Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Fortaleza’

Bienaventuranzas y Dones del Espíritu Santo en el itinerario hacia la unión con Dios

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 20, 2017

Basados en la clasificación tradicional de los santos místicos —san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y otros muchos— se ha establecido un orden ascendente de las personas que buscan la santidad, a medida que avanzan. Estas etapas se denominan las edades espirituales, y tienen su fundamento en la Biblia, en los Padres de la Iglesia (orientales y latinos), en santos autores de la Edad Media y hasta en el Magisterio apostólico. Todos esto se puede corroborar en el libro: Síntesis de espiritualidad católica, de los sacerdotes José Rivera, y José María Iraburu:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=55&a=47.

Estas edades espirituales han recibido diferentes denominaciones; aquí usaremos la más adecuada a nuestros tiempos:

1. Principiantes

2. Avanzados

3. Perfectos

Ahora bien: en esta clasificación se han insertado los dones del Espíritu Santo, procurando explicar cómo esos dones van ayudando a quienes recorren esas 3 etapas buscando la santidad, la unión con Dios.

San Agustín, obispo de Hipona, en el libro De serm. Dom. in monte, relaciona las bienaventuranzas enumeradas por San Mateo (5,3-12), con los dones del Espíritu Santo; usando como base esta explicación, santo Tomás de Aquino explica también la relación de los Dones con las Bienaventuranzas en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69. Sorprende comprobar tanta similitud en las apreciaciones de san León Magno, en su Sermón sobre las bienaventuranzas (n° 95, 1-9: PL 54, 461-466), con lo que se ratifica la inspiración del Espíritu Santo sobre estos temas.

Primero, es necesario conocer los textos:

Estas son las bienaventuranzas del Evangelio de san Mateo (5, 3-12):

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Por su parte, en la Biblia Vulgata —que es la traducción de la Biblia oficial de la Iglesia—, en el libro de Isaías (11, 2-3) están descritos los dones del Espíritu Santo, así:

Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y piedad de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas.

Principiantes

En los principiantes, los dones son incipientes y, por eso mismo, las bienaventuranzas apenas se desarrollan.

Avanzados

Por su parte, quienes ya son adelantados reciben de Dios la gracia de vivir las primeras 3 bienaventuranzas y afianzar los primeros 3 dones así:

  1. Por el don del Temor, aquel miedo a ofender a un Ser tan bueno, desarrollan grandemente la virtud de la obediencia: al director espiritual, a los superiores, a la jerarquía eclesiástica, a la doctrina oficial del Magisterio de la Iglesia, al Papa. Además, no les gusta gobernar ni mandar; encuentran su gozo en dejarse mandar, aun por los inferiores, en todo lo que no es pecado.

Son los que Jesús llama Pobres en el espíritu, es decir, quienes ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. De ellos es el Reino de los Cielos, según lo afirmó también Jesús.

  1. El don de la Piedad se manifiesta en 2 modos: siendo generosos con todos y desarrollando la virtud de la religión, la que mueve a dar a Dios el culto debido de adoración, alabanza, bendición, glorificación…

Esta generosidad para con Dios y para con los demás es la que los hace verdaderamente Mansos y, al mismo tiempo, su mansedumbre los vuelve generosos en grado muy elevado. Y es por eso que poseerán no solamente esta tierra (la gente valora mucho esta virtud), sino también la Tierra prometida.

  1. Reciben el don de la Ciencia, que consiste en un discernimiento que los faculta para percibir la inmensa gravedad del pecado, con la luz que Dios les da. Por eso no pueden menos que llorar. Lloran los pecados propios y ajenos. Y reciben la promesa de que serán consolados.

Perfectos

En una primera etapa, Dios les afianza:

  1. El don de la Fortaleza, que se manifiesta primero en el dominio sobre los apegos y, después, en el Hambre y sed de justicia, de conocer y ajustarse a los misterios divinos ocultos. Ellos serán saciados del mismo Dios/Justicia, que es el acopio de todas las virtudes.

