Hacia la unión con Dios

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Agosto 6 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Y nos mostró algo de su santidad

El profeta Daniel contempló en una visión cómo, en las nubes del cielo, venía el Hijo de Dios hecho hombre, al que se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su imperio es eterno, nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

En el Evangelio se muestra algo de esa divinidad y santidad de Jesucristo con la narración del episodio de la transfiguración. Efectivamente, los tres evangelistas sinópticos —cada uno en un año litúrgico— cuentan que el rostro de Jesús mudó mientras oraba, y sus vestidos se llenaron de una blancura fulgurante, dejando entrever su gloria.

San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda lo que ya nos había enseñado Dios–Padre en el Levítico y Jesucristo en el Evangelio de san Mateo: que debemos ser santos, porque tanto el Padre como el Hijo son santos.

Esto significa que debemos vivir una vida nueva, en la que se note que hemos sido rescatados de la conducta necia heredada de nuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo: ¡que nuestro rostro debe mudar y hacerse refulgente de santidad!

Ese brillo no será notado por los que están lejos de Dios, pero quienes ya han recibido la gracia de la conversión y caminan por las sendas de la perfección, sí lograrán percibir la santidad de nuestra mirada, de nuestras palabras, actitudes y gestos, de nuestra vida santa. Es que la unión con Dios–Padre se hace evidente entre los hermanos.

Algo de eso percibió san Pedro cuando se le ocurrió hacer tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías, sin ni siquiera pensar en él ni en Santiago ni en Juan… Como nos lo dice la narración, ni sabía lo que decía.

En cambio, nosotros sí podemos comenzar nuestra transfiguración, obedeciendo lo que dijo la voz desde la nube: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadlo».

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Septiembre 14 (en donde se celebra hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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Ciclo B, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

¡Ama y haz lo que quieras!

 

 

613 reglas tenían —y tienen— los judíos; desde que las contó san Jerónimo, los hemos entendido un poco mejor. Practicándolas se salvan.

En cambio, nosotros nos salvamos si amamos a Dios y al prójimo. Por supuesto que debemos cumplir los mandamientos, practicar las obras de misericordia espirituales y corporales y, también, procurar vivir los consejos evangélicos. Amar obliga al cumplimiento de todas estas reglas, porque son reglas de amor.

Pero hoy hay muchos católicos que creen que hay que vivir como los judíos: cumpliendo reglas que supuestamente nos salvan. Y este criterio se nos permea a todos, en mayor o menor grado, hasta que el amor de Dios penetra en nuestras almas, y nos damos cuenta de que si amamos, ya estamos cumpliendo todos los mandatos divinos.

San Agustín gritó dichoso cuando lo descubrió: «¡Ama y haz lo que quieras!» Quien ama ya cumple todo: «Amar es cumplir la Ley entera», decía san Pablo.

Por eso Jesús nos dice hoy, como a los judíos de entonces: «A vino nuevo, odres nuevos». El vino nuevo es el amor, y nosotros debemos ser el odre nuevo que lo contiene, como les sucedía a los corintios, a quienes san Pablo veía llenos del amor de Dios y, por eso, no necesitaba pedirles cartas de recomendación. Les decía, como leemos en la segunda lectura: «Ustedes son nuestra carta de recomendación, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Son una carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón.»

Es que ellos entendieron muy bien que Dios los impregnó de ese amor desde tiempo atrás. Efectivamente, a través del profeta Oseas, ya les había enseñado que Él les hablaba al corazón, como un novio le habla a su novia, y se casa con ella en matrimonio perpetuo, en derecho y justicia, en misericordia y compasión, en fidelidad, y así se penetraron del Señor.

Y nosotros, ¿estamos penetrados del amor del Señor?

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Ciclo C, VII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 7, 2013

El ejemplo del cristiano

Todo un programa de comportamiento nos presenta hoy Jesús: una senda muy definida para que todos los que nos llamamos cristianos la sigamos paso a paso: amar a todos nuestros hermanos; y llegar hasta el extremo: amar no tanto afectivamente sino efectivamente a nuestros enemigos.

Pero, ¿sí seguimos esa senda?

¿Hasta dónde hemos llegado en ese camino? Por ejemplo, ¿cuáles hechos atestiguan que evidentemente amamos a nuestros enemigos? ¿cuántos? ¿No es verdad que contestamos las ofensas, los golpes? ¿No peleamos hasta con los que se nos atraviesan cuando manejamos, con los que nos quitan el taxi o el puesto en el bus? Entonces, ¿hasta dónde llevamos a cabo eso de «poner la otra mejilla»?

Esta semana que pasó, ¿cuántas oraciones hicimos por los que nos injurian?, ¿cuántas veces bendijimos a los que nos maldicen?, ¿a cuántos de los que nos odian les hicimos el bien?

¿Cumplimos con aquello de que «a quien te pide dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames»?

Vale la pena hacer un examen para ver lo que ha sido de nuestra vida católica hasta hoy. ¿Con qué estamos comprometidos? ¿Qué dirían si nos vieran los que profesan otro credo?, ¿nos verían como prototipos de cristianos?

