Hacia la unión con Dios

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El fervor en la oración

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2010

Muchos católicos y, en general, los cristianos piensan que el escaso fervor en la oración es un error o una falla de la persona. Y sufren por esa situación. Lo mismo creen de las demás dificultades que se presentan en la oración, como la imaginación —que santa Teresa de Jesús llamaba “la loca de la casa”—, la falta de concentración, etc. Y hasta llegan a creer que le han fallado a Dios y que se deben confesar.

No saben que nada de eso es pecado, que ni siquiera es una falta de amor. Por el contrario, deben saber que si perseveran tratando de hacer oración, le darán muchísima gloria a Dios.

Y es que el Señor permite que nos ocurran estas cosas precisamente porque nos quiere hacer avanzar en el camino del amor auténtico: si perseveramos en la oración a pesar de las dificultades, le demostramos que lo amamos, que no hacemos oración para sentirnos bien sino para hacerlo sentir bien. En cambio, si dejamos de hacer oración cuando surgen obstáculos de cualquier género le probamos que orábamos por interés; y, como ya sabemos, el amor auténtico es desinteresado: solo busca el bien del amado.

Dios no evalúa los sentimientos o las sensaciones, sino la voluntad de cada persona: lo que hace, no lo que siente. Por eso, nunca los sentimientos son motivo de confesión; lo son las acciones, las omisiones, las palabras y hasta los pensamientos; pero los sentimientos no son objeto de juzgamientos morales, porque no los podemos dominar.

A propósito: la confesión tiene como objetivo perdonar —borrar— lo que ofende a Dios, no salir del desaliento que nos causan nuestros sentimientos.

Además, cuando alguien se esfuerza, hace méritos ante Dios. Si no tuviera que hacer ningún esfuerzo, porque por ejemplo tiene fervor, poco mérito haría.

Así es el amor: si a pesar de que a veces nos sentimos sin ánimo, no dejamos de ejercer la caridad, estaremos dándole mucha gloria a Dios y lo estaremos ayudando a salvar muchas almas porque, a pesar de los impedimentos que pone el demonio, seguimos haciendo la voluntad de Dios.

Por otra parte, el amor no consiste en ser cariñosos o afectuosos; el amor son los hechos: amamos a Dios todo lo que podemos si hicimos oración lo mejor que pudimos; y Él quedó contento, porque nunca nos exigiría dar más de lo que podíamos:

¿Poco fervor podemos tener en la oración? Poco fervor esperaba de nosotros. Si después podemos más, Él esperará más de nosotros. Además, Él sabe cómo estamos en cada momento, por cuáles dificultades estamos pasando.

Al persistir en la oración recibiremos, sin darnos cuenta, muchas gracias espirituales que nos harán avanzar en el camino hacia la perfección que nos pidió Jesús (Mt 5, 48). Por el contrario, si le seguimos haciendo caso a esas asechanzas del demonio, no adelantaremos en la vida espiritual.

Quedémonos tranquilos sabiendo que Él sonríe al vernos luchar y, aunque creamos que no prosperamos, estemos seguros de que por ahí es el camino.

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Las pruebas

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 14, 2008

Es muy fácil hacer oración o cualquier acto de piedad, cuando estamos ayudados por el sentimiento, cuando sentimos gusto. Acertamos si afirmamos que es una prueba que nos está poniendo cuando Dios nos quita estos estímulos, que lo que está procurando es que empecemos a recorrer el camino normal en la vida espiritual.

Al comienzo, en realidad, vivimos la vida espiritual porque nos gusta o para sentirnos bien, es decir, por egoísmo (un egoísmo velado, escondido, porque parece amor), pero no estamos pensando en amar (servir) a Dios, sino en complacernos a nosotros mismos.

Después, si avanzamos en la vida espiritual, ya no lo hacemos por nosotros sino por Él: para complacerlo; y ahí es cuando comienza el amor auténtico: aunque estemos sin ganas, sin alicientes, sin estímulos, hacemos todo lo que lo complace, buscando solamente servirlo, tenerlo contento, aunque por dentro no estemos sintiendo gusto; es decir, por primera vez lo estamos haciendo por amor.

Es una sentencia sapientísima afirmar que el amor comienza cuando nos cuesta.

Y eso fue lo que hizo santos a quienes veneramos como tales: se olvidaron de sí mismos, y se dedicaron a amar a Dios y a sus hermanos. De san Pablo de la Cruz se cuenta, por ejemplo, que mientras servía de consuelo a tantos a través de su dirección espiritual, él estaba desolado, sin consuelos, sin fervor en la oración, sin alicientes, en una cruz dolorosísima que le duró más de cuarenta y ocho años… Por ello fue llamado el príncipe de los desolados. Y eso lo santificó.

Por esto mismo coinciden en afirmar, tanto los grandes maestros de la vida interior como los buenos directores espirituales, que la persona que pasa por estas pruebas —incluso pruebas de fe— no se está alejando de Dios, sino que por el contrario se está acercando Él, a través del único camino que conduce al amor, a la felicidad auténtica: el camino de la sequedad espiritual, del desierto interior, de la falta de fervor en la oración; es decir, del camino ordinario hacia la unión con Dios.

Si esa persona acude a su director espiritual angustiada, él le dice que le parece maravilloso que el Señor haya permitido esta prueba, porque quiere decir que la está preparando para elevarla a la siguiente etapa espiritual.

Cuando el Espíritu Santo quiere llevar a la santidad a alguien, permite que el demonio lo tiente con dudas de fe: empieza a pensar que no existe la vida eterna, duda del amor de Dios o de su existencia… Y Dios lo permite porque sabe que si es capaz de seguir diciendo que quiere creer, a pesar de estar con esas dudas, a pesar de la falta de evidencia, se llenará de méritos, se purificará, saldrá del estado de los principiantes y entrará en el siguiente: el de los aprovechados en la vida espiritual.

Es duro pasar por esta etapa, pero el premio es maravilloso; vale la pena. ¡Si supiéramos con cuánto amor está esperando el Señor que superemos la prueba!

Así pues que, si el lector está pasando por esta noche oscura, ¡ánimo!: ¡a recorrer este camino con la certeza absoluta de la cercanía del Dios invisible!

   

 

 

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