Hacia la unión con Dios

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¿La religión enajena?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 24, 2015

Es bastante común que los sociólogos, trabajadores sociales, antropólogos, historiadores y psicólogos afirmen que la religión condiciona tanto a la sociedad como al individuo pues, según ellos, es otro de los factores culturales que inciden en su identidad y desarrollo.

Algunos llegan a aseverar que cualquier religión entorpece o turba el uso de la razón, es decir, que enajena al ser humano. Y hay quienes se preocupan por encontrar maneras de «liberarse» de esta esclavitud.

De hecho, cuando se observan las actitudes de un fanático, se puede llegar a la misma conclusión: un atento análisis de todos aquellos que defienden con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, hace descubrir las razones que los mueven a actuar así: carencias afectivas, problemas familiares, laborales o sociales, que los llevaron a aferrarse enfermizamente a su credo, filosofía o forma de pensar.

Pero hay más: el miedo a perder ese sentido de «pertenencia» pocas veces los deja enfrentarse madura y razonablemente con sus creencias. No son capaces de evaluar valientemente si su religión es la verdadera; temen errar o fallar a sus principios religiosos (pecar); «creen» porque lo «heredaron» de sus padres, por «costumbre», por miedos irracionales e irreflexivos, no por convicción.

Entendida así la religión es efectivamente alienante. Alguien que vive así experimenta la mayor tragedia que puede sufrir el ser humano: su ausencia de libertad.

Por eso, es indispensable que el individuo comprenda una de las principales diferencias descubiertas por la paleoantropología entre la especie humana y los animales.

Cuando apareció, hace entre 210.000 y 100.000 años, el ser humano enterraba a los muertos. Esos entierros que hacían obligan a pensar a cualquier investigador que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma: hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

Somos los únicos animales conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás animales experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor, bien con las actitudes, bien con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

Así, se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es la conciencia de que él mismo es, por naturaleza, un ser religioso: en esta etapa nacieron las creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad. Por eso es inexplicable la existencia de los ateos: el ser humano es religioso por naturaleza, y se puede afirmar sin fanatismos que el ateísmo es un retroceso en la evolución del hombre.

El arte simbólico que se encontró en las cavernas, con búfalos y rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre y, además, de que apareció la conciencia de que a través de esos rituales se podían someter las fuerzas de la naturaleza.

La sabiduría, en este sentido, se guió más tarde hacia una cultura mágica en los cazadores, y hacia una cultura mítica en los agricultores.

Se puede decir que no hay duda de que el espíritu marca definitivamente al hombre, y que es su presencia lo que lo hace completamente diferente a sus antecesores: el homo sapiens se diferencia de los demás en que tiene espíritu.

Por eso los seres humanos sentimos algo que nos mueve a dar a Dios el culto debido y practicamos la religión, ese conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor reverencial hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio.

Si no lo hiciéramos, no seríamos humanos. Y seríamos esclavos.

 

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Ciclo A, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en julio 5, 2011

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Lo que le falta al mundo

«He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los ellos no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio.»

Fueron las palabras que escuchó santa Margarita María de Alacoque.

Dice el Deuteronomio que el Señor se enamoró de nosotros y, por eso, nos eligió: somos su pueblo, el pueblo de su predilección.

Y san Juan nos muestra que Dios ha querido revelársenos explícitamente como el Amor: amor tan grande que se entrega como Víctima por nuestros pecados.

A cambio de ese desbordante e infinito amor, no nos pide sino que tengamos un corazón como el suyo: manso y humilde.

La mansedumbre y la humildad nos harán tener buenas relaciones tanto con los demás seres humanos como con Dios, pues nos ubica en el lugar que nos corresponde: somos simplemente pequeñas criaturas, llenas de imperfecciones, pecadoras, necesitadas de la gracia para corresponder a todo ese amor.

Si permitimos que la gracia de Dios haga su trabajo en nosotros, llegará un día en el que nos percataremos de nuestra indigencia, de nuestra impotencia y de nuestra ignorancia. Entonces seremos conscientes de la verdad —la humildad es la verdad, decía santa Teresa de Jesús—: nuestra pequeñez, unida a la herida que nos dejó el pecado original y a las seducciones del Maligno, requiere de la ayuda de la gracia divina que dan los Sacramentos que brotaron del costado del Corazón de Jesús, que se sigue poniendo como ejemplo, con su mansedumbre y humildad, para destruir nuestras violencias y soberbias.

