Hacia la unión con Dios

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¿Qué pasó con la Esperanza?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 28, 2019

Entre los cristianos son innumerables las alusiones al Amor y a la Fe: están por todas partes: en las predicaciones, en los escritos, en las consignas, en las reflexiones… Maravilloso enaltecimiento de 2 de las 3 virtudes teologales.

Pero, ¿qué pasó con la 3ª, la virtud de la Esperanza? ¿Por qué no se la cita con la misma frecuencia? ¿Por qué nos concentramos en vivir en esta Tierra el Amor y la Fe, sin la ilusión del Cielo?

¿No será por eso que hay tantos cristianos —católicos o no— que viven tristes?

¿Es que se nos olvidó que «no tenemos aquí una patria permanente, sino que andamos en busca de la futura» (Hb 13, 14)?

San Pablo lo dejó claro: «Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del Cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.» (Col 3, 1)

E insiste: «Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la Tierra» (Col 3, 2); «busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1);

Es que «Nosotros somos ciudadanos del Cielo» (Flp 3, 20). Pero parece que seguimos sintiéndonos ciudadanos de la ciudad terrenal en la que nacemos o en la que vivimos: decimos que ahí está nuestro hogar…

Pensar así entraña un peligro: que nos ocupemos únicamente de conseguir solo las cosas temporales, y nos olvidemos de lo espiritual, pues «los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5); esto quiere decir que quienes ponen su principal interés en procurarse lo temporal, se olvidan de lo eterno con más facilidad.

Este peligro es evidente en quienes se concentran en ejercer la caridad, sin pensar en la vida eterna, sin darse cuenta de que todo amor proviene de lo alto, del Señor Dios-Amor, y a Él regresa; y se les olvida que para eso fuimos creados: para alcanzar la plenitud del Amor, en el encuentro con Él, el Amor infinito, único capaz de saciar nuestras ansias de felicidad, esas que hierven en nuestro interior y que se calmarán únicamente cuando seamos invadidos por esa avalancha de Amor eterno.

Es por esto que san Pablo nos apremia diciendo: «Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa».

Amar, sí, a nuestros hermanos; por supuesto que sí. Pero pensando en lo que siempre nos ha enseñado la Iglesia: que habrá diferentes grados de gloria en el Cielo*, según la capacidad de recibir amor que desarrollemos en esta vida y que, por tanto, determinará el grado de dicha que recibiremos allá.

Por consiguiente, el amor que practicamos aquí en la Tierra es también un entrenamiento para recibir en mayor o menor grado el Amor infinito.

Porque estamos absolutamente seguros de que nos sobrevendrá «un pesadísimo caudal de gloria eterna» (2Co 4, 17b), una dicha si par, una felicidad sobreabundante.

Es por eso que nosotros —los cristianos— «no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18).

Así, pues, cada vez que oigamos decir: «Fe y Amor» o «Amor y Fe», añadamos de inmediato: «¡Y esperanza!», para que la consigna no quede incompleta, para que sea verdaderamente cristiana.

* https://wp.me/pfQgb-2hA

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La felicidad conyugal (audios)

Posted by pablofranciscomaurino en abril 26, 2019

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Esta serie de programas se puede escuchar haciendo clic en el enlace que aparece después de cada título.

 

 

 

La felicidad conyugal, 1a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/dueN-1It?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=212519311212

 

La felicidad conyugal, 2a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/6_NpJ-8C?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=353978508770

 

La felicidad conyugal, 3a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/Ht5sd29u?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=965273126749

 

La felicidad conyugal, 4a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/6pGp1Ouw?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=1033500001514

 

La felicidad conyugal, 5a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/_RWwKiw7?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=171073105815

 

La felicidad conyugal, 6a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/3watAF2gda?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=914962900946

 

La felicidad conyugal, 7a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/lnfaUGW9?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=912638905518

 

La felicidad conyugal, 8a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/KNfRFI4y?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=632628551555

 

La felicidad conyugal, 9a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/BixIMxMQ?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=385036205351

 

Además se pueden bajar, haciendo clic en la flecha que está dirigida hacia abajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Practicar la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2018

El Magisterio de la Iglesia, custodio de la Revelación Universal, de la Palabra de Dios, nos ha enseñado que debemos practicar las obras de misericordia.

Y a esto nos ha invitado Su Santidad Francisco, no solo durante el año del jubileo, sino en muchas de sus predicaciones y entrevistas y, finalmente, en su exhortación apostólica: Gaudete et exultate.

En este documento, cita a Jesús, en el Evangelio según san Mateo, capítulo 25:

“Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” (25,35-36)

Hay que recordar que, en esta perícopa evangélica, Jesús comienza explicando cómo vamos a ser juzgados (vv 31-32); en consecuencia, lo que Jesús nos dice es por qué seremos juzgados: si hicimos o no esas obras de misericordia.

Por eso es muy importante que sepamos cuál es la razón por la que debemos amar así al prójimo.

Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos; y esto se hizo evidente en la prueba más grande de su amor: en la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Y quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano, quien ama verdaderamente a Dios, deberá amar al prójimo.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Pero hay que aclarar que, en el itinerario del crecimiento en el amor al prójimo, el seguidor de Cristo va descubriendo que los hermanos tienen unas necesidades para su vida temporal y otras para alcanzar la Vida eterna; y que estas últimas son más importantes. Efectivamente, la Palabra de Dios dice que nuestra vida, aquí en la Tierra, es muy corta:

Recuerda que mi vida es un soplo. (Jb 7, 7a)

Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa. (Sal 39, 6-7a)

¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!  (St 4, 14b)

Por esto, los cristianos más avanzados en el camino del amor saben que las ayudas materiales que les hagan a sus hermanos se les acabarán con esta vida presente: darles de comer, de beber, vestido, posada, visitarlos, etc. son obras de misericordia que les servirán mientras estén vivos. En cambio, si los ayudan a salvarse, ¡esa dicha sí que les durará eternamente! Y si los ayudan a santificarse, ¡mejor será para ellos!: alcanzarán un grado mayor de gloria en el Cielo.

El mismo Jesús nos lo dijo:

Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece. (Jn 6, 27a)

Así, pues, los cristianos más avanzados, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales de sus hermanos, se ocupan más —y principalmente— de sus necesidades espirituales.

Así hacía san Pablo; él decía: Nosotros no ponemos nuestro interés en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. (2Co 4, 18)

Y explicaba la razón: es que la apariencia de este mundo pasa. (1Co 7, 31b)

Por eso exhortaba a todos: Buscad las cosas de arriba. (Col 3, 1b) Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. (Col 3, 2)

Porque nosotros somos ciudadanos del cielo. (Flp 3, 20a)

Pero vale la pena preguntarnos por qué insistía tanto en este tema. Y la respuesta es que él temía que nos concentráramos mucho en nuestras necesidades temporales y que, sin darnos cuenta, nos fuéramos olvidando de la felicidad auténtica: el Cielo.

Y eso le pasó a uno de sus discípulos: Demas me ha abandonado por amor a este mundo. (2Tm 4, 10a)

Él sabía que a muchos cristianos les ocurriría lo mismo; por eso escribió: Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual. (Rm 8,5)

Y también: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna(Ga 6, 8)

De ese error se queja hoy el Santo Padre en el nº 100 de su exhortación apostólica:

Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

Como se puede deducir de estas palabras del Papa, las obras de misericordia católicas son infinitamente superiores a lo que hace una ONG, puesto que estas últimas no nacen del amor de Dios: son filantropía pura (hacer el bien porque es bueno). En cambio, el amor cristiano nace de su fuente: la intensidad del amor a Dios es tan alta, que el cristiano se desvive por el prójimo, se da por entero, desgastándose, día a día, sirviéndolo, sólo por amor a Dios.

Por eso, Jesús nos previno, cuando le contestó a la hermana de Lázaro: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola.” (Lc 10, 41-42) Y esta es: la salvación.

