Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Homilía’

Unidad

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2016

Jesús oró por ti y por mí, antes de morir. Pero oró por una intención muy especial: para que todos seamos uno, como el Padre en Él, y Él en el Padre.

Pero estamos divididos: no solo existen las divisiones de los cristianos entre sí (católicos, protestantes, orientales, etc.), sino que dentro de la misma Iglesia fundada por Jesús —la católica— hay quienes se oponen al Papa y al Magisterio de la Iglesia: unos, porque no conservan algunas tradiciones, y otros, porque no “progresa” ni se adecúa a los tiempos modernos, como algunos lo esperan; sin tener en cuenta, tanto los unos como los otros, que Dios la guía a través de sus jerarcas, sin permitir jamás que se equivoquen cuando escriben oficialmente como Magisterio.

Ambas facciones erigen sus criterios como la verdad absoluta, y entienden las posturas contrarias como equivocadas.

Por eso, como lo dijo Jesús, el mundo todavía no cree que el Padre lo envió.

«Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por dios para su pueblo» (Carta apostólica Tertio millenio adveniente, nº 34).

Resulta u poco duro oír hablar a un Papa así, pero es conveniente que ese llamado de atención, ese «campanazo» de alerta conmueva nuestras entrañas al comenzar el siglo XXI.

Oramos con san Esteban para que el Señor, no nos tenga en cuenta este pecado, porque seremos juzgados, como nos lo cuenta el Apocalipsis. Efectivamente, el apóstol Juan escuchó una voz que le decía: «Mira, llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo.»

Trabajemos, pues, por la unidad. Este es el derrotero que se pone hoy ante nuestros ojos, con respecto a uno de los pecados que más hacen sufrir al Corazón de Jesús, infinita fuente de misericordia: oración, penitencia y obediencia.

Posted in Iglesia | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Unidad

Ciclo C, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2016

Unidad

 

Jesús oró por ti y por mí, antes de morir. Pero oró por una intención muy especial: para que todos seamos uno, como el Padre en Él, y Él en el Padre.

Pero estamos divididos: no solo existen las divisiones de los cristianos entre sí (católicos, protestantes, orientales, etc.), sino que dentro de la misma Iglesia fundada por Jesús —la católica— hay quienes se oponen al Papa y al Magisterio de la Iglesia: unos, porque no conservan algunas tradiciones, y otros, porque no “progresa” ni se adecúa a los tiempos modernos, como algunos lo esperan; sin tener en cuenta, tanto los unos como los otros, que Dios la guía a través de sus jerarcas, sin permitir jamás que se equivoquen cuando escriben oficialmente como Magisterio.

Ambas facciones erigen sus criterios como la verdad absoluta, y entienden las posturas contrarias como equivocadas.

Por eso, como lo dijo Jesús, el mundo todavía no cree que el Padre lo envió.

«Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por dios para su pueblo» (Carta apostólica Tertio millenio adveniente, nº 34).

Resulta u poco duro oír hablar a un Papa así, pero es conveniente que ese llamado de atención, ese «campanazo» de alerta conmueva nuestras entrañas al comenzar el siglo XXI.

Oramos con san Esteban para que el Señor, no nos tenga en cuenta este pecado, porque seremos juzgados, como nos lo cuenta el Apocalipsis. Efectivamente, el apóstol Juan escuchó una voz que le decía: «Mira, llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo.»

Trabajemos, pues, por la unidad. Este es el derrotero que se pone hoy ante nuestros ojos, con respecto a uno de los pecados que más hacen sufrir al Corazón de Jesús, infinita fuente de misericordia: oración, penitencia y obediencia.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo C, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Ciclo B, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2015

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

El regalo que se desprecia

El Amor eterno determinó, desde la eternidad, salvar a sus elegidos y, como lo cuenta el profeta Oseas, se le revolvía el Corazón, pues les enseñó a caminar, los buscaba, se inclinaba ante ellos, los trataba de atar con lazos de amor…

Pero nosotros le fuimos esquivos: creamos nuestras propias ideologías para manejar nuestras vidas: llenos de soberbia, quisimos gobernarnos por nuestra cuenta, y rechazamos el Amor, que está más allá de toda filosofía: el Amor que nos creó.

Ese mismísimo Amor vino, en Persona, a rescatarnos, y nosotros no solamente lo rechazamos sino que lo violentamos y lo matamos.

Pero Él no se rindió: su amor infinito no soportó perdernos, y se manifestó como el órgano del cuerpo al cual le atribuimos ser la sede del amor. Es el Corazón de Jesús: ese horno que arde de amor por nosotros, a pesar de ser tan despreciado y olvidado.

Y, aunque despreciado y olvidado por la mayoría, permitió que una lanza nos abriera un camino para entrar allí, donde podemos refrescarnos del desamor en que vivimos y donde podemos aprender a ser como Dios: amor para dar. Solo así recuperaremos nuestra esencia, que nace del hecho de que fuimos hechos a imagen y semejanza de un Dios-Amor.

Si queremos realizarnos como seres humanos, en esta escuela de Amor debemos pasar muchas horas, meditando, contemplando, tratando de desentrañar el secreto para ser felices, concentrando nuestra mirada en cada una de esas fibras, que laten de amor por los hombres: allí está escondida la sabiduría eterna, esa que supera toda filosofía, eso que ni ojo vio, ni oído oyó, ni llegó jamás a la mente de un ser humano…

¡Nos dio todo lo necesario para ser felices! Y nos lo sigue dando.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, El Sagrado Corazón de Jesús

Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Carta del demonio a los sacerdotes

Junio 29

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos

¿Un simple ser humano tiene las llaves del Reino de los Cielos? Sí. ¿Y por qué? Porque Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y esto le fue revelado por el Padre que está en los Cielos. Por eso Jesucristo le dijo: «Tú eres la piedra —Pedro— sobre la que edifico Mi Iglesia».

Es verdad que las elecciones de Dios producen sufrimientos: Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, se atrevió a prender también a Pedro.

Lo mismo nos cuenta san Pablo: «Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente».

Pero luego viene el premio. Continúa escribiendo san Pablo: «El Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A Él la gloria por los siglos de los siglos.»

Y Pedro, cundo volvió en sí: «Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo de los judíos.»

Dos enseñanzas nos quedan: mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. Orar, pues, por el sucesor de san Pedro, el Papa actual. Y orar mucho, para que nos guíe adecuadamente hacia la felicidad eterna.

Y, segunda, obedecerlo en todo, porque Jesús le dijo: «Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» Atar y desatar: dar órdenes o derogarlas. Son órdenes dadas por amor, para el éxito en ese viaje hacia la dicha sin fin.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Junio 29

Ciclo B, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

Para que te vaya bien

Nuestro Creador —el que sabe cómo seremos felices— nos dice hoy en el Deuteronomio: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras vivan; así prolongarás tu vida. Y ponlo por obra, para que te vaya bien.»

Pero los judíos tenían 613 mandamientos para cumplir en la Ley de Moisés. Y, si los revisamos, en realidad eran difíciles de llevar a cabo. Por eso, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Sabía que, al menos cumpliendo el principal, conseguiría que le fuera bien.

Jesús le respondió, no solamente cuál es el primero, sino también el segundo:

«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

Si nos dejamos llevar por la idea de cumplir únicamente el segundo, como muchos de los seguidores de la Teología de la Liberación, nos concentraremos tanto en buscar el bienestar temporal de nuestros hermanos, que nos olvidaremos que todos estamos hechos para la felicidad eterna en el Cielo.

