Hacia la unión con Dios

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¿Negarse a sí mismo?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 1, 2017

 

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña.» (Mt 13, 24b-26)

Son muchas las cizañas que ha sembrado el enemigo en el campo de Dios; y entre ellas está la herejía que, según el Código de Derecho Canónico, consiste en «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma» (CIC  751). La herejía, por tanto, es la oposición voluntaria a la autoridad de Dios depositada en Pedro, los Apóstoles y sus sucesores y lleva a la excomunión inmediata.

Y la más popular de todas las herejías en estos tiempos —y la que más daño está haciendo— es el voluntarismo, también conocido como semipelagianismo.

Para definirla, es necesario precisar antes un par de conceptos:

 

1) El pelagianismo cree que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Afirma que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente lo que Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil.

Pelagio decía que Dios nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar; pero que no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer.

Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones de súplica de la Iglesia: ¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?

No hay un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como ejemplo, que como Salvador, como causa de la salvación.

Para el pelagiano no hay un pecado original que deteriore la naturaleza del ser humano: la naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación.

La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobrenatural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido para el pelagiano.

En resumen: el hombre no necesita de lo divino para hacer obras buenas ni para llegar a la santidad.

 

2) La doctrina católica afirma que la libertad humana se mueve movida por la gracia de Dios. Dios es la causa principal en la producción de la obra buena; el hombre es la causa instrumental: le sirve a Dios de instrumento para realizar esa obra buena. Por tanto, la libertad no puede producir el bien por sí misma; sino que necesita la moción de la gracia divina.

Ahora bien, la libertad humana puede resistirse a la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él.

La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la cooperación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María.

Dios, con la eficacia de su gracia, nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer y cambia las voluntades de los hombres para que realicen las obras buenas (Cf. Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15, 5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).

 

3) El voluntarismo o semipelagianismo:

Esta herejía explica que la libertad humana se «coordina» con la gracia divina. Los semi-pelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) trabaja con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace eficaz en la producción del bien.

Según este gravísimo error, Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

En la doctrina católica, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

Los voluntaristas o semipelagianos opinan que la eficacia de la gracia en realizar la obra buena se da por el asentimiento y la cooperación humana y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín y de Santo Tomás e incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras.

Quien quiera profundizar en esta doctrina, puede hacerlo visitando Gratis Date, Gracia y libertad:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=63

 

La doctrina católica de la negación de sí mismo

Jesús fue categórico: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24b; Mc 8, 34b; Lc 9, 23b). ¿Y por qué?

Es que antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos; pero después de ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

Pero, para eso, hace falta la negación de nosotros mismos. ¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

Jesús nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano. Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!» (Mt 27, 46; Mc 15, 34).

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama negarse a sí mismo. Y es el comienzo de la vida en Dios, de la vida mística, una muestra gratis en esta vida de lo que se experimentará en el Cielo: la felicidad eterna, la auténtica.

Por otra parte, toda la Tradición de la Iglesia: los santos Padres de la Iglesia, los santos que expusieron la mística y, en general, todos los santos, acatando las sapientísimas palabras de Jesucristo —negarse a sí mismo— han descrito o simplemente han vivido la teología espiritual (mística), en la que parten de su propia nada.

Este ha sido su lema: «Nada sé, nada tengo, nada puedo, nada soy y nada valgo», para llegar a la unión mística.

Efectivamente, de muchos santos hemos leído oraciones parecidas a esta:

¡Oh, abismo infinito de poder!, ¡oh, abismo infinito de sabiduría!, ¡oh, abismo infinito de amor!… ¿Quién eres Tú?… Y, ¿quién soy yo? ¡Una criatura tan miserable!, un atado de pecados, el último de todos, el más pobre, el más pequeño, el peor, el más despreciable… Tú eres el Todo y yo la nada…, ¡una nada pecadora! ¡Y he aquí, oh, divina Bondad, que te me diste todo!: Padre mío, Hermano mío, Esposo mío…

¡Gracias por esta inmensa muestra de predilección! ¡Ahora lo puedo todo en Aquél que me conforta!

Cauteriza con el ardor de tu amor mis pecados, mis apegos, mis miserias, mis imperfecciones y hasta mis apetitos, para que pueda dejarme amar por ti, y me conviertas en amor puro.

Haz, te lo ruego, que sea un instrumento eficaz de tu gracia.

Se dan cuenta de que, cuando se mueven movidos por la gracia de Dios y realizan el bien, es Dios quien actúa en y a través de ellos.

Se percibe claramente que, tanto ellos como cuantos se animen a obedecer la máxima de Jesucristo de negarse a sí mismos, nada son por sí mismos, pero que son mucho por Jesús, que los elevó con su gracia.

Y esto es exactamente lo que quiso enseñar Dios al pueblo cristiano, en el episodio de Moisés en la zarza ardiente: cuando Dios envía a Moisés al Faraón para que saque a su pueblo de Egipto, Moisés le pregunta su nombre a Dios, y Él le responde:

«Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘Yo soyʼ me ha enviado a vosotros”.» (Ex 3, 13b-14), significando así que el único que ES es Él, es decir: que Él se da el ser a sí mismo, que Él se da la vida, que vive por sí mismo; en cambio, nosotros recibimos el ser prestado de Él: si Dios dejara de pensar un instante en nosotros, nos desintegraríamos inmediatamente. En otras palabras: que somos nada, pues hasta el ser lo tenemos prestado. Es más: somos peores que la nada, pues la nada no peca y nosotros sí.