Es posible que en nuestro corazón nazca el pensamiento de que eso es imposible, que es solo para santos.

Oigamos lo que responde el mismo Jesús: si somos compasivos, si no juzgamos a nadie ni lo condenamos, si aprendemos a perdonar y a dar, tendremos un gran premio que se nos verterá en una medida generosa como ninguna, colmada, rebosante y, lo que es mejor, seremos —ahora sí— hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y con los agradecidos.

Ya escuchamos a Jesús; ahora, ¡a trabajar para dar ejemplo!

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Ciclo C, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2012

La felicidad auténtica

 

Todo lo que anunció el profeta Baruc es la expresión de la felicidad auténtica, como la entendían en el Antiguo testamento: que se abajen todos los montes elevados y las colinas encumbradas, que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, que los hijos de Dios caminen con seguridad guiados por la gloria de Dios, que el boscaje y a los árboles aromáticos le hagan sombra, que Dios los guíe con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia… ¡Que seamos felices de verdad!

Y para conseguir este fin, nos pide san Juan Bautista, ya en el Nuevo Testamento: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios». Esto quiere decir que la felicidad verdadera se da a quien endereza lo torcido en su vida, esto es, a quien se convierte.

Convertirse es todo un itinerario: primero es dejar de pecar; después es reducir los defectos y ganar virtudes; más adelante es buscar y conseguir la unión con Dios, el Amor de los amores, el único que llena nuestras ansias de felicidad.

Por eso, san Pablo, en la segunda lectura, desea que nuestro amor «siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores».

Hagamos caso a Dios, que nos dice por intermedio del profeta Baruc: despojémonos de nuestro vestido de luto y aflicción y vistámonos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da, envolvámonos en el manto de la justicia de Dios y pongámonos en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo».

Así llegaremos al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.

Y podremos gritar eternamente: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres […] La boca se nos llena de risas, la lengua de cantares».

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Ciclo C, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 26, 2012

Quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad

Iniciamos hoy el tiempo de Adviento, recordando ambas venidas de Jesús: la primera —lleno de misericordia— para pagar nuestros pecados; la segunda —lleno de justicia— para dar a cada uno lo que le corresponda, después de habernos dado infinidad de oportunidades para enmendarnos.

Por eso, conviene que revisemos nuestra conducta de modo que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de todos sus santos, nos presentemos santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre, como lo recomienda san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses.

Él mismo nos dice qué y cómo debemos pedir: Que el Señor nos colme y nos haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, y que así nos fortalezca internamente. Asimismo, nos ruega y exhorta: «han aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues procedan así y sigan adelante. Ya conocen las instrucciones que les dimos, en nombre del Señor Jesús.»

Y, ¿cuáles son esas instrucciones? Las mismas que nos hace Jesús: «Tengan cuidado: no se les embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se les eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estén siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manténganse en pie ante el Hijo del hombre.»

Porque «habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad.»

Cuando empiece a suceder esto, como lo dice Jesús, habrá algunos que se levantarán, alzarán la cabeza y se darán cuenta de que se acerca su liberación: se salvarán y vivirán tranquilos. ¿Estaremos entre ellos?

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Ciclo B, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2012

‘Apártate, Satanás’

¿Por qué razón le grita Jesús a san Pedro: «Apártate», es decir, «Lárgate», y lo llama nada menos que «Satanás».

Solo hay una: porque «piensa como los hombres, no como Dios».

Conviene saber, por lo tanto, qué es pensar como los hombres y qué es pensar como Dios. En el mismo texto está la respuesta: pensar como los hombres es rechazar eso de «sufrir mucho». En cambio, pensar como Dios es cumplir la Voluntad del Padre —para su gloria y honra, para salvar a las almas y para que se instaure su Reino de Amor aquí en la tierra—, aunque esto implique «sufrir».

Por eso, inmediatamente después, Jesús explica a la muchedumbre que el que quiera seguirlo, debe renunciar a sí mismo y tomar su Cruz. No cualquier cruz: la Cruz de Jesús, esto es: sufrir como Él.

Así pues, quien rechaza el sufrimiento que Dios nos permite, está en la misma posición de san Pedro cuando se escandalizó de la Cruz, y podría escuchar el «lárgate» de Jesús y ser tratado por Él como el mismísimo Satanás.

Asimismo, en la carta que escribió san Pablo a los Filipenses, él les dice: «Sean imitadores míos, hermanos, y fíjense en los que siguen nuestro ejemplo. Porque muchos viven como enemigos de la Cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando».

San Pablo llora, porque sabía que muchos cristianos rechazarían la Cruz. ¿Estamos en este grupo? ¿No nos damos cuenta de que la Cruz es el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia? Ese fruto es, en primer lugar, nuestra salvación, la felicidad eterna en el Cielo. Y es el único modo de que lleguemos a hacer de este un mundo mejor: cuando el egoísmo desaparezca, cesarán todos nuestros males.

Para lograrlo, digamos con el profeta Isaías: «El Señor me ayuda».

Y no le tengamos miedo a la Cruz; repitamos con él: «Tengo cerca a mi defensor».