Si, por el contrario, nos dedicamos a amar a Dios con toda el alma, ese amor nos llevará a amar lo que Él más ama: la salvación de sus hijos.

Para lograr esa salvación de todos, Dios estableció el sacerdocio Cristo, como nos lo cuenta hoy la Carta a los Hebreos: «El sacerdocio salva definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios.»

Ahora bien: el sacerdote lo que hace es ofrecer sacrificios a Dios. Y, ¿cuál es el mejor sacrificio? El escriba contestó: «Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Hagamos esto para que nos vaya bien.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XXXI domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

La pregunta más importante

 

La filosofía, que busca establecer, entre otras cosas, el sentido del vivir y el obrar humano, no ha sido suficiente para establecer el camino a la felicidad. Mucho menos han servido las otras ciencias o la tecnología… Solo Dios, nuestro creador, puede satisfacer el anhelo ferviente que hay en nuestro ser: la eterna felicidad.

Así lo entendió el hombre que corrió hacia Jesucristo y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».

Es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Sabiduría encarnada; en Él encontramos todas las respuestas a las preguntas que tenemos sobre nosotros, nuestro origen, nuestra esencia, la finalidad de nuestra vida y nuestro destino y, además, sobre nuestro Creador y sus planes sobre nosotros.

En el libro de la Sabiduría se nos muestra en forma de figura —como en sombras— a ese Jesucristo; efectivamente, habla así:

Preferí la Sabiduría a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Y la Sabiduría infinita, eterna, le enseñó a aquel hombre los dos secretos para alcanzar la auténtica felicidad eterna: primero, cumplir los mandamientos; y segundo, desapegarse del dinero.

Hasta aquí llegó la sagacidad que mostró inicialmente este hombre, pues se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos —los que están apegados al dinero— entrar en el Reino de Dios!».

En cambio, a quienes aceptan el reto, la Sabiduría les asegura aquí, en esta tierra, el ciento por uno; ¡y la Vida eterna en el mundo futuro!

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, XII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

Criterios humanos

Cuando el Señor le respondió desde la tempestad, como nos lo cuenta la primera lectura, Job quedó pasmado por la sabiduría y el poder de Dios: Él fue quien, entre otros portentos que hizo, encerró al mar, y le dijo: «Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».

Pero a nosotros, los seres humanos —que tanto nos guiamos con nuestros propios criterios—, se nos olvida con frecuencia la grandeza divina.

Por eso, Él mismo viene hoy a nosotros y nos la recuerda: estando en una barca, con los apóstoles, se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo (criterios divinos). Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» (criterios humanos).

Para ayudarnos a cambiar nuestros criterios y hacerlos como los suyos, nos dice: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».

Es más: ¿Qué criterios nos guían en cada circunstancia? Si usamos criterios humanos, nos sobrevendrá fácilmente el estrés, los miedos, los temores, las preocupaciones, las angustias… En cambio, si creemos realmente en el amor que Dios tiene por sus criaturas, nos abandonaremos totalmente en Él, en su amor: dejaremos que guíe nuestras vidas.

Y podremos firmar lo que escribió san Pablo en la segunda lectura de hoy: El amor de Cristo nos alegra, al considerar que uno solo murió por todos. Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos (con criterios humanos), sino para Aquel que murió por amor a ellos (con criterios divinos).

De ahora en adelante, como nos lo enseña hoy san Pablo, ya no juzguemos a nadie con criterios humanos —como la crítica, la envidia, la murmuración—; veámoslos como otros hijos de Dios, hermanos nuestros que se equivocan, como nosotros.

Es que el que vive en Cristo es una nueva criatura.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XII domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, X domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

Un nuevo parentesco

«Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Esta frase de Jesús cambia todo: se acaba la era material, se inicia la espiritual; se inicia el cristianismo, acaba el judaísmo; cesan los signos, Dios está verdaderamente presente; ya no hay sombras, se evidencia la realidad; el nuevo parentesco espiritual se alza por encima del material.

Y todo este cambio lo produce Dios en nuestras vidas, para devolvernos las capacidades que teníamos antes del pecado original, como nos lo narra la primera lectura. Efectivamente, lo que ocurrió en el Paraíso, cuando el ser humano representado en Adán y Eva decidió volverse contra Dios, causó un daño en nuestras habilidades: desde entonces nos queda difícil percibir las realidades espirituales, como que nos limitamos a ver únicamente lo material…

Por eso, en la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que por el Bautismo los cristianos ya no ponemos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas.

Y, cuando escribe que «no ponemos nuestra atención en las cosas visibles», lo que quiere es destacar qué es lo que realmente nos importa más: los mundanos se fijan (fijan su atención) en las cosas que se ven, mientras que los espirituales contemplan lo invisible, lo que dura, lo que vale la pena.

Asimismo, habla de lo que nosotros consideramos «nuestra casa». Dice: sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los Cielos. El cristiano, pues, concentra su atención en la vida eterna.

Pero la actitud de Cristo provoca en sus parientes y en todos los demás la idea de que estaba loco, pues decían: «Está fuera de sí.»

Y, nosotros, ¿consideramos también locura este nuevo orden de ideas? O, por el contrario, ¿nos interesamos y vivimos —como Él y sus discípulos— en el mundo espiritual?, ¿nos alegramos al oír decir que estamos tan locos como Jesús?

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, X domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, IX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

La libertad de los hijos de Dios

 

En la primera lectura se nos recuerda un mandato del Señor: guardar su día, santificándolo y descansando, con el fin de recordar que fuimos esclavos del pecado, y que ahora somos libres.

Pero resulta ahora que hay, aun entre nuestros hermanos en la fe, quienes quieren privarnos de esa libertad: nos exigen que cumplamos lo que ellos creen que debemos hacer: critican al Papa y a las autoridades eclesiales, piensan que nuestras oraciones son vacías, se escandalizan porque tenemos imágenes, deploran nuestra devoción a la Santísima Virgen, creen que falta mucha alegría en el rito católico, critican el que hagamos la señal de la Cruz…

Y entre los mismos católicos, hay quienes forman grupos, aislándose de los demás porque, según sus pobres criterios, no viven bien la fe. Si no hablan mal de los demás grupos, no les aprueban sus modos de orar, su carisma, o sus servicios, sin ocultar el hecho de creerse mejores, etc.

Para prevenir eso, Jesús nos enseñó que el distintivo del cristiano es el amor: en esto conocerán los demás que somos cristianos: en que nos amamos los unos a los otros, no en que nos criticamos exterior ni interiormente.

Efectivamente, en el Evangelio de hoy, Jesús afirmo: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado». Es como si dijera: las normas se hicieron para el bien del hombre, no para someterlo.

Asimismo, retó a los fariseos que lo molestaban: «¿Qué está permitido?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo, morir?». ¡Amar!

A nosotros esas críticas no nos importan, como les dice hoy san Pablo a los corintios, aunque «nos aprietan por todos lados, no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan…»; porque lo único que buscamos es amar, porque somos libres: ha brillado en nosotros la gloria de Dios, reflejada en Cristo, una fuerza extraordinaria, que es de Dios y no proviene de nosotros.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, IX domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

¡Ama y haz lo que quieras!

