Hacia la unión con Dios

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Fluir del alma por corrientes de la Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2019

El Espíritu de Dios pronuncia en el fluir secreto de nuestro espíritu esta palabra: «Salid con una contemplación y gozo eterno al modo divino».

Todas las riquezas que hay en nuestro Dios por naturaleza están en nosotros por el Amor infinito que es el Espíritu Santo. En este amor se gusta el sabor de todo aquello que se puede anhelar. Por este Amor estamos muertos a nosotros mismos, salimos fuera del propio yo para sumergirnos amorosamente en el abismo de las tinieblas donde todo modo se disipa. Entonces, en el abrazo de la Trinidad Santa, nuestro espíritu permanece por la eternidad en la unidad supraesencial, en el descanso y en el gozo. En esta misma unidad, conforme al modo de su fecundidad, el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre y todas las criaturas se contienen en ellos. Esto excede la distinción de las personas, porque aquí, en la fecundidad viviente de la naturaleza, las nociones de paternidad y de filiación son simples conceptos de razón.

Este es el origen y principio de una salida eterna, de una actividad eterna, sin comienzo. Hay aquí un principio sin principio, porque cuando el Padre todopoderoso se comprende a sí mismo perfectamente en el fondo de su fecundidad nace el Hijo, Verbo eterno del Padre, constituyéndose otra Persona en la Divinidad. A causa de esta generación eterna todas las criaturas vienen a ser eternamente antes de ser creadas en el tiempo. Así Dios las contempla y las conoce en Él mismo, no distintas por completo, porque todo lo que está en Dios es Dios.

Esta procedencia eterna, la vida que tenemos en Dios eternamente y por la cual somos sin nosotros mismos, es el Principio de nuestro ser creado en el tiempo. Nuestro ser creado está dependiendo del ser eterno y es una sola cosa con Él, conforme a su existencia esencial. Este ser eterno, esta Vida eterna que tenemos y que somos en la Sabiduría eterna de Dios, es la semejanza con Dios. Tiene una eterna subsistencia sin distinción en la Esencia divina. Un eterno desbordarse debido a la generación del Hijo en la eternidad, con distinción de razón eterna. Mediante estos dos puntos nuestro ser eterno es tan semejante a Dios que Dios se reconoce y se refleja sin cesar en esta semejanza en cuanto a la Esencia y en cuanto a las personas. Hay aquí distinción y alteridad según la razón, pero esta semejanza es una sola cosa con la Imagen misma de la Santísima Trinidad, la Sabiduría de Dios en la cual Dios se contempla a sí mismo y todas las cosas en un eterno ahora, sin antes ni después. Con una simple mirada Él se contempla a sí mismo y todas las cosas. Esta es la Imagen y la Semejanza de Dios y nuestra Imagen y Semejanza, porque aquí Dios se refleja en todas las cosas. En esta imagen divina todas las criaturas tienen una vida eterna fuera de ellas mismas, como en su ejemplar eterno. Esta es la Imagen y esta es la Semejanza que nos hace la Santísima Trinidad.

También Dios quiere que salgamos de nosotros mismos por tal generación divina, y que persigamos sobrenaturalmente la Imagen, que es nuestra propia vida; y la poseamos con Él por la acción y el gozo, en la bienaventuranza eterna. Venimos a descubrir en el seno del Padre nuestro propio Fondo y Origen. Allí es donde nuestro vivir y nuestro ser tienen su principio. De nuestro propio fondo, es decir, del Padre y todo cuanto vive en Él, brota el fulgor de una Claridad eterna, o sea: la generación del Hijo. En esta Claridad, es decir, en el Hijo, se revela el Padre y todo lo que vive en Él. Porque todo lo que es y tiene se lo da al Hijo excepto la propia Paternidad, que es su identidad incomunicable. Por eso todo cuanto vive en el Padre fluye a la unidad; lo que vive en el Hijo se manifiesta y fluye fuera. Por eso nuestra imagen eterna siempre permanece en el Fondo simple, en tinieblas y sin modo. Pero la claridad inmensa que brota de Él revela y manifiesta el misterio de Dios según ciertos modos. Todos los hombres que están elevados por encima de su condición de criaturas a una vida contemplativa son una sola cosa con esta divina Claridad, están siendo esta misma Claridad. Ven, sienten, descubren mediante esta Luz divina que son ellos mismos el mismo Fondo simple, conforme a lo que hay en ellos de increado. De allí brota la Claridad sin medida según un modo divino y, conforme a la simplicidad de la esencia, permanece eternamente en el seno de la unidad sin modo.

Por esta razón los hombres íntimamente contemplativos deben salir según el modo de esta contemplación, por encima de la razón y de toda distinción, más allá incluso de su ser creado. Han de sumergirse eternamente con simple mirada en la unidad mediante la Luz que allí se engendra. Así llegan a transformarse hasta el punto de no ser más que uno con esta misma Luz que ellos ven y por la que ven. De esta manera los hombres dados a la contemplación persiguen la Imagen eterna, modelo conforme al cual fueron creados, y contemplan a Dios y todas las cosas sin distinción, de una simple mirada en la Claridad divina.

Esta es la forma más noble de contemplación y la más provechosa a que se puede llegar en esta vida. En ella el hombre logra perfectamente ser libre y dueño de sí mismo. Puede crecer en la altura de su vida cada vez que amorosamente entra en la unidad por encima de todo lo que se pueda comprender. Queda libre y señor de sí en su vida interior y en la práctica de todas las virtudes. La mirada que él hunde en la luz divina lo mantiene por encima de todo ejercicio interior; trasciende toda virtud y todo mérito porque es la corona y recompensa a que aspiramos. Entonces la tenemos y poseemos en cierto modo porque la vida contemplativa es vida celestial. Si estuviésemos libres de este destierro seríamos más capaces en la medida de nuestro ser creado para recibir la Iluminación. La gloria de Dios podría penetrarnos mejor y más noblemente con sus rayos en todo nuestro ser.

Tal es el modo por encima de todos los modos, conforme al cual se sale de sí mismo para entregarse a la contemplación divina y abismarse de cara a la eternidad. Así se llega a la transformación en la divina Claridad.

Esta salida del hombre dado a la contemplación es salida de amor. Mediante el amor de fruición excede su ser creado para descubrir y gustar la felicidad que Dios es en sí mismo y que Él comunica sin cesar en el secreto del espíritu, donde el hombre se asimila a la nobleza de Cristo.

 

*BEATO JAN VAN RUUSBROEC

Del libro: Las bodas del alma (capítulo IV)

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Vivimos en un universo alterno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2017

universo

Fue santa Teresa de Jesús quien, al describir el estado místico más alto de unión con Dios al que llegan algunos —conocido como la unión transformante o matrimonio espiritual—, afirmó que el mundo entero les parece a los místicos una farsa de locos.

Efectivamente, esta santa doctora de la Iglesia afirma que quien ha llegado a este grado místico tan elevado lo ve todo como “al revés” de como lo ven los demás hombres o de como lo veía él mismo antes de experimentar esa alta contemplación. Y se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en esa mentira» (Santa Teresa, Vida, 20, 26); «se ríe de sí mismo, del tiempo en el que valoraba el dinero y la codicia» (ídem 20, 27), y le parece que «no puede vivir, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21, 4).

Es más: se lamenta así: «¡Oh, qué será del alma que llega a este estado y se ve obligada a tratar con los demás, y ver esta farsa de esta vida tan mal establecida!» (21, 6).

Y así se expresan muchos otros santos místicos que han experimentado y descrito estas vivencias místicas.

Es que el Universo que creó Dios era uno solo, en el que se percibía tanto lo visible como lo invisible; pero después del pecado original, el ser humano perdió —entre otras muchas cosas— la capacidad de apreciar lo invisible: se opacaron para él la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles), los demonios, los santos… Tras el pecado del hombre, el apetito sensible por lo material, por lo temporal, creció tanto, que menguó casi hasta su extinción la facultad de advertir todo ese mundo espiritual.

Cegado de esa manera, el hombre perdió la noción completa del Universo en el que se halla inmerso y, por la mala inclinación que le quedó como consecuencia del pecado y por las tentaciones diarias que le producen los espíritus malignos, comenzó a apegarse a las criaturas visibles: a los otros seres humanos, a las cosas materiales, a sus propias ideas y a sí mismo.

Y hasta tal punto llegó, que muchos de ellos se convirtieron en esclavos de los placeres carnales, del deseo de poseer cosas materiales, de gozar de la fama o de la aprobación de los demás y de acceder al poder.

Por eso, san Juan llega a afirmar que «todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne [la lujuria], la concupiscencia de los ojos [la codicia] y la soberbia de la vida» (1Jn 2, 16), que son los 3 pecados capitales principales.

Perdida así su libertad para comprender su esencia material/espiritual, su trascendencia y la razón para la cual fueron creados por Dios, los hombres se empequeñecieron a tal punto, que disminuyeron más y más su capacidad de observar lo espiritual del mundo que los rodea, y se quedaron admirando y seguros únicamente del universo material.

En innumerables pasajes de la Biblia, se describen las tinieblas, la oscuridad en la que quedaron los mortales por eso. Un ejemplo entre muchos: «Pues mira cómo la oscuridad cubre la Tierra y espesa nube a los pueblos» (Is 60, 2a).

¿Y por qué se habla de oscuridad? Porque no se percatan los hombres que fueron hechos para una eternidad feliz, que esta vida es solo un paso para llegar allá: una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor; que solo quienes superen esa prueba podrán gozar de la felicidad a la que consciente o inconscientemente aspiran todos: una felicidad creciente que no acabe jamás, y que sacie sobreabundantemente las ansias de dicha que hierven en sus corazones.oscuridad

Vivir en esa oscuridad es como vivir en un universo distinto, diferente al primero, una especie de universo alterno, precisamente del que hablaba santa Teresa como una farsa: en este universo alterno lo que más importa es el placer, el tener, el poder y la fama.

En vez de procurarse la auténtica felicidad, corren por el mundo buscando llenar su vacío interior con un poco de placer diario, sin aspirar a nada duradero.

Para agravar su situación, muchas circunstancias de sus vidas estimulan esa inconciencia generalizada: los medios de comunicación los instan a buscar el placer pasajero y al poseer mucho como únicas fuentes posibles de felicidad; las novelas y las películas los inducen a apegarse más y más a sus seres queridos, de modo que cuando les acaece la muerte —inevitable, aunque muchos lo olvidan— se les desgarran dramáticamente sus corazones, sin que tengan en cuenta que pronto los verán, y mucho más rápido de lo que imaginan, pues esta vida «es sólo un soplo» (Sal 38, 7); cada vez que tienen un revés en sus vidas, pierden la paz, olvidando que Dios los está cuidando amorosamente, propiciando o permitiendo que cada acontecimiento ocurra para sacarlos de esa oscuridad en la que se encuentran o para acercarlos más a la felicidad auténtica que se gusta ya en la tierra: no saben que «todo es para bien» (Rm 8, 28).

Paradójicamente, muchos de ellos se quejan porque Dios no los escucha y, como su criterio está oscurecido, llegan a decir que Dios no existe, porque no les da lo que desean, ignorando de cuántos peligros los libró y cómo los ayudaba a acercarse a la luz, es decir, a la verdad.

Lo que más le cuesta entender al hombre o a la mujer que vive en esa oscuridad es el sufrimiento, permitido siempre por Dios para nuestra liberación de la oscuridad: verdad, por ejemplo, es que cada vez que Dios permite que muera un ser querido lo hace para recordarnos que esta vida es un instante, como afirmaba santa Teresita del Niño Jesús, que debemos ocuparnos más por lo verdaderamente importante —la vida eterna—, que debemos prepararnos para llegar a la casa de Dios-Padre. Y lo pretende Dios cuando permite una enfermedad o un sufrimiento: nos hace valorar las circunstancias en su medida correcta, nos hace verlas con su luz, no desde nuestra oscuridad.

Es que lo único que importa es ir a gozar para siempre del amor de Dios. Así lo expresó Jesús: «Marta, Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y una sola es necesaria» (Lc 10, 42). Y así nos lo dice a nosotros.

Desde nuestra oscuridad nos pueden parecer buenas muchas cosas y circunstancias que en realidad son malas para nosotros, pues nos alejarían de la finalidad de nuestra vida —lo único necesario, que decía Jesús, la felicidad auténtica— o correríamos el riesgo de alejarnos de ella.

Desde nuestra oscuridad podríamos hasta llegar a pensar que Dios nos quitó algo con lo que creíamos poder obtener un gran beneficio, pero desde su luz quizá nos sorprendamos al verificar cuán lejos estábamos de la verdad.

Por eso, dejemos que sea Dios quien guíe nuestras vidas, que haga y deshaga en ellas lo que quiera; dejemos a un lado la soberbia de creer que sabemos lo que nos conviene. Eso sería vivir con luz.

Vivir con luz es saber que estamos de paso por esta Tierra.

La luz que Dios nos da nos hace entender que lo único que se tendrá en cuenta a la hora del juicio será el amor efectivo (no el solamente afectivo) que hayamos realizado en esta vida: En cambio, la oscuridad nos hace cada vez más egoístas, hasta el punto de que muchos sólo piensan en sí mismos, sin importarles la suerte de los demás…

Lo más triste es que eso les ocurre a todos, en mayor o menor grado, inclusive a quienes están procurando las cosas del espíritu pues, como dice san Juan de la Cruz, casi siempre las buscan solo para complacerse, con lo que prueban su egoísmo…

Dios, al ver que su hijo, su criatura predilecta —el hombre— se perdía irremediablemente engañada de ese modo, se apiadó de ella, y le envió su Palabra esclarecedora y liberadora. Efectivamente, al leerla, el ser humano puede redescubrir lo que sus ojos tienen velado: el Universo completo. No ese universo parcial, sino todo: puede descubrir que tras esta vida, hay otra; que esta es muy corta, pues le espera una infinita, después de terminar su paso por esta Tierra.

Veamos algunos pasajes de esa Palabra de Dios:

San Pablo afirma que nosotros [se refiere a los cristianos que ya viven en la luz] «no nos fijamos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18). Nótese que aquí la Palabra de Dios habla de lo que nos interesa, de aquello a lo que le damos más importancia en nuestra vida: si seguimos buscando el placer, el tener, la fama, la honra, el poder, todavía estamos en la oscuridad.

Ya podemos entender que, en medio de la oscuridad, de las tinieblas, no advertimos sino la apariencia de las cosas y de las circunstancias. Por eso, conviene que recordemos constantemente que «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

Ver solo el universo alterno es ser mundanos, es vivir según la carne: «Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5).

Pero «el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

Salgamos de este universo alterno y regresemos al Universo primero, al Universo total. Vivamos en la verdad.

Para ello, basta cumplir los mandamientos, frecuentar los Sacramentos y hacer mucha, mucha oración.

Al orar, vislumbras ese primer Universo; al entrar a una iglesia, entras en él; al asistir a Misa, todo ese Universo baja para ti; al recibir un Sacramento, él entra en ti. Y así vivirás en la verdad.

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¿Es pecado el aborto?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 22, 2016

AbortoAl hablar sobre este tema debemos tener en cuenta que lo que importa es la verdad, y la verdad nos la reveló Dios: cada pecado ofende a Dios porque se ofende la dignidad (el valor) de sus hijos predilectos: los seres humanos. Por eso Dios sufre cuando el hombre peca, no porque Él se sienta ofendido como Dios, sino porque ve que sus hijos se hunden en la posibilidad de irse al infierno, donde no podrá darles su amor (que es la razón para la cual los creó y es lo que más desea: hacerlos inmensamente felices con su infinito amor). Sufre, además, porque hizo al hombre para que fuera libre, y él decidió hacerse esclavo de las cosas que lo denigran, que lo bajan de categoría, que disminuyen su valor como hijos de Dios: los pecados.

El aborto es un homicidio, un asesinato de un ser humano, hecho con alevosía (sin respetar el derecho que el niño tiene de vivir), premeditación (pensado, dándose cuenta de lo que se estaba por realizar), ventaja (el fuerte se aprovecha del débil, a la brava, con violencia) y, por último, es el asesinato de ¡un hijo!, no de un extraño. Por eso el aborto es uno de los pecados más graves que existen, es decir, hace sufrir mucho a Nuestro Señor.

La doctrina cristiana es, por una parte, la que está en el párrafo anterior, y nada la puede cambiar. Pero también incluye que Dios es infinitamente misericordioso y que sólo está esperando que la persona se arrepienta verdaderamente para perdonarlo; digámoslo así: cuando alguien comete el pecado del aborto (o cualquier otro pecado), Dios está ansioso, a la expectativa, deseando con todas sus fuerzas que la persona se arrepienta sinceramente de haber hecho sufrir a un Dios tan bueno y, cuando esa persona da el paso (se confiesa con un obispo o con un sacerdote que tiene la potestad de levantar la excomunión, en caso de haber realizado un aborto), ¡se pone feliz!, porque puede hacer lo que más le gusta: derramar su infinita misericordia, perdonar. Y cuando Él perdona, olvida que ocurrió: para Él ya no cuenta ese pecado. Por este acto, Dios da una nueva oportunidad para ir al Cielo: que la persona reinicie una nueva vida, una vida santa, por supuesto.

 

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La nueva Jerusalén, ¿aquí?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 3, 2016

 

“Y oí una voz que clamaba desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres; Él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y Él será Dios-con-ellos; Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado. […] Al que tenga sed yo le daré de beber gratuitamente del manantial del agua de la vida. Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí.’ […] A su luz caminarán las naciones, y los reyes de la tierra llevarán a ella sus riquezas. No habrá que cerrar sus puertas al fin del día, ya que allí no habrá noche. Traerán a ella las riquezas y el esplendor de las naciones. Nada manchado entrará en ella, ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.” (Apocalipsis, capítulo 21)

Además se puede leer en Isaías (capítulo 11) algo que, contradiciendo algunas exégesis, tendría el mismo sentido:

“El lobo habitará con el cordero, el puma se acostará junto al cabrito, el ternero comerá al lado del león y un niño chiquito los cuidará. La vaca y el oso pastarán en compañía y sus crías reposarán juntas, pues el león también comerá pasto, igual que el buey. El niño de pecho jugará sobre el nido de la víbora, y en la cueva de la culebra el pequeñuelo meterá su mano. […] No cometerán el mal, ni dañarán a su prójimo en todo mi Cerro santo, pues, como llenan las aguas el mar, se llenará la tierra del conocimiento del Señor.”

Ya es hora de hacer realidad estos pasajes evangélicos:

Veo a un hombre darle el paso a otro en el tráfico, a otro pedirle perdón a alguien después de estrellar su carro y pagarle todos los daños, más allá se observa cómo un joven ayuda a una anciana a pasar la calle y todos los autos se detienen con calma para que no tenga que apurarse. Los transeúntes sonríen y se saludan los choferes, las filas son respetadas…

En los bancos, teatros y demás lugares públicos se ve la cortesía y la urbanidad en las colas, los ancianos son pasados adelante; nadie fuma, el licor es tomado moderadamente; los espectáculos son sanos y preservan la moral; en las tiendas la atención es esmerada y educada, pero no solamente por el interés económico…

La tecnología y la ciencia están al servicio del hombre y no al revés. En los congresos científicos se enseña todo si egoísmos, buscando más que el reconocimiento, el bienestar del hombre en sus aspectos biológico, psicológico y espiritual…

Con la economía sucede lo mismo: es para el hombre y no el hombre para ella.

Ya casi no hay trabajo para los abogados: todos tratan de solucionar sus problemas de común acuerdo. Solo se los busca para llenar algunos requisitos indispensables…

La ecología es prioridad para todos…

Los escritores dedican todos sus esfuerzos a propagar buenas costumbres… En las comunicaciones, los medios destacan lo bueno, informan con veracidad…

Empleados y patrones se tratan con justicia…

En el comercio, se acabó la competencia y fue reemplazada por la cooperación. Solo se venden productos útiles y no se crean necesidades…

Ya no existe la pornografía ni el machismo, ni la degradación de la mujer…

Ellas ganan un buen salario, trabajando medio tiempo, para poder dedicarse a la educación de los hijos…

La política está al servicio del pueblo y no de intereses particulares…

La educación es una de las principales prioridades de los gobiernos…

La gente es consecuente con su manera de pensar: no hay católicos de segunda categoría, todos luchan a diario por ser mejores en todos los aspectos. La ascética es pelea de todas las almas y la mística acompaña a muchos…

Se respetan otras formas de pensar. No se discute ni siquiera con un poco de acaloramiento sobre las diferencias, sino que se habla de lo que unifica y enriquece…

La gloria de Dios y la paz entre los hombres es la meta principal de todos.

Como se ve, a cada uno le corresponde hacer algo por la nueva Jerusalén.

¿Utopía de ingenuos? Lo seguirá siendo hasta que comencemos, con Jesús.