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Ciclo A, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2011

Preparados para la muerte

«La muerte no es una posibilidad ni una opción; es una realidad ineludible.» Ninguna frase tiene tanta contundencia como esta.

El ser humano pertenece a la única especie que se ha percatado de tener un alma inmortal, y es también el único que sabe que hay otra vida tras la muerte. Por eso, entre todas las metas, emerge la imperiosa necesidad de prepararse para la muerte propia y la de los seres queridos.

Sin embargo, el ser humano moderno se prepara más para el futuro inmediato: las mujeres y hombres de hoy están siendo inducidos a tener seguros para todo. Nos estamos preparando para lo eventual, para lo que pueda pasar. Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Y, ¿cómo prepararnos? Como las vírgenes del Evangelio de hoy, teniendo preparado el aceite: hacer la voluntad de Dios.

Así sucederá lo que nos dice la segunda lectura: cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del Cielo; y resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros nos reuniremos con ellos, llevados en las nubes al encuentro del Señor, allá arriba. Y estaremos con el Señor para siempre, inmensa y eternamente felices, junto a nuestros seres queridos.

Esta es la verdadera sabiduría: hacer la voluntad de Dios. Un director espiritual nos puede orientar; aprendamos nuestra Fe leyendo y meditando el Catecismo de la Iglesia Católica, luego la Biblia, después el Código de derecho canónico y los documentos de la Iglesia… Y vivamos de acuerdo con esa doctrina.

Apasionarse por esta sabiduría, como dice el libro de la sabiduría en la primera lectura de hoy, es la mejor de las ambiciones; el que trasnocha a causa de ella estará pronto sin preocupaciones. Y, lo que es mejor, se habrá preparado para la única realidad inevitable del ser humano.

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Ciclo A, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2011

Servir al Rey y reinar con Él

Estamos acostumbrados a recordar con algo de preocupación el Evangelio del día de hoy. Es que asusta un poco eso de que algunos serán puestos a su izquierda y oirán de boca de Dios: «¡Malditos, aléjense de Mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!»

Pero vale la pena revisar las otras lecturas para descubrir que Dios está aquí, que viene en busca de sus ovejas; se ocupará de ellas como el pastor que se ocupa de su rebaño, las llevará a descansar. Incluso buscará a la que esté perdida, volverá a traer a la que esté extraviada, curará a la que esté herida, reanimará a la que esté enferma, velará por la que esté sana; las cuidará con justicia.

Después, el universo entero le quedará sometido, y así vencerá al mal, y pondrá a todos sus enemigos bajo sus pies, hasta el último de sus enemigos: la muerte.

Solo el Rey de reyes, el Señor de los señores, el dueño de la creación puede lograr todo eso. Por tal razón, se celebra hoy la solemnidad de Cristo Rey.

Súbditos de ese eterno soberano como somos, podremos llegar a escuchar su alentadora promesa: «Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo».

¿Vimos hambrientos y les dimos de comer? ¿Vimos sedientos y les dimos de beber? ¿Vimos forasteros y los recibimos, o sin ropa y los vestimos? ¿Vimos enfermos o en la cárcel, y los fuimos a ver? El Rey dijo que cuando lo hicimos con alguno de los más pequeños de sus hermanos, se lo hicimos a Él.

A estas obras de misericordia corporales hay que añadir las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir con cariño y prudencia al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofensas, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por los vivos y por muertos.

¿Queremos vivir inmensamente felices en el Cielo, junto al Rey? En este momento, al final del año litúrgico, ¡qué bien cae este examen de conciencia! Comencemos este año que viene con el propósito firme de servir.

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Ciclo A, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2011

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿A quién predicamos?

Todos podemos estorbar los planes de Dios. De hecho, lo hemos obstaculizado siempre que omitimos hacer el bien que podíamos, cuando pensamos mal, cuando al hablar suscitamos el mal, cuando hacemos el mal…

Las lecturas de hoy hacen referencia a un mal que estorba más que todos los demás males: la soberbia. Y en la soberbia caemos todos cuando, por ejemplo, al ver que no hacemos tanto mal como otros, nos juzgamos superiores; cuando creemos que somos buenos católicos y por eso nos sentimos mejores que los demás; cuando cumplimos los deberes cristianos… Es que la soberbia es tan sutil, que a veces ni nos damos cuenta de que se nos cuela con apariencias de bien.

Pero el escándalo, es decir, las acciones o palabras que son causa de que otros obren mal o piensen mal, es el que más daño hace a los designios de Dios: aquel sacerdote, catequista o predicador que no es capaz de predicar a Cristo, sino de predicarse a sí mismo.

También aquellos los que se engríen por hacer las lecturas de la Misa, por acolitar, por cantar en las celebraciones o por repartir la comunión…, están impidiendo que la gracia de Dios llegue a las almas; están siendo obstáculo de Dios: creen que son servidores de Dios, pero se predican a sí mismos.

Además, se hacen merecedores de que Dios, como dice la primera lectura, les lance la maldición, porque ninguno toma su oficio en serio, y porque se han desviado del camino, según dice el Señor de los ejércitos, y han hecho que muchos tropiecen.