 

 

613 reglas tenían —y tienen— los judíos; desde que las contó san Jerónimo, los hemos entendido un poco mejor. Practicándolas se salvan.

En cambio, nosotros nos salvamos si amamos a Dios y al prójimo. Por supuesto que debemos cumplir los mandamientos, practicar las obras de misericordia espirituales y corporales y, también, procurar vivir los consejos evangélicos. Amar obliga al cumplimiento de todas estas reglas, porque son reglas de amor.

Pero hoy hay muchos católicos que creen que hay que vivir como los judíos: cumpliendo reglas que supuestamente nos salvan. Y este criterio se nos permea a todos, en mayor o menor grado, hasta que el amor de Dios penetra en nuestras almas, y nos damos cuenta de que si amamos, ya estamos cumpliendo todos los mandatos divinos.

San Agustín gritó dichoso cuando lo descubrió: «¡Ama y haz lo que quieras!» Quien ama ya cumple todo: «Amar es cumplir la Ley entera», decía san Pablo.

Por eso Jesús nos dice hoy, como a los judíos de entonces: «A vino nuevo, odres nuevos». El vino nuevo es el amor, y nosotros debemos ser el odre nuevo que lo contiene, como les sucedía a los corintios, a quienes san Pablo veía llenos del amor de Dios y, por eso, no necesitaba pedirles cartas de recomendación. Les decía, como leemos en la segunda lectura: «Ustedes son nuestra carta de recomendación, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Son una carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón.»

Es que ellos entendieron muy bien que Dios los impregnó de ese amor desde tiempo atrás. Efectivamente, a través del profeta Oseas, ya les había enseñado que Él les hablaba al corazón, como un novio le habla a su novia, y se casa con ella en matrimonio perpetuo, en derecho y justicia, en misericordia y compasión, en fidelidad, y así se penetraron del Señor.

Y nosotros, ¿estamos penetrados del amor del Señor?

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, VIII domingo del tiempo ordinario

Ciclo C, La Sagrada Familia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2012

La misión de los hijos

Para no repetir las mismas lecturas de los años A y B, hoy la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el llamado que hace Dios a los hijos de una pareja de esposos.

En la primera lectura, se nos narra la historia de Ana, que quedó embarazada milagrosamente, y dio a luz un niño a quien llamó Samuel. Cuando dejó de amamantarlo, se lo llevó para presentarlo en la Casa del Señor, y presentó al niño, todavía pequeño, al sacerdote Elí, diciéndole: «Ahora yo se lo ofrezco al Señor para que le sirva toda su vida: él está cedido al Señor.»

En el Evangelio, se nos cuenta cómo el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo entre sus parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas.

Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.» Él les contestó: «¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?».

Quizá como ellos, nosotros no comprendemos esta respuesta. Es que Dios, en su infinita sabiduría, ha trazado un plan para cada ser humano, desde la eternidad.

Y así lo hace con cada hijo, que tiene que buscar y encontrar la misión para la que fue creado y con la que encontrará la felicidad. Es su vocación: el llamado que Dios le hace a cada uno de sus hijos. Porque, como lo explica san Juan, en la segunda lectura, no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.

Por eso, los padres deben ayudar a sus hijos a encontrar su propia vocación, poniendo todos los medios que estén a su alcance: orando por ellos, ofreciendo algún sacrificio por esa intención y respetando su decisión.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo C, La Sagrada Familia

Ciclo C, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2012

La felicidad auténtica

 

Todo lo que anunció el profeta Baruc es la expresión de la felicidad auténtica, como la entendían en el Antiguo testamento: que se abajen todos los montes elevados y las colinas encumbradas, que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, que los hijos de Dios caminen con seguridad guiados por la gloria de Dios, que el boscaje y a los árboles aromáticos le hagan sombra, que Dios los guíe con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia… ¡Que seamos felices de verdad!

Y para conseguir este fin, nos pide san Juan Bautista, ya en el Nuevo Testamento: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios». Esto quiere decir que la felicidad verdadera se da a quien endereza lo torcido en su vida, esto es, a quien se convierte.

Convertirse es todo un itinerario: primero es dejar de pecar; después es reducir los defectos y ganar virtudes; más adelante es buscar y conseguir la unión con Dios, el Amor de los amores, el único que llena nuestras ansias de felicidad.

Por eso, san Pablo, en la segunda lectura, desea que nuestro amor «siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores».

Hagamos caso a Dios, que nos dice por intermedio del profeta Baruc: despojémonos de nuestro vestido de luto y aflicción y vistámonos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da, envolvámonos en el manto de la justicia de Dios y pongámonos en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo».

Así llegaremos al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.

Y podremos gritar eternamente: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres […] La boca se nos llena de risas, la lengua de cantares».

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo C, II domingo de Adviento

Ciclo C, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 26, 2012

Quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad

Iniciamos hoy el tiempo de Adviento, recordando ambas venidas de Jesús: la primera —lleno de misericordia— para pagar nuestros pecados; la segunda —lleno de justicia— para dar a cada uno lo que le corresponda, después de habernos dado infinidad de oportunidades para enmendarnos.

Por eso, conviene que revisemos nuestra conducta de modo que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de todos sus santos, nos presentemos santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre, como lo recomienda san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses.

Él mismo nos dice qué y cómo debemos pedir: Que el Señor nos colme y nos haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, y que así nos fortalezca internamente. Asimismo, nos ruega y exhorta: «han aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues procedan así y sigan adelante. Ya conocen las instrucciones que les dimos, en nombre del Señor Jesús.»

Y, ¿cuáles son esas instrucciones? Las mismas que nos hace Jesús: «Tengan cuidado: no se les embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se les eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estén siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manténganse en pie ante el Hijo del hombre.»

Porque «habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad.»

Cuando empiece a suceder esto, como lo dice Jesús, habrá algunos que se levantarán, alzarán la cabeza y se darán cuenta de que se acerca su liberación: se salvarán y vivirán tranquilos. ¿Estaremos entre ellos?

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo C, I domingo de Adviento

Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2012

¿Cumplir mandamientos?

 

La segunda acepción de la palabra Sabiduría, según la Academia de la Lengua, es: Conducta prudente en la vida o en los negocios. Es, pues, el secreto de la felicidad, de la felicidad auténtica: quien tenga tal conducta en la vida será feliz.

Y los mandamientos de Dios, como nos lo explica hoy el Deuteronomio, son nuestra sabiduría a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: «Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente». Y, más adelante dice: ¿Cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy nos da Dios?

Quien cumpla esos mandatos será, entonces, feliz.

Santiago, en la segunda lectura, va más lejos: si aceptamos dócilmente cumplir esos mandatos que están en la Palabra de Dios, nos salvaremos, ¡llegaremos a la felicidad eterna en el Cielo, donde no habrá más sufrimiento, estrés, angustia, enfermedades, muerte!…

Pero nos advierte que, para lograr esto, es indispensable llevar esa Palabra a la práctica y no limitarnos a escucharla, engañándonos a nosotros mismos.

Finalmente, en el Evangelio, san Marcos nos recuerda que Cristo, nada menos que la sabiduría encarnada, la infinita sabiduría, nos insta a que no honremos a Dios únicamente con los labios, ni menos aún con preceptos humanos; que cumplamos los divinos.

Y añade que es de dentro, del corazón del hombre, de donde salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad…

Para evitar todas esas maldades, que salen de dentro y hacen al hombre impuro, nos dio los mandamientos.

