Hacia la unión con Dios

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Para llegar a la contemplación

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2016

Todos debemos conocer la doctrina católica; por eso se predica desde hace dos mil años. Todos debemos creer en Jesús, cumplir los mandamientos y hacer obras de misericordia, porque eso nos dará la vida eterna. Todos debemos recibir los Sacramentos: allí está la gracia para ayudarnos. Y todos debemos orar; pero, ¿todos debemos llegar a vivir esas experiencias de unión mística con Dios en la contemplación?

La Revelación nos enseña la felicidad eterna en el Cielo y, por los santos, sabemos que han vivido esas experiencias, que parecen presagiar lo que nos espera allá, en la Vida eterna: consuelos, gozos y deleites espirituales que en nada se pueden comparar con los placeres terrenales.

Es algo que superará con creces todas nuestras ansias de felicidad. Cuando estos santos «vuelven» de sus estados místicos, suelen gritar anhelantes: «¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me devolviste a la tierra? ¡Aquí no encuentro nada que me complazca como lo que acabo de vivir!…» Y desde entonces sólo quieren volver a tener esas experiencias divinas.

Eso fue lo que le hizo exclamar a san Pablo: «Pero lo que tenía por ganancia, lo considero ahora como pérdida. Más aún, todo lo considero al presente como pérdida, en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor. A causa de Él ya nada tiene valor para mí, y todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo» (Flp 3, 7-8).

Esas experiencias divinas son un adelanto de lo que será el Cielo, un presagio de lo maravilloso que nos espera a todos; aunque no en todos tendrá la misma intensidad. ¿Por qué lo sabemos? Porque para eso fuimos creados y, como dijo san Agustín, nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios.

Ninguna otra cosa, persona o circunstancia podrá llenar las ansias que el Creador puso en nuestros corazones, precisamente para que lo buscáramos a Él. Los placeres terrenales, la riqueza, el poder, la honra o el bienestar material palidecen ante el encuentro de nuestro ser con Dios. Y esto ocurre porque la alteza del ser humano —hecho a su imagen y semejanza— no se satisface con menos.

Y, ¿cómo lograrlo? Primero es necesario que nos despojemos de todo lo que traemos, incluso de ese criterio de querer lograr algo. Es Dios quien hace toda la tarea, purificándonos. Basta que, dejado el pecado, seamos almas de oración: un constante y confiado trato con Él.

Constante para que, en el momento de la prueba —los desiertos espirituales, la sequedad espiritual, la falta de gusto por la oración, etc.—, sigamos firmes en la fe; una fe pura, que no se apoya en imágenes, pensamientos ni sentimientos, sino que cree contra toda falta de evidencia.

Y trato confiado con Dios, para aprender a esperarlo todo de Él, sabiendo que nos ama tanto, que parece que se hubiera vuelto loco por nosotros, como explica santa Catalina de Siena: porque está ebrio de amor por los hombres y sabiendo que le fallarían, los sacó de la nada, para amarlos; luego los persiguió hasta hacerse  uno de ellos para salvarlos; después se hizo Hostia para alimentarlos y llenarlos de bendiciones; y, finalmente, les dio una última tabla de salvación, para llevárselas al fin al Cielo, y allí abrazarlas en un abrazo de amor eterno: el Sacramento de la Penitencia.

En resumen, después de desechar el pecado de nuestras vidas, orar con perseverancia, fe pura y amor desinteresado, esperar en la oración con perseverancia el maravilloso momento de la visita divina, que nos hará más felices de lo que nunca soñamos, ya aquí en la tierra, mientras esperamos el encuentro definitivo con el Amor de los amores, en la dicha eterna.

 

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Las experiencias místicas

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 4, 2012

Éxtasis, arrobamientos, levitación, contemplación infusa, unión mística, desposorio y matrimonio espiritual… Todas estas cosas nos inquietan cuando oímos o leemos las vidas de algunos santos: ¿Es esto para todos o para unos pocos privilegiados?

Y cuando los místicos nos dicen que ese es el camino ordinario de la vida espiritual, nos preguntamos: ¿Por qué no “sentimos” las experiencias místicas de los santos? ¿Cómo podremos recorrer los caminos de la contemplación? ¿Será verdad que esas vivencias superan todo lo que hemos vivido o podemos llegar a imaginar y que dan los momentos más felices a los que puede aspirar el ser humano?…

Pero, ¿cómo llegar a experimentar esa vida mística?

Para poder entender esto bien, es necesario saber que el ser humano se maneja en tres planos: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Usamos los sentidos para conocer lo que nos rodea. A través de ellos nos comunicamos con el mundo exterior. Digámoslo al modo de santa Teresa Benedicta de la Cruz: nuestra alma sale a través de los sentidos y se informa de lo que ocurre en el exterior; al regresar, con esa información, deducimos, tomamos decisiones y experimentamos las vivencias que se desprenden de nuestras relaciones con las cosas y con los otros seres.

En el cuerpo están los sentidos inferiores, que son el placer y el dolor y, además, la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto.

En el alma encontramos los sentidos superiores que son: el entendimiento, la memoria y la voluntad (las potencias del alma), las emociones, los afectos, los sentimientos, las sensaciones, la fantasía, la imaginación y las pasiones.

Pero, tanto los sentidos inferiores como los superiores, son incapaces de llegar a Dios, puesto que Dios está muy por encima de las capacidades humanas: la infinitud de Dios es inalcanzable desde la finitud del ser humano.

Por eso, es indispensable que se actúe en el espíritu: con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y para poder estar exclusivamente en este plano espiritual, sin mezcla alguna de los planos del cuerpo y del alma, es necesario eliminar nuestras ordinarias formas de conocer, es decir, eliminar el modo natural de entender: los sentidos.

Esta eliminación se lleva a cabo en la llamada noche oscura del sentido, en la cual todos los sentidos (inferiores y superiores) son purgados, para que el ser humano pase al estado espiritual.

Si bien esta purgación es dolorosa, a la vez es hermosísima y fructífera: así se llega a la Fe pura, la Esperanza cierta (segura) y la Caridad perfecta, con las que el hombre ya quedará dispuesto para la experiencia mística.

La Fe pura es aquella en la solamente participa el espíritu (no participa el alma ni el cuerpo). Hay Fe pura sólo cuando no se sienten emociones, afectos, sentimientos, pasiones ni sensaciones; hay Fe pura cuando no se trata de llegar a Dios por medio de la fantasía o la imaginación; hay Fe pura cuando ya no se pretende conocer a Dios a través del entendimiento (conocimiento teológico de Dios), la memoria y la voluntad. Porque, como se ve arriba, todo esto pertenece al plano del alma.

Esa noche oscura es, pues, el presagio de la vivencia más maravillosa que se puede experimentar aquí en la tierra: un pedacito de Cielo. Con palabras de hoy diríamos: una “muestra gratis” de lo que nos espera allá: la unión con Dios, el sumo Bien, el Amor. Y es la razón para la cual fuimos creados.

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