Ahora bien: los cristianos debemos trabajar por la salvación de todos, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales. Eso fue lo que determinaron las autoridades de la Iglesia naciente, como nos lo cuenta el mismo san Pablo, cuando las visitó para determinar cómo trabajarían por la salvación de las personas:

Reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos; sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero. (Ga 2, 9-10)

Es evidente, pues, que nadie —absolutamente nadie— está exento de la obligación de ayudar a los pobres y necesitados. Bien lo expresó san Cesáreo de Arlés:

Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo Él mismo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos”, [porque] cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad. (Sermón 25, 1: CCL 103, 111)

Debemos, pues, practicar siempre la caridad completa: ayudar a nuestros hermanos tanto en sus necesidades temporales como en las eternas.

Pero jamás olvidemos de que lo que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el ser humano— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

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Habrá diferentes grados de Gloria*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 21, 2018

TRES EXPLICACIONES QUE CLARIFICAN ESTE CRITERIO:

1) Aunque la felicidad en el Cielo sea plena y perfecta para todos, no es igual para todos, sino proporcional a los méritos de cada uno.

Como vivimos bombardeados por la idea de la igualdad, que triunfó en el mundo a partir de la Revolución Francesa de 1789 —cuyo lema era precisamente Libertad, Igualdad y Fraternidad— y más aún después del surgimiento del comunismo, cuya noción radical de igualdad impregnó de tal modo las corrientes políticas, económicas y sociales del mundo de nuestros días, afirmar que en el Cielo la felicidad no es igual para todos choca a mucha gente: «¿Entonces, en el Cielo, unos serán más felices que otros?»

—¡Sí, exactamente! La felicidad en el Cielo será proporcional a los méritos de cada uno, como acaba de ser dicho. Sucede que cada uno será plenamente feliz en la medida de su capacidad de ser feliz, lo que depende de su correspondencia y fidelidad a las gracias que a lo largo de la vida recibió de Dios. Si una persona dilató su alma por un amor más generoso a Dios, recibirá un don mayor de amor de Dios y de gloria y será más feliz que otra que abrió menos su corazón a Dios. Si una fue más devota de Nuestra Señora que otra, es normal que esté más próxima de la Virgen Santísima.

Pero no sólo eso: la gratuidad del amor de Dios es tal que a unos Dios amó más que a otros, y dilató el corazón de ellos de modo que puedan recibir un mayor grado de amor y bienaventuranza.

Así, el premio final de la felicidad en el Cielo será una resultante de la gratuidad de la elección divina y de la correspondencia de cada alma. Uno podrá haber sido llamado a ocupar un lugar más alto, pero por haber correspondido menos, quedará en un nivel más bajo, y viceversa. A esos diversos niveles y modos de felicidad corresponden las diversas mansiones (“cielos”) en la Casa del Padre celestial.

Además, es necesario considerar que en el Cielo no hay pecados ni defectos, por lo tanto no hay envidia. Cada uno se alegrará con la gloria de su hermano, de su superior. Y esa alegría le traerá un aumento accidental de felicidad. O sea, la gloria de cada uno revertirá en felicidad para todos los demás, y cuanto más él fuere elevado en gloria, más felicidad él ocasionará a los otros, que tienen menos. Tenemos de ello un pálido ejemplo en esta Tierra, con los padres que se alegran que el hijo progrese y se eleve más que ellos. Entre las meras criaturas, Nuestra Señora es la que produce más felicidad a los otros, exactamente por estar encima de todos como Reina del Cielo.

Una vez más cabe el comentario: ¡cómo es seria y bella la vida en esta Tierra! No fuimos puestos aquí para jugar… sino para volvernos santos. “Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt. 5, 48).

http://www.fatima.org.pe/articulo-14-pregunta-la-felicidad-en-el-cielo-sera-igual-para-todos

2) La unidad de objeto en la bienaventuranza no impide la infinita variedad de la recompensa. “Es una corona de justicia la que nos espera”, dice el Apóstol (2a. Tim. IV-8); y ahora la justicia quiere que cada quien reciba según sus Obras. Esto es lo que nos ha prometido el Hijo de Dios (Mat. XVI-27). Cuando vendrá en su gloria, El asignará a cada uno de nosotros el lugar que debe ocupar en la casa de su Padre y en ella hay una multitud de moradas (Juan XIV-2). Del lugar que nos será asignado, veremos todos al mismo Dios y viviremos de su misma Vida, pero sin embargo, no de la misma manera. La potencia de visión estará medida conforme a nuestras virtudes y a nuestros méritos, y entraremos así más o menos profundamente en los Misterios del Ser Divino. Pero ¿qué importa, desde el momento que tendremos nuestra plenitud? Si las estrellas del firmamento pudieran hablar, no se les oiría ninguna queja, ningún murmullo de las bóvedas del azur donde están suspendidas. Y sin embargo, dice S. Pablo, “Su claridad no es la misma” (I Cor. XV-41). Pero cada una de ellas está contenta con el manto de luz del que Dios la ha revestido.

En la multitud de los espíritus bienaventurados, cuyos esplendores varían la medida de las comunicaciones divinas, se ve resplandecer la aureola de los Mártires, de los Apóstoles, de los Doctores, y de las Vírgenes. (Suma Teológica, Cuestión 97) La Fe, el amor, la ciencia, la pureza, son recompensadas en proporción de los esfuerzo, que han hecho para crecer en este mundo y bien lejos está que se les envidie; reciben, con el Dios que los corona, el homenaje de una admiración universal.

http://www.laverdadcatolica.org/ElCielo.htm

3) La definición del Cielo que nos da el Catecismo de la Iglesia Católica es:

“El Cielo es la participación en la naturaleza divina, gozar de Dios por toda la eternidad, la última meta del inagotable deseo de felicidad que cada hombre lleva en su corazón. Es la satisfacción de los más profundos anhelos del corazón humano y consiste en la más perfecta comunión de amor con la Trinidad, con la Virgen María y con los Santos. Los bienaventurados serán eternamente felices, viendo a Dios tal cual es.” Catecismo de la Iglesia Católica, 1023-1029, 1721-1722.

Existen diferentes tipos o niveles de felicidad en el Cielo, pero esto no se debe a que el Cielo sea diferente, sino a que las personas que llegan a él son diferentes. La felicidad será plena para todo el que llegue al Cielo. No es que unos sean más felices que otros, todos serán totalmente felices en la intimidad con Dios, pues todos estarán totalmente llenos de Dios. La diferencia está en que, así como hay vasos grandes a los que les cabe más agua que a otros más pequeños, de la misma manera, hay almas más santas y otras menos, de acuerdo con la capacidad que cada uno desarrolló a lo largo de su vida.

http://es.catholic.net/op/articulos/7566/cat/394/que-es-el-cielo.html

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Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

______________

*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

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Estamos de viaje

Posted by pablofranciscomaurino en abril 6, 2017

Estamos de viaje; pronto volveremos a casa: a la casa del Padre, al descanso, al Amor, a la felicidad.

Orar es hablar con Él como por los medios de comunicación; ir a Misa es como si Él nos visitara; comulgar, como si nos abrazara unos minutos antes de regresar…

 

 

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Vivimos en un universo alterno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2017

universo

Fue santa Teresa de Jesús quien, al describir el estado místico más alto de unión con Dios al que llegan algunos —conocido como la unión transformante o matrimonio espiritual—, afirmó que el mundo entero les parece a los místicos una farsa de locos.

Efectivamente, esta santa doctora de la Iglesia afirma que quien ha llegado a este grado místico tan elevado lo ve todo como “al revés” de como lo ven los demás hombres o de como lo veía él mismo antes de experimentar esa alta contemplación. Y se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en esa mentira» (Santa Teresa, Vida, 20, 26); «se ríe de sí mismo, del tiempo en el que valoraba el dinero y la codicia» (ídem 20, 27), y le parece que «no puede vivir, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21, 4).

Es más: se lamenta así: «¡Oh, qué será del alma que llega a este estado y se ve obligada a tratar con los demás, y ver esta farsa de esta vida tan mal establecida!» (21, 6).