Cumplirlos es, pues, el acto más sensato, más prudente, el que más nos lleva a la felicidad y, por lo tanto, es el mejor negocio que podemos hacer en esta vida.

¿Cómo despreciarlos, creyendo que son una imposición divina?

 

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

El oficio del ministro ordenado en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 27, 2012


La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

Uno de los campos en donde se puede expresar ese amor es en la celebración de las acciones litúrgicas, en la que «cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas»[1], ya que cada acción litúrgica tiene un fundamento teológico–sacramental y una justificación histórico–jurídica[2]; además, «la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales».[3]

He aquí algunos avisos de importancia acerca del culto del ministerio eucarístico, extractados de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II; del Missale Romanum; del Ritual De Sacra Communione et de culto mysterii eucharistici extra Missam; de las instrucciones: Eucharisticum mysterium, Memoriale Domini, Inmensæ caritatis y Liturgicæ instaurationis; de las instrucciones Inæstimabile Donum y Redemptionis Sacramentum de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; de la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos; del boletín: Actualidad litúrgica, del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal y de otros documentos de la Iglesia.

Obediencia

 

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud».[4]

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «les obedeció».[5]

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice: «Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado».[6]

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».[7]

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen».[8]

Y también es de Jesús la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho».[9]

La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino alerta sobre los errores más frecuentes «señalados desde las diversas partes del mundo católico: confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares, creciente pérdida del sentido de lo sagrado, desconocimiento del carácter eclesial de la liturgia […]. Ahora bien, todo esto no puede dar buenos frutos. Las consecuencias son —y no pueden menos de serlo— la resquebradura de la unidad de la Fe y de culto en la Iglesia, la inseguridad doctrinal, el escándalo y la perplejidad del pueblo de Dios».[10]

Aspectos generales

 

  • Ceñirse a las recomendaciones de los misales y leccionarios no solamente es un gesto de comunión eclesial, sino que muestra la humildad del Ministro ordenado y da ejemplo de obediencia al Magisterio de la Iglesia.

«El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión.»[11]

«Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.»[12]

Además, la uniformidad facilita a los fieles su participación activa, sin confundirlos: «La unidad de criterios entre uno y otro presidente de asambleas litúrgicas está cuestionando seriamente la participación de los fieles: “¿A qué nos atenemos?” Y: “¿A quién le creemos?”»[13].

  • Conviene mucho tener presentes los actos presidenciales, en los que actúa dirigiéndose a Dios en nombre de todo el pueblo o al pueblo en nombre de Dios y de Cristo, los cuales debe decir solo el sacerdote. Este es el caso de la doxología de la Plegaria Eucarística y de la Oración de la Paz.
  • Es también muy importante que el Ministro ordenado tenga en cuenta las oraciones que son secretas (que no deben decirse en voz alta), como la que se hace durante el lavabo o las que se hacen en la fracción del Pan.
  • «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».[14]
  • No conviene distorsionar las oraciones que trae el Misal Romano agregando intenciones particulares que el presidente quisiera incluir en las mismas (ejemplo: en la memoria de un santo, mencionar a un difunto en la oración colecta o en la oración sobre las ofrendas o en la oración después de la comunión).

Tampoco es bueno incluir, dentro de la celebración de la Santa Misa, oraciones no litúrgicas (por ejemplo: «Alma de Cristo, santifícame…» después de la comunión, una oración a la Santísima Virgen, etc.). Estas se pueden recitar después, si se desea.

  • Cuando hay canto no hay necesidad de decir la antífona (ejemplo: si se canta durante la comunión no será necesario leer la antífona de la comunión; lo mismo se aplica al canto de entrada).
  • El presidente de la asamblea debe favorecer el silencio y dar espacio para la oración.[15] Hay varios momentos especiales de silencio: en el acto penitencial, después del «Oremos» de la oración colecta, entre la primera lectura y el salmo, después de la homilía[16] y después de la comunión.
  • «Los pastores de almas deben fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles […], cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios».[17]
  • «El Misal Romano debe quedar como un instrumento para testimoniar y conformar la mutua unidad del Rito Romano en la diversidad de lenguas y culturas, como su signo preeminente».[18]
  • «Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.»[19]
  • «Los presbíteros presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la vestidura talar. No es apropiado, salvo los casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.»[20]
  • «Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.»[21]

Aspectos particulares

Ritos iniciales

 

  • Si se hace canto de entrada, no se recite la antífona; recuérdese que la antífona de entrada es el reemplazo del canto. Por eso, cuando no se hace canto de entrada, el presidente puede adaptar la antífona de entrada a manera de monición.[22] Obsérvese lo mismo para la antífona de la comunión.

 

à      No se permita que el acólito se siente en la sede, al lado del presidente; este lugar está reservado para los diáconos o para otros ministros ordenados en las concelebraciones. Destínese para ello una pequeña silla cerca de la credencia.

  • Alístense tanto el misal como el leccionario antes de la celebración (hacerlo después de la entrada, no solo da la impresión de improvisación y falta de preparación por parte del sacerdote, sino que es falta de cortesía con el pueblo hacerlo esperar).

Oraciones

  • Solamente en la oración colecta se usa la conclusión larga: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» o «Él, que vive y reina…» o «Tú que vives y…».

En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión se utiliza la terminación corta: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». o «Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». o «Tú que vives y reinas…».

Lecturas

¨    «Las lecturas […] sean confiadas a un lector o a otros laicos preparados espiritualmente y técnicamente».[23]

¨    La preparación espiritual presupone, por lo menos, una doble instrucción: bíblica y litúrgica. La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y, para entender a la luz de la Fe el núcleo central del mensaje revelado.

¨    La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre ésta y la liturgia eucarística.

¨    «La preparación técnica debe consistir en que los lectores sean cada día más aptos en el arte de proclamar delante del pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de voz».[24]

¨    Se requiere de práctica y de talleres para proclamar la Palabra, en vez de leerla, simplemente.[25] «La proclamación es un anuncio solemne, una declaración».[26]

¨    Es necesario diferenciar las lecturas para hacer una entonación adecuada de ellas: no es lo mismo recitar un cántico o un salmo que narrar una historia o leer una exhortación. Conviene que sean nombrados lectores quienes ya distinguen estos estilos literarios y el modo adecuado de proclamarlos.

q  Su compostura se notará especialmente en los actos de reverencia (genuflexiones al pasar ante el sagrario o ante Santísimo expuesto en la Custodia, inclinación de la cabeza ante el sacerdote–presidente, los crucifijos e imágenes…). Por esto mismo, no es necesario hacer inclinaciones de la cabeza al llegar al ambón o al retirarse: ni dirigidos hacia el sagrario ni, mucho menos, hacia el leccionario o ambón.

¨      Instrúyase a los lectores que no se debe leer lo que está escrito en color rojo. No se diga, por ejemplo, «Primera lectura» ni «Salmo responsorial» o «Al salmo respondemos» o «Salmo de respuesta».

Tampoco deben añadirse palabras, como: «Esta es Palabra de Dios» o «Es Palabra de Dios»; dígase con sencillez: «Palabra de Dios». La razón es que «el lector se identifica tanto con aquello que anuncia, que él mismo se hace Palabra de Dios».[27] Téngase cuidado de no hacer entonación de interrogación, como si se estuviera preguntando: «¿Palabra de Dios?»,[28] ni tampoco hacer la entonación que se suele hacer por un altoparlante solicitando a alguien en un aeropuerto o supermercado.