 

La doctrina voluntarista

Pero los voluntaristas —es decir: los no-cristianos o cristianos herejes— no aceptan de ningún modo esta verdad revelada por Dios. Y, con muy buena voluntad pero equivocados, pues nos están bien formados doctrinalmente, se expresan con argumentos como estos:

—¿No somos nada?… Somos la obra maravillosa del Creador.

—Decir que “No somos Nada” limita nuestro amor propio, por lógica limita nuestro amor al prójimo y en consecuencia limita nuestro amor a Dios. Somos la mejor creación de Dios, imperfectamente perfecta.

—Los extremos no ayudan a la santidad… Decir que somos nada o decir que somos producto terminado es sabotear nuestro poder y responsabilidad en este mundo. Poder y responsabilidad dado por Dios…, talentos que debemos poner al servicio del prójimo.

Como se ve, ponen el énfasis en el ser humano, no en el de la gracia de Dios (la parte divina). Subrayan el «Yo»: los talentos, el poder de la parte humana. Creyendo que es lo correcto, pretenden estar trabajando coordinados con Dios para producir el bien, no subordinados a Él, con humildad.

Con esos criterios, olvidando el «niéguese a sí mismo» de Jesús, se niegan a sí mismos la posibilidad de los gozos y deleites espirituales que se experimentan en la unión con Dios, deliciosos presagios y anticipos de la eterna felicidad.

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Los musulmanes ya son más numerosos que los católicos

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 20, 2017

 

He aquí las estadísticas mundiales por religiones (aproximado en millones) al finalizar el año 2016*:

 

Población mundial 7.400

  1. Islam 1.350

  2. Cristianos católicos 1.280

  3. Secularismo 1.100

  4. Hinduismo 1.050

  5. Budismo 1.000

  6. Cristianos nacidos del Protestantismo 804                                                                              

  7. Taoísmo y confucianismo 800

  8. Cristianos orientales 260

  9. Sintoísmo 65

  10. Otros cristianos 28

  11. Sijiísmo 26

  12. Judaísmo 16

  13. Jainismo 10

Y otros de >10

 

Como se ve, el total de cristianos de todas las denominaciones (incluyendo los católicos) en el mundo es de 2.370 millones, y supera a los musulmanes; pero los musulmanes sobrepasan a los católicos por 70 millones.

¿Se produjo esto porque muchos católicos controlan la natalidad mientras que los musulmanes no lo hacen?

 

Otra circunstancia que se destaca es que el secularismo (quienes no tienen religión) está ahora en el tercer lugar en las estadísticas mundiales.

Después de la apostasía, la gente cae en el ateísmo, en el agnosticismo o en la indiferencia total sobre el ámbito espiritual del ser humano, con el consecuente automutilamiento de su esencia, de su ser.

 

Este dramático pero auténtico panorama debe hacernos reaccionar: ¿Qué falla en nuestra predicación? ¿La hay?: ¿qué predica nuestra vida? ¿Son consecuentes nuestros actos y actitudes con nuestra fe?

Más allá de todo análisis sobre las técnicas de evangelización, las estadísticas muestran que donde hay más persecución religiosa a la Iglesia Católica es donde más está creciendo, no solo el número de cristianos, sino de vocaciones sacerdotales y religiosas, mientras que en donde no hay persecución, decrecen ambos.

Esto quiere decir que el cristianismo católico auténtico es el que está crucificado; y es el que está vivo, pues es el único que crece.

¡No más miedo a la Cruz! Ya lo hemos leído y escuchado: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

¿Quién tiene miedo al martirio? Es fácil responder: quien todavía no ha comprendido que en esta vida estamos de paso: que nuestra existencia en esta tierra es simplemente una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor. Y que, pasada esta prueba —que dura un instante—, vendrá la eternidad, la eternidad feliz.

Pero, ¿cuántos católicos lo saben?, ¿cuántos están dispuestos a demostrarlo dando la vida presente para ganar la Vida (con mayúscula)? Ellos son los que captaron la esencia de su fe, como lo hicieron los mártires, que nunca estuvieron tan contentos como en sus bodas místicas, en su Bautismo de sangre, en su dies natalis: en su nacimiento a la Vida eterna.

¿Qué temes? ¡Dios está contigo! Y la Virgen y todos los ángeles, y san José y todos los santos… ¡Somos el espectáculo del Cielo! Nos esperan allá, con coronas imperecederas.

¿Qué temes? La gracia de Dios no nos faltará. ¡Ánimo! Ni un paso atrás. Siempre adelante: con la valentía de quienes saben que Jesús ya venció en esta batalla, y que nos precede.

 

Mira las estadísticas de los católicos consagrados a Él; son cerca de:

    5.500 obispos

416.000 sacerdotes

45.000 diáconos

737.000 religiosos

Ora por ellos; sacrifícate con Jesús por ellos; niégate a ti mismo; carga con tu cruz de cada día, en pos de Jesucristo, nuestro caudillo, que desea cambiar el mundo, y sólo te pide tu cooperación con la gracia. Y, después, ¡recibirás el Premio mayor! Y dirás: “¡Valió la pena!”

 

_________

*  Los números de población por religión son computados por una combinación de datos del censo y encuestas de población (en países donde los datos de religión no son recolectados por el censo, por ejemplo Estados Unidos o Francia), pero los resultados pueden variar ampliamente dependiendo de la manera en que las preguntas son formuladas, las definiciones de religión utilizadas y la parcialidad de las agencias u organizaciones que conducen la investigación. Las religiones informales o desorganizadas son especialmente difíciles de contabilizar.