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Un sacrificio de amor*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2013

Es la tarde de un viernes típico, y estás manejando hacia tu casa. Sintonizas la radio. El noticiero cuenta una historia que te parece de poca importancia: en un pueblo lejano han muerto tres personas de alguna enfermedad que nunca antes se había visto. No lo piensas mucho…

El lunes, cuando despiertas, escuchas que ya no son tres, sino cerca de treinta mil personas las que han muerto por esa enfermedad en las colinas remotas de la India. Se informa también que personal del control de enfermedades de Estados Unidos ha ido a investigar.

El martes ya es la noticia más importante en la primera plana del periódico, porque no solo es la India, sino Pakistán, Irán y Afganistán los países a los que llega la epidemia. Pronto la noticia corre a través de las emisoras de radio y televisión. La llaman «la enfermedad misteriosa». Todos se preguntan: «¿Cómo vamos a controlarla?»

Entonces, otra noticia sorprende a todos: Europa cierra sus fronteras: no habrá vuelos desde la India ni de ningún otro país en el que se haya visto un brote de la enfermedad.

Para enterarte bien del cierre de fronteras estás viendo las noticias, cuando escuchas las palabras traducidas de una mujer que, en Francia, afirma que hay un hombre en el hospital muriendo de la «enfermedad misteriosa»…

Hay pánico en Europa. La noticia que llega informa que cuando adquieres el virus, permanece latente una semana, y ni cuenta te das. Luego, tienes cuatro días de síntomas horribles y mueres.

Pasa un día más, y el presidente de los Estados Unidos cierra los viajes a Europa y a Asia, tanto de ida como de regreso, para evitar el contagio en el país, hasta que encuentren la cura…

Al día siguiente la gente se reúne en las iglesias a orar para que los científicos encuentren una solución…

Estás en una de esas iglesias orando cuando, de pronto, entra alguien diciendo: «Prendan la radio». Se oye la noticia: dos mujeres han muerto en Nueva York. Lo que se temía: ¡América está infectada!

En horas, parece que la enfermedad invade a todo el mundo. Los científicos siguen trabajando para encontrar el antídoto. Pero nada funciona…

De repente, llega la noticia más esperada: se ha descifrado el código del ADN del virus. ¡Se puede hacer el antídoto! Va a requerirse de alguien que no haya sido infectado, y en todo el país se corre la voz de que los ciudadanos deben ir a los hospitales para que se les practique un examen de sangre.

Acudes con tu familia y unos vecinos, preguntándote por el camino qué pasará. «¿Será esto el fin del mundo?…»

Se efectúan los exámenes a la familia. Todos deben esperar…

Repentinamente, un médico sale gritando un nombre que ha leído en su cuaderno. El más pequeño de tus hijos está a tu lado, te agarra la chaqueta y te dice: «Papi, ese es mi nombre». Antes de que puedas reaccionar, se están llevando a tu hijo, y gritas «¡Esperen!». Y ellos contestan: «Su sangre está limpia, su sangre es pura. Creemos que tiene el tipo de sangre correcto».

Después de cinco largos minutos salen los médicos llorando y riendo de la emoción. Hacía mucho que no oías reír a alguien. El médico de mayor edad se te acerca y te dice: «Señor, la sangre de su hijo es perfecta, está limpia y pura; podemos hacer el antídoto contra esta enfermedad». La noticia corre por todas partes; la gente da gracias a Dios y ríe de felicidad.

En eso, el médico se acerca y te dice: «¿Podemos hablar un momento? Es que no sabíamos que el donante era un niño, y necesitamos que firme este formato para darnos el permiso de usar su sangre».

Cuando estás leyendo el documento te das cuenta de que allí no ponen la cantidad de sangre que necesitan y preguntas: «¿Cuánta sangre…?» La sonrisa del galeno desaparece, y contesta: «La necesitamos toda».

No lo puedes creer, y tratas de contestar: «Pero… Pero…». El médico sigue insistiendo: «Usted no entiende; estamos hablando de la cura para todo el mundo. Por favor, firme».

Tú preguntas: «¿No pueden hacerle una transfusión?» Y viene la respuesta: «Si tuviéramos sangre limpia podríamos… ¿Firmará?… ¡Por favor!… Firme»…

Tu hijo interrumpe: «No importa, papá. Se salvarán todos. ¡Si no, morirán!»

En silencio y sin poder sentir los dedos que sostienen la pluma, lo firmas…

Cuando regresa el médico, te dice: «Lo siento, necesitamos empezar: mucha gente en todo el mundo está muriendo»…

La siguiente semana, cuando hacen una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan dormidas en sus casas, otras no asisten porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol, otras asisten a la ceremonia distraídos o con una sonrisa falsa, fingiendo que les importa…

Quisieras pararte y gritar: «¡Mi hijo murió por ustedes!; ¿Acaso no les importa?»

Tal vez eso es lo que tu Padre Dios quiere decir: «Mi Hijo murió por ustedes, ¿no les importa?»

La ceremonia se celebra todos los días: es la Santa Misa, la Eucaristía. Allí se renueva el sacrificio de Jesucristo: de un modo misterioso estás presente en el lugar y en el momento en que murió por la humanidad, para salvarla de la enfermedad que le traería la muerte eterna…

¿Asistirás, al menos, los domingos y las fiestas, para honrar al que derramó toda su Sangre por ti?

Anónimo

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El Credo comentado por santo Tomás*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 4, 2013

EXPOSICIÓN DEL SÍMBOLO DE LOS APOSTÓLES O DEL “CREDO IN DEUM”

Prólogo

1.- Lo primero que le es necesario al cristiano es la fe, sin la cual nadie se llama fiel cristiano. Pues bien, la fe produce 4 bienes.

2.- Primeramente por la Fe se une el alma a Dios. En efecto, por la fe el alma cristiana realiza una especie de matrimonio con Dios (Oseas, 2, 20): “Te desposaré conmigo en la Fe”.

Por lo cual al ser bautizado el hombre, desde luego confiesa la Fe, cuando se le pregunta: “¿Crees en Dios?”, porque el bautismo es el primer sacramento de la fe. Lo dice el Señor (Mc 16, 16): “El que crea y sea bautizado será salvo”. Porque el bautismo sin la fe es inútil, por lo cual es de saberse que nadie es acepto a Dios sin la fe (Hb II, 6): “Sin la fe es imposible agradar a Dios”. Por esta razón San Agustín, comentando a Romanos 14, 23: “Todo lo que no proceda de la fe es pecado”, escribe: “Donde falta el conocimiento de la eterna e inmutable verdad, falsa es la virtud aun con las mejores costumbres”.

3.- El segundo bien es que por la Fe comienza en nosotros la vida eterna. Porque la vida eterna no es otra cosa que conocer a Dios, por lo cual dice el Señor (Jn 17, 3): “La vida eterna es que te conozcan a ti el solo Dios verdadero”. Pues bien, este conocimiento de Dios empieza aquí por la fe, para perfeccionarse en la vida futura, en la cual lo conoceremos tal cual es. Por lo cual se dice en Hebreos II, I: “La fe es la substancia de las realidades que se esperan”. Así es que nadie puede alcanzar la bienaventuranza, que es el verdadero conocimiento de Dios, si primero no lo conoce por la fe (Juan 20, 29): “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

4.- El tercer bien es que la fe dirige la vida presente. En efecto, para vivir bien es menester que el hombre sepa qué cosas son necesarias para bien vivir, y si tuviera que aprender por el estudio todas las cosas necesarias para bien vivir, o no podría alcanzar tal cosa, o la alcanzaría después de mucho tiempo. En cambio la fe enseña todo lo necesario para vivir sabiamente. En efecto, ella nos enseña la existencia del Dios único, que recompensa a los buenos y castiga a los malos, y que hay otra vida y otras cosas semejantes, que nos incitan suficientemente a hacer el bien y a evitar el mal (Hab 2, 4): “Mi Justo vive de la fe”. Lo cual es manifiesto, porque ninguno de los filósofos de antes de la venida de Cristo, a pesar de todos los esfuerzos, pudo saber tanto acerca de Dios y de lo necesario para la vida eterna cuanto después de la venida de Cristo sabe cualquier viejecita mediante la fe. Por lo cual Isaías (II, 9) dice: “Colmada está la tierra con la ciencia del Señor”.

5.- El cuarto bien es que por la fe vencemos las tentaciones (Hb 11, 33): “Por la fe los santos vencieron reinos”. Y esto es patente, porque toda tentación viene o del diablo, o del mundo, o de la carne. En efecto, el diablo tienta para que no obedezcas a Dios ni te sujetes a Él. Y esto lo rechazamos por la fe. Porque por la fe sabemos que El es el Señor de todas las cosas, y por lo tanto que se le debe obedecer: I Pe 5, 8: “Vuestro adversario el diablo ronda buscando a quién devorar: resistidle firmes en la fe”.

El Mundo, por su parte, tienta o seduciendo con lo próspero o aterrándonos con lo adverso. Pero todo lo vencemos por la fe, que nos hace creer en otra vida mejor que ésta, y así despreciamos las cosas prósperas de este mundo y no tememos las adversas: I Jn 5, 4: “La victoria que vence al mundo es nuestra fe”, y a la vez nos enseña a creer que hay males mayores, los del infierno.

La Carne, en fin, nos tienta induciéndonos a las delectaciones momentáneas de la vida presente. Pero la fe nos muestra que por ellas, si indebidamente nos les adherimos, perdemos las delectaciones eternas: Ef 6. 16: “Embrazad siempre el escudo de la fe”.

Con todo esto queda patente que es grandemente útil tener fe.

6.- Pero puede alguno decir: es una tontería creer en lo que no se ve; así es que no se puede creer en lo que no vemos.

7.- Respondo. En primer lugar, la imperfección de nuestro entendimiento resuelve esta dificultad: porque si el hombre pudiese perfectamente conocer por sí mismo todas las realidades visibles e invisibles, necio sería creer en lo que no vemos. Pero nuestro conocimiento es tan débil que ningún filósofo pudo jamás descubrir a la perfección la naturaleza de un solo insecto. En efecto, leemos que un filósofo vivió treinta años en soledad para conocer la naturaleza de la abeja. Por lo tanto, si nuestro entendimiento es tan débil, ¿acaso no es insensato no creerle a Dios sino lo que el hombre puede conocer por sí mismo? Por lo cual sobre esto se dice en Job 36, 26: “¡Qué grande es Dios, y cuánto excede nuestra ciencia!”.

8.- En segundo lugar se puede responder que si un maestro enseñase algo de su ciencia y cualquier rústico dijese que eso no es tal como el maestro lo afirma por no entenderlo él, por gran necio tendríamos a ese rústico. Pues bien, es un hecho que el entendimiento de los ángeles excede al entendimiento del mejor filósofo más que el entendimiento de éste al del rústico. Por lo cual necio es el filósofo si no quiere creer lo que dicen los ángeles, y con mayor razón si no quiere creer lo que Dios enseña. Sobre esto se dice en Eccli 3, 25: “Muchas cosas que sobrepujan la humana inteligencia se te han enseñado”.

9.- En tercer lugar se puede responder que si el hombre no quisiera creer sino lo que conoce, ciertamente no podría vivir en este mundo. En efecto, ¿cómo se podría vivir sin creerle a nadie? ¿Cómo creer ni siquiera que tal persona es su padre? Por lo cual es necesario que el hombre le crea a alguien sobre las cosas que él no puede conocer perfectamente por sí mismo. Pero a nadie hay que creerle como a Dios, de modo que aquellos que no creen las enseñanzas de la fe, no son sabios sino necios y soberbios, como dice el Apóstol en la  Epístola a Timoteo, 6, 4: “Soberbio es, y no sabe nada”. Por lo cual dice San Pablo en la 2a. Epístola a Timoteo, I, 12: “Yo sé bien en quién creí y estoy cierto”.

10.- Se puede todavía responder que Dios prueba la verdad de las enseñanzas de la fe. En efecto, si un rey enviase cartas selladas con su sello, nadie osaría decir que esas cartas no proceden de la voluntad del rey. Pues bien, consta que todo aquello que los santos creyeron y nos transmitieron acerca de la fe de Cristo marcadas están con el sello de Dios: ese sello lo muestran aquellas obras que ninguna pura criatura puede hacer: son los milagros con los que Cristo confirmó las enseñanzas de los Apóstoles y de los santos.

11.- Si me dices que nadie ha visto hacer un milagro, respondo: consta que todo el mundo adoraba los ídolos y perseguía a la fe de Cristo, como lo atestiguan aun las historias de los paganos; y sin embargo todos se han convertido a Cristo: sabios y nobles, y ricos y poderosos y los grandes, por la predicación de unos cuantos pobres y simples que predicaron a Cristo. Y esto ha si-do obrado o milagrosamente, o no. Si milagrosamente, ya está la demostración. Si no, yo digo que no puede haber mayor milagro que la conversión del mundo en-tero sin milagros. No hay para qué investigar más.

12.- Así es que nadie debe dudar de la fe, sino creer en lo que es de fe más que en las cosas que ve; porque la vista del hombre puede engañarse, mientras que la ciencia de Dios es siempre infalible.

Artículo    1

CREO EN UN SÓLO DIOS, PADRE

TODOPODEROSO, CREADOR DEL

CIELO Y DE LA TIERRA

13.- Entre todas las cosas que los fieles deben creer, lo primero es que existe un solo Dios. Pues bien, debemos considerar qué significa esta palabra: “Dios”, que no es otra cosa que Aquel que gobierna y provee al bien de todas las cosas. Así es que cree que Dios existe aquel que cree que El gobierna todas las cosas de este mundo y provee a su bien.

Al contrario, el que crea que todas las cosas ocurren al acaso no cree en la existencia de Dios. Sin embargo, nadie hay tan insensato que no crea que las cosas de la naturaleza son gobernadas, están sometidas a una providencia y ordenadas, de modo que ocurren conforme a cierto orden y a su tiempo. En efecto, vemos que el sol y la luna y las estrellas y todos los otros seres de la naturaleza guardan un curso determinado, lo cual no ocurriría si fuesen efecto del azar. En consecuencia, si hubiere alguien que no creyese en la existencia de Dios, sería un insensato. Salmo 13, I: “Dijo el necio en su corazón: no hay Dios”.

14.- Sin embargo, hay algunos que creen que Dios gobierna y dispone las realidades naturales, pero no creen que Dios sea providente respecto de los actos humanos, así que no creen que los actos humanos estén gobernados por Dios. Y la razón de ello es que ven que en este mundo los buenos son afligidos y los malos prosperan, por lo cual parece que no hay una pro-videncia divina respecto a los hombres, por lo cual ha-blando por ellos dice Job (22, 14): “Dios se pasea por los caminos del cielo y se desinteresa de nuestros asuntos”.

Pero esto es demasiado estúpido. Pues a éstos les ocurre como si algún ignorante en medicina viere al médico recetar a un enfermo agua, a otro vino, conforme lo piden las reglas de la medicina, y creyere que eso lo hace al acaso, por su ignorancia de esas reglas, siendo que por un justo motivo lo hace, o sea, el darle a uno vino, y al otro agua.

15.- Lo mismo debemos decir de Dios. Pues por justo motivo y por su providencia Dios dispone las cosas que les son necesarias a los hombres, por lo cual a algunos buenos los aflige y a algunos malos los deja en prosperidad. Así es que quien crea que esto ocurre por azar es un insensato y se le tiene por tal, porque esto no proviene sino de que ignora la sabiduría y las razones del gobierno divino. Job 11,6: “Ojalá que Dios te revelara los arcanos de su sabiduría y la multiplicidad de sus designios”. Por lo cual es de creer firmemente que Dios gobierna y dispone no sólo las realidades naturales sino también los actos humanos. Salmo 93, 7-10: “Y dicen: ‘No lo verá el Señor, no se da cuenta el Dios de Jacob’. Comprended, estúpidos del pueblo; insensatos ¿cuándo vais a ser cuerdos? El que plantó la oreja ¿no oirá? El que formó los ojos ¿no va a ver?… El Señor conoce los pensamientos de los hombres”.

Dios ve, pues, todas las cosas, y los pensamientos y los secretos de la voluntad. De aquí que se les imponga especialmente a los hombres la necesidad de obrar bien, porque todo lo que piensan y hacen manifiesto está a la mirada divina. El Apóstol dice en Hebreos 4, 13: “Todo está desnudo y patente a sus ojos”.

16.- Pues bien, debemos creer que este Dios que todo lo dispone y gobierna es un Dios único. La razón es que la disposición de las cosas humanas está bien ordenada cuando la multitud se halla regida y gobernada por uno solo. En efecto, una multitud de jefes provoca generalmente disensiones entre los subordinados. Y como el gobierno divino es superior al gobierno humano, es evidente que el mundo no está regido por muchos dioses sino por uno solo.

17.- Sin embargo, hay cuatro razones por las que los hombres son inducidos a tener muchos dioses.

La primera es la flaqueza * del entendimiento huma-no. Porque hombres de flaco entendimiento, incapaces de elevarse por encima de los seres corporales, no creyeron que hubiese algo más allá de la naturaleza de los cuerpos sensibles, y en consecuencia, entre los cuerpos tuvieron por preeminentes y gobernantes del mundo a los que les parecieron más bellos y dignos de todos, y les atribuían y consagraban un culto divino: y de éstos son los cuerpos celestes, a saber el sol, la luna y las estrellas. Pero a éstos les ocurrió lo que a uno que fue a la corte de un rey: queriendo ver al rey, se imaginaba que cualquiera bien vestido o cualquier funcionario era el rey. De estas gentes dice la Sabiduría, 13, 2: “Al sol y la luna y la «bóveda estrellada los consideraron como dioses que rigen el mundo”. E Isaías, 51,6, dice: “Alzad a los cielos vuestros ojos, y contemplad abajo la tierra, pues los cielos como humareda se disiparán, la tierra como un vestido se gastará, y sus moradores perecerán igualmente: pero mi salvación por siempre será, y mi justicia no tendrá fin”.

18.- En segundo lugar proviene de la adulación de los hombres. En efecto, algunos, queriendo adular a los. poderosos y a los reyes, a ellos les tributaron el honor debido a Dios, obedeciéndolos y sujetándoseles; y por eso a algunos ya muertos los hicieron dioses, y a otros aun en vida los declararon dioses. Judit 5, 29: “Sepan todas las naciones que Nabucodonosor es el dios de la tierra y que no hay otro fuera de él”.

19.- La tercera causa proviene del afecto carnal a hijos y consanguíneos. En efecto, algunos, por el excesivo amor a los suyos, les hacían estatuas después de muertos, y de esto se siguió que a esas estatuas les rin-dieran culto divino. De éstos dice la Sabiduría, 14, 21: “O por afecto o por servilismo con los reyes, los hombres impusieron a piedras y maderos el nombre incomunicable”.

20.- En cuarto lugar por la malicia del diablo. Pues éste desde el principio quiso igualarse a Dios, por lo cual dijo (Isaías 14, 13): “Pondré mi sede hacia el Aquilón, escalaré los cielos y seré semejante al Altísimo”. Y tal decisión nunca la ha revocado, por lo cual todo su esfuerzo consiste en hacerse adorar por los hombres y en que le ofrezcan sacrificios: no es que se deleite en un perro o en un gato que le sean ofrecidos, sino que se deleita en que a él se le rinda reverencia como a Dios, por lo cual dijo al mismo Cristo (Mt 4, 9): “Todo esto te daré sí postrándote me adoras”. Por esta misma razón entraban los demonios en los ídolos y daban las respuestas para ser venerados como dioses. Salmo 95, 5: “Todos los dioses de las naciones son demonios”. Y el Apóstol dice en 1Co 10, 20: “¡Pero si lo que inmolan los gentiles, lo inmolan a los demonios, y no a Dios!”.

21.- Verdaderamente son horribles estas cosas, y sin embargo son muchos los que con frecuencia incurren en estas cuatro causas. Y ciertamente, si no de palabra o con la boca, con sus hechos demuestran que creen en muchos dioses.

En efecto, aquellos que creen que los cuerpos celestes pueden constreñir la voluntad del hombre y que para obrar escogen tiempos determinados, consideran a los cuerpos celestes como dioses y que dominan a los otros seres, y hacen predicciones. Jeremías 10, 2: “De los signos celestes no os espantéis como los temen los gentiles, porque las costumbres de las naciones son vanas”.

Asimismo, todos aquellos que obedecen a los reyes más que a Dios o en aquellas cosas en que no deben obedecer, los constituyen dioses suyos. Hechos 5, 29: “Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Asimismo aquellos que aman a sus hijos o a sus parientes más que a Dios, con sus obras manifiestan que para ellos hay muchos dioses. Así como los que aman la comida más que a Dios. De éstos dice el Apóstol (Fil 3, 19): “Su dios es su vientre”.

También todos aquellos que se entregan a la adivinación y a los sortilegios creen que los demonios son dioses, puesto que piden a los demonios lo que sólo Dios puede dar, a saber, la revelación de alguna cosa oculta o el conocimiento de las cosas futuras.

En consecuencia, lo primero que se debe creer es que Dios es tan sólo uno.