  1. Con el don del Consejo, aprenden a vivir desprendidos de sí mismos y abandonarse totalmente a la Voluntad divina por una tempestad de amor que el Espíritu Santo hace nacer en sus corazones. Son ahora Misericordiosos con todos, porque están saciados de Dios. Y alcanzarán misericordia: ¡gozarán del objeto de su amor!

Y después reciben:

  1. El don de la Inteligencia, que consiste en la simplicidad de la verdad, la caridad y la unidad. Son ahora Puros, Limpios de corazón; y por eso verán a Dios, es decir, experimentarán la contemplación (de los atributos divinos, infinitamente dignos de amor): lo que “ni el ojo vio, mi el oído oyó…”. Es el cognocere de la Verdad: un descanso en el gozo, por encima de toda actividad…

  1. Y el don de la Sabiduría que los induce continuamente a hacer siempre y en todo su Voluntad; por eso, están unidos al Espíritu divino. Son los pacíficos, los que trabajan por la paz. Serán hijos de Dios, serán quienes descansan en su paz.

  1. Finalmente, llegan a adquirir la Caridad perfecta: Padecen persecución por la justicia (por ajustarse a Dios). De ellos es el Reino de los Cielos.

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Bienaventuranzas y Dones del Espíritu Santo en el itinerario hacia la unión con Dios

Súplica por un alma en tentación*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2012


¡Oh Padre amadísimo, Dios infinitamente bueno!, ve aquí a tu Hijo Jesucristo que poniéndose entre tu justicia divina y los pecados de las almas, implora perdón.

¡Oh Dios de misericordia!, apiádate de la debilidad humana, ilumina los espíritus oscurecidos para que no se dejen engañar y caigan en los más terribles pecados…, da fuerza a las almas para rechazar los peligros que les presenta el enemigo de su salvación y para que vuelvan a emprender con nuevo vigor el camino de la virtud.

¡Oh Padre Eterno!, mira los padecimientos que Jesucristo, tu Divino Hijo, sufrió durante la pasión; velo delante de ti, presentándose como Víctima para obtener luz, fuerza, perdón y misericordia en favor de las almas.

Dios Santísimo, en cuya presencia ni los ángeles ni los santos son dignos de permanecer, perdona todos los pecados que se cometen por pensamiento y por deseo. ¡Recibe como expiación de estas ofensas la cabeza traspasada de espinas de tu Divino Hijo! ¡Recibe la Sangre purísima que de ella sale con tanta abundancia!… Purifica los espíritus manchados… ilumina los entendimientos oscurecidos, y que esta Sangre divina sea su fuerza y su vida!

Recibe, ¡oh Padre Santísimo!, los sufrimientos y los méritos de todas las almas que, unidos a los méritos y sufrimientos de Jesucristo, se ofrecen a Ti, con Él y por Él para que perdones al mundo.

¡Oh Dios de misericordia y amor!, sé la fortaleza de los débiles, la luz de los ciegos y el amor de todas las almas.

¡Dios de amor! ¡Padre de bondad!, por los méritos, los ruegos y sufrimientos de tu Hijo muy amado, da luz a esta alma para que llegue a rechazar el mal y abrace con decisión tu Voluntad Santísima. No permitas que sea causa de tanto daño para ella y para otras almas inocentes y puras.

(Compuesta por el Señor)

 

Posted in Oraciones | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Súplica por un alma en tentación*

Ciclo A, domingo de Ramos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

La fortaleza del cristiano

La psicología moderna ha avanzado mucho. Los estudios científicos han dado como resultado novedosas y eficaces técnicas para diagnosticar y tratar muchas enfermedades y carencias, dentro de las que se encuentra la falta de fortaleza, que es la fuerza y el vigor para acometer la lucha en las vicisitudes de la vida.

Y nosotros, algunas veces, hemos querido fortalecer con nuestras palabras a alguna persona que pasa por un mal momento, por una calamidad o que, simplemente, necesita que la escuchen.

De eso es de lo que nos habla hoy la liturgia de la Palabra.

La primera lectura nos explica que Jesús, para fortalecer a los demás, se hizo primero víctima: «Yo no me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los salivazos».

