Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

Para que te vaya bien

Nuestro Creador —el que sabe cómo seremos felices— nos dice hoy en el Deuteronomio: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras vivan; así prolongarás tu vida. Y ponlo por obra, para que te vaya bien.»

Pero los judíos tenían 613 mandamientos para cumplir en la Ley de Moisés. Y, si los revisamos, en realidad eran difíciles de llevar a cabo. Por eso, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Sabía que, al menos cumpliendo el principal, conseguiría que le fuera bien.

Jesús le respondió, no solamente cuál es el primero, sino también el segundo:

«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

Si nos dejamos llevar por la idea de cumplir únicamente el segundo, como muchos de los seguidores de la Teología de la Liberación, nos concentraremos tanto en buscar el bienestar temporal de nuestros hermanos, que nos olvidaremos que todos estamos hechos para la felicidad eterna en el Cielo.

Si, por el contrario, nos dedicamos a amar a Dios con toda el alma, ese amor nos llevará a amar lo que Él más ama: la salvación de sus hijos.

Para lograr esa salvación de todos, Dios estableció el sacerdocio Cristo, como nos lo cuenta hoy la Carta a los Hebreos: «El sacerdocio salva definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios.»

Ahora bien: el sacerdote lo que hace es ofrecer sacrificios a Dios. Y, ¿cuál es el mejor sacrificio? El escriba contestó: «Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Hagamos esto para que nos vaya bien.

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Ciclo A, XX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 22, 2011

Confiar contra toda esperanza

Dios no aceptaba los sacrificios del Antiguo Testamento, pues en esa época Jesús no había pagado todavía nuestra deuda; teníamos el pecado original y nada podía evitar que se nos siguiera teniendo en cuenta ese pecado.

Pero unos setecientos años antes de Cristo apareció Isaías diciendo que había una esperanza: «Así nos diceel Señor: “Actúen correctamente y hagan siempre lo debido, pues mi salvación se viene acercando”.»

Dos mismo hará que se sientan felices en su Casa de oración todos los judíos y los extranjeros que se han puesto de su parte para obedecerlo, amar su Nombre y ser sus servidores y cumplir fielmente su compromiso con Él. Serán aceptados sus holocaustos y los sacrificios que hagan sobre su altar, ya que su casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos.

Pero esa gracia primero debía venir sobre el pueblo judío, el pueblo elegido, antes de llegar a los gentiles, los no–judíos. Por eso Jesús se niega a atender a la mujer del Evangelio de hoy: primero se hace el sordo; luego, ante la insistencia de sus discípulos, contesta: «No he sido enviado sino al pueblo de Israel.»; ella persiste en su empeño y le ruega de rodillas; Jesús le dice: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos.»; la mujer contesta: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.»

¡Dios hace una excepción! Ante la fe inquebrantable de esta no–judía, ante su confianza total y ante la firmeza en seguir pidiendo «migajas», Jesús cede y se obra el milagro. Todo el orden establecido desde la eternidad por la Santísima Trinidad para la salvación del mundo puede cambiar cuando se espera en la misericordia y en el poder de Dios.

Eso mismo pasó en Caná: la Virgen hizo que se cambiaran los planes que Dios tenía desde la eternidad, porque esperaba contra toda esperanza.

Y nosotros, ¿esperamos así?, ¿confiamos así?, ¿tenemos esa fe?

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Ciclo C, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en enero 1, 2010

«Me has preparado un cuerpo»

Ofrecer sacrificios a sus dioses ha sido una idea predominante en casi todas las religiones. Machos cabríos, toros, tórtolas, pichones y otros animales se inmolaban al Señor en el tiempo de Jesús, buscando con esa sangre, la remisión de los pecados. Dondequiera, la conciencia humana tiene impreso el sello del pecado original y busca continuamente borrar esa herida.

Pero los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibió Dios, ya que eran despreciables y sin valor ante Él, eterno y todopoderoso. Sólo la oblación del cuerpo de Jesucristo y su preciosísima Sangre eran aceptas a su Padre.

Este único sacrificio que se repite, incruento, en cada misa a la que asistimos nos abrió de nuevo las puertas del Cielo.

Siete siglos antes estaba escrito: en Belén, pequeño entre los clanes de Judá, nacerá el Salvador.

Una mujer humilde que vivía en la ciudad que hoy se llama In Caria dice a su prima: Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor. Efectivamente, hacía pocos días que la Virgen, nuestra Madre, llevaba en su vientre al Verbo encarnado, que luego habría de derramar su Sangre y ofrecer su Cuerpo por nosotros.

Hoy estamos celebrando que ese embarazo llega casi a su fin, y nos aprestamos a observar —de nuevo, y con el alma abierta a las gracias que Dios da por estos días— el espectáculo más grande que puede ver un ser humano: Dios–Hombre, perfecto Dios y perfecto hombre, en una pequeña criatura que, como todos, sonríe al ver a su Madre, llora cuando tiene hambre, se duerme al son de la canción de cuna que, con una sonrisa, le canta la santísima Virgen María…

Con ese corazón humano que palpita hoy, siete días antes del parto, nos ama a cada uno de nosotros; nos lo demostrará entregándose para pagar todas nuestras culpas, sufriendo lo indecible y muriendo por nosotros.

¿Lo amamos así?

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