No hay consenso entre los investigadores acerca de la mejor metodología para determinar el perfil religioso de la población mundial. Un número de aspectos fundamentales están sin resolver:

  • Si contabilizar las “culturas religiosas históricamente predominantes”.
  • Si contabilizar sólo aquellos que “practican” activamente una religión en particular.
  • Si contabilizar basándose en un concepto de “adhesión”.
  • Si contabilizar sólo a aquellos que se auto-identifican expresamente con una denominación particular.
  • Si contabilizar solo a los adultos o incluir también a los niños.
  • Si apoyarse solamente en estadísticas oficiales facilitadas por el gobierno.
  • Si utilizar múltiples fuentes y rangos o sólo las “mejores fuentes”.

 

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Llegar a la perfección

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2015

La vida plena de un cristiano es unirse a la de Cristo. Pero esa unión no es la de un amigo que acompaña a otro, sino la del que vive intensamente su vida. Su unión es tan íntima, que sufre con lo que él sufre, goza con lo que él goza, desea lo que él desea…, y así, sucesivamente.

Algunos han vivido así su relación con Él. La gracia de Dios ha sido tan penetrante, que han podido comprender que no hubo en la vida de Jesús un anhelo más grande que el de salvar a las almas del terrible destino a que se veían abocadas por el pecado de soberbia que habían cometido contra su Dios, contra su Hacedor, contra su eterno benefactor.

Entre las muchas cosas que se pueden rememorar, están las palabras de san Pablo: Sufro en mi carne lo que le falta a Cristo. ¡Ese es el verdadero sentido de la vida del cristiano: ayudar a Jesús a redimir a los hombres! Pero no como quien se une a otro para hacer una buena labor en el mundo, no. Es siendo otros Cristos en medio de las gentes, ofreciendo cada instante de la vida a Dios Padre —como hizo Jesús— con afán redentor, pues el panorama es desolador: son muy pocos los hombres que cumplen con la Ley de amor que nos dejó. Conviene recordar que muchos no hacen lo único que les daría la vida eterna, esto es: amar como amó Jesús. ¡Cuántos estarán errando el camino al Cielo! Para completar, son pocos los que ayudan a Cristo a pedir perdón a su Padre por las faltas cometidas.

En el alma sacerdotal, cada acción, cada palabra, cada pensamiento ofrecido al Padre en común unión con Cristo será un acto redentor, y pasará de ser algo pobre o carente de valor a convertirse en un acto valiosísimo, pues tendrá la bendición y la fuerza de todo un Dios. El brazo justiciero del Padre se verá sostenido otra vez y, por un tiempo más, seguirá su curso el tiempo de la misericordia.

Esa es la misión del sacerdote: corredimir intensa y profundamente. Y todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo desde que recibimos el Bautismo.

Para eso, es necesario profundizar en la vida de Jesucristo, saber que lo que redimió al mundo fue su Cruz. Si somos generosos, podremos ofrecer al Padre nuestra pequeña cruz de cada día uniéndola a la de Cristo, de manera que, así ofrendada, se potencialice su acción hasta salvar a todos.

Y, si somos realmente libres y amamos de veras, podemos llegar a la perfección: crucificarnos con él en su Cruz, anulando todo ego y poniéndonos en sus manos para decirle que haga de nosotros lo que quiera. Ahí es cuando comenzaremos a ser discípulos suyos. Eso fue lo que logró san Pablo de la Cruz: pudo identificarse tanto con Cristo que vivió místicamente la Pasión y la Muerte de Jesucristo y sintió, como Jesús, los dolores que le produjeron nuestros pecados.

Siguiendo este camino llegará el día en que podamos afirmar con toda verdad y plenitud lo que dijo el apóstol: «Vivo yo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí».

 

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Noviembre 2 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

La Iglesia purgante

Ayer, nosotros —la Iglesia militante— celebrábamos la solemnidad de todos los miembros de la Iglesia triunfante; hoy conmemoramos a los miembros de la Iglesia purgante, aquellos que terminaron su carrera, sin la perfección que se nos pide para poder gozar de la bienaventuranza eterna, de la felicidad sin fin.

Y los recordamos porque queremos pedirle a Dios que los saque pronto de ese estado de purgación en el que se encuentran; efectivamente, las imperfecciones con las que murieron y la pena temporal que todavía deben por sus pecados los obliga a pasar un tiempo determinado limpiándose con sufrimientos para poder entrar en la Nueva Jerusalén, donde «nada impuro puede entrar».

Son todos los difuntos que no fueron santos: nuestros parientes, nuestros amigos…; todos nuestros hermanos conocidos y desconocidos.

Y necesitan de nuestra ayuda, porque ya no pueden hacer méritos: ese tiempo es únicamente para purificarse, pues el tiempo de hacer méritos se acabó para ellos en el momento de su muerte; pero nosotros podemos hacer méritos por ellos ofreciendo nuestras oraciones, sacrificios, obras de caridad, limosnas e indulgencias, seguros de que si obramos así, recibiremos lo mismo si llegamos a ese mismo estado…; a no ser que con la gracia de Dios logremos evitarnos el Purgatorio, que es lo que Él quiere y que es lo más deseable.

Precisamente hoy, por ser su conmemoración, es un día ideal para hacer un examen de conciencia personal y pensar en nuestra situación: Si muriéramos en este momento, ¿cómo sería nuestro juicio?, ¿tendríamos que pasar mucho tiempo en el Purgatorio?

Hagamos un propósito firmísimo de corregirnos con la gracia de Dios —que nunca nos faltará—, y usemos mismos medios para disminuir el tiempo de Purgatorio que debemos pasar: hagamos también por nosotros oraciones, sacrificios, obras de caridad, limosnas e indulgencias.