El Evangelio de san Mateo nos recuerda todo lo que Cristo sufrió por nosotros.

Y en la segunda lectura, san Pablo dice que Jesús fue, además, humilde y obediente: «Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».

Aunque esto de reducirse y rebajarse es escándalo para algunas vertientes de la psicología moderna, Cristo ha demostrado que es el camino más eficaz de todos. Y lo prueba la historia: miles y miles de personas que, al escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, no solo se consuelan sino que se llenan de fortaleza, ese vigor que nos ayuda eficazmente a conseguir la felicidad.

Son tres los pasos para lograrlo y, además, para que nuestras palabras sean útiles para los demás: ofrecer a Dios nuestros dolores y sacrificios por ellos; saber que somos simplemente criaturas, esto es, ser humildes; y ser delicadamente obedientes a Dios y a su Iglesia. ¡Cambiaremos el mundo, con Jesús!

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, domingo de Ramos

La mayor bendición

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2009

«¡Se curó milagrosamente!» «¡Me gané la lotería!» «¡Salió bien de la operación que le hicieron!» «¡Conseguí el trabajo que quería!»… Todo esto lo llamamos bendiciones. Y también llamamos bendiciones el hecho de tener salud, dinero, bienestar…

Pero, ¿por qué las personas buenas sufren? ¿Por qué a un católico comprometido le ocurren cosas malas? Los buenos cristianos se enferman y sufren como los demás; y reciben bendiciones como los demás. ¿De qué sirve, entonces, esforzarse por mejorar?

Quizá lo que ocurre es que no hemos comprendido suficientemente la parábola de los talentos: podríamos descubrir detalles de la Revelación a los que no se les ha dado suficiente relieve:

«Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció enseguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: “Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos. El patrón le contestó: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.”

Vino después el que recibió dos, y dijo: “Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.” El patrón le dijo: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón”.

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.” Pero su patrón le contestó: “¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.”» (Mt 25, 14-30)

Dios nos ha enseñado en esta parábola que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, acceso a la cultura, viajes, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo (esto derriba el principal argumento que defiende la creencia en la reencarnación).

Por eso es que no podemos seguir llamando «bendiciones» a las cosas que recibimos o a los talentos; en realidad son pruebas. El Señor nos da para probarnos. Cuanto más nos dé, más pruebas habrá; y quien menos reciba, será menos probado.

Entonces cabe preguntarnos para qué nos prueba Dios y qué es lo qué es lo que nos quiere probar. ¿Acaso Dios no lo sabe todo? ¿Acaso Dios no sabe de lo que somos capaces? ¿Hay algo que Él necesite saber?

La palabra «prueba» se debe entender aquí como se entiende en las Sagradas Escrituras: una oportunidad que Dios nos da para hacer méritos, para que el esfuerzo que hagamos le dé gloria y honra. Si no hay esfuerzo, no hay mérito.

Por eso, todo lo que llamamos «malo» en esta vida temporal es la posibilidad de hacer algo meritorio ante los ojos de Dios. Y esos méritos, unidos a los de Jesucristo, ayudarán a la salvación de muchas almas y a la instauración del Reino de Dios: un reino de amor, paz y alegría. Pero si la persona no tiene que esforzarse, no hace méritos.

Si, por ejemplo, alguien es probado con una enfermedad, es porque Dios quiere que esa persona haga méritos, que sea santa. Y los hará simplemente si acepta la voluntad de Dios, si le ofrece sus sufrimientos unidos a los de nuestro Salvador y si confía en su infinito amor, a pesar de las circunstancias.

Como se dijo más arriba, si no hay esfuerzo, no hay mérito, no hay santidad. Podemos deducir que no solamente es necesario sufrir, sino que nos conviene mucho, como ninguna otra cosa; concluiremos que sufrir es nuestra mayor bendición.

Pero hay más razones para querer el sufrimiento: el sufrimiento así ofrecido es reparador: le devuelve la honra y gloria que le quitamos a Dios con nuestros pecados, sirve para pagar la pena temporal que merecemos por los pecados propios y los de los demás.