Pidiéndole estas virtudes al Señor, destruiremos el pecado que hay en nosotros, aparecerá la paz entre los hombres y, sumisos al Señor, terminaremos por fin la tarea que nos señaló desde el comienzo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».

Será entonces una realidad la fraternidad universal, que propiciará la formación de la Nueva Jerusalén aquí en la Tierra: la plenitud del amor.

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Ciclo C, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

Amor con amor se paga

 

Ezequiel escribió siglos atrás lo que el Corazón amantísimo del Señor le dejaba ver a su pueblo en esa época: «Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido.» En Oseas se mostró como una madre, en el Cantar de los cantares como un esposo…

Es que lo que el Corazón de Dios tiene guardado es un abismo infinito de amor por sus criaturas, los hombres. Pero tuvo que revelarse poco a poco, teniendo en cuenta la idiosincrasia y la inmadurez del ser humano en la historia.

Y, como escribió san Pablo, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y nos lo explica admirablemente: Cristo murió por los pecadores, por los malos, por los impíos; sí: cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Ese Corazón de Jesús que murió por nosotros, sin merecerlo, es el que hoy contemplamos admirados, abismados, aterrados… pues, como pago de nuestro desamor, Él derrama su infinita misericordia sobre nosotros…

¡Nuestro pequeño y miserable corazón no puede entender que el odio, el desprecio y la falta de correspondencia al Amor se nos pague con más amor!

Y la única explicación que nos da es: «Os digo que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».

¡Nuestra conversión es Alegría para Dios!

Ante esa alegría divina debemos reaccionar siendo agradecidos tanto cuanto podamos y reparando arrepentidos nuestro desamor: primero, una buena confesión de nuestros pecados (con sincero arrepentimiento por haber ofendido a un Dios tan bueno y la promesa de no ofenderlo más); y, después, una vida santa, conseguida con la fuerza que se obtiene de la asiduidad en la oración mental y la frecuencia de los Sacramentos.

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Ciclo B, II domingo de Pascua o día de la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2009

Misericordia aquí

 

Nos cuentan los Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común.

Es lo que Dios quiere: una familia. Él no pensó en una democracia, una monarquía, anarquía, comunismo, socialismo…, todos inventos de la reducida inteligencia humana; y, por supuesto, todos con defectos, fallos, imperfecciones.

Entre otras cosas, a eso vino a la tierra: a fundar una familia en la que Dios es el Padre, y nosotros sus hijos —misericordiosos como Él— hermanos los unos de los otros, por quienes seríamos capaces de hacer cualquier cosa: quiere que en esta familia cada uno compita en el amor, esto es, en el servicio.

Y, ¿cómo aseguraremos que semejante “utopía” pueda llevarse a cabo? En primer lugar, porque sabemos que esa no es obra humana sino divina: será Él quien la forjará, en el momento preciso de la historia, con su fuerza todopoderosa.

El alma de semejante familia está descrita en la carta de san Juan que leímos hoy: “Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios. Si amamos al que da la vida, amamos también a quienes han nacido de Él; y por eso, cuando amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, con toda certeza sabemos que amamos a los hijos de Dios”.

Quizá nos parecerá todavía algo imposible, pues sabemos que nuestras fuerzas son ínfimas, si las comparamos con la empresa que nos propone, pero sabemos que “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo”, y la victoria en que el mundo ha sido vencido es nuestra fe en Jesús.

Tomás no tuvo esa fe en Jesús. Tal vez estemos como Tomás: todavía no creemos que Jesús nos diga: “Como el Padre me envío a mí, así los envío Yo” a formar una familia en la que reine mi misericordia, una familia que va —unida— hacia el Cielo.

En cambio, ¡felices los que tienen esa fe en Jesús, los que sin haber visto creen!

 

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Inmaculada Concepción de la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 14, 2008

Anuncio: ¿de qué?

 

¿Qué es lo que le anuncia el arcángel a la Virgen María? ¿Por qué se le da tanta importancia a este hecho?

Lo explican claramente las lecturas de hoy: primero, se nos narra cómo Dios Padre creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta que llegara a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Pero el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado; por eso san Pablo grita en la segunda lectura: ¡Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos ha bendecido en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales!

Y la primera beneficiada será, anticipadamente, la Madre de ese Niño–Dios: por sus méritos, ¡la hizo nacer sin pecado original! Él —Dios— podía hacerlo, quería hacerlo, así que lo hizo.