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¿Somos semipelagianos o voluntaristas?*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2012

El pelagianismo. En el siglo IV, cuando la Iglesia se ve invadida por multitudes de neófitos, surge en Roma un monje de origen británico, Pelagio (354-427), riguroso y ascético, que ante la mediocridad espiritual imperante, predica un moralismo muy optimista sobre las posibilidades naturales éticas del hombre. Los planteamientos de Pelagio resultaban muy aceptables para el ingenuo optimismo greco-romano respecto a la naturaleza: «Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla» (Epist. I Pelagii ad Demetriadem 30,16). Somos libres, no necesitamos gracia.

San Agustín resume así la doctrina pelagiana: «Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice [Pelagio] que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil. La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones [de súplica] de la Iglesia [¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?]. Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original» (De hæresibus, lib. I, 47-48. 42,47-48).

Según ellos, no hay, pues, un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación. La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobre-natural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido.

La Iglesia afirma la verdad católica de la gracia muy pronto. Aunque las doctrinas de Pelagio fueron en principio aprobadas por varios obispos y Sínodos, debido a informaciones insuficientes y malentendidas, pronto la Iglesia rechaza el pelagianismo con gran fuerza en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas, sobre todo a través de las enseñanzas de los pelagianos Celestio y Julián de Eclana (Indiculus 431, Orange II 529, Trento 1547, Errores Pistoya 1794: Denz 238-249, 371, 1520ss, 2616). Gran fuerza tuvieron en la lucha contra el pelagianismo varios santos Padres, como San Jerónimo, el presbítero hispano Orosio, San Próspero de Aquitania y sobre todo San Agustín de Hipona. Se atrevieron a combatir los errores de su propio tiempo.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15,5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).


El semipelagianismo es un grave error que en el siglo V se produjo en algunos monasterios del sur de Francia, como Marsella –de aquí vino el llamarlo error massiliense– y Lérins, isla frente a Cannes. Fue formulado y difundido por hombres de muy santa vida, como los monjes Juan Casiano, abad de Marsella (+430), en su Colación XIII, San Vicente de Lérins (+445), autor del Commonitorium, y San Fausto, Obispo de Riez, antes abad de Lérins (400-490). Ellos, claramente alejados del pelagianismo –reconocían el pecado original, la necesidad de la gracia y de la oración de petición–, erraban, sin embargo, acerca de la primacía absoluta de la gracia. Queriendo reaccionar contra ciertas tesis de San Agustín, que a su entender eliminaban la libertad del hombre en su colaboración con la gracia, vinieron a afirmar que ciertos esfuerzos de la voluntad humana preceden a la gracia y que el principio mismo de la fe (initium fidei) depende del hombre. Eran hombres santos, que erraron en un tiempo en que la Iglesia no había definido suficientemente la doctrina católica sobre la gracia.

San Fausto de Riez es el exponente máximo del semipelagianismo (De gratia Dei: PL 58,783-836). Según él, Dios ofrece igualmente a todos los hombres su gracia salvadora, y aquellos que generosamente la reciben, son los que se salvan. No son éstos, por tanto, propiamente elegidos de Dios (Rm 8,29), sino que más bien son ellos quienes se eligen a sí mismos, mereciendo así la salvación. La predestinación no es, por tanto, sino la previsión divina de aquellos que libremente van a recibir la gracia. Y es la voluntad humana la que hace eficaz la gracia, y la que decide el grado de santidad final según el grado mayor o menor de su generoso esfuerzo personal: «Regnorum cælorum vim patitur» (es el esfuerzo el que gana el Reino celestial, Lc 16,16). A fines del s. V, apenas entre los Obispos del sudeste de las Galias se alzaban voces contra la doctrina semipelagiana de católicos tan fidedignos como Casiano, Vicente y Fausto. El De gratia de Fausto era considerado por el escritor Genadio de Marsella (+500), docto sacerdote, como un «opus egregium».

Rechazo católico inmediato. También eran santos –y probablemente más santos, digo yo– quienes refutaron inmediatamente el semipelagianismo, como San Agustín (+430), San Hilario (401-449), obispo de Arlés, el monje San Próspero de Aquitania (+450), gran defensor del agustinismo, y San Fulgencio (+533), obispo de Ruspe, en el norte de África.

También el Magisterio pontificio, estimulado por esos autores, produjo a lo largo del siglo V varias declaraciones contrarias al semipelagianismo, reunidas en un documento, el Indiculus, que fue reconocido por Roma hacia el 500 (Denz. 238-249). Pero la más perfecta enseñanza de la Iglesia contra el semipelagianismo, en la misma doctrina del Indiculus, se produjo en el Sínodo II de Orange (529), pequeña ciudad al sudeste de Francia (Denz. 238-249). Fue presidido por San Cesáreo, obispo de Arlés (+543), y confirmado por el Papa Bonifacio II (Denz. 370-397).

Es significativo que tanto Hilario, como Próspero y Cesáreo, los tres habían sido monjes de Lérins, y conocían bien la doctrina del «semipelagianismo». Este término, por cierto, nació mucho después, cuando los que contradecían las tesis del P. Luis de Molina, S. J. (1535-1600), expuestas en su libro la Concordia (1588), lo acusaban de profesar las sententiæ semipelagianorum, es decir, de revivir los errores massilienses, ya condenados por la Iglesia.