Además, nos fortalece como seres humanos y, lo que es mejor, nos purifica para que no haya intereses escondidos en nuestra relación con Dios: así como una mujer sabe que un hombre la ama si es capaz de sufrir por ella, solo cuando sufrimos por Él se puede asegurar que lo amamos, pues cuando hay gusto personal se puede mezclar el egoísmo.

Finalmente, nuestro sufrimiento así ofrecido consuela el Corazón adolorido de Jesús, que tiene tan pocos amigos aquí en la tierra.

La mejor bendición, pues, son los sufrimientos. ¿Qué otra cosa en este mundo nos puede proporcionar tantos beneficios?

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

Posted in La Cruz | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en La mayor bendición

Ciclo A, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

¿Pensamos como Dios?

 

Nuestros caminos son diferentes de los caminos de Dios. ¿Por qué? Porque nosotros vivimos en el tiempo, mientras que Él vive en la eternidad. Él sabe lo que ocurre y lo que ocurrirá; como nos dice en la primera lectura, Él está por encima del tiempo, por encima del espacio y por encima de nuestros proyectos.

Quienes entienden esto e intentan adecuar su existencia a esta realidad son capaces de comprender las palabras de san Pablo: por una parte siento gran deseo de irme para estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor; pero, pensando en ustedes, conviene que yo me quede aquí, ya que podré seguirles enseñando el camino a la felicidad verdadera.

Y, consecuentemente, los que se dan cuenta de que esta vida es pasajera, de que luego vendrá otra infinita, advertirán que las disposiciones de Dios son más sabias, aunque a primera vista el hombre crea lo contrario, pues Él ve desde la perspectiva eterna; además, nos ama infinitamente más de lo que podríamos llegar a imaginar.

Por esto, Jesús dice en el Evangelio que los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos. Estas palabras significan mucho más de lo que se deduce inicialmente:

Para el prototipo del hombre de hoy, por ejemplo, los “triunfadores” son los que poseen dinero y cosas materiales, los que experimentan más placeres, los que logran acceder al poder o a la fama…

Pero para el Señor lo que vale es vivir en gracia de Dios: amarlo a Él y al prójimo y, cada vez que pecamos gravemente, confesarnos; ser humildes y sencillos, sin engreírnos por nada; vivir las virtudes que nos distinguen como cristianos, es decir, la Fe, la Esperanza y el Amor; practicar las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; hacer oración, saber ofrecer y agradecer a Dios la vida: dichas y desdichas, trabajo y descanso, etc.

Lo que Jesús quiere es que hagamos, con y por amor, lo que debemos hacer para llevarnos al Cielo, y allá, derramar sobre nosotros todo su amor, eternamente.

 

 

 

 

 

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, XXV domingo del tiempo ordinario

Los dones del Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Por el cardenal Carlo Maria Martini[1]

 

«Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.» (Is 11, 1-2).

 

A estos seis dones —que leemos en la Biblia hebrea—, en la Biblia griega y en la Biblia latina les añaden el don de la piedad.

 

Cada cristiano vive de Fe, Esperanza y Caridad; la Fe es perfeccionada por el espíritu de entendimiento, ciencia y consejo; la Esperanza, por el espíritu del temor de Dios y de fortaleza; la Caridad se expresa plenamente cuando es perfeccionada por la piedad y la sabiduría.

 

1.    Entendimiento: Potencia del alma, en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce.[2]

El don de la inteligencia lo necesitamos para comprender los misterios divinos, la relación entre la Cruz y la Trinidad, entre la Cruz y la paternidad de Dios; para intuir en este misterio divino el de nuestra vida y de nuestra muerte.

Lo necesitamos para comprender cómo el misterio de Dios se revela en nuestro tiempo; para comprender cómo Jesús crucificado y resucitado vive entre nosotros y podemos encontrarlo; para comprender cómo el Espíritu Santo está actuando en medio de nosotros y podemos dejarnos vivificar por Él.

Lo necesitamos para hacernos descubrir entre los pliegues de la vida cotidiana la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para hacernos contemplar en nuestras cruces la presencia del Resucitado.

