Hacia la unión con Dios

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¿Somos discípulos de Jesús?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2008

 

Los cristianos, es decir, los que creen en Cristo, se dividen en 4 grandes grupos: los católicos, los cristianos orientales, los protestantes o evangélicos reformados y los anglicanos/episcopalianos.

Esa división es dolorosa: se atacan verbal y aun físicamente, y hasta se matan unos a otros.

Hace mucho tiempo, verifiqué algo de eso cuando buscaba con quién instruirme más acerca de la vida y obra de san Francisco de Asís. Un día, oí a un sacerdote que predicaba y que nombraba con frecuencia al pobrecillo de Asís. Lo abordé y le pregunté si era franciscano. Me respondió: «Yo amo mucho a Francisco, pero no amo a los franciscanos». En ese momento comprendí qué tan lejos estaba ese cura del espíritu franciscano… ¡Qué desilusión!

Y Jesucristo dijo precisamente lo contrario: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros». (Jn 13, 35)

Es sencillo y simple, entonces, deducir que si atacamos de una u otra forma a otros cristianos no seremos reconocidos como discípulos de Jesús.

No seremos reconocidos como discípulos de Jesús si somos miembros del grupo de oración de nuestra parroquia y criticamos a los de otra parroquia; si afirmamos que los franciscanos renovados son extremistas, al vivir en esa pobreza absoluta; si censuramos al Minuto de Dios y a todos los movimientos católicos carismáticos; si juzgamos fascistas a los integrantes de Tradición, Familia y Propiedad (TFP); si dudamos de la procedencia del dinero con que se mantiene Radio María; si calificamos a la asociación María Santificadora como “un grupo de fanáticos”; si calumniamos a los frailes menores de la iglesia de la Porciúncula —en Bogotá— diciendo que son los dueños del centro comercial que queda a su lado; si la emprendemos contra un párroco que nos cobró un servicio, porque “está llenándose de plata con las cosas de Dios”; si tildamos al Opus Dei como rígido y excesivamente conservador; si solo hablamos de los sacerdotes para destacar sus defectos; si hablamos de la Iglesia para reprocharla por las riquezas que posee en el Vaticano o en el mundo entero; si en los grupos de oración o de apostolado criticamos a nuestros compañeros porque “no se merecen el puesto que les han dado” o porque “no tiene las cualidades para realizar esa labor”; si no somos capaces de soportar los defectos de nuestros compañeros de fe; si destacamos la ineficacia de la labor apostólica de otro; si hacemos juicios a los sacerdotes o, peor, a los obispos o al Papa; si manifestamos pensamientos que desunen a los católicos; si hablamos de sacerdotes de “avanzada” o “retrógrados”…

Los discípulos de Jesús son los que unen, los que excusan siempre a los demás, los que tratan de ocultarles las fallas, los que los perdonan anticipadamente porque se sienten hermanos, los que dejan los juicios a Dios…; en fin, los que cuando no pueden alabar, callan.

Ánimo, discípulos de Jesús, ¡a amar!, ¡de verdad!, ¡con hechos!, ¡como Jesús!

Para dejar este defecto, Él mismo nos da el remedio: «Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la Vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno». (Mt 18, 8-9) ¡Mordámonos la lengua para hablar de cualquier ser humano, pero hagámoslo más duro si se trata de un hermano!

Además, el nuestro no es “el” camino. De hecho, hay muchos: la infinita sabiduría de Dios ha suscitado múltiples movimientos apostólicos religiosos o seculares, porque así lo ha querido. Pero todos esos caminos deben distinguirse por algo muy particular. Y Jesús fue claro en eso: «En que os amáis los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus discípulos, sino que vino a llamar a todos, hasta a los pecadores.

¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos equivocados? ¿Nos atreveríamos a afirmar que son pecadores? ¡Nos equivocamos también nosotros tantas veces! Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no pensaríamos, hablaríamos y actuaríamos como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros en esas circunstancias? Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros ¡está con nosotros!