Cánones principales del Sínodo II de Orange. El sufrido lector me va a permitir –a la fuerza– que transcriba buena parte de los cánones de este maravilloso Sínodo provincial (Arausicano). Su doctrina fue especialmente tenida en cuenta en los debates del Concilio de Trento. Han de ser leídos estos cánones con gran atención porque 1.–como es normal en los antiguos sínodos y concilios, su formulación es sumamente densa, precisa y concisa; y 2.–porque afirman unas verdades grandiosas, muy olvidadas actualmente hasta por los católicos más fieles. Si hoy la mayoría de los católicos no practicantes son apóstatas o pelagianos, una buena parte de los practicantes se ven más o menos afectados de semipelagianismo. Hemos de comprobarlo más adelante. Atención, pues:

Can. 1 y 2: El pecado original existe, y no en el sentido de Pelagio, sino en el de la Iglesia.

Can. 3: «Si alguno dice que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia hace que sea invocado [Dios] por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol: “he sido encontrado por los que no me buscaban. Manifiestamente aparecí a quien por mí no preguntaba” (Rm 10,20; cf. Is 65,1)».

Can. 4: «Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo, que por Salomón dice: “es preparada la voluntad por el Señor” (Prov. 8,35: en LXX), y al Apóstol que saludablemente predica: “Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar, según su beneplácito” (Flp 2,13)».

Can. 5: «Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe… se muestra enemigo de los dogmas apostólicos… “Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús” (Flp 1,6)… “A vosotros se os ha concedido por Cristo no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis” (1,29), y: “de gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios” (Ef 2,8)»…

Can. 6: «Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas, y no consiente que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: “¿qué tienes tú que no lo hayas recibido?” (1Cor 4,7), y: “por la gracia de Dios soy lo que soy” (1Cor 15,10)».

Can. 7: Es engañado por la herejía quien «afirma que por la fuerza de la naturaleza se puede pensar como conviene, o elegir algún bien que toca a la salud de la vida eterna, o consentir a la saludable y evangélica predicación… “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), y: “no que seamos capaces de pensar nada por nosotros como de nosotros, sino que nuestra suficiencia viene de Dios” (2Cor 3,5)».

Can. 8: Yerra el que «porfía que pueden venir a la gracia del bautismo unos por misericordia, otros en cambio por libre albedrío… El Señor mismo lo prueba, al atestiguar que no algunos, sino “ninguno puede venir a Él sino aquel a quien el Padre atrajere” (Jn 6,44); así como al bienaventurado Pedro le dice: “bienaventurado eres, Simón, hijo de Joná, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17); y el Apóstol: “nadie puede decir Señor a Jesús, sino en el Espíritu Santo” (1Cor 12,3)».

Can. 9: «Sobre la ayuda de Dios. Don divino es el que pensemos rectamente y que contengamos nuestros pies de la falsedad y la injusticia; porque cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros».

Can. 12: «Cuáles nos ama Dios. Tales nos ama Dios cuales hemos de ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento nuestro».

Can. 13: «De la reparación del libre albedrío. El albedrío de la voluntad, debilitado en el primer hombre, no puede repararse sino por la gracia del bautismo. Lo perdido no puede ser devuelto, sino por el que pudo darlo. De ahí que la Verdad misma diga: “si el Hijo os liberare, entonces seréis verdaderamente libres” (Jn 8,36)».

Can. 18: «Que por ningún merecimiento se previene a la gracia. Se debe recompensa a las obras buenas, si se hacen; pero la gracia, que no se debe, precede para que se hagan».

Can. 20: «Que el hombre no puede nada bueno sin Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, en cambio, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre».

Can. 22: «De lo que es propio de los hombres. Nadie tiene de suyo sino mentira y pecado. Y si alguno tiene alguna verdad y justicia, viene de aquella fuente» divina.

Can. 23: «De la voluntad de Dios y del hombre. Los hombres hacen su voluntad y no la de Dios, cuando hacen lo que a Dios desagrada; mas cuando hacen lo que quieren para servir a la divina voluntad, aun cuando voluntariamente hagan lo que hacen, la voluntad, sin embargo, es de Aquel por quien se prepara y se manda lo que quieren».

Can. 24: «De los sarmientos de la vid. De tal modo están los sarmientos en la vid que a la vid nada le dan, sino que de ella reciben de qué vivir»…

Concluye el Sínodo con una profesión solemne de la fe católica, redactada por San Cesáreo de Arlés, en la que reafirma la doctrina conciliar, añadiéndole más argumentos y citas bíblicas. «También profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que Él nos inspira primero –sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte– la fe y el amor a Él».

Bonifacio II confirma el Sínodo II de Orange (531: Denz. 398-400): «Vosotros definís que la recta fe en Cristo y el comienzo de toda buena voluntad, conforme a la verdad católica, es inspirado en el alma de cada uno por la gracia de Dios preveniente». Por tanto, «no hay absolutamente bien alguno según Dios que pueda nadie querer, empezar o acabar sin la gracia de Dios».

La primacía y la gratuidad total de la gracia de Dios es lo que está en juego en estas gravísimas cuestiones. Es muy significativo que la Iglesia dedicó sus primeros Sínodos y Concilios a definir ante todo las realidades más importantes de la fe católica: la Encarnación del Verbo, la santísima Trinidad, la gracia divina… El semipelagianismo –posterior al pelagianismo, ya condenado por la Iglesia–, estimando que la gracia de Dios se ofrece igualmente a todos, y que es la libertad humana personal la que, con su mayor o menor empeño, decide las buenas obras, prácticamente pone la iniciativa de la vida espiritual en el hombre. En consecuencia, la mayor o menor santificación de la persona es principalmente cuestión de su «generosidad» en la colaboración con la gracia. Y consiguientemente… etc. Ya lo iremos viendo.

Hace unos años, en un cursillo que di sobre la gracia divina a una veintena de católicos especialmente cualificados, les puse al inicio –confieso que con una cierta perfidia– un cuestionario previo, con una docena de frases (verdadera / falsa) tomadas textualmente de Concilios, de San Fausto de Riez, de Santo Tomás de Aquino, etc. Creo recordar que había entre ellos tres católicos, tres pelagianos y catorce semipelagianos.