¨    El micrófono estará a una cuarta de distancia de la boca. Así se evitan circunstancias que impiden una buena comprensión de lo que se lee: por ejemplo, que la «P» suene como un golpe; la «S», como un silbido fuerte; o que se escuche la respiración.

¨      «No es necesario estar pasando la cinta de una hoja a otra; lo mejor es dejarla en su puesto para evitar posibles confusiones en otras celebraciones».[29]

¨      «Al terminar la lectura, haga una pausa de tres segundos antes de decir: «Palabra de Dios».[30]

¨      Es conveniente hacer unos instantes de silencio entre la primera lectura y el salmo, para facilitar la meditación.[31]

¨      «Si hay dos lectores para tres lecturas, el mismo que proclamó la primera hará la segunda y el otro proclamará el salmo»[32] y el versículo anterior al Evangelio. Asimismo, cuando hay una sola lectura, uno proclamará la lectura y el otro el salmo. El cambio de voz del lector al salmista y el espacio de tiempo entre la subida al ambón de estos dos ministros favorece la contemplación de la Palabra; por eso se insiste en que quien proclama el salmo no sea el mismo que proclamó la primera lectura[33], ya que es a todas luces un texto muy diverso.

Evangelio

¨      El versículo anterior al Evangelio suele ir intercalado entre el canto del Aleluya (salvo en cuaresma, que no se dice ni se canta el Aleluya). Como norma general, si se proclama el versículo, el canto debe hacerse; si no, se omite el versículo.[34]

  • El Evangelio debe proclamarse en el ambón, lugar destinado precisamente para proclamar la Palabra de Dios; no en la sede, desde donde solamente se realizan los ritos iniciales, la homilía y el rito de conclusión. Para entender esto, recuérdese que después del sagrario —si lo hay— el lugar de mayor importancia es el altar, al que lo sigue el ambón y, por último, la sede.
  • Al anunciar la proclamación del Evangelio, el sacerdote dice: «Lectura del santo Evangelio según…». En ese momento todos —incluyendo quien proclama— se signan con el dedo pulgar, se hacen tres cruces: la primera en la frente, para conocer mejor la palabra; la segunda en los labios, para anunciarla con ardor; y la tercera en el pecho, para vivirla en la práctica diaria. No se santiguan (hacerse la señal de la cruz desde la frente al ombligo y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad), porque ya se hizo al comienzo de la celebración y, en liturgia, se evitan los duplicados.[35]

 

  • Por esto mismo, es redundante santiguarse antes o después de la homilía (además, así se da la impresión de la no basta la bendición inicial).

Homilía

  • «La homilía tiene la finalidad de explicar a los fieles la palabra de Dios proclamada en las lecturas y actualizar su mensaje»[36], y corresponde al sacerdote o al diácono.[37]

«La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.»[38]

«Se predicará la homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo […]. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables, principalmente en ciertas ferias de Adviento y de Cuaresma».[39]

La predicación actualiza la Palabra y, para eso, conviene prepararla adecuadamente para no caer en la frialdad, la falta de convicción, la repetición de lo proclamado en las lecturas u otras cosas distintas a la aplicación de los textos bíblicos a la vida de los oyentes y del predicador mismo, lo cual muestra cierta improvisación.[40]

La homilía se hará desde la sede, preferencialmente.

Recuérdese que los sermones largos o muy teóricos (de poca aplicación para la vida diaria) no son eficaces desde el punto de vista pastoral.

Oración universal

  • El celebrante dirige la oración universal desde la sede.[41]

Presentación de ofrendas

  • Las fórmulas de presentación del pan y del vino se dicen habitualmente en voz baja; sólo se dicen en voz alta si no hay canto ni suena el órgano.[42]

 

Plegaria Eucarística

 

  • «Merece especial atención la Plegaria Eucarística, que es la parte central de la celebración de la Eucaristía. Hay que orarla con voz alta y clara, sin precipitación, haciendo pausas de interiorización».[43]

«Es un gravísimo abuso modificar las Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras compuestas privadamente».[44]

Se insiste en que el celebrante deje de dirigirse al pueblo y, como imagen de Cristo que ora al Padre, no hable sino a Dios.[45]

Recuérdese que solo las plegarias eucarísticas I, II y III admiten el uso de cualquier prefacio; las demás forman un todo con su prefacio y, por lo tanto, deben recitarse exclusivamente con él.

En la consagración del pan, el que preside dice: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…». No dice: «porque este es mi Cuerpo».

«En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.»[46]

  • La inclinación del celebrante al In spiritu humilitatis debe hacerse «profunde inclinatus».[47]
  • Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino, los fieles quedan en silencio respetuoso. El sacerdote, por lo tanto, no invite a decir «Señor mío y Dios mío…», oración que se recitaba antes de la reforma, porque la aclamación vendrá enseguida.
  • La doxología de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» la dice el presidente solo.[48]

Es que la Plegaria Eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote[49].

El pueblo responde: «Amén». Este «Amén» en particular debería resaltarse con el canto, dado que es el más importante de toda la Misa.[50]

Þ  «Recuérdese que durante la Plegaria Eucarística no se deben ejecutar cantos».[51] Tampoco debe ejecutarse música alguna.[52] Este otro documento enfatiza la norma: «Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales.»[53]

  • Inmediatamente después de la consagración del pan, adórese unos segundos el Cuerpo de Cristo con una genuflexión. Hágase lo mismo con la Sangre de Cristo.

 

Rito de la comunión

 

  • La oración de la paz es presidencial, es decir, la dice el sacerdote solo en nombre de toda la asamblea. El sacerdote termina esa oración diciendo: «…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» el pueblo concluye: «Tuyo es el reino…» (antes se decía: «Porque tuyo es el reino»).
  • El Pan eucarístico se muestra a los fieles sobre la patena o sobre el cáliz (se muestra una parte de la Hostia fraccionada).[54]

 

  • «La fracción del Pan se inicia después del gesto de la paz y debe realizarse con la debida reverencia sin alargarla innecesariamente, a fin de que el gesto [de la paz] no adquiera un excesivo realce».[55]

«El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles.»[56]

 

  • Instrúyase a los feligreses que «Conviene que cada uno de los fieles dé la paz de una manera sobria, únicamente a los que están cerca»[57], sin moverse de su puesto.[58]

El que da la paz puede decir: «La paz del Señor esté siempre contigo»; y el que la recibe, «Amén».[59]

v  «Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. […] esto no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.»[60]

v  «El fiel, religioso o seglar, autorizado como ministro extraordinario de la comunión, podrá distribuir la comunión, solamente cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito, cuando el sacerdote esté impedido por enfermedad o por su edad avanzada, o cuando el número de fieles que se acercan a la comunión sea tan grande que haría prolongar excesivamente la celebración de la Misa».[61] Léase también: «Cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.»[62] «Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente.»[63] «Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.»[64]

v  «Llamar [a alguien] ministro extraordinario significa que sólo puede ejercitar el cargo recibido en ausencia de los ministros ordinarios. Si hay diáconos o sacerdotes, son estos los que deben distribuir la Eucaristía, empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que reparten la comunión».[65]

v  «Si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición.»[66] El Obispo nombrará con el rito correspondiente al ministro extraordinario de la comunión que haya sido escogido y preparado por el párroco bajo los cánones establecidos; para ello se utiliza el Ritual del Culto (pp. 139-142).

«Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum[67] En esos casos esporádicos, en los misales se encuentra el «Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada comunión».

v  «Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.»[68]

v  Según el Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, Actualidad litúrgica, nº 28, p. 8-9 (cf.), es necesario que el ministro extraordinario de la comunión cumpla los siguientes requisitos:

  1. Conocer, estudiar y aplicar los documentos oficiales de la Iglesia relacionados con la liturgia eucarística.
  2. Saber los nombres de lugares, vestiduras, libros, vasos sagrados y utensilios litúrgicos en general.
  3. Participar de viva voz sabiendo bien las respuestas actuales de la celebración eucarística.
  4. Estar entrenado en el servicio al altar para cuando no se dispone de la presencia o ayuda de monaguillos.
  5. Conocer el Misal, distinguir las diversas partes que lo conforman y aprender a registrarlo.
  6. Entrenarse en el manejo y buen uso del incensario mediante prácticas que ayuden a utilizarlo con destreza y naturalidad.

 

  • Los ministros extraordinarios de la comunión e incluso los diáconos y sacerdotes deben recibir el recipiente de la Eucaristía de manos del celebrante, detalle este sacramentalmente importante porque manifiesta que la Eucaristía se recibe del Señor.[69]
  • El sacerdote «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”, dando espera a la respuesta del comulgante. Ninguna otra fórmula cabe acá»; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.
  • «Cuando los fieles comulgan de rodillas no se les exige ningún otro signo de reverencia al Santísimo Sacramento, ya que la misma genuflexión es expresión de adoración. En cambio, cuando comulgan de pie, acercándose al altar procesionalmente, hagan un acto de reverencia antes de recibir el Sacramento, en el lugar y de manera adecuados, con tal de no desordenar el turno de los fieles»[70] (por ejemplo, una pequeña inclinación de la cabeza).
  • «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.»[71]
  • Autorizados por la Conferencia Episcopal, los fieles pueden recibir la comunión en la boca o en la mano, según lo deseen; pero se recomienda que, si lo hacen de este último modo, lo hagan cuando las manos están perfectamente limpias (para evitar que las partículas sagradas en las que sigue presente el Señor caigan al piso, se ha considerado siempre un signo de delicadeza que un acólito ponga la patena, y que los fieles reciban el Pan consagrado en la boca).
  • No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.»[72] «No se admite que los fieles tomen por sí mismos el Pan consagrado»[73], ni siquiera cuando el que comulga es monja, monje o seminarista. Razón: en liturgia no se contempla el autoservicio. Tampoco deben tomar el cáliz sagrado.[74]
  • «Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción».[75] «No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado.»[76]
  • «Se recomienda a los fieles no descuidar, después de la comunión, una justa y debida acción de gracias, quedando posiblemente en oración por un conveniente espacio de tiempo».[77]

No es litúrgico recitar oraciones, como sucede cuando, al acabar, algunos fieles —o a veces el mismo sacerdote— pronuncian la conocida oración: «Alma de Cristo, santifícame…»; este acto se sale de las rúbricas de la Santa Misa, razón por la cual está en el misal, para hacerse después de terminada la liturgia eucarística. Por otra parte, durante la celebración, las oraciones deben ser dirigidas por el presidente, es decir, el sacerdote, y son de carácter comunitario y no privado.

  • Lo que queda de la Sangre del Señor se la toma el sacerdote, el diácono o un acólito instituido que sirve de ministro del cáliz.[78]

 

  • Como señal de respeto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la limpieza de las patenas y los vasos sagrados debe hacerse sobre el corporal. Los purifica el sacerdote, uno de los concelebrantes, el diácono o un acólito instituido.[79] «El ministro extraordinario de la comunión está excluido notablemente de la lista de personas que pueden purificar los utensilios sagrados».[80]
  • La bendición se recibe de pie, salvo que se haga oración sobre el pueblo, que inclina la cabeza, en señal de humildad (no se arrodilla).

Rito de conclusión

  • Es preferible que la atención a los fieles que requieran al sacerdote se haga después de retirarse los ornamentos, a la salida de la sacristía.

 


[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 28

[2] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 10

[4] Rm 5, 19

[5] Lc 2, 51

[6] Jn 4, 34

[7] Flp 2, 5-8

[8] Hb 5, 8-10

[9] Lc 16, 10

[10] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, introducción

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 11

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 59

[13] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[14] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 22, par. 3

[15] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 11

[16] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[17] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 19;

cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 19

[18] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, final

[19] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 112

[20] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 128

[21] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 153

[22] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[23] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2

[24] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 19-20

[25] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[26] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 18

[27] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 22

[28] Cf. Ídem

[29] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 21

[30] Ídem

[31] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56 y 128

[32] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[33] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1, que cita al Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[34] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[35] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 134

[36] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 3;

cf. Sagrada Congregación para el Culto Divino, instrucción Liturgicæ instaurationes, 2, a

[37] Cf. Ídem

[38] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 66

[39] Sagrada Congregación de Ritos, Intrusión sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 53

[40] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 8

[41] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 71

[42] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 142;

cf. Ordinario de la Misa, 1975, 20-21

[43] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 20

[44] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 5

[45] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 31

[46] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 55

[47] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 143

[48] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 4

[49] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 52

[50] Ídem

[51] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 6

[52] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 12;

cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 30

[53] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 53

[54] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 84

[55] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 83

[56] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[57] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 82

[58] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[59] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 154

[60] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 151

[61] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 10;

cf. Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, Instrucción;

cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[62] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 158

[63] Ídem

[64] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 88

[65] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 21

[66] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[67] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[68] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 157

[69] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[70] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, 34;

Cf. Institutio generalis Missalis Romani, c; 246, d; 247, b;

Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 11

[71] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 93

[72] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 94

[73] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 9

[74] Cf. Ídem.

[75] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 103

[76] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 104

[77] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 17

[78] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 284b; 279

[79] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 163; 279

[80] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 37, p. 30

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en El oficio del ministro ordenado en la Eucaristía

Ciclo A, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2011

¿Quién es Jesús?

Jesús preguntó a sus discípulos: «Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo?». Si se nos hace esa pregunta quizá responderíamos: «Tú eres el Hijo de Dios» o «Tú eres el Salvador». Pero lo que importa no es lo que digamos, es lo que contestemos con nuestra vida:

Algunos, por ejemplo, dicen con sus vidas que Jesús es un mago, una persona que hace milagros; ya que solamente se acuerdan de Él cuando tienen necesidades. Sus vidas transcurren concentradas en las cosas materiales, en sus familias, en su trabajo, en su vida social y, cuando les sucede algo desagradable o les está a punto de suceder, acuden al «mago».

Otros —de los que no hacen mal a nadie— cumplen algunos mandamientos, van a la Santa Misa los domingos y fiestas de guardar, quizá cumplan con la obligación de hacer ayuno y abstinencia los días prescritos y de confesarse una vez al año… Esos, en mayor o menor grado, consideran a Jesús un Dios justiciero al que hay que cumplirle unos requisitos «o si no se pone furioso».

Hay otro grupo de fieles que creen que Jesús no es Dios, sino «un hombre muy bueno». Son todos aquellos que mezclan su fe con la reencarnación, filosofías esotéricas como la Nueva Era, etc.