Y así se expresan muchos otros santos místicos que han experimentado y descrito estas vivencias místicas.

Es que el Universo que creó Dios era uno solo, en el que se percibía tanto lo visible como lo invisible; pero después del pecado original, el ser humano perdió —entre otras muchas cosas— la capacidad de apreciar lo invisible: se opacaron para él la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles), los demonios, los santos… Tras el pecado del hombre, el apetito sensible por lo material, por lo temporal, creció tanto, que menguó casi hasta su extinción la facultad de advertir todo ese mundo espiritual.

Cegado de esa manera, el hombre perdió la noción completa del Universo en el que se halla inmerso y, por la mala inclinación que le quedó como consecuencia del pecado y por las tentaciones diarias que le producen los espíritus malignos, comenzó a apegarse a las criaturas visibles: a los otros seres humanos, a las cosas materiales, a sus propias ideas y a sí mismo.

Y hasta tal punto llegó, que muchos de ellos se convirtieron en esclavos de los placeres carnales, del deseo de poseer cosas materiales, de gozar de la fama o de la aprobación de los demás y de acceder al poder.

Por eso, san Juan llega a afirmar que «todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne [la lujuria], la concupiscencia de los ojos [la codicia] y la soberbia de la vida» (1Jn 2, 16), que son los 3 pecados capitales principales.

Perdida así su libertad para comprender su esencia material/espiritual, su trascendencia y la razón para la cual fueron creados por Dios, los hombres se empequeñecieron a tal punto, que disminuyeron más y más su capacidad de observar lo espiritual del mundo que los rodea, y se quedaron admirando y seguros únicamente del universo material.

En innumerables pasajes de la Biblia, se describen las tinieblas, la oscuridad en la que quedaron los mortales por eso. Un ejemplo entre muchos: «Pues mira cómo la oscuridad cubre la Tierra y espesa nube a los pueblos» (Is 60, 2a).

¿Y por qué se habla de oscuridad? Porque no se percatan los hombres que fueron hechos para una eternidad feliz, que esta vida es solo un paso para llegar allá: una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor; que solo quienes superen esa prueba podrán gozar de la felicidad a la que consciente o inconscientemente aspiran todos: una felicidad creciente que no acabe jamás, y que sacie sobreabundantemente las ansias de dicha que hierven en sus corazones.oscuridad

Vivir en esa oscuridad es como vivir en un universo distinto, diferente al primero, una especie de universo alterno, precisamente del que hablaba santa Teresa como una farsa: en este universo alterno lo que más importa es el placer, el tener, el poder y la fama.

En vez de procurarse la auténtica felicidad, corren por el mundo buscando llenar su vacío interior con un poco de placer diario, sin aspirar a nada duradero.

Para agravar su situación, muchas circunstancias de sus vidas estimulan esa inconciencia generalizada: los medios de comunicación los instan a buscar el placer pasajero y al poseer mucho como únicas fuentes posibles de felicidad; las novelas y las películas los inducen a apegarse más y más a sus seres queridos, de modo que cuando les acaece la muerte —inevitable, aunque muchos lo olvidan— se les desgarran dramáticamente sus corazones, sin que tengan en cuenta que pronto los verán, y mucho más rápido de lo que imaginan, pues esta vida «es sólo un soplo» (Sal 38, 7); cada vez que tienen un revés en sus vidas, pierden la paz, olvidando que Dios los está cuidando amorosamente, propiciando o permitiendo que cada acontecimiento ocurra para sacarlos de esa oscuridad en la que se encuentran o para acercarlos más a la felicidad auténtica que se gusta ya en la tierra: no saben que «todo es para bien» (Rm 8, 28).

Paradójicamente, muchos de ellos se quejan porque Dios no los escucha y, como su criterio está oscurecido, llegan a decir que Dios no existe, porque no les da lo que desean, ignorando de cuántos peligros los libró y cómo los ayudaba a acercarse a la luz, es decir, a la verdad.

Lo que más le cuesta entender al hombre o a la mujer que vive en esa oscuridad es el sufrimiento, permitido siempre por Dios para nuestra liberación de la oscuridad: verdad, por ejemplo, es que cada vez que Dios permite que muera un ser querido lo hace para recordarnos que esta vida es un instante, como afirmaba santa Teresita del Niño Jesús, que debemos ocuparnos más por lo verdaderamente importante —la vida eterna—, que debemos prepararnos para llegar a la casa de Dios-Padre. Y lo pretende Dios cuando permite una enfermedad o un sufrimiento: nos hace valorar las circunstancias en su medida correcta, nos hace verlas con su luz, no desde nuestra oscuridad.

Es que lo único que importa es ir a gozar para siempre del amor de Dios. Así lo expresó Jesús: «Marta, Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y una sola es necesaria» (Lc 10, 42). Y así nos lo dice a nosotros.

Desde nuestra oscuridad nos pueden parecer buenas muchas cosas y circunstancias que en realidad son malas para nosotros, pues nos alejarían de la finalidad de nuestra vida —lo único necesario, que decía Jesús, la felicidad auténtica— o correríamos el riesgo de alejarnos de ella.

Desde nuestra oscuridad podríamos hasta llegar a pensar que Dios nos quitó algo con lo que creíamos poder obtener un gran beneficio, pero desde su luz quizá nos sorprendamos al verificar cuán lejos estábamos de la verdad.

Por eso, dejemos que sea Dios quien guíe nuestras vidas, que haga y deshaga en ellas lo que quiera; dejemos a un lado la soberbia de creer que sabemos lo que nos conviene. Eso sería vivir con luz.

Vivir con luz es saber que estamos de paso por esta Tierra.

La luz que Dios nos da nos hace entender que lo único que se tendrá en cuenta a la hora del juicio será el amor efectivo (no el solamente afectivo) que hayamos realizado en esta vida: En cambio, la oscuridad nos hace cada vez más egoístas, hasta el punto de que muchos sólo piensan en sí mismos, sin importarles la suerte de los demás…

Lo más triste es que eso les ocurre a todos, en mayor o menor grado, inclusive a quienes están procurando las cosas del espíritu pues, como dice san Juan de la Cruz, casi siempre las buscan solo para complacerse, con lo que prueban su egoísmo…

Dios, al ver que su hijo, su criatura predilecta —el hombre— se perdía irremediablemente engañada de ese modo, se apiadó de ella, y le envió su Palabra esclarecedora y liberadora. Efectivamente, al leerla, el ser humano puede redescubrir lo que sus ojos tienen velado: el Universo completo. No ese universo parcial, sino todo: puede descubrir que tras esta vida, hay otra; que esta es muy corta, pues le espera una infinita, después de terminar su paso por esta Tierra.

Veamos algunos pasajes de esa Palabra de Dios:

San Pablo afirma que nosotros [se refiere a los cristianos que ya viven en la luz] «no nos fijamos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18). Nótese que aquí la Palabra de Dios habla de lo que nos interesa, de aquello a lo que le damos más importancia en nuestra vida: si seguimos buscando el placer, el tener, la fama, la honra, el poder, todavía estamos en la oscuridad.

Ya podemos entender que, en medio de la oscuridad, de las tinieblas, no advertimos sino la apariencia de las cosas y de las circunstancias. Por eso, conviene que recordemos constantemente que «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

Ver solo el universo alterno es ser mundanos, es vivir según la carne: «Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5).

Pero «el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

Salgamos de este universo alterno y regresemos al Universo primero, al Universo total. Vivamos en la verdad.

Para ello, basta cumplir los mandamientos, frecuentar los Sacramentos y hacer mucha, mucha oración.

Al orar, vislumbras ese primer Universo; al entrar a una iglesia, entras en él; al asistir a Misa, todo ese Universo baja para ti; al recibir un Sacramento, él entra en ti. Y así vivirás en la verdad.