La doctrina de la Biblia y del Magisterio apostólico es muy clara: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Es Dios el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, c. 9)… Cuando se leen estas frases tan claras, parece que la realidad que afirman –otra cosa será la explicación teológica que de ella se dé– es evidente: la gracia mueve la libertad del hombre para que pueda hacer el bien, un bien que no podría hacer ella sola sin la ayuda sobrenatural de Dios.

Sin embargo, son muchos los cristianos que ignoran esta verdad tan absolutamente fundamental, y que incluso se extrañan y eventualmente se escandalizan cuando se afirma de modo explícito. Más adelante, con el favor de Dios, he de exponer con cierta amplitud la doctrina católica. Pero contrapongo ahora, en forma muy abreviada, la fe católica en la primacía y eficacia de la gracia, y el modo semipelagiano de entender estas cuestiones.

Doctrina católica. La libertad humana es causa «subordinada», que se mueve movida por la gracia de Dios, la causa principal, en la producción de la obra buena. Por tanto, la libertad es causa real de la obra buena, pero no causa autónoma, que pueda producir su objeto propio, el bien, por sí misma; sino causa creatural, segunda, subordinada, que necesita la moción de la gracia divina. Puede la libertad humana, si Dios lo permite, resistir la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él. La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la co-operación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

El papa Paulo V mandó que cesaran las disputas entre Dominicos y Jesuitas sobre la explicación teológica de este misterio (1607). Y comunicó en 1611 al embajador español que, si la Santa Sede había sobreseído el pronunciamiento sobre esta disputa, se debía, entre otras causas, a que las dos partes estaban de acuerdo «en la sustancia de la verdad católica, esto es, que Dios con la eficacia de su gracia nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer, y dobla y cambia las voluntades de los hombres» para afirmarlas en las obras buenas salvíficas (Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

Doctrina semipelagiana. La libertad humana es causa «co-ordinada» con la gracia divina. Los semipelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) concurre con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace extrínsecamente eficaz en la producción del bien. Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, aunque adversario de ciertas tesis tomistas de los dominicos, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

«Algunos [semipelagianos] opinan que la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana, de modo que por su resultado se llama eficaz la gracia… y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín [y de Santo Tomás], y en cuanto a lo que yo entiendo, incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras» (De gratia et libero arbitrio I, cp. XII; cf. F. Canals, Gracia y salvación, Anales de la Fund. Fco. Elías de Tejada, 2, 1996, 13-30).

El voluntarismo pone, pues, la iniciativa de la vida espiritual en el hombre, quedando la gracia en la condición de ayuda, de ayuda necesaria, sin duda –«sin mí no podéis hacer nada»–, pero de ayuda. Aunque los cristianos que se ven afectados por esa actitud sean con frecuencia doctrinalmente ortodoxos –no son pelagianos, ni tampoco son semipelagianos conscientes–, en su espiritualidad práctica no alcanzan a vivir del todo, es imposible, la primacía absoluta de la gracia divina, la total gratuidad de la gracia, ni tampoco son conscientes de su intrínseca eficacia. No pueden llegar a la perfecta humildad, y por tanto a la plena santidad. Ellos estiman que ir más o menos adelante en el camino de la santidad «es cuestión de voluntad»; «querer es poder», etc. A veces, más que un error doctrinal, estos desastrosos planteamientos son en ellos una desviación espiritual, debida a tres causas principales:

1.– Una mala instrucción en la fe católica. Sólo un ejemplo. El padre Severino González, S. J., a mediados del siglo pasado, en una de las colecciones de teología dogmática más difundidas, rechaza juntamente las doctrinas agustinianas, tomistas y escotistas en estas cuestiones, y mantiene que «ningún sistema que afirme la gracia intrínsecamente eficaz puede explicar su concordia con la libertad» (Sacræ Theologiæ Summa, BAC, Madrid 1953, III, tract. III, tesis 33, nn. 313 y 324). Los muchachos de esos años no leíamos esas obras académicas, pero sí leíamos no pocos libros (por ejemplo, El joven de carácter, del húngaro Tihamer Toth, 1889-1931) que, si no recuerdo mal, por ahí andaban. Querer es poder. Es cuestión de generosidad… Aquellos libros nos hicieron mucho bien, pero también ocasionaron graves daños espirituales, cuya profunda huella negativa ha permanecido siempre en algunos, por falta de verdad católica. Padre, «santifícalos en la verdad» (Jn 17,17).

2.– Un antropocentrismo cultural ampliamente predominante, no solo en el mundo, sino también en las zonas mundanizadas de la Iglesia. El teocentrismo humilde que caracterizó tan profundamente la cristiandad antigua y medieval fue debilitándose mucho, como bien sabemos, a partir sobre todo del Renacimiento. Desde entonces, el antropocentrismo voluntarista, inevitablemente soberbio –aunque no se trate a veces de una soberbia personal, sino de especie humana– ha producido frecuentemente en los últimos siglos un cristianismo falsificado, en el que se ignora en gran medida la primacía de la gracia. Son muchos los católicos que son pelagianos –entre los no practicantes la mayoría–, y piensan que ir a la santidad está en la fuerza natural del hombre. Por eso, como no son tontos, no lo intentan, y dejan la vida cristiana. Y otros son semipelagianos –bastante numerosos entre los practicantes–, pues piensan que el bien que han de hacer procede en parte de Dios, y en parte, la más decisiva, por supuesto, de su propia voluntad libre.

