Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 21, 2012

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

San Pablo, ¿machista?

Esa es la impresión que se llevan muchos al leer este versículo de la carta de Pablo a los Efesios: «Las mujeres, que se sometan a sus maridos».

Pero lo que pocos destacan es el texto que continúa: «Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia». E, inmediatamente después, concreta cómo lo hizo: «Se entregó a sí mismo por ella».

«Obras son amores y no buenas razones», dice el sabio adagio. ¿Cuántos esposos aman así a sus esposas? ¿Cuántos están trabajando —dando la vida— por ellas? ¿Cuántos dejan a un lado el egoísmo para dedicarse con todas las fuerzas a hacer felices a sus esposas? ¿Cuántos esposos han sido capaces de sufrir, como Jesús, por amor a sus esposas? El llamado de san Pablo es categórico: «Así deben también los maridos amar a sus mujeres». ¿Podrá esto tomarse como machista?

He aquí, más bien, la perfección del amor conyugal:

Un hombre que ama de verdad a su esposa destina todas sus fuerzas a hacerla feliz, busca solo su bienestar, con toda su alma, con todo su corazón, con todo su ser, haciendo a un lado sus egoísmos y hasta sus metas más nobles, pues sabe que no hay mayor nobleza que amar.

Y una mujer que, como dice esta carta, es amada así, ¿cómo no va a ser condescendiente con su marido? Al sentir ese apoyo moral y psicológico, ¿no se someterá a él sin reservas?, ¿no sentirá que él es, efectivamente, su cabeza, como dice san Pablo?

Finalmente, ¿no sería este el ejemplo ideal para los hijos? Si ambos esposos actúan como lo pide la Palabra de Dios, se verá nacer y crecer una nueva generación, libre de egoísmos y de machismo, y se formarán hogares con más sentido de la dignidad de la mujer y del hombre. Como consecuencia lógica, ya sana la célula de la sociedad —la familia—, se hará por fin un cambio verdaderamente positivo en todo este “organismo” social que es la humanidad.

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Tiempo de Navidad*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 11, 2011

 

(Desde la Vigilia de Navidad hasta el Bautismo del Señor)

 

1.- Exposición dogmática

Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida de Juez.

Desde Navidad sigue la Iglesia paso por paso a Jesucristo e su obra redentora, para que nuestras almas, aprovechándose de todas las gracias que de todos los misterios de su vida fluyen, sean —como dice S. Pablo— «la esposa sin mácula, sin arruga, santa e inmaculada», que podrá presentar Cristo a su Padre cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo. Este momento, significado por el postrer domingo después de Pentecostés, es término de todas las fiestas del calendario cristiano.

Al recorrer las páginas que el Misal y la Liturgia de las Horas dedican al tiempo de Navidad, se ve están especialmente consagradas a los misterios de la infancia de Cristo.

La Liturgia celebra la manifestación al pueblo judío (Natividad) y al gentil (Epifanía) del gran Misterio de la Encarnación, que consiste en la unión en Jesús del Verbo «engendrado de la substancia del Padre antes que todos los siglos», con la humanidad, «engendrada de la substancia de su Madre en el mundo». Y ese Misterio se completa mediante unión de nuestras almas con Cristo, el cual nos engendra a la vida divina. A todos cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios. La afirmación del triple nacimiento del Verbo, que recibe eternamente la naturaleza -divina de su Padre, que «eleva a sí la humanidad» que le da en el tiempo la Virgen santísima, y que se une en el trascurso de los siglos a nuestras almas, cons­tituye la preocupación de la Iglesia en esta época.

a. – Nacimiento eterno del Verbo

Dice san Pablo que «Dios habita en una inaccesible luz» y que, precisamente para darnos a conocer a su Padre, baja Jesús a la tierra. «Nadie conoce al Padre si no es el Hijo, y aquel a quien plugiere al Hijo revelarlo». Así el Verbo hecho carne es la mani­festación de Dios al hombre.

A través de las encantadoras facciones de este Niño recién nacido, quiere la Iglesia que columbremos a la Divinidad misma, que, por decirlo así, se ha tornado visible y palpable. «Quien me ve al Padre ve», decía Jesús. «Por el misterio de la Encar­nación del Verbo —añade un prefacio de Navidad— conocemos a Dios bajo una forma visible» y, para asentar de una vez cómo la contemplación del Verbo es el fundamento de la ascesis de este Tiempo, se echa mano de los pasos más luminosos y profundos que hay en los escritos de los dos Apóstoles san Juan y san Pablo, ambos heraldos por excelencia de la Divinidad de Cristo.

La espléndida Liturgia de Navidad nos convida a postrarnos de hinojos con la Santísima Virgen María y san José ante ese Dios revestido de la humilde librea de nuestra carne: «Cristo nos ha nacido, venid, adorémoslo» ; «con toda la milicia celestial» nos hace cantar : «Gloria a Dios» ; y con la sencilla comitiva pastoril nos manda «alabar y glorificar a Dios»; y, por fin, nos asocia a la pomposa caravana de los Reyes Magos, para que con ellos nos «hinquemos delante del Niño y lo adoremos».

b.- Nacimiento temporal de la humanidad de Jesús

«Cuando haya salido el sol en el cielo, veréis al Rey de los reyes, que procede del Padre, como esposo que sale del tálamo nupcial». «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros».