22.- Como ya lo dijimos, lo que primeramente debemos creer es que hay un solo Dios; en segundo lugar, que este Dios es el creador que ha hecho el cielo y la tierra, las cosas visibles y las invisibles.

Y dejando a un lado por el momento razonamientos sutiles, con un ejemplo sencillo demostremos nuestra proposición: todas las cosas han sido creadas y hechas por Dios.

Es  claro  que  si  alguien  entra  a  una  casa,  y  al  penetrar en ella siente calor, y conforme va avanzando sien-te mayor calor, y más y más, pensará que hay fuego adentro, aun cuando no vea el fuego que produce dicho calor: esto mismo le ocurre al que considera las cosas de este mundo. Porque encuentra que todas las cosas están dispuestas según diversos grados de belleza y de nobleza, y cuanto más se acercan a Dios, más bellas y mejores las halla. He aquí por qué los cuerpos celestes son más bellos y nobles que los cuerpos inferiores, y las cosas invisibles más que las visibles. Por lo cual debemos creer que todas estas realidades vienen del Dios uno, que da a cada cosa su existencia y su excelencia.

Sabiduría 13, I: “Vanos son todos los hombres que ignoraron a Dios y no fueron capaces de conocer por los bienes visibles a Aquel que es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice”; y más abajo, 5: “pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se puede, por analogía, contemplar a su Creador”.

Así es que como cosa cierta debemos tener que todas las cosas que existen en el mundo, de Dios vienen.

23.- Sin embargo, en esta materia debemos evitar tres errores.

El primer error es el de los Maniqueos, que dicen que todas las cosas visibles han sido creadas por el diablo, y por lo mismo a Dios no le atribuyen sino la creación de las cosas invisibles. Y la causa de este error es que afirman, conforme a la verdad, que Dios es el sumo bien y que todas las cosas que provienen del Bien son buenas; pero no sabiendo discernir qué cosa sea mala y qué cosa sea buena, creyeron que todas aquellas cosas que de cierta manera son malas son pura y simplemente malas; y así, según ellos, el fuego, porque quema, es totalmente malo; y lo es el agua, porque ahoga, y así por el estilo. En consecuencia, por no ser enteramente buena ninguna de las realidades sensibles, sino en cierto modo malas y deficientes, dijeron que todas las realidades visibles no son hechas por el Dios bueno, sino por el dios malo.

Contra ellos propone San Agustín el siguiente ejemplo. Si alguien entra a la casa de un artesano y allí encuentra instrumentos con los que tropieza, y que lo hieren, y por ello juzgare que dicho artesano es malo, por tener esos instrumentos, sería un estulto, pues el artesano los tiene para su trabajo. Asimismo es estulto decir que las criaturas son malas por ser nocivas en algo, pues lo que es nocivo para el uno es útil para el otro.

Este error es contrario a la fe de la Iglesia, y para descartarlo se dice: “De todas las cosas visibles e invisibles”. Génesis 1, 1: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”. Juan I, 3: “Todas las cosas son hechas por El”.

24.- El segundo error es de los que afirman que el mundo es eterno, según este modo de hablar que Pedro consigna (II Pedro 3, 4): “Desde que murieron los padres,* todo sigue como al principio de la criatura”.

* La primera generación cristiana.

Estos son inducidos a tal postura porque no supieron considerar el principio del mundo. Por lo cual, como dice Maimónides, a éstos les pasa lo que a un niño que desde su nacimiento fuese puesto en una isla, y que nunca viese a una mujer encinta ni nacer a un niño: si a este niño se le dijera, siendo ya grande, cómo es concebido el hombre y llevado en el seno y cómo nace, no creería nada de lo que se le dijera, porque le parecería imposible que el hombre pudiese existir en el seno materno. De la misma manera, estos hombres, considerando el estado del mundo presente, no creen que haya tenido comienzo.

También esto es contra la fe de la Iglesia, por lo cual para descartarlo se dice: “Creador del cielo y de la tierra”. Y si fueron hechos es claro que no siempre existieron, por lo cual se dice en el Salmo 148, 5: “Dios mandó y ellas fueron creadas”. “Dixít et facta sunt”.

25.- El tercer error es de los que afirman que Dios hizo el mundo de una materia preexistente. Y a esto fueron llevados porque quisieron medir el poder de Dios conforme a nuestra capacidad, y como el hombre nada puede hacer sino de alguna materia preexistente, creyeron que también así es Dios, por lo cual dijeron que para la producción de los seres contó El con una materia preexistente.

Pero esto no es la verdad. En efecto, nada puede hacer el hombre sin una materia preexistente, porque él es una causa parcial y no puede dar sino tal o cual forma a una materia determinada, por algún otro proporcionada. Y la razón es que su poder no abarca sino la forma, y en consecuencia no puede ser causa sino de ella sola. Dios, en cambio, es la causa universal de todas las cosas, y no crea sólo la forma sino también la materia; así es que de la nada lo hizo todo. Por lo cual para descartar este error se dice: “Creador del cielo y de la tierra”.

Así es que crear y hacer difieren en que crear es hacer algo de la nada, y hacer es producir algo de cierta cosa. Por lo tanto, si de la nada creó Dios, debemos creer que podría crear todas las cosas de nuevo si fuesen destruidas: así es que puede darle la vista a un ciego, resucitar a un muerto, y hacer las demás obras milagrosas. Sabiduría 12, 18: “Con sólo quererlo lo puedes todo”.

26.- Por la consideración de esta doctrina el hombre es llevado a cinco consecuencias.

Primeramente al conocimiento de la divina Majestad. Porque el artesano es superior a sus obras, y como Dios es el creador de todas las cosas, es evidente que está por encima de todas las cosas. Sabiduría 13, 3-4: “Si seducidos por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de todos ellos; y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos, deduzcan de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los hizo”. Por lo cual cuanto podamos entender y pensar es inferior a Dios mismo. Job 36, 26: “¡Qué grande es Dios! Excede nuestra ciencia”.

27.- En segundo lugar, esto lleva al hombre a la acción de gracias. Porque si Dios es el creador de todas las cosas, resulta evidente que cuanto somos y tenemos, de Dios procede. Dice San Pablo en 1Co 4, 7: “¿Qué cosa tienes que no la hayas recibido?”. Salmo 23, I: “Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella, el orbe de la tierra y cuantos en él habitan”. Y por lo mismo debemos rendirle acciones de gracias: Salmo 115, 12: “¿Qué podré yo darle al Señor por todo lo que El me ha dado?”.

28.- En tercer lugar es llevado a la paciencia en las adversidades. En efecto, si toda criatura viene de Dios, y por esto mismo es buena según su naturaleza, empero, si en algo nos daría una de ellas y nos produce un sufrimiento, debemos creer que éste viene de Dios; mas no el pecado, porque ningún mal viene de Dios sino en cuanto está ordenado al bien. Por lo cual, como cualquier pena que el hombre sufra viene de Dios, pacientemente debe soportarlas. En efecto, las penas purgan los pecados, humillan a los culpables, inducen a los buenos a amar a Dios. Job 2, 10: “Si los bienes los hemos recibido de la mano de Dios, ¿por qué no hemos de aceptar igualmente los males?”.

29.- En cuarto lugar somos llevados a usar rectamente de las cosas creadas: en efecto, de las criaturas debemos usar para aquello para lo que fueron creadas por Dios. Ahora bien, fueron hechas con un doble objeto: para la gloria de Dios, porque “el Señor ha hecho todas las cosas en atención a El mismo” (esto es, para su gloria], como dice Prov 16, 4; y para nuestro provecho: Deut 4, 19: “El Señor tu Dios las hizo para el provecho de todas las gentes”. Por lo tanto, debemos usar de las cosas para la gloria de Dios, o sea, para que al usarlas agrademos a Dios; y para nuestro provecho, o sea, de modo que al usarlas no cometamos pecado. I Paralip 29, 14: “Tuyas son todas las cosas y te damos lo que de tu mano hemos recibido”. Así es que cuanto tengas, o ciencia, o belleza, todo debes referirlo y usarlo para la gloria de Dios.

30.- Todo ello nos lleva, en quinto lugar, al conocimiento de la dignidad humana. En efecto, Dios todo lo hizo para el hombre, según se dice en el Salmo 8, 8: “Todo lo pusiste bajo sus pies”. Y entre todas las criaturas, el hombre es, después de los ángeles, la más semejante a Dios, por lo cual dice el Génesis (I, 26): “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y esto no lo dijo ni del cielo ni de las estrellas, sino del hombre. Pero no en cuanto al cuerpo, sino en cuanto al alma, que goza de una voluntad libre y que es incorruptible, que es en lo que se asemeja a Dios más que las otras criaturas. Por lo tanto, hemos de considerar que después de los ángeles el hombre tiene mayor dignidad que las demás criaturas y de ninguna manera disminuir nuestra dignidad por el pecado y por el desordenado apetito de las cosas corporales, que son inferiores a nosotros y fueron hechas para nuestro servicio, sino que debemos portarnos tal como Dios nos hizo.

Pues bien, Dios hizo al hombre para que domine todas las cosas que existen en la tierra y para que se sujete a Dios. Por lo tanto, debemos dominar y someter las cosas; pero sujetarnos a Dios, obedecerlo y servirlo; y de esto pasaremos a la fruición de Dios. Que El se digne concedérnoslo, etc.

 

Artículo    2

Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, SEÑOR NUESTRO

31.- No sólo les es necesario a los cristianos creer en un Dios único, y en que El es creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas, sino que también les es necesario creer que Dios es Padre y que Cristo es verdadero Hijo de Dios.

Lo cual, como lo dice el bienaventurado Pedro en su Segunda Epístola Canónica, cap. I, no es una fábula, sino algo cierto y probado por la palabra de Dios en la montaría. En efecto, dice él allí (16-18): “Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de Nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloría cuando de la sublime Gloria le vino esta voz: Este es mi hijo muy amado en quien me complazco. Oídle. Nosotros mismos escuchamos esta voz venida del cielo, estando con El en el monte santo”.

El mismo Jesucristo en muchas ocasiones llama Padre suyo a Dios y se dice Hijo de Dios. Por lo cual los Apóstoles y los Santos Padres pusieron entre los artículos de Fe que Cristo es Hijo de Dios, al decir: “Y en Jesucristo su Hijo”, esto es, Hijo de Dios.

32.- Pero hubo algunos herejes que creyeron en esto de manera perversa.

En efecto, Fotino dice que Cristo no es Hijo de Dios sino tal como lo son los varones virtuosos que, por vivir honestamente y por cumplir con la voluntad de Dios, merecen ser llamados hijos de Dios por adopción; y que de esta manera Cristo, que vivió honestamente e hizo la voluntad de Dios, mereció ser llamado Hijo de Dios; y pretendió que Cristo no existió antes de la Bienaventurada Virgen, sino que empezó a existir cuando fue concebido por Ella.

Y así erró doblemente. Primero, por no decir que Cristo es verdadero Hijo de Dios según la naturaleza; y en segundo lugar al decir que Cristo empezó a existir en el tiempo en cuanto a todo su ser, mientras que nuestra fe afirma que El es Hijo de Dios por naturaleza y que lo es ab aeterno. Y en todo esto tenemos testimonios expresos contra Fotino en la Sagrada Escritura.

En efecto, contra lo primero la Escritura dice no sólo que Cristo es Hijo sino que es Hijo único. Juan I, 18: “El Hijo único, que está en el seno del Padre, El lo ha contado”. Y contra lo segundo, Juan 8, 58: “Antes de que Abraham fuese, Yo soy”. Ahora bien, es claro que Abraham existió antes que la Santísima Virgen, por lo cual los Santos Padres agregaron, en otro Símbolo, contra lo primero: “Su único Hijo”; y contra lo segundo: “Y nacido del Padre antes de todos los siglos”.

33.- Sabelio ciertamente dijo que Cristo fue anterior a la Bienaventurada Virgen, pero también dijo que no es una la persona del Padre y otra la del Hijo, sino que el mismo Padre se encarnó, por lo cual una misma es la persona del Padre y la del Hijo. Pero esto es erróneo porque destruye la trinidad de las personas. Y en contra de esto tenemos la autoridad de Juan 8, 16: “No estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre”. Y es claro que nadie se envía a sí mismo. En esto, pues, yerra Sabelio. Por lo cual se añade en el Símbolo de los Padres: “Dios de Dios, Luz de Luz”, o sea: debemos creer en Dios Hijo procedente de Dios Padre, en el Hijo que es Luz, que procede del Padre, que es Luz.

34.- Arrío dijo que Cristo es anterior a la Bienaventurada Virgen, y que una es la persona del Padre y otra la del Hijo; pero le atribuyó a Cristo estas tres cosas: primera, que el Hijo de Dios fue una criatura; segunda, que no ab aeterno sino en el tiempo fue creado por Dios como la más noble de las criaturas; tercera, que Dios Hijo no es de una misma naturaleza con Dios Padre, y por lo tanto que no es verdadero Dios.

Pero todo esto es igualmente erróneo y contra la autoridad de la Sagrada Escritura. Pues dice Juan (10, 30): “Yo y el Padre somos una sola cosa”, es evidente que en cuanto a la naturaleza; y por lo tanto, como el Padre siempre ha existido, también el Hijo, y así como el Padre es verdadero Dios, lo es también el Hijo.

Por lo cual, donde se dice por Arrio que Cristo fue una criatura, en contra se dice por los Padres en el Símbolo: “Dios verdadero de Dios verdadero”; donde se dice que Cristo no existe ab aeterno, sino que fue creado en el tiempo, en contra se dice en el Símbolo: “Engendrado, no creado”, y contra la afirmación de que El no es de la misma sustancia con el Padre, se agrega en el Símbolo: “Consubstancial al Padre”.

35.- Es evidente, por Io tanto, que debemos creer que Cristo es el Unigénito de Dios, y verdadero Hijo de Dios, y que siempre ha sido con el Padre, y que una es la persona del Hijo y otra la del Padre, y que es de una misma naturaleza con el Padre. Pero todo esto que creemos aquí abajo por la fe, lo conoceremos en la vida eterna por una visión perfecta. Por lo cual para nuestro consuelo diremos algo de estas cosas.

36.- Es de saber que los diversos seres tienen diversos modos de generación. En efecto, la generación en Dios es distinta de la de los demás seres; por lo cual no podemos llegar a conocer la generación en Dios si no por la generación de aquello que en las criaturas alcance a ser más semejante a Dios. Pues bien, nada es tan semejante a Dios, según ya lo dijimos, como el alma del hombre. Y he aquí el modo de la generación en el alma: el hombre piensa por su alma alguna cosa, que se llama concepción de la inteligencia; y tal concepción proviene del alma como de un padre, y se le llama verbo de la inteligencia, o del hombre. Así es que, pensando, el alma engendra su Verbo.

De la misma manera, el Hijo de Dios no es otra cosa que el Verbo de Dios; no como un verbo proferido afuera, porque tal verbo pasa, sino como un verbo concebido interiormente: por lo cual ese Verbo de Dios es de una misma naturaleza con Dios e igual a Dios. De aquí que hablando San Juan acerca del Verbo de Dios, a los tres herejes destruyó. Primero la herejía de Fotino, que es aniquilada con estas palabras (Jn I, I): “En el principio era el Verbo”; en segundo lugar la de Sabelio, cuando dice: “Y el Verbo estaba en Dios”; y en tercer lugar la de Arrio, cuando dice: “Y el Verbo era Dios”.

37.- Pero el verbo es una cosa en nosotros y otra en Dios. En efecto, en nosotros nuestro verbo es un accidente; y en Dios el Verbo de Dios es lo mismo que el propio Dios, por no haber nada en Dios que no sea la esencia de Dios. Ahora bien, nadie puede decir que Dios no tenga Verbo, porque ocurriría que Dios sería ignorantísimo; pero como Dios siempre ha existido, también su Verbo.

38.- Y como el artesano lo hace todo conforme a la forma que preconcibió en su inteligencia, lo cual es su verbo, de la misma manera Dios lo hace todo por su Verbo, como por su arte. Juan I, 3: “Todas las cosas fueron hechas por El”.

39.- Pues bien, si el Verbo de Dios es Hijo de Dios, y si todas las palabras de Dios son cierta semejanza de ese Verbo, en primer lugar debemos oír con gusto las palabras de Dios, pues la señal de que amamos a Dios es que con agrado escuchemos sus palabras.

40.- En segundo lugar, debemos creer en las palabras de Dios, porque gracias a esto habita en nosotros el Verbo de Dios, esto es, Cristo, que es el Verbo de Dios, conforme al Apóstol (Ef 3, 17): “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”. Juan 5, 38: “El Verbo de Dios no habita en vosotros”.

41.- En tercer lugar, es menester que continuamente meditemos en el Verbo de Dios que habita en nosotros; porque debemos no sólo creer sino también meditar; pues de otra manera lo primero no nos aprovecha, y tal meditación sirve de mucho contra el pecado. Salmo 118, II: “Dentro del corazón he guardado tus palabras, para no pecar contra ti”; y otra vez acerca del varón justo se dice en Salmo I, 2: “En la ley del Señor medita de día y de noche”. Por lo cual se dice de la Santísima Virgen, en Luc 2, 51, que “conservaba todas estas palabras meditándolas en su corazón”.

42.- En cuarto lugar, es menester que el hombre comunique la palabra de Dios a los demás, advirtiendo, predicando e inflamando. Dice el Apóstol en Efesios 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea buena para edificar”. Y en Colos 3, 16: “La palabra de Dios habite en vosotros en abundancia, con toda sabiduría, enseñándoos y amonestándoos unos a otros”. Y asimismo en Tim 4, 2: “Predica la palabra, insiste oportuna e inoportunamente, reprende, exhorta, amenaza con toda paciencia y doctrina”.

43.- Por último, debemos llevar a la práctica la palabra de Dios. Santiago I, 22: “Sed ejecutores de la palabra, y no tan sólo sus oyentes, engañándoos a vosotros mismos”.

44.- Estas cinco cosas las observó por su orden la Santísima Virgen al engendrar al Verbo de Dios. En efecto, primero escuchó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti” (Luc I, 35); en segundo lugar, consintió gracias a la fe: “He aquí la esclava del Señor” (Luc I, 38); en tercer lugar, le tuvo y llevó en su seno; en cuarto lugar, lo dio a luz; en quinto lugar, lo nutrió y amamantó, por lo cual canta la Iglesia: “Al mismo rey de los Ángeles la sola Virgen lo amamantaba con su pecho lleno de cielo”.

Artículo    3

QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE LA VIRGEN MARÍA

45.- No solamente es necesario creer en el Hijo de Dios, como está demostrado, sino que es menester creer también en su encarnación. Por lo cual San Juan, después de haber dicho muchas cosas sutiles y difíciles (sobre el Verbo), en seguida nos habla de su encarnación en estos términos (Jn I, 14): Y el Verbo se hizo carne.

Y para que podamos captar algo de esto, propondré dos ejemplos.

Es claro que nada es tan semejante al Hijo de Dios como el verbo concebido en nuestra mente y no proferido. Ahora bien, nadie conoce el verbo mientras permanece en la mente del hombre, si no es aquel que lo concibe; pero es conocido al ser proferido. Y así, el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre no era conocido sino por el Padre; pero ya revestido de carne, como el verbo se reviste con la voz, entonces por primera vez se manifestó y fue conocido. Baruc (3, 38): “Después apareció en la tierra, y conversó con los hombres”.

El segundo ejemplo es éste: por el oído se conoce el verbo proferido, y sin embargo no se le ve ni se le toca; pero si se le escribe en un papel, entonces sí se le ve y se le toca. Así, el Verbo de Dios se hizo visible y tangible cuando en nuestra carne fue como inscrito; y así como al papel en que está escrita la palabra del rey se le llama palabra del rey, así también el hombre al cual se unió el Verbo de Dios en una sola hipóstasis, se llama Hijo de Dios, Isaías 8, I: “Toma un gran libro, y escribe en él con un punzón de hombre”; por lo cual los santos apóstoles dijeron (acerca de Jesús): “Que fue concebido del Espíritu Santo, y nació de la Virgen María”.

46.- En esto erraron muchos. Por lo cual los Santos Padres, en otro símbolo, en el Concilio de Nicea, añadieron muchas precisiones, en virtud de las cuales son destruidos ahora todos los errores.

47.- En efecto, Orígenes dijo que Cristo nació y vino al mundo para salvar también a los demonios. Por lo cual dijo que todos los demonios serían salvos al fin del mundo. Pero esto es en contra de la Sagrada Escritura. En efecto, dice San Mateo (25, 41): “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”. Por lo cual, para rechazar esto se agrega: “Que por nosotros los hombres (no por los demonios) y por nuestra salvación”. En lo cual aparece mejor el amor que Dios nos tiene.