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Para llegar a la contemplación

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2016

Todos debemos conocer la doctrina católica; por eso se predica desde hace dos mil años. Todos debemos creer en Jesús, cumplir los mandamientos y hacer obras de misericordia, porque eso nos dará la vida eterna. Todos debemos recibir los Sacramentos: allí está la gracia para ayudarnos. Y todos debemos orar; pero, ¿todos debemos llegar a vivir esas experiencias de unión mística con Dios en la contemplación?

La Revelación nos enseña la felicidad eterna en el Cielo y, por los santos, sabemos que han vivido esas experiencias, que parecen presagiar lo que nos espera allá, en la Vida eterna: consuelos, gozos y deleites espirituales que en nada se pueden comparar con los placeres terrenales.

Es algo que superará con creces todas nuestras ansias de felicidad. Cuando estos santos «vuelven» de sus estados místicos, suelen gritar anhelantes: «¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me devolviste a la tierra? ¡Aquí no encuentro nada que me complazca como lo que acabo de vivir!…» Y desde entonces sólo quieren volver a tener esas experiencias divinas.

Eso fue lo que le hizo exclamar a san Pablo: «Pero lo que tenía por ganancia, lo considero ahora como pérdida. Más aún, todo lo considero al presente como pérdida, en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor. A causa de Él ya nada tiene valor para mí, y todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo» (Flp 3, 7-8).

Esas experiencias divinas son un adelanto de lo que será el Cielo, un presagio de lo maravilloso que nos espera a todos; aunque no en todos tendrá la misma intensidad. ¿Por qué lo sabemos? Porque para eso fuimos creados y, como dijo san Agustín, nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios.

Ninguna otra cosa, persona o circunstancia podrá llenar las ansias que el Creador puso en nuestros corazones, precisamente para que lo buscáramos a Él. Los placeres terrenales, la riqueza, el poder, la honra o el bienestar material palidecen ante el encuentro de nuestro ser con Dios. Y esto ocurre porque la alteza del ser humano —hecho a su imagen y semejanza— no se satisface con menos.

Y, ¿cómo lograrlo? Primero es necesario que nos despojemos de todo lo que traemos, incluso de ese criterio de querer lograr algo. Es Dios quien hace toda la tarea, purificándonos. Basta que, dejado el pecado, seamos almas de oración: un constante y confiado trato con Él.

Constante para que, en el momento de la prueba —los desiertos espirituales, la sequedad espiritual, la falta de gusto por la oración, etc.—, sigamos firmes en la fe; una fe pura, que no se apoya en imágenes, pensamientos ni sentimientos, sino que cree contra toda falta de evidencia.

Y trato confiado con Dios, para aprender a esperarlo todo de Él, sabiendo que nos ama tanto, que parece que se hubiera vuelto loco por nosotros, como explica santa Catalina de Siena: porque está ebrio de amor por los hombres y sabiendo que le fallarían, los sacó de la nada, para amarlos; luego los persiguió hasta hacerse  uno de ellos para salvarlos; después se hizo Hostia para alimentarlos y llenarlos de bendiciones; y, finalmente, les dio una última tabla de salvación, para llevárselas al fin al Cielo, y allí abrazarlas en un abrazo de amor eterno: el Sacramento de la Penitencia.

En resumen, después de desechar el pecado de nuestras vidas, orar con perseverancia, fe pura y amor desinteresado, esperar en la oración con perseverancia el maravilloso momento de la visita divina, que nos hará más felices de lo que nunca soñamos, ya aquí en la tierra, mientras esperamos el encuentro definitivo con el Amor de los amores, en la dicha eterna.

 

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¿La masturbación o las relaciones prematrimoniales son pecados?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 6, 2016

Hay quienes dicen que hoy hay que ser más abiertos al tratar los temas de la masturbación y las relaciones prematrimoniales. Y al decir “más abiertos” quieren poner en duda que estén mal, afirman implícitamente que no tienen nada de malo.

La masturbación es pecado, porque se cambia el uso que Dios le dio a la sexualidad: la procreación. Buscar únicamente el placer, haciendo a un lado el uso natural de la sexualidad es herir la esencia misma del ser humano, que fue hecho para amar, entregar su vida para procurar la felicidad de otro o de otros; es volverlo sólo una máquina de placer, no un ser humano que piensa, que ama, que puede dominar sus instintos para vivir con un sentido, para lograr metas altas, sobre todo la del Cielo. ¿Cómo se sentirá Dios al ver que un hijo suyo se masturba, si fue creado para cosas más elevadas, más valiosas, más bellas, más grandes…? ¡Sufre! Y sufre mucho.

Lo mismo ocurre con las relaciones prematrimoniales, en las que las personas se entregan sin comprometerse totalmente a amarse (servir el uno al otro) con todo su ser, para conseguir juntos la felicidad; y esto es que es lo que Dios desea para sus hijos los seres humanos, que fueron creados a su imagen y semejanza: la de Dios-Amor. En vez de la entrega total (en todos los planos: biológico, psicológico y espiritual), que es lo propio del ser humano y que es lo que Dios quiere para ellos, terminan haciendo un acto animal: se usan el uno al otro, para producirse placer. Y usarse mutuamente es ofender el fuero interno del otro, es lo contrario al amor auténtico, porque usarse es convertir al otro en un medio. Y eso, otra vez, hace sufrir a Jesús. En cambio, la entrega comprometida, la entrega total que se hace en el matrimonio, sí es digna del ser humano: cada relación sexual dentro del matrimonio es una expresión de la donación total que hace el uno al otro: ya se lo han dado todo.

Después de leer esto, de ver cuánto sufre Dios cuando pecamos, ¿todavía se puede creer que para abordar este asunto “hay que ser más abiertos”? —Si se dice esto en el sentido de que hay que abrirse a la verdad, conocerla y actuar en consecuencia, podemos asegurar que sí.

 

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Ciclo B, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2015

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

El regalo que se desprecia

El Amor eterno determinó, desde la eternidad, salvar a sus elegidos y, como lo cuenta el profeta Oseas, se le revolvía el Corazón, pues les enseñó a caminar, los buscaba, se inclinaba ante ellos, los trataba de atar con lazos de amor…

Pero nosotros le fuimos esquivos: creamos nuestras propias ideologías para manejar nuestras vidas: llenos de soberbia, quisimos gobernarnos por nuestra cuenta, y rechazamos el Amor, que está más allá de toda filosofía: el Amor que nos creó.

Ese mismísimo Amor vino, en Persona, a rescatarnos, y nosotros no solamente lo rechazamos sino que lo violentamos y lo matamos.

Pero Él no se rindió: su amor infinito no soportó perdernos, y se manifestó como el órgano del cuerpo al cual le atribuimos ser la sede del amor. Es el Corazón de Jesús: ese horno que arde de amor por nosotros, a pesar de ser tan despreciado y olvidado.

Y, aunque despreciado y olvidado por la mayoría, permitió que una lanza nos abriera un camino para entrar allí, donde podemos refrescarnos del desamor en que vivimos y donde podemos aprender a ser como Dios: amor para dar. Solo así recuperaremos nuestra esencia, que nace del hecho de que fuimos hechos a imagen y semejanza de un Dios-Amor.

Si queremos realizarnos como seres humanos, en esta escuela de Amor debemos pasar muchas horas, meditando, contemplando, tratando de desentrañar el secreto para ser felices, concentrando nuestra mirada en cada una de esas fibras, que laten de amor por los hombres: allí está escondida la sabiduría eterna, esa que supera toda filosofía, eso que ni ojo vio, ni oído oyó, ni llegó jamás a la mente de un ser humano…

¡Nos dio todo lo necesario para ser felices! Y nos lo sigue dando.

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Noviembre 1

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

TODOS LOS SANTOS

Nuestra fiesta

Cuando Jesús nos dijo a todos que fuéramos santos como su Padre, simplemente repitió lo que Dios ya había dicho doce siglos antes, en el Levítico, capítulo 20, versículo 26. Y es lo mismo que el primer Papa, san Pedro, escribió en su primera encíclica (1P 1, 15).

