Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Homicidio’

Atenuantes del pecado de abortar

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 2, 2017

La periodista Claudia Palacios publicó en el periódico EL TIEMPO el artículo:

Atenuantes del pecado de abortar: La Iglesia debe reconocer que el derecho canónico perdona el aborto en 10 causales:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/claudia-palacios/atenuantes-del-pecado-de-abortar-125474

 

Sobre este artículo, hay que aclarar algunas cosas:

1) Las «10 causales para que las sanciones no sean aplicadas» de las que habla la periodista se refieren no a la justicia divina (la de Dios) sino a las sanciones eclesiales (las de la Iglesia); por eso, los códices 1.323 y 1.324 del Código de Derecho Canónico están enmarcadas en el LIBRO VI: DE LAS SANCIONES EN LA IGLESIA.

Esto quiere decir que, aunque la Iglesia contemple esos atenuantes para la pena que impone a los pecadores, Dios castigará de todos modos el aborto a quienes no se arrepientan sinceramente y se acojan al Sacramento de la Reconciliación (confesión), por ser un homicidio realizado con premeditación (lo pensó antes de abortar), alevosía (contra una persona sin correr el riesgo de una reacción defensiva) y ventaja (de un superior contra un ser humano inferior e indefenso).

Comparándolo con la justicia penal, supongamos que a un homicida, por cometer este delito coaccionado por miedo grave o para evitar un perjuicio grave, en vez de una pena de 30 años, se le aplica una de 25 ó 20. Pero ese delito no deja de llamarse homicidio.

En el caso del aborto siempre se pretende la muerte de un ser humano no-nacido: es homicidio, aunque en algunos casos haya atenuantes.

Así, pues, si algunas jóvenes no abortaron «por temor a convertirse en pecadoras», como lo dice la periodista, hicieron bien pues, aunque la justicia de la Iglesia atenúe sus penas, el aborto sigue siendo un pecado gravísimo.

2) La cita que hace la periodista (que no está en el Código de Derecho Canónico): «No queda sujeto a pena quien cuando infringió una ley o precepto aún no había cumplido 16 años», vale para todos los delitos, como ella misma lo dice. Podríamos preguntar: ¿Si un joven de 15 años y 11 meses mata a un compañero de la escuela a puñaladas, ¿será que no es consciente del mal que hace? ¿Acaso se hará consciente el mes siguiente, cuando cumpla 16?

La experiencia demuestra que la conciencia acusa indefinidamente a las jóvenes que se realizan un aborto siendo menores de 16 años, prueba de que sabían que actuaron mal.

3) La fuente de la periodista —el sacerdote que l«pide no revelar su nombre para no meterse en líos con su comunidad»— no es buena, pues no es un auténtico seguidor de Jesucristo quien, por defender la verdad, llegó hasta las últimas consecuencias: dio su vida. Asimismo, todos los mártires de la Iglesia dieron su vida en defensa de la verdad; no fueron cobardes. Por eso, las opiniones de este sacerdote no deberían tenerse en cuenta.

Por otra parte, nace la pregunta: ¿A qué le teme este anónimo sacerdote? Según la periodista, fue él quien le reveló los códices que hablan de los atenuantes, «esa verdad que la mayoría de los sacerdotes y la alta jerarquía de la Iglesia, según él, se niegan a divulgar por miedo a perder el control sobre la conciencia de las personas». ¿Acaso el Código de Derecho Canónico -donde se encuentran esos códices- no fue publicado por la Iglesia hace más de treinta años?, ¿acaso no se consigue en todas las librerías católicas y en varios lugares de la Red? Véase, por ejemplo, la página oficial del Vaticano:

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html.

4) Parafraseando a la periodista, podemos decir que el problema no es [Su Santidad] Francisco, ni la pesada estructura eclesial; es la ignorancia de quienes se atreven a cuestionar personas e instituciones sin conocimiento de causa, como se demostró en los 3 numerales anteriores.

 

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¿Es pecado el aborto?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 22, 2016

AbortoAl hablar sobre este tema debemos tener en cuenta que lo que importa es la verdad, y la verdad nos la reveló Dios: cada pecado ofende a Dios porque se ofende la dignidad (el valor) de sus hijos predilectos: los seres humanos. Por eso Dios sufre cuando el hombre peca, no porque Él se sienta ofendido como Dios, sino porque ve que sus hijos se hunden en la posibilidad de irse al infierno, donde no podrá darles su amor (que es la razón para la cual los creó y es lo que más desea: hacerlos inmensamente felices con su infinito amor). Sufre, además, porque hizo al hombre para que fuera libre, y él decidió hacerse esclavo de las cosas que lo denigran, que lo bajan de categoría, que disminuyen su valor como hijos de Dios: los pecados.

El aborto es un homicidio, un asesinato de un ser humano, hecho con alevosía (sin respetar el derecho que el niño tiene de vivir), premeditación (pensado, dándose cuenta de lo que se estaba por realizar), ventaja (el fuerte se aprovecha del débil, a la brava, con violencia) y, por último, es el asesinato de ¡un hijo!, no de un extraño. Por eso el aborto es uno de los pecados más graves que existen, es decir, hace sufrir mucho a Nuestro Señor.