48.- Fotino ciertamente consintió en que Cristo nació de la Bienaventurada Virgen; pero agregó que El era un simple hombre, que viviendo bien y haciendo la voluntad de Dios mereció venir a ser hijo de Dios, como los demás santos. Pero contra esto Jesús dice en Juan (ó, 38): “Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Es claro que del cielo no habría descendido si allí no hubiese estado; y que si fuese un simple hombre, no habría estado en el cielo. Por lo cual, para rechazar ese error se añade: “Descendió del cielo”.

49.- Maniqueo, por su parte, dijo que ciertamente el Hijo de Dios existió siempre y que descendió del cielo; pero que no tuvo carne verdadera, sino aparente. Pero esto es falso. En efecto, no convenía que el doctor de la verdad tuviese alguna falsedad. Y por lo mismo, puesto que ostentó verdadera carne, verdaderamente la tuvo. Por lo cual dijo en San Lucas (24, 39): “Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. Por lo cual, para rechazar dicho error, agregaron (los Santos Padres): “Y se encarnó”.

50.- Por su parte, Ebión, que fue de origen judío, dijo que Cristo nació de la Santísima Virgen, pero por la unión de un varón y del semen viril. Pero esto es falso, porque el Ángel dijo (Mt I, 20): “Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”. Por lo cual los Santos Padres, para rechazar dicho error, añadieron: “del Espíritu Santo”.

51.- Valentino, por su parte, confesó que Cristo fue concebido del Espíritu Santo; pero pretendió que el Espíritu Santo llevó un cuerpo celeste, y que lo puso en la Santísima Virgen, y que ése fue el cuerpo de Cristo: de modo que ninguna otra cosa hizo la Santísima Virgen, sino que fue su receptáculo. Por lo cual aseguró que dicho cuerpo pasó por la Bienaventurada Virgen como por un acueducto. Pero esto es falso, pues el Ángel le dijo a Ella (Lc I, 35): “El Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”. Y el Apóstol dice (Gal 4, 4): “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Por lo cual añadieron: “Y nació de la Virgen María”.

52.- Arrio y Apolinar dijeron que ciertamente Cristo es el Verbo de Dios y que nació de la Virgen María; pero que no tuvo alma, sino que en el lugar del alma estuvo allí la divinidad. Pero esto es contra la Escritura, porque Cristo dijo (Jn 12, 27): “Ahora mi alma está turbada”, y también en Mateo 26, 38: “Triste está mi alma hasta la muerte”. Por lo cual, para rechazar dicho error añadieron: “Y se hizo hombre”. Pues bien, el hombre está constituido de alma y cuerpo. Así es que muy verdaderamente Jesús tuvo todo lo que el hombre puede tener, con excepción del pecado.

53.- Al  asentar  que  Cristo  se  hizo  hombre,  se  destruyen todos los errores arriba enunciados y cuantos puedan decirse, y principalmente el error de Eutiques, que enseñaba que hecha la mezcla de la naturaleza divina con la humana, resultaba una sola naturaleza de Cristo, la cual no sería ni puramente divina ni puramente humana. Lo cual es falso, porque así Cristo no sería hombre, y también contra esto se dice que “se hizo hombre”.

Se destruye también el error de Nestorio, el cual enseñó que el Hijo de Dios está unido a un hombre sólo porque habita en él. Pero esto es falso, porque en tal caso no sería hombre, sino que estaría en un hombre. Y que Cristo es hombre lo dice claramente el Apóstol (Flp 2, 7): “Y por su presencia fue reconocido como hombre”. Y Juan (8, 40) dice: “¿Por qué tratáis de matarme a mí, que soy hombre, que os he dicho la verdad que he oído de Dios?”.

54.- De todo esto podemos concluir algunas cosas para nuestra instrucción.

En primer lugar, se confirma nuestra fe. En efecto, si alguien dijera algunas cosas de una tierra remota a la que no hubiese ido, no se le creería igual que si allí hubiese estado. Ahora bien, antes de la venida de Cristo al mundo, los Patriarcas y los Profetas y Juan Bautista dijeron algunas cosas acerca de Dios, y sin embargo no les creyeron a ellos los hombres como a Cristo, el cual estuvo con Dios, y que además es uno con El. De aquí que nuestra fe, que nos transmitió el mismo Cristo, sea más firme. Juan I, 18: “Nadie ha visto jamás a Dios: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él mismo lo ha revelado”. De aquí resulta que muchos secretos de la fe se nos han manifestado después de la venida de Cristo, los cuales estaban antes ocultos.

55.- En segundo lugar, por todo ello se eleva nuestra esperanza. En efecto, es claro que el Hijo de Dios no vino, asumiendo nuestra carne, por negocio de poca monta, sino para una gran utilidad nuestra; por lo cual efectuó cierto canje, o sea, que tomó un cuerpo con una alma, y se dignó nacer de la Virgen, para hacernos el don de su divinidad; y así, El se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. Rm 5, 2: “Por quien hemos obtenido, mediante la fe, el acceso a esta gracia, en la cual nos hallamos y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios”.

56.- En tercer lugar, con todo ello se inflama la caridad. En efecto, ninguna prueba de la divina caridad es tan evidente como la de que Dios creador de todas las cosas se haya hecho criatura, que nuestro Dios se haya hecho nuestro hermano, que el Hijo de Dios se haya hecho hijo del hombre. Juan 3, 16: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito”. Por lo tanto, por esta consideración el amor a Dios debe reencenderse e inflamarse.

57.- En cuarto lugar, somos llevados a guardar pura el alma. En efecto, de tal manera ha sido ennoblecida y exaltada nuestra naturaleza por la unión con Dios, que ha sido elevada a la unidad con una divina persona. Por lo cual el Ángel, después de la encarnación, no quiso permitir que el bienaventurado apóstol Juan lo adorase, cosa que anteriormente les había permitido a los más grandes de los Patriarcas. Por lo cual, recordando su exaltación y meditando sobre ella, debe el hombre guardarse de mancharse y de manchar su naturaleza con el pecado. Por eso dice San Pedro (IIP I, 4): “Por quien nos han sido dadas las magníficas y preciosas promesas, para que por ellas nos hagamos partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción de la concupiscencia que hay en el mundo”.

58.- En quinto lugar, con todo ello se nos inflama el deseo de alcanzar a Cristo. En efecto, si algún rey fuese hermano de alguien y estuviese lejos de él, ese cuyo hermano fuese el rey desearía llegar a él, y con él estar y permanecer. Por lo cual, como Cristo es nuestro hermano, debemos desear estar con él y unírnosle: Mt 24, 28: “Donde esté el cuerpo, allí se juntarán las águilas”. Y el Apóstol deseaba morir y estar con Cristo. Y este deseo crece en nosotros si meditamos sobre su encarnación.

Artículo    4

PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO

59.- Así como le es necesario al cristiano creer en la encarnación del Hijo de Dios, así también le es necesario creer en su pasión y en su muerte, porque, como dice San Gregorio, “de nada nos aprovecharía el haber nacido si no nos aprovecha el haber sido redimidos”. Pues bien, que Cristo haya muerto por nosotros es algo tan elevado, que apenas puede nuestra inteligencia captarlo; no sólo, sino que no le cuadra a nuestro espíritu. Y esto es lo que dice el Apóstol (Hechos 13, 41): “En vuestros días yo voy a realizar una obra, una obra que no creeréis si alguien os la cuenta”. Y Habacuc I, 5: “En vuestros días se cumplirá una obra que nadie creerá cuando se narre”. Pues tan grandes son la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo por nosotros más de lo que podemos entender.

60.- Sin embargo, no debemos creer que de tal manera haya sufrido Cristo la muerte que muriera la Divinidad, sino que la humana naturaleza fue lo que murió en El. Pues no murió en cuanto Dios, sino en cuanto hombre. Y esto es patente mediante tres ejemplos.

El primero está en nosotros. En efecto, es claro que al morir el hombre, al separarse el alma del cuerpo, no muere el alma, sino el mismo cuerpo, o sea, la carne.

Así también, en la muerte de Cristo, no muere la Divinidad sino la naturaleza humana.

61.- Pero si los judíos no mataron a la Divinidad, es claro que no pecaron más que si hubiesen matado a cualquier otro hombre.

62.- A esto debemos responder que suponiendo a un rey revestido con determinada vestidura, si alguien se la manchase incurriría en la misma falta que si manchase al propio rey. De la misma manera los judíos: no pudieron matar a Dios, pero al matar la humana naturaleza asumida por Cristo, fueron castigados como si hubiesen matado a la Divinidad misma.

63.- Además, como dijimos arriba, el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, y el Verbo de Dios encarnado es como el verbo del rey escrito en una carta. Pues bien, si alguien rompiese la carta del rey, se le consideraría igual que si hubiere desgarrado el verbo del rey. Por lo mismo, se considera el pecado de los judíos de igual manera que si hubiesen matado al Verbo de Dios.

64.- Pero ¿qué necesidad había de que el Verbo de Dios padeciese por nosotros? Muy grande. Y se puede deducir una doble necesidad. Una, como remedio de los pecados, y la otra como modelo de nuestros actos.

65.- Para remedio, ciertamente, porque contra todos los males en que incurrimos por el pecado, encontramos el remedio en la pasión de Cristo. Ahora bien, incurrimos en cinco males.

66.- En primer lugar, una mancha: el hombre, en efecto, cuando peca, mancha su alma, porque así como la virtud del alma es su belleza, así también el pecado es su mancha. Baruc 3, 10: “¿Por qué, Israel, por qué estás en país de enemigos… te has contaminado con los cadáveres?”. Pero esto lo hace desaparecer la Pasión de Cristo: en efecto, con su Pasión Cristo hizo un baño con su sangre, para lavar allí a los pecadores. Apoc I, 5: “Nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. En efecto, se lava el alma con la sangre de Cristo en el bautismo, pues por la sangre de Cristo tiene el bautismo virtud regenerativa. Por lo cual cuando alguien se mancha por el pecado, le hace una injuria a Cristo y peca más que antes (del bautismo). Hebreos 10, 28-29: “Si alguno viola la ley de Moisés es condenado a muerte sin compasión, por la declaración de dos o tres testigos. ¿Cuánto más grave castigo pensáis que merecerá el que pisoteó al Hijo de Dios y tuvo por impura la sangre de la Alianza?”.

67.- En segundo lugar, caemos en desgracia respecto a Dios. Porque así como el hombre carnal ama la belleza carnal, así Dios ama la espiritual, que es la belleza del alma. Así es que cuando el alma se mancha por el pecado, Dios se ofende y le tiene odio al pecador. Sabiduría 14, 9: “Dios odia al impío y su impiedad”. Pero esto lo borra la Pasión de Cristo, el cual satisfizo a Dios Padre por el pecado, por el que no podía satisfacer el propio hombre, porque la caridad y la obediencia de Cristo fueron mayores que el pecado del primer hombre y su desobediencia. Rm 5, 10: “Cuando éramos enemigos (de Dios), fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”.

68.- En tercer lugar, caemos en debilidad. Porque el hombre tan pronto como peca cree poder en seguida preservarse del pecado; pero ocurre todo lo contrario; porque por el primer pecado se debilita y se hace más inclinado al pecado; y así domina más el pecado al hombre, y el hombre, en cuanto de sí depende, se pone en tal situación que sin el poder divino no se puede levantar, como quien se arrojara a un pozo. Por lo cual después de haber pecado el hombre, nuestra naturaleza se debilitó y corrompió, y entonces el hombre se encontró más inclinado a pecar. Pero Cristo disminuyó esta flaqueza y esta debilidad, aunque no la suprimió enteramente. Sin embargo, de tal manera ha sido confortado el hombre por la Pasión de Cristo, y debilitado el pecado, que ya no estamos tan dominados por él; y puede el hombre, ayudado por la gracia de Dios, que nos confiere con los sacramentos, que tienen eficacia por la Pasión de Cristo, esforzarse de tal manera que puede apartarse de los pecados. Dice el Apóstol en Rm 6, 6: “Nuestro hombre viejo fue crucificado con El, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado”. En efecto, antes de la Pasión de Cristo se halló que eran pocos los hombres que vivieran sin pecado mortal; pero después son muchos los que vivieron y viven sin pecado mortal.

69.- En cuarto lugar, incurrimos en el reato de una pena. Pues la justicia de Dios exige que todo el que peque sea castigado. Y la pena se mide por la culpa. De modo que como la culpa del pecado mortal es infinita, puesto que es contra el bien infinito, o sea, Dios, cuyos preceptos menosprecia el pecador, la pena debida al pecado mortal es infinita. Pero Cristo por su Pasión nos levantó esa pena, y El mismo la padeció. I Pedro 2, 24: “El mismo llevó nuestros pecados (esto es, la pena del pecado) en su cuerpo”. Porque la virtud de la Pasión de Cristo fue tan grande que bastó para expiar todos los pecados de todo el mundo, aun cuando fuesen sin cuento. Por eso los bautizados son aliviados de todos sus pecados. Por eso también el sacerdote perdona los pecados. Por eso también el que mejor se conforme a la Pasión de Cristo, mayor perdón obtendrá y más gracia merece.

70.- En quinto lugar, incurrimos en el destierro del reino. Porque quienes ofenden a los reyes son obligados a dejar el reino. Y así el hombre por el pecado es echado del paraíso. Por eso, inmediatamente después de su pecado Adán es arrojado del paraíso, y es cerrada la puerta del paraíso. Pero Cristo por su Pasión abrió esa puerta, y llamó al reino a los desterrados. En efecto, abierto el costado de Cristo, fue abierta la puerta del paraíso; y derramada su sangre, se limpió la mancha, Dios fue aplacado, suprimida fue la debilidad, fue expiada la pena, los desterrados fueron llamados al reino. Y por eso se le dijo al ladrón inmediatamente (Lc 23, 43): “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esto no fue dicho en otro tiempo: no se le dijo a nadie, ni a Adán, ni a Abraham, ni a David; sino hoy, o sea, cuando es abierta la puerta, el ladrón pide y obtiene el perdón. Hebr 10, 19: “Teniendo… la seguridad de entrar en el santuario por la sangre de Cristo”.

De esta manera, pues, queda patente la utilidad (de la Pasión de Cristo) en calidad de remedio.

Pero no es menor su utilidad en calidad de ejemplo.

71.- En efecto, como dice San Agustín, la Pasión de Cristo basta totalmente como instrucción para nuestra vida. Pues quien anhele vivir de manera perfecta, que no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y que desee lo que Cristo deseó.

72.- Porque ningún ejemplo de virtud falta en la cruz. Pues si buscas un ejemplo de caridad, “nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos”, Jn 15, 13. Y esto fue lo que hizo Cristo en la cruz. Por lo tanto, si El dio su vida por nosotros, no se nos debe hacer pesado soportar por El cualquier mal. Salmo 115, 12: “¿Qué le daré al Señor por todo lo que El me ha dado?”.

73.- Si buscas un ejemplo de paciencia, excelentísimo lo encuentras en la cruz. En efecto, de dos grandes maneras se manifiesta la paciencia: o bien padeciendo pacientemente grandes males, o bien padeciendo algo que podría evitarse y que no se evita.

Pues bien, Cristo soportó en la cruz grandes males. Treno I, 12: “Oh, vosotros todos, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor”; y pacientemente, porque, “al padecer, no amenazaba”, I Pedro 2, 23; e Isaías 53, 7: “Como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante los trasquiladores”.

Además, Cristo pudo evitarlos, y no los evitó. Mt 26, 53: “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que me enviaría luego más de doce legiones de ángeles?”.

Grande es, pues, la paciencia de Cristo en la cruz. Hebr 12, 1-2: “Por la paciencia corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús, el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia”.

74.- Si buscas un ejemplo de humildad, ve el crucifijo: en efecto, Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilato y morir. Job 36, 17: “Tu causa ha sido juzgada como la de un impío”. En verdad como la de un impío: “Condenémosle a una muerte afrentosa”, Sabiduría 2, 20. El Señor quiso morir por su siervo, y el que es la vida de los Ángeles por el hombre. Flp 2, 8: “Hecho obediente hasta la muerte”.

75.- Si buscas un ejemplo de obediencia, síguelo a Él. que se hizo obediente al Padre hasta la muerte. Rm 5, 19: “Como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo muchos fueron hechos justos”.

76.- Si quieres un ejemplo de desprecio de las cosas terrenas, síguelo a Él, que es el Rey de Reyes y el Señor de los señores, en quien se hallan los tesoros de la sabiduría, y que sin embargo en la cruz estuvo desnudo, objeto de burla, fue escupido, golpeado, coronado de espinas, y abrevado con hiel y vinagre, y murió. Por lo tanto, no os impresionéis por las vestiduras, ni por las riquezas, porque “se repartieron mis vestiduras”, Salmo 21, 19; ni por los honores, porque a mí me cubrieron de burlas y de golpes; no por las dignidades, porque tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre mi cabeza; no por las delicias, porque “en mi sed me abrevaron con vinagre”, Salmo 68, 22.

Sobre Hebr 12, 2: “El cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia”, dice San Agustín: “El hombre Jesucristo despreció todos los bienes terrenos para enseñarnos que deben ser despreciados”.

Artículo    5

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, Y AL TERCER DÍA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS

77.- Como ya dijimos, la muerte de Cristo consistió, como en los demás hombres, en que su alma se separó de su cuerpo; pero de manera tan indisoluble está unida la Divinidad a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la misma Deidad estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo, por lo cual en el sepulcro estuvo el Hijo de Dios con el cuerpo, y descendió a los infiernos 1 con el alma.

78.- Por cuatro razones descendió Cristo con su alma a los infiernos.

La primera fue soportar toda la pena del pecado, para expiar así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no era sólo la muerte del cuerpo, sino que también era un sufrimiento del alma. Porque como el pecado era también por parte del alma, también la misma alma era castigada por la privación de la visión divina. De modo que sin esa pena, de ninguna manera se satisfacía. Por ello, después de muertos, todos descendían, aun los santos Padres, antes de la venida de Cristo, a los infiernos. Así es que para soportar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también bajar con el alma a los infiernos. De aquí que diga el Salmo 87, 5-6: “Contado entre los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado, libre entre los muertos”. Pues los demás estaban allí como esclavos, pero Cristo como libre.

79.- La segunda fue el socorrer perfectamente a todos sus amigos. En efecto, El tenía amigos no sólo en el mundo sino también en los infiernos. Pues se es amigo de Cristo en la medida en que se tiene caridad, y en los infiernos había muchos que habían muerto con la caridad y la fe en El que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros justos y varones perfectos. Y como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido por su propia muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y socorrerlos bajando hasta donde se hallaban ellos. Eccli 24, 45: “Penetraré a todas las profundidades de la tierra, y visitaré a todos los que duermen, e iluminaré a cuantos esperan en el Señor”.

80.- La tercera razón fue el triunfar perfectamente sobre el diablo. En efecto, se triunfa de manera perfecta sobre otro, cuando no sólo se le vence en el campo de batalla, sino que se le acomete hasta en su propia casa y se le arrebata la sede de su imperio y su casa misma. Pues bien, Cristo había triunfado del diablo, pues en la cruz lo había vencido. Por lo cual dice Juan (12, 31): “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo (o sea el diablo) será echado fuera”. Por lo cual para triunfar perfectamente, quiso arrebatarle la sede de su imperio y encadenarlo en su casa, que es el infierno. Por eso descendió hasta allí, y le arrebató todos sus bienes, y lo encadenó, y le quitó su presa, Col. 2, 15: “Y una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió con gran despliegue, triunfando de ellos públicamente por sí mismo”.

Y así como había recibido Cristo el poder y la posesión del cielo y de la tierra, quiso también recibir la posesión de los infiernos, para que así, según el Apóstol a los Filipenses (2, 10): “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla, en los cielos, en la tierra y en los infiernos”. Y Marcos 16, 17: “En mi nombre expulsarán a los demonios”.

81.- La cuarta y última razón era librar a los santos que estaban en los infiernos. Porque así como Cristo quiso sufrir la muerte para librar de la muerte a los vivos, así también quiso descender a los infiernos para librar a los que allí estaban. Zac 9, 11: “Tú, Señor, por la sangre de tu alianza, soltaste a tus cautivos de la fosa, en la cual no hay agua”. Oseas 13, 14: “Oh muerte, yo seré tu muerte; infierno, yo seré tu mordedura”.

En efecto, aunque Cristo haya destruido totalmente la muerte, no destruyó del todo los infiernos, sino que los mordió; porque ciertamente no liberó a todos del infierno, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, e igualmente sin el pecado original, del cual en cuanto a su persona estaban libres por la circuncisión: o antes de la circuncisión, los que eran salvos por la fe de los padres fieles, si no tenían uso de razón; o por los sacrificios, y con la fe en el Cristo que había de venir, si eran adultos; pero que permanecían allí por el pecado original de Adán, del cual no podían librarse, en cuanto a la naturaleza, sino por Cristo. Por lo cual Cristo dejó allí a los que habían descendido con pecado mortal y a los niños incircuncisos. Por lo cual dijo: “Infierno, seré tu mordedura”.