La actitud correcta es la que san Pablo nos presenta hoy: a pesar de que los apóstoles de Cristo habían podido aparecer como grandes, se hicieron pequeños: ni siquiera valoraban su propia vida: estaban dispuestos hasta a darla por Cristo.

O, como dice Jesús en el Evangelio: El más grande entre ustedes será el servidor de todos. Porque el que se pone por encima, será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto.

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Ciclo A, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 31, 2011

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente?

San Pablo dice hoy que el Evangelio que les llevó a los habitantes de Tesalónica no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo.

Ese mismo Evangelio nos llegó a nosotros; alguno podría decir que ahora no hay milagros ni se ve el Espíritu Santo. ¿Por qué? Quizá porque en nosotros «se quedó solo en palabras»…

Y, ¿cómo hacer para que no se quede sólo en palabras? La respuesta está en la misma lectura: los tesalonicenses se hicieron imitadores de los apóstoles y del mismo Señor, y se pasaron de los ídolos a Dios, empezando a servir al Dios vivo y verdadero, y esperando que venga del Cielo el que nos liberaría: Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos.

Actuando así podremos demostrar a Dios nuestro agradecimiento y nuestro amor: cumpliendo los mandatos que nos dio desde el Éxodo, como nos lo narra la primera lectura: no maltratar, ni oprimir a los extranjeros; no hacer daño a la viuda ni al huérfano; si se le presta dinero al pobre, no ser como el usurero, no exigirle interés; si se toma prestado, devolver a tiempo lo prestado.

Ese agradecimiento y ese amor nos debe mover a buscar cómo agradar a Dios todos los días de nuestra vida: que nuestras obras, palabras y pensamientos sean de su gusto, que con ellos le demos parte de la gloria que se merece, pues es mucho lo que le debemos: nos dio la vida, la salud, nuestros seres queridos, el sustento diario; la creación, la Encarnación del Hijo de Dios, la Redención, la Iglesia, los sacerdotes que nos guían y administran los Sacramentos, su presencia real entre nosotros en la Eucaristía… Nunca terminaríamos de enumerar lo que Dios nos ha dado, y que nos muestra su infinito amor por nosotros.

Por eso, Jesús dejó claro que todo lo que debemos cumplir está encerrado en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Qué tan lejos estamos de amar con esas dos medidas? Pensémoslo un instante.

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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Ciclo A, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 18, 2011

El traje de fiesta

Así como se vio el domingo pasado, nuestra historia es como la de los invitados a las bodas: no hicimos caso, sino que nos fuimos, unos a nuestros campos y otros a nuestros negocios. Otros tomaron a los servidores del rey, los maltrataron y los mataron.

¿Acaso no sabemos que la Iglesia busca siempre nuestra felicidad?, ¿que Jesús fundó la Iglesia Católica para auxiliarnos en este mundo y llegar así a la dicha eterna? ¿Hacemos caso a lo que nos dice esa su Iglesia? ¿Averiguamos dónde comprar los escritos del Santo Padre, del Concilio, de los sínodos, para leerlos y llenarnos de esa instrucción? ¿Escuchamos con atención la homilía de la Santa Misa, para ponerla por obra la semana siguiente? ¿Acudimos a la dirección espiritual?…

O, por el contrario, ¿vivimos concentrados en nuestros negocios?

Si hacemos lo primero habremos, digamos, «comprado» parte de la verdadera paz interior: vivir junto a Dios, llenos de su sabiduría. Con Él sabremos —como san Pablo nos lo dice en la segunda lectura— pasar privaciones y vivir en la abundancia. Estaremos entrenados para todo y en todo momento: a estar satisfechos o hambrientos, a vivir en la abundancia o en la escasez. Todo lo podremos en aquel que nos fortalece.

La Iglesia nos invita a entrar a la Misa con el traje adecuado: vivir los mandatos de amor que Dios nos dio a través de Moisés y de la Iglesia, y a confesarnos cada vez que los dejamos de cumplir. Y así hallaremos la felicidad que tanto buscamos: nos ganaremos el derecho a entrar en el banquete de la Carne y Vinos escogidos del que nos habla Isaías: el banquete del Cielo, donde se destruirá para siempre la Muerte. ¡El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros!

Mientras tanto, tenemos el derecho a entrar a estas bodas terrenales —la Eucaristía—; hagámoslo con el traje adecuado, pues con pecado mortal sería un sacrilegio comulgar y ofenderíamos de nuevo a nuestro amado Bienhechor.

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Ciclo A, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2011

El amor de corregir

San Pablo nos dice hoy que el amor no hace nada malo al prójimo. Quizá esto lo saben quienes repiten la frase: «Yo no le hago mal a nadie».

Pero en la primera lectura se encuentra algo un poco más difícil de vivir: cuando amamos a alguien que como todo ser humano se equivoca, peca, debemos llamarle amorosamente la atención. Dice Ezequiel que si no le hablamos de su mala conducta, el que actúa mal será castigado debido a su pecado, pero que Dios nos pedirá cuentas por ello. Si le llamamos la atención por su mala conducta y no se aparta de ella, morirá, pero nosotros no tendremos nada qué temer.