Para otros, Jesús es la absoluta misericordia, que lo perdona todo, incluso aquellos pecados de los que no nos arrepentimos ni estamos dispuestos a dejar. Estiman estos que Dios, por más perfecto que sea, no puede ser justo…

Nos falta mucho conocimiento del misterio insondable que es Jesús. Nos falta mucho trato con Él, es decir: mucha oración mental. Solo tratándolo podremos conocerlo… ¡Qué profunda es la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios! ¿Cómo indagar sus decisiones o reconocer sus caminos? ¿Quién entró jamás en los pensamientos del Señor?…

Entrando —por la amistad, por el trato íntimo— en ese misterio, nuestra vida gritará con san Pedro: «Tú eres el Hijo del Dios vivo».

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, XXI domingo del tiempo ordinario

Ciclo A, Domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2011

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

¿Milagros?

Lo que quizá más impresiona de las lecturas de la solemnidad de hoy es que en nuestros días no vemos con frecuencia a los actuales apóstoles (los obispos) ni a los actuales discípulos (los presbíteros) hablar en lenguas ni realizar milagros.

Pero no lo vemos porque no tenemos abiertos los ojos del espíritu para ver cómo la enseñanza de la Iglesia ha llegado en casi todos los idiomas a numerosos países, y así se han roto las barreras que nos separaban antaño:

Es bello saber de hombres o mujeres que en el otro lado del planeta celebran la Eucaristía como nosotros, o enterarse de la devoción mundial a la Santísima Virgen María. ¡Qué hermoso es descubrir a dos católicos de distinta nacionalidad y lengua rezar el Santo Rosario juntos y que uno conteste al otro, sin conocer su idioma, pero sabiendo qué se está diciendo al orar! Da alegría enterarse de que en todas partes del globo terráqueo hay comunidades apostólicas que dan testimonio del mensaje de amor del Evangelio… En fin, se puede decir que la Iglesia rompió las fronteras. Y esto es obra del Espíritu Santo. Las actividades apostólicas se abren como un abanico expresando, en el orbe entero, las diferentes facetas de la acción del Espíritu Santo, las acciones de cada una de las partes del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.

Otra realidad que no se ve es la acción del Espíritu Santo en las almas: poco a poco y en el silencio de las vidas individuales, se está llevando a cabo una transformación patente y auténtica: ciegos para las cosas de Dios que recuperan la vista, sordos al mensaje evangélico que comienzan a escuchar, paralíticos del espíritu que ahora empiezan a recorrer los caminos del amor de Dios…, y hasta muertos que, por sus pecados estaban destinados al infierno, que resucitan a la vida de la gracia.

¿Hacemos patente e innegable en nuestras vidas que, con el Espíritu Santo, nos llegan sus siete dones y sus doce frutos? ¿Vivimos, por ejemplo, el fruto de la paz, que tanto necesitamos?

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, Domingo de Pentecostés

Ciclo A, V domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 30, 2011

El sacerdocio común de los fieles

Hoy la Iglesia nos enseña que todos nosotros somos un pueblo de sacerdotes. Es que, además del sacerdocio ministerial (obispos, presbíteros y diáconos), está el sacerdocio común de los fieles.

Todos los bautizados poseen las prerrogativas y los deberes de ese sacerdocio.

Como piedras vivas, como dice san Pedro, edifiquémonos y pasemos a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús, que es piedra angular escogida y preciosa; quien se afirme en ella no quedará defraudado.

Y, ¿cuáles son esos sacrificios espirituales que podemos ofrecer a Dios? Nuestras oraciones, las penas y trabajos diarios; el ayudar a nuestros parientes, amigos y conocidos en su camino hacia la perfección, cuando tengamos oportunidad de hacerlo (hacer apostolado); enseñar la doctrina de la Iglesia… Todo para la gloria de Dios y por la salvación de las almas.

Somos una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas; pues Él nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable.

Y ese sacerdocio está establecido por Dios para que seamos una sola cosa con Él, como Él está en el Padre y el Padre está en Él.

Lo dijo claramente: el que crea en Él, hará las mismas obras que Él hace, y las hará aún mayores: los ciegos para las cosas del espíritu comenzarán a ver esas realidades espirituales, los sordos empezarán a oír acerca del amor que Dios promete a los que lo escuchan, los paralíticos se encaminarán hacia la santidad, los muertos resucitarán a la vida de la gracia… ¡Seremos testigos del poder de Dios!

En la época de los primeros cristianos, la Palabra de Dios se difundía, y el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente. Nosotros, si ejercemos ese sacerdocio con los sacrificios espirituales, podremos ver lo mismo.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, V domingo de Pascua

Ciclo A, IV domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 23, 2011

IV DOMINGO DE PASCUA

El buen Pastor

Se celebra hoy en todo el mundo la fiesta de los sacerdotes, aquellos varones que, llamados por Dios, se dedican a administrar los Sacramentos, predicar la palabra de Dios, dirigir las oraciones del pueblo, acercar a las almas a Dios, servir como guías o consejeros espirituales…

El sacramento del Orden se da en tres niveles diferentes: el obispo, que lo posee en plenitud (el Papa es uno de ellos), el presbítero y el diácono.

La inspiración con que Dios llama a este estado es llamada vocación (del latín: vocatio, –onis, acción de llamar), y es el camino a través del cual Dios invita al hombre a participar de sus propósitos salvadores.

Hoy, la primera lectura nos cuenta cómo san Pedro inicia su vocación invitando a todos a bautizarse, con lo que consigue unas tres mil almas para Dios.

Luego, en la segunda lectura, él mismo les indica que el Sacramento del Orden implica sufrimientos, que los harán grandes ante Dios, pues para esto han sido llamados. Añade el primer Papa que Cristo también sufrió por todos, dejándoles un ejemplo que deben seguir.

Él cargó con nuestros pecados en el madero de la Cruz, para que, muertos a nuestros pecados, empecemos una vida santa. Y por ese suplicio suyo hemos sido sanados. Pues éramos ovejas descarriadas, pero hemos vuelto al Pastor y guardián de sus almas. Y como Él deben ser los sacerdotes.

Así, la Palabra de Dios se difundía y el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente. Y asimismo, hoy, con sacerdotes entregados por amor a su vocación, se seguirá difundiendo la Palabra de Dios, y el número de los discípulos en el mundo aumentará.

Estos son los buenos pastores. Y necesitan nuestra comprensión para que el Señor les dé fortaleza para ejercer su valiosísima labor; y también requieren de nuestras oraciones para ejercer su tarea con eficacia, para que sean muchos y santos. Y, si somos más generosos, ofrezcamos algunos sacrificios por ellos.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, IV domingo de Pascua

Ciclo A, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 16, 2011

III DOMINGO DE PASCUA

¡Levantémonos!

En este viaje hacia la otra vida, Jesús realiza a diario milagros, prodigios y señales entre nosotros: nos salva de numerosos peligros, nos evita sufrimientos, nos envía luces para saber qué camino seguir… A algunos —que están ciegos— les hace ver la vida espiritual; convierte a los pecadores; nos impulsa a hacer el bien… Sin embargo —como dice el Evangelio de hoy sobre los discípulos que iban de viaje— algo impide que nuestros ojos lo reconozcan.