Ese ejemplo es Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia; sino obras, las que nos pide Dios. Y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos; amor ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21)

  

 

 

 

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¿Actuamos como católicos?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

 

Se citaron en el Capitolio a los defensores de la vida y a los promotores del aborto para un debate sobre el nuevo Proyecto de Ley.

Hubo vehemencia, indirectas, frases soterradas, estadísticas erróneas, y hasta irrespeto. El público, desatendiendo la indicación de la presidencia, elevó fotografías de abortos, puso pancartas, aplaudió y voceó…

 

Para defender nuestros criterios hay muchas armas. Pero no de todas nos podemos valer:

«No salga de sus bocas ni una palabra mala, sino la palabra que hacía falta y que deja algo a los oyentes. No entristezcan al Espíritu Santo de Dios; este es el sello con el que ustedes fueron marcados y por el que serán reconocidos en el día de la salvación. Arranquen de raíz de entre ustedes disgustos, arrebatos, enojos, gritos, ofensas y toda clase de maldad. Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo.» (Ef 4, 29-32)

 

Y, cuando nos agreden o nos tratan de engañar con mentiras, estadísticas falsas o verdades a medias, debemos actuar como san Pedro y san Pablo nos enseñaron:

«No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien bendigan, pues para esto han sido llamados; y de este modo recibirán la bendición.» (1Pe 3, 9)

«Cuiden que nadie devuelva a otro mal por mal, sino constantemente procuren el bien entre ustedes y con los demás.» (1Tes 5, 15)

«Si nos insultan, bendecimos; nos persiguen y lo soportamos todo.» (1Co 4, 12b)

 

Aun cuando tengamos la verdad:

«Bendigan a quienes los persigan: bendigan y no maldigan. […] No busquen grandezas y vayan a lo humilde; no se tengan por sabios. No devuelvan a nadie mal por mal, y que todos puedan apreciar sus buenas disposiciones.» (Rm 12, 14-17)

 

Al contrario, soportemos y perdonemos todo:

«Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo.» (Col 3, 13)

 

Y hagámoslo todas las veces que sea necesario:

Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No te digo siete, sino setenta y siete veces.» (Mt 18, 21-22)

 

Entonces, ¿qué hacer con los que defienden el aborto y lo hacen agrediendo?

«Yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque Él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman[1], ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo.» (Mt 5, 44-48)

«Yo les digo a ustedes que me escuchan: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan. Al que te golpea en una mejilla, preséntale también la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Hasta los malos aman a los que los aman. Y si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué gracia tiene? También los pecadores obran así. […] Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande, y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los pecadores. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. (Lc 6, 27-36)

 

En la Palabra de Dios se nos enseñó cómo derrotar el mal:

«No te dejes vencer por el mal; más bien derrota al mal con el bien.» (Rm 12, 21)

 

Y al que nos ataca:

«No lo consideren como enemigo, sino corríjanlo como a hermano.» (2Tes 3, 15)

 

Aprendamos de los mártires:

Después [Esteban] se arrodilló y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado.» Y dicho esto, se durmió en el Señor. (Hch 7, 60)

 

Por eso, san Pablo de la Cruz (1694-1775) nos recomienda lo que cada uno debe hacer: «vencerme a mí mismo, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio y paciencia por impaciencia.» (Muerte Mística, nº XVI) Esta es la cruz que Jesús nos pide.

 

El secreto del éxito en nuestras empresas apostólicas es la oración y el sacrificio unido a la cruz de Cristo. Por eso, en vez de pelear y ofender, rezar y aceptar la cruz es el camino más eficaz. No hacerlo fue lo que hizo llorar a san Pablo:

«Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando.» (Flp 3, 18)

Llorando estamos los que vemos que no ha arraigado el amor de Jesús en los corazones de los católicos…


[1] Se podría decir: «Si ustedes aplauden solamente a los que piensan como ustedes…»

 

 

 

 

 

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