En el Evangelio, el mismo Jesús enseña que si mi hermano ha pecado, debo hablar con él a solas para reprochárselo. Si me escucha, habré ganado a mi hermano. Si no me escucha, debo ir con una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si tampoco escucha, la Iglesia puede reprobarlo, ya que Él —el que la fundó— dijo: «Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.»

Todo esto implica una obligación de amor: corregir al que yerra. ¿Le hemos dicho por amor y amor, a aquel pariente que vive en unión libre o casado «por lo civil» que así se aleja de la auténtica felicidad y ofende a Dios?; ¿le explicamos que pasar a comulgar viviendo así es sacrilegio? ¿Le recordamos a ese otro amigo el bien que recibiría si asistiera a la Santa Misa los domingos y fiestas? Y a ese compañero que cobra el porcentaje indebido o a ese otro que le es infiel a su esposa, ¿les recordamos Dios los está mirando?… En esto consiste el amarlos.

Otra cosa: Jesús dice que primero se debe hablar con el interesado, a solas. ¿Hacemos eso o hablamos mal de él a sus espaldas?

Y recordemos que también debemos dejarnos corregir: casi siempre nuestra soberbia no nos deja ver que a veces los que nos corrigen tienen razón. Aceptar los errores también es saber amar. ¿Lo hacemos?

 

 

 

 

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Ciclo A, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2011

¿Quién es Jesús?

Jesús preguntó a sus discípulos: «Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo?». Si se nos hace esa pregunta quizá responderíamos: «Tú eres el Hijo de Dios» o «Tú eres el Salvador». Pero lo que importa no es lo que digamos, es lo que contestemos con nuestra vida:

Algunos, por ejemplo, dicen con sus vidas que Jesús es un mago, una persona que hace milagros; ya que solamente se acuerdan de Él cuando tienen necesidades. Sus vidas transcurren concentradas en las cosas materiales, en sus familias, en su trabajo, en su vida social y, cuando les sucede algo desagradable o les está a punto de suceder, acuden al «mago».

Otros —de los que no hacen mal a nadie— cumplen algunos mandamientos, van a la Santa Misa los domingos y fiestas de guardar, quizá cumplan con la obligación de hacer ayuno y abstinencia los días prescritos y de confesarse una vez al año… Esos, en mayor o menor grado, consideran a Jesús un Dios justiciero al que hay que cumplirle unos requisitos «o si no se pone furioso».

Hay otro grupo de fieles que creen que Jesús no es Dios, sino «un hombre muy bueno». Son todos aquellos que mezclan su fe con la reencarnación, filosofías esotéricas como la Nueva Era, etc.

Para otros, Jesús es la absoluta misericordia, que lo perdona todo, incluso aquellos pecados de los que no nos arrepentimos ni estamos dispuestos a dejar. Estiman estos que Dios, por más perfecto que sea, no puede ser justo…

Nos falta mucho conocimiento del misterio insondable que es Jesús. Nos falta mucho trato con Él, es decir: mucha oración mental. Solo tratándolo podremos conocerlo… ¡Qué profunda es la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios! ¿Cómo indagar sus decisiones o reconocer sus caminos? ¿Quién entró jamás en los pensamientos del Señor?…

Entrando —por la amistad, por el trato íntimo— en ese misterio, nuestra vida gritará con san Pedro: «Tú eres el Hijo del Dios vivo».

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Ciclo A, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2011

El milagro de la Fe

Cada vez que nos cuentan la escena de san Pedro caminando sobre el agua, su miedo y su caída, nos entra en el corazón la idea de que, como él, también nos hundiríamos por nuestra falta de fe.

Efectivamente, es frecuente que en nuestra vida nos hayamos encontrado con muchos episodios en los cuales dudamos de Dios o, lo que es lo mismo, confiamos más en otras cosas: nuestras capacidades, estudios, experiencia, el haber aprendido a sortear algunos problemas y otras habilidades más…

Otras veces, lo que nos sucede es que pretendemos que Dios actúe siempre en forma extraordinaria, con milagros…

O creemos que se presenta solamente con signos portentosos visibles, como le pasó a Elías, según cuenta la primera lectura. Hoy Dios no acostumbra a venir de un modo prodigioso o extraordinario; lo hace casi siempre en forma callada, velada, en el silencio de la oración, como una suave brisa, como dice el texto.

Y se presenta a las almas sencillas, humildes. Si revisamos la historia de la Iglesia, observaremos que los verdaderos milagros se operan en aquellos seres que no están llenos de sí mismos, que se sienten simples criaturas frente a un Dios todopoderoso, que se dan cuanta de sus limitaciones, que trabajan con sencillez por la felicidad de los demás, por la Iglesia, por el Reino de Dios…

Por eso san Pablo nos cuenta en la segunda lectura que siente una tristeza muy grande y una pena continua, hasta el punto que desearía ser rechazado y alejado de Cristo —que es a quien él más añora— en lugar de sus hermanos. Es que él desea que todos seamos inmensamente felices junto a Dios.