Ese Dios a quien adoramos es la divinidad unida a la humana naturaleza en todo lo que aquélla tiene de más amable y de más débil, de modo que no nos deslumbre su luz, antes nos podamos acercar a Él sin pavor. El ABC de la vida espiritual consiste precisamente en conocer los misterios de la infancia del Salvador y asimilarse su espíritu. Por eso, durante algunas semanas contemplamos a Cristo en Belén, en Egipto y en Nazaret.

María da al mundo su Hijo, lo envuelve en pañales y lo recuesta en el pesebre, y José rodea al Niño de sus cuidados paternales. Es su padre, no ya sólo porque, como esposo de la Virgen, tiene derechos en el Fruto de su vientre, sino también porque —como dice Bossuet— «así como algunos adoptan hijos, así Jesús adoptó un padre».

Por eso, los tres benditos nombres de Jesús, de María y de José son como otras tantas preciosas perlas engastadas en los textos de la Liturgia de Navidad: «María, Madre de Jesús, se había desposado con José»; «Hallaron a María, a José y al Niño», «José y María, Madre de Jesús», «José toma al Niño y a su Madre», « ¡Hijo mío!, ¡tu padre y yo te andábamos bus­cando!»

c. Nacimiento espiritual del Cuerpo místico de Jesús

Pero dice santo Tomás que, «si el Hijo de Dios se encarnó, no fue tanto por Él cuanto por hacernos dioses mediante su gracia»[1].

A la humanización de Dios debe corresponder la divinización del hombre. «El Cristo total —añade san Agustín— lo forman Jesucristo y los cristianos. Él es Cabeza y nosotros miembros». Con Jesús nacemos siempre de un modo más perfecto a la vida sobrenatural, porque el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo[2].

Que toda nuestra actividad no sea sino el resplandor de esa luz del Verbo, que envuelva a nuestras almas. Esa es la gracia propia del tiempo de Navidad, el cual tiene por fin ampliar la divina paternidad, a fin de que Dios Padre pueda decir, hablando de su Verbo encarnado y de todos nosotros: «Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy». Hincadas en tierra las rodillas, digamos con respeto aquellas palabras del Símbolo: «Creo en Jesucristo, que nació del Padre antes que los siglos todos; Dios de Dios, consubstancial al Padre; que bajó de los Cielos y se hizo carne por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre. Creo en la santa Iglesia,que ha nacido a la vida divina por el mismo Espíritu Santo y por el Bautismo.

2. – Exposición histórica

El empadronamiento general que César Augusto mandó hacer por los años de 747-749 de Roma, obligó a José y a María a ir de Nazaret a Belén de Judea. Llegados a aquel lugar, la Virgen benditísima dio al mundo a su Hijo primogénito. Aludiendo a una tradición del siglo IV, que coloca la cuna de Jesús entre dos animales, la Liturgia citaba dos textos proféticos, uno de Isaías: «El buey conoció a su amo y el asno el pesebre de su Señor», y aquél de Habacuc: «Señor, te manifestarás en medio de dos animales».

En los contornos de Belén, los pastores guardaban sus ganados hasta que, avisados por el ángel, corrieron todos presurosos a la gruta. «¿Qué es lo que habéis visto? Decídnoslo. ¿Quién es el que ha aparecido en la tierra?» Y ellos responden: «Hemos visto a un recién nacido y coros de ángeles que alaba­ban al Señor: ¡Aleluya, aleluya!»

Ocho días después el di­vino Infante fue circunci­dado por José, y recibió el nombre de Jesús, según indicación del ángel hecha a José y a María. Cuarenta días después de haber María dado a luz a Jesús, se fue con Él al Templo para ofrecer allí el sacrificio prescrito por la Ley. Entonces vaticinó Simeón que Jesús había de salvar a su pueblo, y que una espada de dolor había también de traspasar el corazón de su Madre.

Tras del cortejo pastoril viene el de los Magos, los cuales llegan del Oriente a Jerusalén guiados por una estrella. Infor­mados por los mismos príncipes de los sacerdotes, caminan hasta Belén, porque allí es donde el profeta Miqueas predijo que había de nacer el Mesías. Y en efecto, allí se encontraron con el Niño y con María, su Madre y, postrándose a sus plantas, lo adoraron. Al regresar a sus tierras no pasaron por Jerusalén, según en sueños se les había advertido.