Después seguiremos nosotros si, como dice el Apóstol, permanecemos en su presencia santos y sin mancha.

   

(Tomado del libro: Un llamamiento al amor

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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La historia de la salvación*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2008

Un padre tenía un hijo único: ricos, poderosos, vivían rodeados de servidores, de bienestar; perfectamente dichosos; de nada ni de nadie necesitaban para acrecentar su felicidad; el padre era la felicidad de su hijo y este la de su padre. Ambos tenían corazón noble, caritativos sentimientos; la menor miseria los movía a compasión.

Entre los servidores de este bondadoso señor, uno enfermó gravemente, y estaba a punto de morir si no se lo atendía con remedios enérgicos y con asiduos cuidados.

Mas el servidor era pobre y vivía solo.

¿Qué hacer? ¿Dejarlo morir? La nobleza de sentimientos del señor no puede consentirlo.

¿Enviará para cuidarlo a otro de sus criados? Tampoco estaría tranquilo, porque cuidándolo más por interés que por afecto, le faltarían tal vez mil detalles y atenciones que el enfermo necesita.

Compadecido, el padre confía a su hijo su inquietud respecto del pobre enfermo; le dice que con asidua asistencia podría curarse y vivir muchos años aún. El hijo, que ama a su padre, y comparte su compasión, se ofrece a cuidar al servidor con esmero, sin perdonar trabajo, cansancio ni solicitud, con tal de conseguir su curación.

El padre acepta; sacrifica la compañía de su hijo y este las caricias de su padre y, convirtiéndose en siervo, se consagra a la asistencia del que es verdaderamente su servidor. Le prodiga mil cuidados y atenciones, le provee de cuanto necesita, no sólo para su curación sino aun para su bienestar de suerte que, al cabo de algún tiempo, el enfermo recobra la salud.

Penetrado de admiración por cuanto su señor ha hecho por él, el servidor pregunta de qué manera podría demostrarle su agradecimiento.

El hijo le aconseja que se presente a su padre, y ya que está curado, se ofrezca de nuevo a él, como uno de sus más fieles servidores.

Así lo hace, y reconociéndose su deudor, emplea cuantos medios están a su alcance, para publicar la caridad de su señor; más aún, se ofrece a servirlo sin interés, pues sabe que no necesita ser retribuido como criado, el que es atendido y tratado como hijo.

Esta parábola es pálida figura del amor que mi Corazón siente por las almas y de la correspondencia que espero de ellas. La explicaré poco a poco, pues quiero que todos conozcan los sentimientos de mi Corazón.

 

Dios creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Mas el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Dios no necesita para ser feliz ni del hombre, ni de sus servicios; se basta a sí mismo; su gloria es infinita; nada ni nadie puede menoscabarla.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado.

El Padre entrega a su Hijo; este sacrifica su gloria y la compañía de su Padre, descendiendo a la tierra, no en calidad de señor rico, de poderoso, sino en condición de siervo, de pobre, de niño.

 

La vida que llevó sobre la tierra todos la conocéis.

Bien sabéis que desde el primer instante de mi encarnación me sometí a todas las miserias de la naturaleza humana.

Pasé por toda clase de trabajos y de sufrimientos; desde niño sentí el frío, el hambre, el dolor, el cansancio, el peso del trabajo, de la persecución, de la pobreza.

El amor me hizo escoger una vida oscura, como un pobre obrero; más de una vez fui humillado, despreciado, tratado con desdén, como hijo de un carpintero. ¡Cuántos días, después de haber soportado mi padre adoptivo y yo, una jornada de rudo trabajo, apenas teníamos por la noche lo necesario para el sustento! ¡Y así pasé treinta años!

Más tarde, renunciando a los cuidados de mi Madre, me dediqué a dar a conocer a mi Padre Celestial. A todos enseñé que Dios es caridad.

Pasaba haciendo el bien a los cuerpos y a las almas.

A los enfermos devolvía la salud, a los muertos la vida. A las almas… ¡Oh! ¡las almas!… les daba la libertad que habían perdido por el pecado y les abría las puertas de su verdadera y eterna patria, pues se acercaba el momento en que para rescatarlas, el Hijo de Dios iba a dar por ellas su Sangre y su vida.