Queda como lección que quien desee, con egoísmo, hacer o ver milagros, nunca los hará ni los verá. Pero aquellos que no se buscan a sí mismos, sino que prefieren servir a Dios y a sus hermanos, calladamente, serán testigos del milagro más grande del amor de Dios: la fe, la suave brisa de la conversión, la paz y el gozo interiores que da Dios a los que lo aman verdaderamente.

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Ciclo A, XVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 8, 2011

XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Hambre?

¿De qué tenemos hambre? ¿De alimentos, vestido, vivienda, salud, educación? ¿Es hambre de justicia, de paz o de amor?

Escuchemos lo que Dios nos manda decir por medio del profeta Isaías:

Ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin dinero, vengan; pidan trigo sin dinero, y coman, pidan vino y leche, sin pagar. ¿Para qué van a gastar su salario por cosas que no alimentan? Si ustedes me hacen caso, comerán cosas sabrosas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas. Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.

De todas nuestras necesidades se encarga Dios. Pero alguno encontrará teóricas estas palabras. Dirá que esos milagros ya no se dan, que la realidad es otra…

¿Habrá cosas imposibles para Dios? El Evangelio de hoy narra algo que, aunque a nosotros nos parezca extraordinario, para Dios es algo sencillísimo: de cinco panes y dos pescados sacó alimento para cerca de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. ¿Acaso ese Dios tan poderoso ha perdido su poder? ¿Por qué no se ven ahora esos milagros? Además, cabría preguntar: ¿Puede Dios incumplir una promesa como la que leímos en Isaías?

Lo que sucede no es que a Dios se le haya mermado el poder, es que hay pocos hombres que confían plenamente en Él. Y, ¿cómo confiar más en Él? Nos lo explica la segunda lectura cuando dice que en todo saldremos triunfadores gracias a Aquel que nos amó. La confianza comienza cuando retornamos el amor que Dios nos da, buscando hacer su voluntad y no la nuestra. Además, debemos recordar tres cosas: Dios lo puede todo; Él nos ama más que lo que nos podemos imaginar; Él sabe qué es lo que nos conviene.

Solo así lograremos hacer realidad lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas espirituales, ni ninguna otra criatura podrán apartarnos del amor de Dios.

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Ciclo A, XVII domingo de Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 2, 2011

El mejor negocio del mundo

Las palabras: «Te doy sabiduría e inteligencia como nadie la tuvo antes de ti ni la tendrá después» pueden parecer anecdóticas, porque ser inteligentes y sabios es algo poco valorado actualmente. Hoy, para muchos, lo que importa es tener dinero y poder para disfrutar de la vida presente: placeres, admiración, fama…

Por eso, resulta también pintoresca la historia de Salomón y la de otros muchos que llenan las páginas de las biografías de hombres célebres que, según el juicio del mundo, no supieron vivir.

Sin embargo, al revisar las vidas de quienes se llenaron de posesiones, placer, dinero, fama y aplausos, podemos encontrarnos con la sorpresa de que las estadísticas muestran que en ellos hubo —y hay— más tratamientos psicológicos y psiquiátricos, más búsqueda infructuosa de la verdad… y más suicidios.

Al leer hoy la carta de san Pablo a los Romanos podemos descubrir en ella algo que puede ayudar a tantos problemas psicológicos, algo que da la paz. En uno de sus apartes dice: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman». Esto quiere decir que el Creador nuestro ofrece a sus criaturas el verdadero bienestar, la auténtica felicidad.

Es indispensable que recordemos lo que pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí ya no habrá oportunidad para arrepentirse; ahora sí.

En el Evangelio, Dios mismo nos lo repite de una manera más clara: El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo; el hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo. También es como un comerciante que busca perlas finas; si llega a sus manos una de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra. Esta es, pues, la mejor inversión de la vida: vender todo el egoísmo, el afán desmesurado de placer, los apegos a las cosas y el deseo insano de alabanzas o de poder, y cambiarlos por bienestar eterno, por felicidad imperecedera, por Cielo.

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Ciclo A, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2011

¿Acabar el mal con el mal?

A todos nos ha pasado: al ver todo el mal que hay en el mundo, deseamos destruirlo cuanto antes, destruyendo a quienes lo causan. Querríamos que desaparecieran los que hacen el mal.

Pero Dios —el Todopoderoso, el Dueño de toda la fuerza— no actúa así: es paciente y sabe esperar y, además, perdona, como dice hoy el libro de la sabiduría: «Tu fuerza es el fundamento de tu justicia; como eres el dueño de todas las cosas, puedes también perdonarlas». Así se muestra la verdadera fortaleza: perdonando. Quien es grande, sabe perdonar.

Y sabe esperar, como se muestra en el Evangelio de hoy. Mientras los seres humanos ansían acabar pronto con el mal, Dios, el Eterno, sabe esperar. Solo hasta el fin del mundo será recogida toda la cizaña —el mal—, y será quemada en el horno eterno.

Aunque es un Señor poderoso, juzga con moderación y nos gobierna con mucha paciencia, porque es libre de intervenir cuando quiera, y ha dado a sus hijos esa dulce esperanza: después del pecado le permite que se arrepientan.