Así pues, queda claro que Cristo bajó a los infiernos y por qué razones.

82.- De todo esto podemos recibir para nuestra instrucción cuatro cosas.

En  primer  lugar,  una  firme  esperanza  en  Dios.  Porque por más que esté el hombre en aflicción, siempre debe esperar en la ayuda de Dios, y en El confiar. No puede haber, en efecto, cosa tan penosa como estar en los infiernos. Si pues Cristo libró a los que estaban en los infiernos, todo aquel que sea amigo de Dios debe tener gran confianza en ser librado por El de cualquier angustia. Sabiduría 10, 13-14: “Ella (la Sabiduría) no desamparó al justo vendido… descendió con él a la mazmorra, y no lo abandonó en las cadenas”. Y porque Dios ayuda especialmente a sus siervos, aquel que sirve a Dios debe sentirse con gran seguridad. Eccli 34, 16: “El que teme al Señor de nada teme porque El mismo es su esperanza”.

83.- En segundo lugar, debemos concebir el temor (de Dios) y apartar la presunción. Porque aun cuando Cristo haya padecido por los pecadores y descendido a los infiernos, sin embargo no liberó a todos, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, como ya se dijo. Y allí dejó a los que habían muerto en pecado mortal. Por lo tanto, que nadie de los que allí bajen en pecado mortal espere el perdón. Porque en el infierno estará cuanto los santos padres en el paraíso, esto es, eternamente. Mt 25, 46: “Irán éstos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna”.

84.- En tercer lugar, debemos estar alertas. Precisamente porque Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación, nosotros debemos preocuparnos por descender allí frecuentemente considerando ciertamente las penas aquellas, como lo hacía el santo Ezequías, que decía (Is 38, 10}: “Yo dije: a la mitad de mis días me voy a las puertas del Infierno”. Porque quien baje allí frecuentemente en vida con el pensamiento, no descenderá allá fácilmente al morir: porque tal consideración lo aparta del pecado. En efecto, vemos que los mundanos se guardan de las malas acciones por temor al castigo: en consecuencia, ¿cuánto más deben guardarse (del mal) ante la pena del infierno, la cual es mayor por razón de la duración, de la acritud y de la multiplicidad? Eclesiástico 7, 36: “Ten presentes tus novísimos, y jamás pecarás”.

85.- En cuarto lugar, de esto resulta para nosotros un ejemplo de amor. En efecto, Cristo bajó a los infiernos para liberar a los suyos, y por lo tanto nosotros debemos descender allí (en espíritu) para ayudar a los nuestros. Pues ellos nada pueden, por lo cual debemos ayudar a los que están en el purgatorio. Demasiado cruel sería quien no ayudara a un ser querido que estuviese en una cárcel terrena. Así es que no habiendo ninguna comparación de las penas de este mundo con aquéllas, mucho más cruel es el que no le ayuda al amigo que está en el purgatorio. Job 19, 21: “Tened piedad de mí, tened piedad de mí, siquiera vosotros, mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido”. II Macab 12, 46: “Obra santa y saludable es orar por los muertos para que sean librados de sus pecados”.

86.- Como dice San Agustín, se les ayuda principalmente de tres maneras, a saber, con misas, con oraciones y con limosnas. San Gregorio agrega una cuarta manera: el ayuno. Ni hay de qué admirarse, porque aun en este mundo, el amigo puede satisfacer por el amigo. Sin embargo, esto debe entenderse respecto a quienes están en el purgatorio.

87.- Al hombre le es necesario conocer dos cosas, a saber, la gloria de Dios y el castigo del infierno. Atraídos, en efecto, por la gloria, y atemorizados por los castigos, los hombres se guardan y se apartan de los pecados. Pero muy difícilmente conoce el hombre estas cosas. Por lo cual acerca de la gloria se dice en Sabiduría 9, 16: “¿Quién rastreará lo que hay en los cielos?”. Lo cual es ciertamente difícil para los terrenos, porqué, como se dice en Juan 3,31: “El que es de la tierra habla de la tierra”; pero no les es difícil a los espirituales, porque “el que viene de lo alto está por encima de todos”, como se dice allí mismo. Y por eso, para enseñamos las cosas celestiales, Dios bajó del cie lo y se encarnó.

Era también difícil conocer las penas del infierno. Sabiduría 2, I: “Ni se sabe de nadie que haya vuelto de los infiernos”. Y esto se pone en boca de los impíos. Pero esto de ninguna manera se puede decir, porque así como bajó del cielo para enseñar las cosas celestiales, así también resucitó de los infiernos para instruirnos acerca de las cosas de los infiernos. Por lo cual es necesario que creamos no sólo que Cristo se hizo hombre y que murió, sino también que resucitó de entre los muertos. Por lo cual se dice: “Y al tercer día resucitó de entre los muertos”.

88.- Sabemos que muchos resucitaron de entre los muertos, como Lázaro, y el hijo de la viuda y la hija del jefe de la sinagoga. Pero la resurrección de Cristo difiere de la resurrección de éstos y de otros en cuatro cosas.

Primero en cuanto a la causa de la resurrección, porque los otros resucitados no resucitaron por su propia virtud sino por la de Cristo o por las oraciones de algún santo, y en cambio Cristo resucitó por su propia virtud, porque no sólo era hombre, sino que también era Dios, y la Divinidad del Verbo jamás fue separada ni de su alma ni de su cuerpo, por lo cual el cuerpo recobró el alma, y el alma recobró el cuerpo cuando El lo quiso. Juan 10, 18: “Tengo poder de dar mi alma y poder para recobrarla de nuevo”. Y aunque Cristo haya muerto, esto no fue por debilidad ni por necesidad, sino por su propio poder, porque fue voluntariamente. Y esto es patente porque cuando exhaló su espíritu, gritó con fuerte voz, cosa que no pueden hacer los demás moribundos, porque mueren por debilidad. Por lo cual dijo el Centurión (Mt 27, 54): “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”. Y por eso, así como por su propio poder entregó su alma, así también por su propio poder la recobró. Por lo cual se dice que “resucitó”, y no que haya sido resucitado, como si lo hubiera sido por otro. Salmo 3, 6: “Me acosté, y me dormí, y me levanté”. Ni esto es contrario a lo que se dice en Hechos 2, 32: “A este Jesús lo resucitó Dios”, porque en efecto el Padre lo resucitó, y a la vez el Hijo: porque el mismo poder es el del Padre y el del Hijo.

89.- En segundo lugar, difiere en cuanto a la vida a la cual resucitó, porque Cristo resucitó a una vida gloriosa e incorruptible. Dice el Apóstol en Rm 6, 4: “Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre”; y los demás, ciertamente, a la misma vida que primero tenían, como consta en cuanto a Lázaro y otros.

90.- En tercer lugar, difiere en cuanto al fruto y la eficacia, porque todos resucitan por el poder de la resurrección de Cristo. Mt 27, 52: “Muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron”. Dice el Apóstol en I Cor 15, 20: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron”.

Pero notad que por la pasión Cristo llegó a la gloria. Luc 24, 2ó: “¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Así nos enseña cómo podemos nosotros llegar a la gloria: Hechos 14, 21: “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios”.

91.- En cuarto lugar, difiere en cuanto al tiempo: porque la resurrección de los otros hombres es diferida hasta el fin del mundo, si no es que a algunos por privilegio se les concede antes, como a la Santísima Virgen, y, como piadosamente se cree, a San Juan Evangelista; pero Cristo resucitó al tercer día. Y la razón de ello es que la resurrección y la muerte y la natividad de Cristo fueron por nuestra salvación, por lo cual El quiso resucitar cuando nuestra salvación se cumpliera. Por lo cual, si hubiese resucitado al instante, no se habría creído que hubiese muerto. De la misma manera, si hubiese tardado mucho, los discípulos no habrían permanecido en la fe, y así ninguna utilidad habría en su pasión. Salmo 29, 10: “¿Qué utilidad hay en mi sangre si desciendo a la corrupción?”. Por lo cual resucitó al tercer día, para que se creyera que había muerto y para que los discípulos no perdieran la fe.

92.- Pues bien, de todo lo anterior podemos sacar cuatro consecuencias para nuestra ilustración.

En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: “Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará”. Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: “Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección”.

93.- En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: “No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro”, porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado. Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.

94.- En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rm ó, 9: “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él”. Y más abajo (1 1-13): “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida”.

95.- En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rm 6, 4: “Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva”. Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la. conduce a la vida de la gloria. Así sea.

Artículo    6

ASCENDIÓ A LOS CIELOS, Y SE SENTÓ A LA DIESTRA DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE

96.- Tras de creer en la resurrección de Cristo es necesario creer en su ascensión, por la cual ascendió al Cielo a los cuarenta días. Y por eso se dice: “Ascendió a los cielos”.

Acerca de su ascensión debes notar tres cosas.

Primeramente fue a) sublime, b) racional y c) útil.

97.- a) Fue sublime porque ascendió a los cielos. Y esto se explica de tres maneras.

Primero, por encima de todos los cielos materiales. Dice el Apóstol en Ef 4, 10: “Subió por encima de todos los cielos”. Cristo fue el primero en realizar tal cosa. Antes, en efecto, el cuerpo terreno no existía sino en la tierra, tanto que aun Adán estuvo en un paraíso terrenal.

En segundo lugar, ascendió por encima de todos los cielos espirituales. Ef I, 20-22: “Sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero; y bajo sus pies sometió todas las cosas”.

En tercer lugar, ascendió hasta el trono del Padre. Dan 7, 13: “Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre, y llegó hasta el Anciano de los días”; y Marc 16, 19: “Y el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo, y se sentó a la diestra de Dios”.

98.- Pero no debemos entender lo de “diestra de Dios” de una manera corporal, sino metafóricamente: porque se dice que se sentó a la derecha del Padre, en cuanto Dios, esto es, por su igualdad con el Padre; y en cuanto hombre se sentó a la derecha del Padre, esto es, con los bienes más excelentes. Pero esto afectó al diablo: Is 14, 13: “Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el monte de la Alianza, en el extremo norte. Subiré por encima de la altura de las nubes, me asemejaré al Altísimo”. Pero no llegó allí sino Cristo, por lo cual se dice: “Subió a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre”. Salmo 109, I: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra”.

99.- b) En segundo lugar, la ascensión de Cristo fue conforme a razón, porque fue hasta los cielos; y esto por tres motivos:

Primeramente porque el cielo se le debía a Cristo a causa de su naturaleza. En efecto, lo natural es que cada ser vuelva al lugar de donde es originario. Pues bien, el principio del origen de Cristo está en Dios, que es por encima de todo. Juan 16, 28: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre”. Juan 3, 13: “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo”. Y aunque los santos suben al cielo, sin embargo esto no es como sube Cristo; porque Cristo sube por su propio poder, y los santos, atraídos por Cristo. Cant 1, 3: “Llévame en pos de ti”. Pero puede decirse que nadie sube al cielo sino Cristo, porque los santos no ascienden sino en cuanto son miembros de Cristo, que es la cabeza de la Iglesia. Mat 24, 28: “Donde esté el cadáver, allí se juntarán las águilas”.

En segundo lugar, se le debía a Cristo el cielo por razón de su victoria. Porque Cristo fue enviado al mundo para luchar contra el diablo, y lo venció, y por lo mismo mereció ser exaltado por encima de todo. Apoc 3,21: “Yo vencí, y me senté con mi Padre en su trono”.

En tercer lugar, a causa de su humildad. En efecto, ninguna humildad es tan grande como la de Cristo, que siendo Dios quiso hacerse hombre, y siendo Señor quiso tomar la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte, como se dice en Flp 2, y descendió hasta los infiernos, por lo cual mereció ser exaltado hasta el cielo, al trono de Dios. Porque la humildad es el camino de la exaltación. Luc 14, II: “El que se humilla será exaltado”; Ef 4, 10: “Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos”.

100.- c) En tercer lugar, la ascensión de Cristo fue útil, por tres motivos.

Primeramente por razón de conducción, porque ascendió para conducirnos. Pues nosotros ignorábamos el camino, pero El mismo nos lo mostró. Miqueas 2, 13: “Ascendió, abriendo camino adelante de ellos”. Y para darnos la seguridad de la posesión del reino celestial. Juan 14, 2: “Voy a prepararos un lugar”.

En segundo lugar, por razón de la seguridad que nos da. Pues subió al cielo para interceder por nosotros. Hebr 7, 25: “Ya que está siempre vivo para interceder por nosotros”. I Juan 2: “Tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo”.

En tercer lugar, para atraer nuestros corazones hacia El. Mt 6, 21: “Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón”; y para que despreciemos las cosas temporales. El Apóstol en Colos 3, I: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; gustad de las cosas de arriba, no de las de la tierra”.

Artículo    7

Y DE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS

101.- El juzgar corresponde al oficio de rey y de Señor. Prov 20, 8: “El Rey sentado sobre el trono de la justicia disipa con la mirada todo mal”. Y como Cristo ascendió al Cielo, y está sentado a la derecha de Dios como Señor de todos, es claro que a él le toca el juzgar. Por lo cual en la regla de la Fe católica confesamos que “ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Esto mismo lo dijeron también los Ángeles (Hechos I, II): “Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo”.

102.- Debemos considerar tres cosas acerca de este juicio. Primero, su forma; segundo, lo que se le debe temer; tercero, cómo hemos de prepararnos para ese juicio.

103.- Tres cosas concurren a la forma de un juicio: quién sea el juez, quiénes serán juzgados y acerca de qué.

104.- Pues bien, Cristo es el juez. Hechos 10, 42: “Es Él quien ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos”: ya sea que tomemos por muertos a los pecadores, y por vivos a los justos; o literalmente por vivos a los que aún vivan a la sazón, y por muertos a cuantos hayan muerto. El es el juez no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre. Y esto por tres razones.

Primeramente porque es necesario que los que son juzgados vean al juez. Ahora bien, tan deleitable es la Divinidad, que nadie puede verla sin gozo; por lo cual ningún condenado podrá verla, porque de lo contrario gozaría. Por lo tanto es necesario que aparezca bajo la forma de hombre, para que sea visto por todos. Juan 5, 27: “Le ha dado poder para juzgar, porque es el Hijo del hombre”.

En segundo lugar, porque en cuanto hombre mereció tal oficio. Pues en cuanto hombre fue injustamente juzgado El mismo, por lo cual Dios lo hizo juez de todo el mundo. Job 36, 17: “Tu causa ha sido juzgada como la de un impío: recibirás la culpa y la pena”.

En tercer lugar, para que, siendo juzgados por un hombre, los hombres cesen de desesperar. Pues si sólo Dios fuese el juez, los hombres, aterrados, desesperarían. Luc 21, 27: “Verán venir al Hijo del hombre en una nube”. Ciertamente serán juzgados cuantos son, fueron y serán. Dice el Apóstol en II Cor 5, 10: “Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada quien reciba lo que es debido a su cuerpo, según el bien o el mal que haya hecho”.

105.- Según dice San Gregorio, hay una cuádruple diferencia entre los que son juzgados. Desde luego, o son buenos o son malos. Pero entre los malos, algunos, que serán condenados, no serán juzgados, como los que han rechazado la Fe: sus acciones no serán examinadas, porque, según Juan 3, 18: “el que no cree ya está juzgado”. Otros, ciertamente, serán condenados y juzgados, como los fieles que mueren en pecado mortal. Dice el Apóstol en Rm ó, 23: “El salario del pecado es la muerte”. Estos, en efecto, no serán excluidos del juicio, a causa de la fe que tuvieron.

En cuanto a los buenos, algunos, que serán salvos, no serán juzgados: serán los pobres de espíritu por (amor a) Dios; más bien ellos juzgarán a otros. Mt 19, 28: “Vosotros que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”: lo cual no se entiende sólo de los discípulos, sino también de todos los pobres. De otra manera San Pablo, que trabajó más que los otros, no sería del número de ellos. Por lo cual debe entenderse también de cuantos siguieron a los Apóstoles y de los varones apostólicos. Por lo cual dice el Apóstol en I Cor 6, 3: “¿Acaso no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?”. Isaías 3, 14: “El Señor vendrá al juicio con los ancianos y los jefes de su pueblo”.

Otros, empero, que mueren en la justicia, serán salvos pero serán juzgados. En efecto, aunque murieron justificados, sin embargo en algo faltaron en sus ocupaciones temporales, por lo cual serán juzgados pero se salvarán.

106.- 3o. Los hombres serán juzgados por todas sus acciones, buenas y malas. Eclesiastés 11,9: “Sigue los impulsos de tu corazón… pero a sabiendas de que por todo ello te hará venir Dios a juicio”. Eclesiastés 12, 14: “Todo cuanto se hace Dios lo llevará a juicio, por cualquier falta, sea bueno o sea malo”. Aun por las palabras ociosas. Mt 12, 36: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio”. De los pensamientos: Sab I, 9: “Los pensamientos del impío serán examinados”.

Y así queda en claro la forma del juicio.

107.- Por cuatro razones debemos temer ese juicio.

En primer lugar por la sabiduría del Juez. Pues lo sabe todo: pensamientos, palabras y obras, porque “todo está patente y descubierto ante sus ojos”, como se dice en Hebr 4, 13 y en Prov 16, 2: “Todos los caminos del hombre están patentes a los ojos del Señor”. Y conoce también nuestras palabras. Sab I, 10: “Un oído celoso lo escucha todo”. Y asimismo nuestros pensamientos: Jer 17, 9: “El corazón del hombre es retorcido e inescrutable: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, exploro el corazón, pruebo los riñones para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras”. Habrá allí testigos infalibles: la propia conciencia de los hombres. Dice el Apóstol en Rm 2, 15-16: “…atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que les acusan y también les defienden en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres”.

108.- En segundo lugar, por el poder del Juez, porque por sí mismo es omnipotente. Is 40, 10: “He aquí que viene el Señor Dios con poder”. Es también todopoderoso sobre los otros, porque el conjunto de la creación estará con El. Sab 5,21: “Peleará con Él el Universo contra los insensatos”; por lo cual decía Job (10, 7): “Nadie hay que pueda librarse de tus manos”. Y el Salmista (138, 8) dice: “Si hasta los cielos subo, allí estás tú; si desciendo al infierno, allí te encuentras”.

109.- En tercer lugar, a causa de la inflexible justicia del juez. En efecto, ahora es el tiempo de la misericordia; pero para entonces será solamente el tiempo de la justicia. Por lo cual este tiempo es nuestro, pero para entonces será sólo la hora de Dios. Salmo 74, 3: “En el momento que yo fije, haré perfecta justicia”. Prov 6, 34: “El día de la venganza, el celo y furor del esposo no tendrá miramientos, no escuchará petición alguna, no recibirá en rescate ni grandes regalos”.

110.- En cuarto lugar, a causa de la cólera del juez. En efecto, de un modo se les aparece a los justos, porque es dulce y encantador: Is 33, 17: “Contemplarán al rey en su belleza”; y de otro modo a los malos, tan airado y cruel, que dirán a las montañas: “Caed sobre nosotros, y escondednos de la ira del Cordero”, como dice el Apocalipsis (6, 16). Pero esta ira no quiere decir pasión del ánimo en Dios, sino un efecto de la ira, o sea, la pena infligida a los pecadores, la cual es eterna. Orígenes: “¡Cuan estrechas serán las vías de los pecadores el día del juicio! De arriba vendrá el juez airado, etc.”.

111.- Pues bien, contra ese temor debemos tener cuatro remedios.

El primero consiste en las buenas obras. Dice el Apóstol en Rm 13, 3: “¿Quieres no temer a la autoridad?” Obra el bien, y obtendrás elogios de ella”.

El segundo es la confesión y la penitencia de los pecados cometidos, en las cuales debe haber tres cosas, que expían la pena eterna: dolor en el pensamiento, vergüenza en la confesión y rigor en la satisfacción.

El tercero es la limosna, que todo lo limpia. Lucas XVI, 9: “Haceos amigos con las riquezas injustas, para que cuando lleguen a faltar, os reciban en las eternas moradas”.

El cuarto es la caridad, esto es, el amor a Dios y al prójimo, porque la caridad cubre la multitud de los pecados, como se dice en I Pedro 4, 8 y en Prov 10, 12,

Artículo    8

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

112.- Como ya se dijo, el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así como el verbo del hombre es una concepción de su inteligencia. Pero a veces el hombre tiene un verbo muerto: así es cuando el hombre piensa lo que debe hacer, pero no hay en él la voluntad de hacerlo; como cuando el hombre cree y no obra, se dice que su fe está muerta, como en Santiago 2, 26. Pero el Verbo de Dios está vivo. Hebr 4, 12: “Ciertamente es viva la palabra de Dios”; por lo cual necesariamente Dios tiene en sí voluntad y amor. Por lo cual dice San Agustín en el libro sobre la Trinidad: “El Verbo del que tratamos de dar una idea es un conocimiento con amor”. Ahora bien, como el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así el amor de Dios es el Espíritu Santo. De aquí que el hombre posee al Espíritu Santo cuando ama e Dios. Dice el Apóstol en Rm 5, 5: “El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”.