La doctrina cristiana es, por una parte, la que está en el párrafo anterior, y nada la puede cambiar. Pero también incluye que Dios es infinitamente misericordioso y que sólo está esperando que la persona se arrepienta verdaderamente para perdonarlo; digámoslo así: cuando alguien comete el pecado del aborto (o cualquier otro pecado), Dios está ansioso, a la expectativa, deseando con todas sus fuerzas que la persona se arrepienta sinceramente de haber hecho sufrir a un Dios tan bueno y, cuando esa persona da el paso (se confiesa con un obispo o con un sacerdote que tiene la potestad de levantar la excomunión, en caso de haber realizado un aborto), ¡se pone feliz!, porque puede hacer lo que más le gusta: derramar su infinita misericordia, perdonar. Y cuando Él perdona, olvida que ocurrió: para Él ya no cuenta ese pecado. Por este acto, Dios da una nueva oportunidad para ir al Cielo: que la persona reinicie una nueva vida, una vida santa, por supuesto.

 

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La ciencia al servicio de la Fe

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 5, 2014

«La fe no perjudica ni se opone a la civilización ni al progreso, antes al contrario, cuanto más arraigada está en los hombres y en los pueblos, más se acrecienta en ellos la ciencia y el saber, porque Dios es la sabiduría infinita.» Este trozo del libro Un llamamiento al amor, ayuda a comprender un aspecto que puede olvidarse con facilidad: el Creador del universo es el mismo Creador del ser humano y es, en consecuencia, quien más sabe de nosotros mismos.

Por eso, conviene que los médicos, además de estudiar mucho y seguir los criterios de la ética profesional, se dejen conducir por Dios, quien es la infinita sabiduría. Y eso es fácil: se trata, simplemente, de poner la profesión al servicio de la vida, de la salud y del bienestar biológico y psicológico de los individuos.

Los médicos que hacen lo correcto, lo hacen por amor y oran por sus pacientes siempre tienen la asistencia del Espíritu Santo, de la Sabiduría increada. Son mejores médicos y mejores seres humanos.

Hacer lo contrario es poner los conocimientos científicos al servicio de la muerte, como cuando se realizan abortos o se eliminan seres humanos viejos, porque están enfermos y su enfermedad no tiene cura.

Y esto es luchar contra Dios, contra sus leyes: decidir por Él la muerte o la vida es usurpar su derecho inalienable: fue Él quien dio la vida y, por ello, es Él el único que puede quitarla.

Luchar contra Dios es, además, un acto estúpido: ¿quién podrá ganarle? Tarde o temprano llegará el juicio final, y entonces ya no le valdrán las disculpas al médico: «Es que yo quería solucionarle el problema a esa niña embarazada… »; «Sus padres la matarían si no abortaba»; «No tenía la plata para mantener a su hijo»; «Ella no quería tener ese hijo»; «Habría sido un hijo no deseado», o: «Se trataba de un caso que ya no tenía cura…»; «Sus familiares me autorizaron a hacer la eutanasia»…

Allá, en el juicio, solo se oirá la verdad: «¡Homicidio!»; y se emitirá la sentencia.

Pero, siempre que quede un poco de vida, hay la posibilidad de recapacitar, rectificar y cambiar; el médico que se ha equivocado puede, además, pedir perdón a Dios, y recibirá, no solo ese perdón, sino la gracia para poner su ciencia al servicio del bien.

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Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2012

¿Cumplir mandamientos?

 

La segunda acepción de la palabra Sabiduría, según la Academia de la Lengua, es: Conducta prudente en la vida o en los negocios. Es, pues, el secreto de la felicidad, de la felicidad auténtica: quien tenga tal conducta en la vida será feliz.

Y los mandamientos de Dios, como nos lo explica hoy el Deuteronomio, son nuestra sabiduría a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: «Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente». Y, más adelante dice: ¿Cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy nos da Dios?

Quien cumpla esos mandatos será, entonces, feliz.

Santiago, en la segunda lectura, va más lejos: si aceptamos dócilmente cumplir esos mandatos que están en la Palabra de Dios, nos salvaremos, ¡llegaremos a la felicidad eterna en el Cielo, donde no habrá más sufrimiento, estrés, angustia, enfermedades, muerte!…

Pero nos advierte que, para lograr esto, es indispensable llevar esa Palabra a la práctica y no limitarnos a escucharla, engañándonos a nosotros mismos.

Finalmente, en el Evangelio, san Marcos nos recuerda que Cristo, nada menos que la sabiduría encarnada, la infinita sabiduría, nos insta a que no honremos a Dios únicamente con los labios, ni menos aún con preceptos humanos; que cumplamos los divinos.

Y añade que es de dentro, del corazón del hombre, de donde salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad…

Para evitar todas esas maldades, que salen de dentro y hacen al hombre impuro, nos dio los mandamientos.

Cumplirlos es, pues, el acto más sensato, más prudente, el que más nos lleva a la felicidad y, por lo tanto, es el mejor negocio que podemos hacer en esta vida.

¿Cómo despreciarlos, creyendo que son una imposición divina?

 

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