Hacia la unión con Dios

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¿Golpear a los hijos para educarlos?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2020

La sensatez, al sentido común, nos hace preguntarnos: ¿Cómo es posible que a un ser humano se lo eduque con golpes, si es un ser racional que puede entender? La violencia física no es propia de seres con inteligencia; por eso, quien golpea a un ser más débil físicamente, a uno que no se puede defender, a alguien que está bajo la autoridad de otro y que viola uno de sus derechos más básicos y elementales (el derecho a la integridad física), es peor que un animal (los expertos en comportamiento animal —los etólogos— enseñan que no es necesario el uso de la violencia para educar a un animal).

Jesucristo dijo «Yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que lo llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego» (Mt 5, 21-22). Si para el Hijo de Dios llamar a alguien “imbécil” o incluso: “renegado” merece la condena, ¿qué no merecerá quien golpea a otro? ¿Y qué merece el que le pega, no a otro cualquiera, sino a un ser más vulnerable, débil y desprotegido, a quien le debe dar solo amor, máxime cuando libremente lo trajo al mundo (o lo adoptó y debe hacer las veces de padre con él)?

Además, es bueno que se tengan en cuenta los criterios de la mayoría de las orientadoras de los colegios e institutos educativos, pues su experiencia en niños y adolescentes es muy valiosa, que afirman categóricamente que “Los padres castigan en sus hijos los errores a los que ellos mismos los inducen”, lo que significa que los niños y adolescentes se portan mal por alguna razón, de la que son culpables sus propios padres, casi siempre sin culpa. En cada caso, entonces, sería conveniente que se evaluara cuál es la razón por la cual el niño se porta mal, antes de castigarlo. ¿No es atroz pegarle a un niño que se porta mal, en parte por culpa del mismo que lo castiga?

Y si a nosotros esto nos parece salvaje, ¿qué sentirá Nuestro Padre del Cielo, que es todo Amor?

Otro aspecto que se debe tener en cuenta es el grandísimo mal afectivo y emocional que se les produce a los niños a los que se los golpea: son innumerables las ocasiones en las cuales adultos mayores han tenido que recibir terapia del perdón hacia sus padres, porque fueron violentados física y psicológicamente por ellos. Sólo hasta que se les hace esa terapia del perdón se curan de su agresividad, de su pusilanimidad o de cualquier otra consecuencia derivada del haber sido agredidos así en su infancia.

Y, siguiendo con el sentido común, ¿cómo es posible que no piensen quienes agreden así a sus hijos en lo que nos dice el libro de Tobías (4, 15): “No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan”? ¿Acaso a estos padres les hubiera gustado que los hubieran maltratado así (o les gustó, si los maltrataron), precisamente en la época en la que uno está formando su psique, y requiere ser rodeado por amor, especialmente de sus progenitores o padres adoptivos?

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Ciclo C, VII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 7, 2013

El ejemplo del cristiano

Todo un programa de comportamiento nos presenta hoy Jesús: una senda muy definida para que todos los que nos llamamos cristianos la sigamos paso a paso: amar a todos nuestros hermanos; y llegar hasta el extremo: amar no tanto afectivamente sino efectivamente a nuestros enemigos.

Pero, ¿sí seguimos esa senda?

¿Hasta dónde hemos llegado en ese camino? Por ejemplo, ¿cuáles hechos atestiguan que evidentemente amamos a nuestros enemigos? ¿cuántos? ¿No es verdad que contestamos las ofensas, los golpes? ¿No peleamos hasta con los que se nos atraviesan cuando manejamos, con los que nos quitan el taxi o el puesto en el bus? Entonces, ¿hasta dónde llevamos a cabo eso de «poner la otra mejilla»?

Esta semana que pasó, ¿cuántas oraciones hicimos por los que nos injurian?, ¿cuántas veces bendijimos a los que nos maldicen?, ¿a cuántos de los que nos odian les hicimos el bien?

¿Cumplimos con aquello de que «a quien te pide dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames»?

Vale la pena hacer un examen para ver lo que ha sido de nuestra vida católica hasta hoy. ¿Con qué estamos comprometidos? ¿Qué dirían si nos vieran los que profesan otro credo?, ¿nos verían como prototipos de cristianos?

Es posible que en nuestro corazón nazca el pensamiento de que eso es imposible, que es solo para santos.

Oigamos lo que responde el mismo Jesús: si somos compasivos, si no juzgamos a nadie ni lo condenamos, si aprendemos a perdonar y a dar, tendremos un gran premio que se nos verterá en una medida generosa como ninguna, colmada, rebosante y, lo que es mejor, seremos —ahora sí— hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y con los agradecidos.

Ya escuchamos a Jesús; ahora, ¡a trabajar para dar ejemplo!

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