Nuestra vocación a la santidad —la unión plena con Dios— está, pues, en la médula de la Revelación de Dios al ser humano: es nuestro deber ser santos. Y si Dios nos lo pide, es porque sabe que contamos con su gracia para lograrlo.

Por eso, al final de los tiempos, Juan vio una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, para la gloria de Dios.

¡Nos vio a nosotros! A los que Dios llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!, como bien lo dice san Pablo en la segunda lectura.

Y, ¿cómo tenemos esa certeza? Él mismo nos responde: «Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.» La pregunta obvia que nace es esta: ¿Tenemos esa esperanza?

La esperanza proviene de la Palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» Somos pobres si nos sentimos necesitados de Dios; no lo somos si confiamos en el dinero, en nuestras posesiones, en nuestras habilidades…

Y con las demás bienaventuranzas se acrecienta nuestra esperanza porque, como Jesús lo prometió, seremos consolados, heredaremos la tierra, quedaremos saciados, alcanzaremos misericordia, veremos a Dios, nos llamarán Hijos de Dios, será nuestro el reino de los cielos ¡y nuestra recompensa será grande en el cielo!

Hoy celebramos a todos los que, con la gracia de Dios lo lograron.

¿Estamos haciendo todo para que un día nos celebren esta solemnidad?

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Septiembre 14 (en donde se celebra hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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Mayo 3 (en donde se celebra el día de hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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PLACER SUBLIME

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 4, 2014

Recién aparecido el ser humano sobre la tierra comenzó a preguntarse sobre su vida, su esencia, su razón de ser… Miles y miles de preguntas más le surgieron y, después de unos doscientos mil años, muchas no se han contestado.

Hay quienes por ejemplo, desde una perspectiva teocéntrica, han postulado la idea de que Dios creó al hombre. Y, más recientemente, con una mirada antropocéntrica, otros afirman que fue el hombre quien inventó la idea de un Dios, creador de todo. Pero se multiplican las creencias, y la cosmovisión de muchos es tan plural que habría que invertir varias vidas estudiándolas todas.

Ante semejante panorama, es admirable descubrir la ignorancia en la que todavía se encuentra el ser humano con respecto a estos temas tan trascendentales para sí mismo y para su vida, transcurridos tantos milenios, sobre todo ante los vertiginosos avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos.

Pero no solo es admirable; aterra saber que miles de millones de personas viven en un sinsentido parecido en muchos aspectos— al de los animales: nacen, crecen, se reproducen y mueren; hacen sus elecciones —profesión, matrimonio, lugar y estilo de vida, etc.— sin criterios claros sobre la razón última de su ser; no le dan más trascendencia a sus vidas que la de prever su futuro más inmediato, sin contemplar siquiera la posibilidad de que la vida siga después de la muerte, tal y como lo comenzó a intuir la especie humana desde sus comienzos. Además, se preguntaba sobre la posibilidad de la existencia de otros seres más allá de lo tangible y visible: seres espirituales, buenos y malos, con quienes quizá podrían interactuar y hasta valerse de ellos para cambiar las leyes de la naturaleza, como se empezó a creer en los inicios de la especie humana…

Sin embargo, siempre se ha oído hablar de algunos que han desarrollado su vida espiritual hasta llegar a la contemplación pura del mundo espiritual y al conocimiento de los espíritus; es decir, que han vivido experiencias místicas.

Entre la inconsciencia de unos y la profunda espiritualidad de otros se encuentran las actitudes que tienen los seres humanos frente a los cuestionamientos más profundos de su existencia, pero es evidente que —y hoy más que nunca— son más quienes viven sin desarrollar su plano espiritual, quedándose satisfechos dándole relieve únicamente a sus otros dos planos: el biológico y el psicológico; queda así truncada la integridad de su esencia, de su naturaleza, de su sustancia, con lo que muy difícilmente lograrán el pleno desarrollo de su ser y, por ende, la felicidad que tanto anhelan y persiguen, a pesar de que se les muestra tan esquiva.

Son varias las religiones que reclaman para sí las experiencias místicas más elevadas, pero no se puede negar que hay 3 características que las hacen más sublimes y, por consiguiente, más plenamente humanas:

1) las que producen la transformación moral del individuo: pasar un hombre de la maldad a la bondad, como es el caso de quienes dejan de matar, robar, ser infieles a sus esposas, etc., para comenzar una vida de bien,

2) las que facultan al individuo a realizar actos sobrenaturales, es decir, actos que no pueden realizar los seres humanos naturalmente (perdonar, por ejemplo, a quienes mataron a un hijo) y

3) el enaltecimiento de la facultad más elevada del ser humano: amar; tal es el caso de las personas que son capaces de olvidarse de sí mismas para conseguir el bien de otro (o de otros), sin esperar nada a cambio, y cuyo mayor ejemplo es el de quienes gastan su vida, día a día, en una labor de servicio humanitario o el de quienes llegan al extremo de morir por otros seres humanos, por amor a Dios, y que son llamados comúnmente mártires o testigos.

Ninguna de estas 3 acciones es posible, a menos de que se reciba una fuerza sobrenatural, un empuje espiritual que viene de lo alto, de una entidad superior, y solo el cristianismo ha mostrado evidencias claras al respecto: conversiones de personas que dejan el mal para siempre, capacidad de realizar acciones verdaderamente sobrenaturales y entrega total al servicio gratuito y desinteresado, a veces hasta la muerte, solo por amor a Dios y a la humanidad.

Efectivamente, al revisar toda la teología espiritual (ascético-mística) del cristianismo, se encuentra una doctrina sólida, amplia y profundamente desarrollada por maestros espirituales llamados los santos místicos.

En esta doctrina se enseña que Dios desciende hacia la criatura, para hacerla primero capaz de actos divinos y, después, de disponerse para una unión cada vez más íntima con Él. Y esa unión es el placer más elevado que puede experimentar el ser humano, puesto que fue creado para disfrutarlo.

Las personas que han experimentado este estado de unión, aun cuando sea incipiente, como suele ocurrir al comienzo, ya no desean en esta vida otra cosa que volver a vivirla y, ojalá, acentuarla cada vez más, pues descubren que todos los placeres biológicos o psicológicos —incluso el más elevado de todos: el amor humano— palidecen frente a un instante de esta unión con Dios: se siente tanto gozo espiritual, tantos consuelos y deleites espirituales, que ya no se desea seguir viviendo; lo único a lo que se aspira desde ese momento es conseguir esa unión con Dios: el máximo placer, el placer más sublime y elevado de todos.

Pero se explica que esto va ocurriendo paulatinamente, en 2 medidas: tanto cuanto Dios quiere participar de su Ser a la criatura y tanto cuanto la criatura se dispone para tal unión.

En este proceso, Dios va llenando a la persona de su gracia, que es un don, un regalo, un favor que le hace sin merecimiento alguno de su parte, con la que la va llenando primero de virtudes sobrenaturales y, después, de los 7 dones del Espíritu Santo, que la facultan para la unión con Dios.

Por su parte, la persona debe ser primero muy humilde: totalmente consciente de su condición de criatura, débil, proclive al mal e incapaz del bien, necesitada de la ayuda divina; y debe, además, vivir en gracia de Dios (cumpliendo los mandamientos), frecuentar los Sacramentos (asistir a Misa y comulgar, ojalá diariamente, y confesarse al menos una vez al mes) y hacer oración mental (dedicar diariamente un tiempo para hablar con ese Dios que la ama inmensa e intensamente y que lo único que quiere es hacerla feliz). Y le conviene conseguir un director espiritual que ya haya experimentado la unión con Dios, para dejarse guiar por él en este asunto de tanta trascendencia.

En la medida en la que la persona va dejando que Dios se acerque a ella, cumpliendo los requisitos dichos, Él le va dando esos regalos que la harán totalmente feliz.