¿Qué vamos a hacer, pues, con nuestros pecados? ¿Qué esperamos? ¿Vamos a aprovechar esta oportunidad? Todavía estamos en tiempo.

La pregunta que nace es cómo hacerlo. Y la segunda lectura nos da la respuesta: Somos débiles pero el Espíritu viene en nuestra ayuda. No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo pide por nosotros, sin palabras, como con gemidos. Y aquel que penetra los secretos más íntimos entiende esas aspiraciones del Espíritu, pues el Espíritu quiere conseguir para los santos lo que es de Dios.

Hay que destacar la palabra «santos» del párrafo anterior. Ser santos es cumplir la Voluntad de Dios: los mandamientos de Dios y los de la Iglesia. Si no los hemos cumplido, ¡a confesarnos! Y luego, a buscar en la oración el modo de actuar cada momento para agradar a Dios, en nuestras relaciones con Él, con los demás y con la naturaleza que Él nos dio.

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Ciclo A, XV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 18, 2011

¿Por qué no reaccionamos?

 

Es angustioso el clamor de san Pablo: Vemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto. Y también nosotros, aunque ya tengamos el Espíritu como un anticipo de lo que hemos de recibir, gemimos en nuestro interior mientras esperamos nuestros derechos de hijos de Dios y la redención de nuestro cuerpo.

Quizá esa angustia se deba a que no se ha cumplido todavía en nosotros lo que había dicho Dios, siete siglos antes, a través del profeta Isaías: «Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y haberla hecho germinar, para que dé la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la Palabra que salga de mi boca».

Efectivamente, al mirar la situación del mundo, si nos percatamos que solo un poco más de un millón de seres humanos (el 17% de la humanidad) son católicos, diremos que la palabra de Dios no ha calado aún en el mundo…

Jesús lo expresa así: «Este es un pueblo de conciencia endurecida. Sus oídos no saben escuchar, sus ojos están cerrados. No quieren ver con sus ojos, ni oír con sus oídos y comprender con su corazón…; los convertiría y los sanaría».

Sabemos cómo mejorar este desastroso panorama: la solución es oír la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

Pero algunos, cuando oyen la Palabra del Reino, no la profundizan: viene entonces el Maligno y les arrebata lo que fue sembrado en su corazón.

Otros oyen la Palabra y la reciben con alegría pero, apenas sobreviene alguna contrariedad o persecución por causa de la Palabra, se vienen abajo.

Y a la mayoría, las preocupaciones de esta vida y los encantos de las riquezas les ahogan esta Palabra, y al final no producen fruto.

En cambio, los que oyen la Palabra y la ponen en práctica, ciertamente dan fruto y producen treinta, sesenta o cien veces más.

¿A cuál de estos cuatro grupos pertenecemos?

¿A cuál queremos vincularnos hoy?

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Ciclo A, XIV domingo del Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2011

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

La paz prometida

Zacarías nos dice hoy a los católicos que saltemos llenos de gozo, que lancemos gritos de alegría. Esas suelen ser las cosas que hacemos al conseguir triunfos, cuando logramos una meta luchada por mucho tiempo: el «sí» de la novia a la propuesta de matrimonio del novio, una graduación, un premio por una investigación, un ascenso en la empresa…

Pero el profeta de la primera lectura nos da la razón más trascendental: el que viene sentado en un burrito dictará la paz a las naciones.

Desdichadamente, ya han pasado más de dos mil años desde que Jesús entró a Jerusalén, triunfante, montado en ese burrito, y no se ve la paz anunciada. ¿Qué pasó? ¿Acaso fracasó Dios?

En la segunda lectura se nos empieza a explicar la razón: los bautizados ya no deben estar en la carne, sino vivir en el espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en ellos. Y la paz proviene de quienes viven en el Espíritu de Dios.

Y, ¿quiénes tienen ese espíritu? No los que viven según la carne, pues si viven según la carne, necesariamente morirá en ellos la paz; más bien los que dan muerte a las obras del cuerpo mediante el espíritu, y viven. Preguntémonos: ¿Vivimos todavía según las normas de este mundo, de la carne?

En el Evangelio, Jesús completa la explicación: «Yo te alabo, Padre, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla… Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.» ¡La paz prometida!

Pero, ¿somos gente sencilla? Es una condición que Él exige. ¿O, más bien nos creemos «sabios» y «entendidos»?

¿Somos, como Él, mansos y humildes de corazón? ¿Lo escuchamos cuando nos invita: Vengan a mí los cansados…, carguen con mis leyes suaves y ligeras?

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Ciclo A, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en julio 5, 2011

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Lo que le falta al mundo

«He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los ellos no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio.»

Fueron las palabras que escuchó santa Margarita María de Alacoque.

Dice el Deuteronomio que el Señor se enamoró de nosotros y, por eso, nos eligió: somos su pueblo, el pueblo de su predilección.

Y san Juan nos muestra que Dios ha querido revelársenos explícitamente como el Amor: amor tan grande que se entrega como Víctima por nuestros pecados.

A cambio de ese desbordante e infinito amor, no nos pide sino que tengamos un corazón como el suyo: manso y humilde.