113.- Pero hubo algunos que opinando erróneamente acerca del Espíritu Santo, dijeron que es una creatura, que es inferior al Padre y al Hijo y que era el esclavo y el servidor de Dios. Por lo cual, para rechazar esos errores, se agregaron cinco palabras en otro símbolo sobre el Espíritu Santo.

114.- Primeramente, que aun cuando hay otros espíritus, los Ángeles, que sí son servidores de Dios, según aquello del Apóstol (Hebr I, 14): “Todos ellos son espíritus servidores”; en cambio, el Espíritu Santo es Señor. Juan 4, 24: “El Espíritu es Dios”; y el Apóstol, en II Cor 3, 17: “El Señor es el Espíritu”; por lo cual donde esté el Espíritu del Señor, allí hay libertad, como se dice en II Cor 3. Y la razón de ello es que hace amar a Dios y quita el amor al mundo. Por lo cual se dice: Creo “En el Espíritu Santo, que es Señor”.

115.- En segundo lugar, que la vida del alma consiste en unirse a Dios, porque Dios mismo es la vida del alma, así como el alma es la vida del cuerpo. Pues bien, el Espíritu Santo une a Dios por amor, porque El mismo es el amor de Dios, y por eso vivifica. Juan 6, 64: “El Espíritu es el que vivifica”. Por lo cual se dice: “Y vivificante”.

116.- En tercer lugar, que el Espíritu Santo es de la misma substancia con el Padre y el Hijo; porque como el Hijo es el Verbo del Padre, así el Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, y por lo mismo procede del uno y del otro; y así como el Verbo de Dios es de una misma sustancia con el Padre, así también el Amor con el Padre y con el Hijo. Por lo cual se dice: “Que procede del Padre y del Hijo”. Luego también por esto consta que no es una criatura.

117.- En cuarto lugar, que es igual al Padre y al Hijo en cuanto al culto. Juan 4, 23: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Mt 28, 19: “Enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Por lo cual se dice: “Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración”.

118.- En quinto lugar, lo que prueba que el Espíritu Santo es igual a Dios es que los Santos Profetas hablaron por Dios. En efecto, es claro que si el Espíritu no fuese Dios, no se diría que los Profetas hablaran por Dios. Pero San Pedro dice (Epist. II, cap. I, 21) que “santos hombres de Dios han hablado inspirados por el Espíritu Santo”. Isaías 48, 16: “Me envió el Señor Dios y su Espíritu”. Por lo cual aquí se dice: “Que habló por los Profetas”.

119.- Con esto se destruyen dos errores: el error de los Maniqueos, que dijeron que el Antiguo Testamento no es de Dios, lo cual es falso, porque por los Profetas habló el Espíritu Santo. Y también el error de Priscila y de Montano, que dijeron que los Profetas no hablaron por el Espíritu Santo, sino como dementes.

120.- Pues bien, del Espíritu Santo provienen para nosotros variados frutos.

En primer lugar, nos purifica de los pecados. La razón es que a quien hace una cosa le corresponde rehacerla. Pues bien, el alma es creada por el Espíritu Santo, porque Dios hace todas las cosas por El. En efecto, amando su propia bondad es como Dios produce todas las cosas. Sab II, 25: “Amas todo lo que existe, y nada de lo que hiciste aborreces”. Dice Dionisio en el cap. 4 de Los Nombres divinos: “El amor de Dios no le permitió permanecer sin vástago”. Es forzoso, pues, que el corazón del hombre destruido por el pecado sea rehecho por el Espíritu Santo. Salmo 103, 30: “Envía tu Espíritu y los seres serán creados, y renovarás la faz de la tierra”. Ni es de admirar que el Espíritu purifique, porque todos los pecados se perdonan por el amor. Luc 7, 47: “Sus muchos pecados le son perdonados porque amó mucho”. Prov 10, 12: “La caridad cubre todos los delitos”. Y también I Pedro 4, 8: “La caridad cubre la multitud de los pecados”.

121.- En segundo lugar, ilumina el entendimiento, porque todo lo que sabemos, lo hemos aprendido del Espíritu Santo. Juan 14, 26: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que yo os he dicho”. Y también I Jn 2, 27: “La Unción os enseñará acerca de todas las cosas”.

122.- En tercer lugar, el Espíritu Santo nos ayuda y de cierta manera nos obliga a guardar los mandamientos. En efecto, nadie puede guardar los mandamientos de Dios si no ama a Dios. Juan 14, 23: “Si alguno me ama guardará mi palabra”. Pues bien, el Espíritu Santo nos hace amar a Dios, por lo cual nos ayuda. Ezeq 36, 26: “Os daré un corazón nuevo, y en medio de vosotros pondré un espíritu nuevo; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra; y os daré un corazón de carne; y pondré mi espíritu en medio de vosotros; y haré que marchéis según mis preceptos, y observaréis mis leyes y las practicaréis”.

123.- En cuarto lugar, confirma la esperanza de la vida eterna, porque El es como la prenda de su herencia. Dice el Apóstol en Efes I, 13-14: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia”. El es, pues, como las arras de la vida eterna. Y la razón de ello es que la vida eterna le es debida al hombre en cuanto es hecho hijo de Dios, y viene a serlo haciéndose semejante a Cristo. Ahora bien, se asemeja uno a Cristo por poseer al Espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo. Dice el Apóstol en Rm 8, 15-16: “No recibisteis un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que recibisteis el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: Abba, Padre. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”. Y en Gal 4, 6: “Porque sois hijos de Dios, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre”.

124.- En quinto lugar, nos aconseja en nuestras dudas y nos enseña cuál sea la voluntad de Dios. Apoc 2, 7: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias”. Isaías 50, 4: “Lo escucharé como a Maestro”.

Artículo   9

EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA

125.- Así como vemos que en un hombre hay una alma y un cuerpo, y sin embargo son diversos sus miembros, así la Iglesia Católica es un cuerpo y tiene diversos miembros. Ahora bien, el alma que vivifica este cuerpo es el Espíritu Santo. Por lo cual, tras de creer en el Espíritu Santo, se nos manda creer en la santa Iglesia Católica. Por lo cual, se añade en el Símbolo: “en la Santa Iglesia Católica”.

Acerca de esto es de saber que la Iglesia es lo mismo que congregación. Por lo cual la Santa Iglesia es lo mismo que la asamblea de los fieles, y cada cristiano es como un miembro de esta Iglesia, de la que dice el Eclesiástico (51, 31): “Acercaos a mí, ignorantes, y congregaos en la casa de la instrucción”.

Pues bien, esta Santa Iglesia posee cuatro cualidades: porque es una, porque es santa, porque es católica, esto es, universal, y porqué es fuerte y firme.

126.- En cuanto a lo primero, es de saberse que aunque diversos herejes han inventado diversas sectas, sin embargo no pertenecen a la Iglesia, porque están divididas en partes; pero la Iglesia es una. Cant 6, 8: “Única es mi paloma, única mi perfecta”.

Ahora bien, de tres cosas proviene la unidad de la Iglesia.

127.- Primero, de la unidad de la fe. En efecto, todos los cristianos que pertenecen al cuerpo de la Iglesia, creen lo mismo. I Cor I, 10: “Tened todos un mismo lenguaje, y que no haya escisiones entre vosotros”. Y Ef 4, 5: “Un solo Dios, una fe, un bautismo”.

128.- En segundo lugar, de la unidad de la esperanza, porque todos han sido afirmados en la misma esperanza de llegar a la vida eterna. Por lo cual dice el Apóstol en Ef 4, 4: “Un solo cuerpo y un sólo espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados”.

129.- En tercer lugar, de la unidad de la caridad, porque todos (los cristianos) se unen en el amor de Dios y entre sí en el amor mutuo. Juan 17, 22: “Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno”. Tal amor, si es verdadero, se manifestará en la mutua solicitud y en la mutua compasión. Ef 4, 15-16: “Por la caridad, crezcamos en todo por aquel que es la cabeza, Cristo: de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor”. Porque cada uno debe servir al prójimo con la gracia que le ha sido dada por Dios.

130.- Por lo cual nadie debe menospreciar ni sufrir el ser arrojado y apartado de esta Iglesia; porque no hay más que una Iglesia en la que los hombres se salven, así como fuera del arca de Noé nadie pudo salvarse.

131.- B) Acerca de lo segundo es de saberse que hay también otra congregación, pero es la de los perversos. Salmo 25, 5: “Odio la Iglesia de los perversos”.

Esta es mala. Pero la Iglesia de Cristo es santa. Dice el Apóstol en I Cor 3, 17: “El templo de Dios es santo, y vosotros sois ese templo”. Por lo cual se dice: (Creo) “en la Iglesia Santa”.

Los fieles de esta congregación son santificados por tres realidades:

132.- Primeramente, así como una iglesia, al ser consagrada, materialmente es lavada, así también los fieles han sido lavados en la sangre de Cristo. Apoc I, 5: “Nos amó, y nos lavó de nuestros pecados en su sangre”. Hebr 13, 12: “Jesús, para santificar con su sangre al pueblo, padeció fuera de la puerta”.

133.- En segundo lugar, por la unción: así como una iglesia se unge con aceite, así también los fieles son ungidos con una unción espiritual para ser santificados: de otra manera no serían cristianos: Cristo, en efecto, es lo mismo que el Ungido. Pues bien, esta unción es la gracia del Espíritu Santo. 2 Cor 1,21: “El que nos ha ungido es Dios”; y I Cor 6, II: “Habéis sido santificados en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo”.

134.- En tercer lugar por la inhabitación de la Trinidad. Porque cualquiera que sea, el lugar en que Dios habite es santo. Por lo cual dice el Génesis, 28, 16: “Verdaderamente este lugar es santo”. Y el Salmo 92, 5: “La santidad conviene a tu casa, Señor”.

135.- En cuarto lugar por la invocación de Dios. Jer 14, 9: “Tú, Señor, estás entre nosotros, y por tu Nombre se nos llama”.

136.- Por lo tanto, debemos guardarnos de manchar nuestra alma, que es templo de Dios, por el pecado, después de semejante santificación. Dice el Apóstol en I Cor 3, 17: “Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo aniquilará”.

137.- C) Acerca de lo tercero es de saber que la Iglesia es católica, o sea universal: primeramente en cuanto al lugar, porque existe en todo el mundo, contra lo que dicen los Donatistas. Rm I, 8: “Vuestra fe es celebrada en el mundo entero”. Marcos 16, 15: “Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a todas las creaturas”. Por lo cual antiguamente Dios era conocido solamente en Judea, y ahora lo es en todo el mundo.

Ahora bien, esta Iglesia tiene tres partes. Una existe en la tierra, otra en el cielo, y la tercera en el purgatorio.

138.- En segundo lugar, es universal en cuanto a la condición de los hombres, porque nadie es rechazado, ni señor, ni esclavo, ni hombre, ni mujer. Gal 3, 28: “Ya no hay ni hombre ni mujer”.

139.- En tercer lugar, es universal en cuanto al tiempo. En efecto, algunos dijeron que la Iglesia debe durar hasta cierto tiempo. Pero esto es falso. Porque esta Iglesia empezó en el tiempo de Abel y durará hasta el final de los siglos. Mt 28, 20: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Pero después de la consumación de los siglos (la Iglesia) permanecerá en el cielo.

140.- D) Acerca de lo cuarto debemos saber que la Iglesia es firme. Se dice que una casa está firme si primeramente tiene buenos cimientos. Pues bien, el principal fundamento de la Iglesia es Cristo. Dice el Apóstol en I Cor 3, 11: “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, el cual es Jesucristo”. Fundamento secundario son ciertamente los Apóstoles y su doctrina. Por eso la Iglesia es firme. Por lo cual, en Apoc XXI se dice que la ciudad tenía doce fundamentos, y que estaban escritos en ella los nombres de los doce Apóstoles. Y por esto se dice que la Iglesia es apostólica. De allí también que para significar la firmeza de esta Iglesia, Pedro ha sido nombrado su cabeza.

141.- En segundo lugar es patente la solidez de la casa, si sacudida no puede ser destruida. Ahora bien, la Iglesia nunca puede ser destruida:

–Ni por los perseguidores; al contrario, en el tiempo de las persecuciones más creció, y perecieron los que la perseguían y los que ella misma combatía. Mt 2 1, 44: “Aquel que cayere sobre esta piedra se estrellará y aquel sobre el cual ella cayera, será aplastado”;

Ni por los errores, pues cuantos más errores sobrevengan, tanto mejor se manifiesta la verdad. II Tim 3, 8: “Hombres de mente corrompida; réprobos en cuanto a la fe; pero no progresarán más”;

Ni por las tentaciones de los demonios. En efecto, la Iglesia es como una torre, en la cual se refugia cual quiera que lucha contra el diablo. Prov 18, 10: “El nombre del Señor es una torre fortísima”. Por lo cual el diablo se esfuerza principalmente por destruirla; pero no prevalece, porque el Señor dijo, según San Mateo16, 18: “Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, como diciendo: te harán la guerra, pero no te vencerán.

De aquí que solamente la Iglesia de Pedro (de la que vino a formar parte toda Italia, cuando los discípulos fueron enviados a predicar) siempre fue firme en la fe. Y mientras en otras partes o es nula la fe, o está mezclada con muchos errores, la Iglesia de Pedro, en cambio, se robustece en la fe y limpia está de los errores. Y no es de admirar, porque el Señor dijo a Pedro, según San Lucas 22, 32: “Yo he rogado por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe”.

Artículo     10

LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS, LA REMISIÓN DE LOS PECADOS

142.- Así como en el cuerpo natural la acción de un miembro redunda en beneficio de todo el cuerpo, así también en el cuerpo espiritual, o sea, en la Iglesia. Y como todos los fieles son un solo cuerpo, el bien de uno es comunicado al otro. Dice el Apóstol en Rm 12, 5: “Todos somos miembros los unos de los otros”. De aquí que entre otros artículos de fe que los Apóstoles nos transmitieron está el de que hay en la Iglesia comunión de bienes, lo cual es lo que se llama “La comunión de los santos”.

143.- Pero entre los miembros de la Iglesia, el miembro principal es Cristo, porque El es la cabeza. Ef I, 22-23: “Dios lo dio por cabeza a toda la Iglesia, que es su Cuerpo”. En consecuencia, los bienes de Cristo son comunicados a todos los cristianos, como la virtud de la cabeza lo es a todos los miembros. Y tal comunicación se efectúa mediante los Sacramentos de la Iglesia, en los cuales obra la virtud de la pasión de Cristo, la cual obra para conferir la gracia para la remisión de los pecados.

144.- Pues bien, estos Sacramentos de la Iglesia son siete. El primero es el bautismo, que es cierta regeneración espiritual. En efecto, así como el hombre no puede tener la vida carnal si no nace carnalmente, de la misma manera, no puede poseer la vida espiritual, o de la gracia, si no renace espiritualmente. Pues bien, este nacimiento se opera por el bautismo. Juan 3, 5: “El que no renazca del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios”.

Y  es  de  saberse  que  así  como  el  hombre  no  nace sino una sola vez, así también sólo una vez es bautizado, por lo cual los santos (Padres) agregaron: “Confieso que hay un solo bautismo”.

La virtud del bautismo, en efecto, consiste en que limpia de todos los pecados, tanto en cuanto a la falta como en cuanto a la pena. Y por eso no se impone penitencia alguna a los bautizados, por grandes pecadores que hayan sido; y si muriesen inmediatamente después del bautismo, al instante volarían a la vida eterna. De aquí que aunque solamente los sacerdotes bautizan en virtud de su cargo, sin embargo, en caso de necesidad, cualquier persona puede bautizar, aunque guardando la forma del bautismo, la cual es ésta: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Pues bien, este Sacramento toma su virtud de la pasión de Cristo: “Todos nosotros que hemos sido bautizados en Jesucristo, en su muerte fuimos bautizados”. Por lo cual, así como Cristo estuvo tres días en el sepulcro, así también se hace una triple inmersión en el agua.

145.- El segundo Sacramento, es la Confirmación. Así como en los que nacen corporalmente, las fuerzas son necesarias para obrar, así también, a los que renacen espiritualmente les es necesario el vigor del Espíritu Santo. Por lo cual a fin de que fueran fuertes, los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo después de la Ascensión de Cristo. Lucas 24, 49: “Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto”.

Pues bien, este vigor se confiere en el Sacramento de la Confirmación. Por lo cual aquellos que tienen niños a su cargo deben ser muy solícitos en que sean confirmados, porque con la Confirmación se confiere una gran gracia. Y en caso de muerte, tiene mayor gloria el confirmado que el no confirmado, porque aquél posee más gracia.

146.- El tercer Sacramento es la Eucaristía. Así como en la vida corporal, después de nacer y de adquirir fuerzas el hombre, le es necesario el alimento, para conservarse y sustentarse, así en la vida espiritual, después de haber recibido el vigor le es necesario el alimento espiritual, el cual es el Cuerpo de Cristo. Juan 6, 54: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”. Por lo cual, conforme al mandato de la Iglesia cada cristiano cuando menos una vez al año debe recibir el Cuerpo de Cristo, pero dignamente y con pureza, porque, como se dice en I Cor I 1, 29: “el que come y bebe indignamente”, o sea, con conciencia de pecado mortal del que no se ha confesado, o sin proponerse no abstenerse de él, “come y bebe su propia condenación”.

147.- El cuarto Sacramento es la Penitencia. En efecto, en la vida corporal ocurre que si alguien enferma y no se medicina, muere, y lo mismo el que en la vida espiritual enferma por el pecado. Por lo cual es necesaria la medicina para recuperar la salud. Y esa medicina es la gracia que se confiere en el Sacramento de la Penitencia. Salmo 102, 3: “El que todas tus iniquidades perdona, el que sana todas tus dolencias”.

Ahora bien, en la penitencia debe haber tres actos: contrición, que es el dolor del pecado con el propósito de abstenerse de él: la confesión íntegra de los pecados; y la satisfacción, mediante buenas obras.

148.- El Quinto Sacramento es la Extrema Unción. En efecto, en esta vida hay muchos impedimentos para que el hombre pueda conseguir perfectamente la purificación de los pecados. Y como no puede entrar a la vida eterna nadie que no esté bien purificado, se hizo necesario otro Sacramento por el que el hombre lo purificara de sus pecados, se librara de su debilidad y se preparara a entrar al reino de los cielos. Y este es el Sacramento de la Extrema Unción. Y el que no siempre cure corporalmente se debe a que quizá no convenga para la salvación del alma. Santiago 5, 14-15: “¿Se enferma alguien entre vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que éstos oren sobre él, ungiéndole con óleo en nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará; y si estuviere con pecados, le serán perdonados”.

149.- Queda en claro, pues, que por los cinco Sacramentos ya dichos, se tiene perfección de vida. Pero como es necesario que esos Sacramentos sean conferidos por determinados ministros, fue igualmente necesario el Sacramento del Orden, por cuyo ministerio se dispensan esos Sacramentos. Y no hay qué considerar la vida de ellos si a veces caen en el mal, sino el poder de Cristo, por el cual tienen su eficacia esos Sacramentos, de los que ellos mismos son los dispensadores. Dice el Apóstol en I Cor 4, I: “Que los hombres nos miren como los ministros de Cristo, y como los dispensadores de los misterios de Dios”. Y este es el Sexto Sacramento, o sea, el del Orden.

150.- El Séptimo Sacramento es el Matrimonio, en el que si limpiamente viven, los hombres se salvan, y pueden vivir sin pecado mortal.

A veces los esposos incurren en pecados veniales cuando su concupiscencia no cae fuera de los bienes del matrimonio; porque si cae fuera de esos bienes, incurren en pecado mortal.

151.- Pues bien, por estos siete Sacramentos, conseguimos el perdón de los pecados. Por lo cual aquí se agrega: “Creo en la remisión de los pecados”.

152.- También por esto les ha sido dado a los Apóstoles el perdonar los pecados. Por lo cual se debe creer que los ministros de la Iglesia a los cuales les ha sido transmitida tal potestad por los Apóstoles, y a los Apóstoles por Cristo, tienen en la Iglesia la potestad de ligar y de desligar, y que en la Iglesia es plena la potestad de perdonar los pecados, pero por grados, o sea, por el Papa para los otros prelados.

153.- Pero es de saberse también que no sólo la virtud de la pasión de Cristo se nos comunica, sino también el mérito de la vida de Cristo. Y cuantos bienes hicieron todos los santos se comunican a los que viven en la caridad, porque todos son uno: Salmo CXVIII, ó3: “Yo tengo participación con todos los que te temen”. Por lo cual el que vive en la caridad es partícipe de todo el bien que se hace en el mundo entero; pero más especialmente aquellos por los que especialmente se hace algo bueno. Porque uno puede satisfacer por otro, como consta por los bienes espirituales a los que numerosas congregaciones admiten a algunos.