Y ¿cómo iba a morir?… ¿Rodeado de sus discípulos?… ¿Aclamado como bienhechor?… No, almas queridas, ya sabéis que el Hijo de Dios no quiso morir así… El que venía a derramar amor fue víctima del odio. El que venía a dar libertad a los hombres fue preso, maltratado, calumniado; el que venía a traerles la paz es blanco de la guerra más encarnizada. Sólo predicó la mutua caridad y muere en Cruz entre ladrones. ¡Miradlo pobre, despreciado, despojado de todo!

¡Todo lo ha dado por la salud del hombre!

Así cumplió el fin por el cual dejó voluntariamente la bienaventuranza que gozaba al lado de su Padre. El hombre estaba enfermo y el Hijo de Dios bajó hasta él, y no sólo le devolvió la vida por su muerte, sino que le dio también fuerzas y medios con qué trabajar y adquirir la fortuna de su eterna felicidad.

 

Jesús.

  

 

 

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Las sectas

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

Una de las características más fascinantes del homo sapiens es que fue la especie que, por primera vez en la historia, realizó rituales y ceremonias religiosas. Robert Foley (biólogo y profesor del King’s College of Cambridge, director del Laboratorio de Antropología Biológica Duckworth y autor del libro “Another unique species”) cuenta que el famoso hombre de Neandertal, que vivió entre 130.000 y 35.000 años a. de C., ya enterraba así los cadáveres de sus congéneres.

Los entierros obligan a pensar a los paleoantropólogos que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma, ya que hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

Entre las especies animales, somos los únicos conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás animales experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor, bien con las actitudes, bien con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

Así, se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es la conciencia de que él mismo es, por naturaleza, un ser religioso: en esta etapa del hombre primitivo nacieron las creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad.

El arte simbólico que se encontró en las cavernas con rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre.

De este estado reflexivo nacieron innumerables creencias que denotan la búsqueda de lo divino por parte del hombre, que también es una búsqueda de la verdad última de su ser: de dónde venimos, para dónde vamos, qué vinimos a hacer en esta vida…

Pero el Creador de la especie humana no quiso dejar al hombre solo en esa búsqueda: si bien todas las demás religiones son producto de la reflexión humana que busca a Dios, el cristianismo es la única en la que Dios busca al hombre para descubrirle lo que ignora de Él y para entregarse, dando al hombre una respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que se plantea sobre el sentido y la finalidad de su vida.

Dios se ha revelado al hombre comunicándole gradualmente su propio misterio mediante obras y palabras. Más allá del testimonio que da Dios de sí mismo en las cosas creadas (revelación natural), se manifestó a través de su palabra (revelación sobrenatural):

Primero, habló al padre y a la madre la humanidad y, después de la caída, les prometió la salvación, y les ofreció su alianza (210.000 a 100.000 a. d C.).

Más adelante, selló con Noé una alianza eterna entre Él y todos los seres vivientes, alianza que durará tanto como dure el mundo.

Luego, eligió a Abraham y selló una alianza con él y su descendencia, de la que formó su pueblo (1.800 a. d C.).

A ese pueblo escogido le reveló su ley, por medio de Moisés (1.250 a. d C.).

Por los profetas lo preparó para que acogiera la salvación ofrecida a toda la humanidad.

Finalmente, Dios se reveló en forma plena enviando a su propio Hijo, en quien estableció su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra revelación después de Él.

La historia del cristianismo registra innumerables conquistas espirituales en la mayor parte de las regiones geográficas del mundo. Incluso las opiniones encontradas han dejado resultados provechosos: tras su análisis, han aparecido luces enriquecedoras, especialmente para conformar una doctrina, compacta y fuerte a la vez, cada día más cierta.

Pero, desafortunadamente, también se han producido divisiones: en el siglo V se separaron los Nestorianos y los Monofisistas; luego, en el siglo XI, la Iglesia Ortodoxa Griega; finalmente, en el siglo XVI, los Protestantes y los Anglicanos\Episcopalianos.

De estos dos últimos grupos han proliferado innumerables comunidades, movimientos religiosos, grupos y sectas de mayor o menor afinidad entre sí. Además, entre ellos hay varias denominaciones que técnicamente no son cristianas, porque no aceptan la divinidad de Jesucristo; es el caso de los Testigos de Jehová, los Moon y los Mormones.

No hay justificación teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de una pluralidad de Iglesias, Comunidades Eclesiales, movimientos, grupos o sectas, estén genuinamente separadas o no. Además, por desgracia, muchos de ellos se excluyen mutuamente.