La mansedumbre y la humildad nos harán tener buenas relaciones tanto con los demás seres humanos como con Dios, pues nos ubica en el lugar que nos corresponde: somos simplemente pequeñas criaturas, llenas de imperfecciones, pecadoras, necesitadas de la gracia para corresponder a todo ese amor.

Si permitimos que la gracia de Dios haga su trabajo en nosotros, llegará un día en el que nos percataremos de nuestra indigencia, de nuestra impotencia y de nuestra ignorancia. Entonces seremos conscientes de la verdad —la humildad es la verdad, decía santa Teresa de Jesús—: nuestra pequeñez, unida a la herida que nos dejó el pecado original y a las seducciones del Maligno, requiere de la ayuda de la gracia divina que dan los Sacramentos que brotaron del costado del Corazón de Jesús, que se sigue poniendo como ejemplo, con su mansedumbre y humildad, para destruir nuestras violencias y soberbias.

Pidiéndole estas virtudes al Señor, destruiremos el pecado que hay en nosotros, aparecerá la paz entre los hombres y, sumisos al Señor, terminaremos por fin la tarea que nos señaló desde el comienzo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».

Será entonces una realidad la fraternidad universal, que propiciará la formación de la Nueva Jerusalén aquí en la Tierra: la plenitud del amor.

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Ciclo A, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 28, 2011

El gran misterio que nos llenará de dicha

El Señor es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad, nos dice la primera lectura. Ante esa realidad, debemos contestar como Moisés: «Señor, si realmente nos miras con buenos ojos, ven y camina en medio de nosotros; aunque seamos un pueblo rebelde, perdona nuestras faltas y pecados, y recíbenos por herencia tuya».

De hecho, eso fue lo que sucedió: Jesús le dice a Nicodemo en el Evangelio —y nos dice hoy a todos— que ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no lo envió al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a Él.

Efectivamente, Dios Padre, compadecido de la suerte de los hombres tras el pecado original, envió a Dios Hijo para que pagara la factura que debíamos por nuestros pecados y así quedáramos libres de nuestra culpa.

Ahora, Dios Espíritu Santo, es decir, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, se hace presente entre nosotros, especialmente cuando nos bautizamos, porque nos limpia del pecado original y cuando nos confirmamos, porque ese mismo Espíritu Santo nos está fortaleciendo como soldados de Cristo en la lucha contra el mal. Del mismo modo, son las Tres Personas divinas las que nos perdonan los pecados cuando nos confesamos, las que nos preparan el viaje a la eternidad cuando se nos administra el sacramento de la Unción de los Enfermos, las que unen sacramentalmente a los que se casan, las que ordenan a los sacerdotes…

En la segunda lectura, san Pablo nos alienta diciendo que estemos alegres, que sigamos progresando, que nos animemos mutuamente, que tengamos un mismo sentir y que vivamos en paz, pues el Dios del amor y de la paz, la Santísima Trinidad —toda la belleza, toda la bondad, toda la sabiduría— estará con nosotros.

Invoquemos a la Santísima Trinidad diciendo todos los días: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo», mientras esperamos disfrutarla, dichosos, el Cielo.

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Ciclo A, Domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2011

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

¿Milagros?

Lo que quizá más impresiona de las lecturas de la solemnidad de hoy es que en nuestros días no vemos con frecuencia a los actuales apóstoles (los obispos) ni a los actuales discípulos (los presbíteros) hablar en lenguas ni realizar milagros.

Pero no lo vemos porque no tenemos abiertos los ojos del espíritu para ver cómo la enseñanza de la Iglesia ha llegado en casi todos los idiomas a numerosos países, y así se han roto las barreras que nos separaban antaño:

Es bello saber de hombres o mujeres que en el otro lado del planeta celebran la Eucaristía como nosotros, o enterarse de la devoción mundial a la Santísima Virgen María. ¡Qué hermoso es descubrir a dos católicos de distinta nacionalidad y lengua rezar el Santo Rosario juntos y que uno conteste al otro, sin conocer su idioma, pero sabiendo qué se está diciendo al orar! Da alegría enterarse de que en todas partes del globo terráqueo hay comunidades apostólicas que dan testimonio del mensaje de amor del Evangelio… En fin, se puede decir que la Iglesia rompió las fronteras. Y esto es obra del Espíritu Santo. Las actividades apostólicas se abren como un abanico expresando, en el orbe entero, las diferentes facetas de la acción del Espíritu Santo, las acciones de cada una de las partes del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.

Otra realidad que no se ve es la acción del Espíritu Santo en las almas: poco a poco y en el silencio de las vidas individuales, se está llevando a cabo una transformación patente y auténtica: ciegos para las cosas de Dios que recuperan la vista, sordos al mensaje evangélico que comienzan a escuchar, paralíticos del espíritu que ahora empiezan a recorrer los caminos del amor de Dios…, y hasta muertos que, por sus pecados estaban destinados al infierno, que resucitan a la vida de la gracia.

¿Hacemos patente e innegable en nuestras vidas que, con el Espíritu Santo, nos llegan sus siete dones y sus doce frutos? ¿Vivimos, por ejemplo, el fruto de la paz, que tanto necesitamos?

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