154.- Así pues, por esta comunión conseguimos dos cosas: la primera, que el mérito de Cristo se comunique a todos; la otra, que el bien de uno se comunique al otro. De aquí que los excomulgados, por estar fuera de la Iglesia, no participan de ninguno de los bienes que se hacen, lo cual es una pérdida mayor que la pérdida de cualquier cosa temporal. Pero hay además otro peligro: porque consta que por los dichos derechos (a participar de los bienes espirituales), se impide que el diablo nos pueda tentar. Por lo cual cuando alguien queda excluido de esos derechos el diablo más fácilmente lo vence. Por eso en la primitiva Iglesia, cuando era excomulgado, al instante el diablo lo vejaba corporalmente.

 

Artículo    11

LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE

155.- No sólo santifica el Espíritu Santo la Iglesia en cuanto a las almas, sino que por su virtud resucitarán nuestros cuerpos. Rm 4, 24: “Creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos, Jesucristo Señor Nuestro”. Y Cor 15, 21: “Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos”. Por lo cual creemos, conforme a nuestra fe, en la futura resurrección de los muertos.

156.- Cuatro cosas se pueden considerar acerca de esto.

La primera es la utilidad que proviene de la fe en la resurrección. La segunda son las cualidades de los resucitados, en cuanto a todos en general. La tercera, cuáles serán las cualidades de los buenos. La cuarta, en cuanto a los malos en especial.

157.- Acerca de lo primero debe saberse que de cuatro maneras nos son útiles la fe y la esperanza de la resurrección.

En primer lugar, para que desaparezca la tristeza que abrigamos por los muertos. Es ciertamente imposible que el hombre no se duela por la muerte de un ser querido; pero por esperar su resurrección, mucho se modera el dolor de su muerte. I Tes 4, 13: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza”.

158.- En segundo lugar, se suprime el temor a la muerte. Porque si el hombre no espera otra vida mejor después de la muerte, indudablemente debe ser muy temida la muerte, y el hombre debería hacer cualquier mal con tal de no tropezar con la muerte. Pero como creemos que hay otra vida mejor, a la cual llegaremos después de la muerte, es claro que nadie debe temer la muerte, ni por temor a la muerte hacer algún mal. Hebr 2, 14-15: “para aniquilar por la muerte al señor de la muerte, esto es, al diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud”.

159.- En tercer lugar, nos hace solícitos y atentos en hacer el bien. Pues si la vida del hombre fuese tan sólo ésta en que vivimos, no habría en los hombres gran aplicación en obrar bien, porque cualquier cosa que hiciesen sería poca cosa por no ser su anhelo por un bien limitado conforme a un tiempo determinado sino por la eternidad. Pero como creemos que, por lo que aquí hacemos, recibiremos los bienes eternos en la resurrección, tratamos de obrar bien. I .Cor 15, 19: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres”.

160.- En cuarto lugar, nos aparta del mal. En efecto, así como la esperanza del premio incita a obrar bien, así también el temor a la pena, que creemos se reserva para los malos, nos aparta del mal. Juan 5, 29: “Y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; pero los que hayan hecho el mal, para la resurrección de condenación”.

161.- Acerca de lo segundo debemos saber que en cuanto a todos habrá una cuádruple condición.

La primera es en cuanto a la identidad de los cuerpos que resucitarán. Porque el mismo cuerpo que ahora

es, con su carne y sus huesos resucitará, aunque algunos dijeron que este cuerpo que ahora se corrompe no resucitará, lo cual es contra lo que dice el Apóstol. Pues dice en I Cor 15, 53: “En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad”. Y la Sagrada Escritura dice que por el poder de Dios el mismo cuerpo resurgirá a la vida: Job 19, 26: “De nuevo seré recubierto con mi piel, y con mi carne veré a Dios”.

162.- La segunda condición será en cuanto a la cualidad, porque los cuerpos de los resucitados serán de cualidad distinta de la que ahora son: porque lo mismo en cuanto a los bienaventurados que en cuanto a los malos, los cuerpos serán incorruptibles, porque los buenos estarán siempre en la gloria, y los malos siempre en sus tormentos. I Cor 15, 53: “Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad”. Y como el cuerpo será incorruptible e inmortal, no habrá uso de alimentos ni de unión sexual. Mt 22, 30: “En la resurrección no se tomará ni mujer ni marido, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo”. Y esto es contra lo que dicen judíos y sarracenos. Job 7, 10: “No volverá más a su casa”.

163.- La tercera condición es en cuanto a la integridad, porque todos, buenos y malos, resucitarán con toda la integridad que pertenece a la perfección del hombre; así es que no habrá allí ni ciego ni cojo, ni defecto alguno. Dice el Apóstol en I Cor 15, 52: “Los muertos resucitarán incorruptibles”, esto es, sin que puedan padecer las actuales corrupciones.

164.- La cuarta condición es en cuanto a la edad, porque todos resucitarán en la edad perfecta, o sea, de treinta y tres o treinta y dos años. La razón de ello es que los que no llegaron a ella no tienen la edad perfecta, y los ancianos la pasaron ya, por lo cual a los jóvenes y a los niños se les agrega los que les falta, y a los ancianos se les restituye. Ef 4, 13: “Hasta que lleguemos todos al estado de hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo”.

165.- Acerca de lo tercero debemos saber que en cuanto a los buenos será una gloria especial, porque los santos tendrán cuerpos glorificados en los que habrá una cuádruple condición.

La primera es la claridad: Mt 13, 43: “Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”. La segunda es la impasibilidad: I Cor 15, 43: “Se siembra (el cuerpo) en la vileza, y resucitará en la gloria”; Apoc 21,4: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gemidos, ni dolor porque el primer estado habrá pasado”. La tercera es la agilidad: Sab 3,7: “Los justos resplandecerán, se propagarán como chispas en rastrojo”. La cuarta es la sutileza: I Cor 15, 44: “Se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual”: no que sea completamente espíritu, sino que estará totalmente sujeto al espíritu.

166.- Acerca de lo cuarto debemos saber que la condición de los condenados será contraria a la condición de los bienaventurados, porque en ellos habrá un castigo eterno, en el cual se dará una cuádruple mala condición. En efecto, sus cuerpos serán oscuros: Isaías 13, 8: “Son los suyos rostros calcinados”. Además, serán pasibles, aunque nunca se corromperán, porque arderán eternamente en el fuego y nunca serán consumidos: Isaías 66, 24: “Su gusano no morirá, su fuego no se apagará”. Además, serán pesados, pues sus almas estarán allí como encadenadas: Salmo 149, 8: “Para trabar con grillos a sus reyes”. Además, sus almas y sus cuerpos serán de cierta manera carnales: Joel I, 17: “Se pudrirán las bestias de carga en sus inmundicias”.

 

Artículo    12

Y EN LA VIDA ETERNA. AMEN.

167.- Conviene que como término de todos nuestros deseos, esto es, la vida eterna, se nos proponga ese final, en el Símbolo, a los creyentes, diciendo: “Y en la vida eterna. Amén”, Contra lo cual están los que asientan que el alma muere con el cuerpo. Si esto fuese verdadero, el hombre sería de la misma condición de los brutos. Les conviene a aquéllos lo del Salmo 48, 21: “El hombre, mientras está en honor, no comprende; se le compara con las bestias irracionales, y semejante es a ellas”. En efecto el alma humana se asemeja a Dios por la inmortalidad; pero por parte de la sensualidad se asemeja a las bestias. Por lo tanto el que crea que el alma muere con el cuerpo, se aparta de la semejanza con Dios y se equipara a las bestias. Contra lo cual dice la Sabiduría 2, 22-23: “No esperan recompensa para la justicia, ni creen en el premio de las almas santas. Porque Dios creó al hombre inmortal, y le hizo a imagen de su misma naturaleza”.

168.- Lo primero que se debe considerar en este artículo es qué clase de vida sea la vida eterna. Acerca de esto debemos saber: a) que en la vida eterna lo primero es que el hombre se une a Dios. Porque Dios es el premio y el fin de todos nuestros trabajos: Gen 15, I: “Yo soy tu protector, y tu premio será muy grande”.

Pues bien, esa unión consiste en la visión perfecta: I Cor 13, 12: “Ahora vemos como en un espejo, y en enigma; pero entonces veremos a Dios cara a cara”.

También consiste en la suma alabanza. Dice San Agustín en La Ciudad de Dios, cap. 22: “Veremos, amaremos y alabaremos”. E Isaías 51,3: “Regocijo y alegría se encontrarán en ella, acción de gracias y voces de alabanza”.

169.- Consiste también en la perfecta satisfacción del deseo. En efecto, allí poseerá cada bienaventurado más de lo deseado y esperado.

Y la razón de ello es que en esta vida nadie puede satisfacer su deseo, ni jamás nada creado sacia el anhelo del hombre. Porque sólo Dios lo sacia y lo excede de manera infinita, por lo cual el hombre no descansa sino en Dios, como dice San Agustín en sus Confesiones (libro I): “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti”. Y como los santos poseerán en la patria a Dios perfectamente, es claro que será saciado el deseo de ellos, y aun su gloria lo excederá. Por lo cual dice el Señor en San Mateo 25, 21: “Entra en el gozo de tu Señor”. Y San Agustín: “Todo el gozo no cabrá en los gozosos, pero todos los gozosos entrarán en el gozo”. Salmo 16, 15: “Me saciaré cuando aparezca vuestra gloria”. Y también el Salmo 102, 5: “El que harta de bienes tu deseo”.

170.- Cuanto es deleitable se halla allí superabundantemente. En efecto, si se antojan gozos, allí habrá el sumo y perfectísimo gozo, porque será del sumo bien, esto es, de Dios: Job 22, 26: “Pondrás entonces totalmente en el Omnipotente tus delicias”. Salmo 15, II: “A tu derecha delicias para siempre”.

Además, si se apetecen los honores, allí los habrá todos. Los hombres desean principalmente ser reyes, los seglares, y obispos, los clérigos. Y una y otra cosa serán allí: Apoc 5, 10: “Has hecho de nosotros reyes y sacerdotes para nuestro Dios”. Y Sab 5, 5: “He aquí que son contados entre los hijos de Dios”.

Además, si se apetece ciencia, allí la habrá perfectísima, porque todas las naturalezas de las cosas y toda verdad, y cuanto queramos conoceremos, y cuanto queramos poseer lo poseeremos allí con esa vida eterna. Sab 7, II: “Con ella me vinieron a la vez todos los bienes”. Prov 10, 24: “Al justo se le dará lo que desee”.

171.- c) En tercer lugar (la vida eterna) consiste en una seguridad perfecta. En efecto, en este mundo no hay seguridad perfecta, porque cuanto más posee alguien y más sobresale, más cosas teme y de más cosas carece; pero en la vida eterna no hay ni tristeza, ni trabajo, ni temor. Prov I, 33: “Gozará de la abundancia, sin temer mal alguno”.

172.- d) En cuarto lugar, consiste en la gozosa sociedad de todos los bienaventurados, sociedad que será sumamente deleitable, porque cada quien tendrá todos los bienes con todos los bienaventurados. Porque amara a cada uno como a sí mismo, por lo cual gozará por el bien del otro como de su propio bien. Lo cual hace que aumente tanto la alegría y el gozo de cada uno cuanto es el gozo de todos. Salmo 86, 7: “Es un gran gozo para todos el habitar en ti”.

173.- Todo lo que se ha dicho y otras muchas cosas inefables poseerán los santos en la patria. En cambio los malos, que estarán en la muerte eterna, no tendrán menos dolor y daño que los buenos gozo y gloria.

174.- En efecto, aumenta la pena de ellos, en primer lugar por la separación de Dios y de todos los buenos. Y esta pena es la de daño, que corresponde a su aversión (a Dios), y tal pena es mayor que la pena del sentido. Mt 25, 30: “A ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores”. En efecto, en esta vida los malos viven en tinieblas interiores, las del pecado; pero para entonces estarán también en tinieblas exteriores.

En segundo lugar, por el remordimiento de la conciencia. Salmo 49, 21: “Te reprenderé y te pondré ante tu rostro”. Sab 5, 3: “gimiendo con la angustia en el alma”. Y sin embargo, esos sufrimientos y gemidos serán inútiles, porque no serán por odio al mal sino por el dolor del castigo.

En tercer lugar, por la inmensidad del castigo sensible, esto es, del fuego del infierno, que torturará alma y cuerpo, el más terrible de los castigos, como dicen los santos; y estarán como si siempre murieran, y nunca muertos ni podrán morir, por lo cual se llama muerte eterna, porque como el que muere se halla en la amargura del sufrimiento, así también los que estén en el infierno. Salmo 48, 15: “Como ovejas son colocados en el infierno: la muerte los devora”.

En cuarto lugar, por no tener esperanzas de salvación. En efecto, si se les diera esperanza de la liberación de sus penas, se mitigaría su castigo; pero como se les priva de toda esperanza, su castigo se vuelve gravísimo. Isaías 66, 24: “Su gusano no morirá, su fuego no se apagará”.

175.- De esta manera es clara la diferencia entre bien y mal obrar, porque las buenas obras conducen a la vida, y en cambio las malas arrastran a la muerte. Por lo cual los hombres deberían hacer volver estas cosas a la memoria con frecuencia, porque así serán excitados al bien y se apartarán del mal. Por lo cual expresamente se dice al final de todo: “En la vida eterna”, para que siempre se grabe mejor en nuestra memoria. Que a esa vida nos conduzca Nuestro Señor Jesucristo, Dios bendito por los siglos de los siglos. Amén.

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Ciclo C, La Sagrada Familia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2012

La misión de los hijos

Para no repetir las mismas lecturas de los años A y B, hoy la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el llamado que hace Dios a los hijos de una pareja de esposos.

En la primera lectura, se nos narra la historia de Ana, que quedó embarazada milagrosamente, y dio a luz un niño a quien llamó Samuel. Cuando dejó de amamantarlo, se lo llevó para presentarlo en la Casa del Señor, y presentó al niño, todavía pequeño, al sacerdote Elí, diciéndole: «Ahora yo se lo ofrezco al Señor para que le sirva toda su vida: él está cedido al Señor.»

En el Evangelio, se nos cuenta cómo el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo entre sus parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas.

Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.» Él les contestó: «¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?».

Quizá como ellos, nosotros no comprendemos esta respuesta. Es que Dios, en su infinita sabiduría, ha trazado un plan para cada ser humano, desde la eternidad.

Y así lo hace con cada hijo, que tiene que buscar y encontrar la misión para la que fue creado y con la que encontrará la felicidad. Es su vocación: el llamado que Dios le hace a cada uno de sus hijos. Porque, como lo explica san Juan, en la segunda lectura, no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.

Por eso, los padres deben ayudar a sus hijos a encontrar su propia vocación, poniendo todos los medios que estén a su alcance: orando por ellos, ofreciendo algún sacrificio por esa intención y respetando su decisión.

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Oblación perfecta

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2012

Dios Padre,

haz que te glorifique con mi vida;

 

Dios Hijo,

haz que te ayude

a salvar almas;


Dios Espíritu Santo, lléname de ti

para derramarte

en mis hermanos

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Ciclo C, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2010

El más alto atributo de Dios

A veces olvidamos el atributo más sobresaliente de Dios: su infinita misericordia.

En el Éxodo, se nos cuenta que Dios no deja que estalle su furor contra los pecadores. Había determinado exterminarlos, pero Moisés suplicó al Señor, y Él renunció a destruir a su pueblo, como lo había anunciado.

Pablo nos cuenta que en un comienzo era un opositor, un perseguidor y un violento, y que a pesar de eso Dios lo perdonó, pues Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

Ya en el Evangelio, Cristo nos dice que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.

Y Jesús continuó explicando cuán grande es la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos: Cuando el hijo malvado dijo: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo», el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzó la fiesta.

¿Cómo es posible que, ante la declaración de la culpa de un malhechor, el juez lo absuelva? Eso es lo que hace Dios con aquellos que, verdaderamente arrepentidos, acuden al Sacramento de la Reconciliación. Incluso, si han pecado venialmente, el arrepentimiento sincero es suficiente para alcanzar el perdón de ese misericordioso Padre.

¿Desatenderemos esta ventajosísima oferta?

Todos las cualidades de Dios las posee en grado infinito, pero esta es una muestra de que su piedad, su misericordia: la más sublime de todas. Todo lo hace para nuestro bien, nos da cada vez más oportunidades para ser felices, a pesar de que le fallamos. ¡Cuánto nos ama!

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Ciclo C, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 8, 2010

¡Vivir una vida divina!

 

En la primera lectura la Sabiduría habla en nombre propio; es el Hijo de Dios que fue engendrado por el Padre antes de todas las criaturas, desde siempre.

En la segunda, se afirma que ya se nos ha dado el Espíritu Santo, y por Él el amor de Dios–Padre se va derramando en nuestros corazones.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice que todo lo que tiene el Padre es suyo. Por eso nos dijo que el Espíritu Santo tomará de lo de Jesús para revelárnoslo a nosotros.

Así pues, se recuerda hoy ese misterio insondable del Dios uno y trino: es un solo Dios, una sola esencia, una sola sustancia, una sola naturaleza; pero a la vez tres Personas distintas, que viven en la gloria eterna.

Y nosotros hacemos alarde de esperar esa misma Gloria de Dios que consiste, según el Apóstol Pablo, en el amor de Dios.

Pero para que esto se haga realidad es necesario que permitamos que el Espíritu de la Verdad nos guíe en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que nos dirá lo que escuchó del Padre y nos anunciará hasta lo que ha de venir; y así Jesús será glorificado.

Si damos paso al Espíritu Santo, nos sentiremos seguros en las aflicciones, sabiendo que la prueba ejercita la paciencia, que la paciencia nos hace madurar y que la madurez aviva la esperanza, la cual no nos dejará frustrados.

Y, ¿cómo dar paso al Espíritu Divino? Primero, cumpliendo los mandamientos; segundo, recibiendo frecuentemente los Sacramentos, para obtener la gracia (fuerza de Dios) necesaria; y tercero, orando: teniendo una vida de intimidad con este Dios trinitario, que no está lejano, sino que vive dentro de nosotros y nos hace vivir.

Así, pronto resplandecerá en nosotros una verdadera vida divina, no meramente humana: Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— guiará nuestras obras, palabras y pensamientos, tal y como lo haría Él…

Es como un anticipo de lo que ocurrirá en la vida eterna.

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Santísima Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 7, 2010

 

El Espíritu Santo, cuyo reinado se inaugura con la fiesta de Pentecostés, vuelve a inculcar a nuestras almas en esta segunda parte del año (desde Trinidad hasta Adviento), lo que Jesús nos enseñó en la pri­mera (del Adviento hasta la Trinidad).

El dogma fundamental, del que todo fluye y al que todo en el cristianismo viene a parar es el de la Santísima Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno tras otro en el curso del ciclo a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, autor de la Redención, y a Dios Espíritu Santo, autor de nuestra san­tificación, la Iglesia nos incita hoy a la consideración y ren­dida adoración del gran mis­terio que nos hace reconocer y adorar en Dios la unidad de naturaleza en la trinidad de personas.

«Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, cantamos la fiesta de la San­tísima Trinidad en el Oficio del Domingo que sigue —escri­bía san Ruperto en el siglo XII—, y este lugar está muy bien escogido, porque tan pronto como hubo bajado el Espíritu Santo, comenzó la predicación y la creencia; y, en el bautismo, la fe y la confesión en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.»

Afirmaciones del dogma de la Trinidad se ven a granel en la Liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo empieza y termina la Misa y el Oficio divino y se confieren los Sacramentos. A todos los Salmos sigue el Gloria Patri…; los himnos acaban con la doxología y las oraciones por una con­clusión en honor de las Tres Divinas Personas. Dos veces se recuerda en la Misa que el Sacrificio se ofrece a la Trinidad beatísima[1].

Si queremos vernos siempre exentos de toda adversidad, hagamos hoy con la liturgia solemne profesión de fe en la santa y eterna Trinidad y en su indivisible Unidad, seguros de que la visión clara de Dios en el cielo será el premio de nuestra fe ciega en este como en los demás Misterios de nuestra Sacro­santa religión. Démosle también rendidas gracias por habérnoslo revelado; pues que, al revés de la existencia de Dios, no hubié­ramos los hombres podido ni sospechar tan sublime misterio, que aun cuando sea para nosotros oscuro, todavía nos permite conocer a Dios mejor que le conoció pueblo alguno de la tierra. El párroco celebra hoy la misa por sus feligreses.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] El dogma de la Trinidad resplandeció también en nuestras iglesias. Nuestros Padres gozaban viendo en la altura, anchura y largura admirablemente propor­cionadas de esos edificios un símbolo de la Trinidad; lo mismo que en sus divisiones principales y en las secundarias: el santuario, el coro y la nave; las bóvedas, el triforio y la claraboya; las tres entradas, las tres puertas, los tres ventanales y a menudo también las tres torres. Por doquier, hasta en los detalles ornamentales, el número tres repetido sin cesar obedece a una idea, a la fe en la Trinidad.