Lo primero que le obsequia es la paz; una paz distinta a la que conocía. Se supo de un hombre que era conocido por todos como uno de los seres humanos más serenos, más tranquilos, más llenos de paz… Él mismo era consciente de ello, pues veía a muchos intranquilos, angustiados, ansiosos, etc. Pero el día en el que Dios lo visitó espiritualmente y le dejó la paz que Él deja en sus primeras visitas, este hombre descubrió que antes de esta experiencia estaba muy lejos de saber lo que era la paz auténtica, que lo que él creía que era paz no era ni un esbozo de la verdadera…

En otra ocasión, Dios le regaló una virtud por la que había luchado durante casi treinta años sin éxito: no controvertir sobre asuntos de Fe, pues siempre terminaba discutiendo acaloradamente con cuantos discrepaban de sus creencias. Se arrepentía después de cada suceso, pero no lograba erradicar su defecto, que atentaba contra la caridad que le debía a los demás. Un día, estando en oración, Dios se le presentó y le mostró su perfección, su santidad, su grandeza; y le dejó ver parte de la gran imperfección a la que este hombre estaba sometido, su miseria y cómo lo afeaban sus pecados… Después de este episodio, jamás volvió a discutir con nadie: quedó convencido de que no tenía autoridad moral para controvertir, y Dios le dio la fuerza para callar, orar y confiar más en Él que en los argumentos que solía poner para defender sus puntos de vista.

Y así, la persona va recibiendo de Dios dones cada vez más elevados, como el de una pareja de esposos que fue a visitar públicamente —los mostraron por la televisión— al asesino de su hijo, para perdonarlo: la audiencia vio aterrada el momento en el que ese par de señores mayores saludaban al sicario y le decían que lo perdonaban por amor a Dios.

La evidencia del Amor de Dios en estas experiencias llega a ser tan fuerte, que las personas adquieren una confianza ilimitada en ese Amor, y nada los perturba, nada los angustia, nada los preocupa… Saben que Dios tiene esta triple condición: 1) es infinitamente poderoso, 2) sabe qué es lo mejor para ellos y 3) los ama tanto, que solo les propiciará o permitirá lo mejor; por eso se abandonan totalmente en el Amor que ya experimentaron místicamente.

Y por eso mismo, aunque trabajan con responsabilidad en los asuntos temporales para hacer de este un mundo mejor y así dar gloria a Dios, les es indiferente la salud o la enfermedad, el bienestar o el malestar, la pobreza o la riqueza, tener trabajo o estar vacantes, la soledad o la compañía… Saben que todo está calculado sabiamente por Dios para conseguirles lo único que importa: la eternidad junto al Amor de los amores. En todas sus empresas e intereses —trabajo, familia, salud, educación, vestido, vivienda, alimentación, servicios a la comunidad…— ponen todos los medios y esfuerzos para que salgan lo mejor posible, pero dejan a Dios los resultados.

A quienes Dios une a Sí mismo de esta manera ya no les importa el cansancio: trabajan infatigablemente por el ideal más grande de todos: enseñar al mundo entero que esta vida es una sombra, es oscuridad; y que con la luz que Dios nos da en esas experiencias místicas comenzamos a ver la verdad: que lo único que importa es lograr cuanto podamos esa unión con Dios ahora —en el tiempo presente—, que después consigamos la unión completa y eterna con el Amor —¡la dicha eterna!—, y que nos llevemos a muchos a ese estado de felicidad, que jamás podremos describir, pues “ni ojo vio ni oído oyó ni llegó jamás a la mente de nadie lo que Dios tiene preparado para los que esperan en Él”.

Están seguros de que los sufrimientos que Dios les permite son para su propio bien y el bien de otros, porque saben que fue con sus sufrimientos como Cristo consiguió esa luz para la humanidad, y se sienten dichosos de sufrir con Cristo para ayudar a muchos a entender la vida tal y como es en realidad. Y por eso, ya no piden nada, fuera de la salvación y santificación (que es la unión con Dios) de todos: conocidos y desconocidos.

Y así como están dispuestos a vivir por este ideal, también lo están, si es necesario, a morir por él. Es por eso que solo en el cristianismo se ven mártires que dan la vida por amor a Jesucristo y por la felicidad auténtica de sus hermanos, los hombres. Muchos de ellos, en medio de sus sufrimientos mientras los martirizan y matan, cantan y alaban a Dios dichosos, pues son los seres humanos más felices; y lo serán plena y eternamente.

 

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Ideas impopulares

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2014

No al aborto. No a la eutanasia. No a los anticonceptivos. No al matrimonio de homosexuales y no a que adopten niños. No a congelar y matar embriones…

Y, por otra parte, no al sacerdocio de mujeres ni a cambiar las bases de la doctrina cristiana: el Credo, los Sacramentos, los mandamientos y la oración.

Ante esta actitud de la Iglesia, muchos emiten sus juicios: “La Iglesia es muy conservadora.” “¡Qué retrógrada!; se quedó en la Edad Media…” “Por eso es que muchos se van…” “Si los curas fueran más inteligentes, aceptarían muchas cosas de estas, se adaptarían al mundo moderno.”…

Y relucen de una manera fulgurante —casi espectacular— el relativismo y el subjetivismo moral: “Eso del pecado es cuestionable; todo depende de las circunstancias.” “Lo que importa es lo que yo pienso, o cómo vea las cosas cada uno…”

Por eso, poco a poco, la humanidad sin guía, sin norte, sin valores, sin principios morales que la rijan, va cayendo en barrena, hacia su propia autodestrucción.

¡Qué tal si la Iglesia Católica apagara su voz en contra de tanto desorden! ¡Qué tal si la única luz que brilla todavía en el mundo claudicara en sus principios, en su base doctrinal! ¡Qué tal si no se oyera ya la palabra de la Iglesia, clamando por el derecho a la vida de los nonatos y ancianos! ¿Quién reclamaría el orden moral? ¿Cómo estaría el mundo en estos momentos?, ¿no estaría peor de lo que está?

Sí, son ideas impopulares. Pero la misión de la Iglesia no es buscar la popularidad: es propiciar la verdadera felicidad de la gente, con la Palabra que el mismo Dios le encargó que predicara, es decir, enseñar la verdad auténtica. Si dejara de hacer esto, dejaría de ser la Iglesia Católica que fundó Jesucristo.

Esta es en la Iglesia que no cede ni se rinde ante ninguna presión externa, la Iglesia que no falla en la observancia de sus propios principios. ¿No da mucha paz saber que estamos en buenas manos?

 

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‘Hay que ambicionar’

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2014

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca!; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mayor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

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El hombre más feliz de la tierra

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 21, 2014

¡Dios te ama!: Te creó para amarte. Es que, siendo el Amor en esencia, quería tener a quién amar, y por eso te hizo a su imagen y semejanza.

Y te ama personalmente, particularmente, a ti: si Él dejara de pensar un solo instante en ti, si dejara de amarte, ¡te desintegrarías!, ¡desaparecerías! Es la fuerza infinita de su amor la que te mantiene con vida.

Y no dejó de amarte a pesar de que tú —junto con todos los hombres— dañaste ese plan perfecto de amor.

Siendo Dios, se redujo a criatura —se hizo uno como nosotros—, asumió todos tus pecados como propios y los pagó con creces: a pesar de que una sola gota de su Sangre habría bastado para expiar todos los pecados de la humanidad, decidió sufrir más, mucho más, infinitamente más…

Ninguna película, ninguna narración, ni las meditaciones más profundas y prolijas describirán jamás todos los horrores de su Pasión y de su Muerte.

A sus atroces dolores físicos debemos sumar sus angustias de muerte, el abandono de los suyos y hasta el de su Padre, las burlas, los desprecios y el odio de aquellos por quienes precisamente estaba dando su vida… Y todo esto le dolía más porque amaba más (nadie ha amado tanto); si nosotros mismos, que no sabemos amar, sufrimos mucho más las ingratitudes, los desprecios y las indiferencias de quienes amamos, imagina lo que sintió Él…

Y lo hizo porque te ama, ¡porque te ama sin límites!

No lo puedes seguir dudando.