«Personas de la casa de Cloe me han hablado de que hay rivalidades entre ustedes. Puedo usar esta palabra, ya que uno dice: Yo soy de Pablo, y otro: Yo soy de Apolo, o Yo soy de Cefas, o Yo soy de Cristo. ¿Quieren dividir a Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?» (1Co 1, 11-13)

Mientras el cristianismo continué así, no solamente estará negando en la práctica lo que en la teoría profesa, sino que presentará al mundo un escándalo. Y eso es grave:

¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el escándalo! (Mt 18, 7)

Es hora de parar.

Es hora de pedir perdón y perdonar.

Es hora de pensar más en lo que nos une que en lo que nos separa.

Es hora de buscar, encontrar y seguir el espíritu de la comprensión.

Y para facilitar esa comprensión, a continuación se plantean algunos análisis sobre temas de controversia a la luz de la Palabra de Dios. Este comienzo podrá dar paso al amor que Jesucristo quería —y quiere— para todos los cristianos.

La verdad

Cada ser humano debe buscar la verdad en conciencia.

En la profundidad de su conciencia, el hombre descubre una ley que no se dicta él a sí mismo. Es una voz que oye con claridad en los oídos del corazón y que lo invita suavemente a amar y a obrar el bien, y a evitar el mal: «haz esto», «evita lo otro».

Esta ley que lleva el hombre en su corazón fue puesta allí por Dios para que con ella pudiera buscar la verdad, la verdad poseída por Dios.

Esa verdad se halla por encima de la conciencia y es independiente de ella. La conciencia, por eso mismo, no es la verdad ni puede crear la verdad: son muchos los hombres que fabrican sus propios errores y los llaman verdades. La verdad auténtica siempre es algo más grande que la mente humana; por eso debe ser respetada y buscada con humildad.

Tampoco se elige la verdad como si fuera «una verdad entre otras posibles verdades». Una verdad, y una sola, se presenta como real y verdadera, y esta se acepta o se rechaza.

La dignidad del ser humano lo obliga a obedecer a la conciencia, ya que según ella será juzgado, como lo explica Pablo:

«Y así demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. Serán juzgados por su propia conciencia, y los acusará o los aprobará su propia razón el día en que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo. Es lo que dice mi Evangelio. (Rm 2, 15-16)

Esa conciencia nos exige que ordenemos toda nuestra vida según las exigencias de la verdad, aun a pesar de que sea difícil de vivir o que no nos guste; y nos pide también que no nos dejemos llevar por comodidades, gustos, conveniencias, afinidades, opiniones personales, caprichos y cosas por el estilo; sino que sigamos la verdad que la voz de la conciencia nos muestra.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia tanta mayor seguridad tendrán las personas para apartarse del subjetivismo y para someterse a las normas objetivas de la moralidad: ya no juzgaremos ni actuaremos de acuerdo con nuestro modo de pensar o de sentir, sino acordes con lo justo, lo equitativo y lo correcto, es decir, de acuerdo con la verdad.

Así obtendremos el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas y ganaremos el derecho a expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas; en esto consiste la libertad de religión.

La libertad de religión implica que no se debe imponer la forma de pensar a los demás ni, mucho menos, juzgarlos o agredirlos. Tampoco se debe ejercer sobre ellos presión psicológica ni coacción externa.

En la Biblia se lee:

«Hermanos, no se critiquen unos a otros. El que habla mal de un hermano o se hace su juez, habla contra la Ley y se hace juez de la Ley. Pero a ti, que juzgas a la Ley, ¿te corresponde juzgar a la Ley o cumplirla? Uno solo es juez: Aquel que hizo la Ley y que puede salvar y condenar. Pero, ¿quién eres tú para juzgar al prójimo?» (St 4, 11-12)

«No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes». (Mt 7, 1-2)

«Por lo tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que se merece». (1Co 4-5)

«Sea todo hombre pronto para escuchar, tardo para hablar, remiso para la cólera. El hombre encolerizado no obra lo que le agrada a Dios. Quien piensa que sirve a Dios y no refrena su lengua se engaña a sí mismo. No vale nada su religión». (St 1, 19-20. 26)

«Yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno. Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda». (Mt 5, 22-24)

Y, ¿por qué pide Jesús que seamos buenos hermanos antes que ser buenos hijos de Dios? El siguiente pasaje nos lo explica:

Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4)

Jesús no decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué persigues a los cristianos?»; decía: «¿Por qué me persigues?»

Es que todo lo que hagamos contra los discípulos de Jesús se lo hacemos a Él.