 

2.   Ciencia: Conocimiento cierto de las cosas creadas por sus principios y causas.

Es la capacidad de referir a Dios todas las cosas del mundo, yendo más allá de las apariencias y comprendiendo el valor simbólico, relativo, de toda criatura con respecto al ser y al misterio de Dios, de aquel que lo ha creado todo.

Es capaz de contribuir a la búsqueda del significado último y de las urgencias penúltimas frente a las cuestiones y a los desafíos culturales y éticos más variados.

Con él es posible captar los signos de los tiempos y los fermentos evangélicos presentes en todas partes, incluso en las situaciones aparentemente más cerradas a la luz de la verdad revelada.

Es posible comprender las necesidades concretas de una determinada comunidad y trazar para ella un proyecto adecuado.

He aquí donde se halla contenida la ciencia del amor.

 

3.    Consejo: Parecer o dictamen que se da o toma para hacer o no hacer una cosa.

Es el saber orientarse en la complejidad moral de la vida.

Es acudir prácticamente a los motivos de la Fe al obrar.

Nos permite ver todo a la luz de la eternidad, en el querer de Dios, Padre bueno.

Forma personalidades fuertes, tranquilas, seguras de sí mismas; por el contrario, la acción del espíritu del mal consiste en llevarnos a la tristeza, a replegarnos sobre nosotros mismos, a una confusión que bloquea la mente, a una ansiedad que lacera e impide decidirse, haciéndonos permanecer siempre en el mismo punto.

 

4.   Temor de Dios: Miedo reverencial y respetuoso que se debe tener de agraviar a un Dios tan bueno.

Es un amor a Dios consciente de la propia fragilidad y, por consiguiente, de la posibilidad de ofender al Señor, de perder su amistad. Es una actitud de grande reverencia hacia un misterio que nos supera por todas partes, que no poseemos, que no tenemos a la mano, porque nos es dado continuamente como un don, y nosotros tenemos continuamente la posibilidad de rechazarlo, de perderlo, de descuidarlo.

El temor de Dios ve el actuar moral no como simple obediencia a una ley, sino como una relación con una persona; relación personal con Dios Padre, con el Señor Jesús. Por consiguiente, el temor de Dios nos permite vivir el actuar moral con toda la delicadeza, el respeto, la diligencia, el afecto que expresa la relación verdadera con una persona, y que exige la relación con Dios mismo, Padre y Señor.

Es la conciencia de que Dios es Mysterium fascinans, misterio que atrae y fascina por su amabilidad (digno de ser amado); y al mismo tiempo es la conciencia de que Dios es también Mysterium tremendum, con el cual no se puede jugar, que nos interpela profunda y seriamente porque es amor total y exigente, relación personal de alianza y de don.

Es el temor de faltar, de no estar a la altura de tan grande amor y, al mismo tiempo, el fuerte deseo de ser totalmente de Dios.

Las actitudes contrarias al temor de Dios son la superficialidad, el facilismo, la trivialidad en la oración y en la vida.

 

5.    Fortaleza: Vencer el temor y huir de la temeridad.

Es la victoria sobre el miedo a la muerte y a cualquier otro mal, porque sabe que está en los brazos del Padre que no lo abandona nunca.

Es el don que nos da la capacidad de profesar la Fe, incluso en las contradicciones y en los peligros. El caso más serio del don de la fortaleza es el martirio, la superación del miedo a la muerte, simplemente porque estamos en las manos de Dios.

Perfecciona la virtud de la Esperanza, llevándola al heroísmo, al desprecio de la muerte, a la superación del  miedo a la muerte.

 

6.   Piedad: Don que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas; y por el amor al prójimo, actos de amor y compasión.

Nos hace orar con gusto y de buena gana, con entusiasmo, nos hace salir del corazón una oración fluida, serena, calmada.

Nos coloca en condiciones de vivir la oración de los hijos que gritan a Dios invocándolo con el apelativo: «¡Padre!».

Es la capacidad de hablar con Dios filialmente, con ternura; de alabarlo y adorarlo.