Además, te dejó la Iglesia, para enseñarte todo lo que debes saber para ser feliz, para que te administre los Sacramentos con los que recibes la fuerza celestial que requieres para conquistar esa felicidad, para que te enseñe a hablar con Él, a conocerlo y a amarlo…

Y te cuida: en cada circunstancia de tu vida está sopesando cada opción y, sin menoscabar tu libertad, interviene siempre y únicamente para tu bien. El amor lo hace evitar los acontecimientos que te dañan y permitir los que te facilitan tu camino hacia la felicidad.

Como Él es la infinita sabiduría, sabe qué te conviene en cada momento. Y como te ama tanto, sólo deja que ocurra precisamente eso.

Hasta lo que en esta vida llamamos males: sufrimientos, enfermedad, muerte, lo usa para tu bienestar. ¡Cuántas veces hemos constatado que, por una cruz que Dios los dejó llevar, es por la que muchos se acercaron a Él, se convirtieron e iniciaron una nueva vida, alejada del pecado, que los lleva a la salvación! Y, ¿qué importa más que la salvación?

Si comparamos dos personas, una que nunca sufrió, nunca se enfermó y le fue bien en su vida terrenal, pero por sus pecados no pudo llegar a la dicha eterna del Cielo, con otra que sufrió, se enfermó y le fue mal en esta vida, pero llegó a gozar de Dios para siempre, escogeremos —seguro— la segunda opción.

Dirás que sería mejor no sufrir aquí y recibir el premio allá pero, después del pecado original eso ya no es posible, precisamente porque le dañamos el plan a Dios. Ahora, por nuestra culpa, debemos andar por el camino del dolor.

Pero ese dolor es, desde que Cristo lo asumió, el instrumento que usa Dios para quitarnos los impedimentos para llegar al Cielo y ocupar allí el mejor lugar: junto al Amor de los amores; es que —también por el pecado original— ahora permanecemos muy distraídos de nuestra meta final. Nos preocupamos y nos ocupamos más en conseguir algunos consuelos temporales, sin pensar que así nos alejamos de lo único que importa: la auténtica felicidad. Y con mucha frecuencia descubrimos que esos consuelos no llenan esas ansias de felicidad que arden en nuestro corazón: aparece siempre una sensación de insatisfacción.

Por eso casi nadie acaba de satisfacerse jamás.

Es que fuiste creado por un ser eterno y por eso estás hecho para cosas muy grandes, eternas. Nada te satisfará fuera del Amor de Dios, cuando se derrame infinitamente sobre tu ser. Entonces sí gritarás: “¡Fui creado para esto!”

Y añadirás: “¡Valió la pena todo el sufrimiento! ¡Bendito sea ese sufrimiento que me trajo tanta dicha!

Así es como el cristiano percibe la vida: tal y como en realidad es. Por eso es que el católico es el hombre más feliz de la tierra.

Y es por eso que tú debes estar sonriendo siempre, hasta en los momentos más difíciles de tu vida, porque tienes la certeza de que también en esos momentos —aunque no lo entiendas— Dios está fraguando tu felicidad, la que no te dará el mundo ni las criaturas.

¡A contagiar de esta alegría al mundo entero! Grítale a todos lo que aprendiste: “¡Dios te ama! ¡Dios te cuida! ¡Dios te espera allá arriba!”; pero hazlo principalmente con tu vida, con tu ejemplo.

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Para acabar con el estrés

Posted by pablofranciscomaurino en enero 31, 2014

 

Dios nos creó. Él conoce nuestra psicología mejor que nadie, mejor que cualquier psicólogo. Es el mejor psicólogo del mundo; el mejor de todos los tiempos. Por esto, es obvio que sabe mucho más que todo lo que la ciencia de la psicología ha descubierto hasta hoy y lo que descubrirá hasta el fin del mundo.

Y, para ayudarnos, nos dejó el manual más perfecto para nuestro bienestar: la Revelación Universal, en la que se nos reveló y asimismo nos reveló todo lo que debemos saber de nosotros mismos, para alcanzar la felicidad.

Y hasta se ocupó de los detalles más pequeños. Por ejemplo, nos dejó escrito el secreto para acabar con el estrés:

Unusquisque vestrum proximo suo placeat in bonum ad aedificationem: Que cada uno trate de agradar a su prójimo para su bien y la edificación común (Rm 15, 2).

Non quae sua sunt singuli considerantes sed et ea quae aliorum: Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás (Flp 2, 4).

Nemo quod suum est quaerat sed quod alterius: Que nadie busque su propio interés, sino el de los demás (1Co 10, 24).

Sicut et ego per omnia omnibus placeo non quaerens quod mihi utile est sed quod multis ut salvi fiant: Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse (1Co 10, 33).

Agradar a los demás, buscar su interés, complacer a los demás, no a nosotros mismos.

Pero, ¿agradar a los demás en sus caprichos?, ¿buscar el interés malvado o egoísta de los otros?, ¿complacerlos en lo que les causa daño? No: únicamente para que puedan salvarse, como lo dice la última cita.

En resumen: concentrar todo el interés en el bien auténtico de los demás y usar todos los talentos y capacidades en ello, olvidándonos de nosotros mismos.

Pero, ¿y nosotros? ¿Dónde queda la felicidad propia?

Si miramos atentamente nuestro pasado, podemos recordar que en aquellas oportunidades en las que nos concentramos en nuestros propios problemas fue cuando más nos estresamos; en cambio, cuando —olvidándonos de esos problemas— nos ocupamos de los de los demás, ¡se nos olvidaron los nuestros! o, por lo menos, les dimos menor importancia: la importancia que realmente tenían.

Es que la caridad es terapéutica: cuando me concentro y trabajo para hacer felices a mis seres queridos, es cuando más feliz soy, pues su felicidad es mi felicidad. Y esto lo sabía Dios, mi creador; por eso me dio la amorosa orden de amarlo con todas mis fuerzas, con toda mi alma, con todo mi ser y de amar a los demás como a mí mismo.

Cuando pongo en práctica este mandato, me hago tan dichoso al ver que estoy sirviendo a Dios y a los demás, que ya ni me importan mis problemas.

Cuando pongo en práctica este mandato, es tanto lo que me agrada agradar a Dios, que lo único que me importa es su gloria; es tanto lo que me complace trabajar por la felicidad de los demás, que eso es lo que me hace feliz a mí.

Y aprendo así a asumir el dolor ajeno como propio. San Pablo de la Cruz afirmaba que: «el amor auténtico hace suyas las penas del amado»; por eso asumo la Cruz de Cristo como mía, hago mío el dolor que Él siente cuando ve que tantas personas no se salvarán a pesar de toda la sangre que vertió…, ¡y me siento gozoso de completar en mi carne lo que le falta a la Pasión de Cristo para el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia! (Cf. Col 1, 24: nunc gaudeo in passionibus pro vobis et adimpleo ea quae desunt passionum Christi in carne mea pro corpore eius quod est Ecclesia.)

Así, todo lo que puedo sufrir lo ofrezco para ayudar a Jesús a salvar personas y para ayudar al Espíritu Santo a santificarlas, y de este modo es como más gloria le doy a Dios Padre.

En resumen: tanto en el gozo como en el dolor ¡ya no tengo estrés! ¡Y soy feliz!

——- o ——-

Hay una forma de saber si estoy poniendo en práctica este consejo; Jesús dijo: Ex abundantia enim cordis os loquitor (Lc 6, 45b): De la abundancia del corazón, habla la boca; dicho de otro modo: De lo que abunda en mi corazón, habla mi boca: Por eso, debo preguntarme: ¿de qué hablo ordinariamente?: ¿de mis cosas, de mis intereses, de mí mismo…?, ¿o de lo de los intereses de los demás?

Para ser más concretos, cada noche debería examinarme preguntándome algo así: «¿Cuántas veces pronuncié hoy los pronombres: “yo”, “”, “mi”, “me”?»

¿De qué hablé más: de los demás o de mí mismo?, ¿de sus cosas o de las mías?, ¿de mis preocupaciones, de mis angustias, de mi estrés, de mis miedos, de mis tristezas… o de las de los demás?»