3.– Un bajo nivel espiritual de sacerdotes y laicos. Entre los cristianos todavía carnales (1Cor 3,1-3), también entre aquellos que tienden con fuerza a la perfección, el voluntarismo suele ser el error más frecuente, pues si la pereza a veces, muchas veces, les daña, todavía hace en ellos peores estragos la soberbia, que unas veces es perezosa y otras activa, pero que siempre tiende a poner en el hombre la iniciativa, quitándosela a Dios, aunque sea inconscientemente.

En cambio los santos –ya lo comprobaremos– todos profesan la doctrina católica de la gracia, porque todos son perfectamente humildes. Y como dice Santa Teresa, «la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira» (6 Moradas 10,8). Es cierto que algunos santos, en sus comienzos, cuando todavía eran carnales, andaban no poco engañados, y fueron voluntaristas por carácter personal o por una formación incorrecta; pero cuando por la gracia de Dios llegaron a una condición espiritual, todos ellos descubrieron la primacía absoluta de la gracia, pues de otra manera no hubieran llegado a la santidad. La plena santidad se da en la perfecta humildad y verdad.

Un San Ignacio, por ejemplo, cuando se convierte en Loyola leyendo Vidas de santos, se decía a sí mismo: «Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer» (Autobiografía 7). Por narices. Pero en cuanto va entrando en Dios y en la vida espiritual, muy pronto alcanza por don del Señor un supremo conocimiento de la gracia. Y en sus Ejercicios dispone: «pedir a Dios Nuestro Señor quiera mover mi voluntad y poner en mi ánima lo que yo debo hacer»… (17). «Aquí será pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea» (152). Por ahí vamos mejor. Sus maravillosas reglas de discernimiento muestran claramente que en la vida espiritual la pretensión fundamental ha de ser dejar hacer a Dios, haciendo lo que Él quiera hacer en nosotros, incondicionalmente.

La operatividad caracteriza al voluntarismo semipelagiano. Es cierto que a veces el semipelagianismo, al cifrar tanto la obra de la santificación en el esfuerzo de la voluntad libre del hombre, lleva al voluntarista a abandonar la vida cristiana. Sabiendo bien por experiencia aquello de San Pablo: «no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Es el pecado que mora en mí» (cf. Rm 7, 15-19), concluye: «si así es el camino de la perfección, yo no tengo nada que hacer. Mejor será abandonar el intento». Y confiándose sin más a la misericordia de Dios –en el mejor de los casos–, pasa del semipelagianismo al luteranismo protestante.

Pero el voluntarismo semipelagiano lleva normalmente a los cristianos fieles y practicantes a una operatividad malsana. Ya sabemos, sí, que «la fe, si no tiene obras, está muerta» (Sant 2,17). Y no olvidamos las exhortaciones de Santa Teresa: «que no, hermanas, no: obras quiere el Señor» (5 Moradas 3,11); «vosotras diciendo y haciendo, palabras y obras» (Camino Perf. 55,2). Pero en una vida espiritual católica –sinergia de gracia y libertad–, que da siempre la iniciativa a Dios y a su gracia, el florecimiento en la santidad va siempre de la persona a las obras, del interior al exterior, con paz y suavidad, aunque a veces con gran cruz. Bajo el impulso del Espíritu Santo, en gran medida imprevisible, la oración y el ejercicio de las virtudes, el cultivo de la persona, de sus modos de pensar, de querer y de sentir, la cruz de cada día, va haciéndole florecer en buenas obras, al ritmo que marca Dios, no al señalado por la propia persona o por su director espiritual o su grupo: «es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,7). Hay cactus que, bien regados y cuidados, siguen espinudos y feos tiempo y tiempo, hasta que, de pronto, dan lugar a una flor maravillosa.

En el voluntarismo, por el contrario, se produce una cierta subordinación de la persona a las obras concretas. Se tira de la planta para que crezca más rápidamente, con el peligro de quedarse con ella en la mano. El crecimiento espiritual se pretende sobre todo por la prescripción –personal o ajena– de un conjunto de obras buenas, bien concretas, cuya realización se estimula y se controla con frecuencia.

Si las obras no se cumplen, vendrán juicios temerarios («soy un flojo; yo no valgo para esto»; «es un flojo; no vale, dejémoslo»; «puede, pero le faltó generosidad»). Y si se cumplen, vendrán juicios igualmente temerarios («soy un tipo formidable»; «es un tipo formidable»). Más aún. La operatividad voluntarista lleva a la prisa, que se hace crónica, y al activismo, al mismo tiempo que pone límites muy tasaditos a los tiempos de oración (personas tensas, comunidades siempre super-ocupadas). Lleva inevitablemente a la obra mal hecha, aunque la apariencia exterior de la misma sea buena. Cuantifica la vida espiritual (dos horas de oración santifican el doble que una; evidente). Da ocasión para los escrúpulos con gran frecuencia. Fija objetivos («este año tiene Ud. –o su comunidad– que conseguir al menos dos vocaciones para el Instituto, y una docena de vinculaciones de laicos»). Controla los resultados pretendidos, con mal desánimo o con peor satisfacción, según se hayan conseguido las metas. Lleva a un normativismo y a un legalismo detallista, y no advierte que leyes y normas señalan siempre obras mínimas, que no pocos voluntaristas tomarán como máximas, contentándose con su cumplimiento: todo lo que pase de ahí es para ellos exageraciones. Mediocridad congénita. «El viento [del Espíritu Santo] sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo nacido del Espíritu» (Jn 3,8).