También la iconografía cristiana tradujo de mil maneras este mismo pensamiento. Hasta el siglo XII a Dios Padre se lo representó por una mano que sale de las nubes y bendice. En esa mano se significa la divina omnipotencia. En los siglos XIII y XIV se ve ya la cara y luego el busto del Padre, el cual, desde el siglo XV es representado como un venerable anciano vestido con ornamentos papales.

Hasta el siglo XII Dios Hijo fue primero representado por una cruz, por un cordero o bien por un gallardo joven semejante al Apolo de los gentiles. Desde el siglo XII al XVI vemos ya representado a Cristo en la plenitud de la edad y con barba. A partir del XIII lleva la Cruz y también aparece en figura de cordero.

Al Espíritu Santo se lo representó primero por una paloma, cuyas alas extendidas tocaban a veces la boca del Padre y del Hijo, para demostrar cómo procede de ambos. Ya desde el siglo XI aparece con la figura de un niñito, por idéntico motivo. En el siglo XIII es un adolescente y en el XV un nombre hecho y semejante al Padre y al Hijo, pero con una paloma sobre Sí o en la mano, para distinguirlo así de las otras dos divinas personas. Mas desde el siglo XVI la paloma torna a asumir el derecho exclusivo de representar al Espíritu Santo.

Para representar a la Trinidad se adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo tres círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio central que queda libre por la intersección de los círculos.

La fiesta de la Santísima. Trinidad debe su origen al hecho de que las ordenaciones del sábado de témporas, como quiera que se celebraran por la tarde y se prolonga­ran hasta el domingo, éste carecía entonces de liturgia propia.

Todo el año, lo mismo que este día, está consagrado a la Santísima Trinidad, y la Misa que se dio a este primer domingo después de Pentecostés fue una Misa votiva compuesta a principios del siglo VII en honor de ese inescrutable misterio.

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Ciclo C, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 31, 2010

El Espíritu Santo, ¿actúa hoy?

 

El Espíritu Santo guió la pluma de los escritores del Antiguo Testamento, descendió sobre la Virgen María para hacerla Madre de Dios, llegó a los apóstoles a través de Jesús para perdonar los pecados y para darles poder de consagrar, y los invadió el día de Pentecostés, haciendo de ellos hombres completamente diferentes: hablaban la lengua de los que los oían, enseñaban la Buena Noticia por todas partes, oraban y se reunían para partir el pan, ofrecían sus sacrificios y hasta la vida, si fuera necesario, por el amor del Dios que nos creó y nos salvó…

Hoy, día en que ese mismo Espíritu Santo vuelve sobre su Iglesia para purificarla y para infundirle de nuevo el empuje de los primeros tiempos, ¿cómo estamos reaccionando? ¿Por qué a nosotros no nos infunde el mismo brío?

Porque Dios ama la libertad. Porque el ser humano puede decir que no a Dios.

Y porque el pecado es como el fango que dificulta el caminar: es necesario que desechemos de nuestras vidas los apetitos desordenados y amemos directamente a Dios, al Amor mismo.

Hagámonos unas preguntas: ¿Qué es realmente lo que amamos? ¿Dónde están nuestros intereses? ¿Por qué cosas nos esforzamos? ¿A qué le dedicamos más tiempo durante el día, durante la semana? ¿Verdad que no es siempre a Dios? ¿Verdad que el hogar, el afán por las comodidades, por el dinero o por el «qué dirán» y otras muchas cosas son, a veces, nuestros verdaderos tesoros?

Mientras tanto, el mundo necesita de amor. Todos los creados por el Padre, redimidos por el Hijo y empujados por el Espíritu Santo tenemos ese amor, único capaz de saciar de felicidad al mundo. Nadie más puede.

¿Dejaremos que el mundo se siga destruyendo? Tenemos la posibilidad de ayudar al Espíritu Santo en su tarea de santificación del mundo. Es un plan magistral, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios. Solo debemos ponernos a su servicio, dejarnos guiar por el Amor, que vive en nosotros, para hacer el milagro.

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Ciclo C, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 20, 2010

El consuelo del Señor

 Las lecturas que se recomiendan para este año C nos hablan de una sensación de consuelo muy grande. Efectivamente, en el capítulo 40 del Profeta Isaías se oye a nuestro Dios gritar:

Consuelen, consuelen a mi pueblo. Hablen a la Iglesia, hablen a su corazón, y díganle que su jornada ha terminado, que ha sido pagada su culpa.

Y es que, según escribió san Pablo a Tito, la generosidad del Dios Salvador acaba de manifestarse a todos los hombres. Ahora nos queda aguardar la feliz esperanza, la manifestación gloriosa de nuestro magnífico Dios y Salvador, Cristo Jesús, que se entregó por nosotros para rescatarnos de todo pecado y purificar a un pueblo que fuera suyo, dedicado a toda obra buena. Pero se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres; no se fijó en lo bueno que hubiéramos hecho, sino que tuvo misericordia de nosotros y nos salvó.

Ese derroche de amor comenzó con un Bautismo: el día que fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo de Juan. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre Él y se manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida.»

En el Bautismo, volvimos a nacer y fuimos renovados por el Espíritu Santo que Dios derramó sobre nosotros por Cristo Jesús, nuestro Salvador. Habiendo sido reformados por gracia, esperamos ahora nuestra herencia, la vida eterna.

Pero también en la primera lectura hay una voz que clama: Abran el camino a Dios en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.

Para lograr esto, para ver estas maravillas, el Apóstol nos enseña el camino: rechazar la vida sin Dios y las codicias mundanas, y viviendo en el mundo presente como seres responsables, justos y que sirven a Dios.

   

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Ciclo B, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 30, 2009

Un Dios cercano

 

Siempre que se habla de la Santísima Trinidad todos se acuerdan de la palabra misterio; y así es, efectivamente: el misterio más grande de nuestra fe. Leemos hoy en el Deuteronomio: ¿Hubo jamás una cosa tan extraordinaria como ésta? ¿Se ha oído cosa semejante?

Pero no siempre nos acordamos de que ese Dios es Padre. En la segunda lectura san Pablo nos lo dice claramente: no recibimos un espíritu de esclavos, sino el de los hijos, que nos permite gritar: ¡Papá! El Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.

Y tampoco recordamos que Jesús nos dijo: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia». Este Dios vive entre nosotros.

Así pues, podemos verificar que el Dios Uno y Trino —Padre, Hijo y Espíritu Santo— es un Dios cercano. Es más: vive en nosotros. La Santísima Trinidad reside en lo que san Juan de la Cruz llamó la sustancia del alma, es decir, nuestro espíritu.

Por eso, Jesús les dijo a los discípulos: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado». Esta realidad es conocida desde hace mucho tiempo como la inhabitación trinitaria: desde que fuimos bautizados Dios mora en nosotros.

Si permanecemos limpios, sin pecado, la Santísima Trinidad seguirá allí, dentro de nosotros, ayudándonos a ser santos, esto es: a ser felices. Si nos dejamos guiar por ella, si le permitimos que gobierne cada vez más nuestra vida, crecerá más y más en nuestro interior, hasta divinizarnos, hacer de nosotros hombres y mujeres perfectos, según su querer. Pero si pecamos, reduciremos su actuar en nosotros; y si lo hacemos gravemente, la echaremos de nuestras vidas, cometiendo el peor error que podamos cometer.

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Viernes Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

Aprendió a obedecer

 

Ya no parecía un ser humano; hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Fue maltratado, se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la trasquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado; ¿quién ha pensado suficientemente en su suerte?

Le dijo a su Padre que pagaría nuestra culpa: eran nuestras faltas por las que era castigado; por nuestros pecados era aplastado. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido sanados.

«Si es posible, Padre, que no sufra todo lo que debo sufrir… ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!» A pesar de que nunca cometió un acto de violencia ni salió una mentira de su boca, quiso su Padre destrozarlo con padecimientos, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado del hombre.

Aunque era Hijo, aprendió en su Pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen.

Esta es la esencia de nuestra Redención: la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Y nosotros, ¿somos obedientes a Dios y a su Iglesia? Cada vez que asistimos a la Eucaristía, ¿revivimos esa Pasión y esa Muerte que nos dio la posibilidad del Cielo? Efectivamente, en ese momento se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén y todo el tiempo que ha pasado desde que Cristo entregó su vida para pagar la factura que debíamos.

Estamos ahí, presenciando cómo el Hombre–Dios muere tan horriblemente, por nosotros, por nuestras culpas (aquel que diga que no ha pecado es un mentiroso). Y todo lo hizo por amor. Nace el propósito firme de nunca fallar a la Eucaristía, al menos los domingos y las fiestas, para darle gracias, para ofrecerle nuestro buen comportamiento, para perdonar a todos como Él nos perdonó a nosotros…

 

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Las sectas

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

Una de las características más fascinantes del homo sapiens es que fue la especie que, por primera vez en la historia, realizó rituales y ceremonias religiosas. Robert Foley (biólogo y profesor del King’s College of Cambridge, director del Laboratorio de Antropología Biológica Duckworth y autor del libro “Another unique species”) cuenta que el famoso hombre de Neandertal, que vivió entre 130.000 y 35.000 años a. de C., ya enterraba así los cadáveres de sus congéneres.

Los entierros obligan a pensar a los paleoantropólogos que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma, ya que hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

Entre las especies animales, somos los únicos conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás animales experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor, bien con las actitudes, bien con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

Así, se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es la conciencia de que él mismo es, por naturaleza, un ser religioso: en esta etapa del hombre primitivo nacieron las creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad.

El arte simbólico que se encontró en las cavernas con rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre.

De este estado reflexivo nacieron innumerables creencias que denotan la búsqueda de lo divino por parte del hombre, que también es una búsqueda de la verdad última de su ser: de dónde venimos, para dónde vamos, qué vinimos a hacer en esta vida…

Pero el Creador de la especie humana no quiso dejar al hombre solo en esa búsqueda: si bien todas las demás religiones son producto de la reflexión humana que busca a Dios, el cristianismo es la única en la que Dios busca al hombre para descubrirle lo que ignora de Él y para entregarse, dando al hombre una respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que se plantea sobre el sentido y la finalidad de su vida.

Dios se ha revelado al hombre comunicándole gradualmente su propio misterio mediante obras y palabras. Más allá del testimonio que da Dios de sí mismo en las cosas creadas (revelación natural), se manifestó a través de su palabra (revelación sobrenatural):

Primero, habló al padre y a la madre la humanidad y, después de la caída, les prometió la salvación, y les ofreció su alianza (210.000 a 100.000 a. d C.).

Más adelante, selló con Noé una alianza eterna entre Él y todos los seres vivientes, alianza que durará tanto como dure el mundo.

Luego, eligió a Abraham y selló una alianza con él y su descendencia, de la que formó su pueblo (1.800 a. d C.).

A ese pueblo escogido le reveló su ley, por medio de Moisés (1.250 a. d C.).

Por los profetas lo preparó para que acogiera la salvación ofrecida a toda la humanidad.

Finalmente, Dios se reveló en forma plena enviando a su propio Hijo, en quien estableció su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra revelación después de Él.

La historia del cristianismo registra innumerables conquistas espirituales en la mayor parte de las regiones geográficas del mundo. Incluso las opiniones encontradas han dejado resultados provechosos: tras su análisis, han aparecido luces enriquecedoras, especialmente para conformar una doctrina, compacta y fuerte a la vez, cada día más cierta.

Pero, desafortunadamente, también se han producido divisiones: en el siglo V se separaron los Nestorianos y los Monofisistas; luego, en el siglo XI, la Iglesia Ortodoxa Griega; finalmente, en el siglo XVI, los Protestantes y los Anglicanos\Episcopalianos.

De estos dos últimos grupos han proliferado innumerables comunidades, movimientos religiosos, grupos y sectas de mayor o menor afinidad entre sí. Además, entre ellos hay varias denominaciones que técnicamente no son cristianas, porque no aceptan la divinidad de Jesucristo; es el caso de los Testigos de Jehová, los Moon y los Mormones.

No hay justificación teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de una pluralidad de Iglesias, Comunidades Eclesiales, movimientos, grupos o sectas, estén genuinamente separadas o no. Además, por desgracia, muchos de ellos se excluyen mutuamente.

«Personas de la casa de Cloe me han hablado de que hay rivalidades entre ustedes. Puedo usar esta palabra, ya que uno dice: Yo soy de Pablo, y otro: Yo soy de Apolo, o Yo soy de Cefas, o Yo soy de Cristo. ¿Quieren dividir a Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?» (1Co 1, 11-13)

Mientras el cristianismo continué así, no solamente estará negando en la práctica lo que en la teoría profesa, sino que presentará al mundo un escándalo. Y eso es grave:

¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el escándalo! (Mt 18, 7)

Es hora de parar.

Es hora de pedir perdón y perdonar.

Es hora de pensar más en lo que nos une que en lo que nos separa.

Es hora de buscar, encontrar y seguir el espíritu de la comprensión.

Y para facilitar esa comprensión, a continuación se plantean algunos análisis sobre temas de controversia a la luz de la Palabra de Dios. Este comienzo podrá dar paso al amor que Jesucristo quería —y quiere— para todos los cristianos.

La verdad

Cada ser humano debe buscar la verdad en conciencia.

En la profundidad de su conciencia, el hombre descubre una ley que no se dicta él a sí mismo. Es una voz que oye con claridad en los oídos del corazón y que lo invita suavemente a amar y a obrar el bien, y a evitar el mal: «haz esto», «evita lo otro».

Esta ley que lleva el hombre en su corazón fue puesta allí por Dios para que con ella pudiera buscar la verdad, la verdad poseída por Dios.

Esa verdad se halla por encima de la conciencia y es independiente de ella. La conciencia, por eso mismo, no es la verdad ni puede crear la verdad: son muchos los hombres que fabrican sus propios errores y los llaman verdades. La verdad auténtica siempre es algo más grande que la mente humana; por eso debe ser respetada y buscada con humildad.

Tampoco se elige la verdad como si fuera «una verdad entre otras posibles verdades». Una verdad, y una sola, se presenta como real y verdadera, y esta se acepta o se rechaza.

La dignidad del ser humano lo obliga a obedecer a la conciencia, ya que según ella será juzgado, como lo explica Pablo:

«Y así demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. Serán juzgados por su propia conciencia, y los acusará o los aprobará su propia razón el día en que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo. Es lo que dice mi Evangelio. (Rm 2, 15-16)

Esa conciencia nos exige que ordenemos toda nuestra vida según las exigencias de la verdad, aun a pesar de que sea difícil de vivir o que no nos guste; y nos pide también que no nos dejemos llevar por comodidades, gustos, conveniencias, afinidades, opiniones personales, caprichos y cosas por el estilo; sino que sigamos la verdad que la voz de la conciencia nos muestra.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia tanta mayor seguridad tendrán las personas para apartarse del subjetivismo y para someterse a las normas objetivas de la moralidad: ya no juzgaremos ni actuaremos de acuerdo con nuestro modo de pensar o de sentir, sino acordes con lo justo, lo equitativo y lo correcto, es decir, de acuerdo con la verdad.

Así obtendremos el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas y ganaremos el derecho a expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas; en esto consiste la libertad de religión.

La libertad de religión implica que no se debe imponer la forma de pensar a los demás ni, mucho menos, juzgarlos o agredirlos. Tampoco se debe ejercer sobre ellos presión psicológica ni coacción externa.

En la Biblia se lee:

«Hermanos, no se critiquen unos a otros. El que habla mal de un hermano o se hace su juez, habla contra la Ley y se hace juez de la Ley. Pero a ti, que juzgas a la Ley, ¿te corresponde juzgar a la Ley o cumplirla? Uno solo es juez: Aquel que hizo la Ley y que puede salvar y condenar. Pero, ¿quién eres tú para juzgar al prójimo?» (St 4, 11-12)

«No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes». (Mt 7, 1-2)

«Por lo tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que se merece». (1Co 4-5)

«Sea todo hombre pronto para escuchar, tardo para hablar, remiso para la cólera. El hombre encolerizado no obra lo que le agrada a Dios. Quien piensa que sirve a Dios y no refrena su lengua se engaña a sí mismo. No vale nada su religión». (St 1, 19-20. 26)

«Yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno. Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda». (Mt 5, 22-24)

Y, ¿por qué pide Jesús que seamos buenos hermanos antes que ser buenos hijos de Dios? El siguiente pasaje nos lo explica:

Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4)

Jesús no decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué persigues a los cristianos?»; decía: «¿Por qué me persigues?»

Es que todo lo que hagamos contra los discípulos de Jesús se lo hacemos a Él.

Perseguir a otros cristianos, acosarlos, criticarlos, decirles reiteradamente que están equivocados, ofender sus creencias o las Iglesias a las que pertenecen, es perseguir a Jesús.

También lo es el sarcasmo, la descalificación, la hostilidad, la demagogia, la coacción psicológica que se ejerza sobre los demás.

Del mismo modo, si en vez de mostrar lo bueno que tenemos nos dedicamos a exaltar los defectos de los demás, perseguimos a Jesús; también lo es recordar, por ejemplo, las malas actuaciones de alguno para desacreditar a la comunidad a la que pertenece o realzar sus errores.

Todas estas son actitudes sectarias.

Si todos los individuos que conforman un grupo, comunidad o movimiento religioso practican actitudes sectarias, estamos ante una secta.

Jesús nos pone en guardia contra los sectarios:

«Cuídense de los falsos profetas: se presentan ante ustedes con piel de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Ustedes los reconocerán por sus frutos. ¿Cosecharían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos? Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos». (Mt 7, 15-18)

Uno de los frutos de los árboles buenos es la paz:

«Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios». (Mt 5, 9)

«Finalmente, hermanos, estén alegres; sigan progresando; anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes». (2Co 13, 11)

Paz que proviene de la sabiduría:

¿Así que eres sabio y entendido? Si tu sabiduría es modesta, veremos sus frutos en tu conducta noble. Pero si te vuelve amargo, celoso, peleador, no te fíes de ella, que eso sería mentira. Esa clase de sabiduría no viene de arriba sino de la tierra, de tu propio genio y del demonio. Y donde hay envidia y ambición habrá también inestabilidad y muchas cosas malas. En cambio la sabiduría que viene de arriba es, ante todo, recta y pacífica, capaz de comprender a los demás y de aceptarlos; está llena de indulgencia y produce buenas obras, no es parcial ni hipócrita. Los que trabajan por la paz siembran en la paz y cosechan frutos en todo lo bueno. (St 3, 13-18)

El segundo fruto bueno es la unidad.

«¡Qué bueno y qué tierno es ver a esos hermanos vivir unidos! Allí el Señor otorgó su bendición, la vida para siempre.» (Sal 132, 1. 3)

«Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones; que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios». (1Co 1, 10)

Porque donde hay unidad, allá está Dios:

«Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos. (Ef 4, 4-6)

El mismo Jesús deseaba esa unidad. Por eso dijo:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». (Jn 17, 21)

Y el tercer fruto es el amor:

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido con la Ley. Pues los mandamientos: no cometas adulterio, no mates, no robes, no tengas envidia y todos los demás, se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley. (Rm 13, 8-10)

«Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.» (1Jn 4, 7)

Ese amor debe practicarse, incluso, con los que son de otra raza y otra religión:

Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: “Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.”» (Lc 10, 30. 33-35)

Pero el verdadero amor llega más lejos:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo». (Mt 5, 38-48)

Es más, Jesús nos dio una medida para el amor que debemos tenernos los cristianos:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Jesús? Dando su vida por nosotros. Por lo tanto, si queremos ser buenos discípulos de Jesús, nuestro Maestro, es necesario que demos la vida por los demás.

Precisamente por eso nos reconocerán como discípulos de Cristo, porque nos amamos:

«En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35).

No reside la doctrina cristiana en la fuerza que utilicemos para defender los dogmas de fe, no en los argumentos teológicos o filosóficos, no en la evidencia científica… Jesús fue claro: «En que se amen los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus apóstoles, sino que lo hizo por todos los hombres, incluyendo a los pecadores y a los que lo mataban tan injusta y ensañadamente.

Esta es, pues, la característica principal del cristiano: el amor. Amor que Jesús dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua…, por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, tampoco aceptación o tolerancia, sino obras, las que nos pide Dios; y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos, ofrecido por la unión de los cristianos, como quería Jesús.

En busca de la unidad

Las diferencias entre los cristianos se intentan remediar por el camino más acorde con el espíritu de Jesús: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que los cristianos han recomendado a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para «defender» sus ideas o intereses.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución…, a un costo muy alto, mejor, el más alto: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina cristiana está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los más recientes; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —a veces justos, por cierto— llenando la historia de paradigmas que pueden enfervorizar al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos, como todos.

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.» (Jn 15, 12)

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios nos pide.

Por todo el globo terráqueo un gran número de personas ha hecho eco de esas palabras con actos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos a ellos para que, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta: la unión de los cristianos.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

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