Las respuestas a estas preguntas determinarán mi grado de egoísmo o, al menos, de egocentrismo y, por lo tanto, mi grado de estrés.

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Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

La pregunta más importante

 

La filosofía, que busca establecer, entre otras cosas, el sentido del vivir y el obrar humano, no ha sido suficiente para establecer el camino a la felicidad. Mucho menos han servido las otras ciencias o la tecnología… Solo Dios, nuestro creador, puede satisfacer el anhelo ferviente que hay en nuestro ser: la eterna felicidad.

Así lo entendió el hombre que corrió hacia Jesucristo y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».

Es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Sabiduría encarnada; en Él encontramos todas las respuestas a las preguntas que tenemos sobre nosotros, nuestro origen, nuestra esencia, la finalidad de nuestra vida y nuestro destino y, además, sobre nuestro Creador y sus planes sobre nosotros.

En el libro de la Sabiduría se nos muestra en forma de figura —como en sombras— a ese Jesucristo; efectivamente, habla así:

Preferí la Sabiduría a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Y la Sabiduría infinita, eterna, le enseñó a aquel hombre los dos secretos para alcanzar la auténtica felicidad eterna: primero, cumplir los mandamientos; y segundo, desapegarse del dinero.

Hasta aquí llegó la sagacidad que mostró inicialmente este hombre, pues se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos —los que están apegados al dinero— entrar en el Reino de Dios!».

En cambio, a quienes aceptan el reto, la Sabiduría les asegura aquí, en esta tierra, el ciento por uno; ¡y la Vida eterna en el mundo futuro!

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Ciclo C, XX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2013

Renunciar al gozo inmediato

 

Son tantos y tantas los que van tras los gozos inmediatos, que se pierden del premio mayor, del mejor de todos los gozos: la felicidad eterna. Es que lo que se consigue rápido, aunque sea pasajero, fugaz, atrae mucho más…

Por el contrario, Jesucristo, el paradigma del hombre, el hombre perfecto, el más feliz de los seres humanos, dijo: «Tengo que pasar por un bautismo, y ¡que angustia hasta que se cumpla!» En el lenguaje bíblico «bautismo» significaba un sufrimiento atroz, hasta la muerte. Y la angustia de Jesús obedecía, no al miedo, sino al deseo de que se cumpliera su ideal, la causa por la que Él dio su vida: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!»

Él inició un incendio en el mundo: un incendio de amor: «Ámense los unos a los otros como Yo los he amado»…

Por eso, san Pablo nos cuenta que: «Jesús, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios».

Asimismo, los grandes hombres de la historia de la humanidad, aquellos que dejaron una huella en la tierra, quienes aportaron algo a la especie humana para su mejor desarrollo, tuvieron que pasar también por un «bautismo», pues ningún ideal se hace realidad sin sacrificios.

Y eso fue lo que le pasó a los profetas, como nos cuenta hoy la primera lectura de Jeremías: lo arrojaron en el aljibe de Malaquías, donde no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Y eso fue lo que le pasó a los mártires cristianos y a todos los santos. Pero después de su «bautismo» consiguieron el premio mayor. Oigamos a uno de ellos, san Pablo, que se gloría de ser visto y oído por muchos:

«Una nube enorme de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesucristo. ¡No se cansen ni pierdan el ánimo!»

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Ciclo C, X domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 1, 2013


¡Tremenda noticia!

San Pablo cuenta en la carta a los gálatas que persiguió a la Iglesia con furia, la devastó: intentó apagar a la Iglesia, destruirla, aniquilarla, hacerla desaparecer, porque eso es lo propio del que devasta… Pero actuaba por celo, no por vanagloria, ni por odio, sino porque era ‘celoso’ de las tradiciones paternas.

Ahora predica a Jesucristo, con celo divino, que es una prueba de que se enamoró perdidamente de Él, del Amor personificado.

¿Y por qué? Porque este Amor resucita, como resucitó Elías al hijo de la viuda de Sarepta, que le dio posada: «al niño le volvió la respiración y revivió. Elías tomó al niño, lo llevó al piso bajo y se lo entregó a su madre, diciendo: “Mira, tu hijo está vivo”».

Por eso cantamos en el salmo de hoy: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado […] Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.»

Y, del mismo modo, Jesús resucitó al hijo de la viuda de Naím: «”¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”. El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.»

Estas dos resurrecciones son una prefiguración de la resurrección de Cristo y —llenémonos de dicha— ¡de la nuestra!

Ante la evidencia de esas resurrecciones, todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Por eso nosotros, los cristianos, vivimos contando esa noticia —Evangelio significa: la buena noticia— maravillosa, la más grande noticia de todas: ¡Vamos a la dicha!, ¡vamos al Amor!, ¡vamos a la auténtica felicidad!

¿Se te nota que estás feliz? ¿Se te nota que eres cristiano?… ¿Lo notan todos en tu casa, en tu trabajo, entre los que te tratan?

¿O no te diferencias de los que no creen en Cristo?

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Ciclo C, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2012

La felicidad auténtica

 

Todo lo que anunció el profeta Baruc es la expresión de la felicidad auténtica, como la entendían en el Antiguo testamento: que se abajen todos los montes elevados y las colinas encumbradas, que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, que los hijos de Dios caminen con seguridad guiados por la gloria de Dios, que el boscaje y a los árboles aromáticos le hagan sombra, que Dios los guíe con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia… ¡Que seamos felices de verdad!

Y para conseguir este fin, nos pide san Juan Bautista, ya en el Nuevo Testamento: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios». Esto quiere decir que la felicidad verdadera se da a quien endereza lo torcido en su vida, esto es, a quien se convierte.

Convertirse es todo un itinerario: primero es dejar de pecar; después es reducir los defectos y ganar virtudes; más adelante es buscar y conseguir la unión con Dios, el Amor de los amores, el único que llena nuestras ansias de felicidad.

Por eso, san Pablo, en la segunda lectura, desea que nuestro amor «siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores».

Hagamos caso a Dios, que nos dice por intermedio del profeta Baruc: despojémonos de nuestro vestido de luto y aflicción y vistámonos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da, envolvámonos en el manto de la justicia de Dios y pongámonos en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo».

Así llegaremos al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.

Y podremos gritar eternamente: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres […] La boca se nos llena de risas, la lengua de cantares».

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Ciclo B, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 24, 2012

Cómo alcanzar la felicidad, paso a paso

 

Nos han enseñado que estamos hechos para ser infinitamente felices en el Cielo, que esta vida es apenas un paso hacia la eternidad, que lo único que importa es la otra Vida, pues esta es pasajera…

Pero, ¿creemos de verdad todas estas cosas?

Hoy, por ejemplo, Jesús nos dice: «Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al Infierno, al fuego que no se apaga.» ¿Seríamos capaces de hacerlo?

Pero Él continúa: «Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al Infierno.» ¿Adónde nos llevan nuestros pasos: a las acciones buenas o a las malas?

«Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos la Infierno.» ¿Qué es lo que miramos…?

De ese lugar, donde el fuego no se apaga, nadie puede salir jamás.

Pero debemos ir más allá: los ricos deben llorar y lamentarse, como lo explica Santiago en la segunda lectura, si han amontonado sus riquezas cobrando comisiones indebidas, pagando malos salarios, robando a sus clientes, vendiendo productos de mala calidad, explotando a los empleados, etc. Así, dice el mismo Apóstol, condenan y matan al mismísimo Jesús, que será su juez.

Y este Juez no los resistirá, según sus mismas palabras: «El que escandalice a uno de estos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar». ¿Escandalizamos a alguien con nuestra conducta?, ¿con nuestras palabras?, ¿faltando a nuestras obligaciones?

Otro paso: en el libro de los Números, Moisés enseña que entre nosotros no deben haber envidias ni celos: «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!» Y Jesucristo recalca: «Uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.» ¿Estamos celosos de alguien?

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