Y, asimismo, entregamos a Jesús para que sea crucificado y muera: cada vez que pecamos, cada vez que agredimos a los demás, cada vez que incumplimos sus mandamientos, cada vez que dañamos el cosmos…

Nos dice san Pedro que tomemos en serio estos años en que vivimos fuera de la patria del Cielo, que no olvidemos que hemos sido rescatados de la vida vacía que vivíamos: el ansia desmedida por el placer, por el tener, por el reconocimiento de los demás, por el poder, etc.

Pero no lo hacemos: andamos más preocupados por las cosas materiales y por el momento actual…

Ese rescate no fue un rescate material de oro o plata, sino con la Sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha ni defecto. Jesús puede decirnos hoy, como en el Evangelio: «¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas!».

Ojalá se nos abran los ojos y lo reconozcamos, como les pasó a los discípulos que iban para Emaús; ojalá nos demos cuenta de que Él está con nosotros, junto a nosotros; ojalá nos percatemos de que nos está llamando para que nos acordemos de Él y de nuestros hermanos, que dejemos a un lado nuestro egoísmo y nos ocupemos de los demás; ojalá lo veamos en los demás…

Dice el Evangelio que, al aprender estas cosas y al ver que Jesús había resucitado, de inmediato, los discípulos se levantaron. Hagamos lo mismo ahora: levantémonos de inmediato a servir a Dios y a los demás.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, III domingo de Pascua

Ciclo A, II domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2011

¿Confesarse con otro pecador?

Parece que hoy se repitiera constantemente la escena de Tomás, el que por sus palabras de incredulidad pasó a la historia. Efectivamente, algunos dicen: «Yo no creo en la confesión; yo me confieso directamente con Dios».

Las lecturas nos muestran que el Señor, por su gran misericordia, se inventó otro milagro de amor: un tribunal. Allí, a diferencia de los tribunales humanos, quien se acusa culpable es perdonado, en vez de ser castigado.

Esa misericordia divina exige un acto de humildad: reconocer ante otro pecador que somos pecadores: si el oro debe ser probado pasando por el fuego, y es sólo cosa pasajera, con mayor razón nuestra fe, que vale mucho más y que pretende la salvación de sus almas.

Este Sacramento de la Reconciliación fue instituido por Jesucristo cuando dijo a los sacerdotes: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen los pecados les serán perdonados, y a quienes se los retengan les serán retenidos».

«¡Felices los que no han visto, pero creen!» dijo el Señor, después del acto de incredulidad de Tomás.

¡Felices los que no han visto a Jesús en el sacerdote que perdona los pecados, pero creen que es Él mismo!

¡Felices los que no han visto cómo se borran los pecados cuando el sacerdote dice: «Yo te absuelvo en el Nombre de Dios…», pero creen!

¡Felices los que no han visto, pero aceptan las leyes de Dios con humildad!

¡Felices los que no han visto la acción del Espíritu Santo en el alma que se confiesa, pero creen y verifican luego cuántas gracias —fuerza espiritual— se gana para dejar los defectos!

¡Felices los que no han visto la alegría que hay en el Cielo cuando un pecador se confiesa, pero creen!

«Crean, y tendrán vida por su Nombre».

Y esta vida de la que habla es eterna.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, II domingo de Pascua

Ciclo A, IV domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2011

La ceguera

Los hombres vemos las apariencias, pero Dios ve el corazón. Así eligió Dios a David, de cuya descendencia nacería Jesús, el Redentor esperado por los judíos: aunque nadie esperaba que él fuera el elegido, Dios se fijó en su corazón.

Y es del corazón de donde salen los actos de los que tienen la facultad de la vista, de los que tienen luz: bondad, justicia y verdad, como nos dice hoy san Pablo.

Pero también del corazón nacen los actos de la ceguera o de la oscuridad: la soberbia, la codicia, la ira, la envidia, la gula, la lujuria y la pereza.

Si en otro tiempo éramos tinieblas, y ahora somos luz en el Señor, ¿buscamos lo que agrada al Señor? ¿O tomamos parte en las obras de las tinieblas, donde no hay nada que cosechar?

Y, si vemos esas obras oscuras, ¿las denunciamos?

Despertemos, no durmamos más, levantémonos de entre los muertos, y la luz de Cristo brillará sobre nosotros.

No sigamos ciegos, con esa ceguera —peor que la física— que nos hace preguntarnos siempre que vemos a los enfermos o a los que les va mal: «¿Quién habrá pecado: ellos o sus padres?».

Nos creemos buenos; y nos creemos con muy buena vista y con la autoridad para decir quién obra bien y quién no. Decimos que vemos, y esa es la prueba de nuestro pecado.

El ciego del Evangelio fue, se lavó y, cuando volvió, veía claramente con los ojos del cuerpo. Pero comenzó a ver con los ojos del alma cuando dijo: «Creo, Señor», y se arrodilló ante Jesús.

¿Vemos con los ojos del alma a todos los que, después de vivir mal, creen ahora en Jesús y lo adoran? ¿O los criticamos? ¡Cómo se enjuicia a todos los que se portaron mal en el pasado y quieren ahora iniciar una nueva vida, una vida de bondad, de verdad! No los dejan en paz. ¿Qué dirá Jesús de esta actitud?

Esa es una obra de la oscuridad, de la ceguera. Seamos luz para todos.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, IV domingo de Cuaresma

Ciclo A, III domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en abril 4, 2011

Agua que quita la sed

En el desierto, el pueblo atormentado por la sed, se quejó y recibió agua, cuando Moisés golpeó una roca. Así Dios demostró que estaba en medio de ellos.

Jesús, en el Evangelio, se hace el encontradizo con la mujer samaritana para hablarle de un agua más excelsa: un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna, un manantial que quita para siempre la verdadera sed: sed de paz, sed de gozo, sed de felicidad y sed de eternidad…

Y, ¿en qué consiste esa agua? Nos lo dice la segunda lectura: «Hermanos, por la fe hemos sido reordenados y estamos en paz con Dios, por medio de Jesucristo, nuestro Señor. Por Él hemos tenido acceso a un estado de gracia e incluso hacemos alarde de esperar la misma Gloria de Dios, que no quedará frustrada, pues ya se nos ha dado el Espíritu Santo, y por Él, el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones».

Habíamos pecado contra nuestro Creador y ya no podíamos ser felices, es decir, teníamos un desorden en el amor que debíamos a Dios y a nosotros mismos que produjo, a su vez, un desorden en la naturaleza. La fe, cuyo signo es el bautismo de agua que hemos recibido, fue la que nos reordenó para la vida eterna y el bautismo de agua es el que prometía Jesús a la samaritana.

Esta agua fue conseguida por Jesús con un acto de amor superior a la falta que cometimos, como lo explica san Pablo: no aceptaríamos morir por una persona mala; tratándose de una persona muy buena, tal vez alguien se atrevería a sacrificar su vida. Pero Dios dejó constancia del amor que nos tiene: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.

¿Cómo hemos correspondido a esa muestra extraordinaria de amor? ¿Cumplimos los mandamientos de Dios y de la Iglesia? ¿Sabemos perdonar? ¿Ofrecemos y damos nuestra ayuda? ¿Notan los demás en nuestro comportamiento y en nuestra forma de hablar que estamos bautizados?…

Si no es así, ¡qué desperdicio de agua viva!

 

 

 

 

 

 

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, III domingo de Cuaresma