El voluntarismo es tremendamente insano, tanto espiritual como psicológicamente. No capta la vida cristiana como un don constante de Dios, «gracia sobre gracia» (Jn 1,16), sino como un incesante esfuerzo laborioso del hombre. Sus errores y los daños que produce en personas y en grupos son tantos que resultan indescriptibles.

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/0912190950-indice-de-reforma-o-apostasia-51

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El sufrimiento, la enfermedad y la muerte

Posted by pablofranciscomaurino en abril 29, 2009

 

Dios creó al ser humano por amor, para amarlo: le dio la vida y todo lo que hay en el mundo para su bienestar, para hacerlo feliz.

En el plan de Dios no estaban ni la enfermedad, ni los sufrimientos ni la muerte: después de un tiempo determinado de felicidad aquí en la tierra, el hombre, sin morir, subiría al Cielo a gozar del amor de Dios eternamente.

Pero el hombre se rebeló contra Dios y quiso ser como Él, olvidándose de su condición de criatura. Ofendió a un Dios eterno y, por lo tanto, merecía un castigo eterno.

El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo.

Además, como Dios es perfecto, debe ser lógico. Todo acto tiene sus consecuencias; por eso, desde aquel momento el hombre se enferma, sufre y muere; son las secuelas de su grave pecado.

Para la primera consecuencia del pecado, Dios —que es amor— no podía permitir que el hombre, hecho por amor y para ser feliz, se fuera al castigo eterno. Por eso, Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre y pagó nuestro pecado, sufriendo atrozmente. Por ese sacrificio de amor, por ese sacrificio voluntario, ahora ya podemos ir a gozar de la felicidad eterna, pues Jesús nos abrió de nuevo las puertas del Cielo.

Pero en esta tierra quedaron las otras consecuencias del pecado del ser humano: el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

Esto quiere decir que la felicidad absoluta que Dios nos promete está allá, no acá.

En esta tierra lo máximo que podremos alcanzar es una felicidad relativa que, como el adjetivo lo dice, depende de algo; en este caso, de la unión que se logre aquí con Dios.

Efectivamente, por medio de una vida en gracia de Dios, de la oración y del uso de los Sacramentos, las personas pueden lograr un grado mayor o menor de unión con Dios, ya aquí en esta vida terrena, y gozar de las inefables delicias que nos esperan en el Cielo, por algunos períodos te tiempo más o menos largos y más o menos intensos; es decir, vivir la vida mística, que es la única que se puede llamar auténticamente feliz, pues las alegrías que se llegan experimentar aquí no llenan las ansias de felicidad que bullen en nuestro interior.

Sin embargo, hay infinidad de cristianos (católicos y no católicos) que creen que la felicidad está en el bienestar material, aquí en la tierra, luchan por conseguirla a toda costa sin lograrlo nunca y, lo que es peor, se preguntan todavía por qué existe el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

   

 

 

 

 

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¿Lujuria?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2008

Pocos se animan a hablar abiertamente de los ataques de los demonios de la lujuria, lo que ocurre a todo ser humano y muchas más veces de las que creemos.

Cuando esto ocurre, debemos deducir que el demonio está atacando, porque percibe que Dios quiere llevarnos hacia la santidad y sabe que, de no hacerlo, nos escaparemos de sus manos. Por eso es necesario que pongamos los remedios.

Lo primero que se debe hacer es mantenerse en gracia de Dios: si se ha caído, confesarse con dolor de haber ofendido a ese Dios tan bueno, con arrepentimiento sincerísimo y con un propósito firmísimo de no querer ofender nunca más a nuestro Señor. Este acto de obediencia a Dios (Jn 20, 21-13) trae al alma una fuerza espiritual (la gracia) para no seguir cayendo en este pecado.

Segundo, es necesario frecuentar los sacramentos (comunión y confesión), para seguir recibiendo esa fuerza del Cielo para no caer.

Tercero, hacer oración. Dedicar todos los días unos minutos a estar con Jesús; aprovechar ese tiempo para pedirle perdón y gracia para no caer más.

Cuarto, una gran devoción a la Santísima Virgen: rezar todas las noches las 3 avemarías antes de acostarse, pidiendo la pureza; rezar diariamente el Rosario y tratarla con frecuencia.

Quinto: cuidar la vista. Si no se es capaz de mirar a las personas del otro sexo en los ojos, recordando que son almas a quienes Dios quiere con todas sus fuerzas, mirar al cielo o al suelo. Nunca ver imágenes eróticas en televisión (cambiar inmediatamente de canal) o en Internet, no asistir a cine sin verificar qué tipo de película es la que queremos ver, cerrar las revistas que contengan ese tipo de imágenes.

Sexto: tener presente que las dos hermanas pequeñas de la impureza son la pereza y la gula. No permitir ni un minuto de pereza: máximo 7 horas de sueño y media hora de descanso después de las comidas. Y, por otra parte, nunca quedar llenos después de comer: que siempre se sienta que faltó comer alguna cosa más.

Séptimo: tener presente que las dos hermanas pequeñas de la virtud de la pureza son el pudor y la modestia. Pudor y modestia en vestirse, en la forma como nos portamos, caminamos, miramos, nos expresamos, hablamos, etc.

Y, particularmente, en los momentos de tentación, es necesario luchar contra ella, haciendo 2 cosas: rezar varias veces, y con mucho cariño y fervor, la oración: “Bendita sea tu pureza…” y quitar el pensamiento que nos está llevando al pecado, si es necesario haciéndonos violencia, como san Francisco de Asís y otros santos que, por preservar la hermosísima virtud de la pureza, llegaron al extremo de echarse a un estanque helado o a una zarza llena de espinas… Y así lograron la gema de esta virtud angélica, con la que ahora engalanan al mismo Cielo.

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