Es la orientación del corazón y de toda la vida para adorar a Dios como Padre, para rendirle el culto que lo reconoce como fuente y meta de todo don auténtico.

Es la ternura hacia Dios, el estar enamorados de Él y el deseo de rendirle gloria en cada cosa.

¡Es tan dulce llamar a Dios «Padre nuestro»! Nos hace mirar hacia Dios con sencillez filial y con verdad.

Es, por otra parte, el don de la sensibilidad en la relación humana, que nos permite tratar a todos con la mayor delicadeza, con amabilidad.

Por consiguiente, es un don que compenetra la vida cotidiana, la vida de familia, las relaciones de cada día, haciéndolas hermosas, fáciles, agradables; un don que elimina las espinas, los choques, y suaviza nuestras relaciones.

La actividad contraria es la dureza del corazón, la falta de sensibilidad, el no saber comprender a los otros.

Es difusivo y benéfico, comenzando por la oración filial y afectuosa, en las relaciones de los hijos con los padres, de los padres con los hijos, de los esposos entre sí, en las relaciones de trabajo, de amistad, de parroquia, de comunidad, de grupo…, porque está impregnado de atención, respeto y sensibilidad.

 

7.    Sabiduría: Conducta prudente en la vida.

Es el don de verlo todo con los ojos de Dios, con su mirada, de verlo todo desde arriba. Es el don de ver los acontecimientos y las situaciones como los ve Jesús crucificado y resucitado, desde lo alto de la Cruz y desde la gloria de la Resurrección. Se trata de verlos desde lo alto y desde el centro. No por una inteligencia particular o una luz intelectual, sino por instinto divino.

Sabiduría significa precisamente «sabor». Está ligado a la Caridad, al amor, más que a la inteligencia. Es la inteligencia del amor, del corazón. Es una penetración amorosa que percibe el sabor de los misterios de Dios: del misterio trinitario, del misterio de la Cruz, de los misterios del Reino, del misterio de la historia…

Y esa sabiduría se les da también a las personas más sencillas, e incluso más a ellas que a los otros. ¡Cuán grande es en ellos el sentido de la providencia divina, cuán baja la estimación de las cosas terrenas, cuán grande la paz íntima y el gozo de una vida intachable…!

Es el don que permite enmarcar cada problema en un marco más amplio: el marco de la verdad completa, de la verdad auténtica.

Lo que es opuesto a la sabiduría es la falta de sabor de las cosas de Dios, la carencia del sentido de Dios, del sentido del misterio, del sentido de la providencia…

Es la historia de un hombre que ha hecho sus cuentas sin Dios, sin la muerte, sin tener presente la verdad de la vida; de quien vive sin sentido, preocupado solamente por el presente; de quien no comprende, en los acontecimientos oscuros o contrarios a las expectativas comunes, el designio de Dios; de quien hace sus cálculos sin contar con la Cruz; de un hombre que ha construido su casa sobre la arena, que no ha conocido el orden de la vida evangélica, declarado en el sermón de la montaña.

No reconoce ese orden de la vida evangélica, expresado en hacerse pequeños, en no pretender los primeros puestos, en respetar la autoridad, en amar la oración, en vivir en común, en perdonar las ofensas…

Se trata de un don instintivo, del cual uno se da cuenta después. No es necesario que lo sintamos, por cuanto el Espíritu no tiene necesidad de hacerse sentir para actuar en nosotros.

 

Muchas personas —tal vez con frecuencia también nosotros— se mueven por su voluntad, cuentan con sus propias fuerzas, piensan que todo lo tienen en la mano…

 

Oremos intensamente para que el fuego del Espíritu Santo arda no solo en nuestros corazones, sino que caliente e ilumine los corazones de toda nuestra sociedad.

 

Si desea leer escritos como este, visite, por favor, la siguiente dirección:

 https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/

 También puede encontrar otros temas de interés en:

 http://mauriciorubiano.wordpress.com/

 

 


[1] Arzobispo de Milán

[2] Las definiciones que se presentan en los cuadros fueron extraídas del Diccionario de la Real Academia Española

Posted in Doctrina de la Iglesia | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Los dones del Espíritu Santo*