quiere que en esta familia cada uno compita en el amor, esto es, en el servicio.

Y, ¿cómo aseguraremos que semejante “utopía” pueda llevarse a cabo? En primer lugar, porque sabemos que esa no es obra humana sino divina: será Él quien la forjará, en el momento preciso de la historia, con su fuerza todopoderosa.

El alma de semejante familia está descrita en la carta de san Juan que leímos hoy: “Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios. Si amamos al que da la vida, amamos también a quienes han nacido de Él; y por eso, cuando amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, con toda certeza sabemos que amamos a los hijos de Dios”.

Quizá nos parecerá todavía algo imposible, pues sabemos que nuestras fuerzas son ínfimas, si las comparamos con la empresa que nos propone, pero sabemos que “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo”, y la victoria en que el mundo ha sido vencido es nuestra fe en Jesús.

Tomás no tuvo esa fe en Jesús. Tal vez estemos como Tomás: todavía no creemos que Jesús nos diga: “Como el Padre me envío a mí, así los envío Yo” a formar una familia en la que reine mi misericordia, una familia que va —unida— hacia el Cielo.

En cambio, ¡felices los que tienen esa fe en Jesús, los que sin haber visto creen!

 

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Ciclo B, La Sagrada Familia

Posted by pablofranciscomaurino en enero 2, 2009

 

 

 

 

La salvación de la humanidad

 

Para no repetir las mismas lecturas del año anterior, este año B se nos recomienda que meditemos en los capítulos 15 y 21 del Génesis, en donde se nos cuenta que Abraham creyó al Señor y su esposa Sara, vieja —como él— y estéril, quedó embarazada, y con ello se inició una descendencia como el número de las estrellas del firmamento y, según la segunda lectura, la carta a los Hebreos, como la arena incontable de las playas.

Añade este libro sagrado que Abraham pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos, y así recobró a Isaac como figura del futuro.

Esta fe es una muestra de la que debemos tener en toda ocasión y circunstancia, en nuestras familias, tal y como la vivieron los miembros de la Familia de Nazaret.

Por eso, estos tres seres humanos —uno también divino— se nos presentan como el paradigma de la familia cristiana: la vida doméstica más ejemplar de todas cuantas ha habido, hay o habrá.

Por eso, vale la pena que revisemos nuestra fe. ¿Actuamos de acuerdo con ella? ¿Confiamos infinitamente en Dios en cualquier circunstancia, como lo hacían Jesús, María y José? O, por el contrario, ¿nos angustiamos cuando en el hogar falta lo necesario?, ¿cuándo hay problemas conyugales?, ¿cuándo no salen las cosas como queríamos?…

Si vivimos esa fe, con la gracia de Dios —que no faltará—, nuestros hijos crecerán y se desarrollarán, como Jesús, llenos del don de la sabiduría, y la gracia de Dios permanecerá con ellos.

Así, cuando lleguen a la edad madura, serán mujeres y hombres de bien, llenos del Espíritu Santo, de sus dones y de sus frutos, ciudadanos anticipados del Cielo y ejemplo de vida cristiana en la tierra.

Con hombres así, ya no habrá familias enfermas psicológicamente y, ya que la célula de la sociedad estará sana, sana también será la humanidad. Esto es lo que quiere Dios y nos da la gracia suficiente para lograrlo.

  

 

 

 

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¿Somos discípulos de Jesús?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2008

 

Los cristianos, es decir, los que creen en Cristo, se dividen en 4 grandes grupos: los católicos, los cristianos orientales, los protestantes o evangélicos reformados y los anglicanos/episcopalianos.

Esa división es dolorosa: se atacan verbal y aun físicamente, y hasta se matan unos a otros.

Hace mucho tiempo, verifiqué algo de eso cuando buscaba con quién instruirme más acerca de la vida y obra de san Francisco de Asís. Un día, oí a un sacerdote que predicaba y que nombraba con frecuencia al pobrecillo de Asís. Lo abordé y le pregunté si era franciscano. Me respondió: «Yo amo mucho a Francisco, pero no amo a los franciscanos». En ese momento comprendí qué tan lejos estaba ese cura del espíritu franciscano… ¡Qué desilusión!

Y Jesucristo dijo precisamente lo contrario: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros». (Jn 13, 35)

Es sencillo y simple, entonces, deducir que si atacamos de una u otra forma a otros cristianos no seremos reconocidos como discípulos de Jesús.

No seremos reconocidos como discípulos de Jesús si somos miembros del grupo de oración de nuestra parroquia y criticamos a los de otra parroquia; si afirmamos que los franciscanos renovados son extremistas, al vivir en esa pobreza absoluta; si censuramos al Minuto de Dios y a todos los movimientos católicos carismáticos; si juzgamos fascistas a los integrantes de Tradición, Familia y Propiedad (TFP); si dudamos de la procedencia del dinero con que se mantiene Radio María; si calificamos a la asociación María Santificadora como “un grupo de fanáticos”; si calumniamos a los frailes menores de la iglesia de la Porciúncula —en Bogotá— diciendo que son los dueños del centro comercial que queda a su lado; si la emprendemos contra un párroco que nos cobró un servicio, porque “está llenándose de plata con las cosas de Dios”; si tildamos al Opus Dei como rígido y excesivamente conservador; si solo hablamos de los sacerdotes para destacar sus defectos; si hablamos de la Iglesia para reprocharla por las riquezas que posee en el Vaticano o en el mundo entero; si en los grupos de oración o de apostolado criticamos a nuestros compañeros porque “no se merecen el puesto que les han dado” o porque “no tiene las cualidades para realizar esa labor”; si no somos capaces de soportar los defectos de nuestros compañeros de fe; si destacamos la ineficacia de la labor apostólica de otro; si hacemos juicios a los sacerdotes o, peor, a los obispos o al Papa; si manifestamos pensamientos que desunen a los católicos; si hablamos de sacerdotes de “avanzada” o “retrógrados”…

Los discípulos de Jesús son los que unen, los que excusan siempre a los demás, los que tratan de ocultarles las fallas, los que los perdonan anticipadamente porque se sienten hermanos, los que dejan los juicios a Dios…; en fin, los que cuando no pueden alabar, callan.

Ánimo, discípulos de Jesús, ¡a amar!, ¡de verdad!, ¡con hechos!, ¡como Jesús!

Para dejar este defecto, Él mismo nos da el remedio: «Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la Vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno». (Mt 18, 8-9) ¡Mordámonos la lengua para hablar de cualquier ser humano, pero hagámoslo más duro si se trata de un hermano!

Además, el nuestro no es “el” camino. De hecho, hay muchos: la infinita sabiduría de Dios ha suscitado múltiples movimientos apostólicos religiosos o seculares, porque así lo ha querido. Pero todos esos caminos deben distinguirse por algo muy particular. Y Jesús fue claro en eso: «En que os amáis los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus discípulos, sino que vino a llamar a todos, hasta a los pecadores.

¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos equivocados? ¿Nos atreveríamos a afirmar que son pecadores? ¡Nos equivocamos también nosotros tantas veces! Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no pensaríamos, hablaríamos y actuaríamos como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros en esas circunstancias? Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros ¡está con nosotros!

Ese ejemplo es Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia; sino obras, las que nos pide Dios. Y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos; amor ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21)

  

 

 

 

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