Perseguir a otros cristianos, acosarlos, criticarlos, decirles reiteradamente que están equivocados, ofender sus creencias o las Iglesias a las que pertenecen, es perseguir a Jesús.

También lo es el sarcasmo, la descalificación, la hostilidad, la demagogia, la coacción psicológica que se ejerza sobre los demás.

Del mismo modo, si en vez de mostrar lo bueno que tenemos nos dedicamos a exaltar los defectos de los demás, perseguimos a Jesús; también lo es recordar, por ejemplo, las malas actuaciones de alguno para desacreditar a la comunidad a la que pertenece o realzar sus errores.

Todas estas son actitudes sectarias.

Si todos los individuos que conforman un grupo, comunidad o movimiento religioso practican actitudes sectarias, estamos ante una secta.

Jesús nos pone en guardia contra los sectarios:

«Cuídense de los falsos profetas: se presentan ante ustedes con piel de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Ustedes los reconocerán por sus frutos. ¿Cosecharían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos? Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos». (Mt 7, 15-18)

Uno de los frutos de los árboles buenos es la paz:

«Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios». (Mt 5, 9)

«Finalmente, hermanos, estén alegres; sigan progresando; anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes». (2Co 13, 11)

Paz que proviene de la sabiduría:

¿Así que eres sabio y entendido? Si tu sabiduría es modesta, veremos sus frutos en tu conducta noble. Pero si te vuelve amargo, celoso, peleador, no te fíes de ella, que eso sería mentira. Esa clase de sabiduría no viene de arriba sino de la tierra, de tu propio genio y del demonio. Y donde hay envidia y ambición habrá también inestabilidad y muchas cosas malas. En cambio la sabiduría que viene de arriba es, ante todo, recta y pacífica, capaz de comprender a los demás y de aceptarlos; está llena de indulgencia y produce buenas obras, no es parcial ni hipócrita. Los que trabajan por la paz siembran en la paz y cosechan frutos en todo lo bueno. (St 3, 13-18)

El segundo fruto bueno es la unidad.

«¡Qué bueno y qué tierno es ver a esos hermanos vivir unidos! Allí el Señor otorgó su bendición, la vida para siempre.» (Sal 132, 1. 3)

«Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones; que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios». (1Co 1, 10)

Porque donde hay unidad, allá está Dios:

«Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos. (Ef 4, 4-6)

El mismo Jesús deseaba esa unidad. Por eso dijo:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». (Jn 17, 21)

Y el tercer fruto es el amor:

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido con la Ley. Pues los mandamientos: no cometas adulterio, no mates, no robes, no tengas envidia y todos los demás, se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley. (Rm 13, 8-10)

«Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.» (1Jn 4, 7)

Ese amor debe practicarse, incluso, con los que son de otra raza y otra religión:

Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: “Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.”» (Lc 10, 30. 33-35)

Pero el verdadero amor llega más lejos:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo». (Mt 5, 38-48)

Es más, Jesús nos dio una medida para el amor que debemos tenernos los cristianos:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Jesús? Dando su vida por nosotros. Por lo tanto, si queremos ser buenos discípulos de Jesús, nuestro Maestro, es necesario que demos la vida por los demás.

Precisamente por eso nos reconocerán como discípulos de Cristo, porque nos amamos:

«En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35).

No reside la doctrina cristiana en la fuerza que utilicemos para defender los dogmas de fe, no en los argumentos teológicos o filosóficos, no en la evidencia científica… Jesús fue claro: «En que se amen los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus apóstoles, sino que lo hizo por todos los hombres, incluyendo a los pecadores y a los que lo mataban tan injusta y ensañadamente.

Esta es, pues, la característica principal del cristiano: el amor. Amor que Jesús dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua…, por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, tampoco aceptación o tolerancia, sino obras, las que nos pide Dios; y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos, ofrecido por la unión de los cristianos, como quería Jesús.

En busca de la unidad

Las diferencias entre los cristianos se intentan remediar por el camino más acorde con el espíritu de Jesús: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que los cristianos han recomendado a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para «defender» sus ideas o intereses.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución…, a un costo muy alto, mejor, el más alto: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina cristiana está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los más recientes; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —a veces justos, por cierto— llenando la historia de paradigmas que pueden enfervorizar al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos, como todos.

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.» (Jn 15, 12)

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios nos pide.

Por todo el globo terráqueo un gran número de personas ha hecho eco de esas palabras con actos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos a ellos para que, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta: la unión de los cristianos.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

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