Herodes, que les había pedido que le dijesen dónde estaba el Niño recién nacido, viéndose burlado por los Magos, se encolerizó sobremanera e hizo matar a todos los niños de Belén, creyendo deshacerse por medio de arte tan inhumano del nuevo rey de los Judíos en quien se temía un terrible competidor. Un ángel se apareció entonces en sueños a José y le dijo que huyese a Egipto con María y con el Niño; y allí vivieron los tres hasta la muerte de Herodes, porque entonces el ángel del Señor se volvió a aparecer a José, mandándole regresar a la tierra de Israel. Mas sabiendo José que reinaba en Judea Arquelao en vez de Herodes su padre, como aquél era también perseguidor, temió por la vida del Niño, y así se retiró a Galilea, al pueblecito de Nazaret.

Los padres de Jesús lo perdieron un día en Jerusalén por las fiestas de Pascua cuando aún sólo tenía doce años; hasta que al cabo de tres días lo encontraron entre los Doctores en el templo. Vuelto a Nazaret, crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres; y de allí fue de donde Jesús salió para el Jordán cuando tenía treinta años, con ánimo de hacerse bautizar por san Juan, y éste, al verlo, declaró a los judíos que Jesús era el Mesías deseado.

 

3. – Exposición litúrgica

Litúrgicamente, el Tiempo de Navidad comienza por la Vigilia de esta solemnidad y termina con la fiesta del Bautismo del Señor (para el santoral este tiempo se extiende hasta la Presentación del Señor y Purificación de la Virgen Santísima, el 2 de febrero).

Se caracteriza por la inmensa dicha que el mundo siente de ver por fin a su Salvador. De ahí que este Tiempo sea de «gran regocijo para todo el pueblo». Con los ángeles, con los pastores, con los Magos sobre todo, primicias de los Gentiles, andemos «embargados de un intenso gozo» y cantemos con la Iglesia un alegre «Gloria in excelsis», ya que sus sacerdotes se revisten de blancos ornamentos, y el órgano recobra su voz melodiosa,

Y esta alegría es tanto mayor cuanto que el nacimiento temporal de Jesús es la prenda de nuestro nacimiento al Cielo cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo.

Jesús nace en medio de las tinieblas, figura de aquellas otras todavía más densas que oscurecían las almas. «Cuando el mundo entero yacía sepultado en el silencio, y la noche había andado la mitad de su carrera, tu Verbo todopoderoso, Señor, bajó de su regio trono» Por eso y por un privilegio especial, se celebra en Navidad una Misa a media noche, seguida de otra a la aurora, y de una tercera ya en pleno día. Y es que, conforme lo hacen notar los santos Padres de la Iglesia, en el momento en que el sol ha llegado a lo más bajo de su carrera y parece renacer, entonces renace también en el mundo el «Sol de Justi­cia». «Cristo nos nació cuando los días empiezan a crecer»[3]. La solemnidad de Natividad el 25 de Diciembre —que corresponde con la fecha del 25 de Marzo—, coincide con la fiesta que los pueblos paganos celebraban en el solsticio de invierno, para honrar el nacimiento del sol. Así cristianizó la Iglesia aquel rito gentil.

La Misa de media noche se celebraba en Roma en la Basílica de Santa María la Mayor —que representa a Belén—, pues en ella se veneran algunos trocitos del pesebre del Salvador, que fue reemplazado por una cuna de plata en la gruta misma en que Jesús nació[4].

Nuestro altar sea el pesebre en que Jesús nace por nosotros, muy especialmente en el día de Navidad, pues en este día los textos de la Misa sólo se refieren al misterio del Nacimiento del Salvador. Al volver a nuestras casas, manifestemos nuestro gusto litúrgico guardando las típicas costumbres de los grandes siglos de fe, en que las fiestas litúrgicas tenían resonancia y se prolongaban hasta el seno íntimo del hogar.

En toda casa cristiana debiera haber un pequeño pesebre, para rezar en torno de él durante este tiempo las oraciones de la mañana y de la noche. De ese modo, los niños comprenderían que en estos festivos días, tan propios para las alegrías infantiles, deben asociarse a los pastorcitos y los Magos, e ir con ellos a adorar a Jesús, reclinado sobre la paja, honrando allí también a su Madre y a su Padre nutricio, que de rodillas le contemplan.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] S. Thom. Summa, III q. 37 a. 3, ad 2

[2] S. León VI, Sermón de la Natividad

[3] Agustín, Sermón de la Natividad.

[4] Aquella gruta era ya a mediados del siglo II visitada por numerosos pere­grinos, y la emperatriz santa Elena hizo erigir en aquel santo lugar una basílica, que quiso que fuera muy modesta, pues Jesús nació en la pobreza. Cuidó de dejar visible parte de la roca, y cuando hacía el siglo VIII la cuna de plata desapareció, se puso un altar en el lugar en que se creía haber nacido el Señor.

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Ciclo C, XVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2010

¿Y si muriéramos hoy?

 

¿Por qué se nos olvidaron las preguntas que nos hacíamos en la juventud? En una de ellas nos interrogábamos acerca de tantas fatigas y preocupaciones en la vida, del sentido de la existencia, del esfuerzo con el que adquirimos las cosas (para luego dejárselas a otros)…

Esas y otras inquietudes han tenido todos los jóvenes en la historia de la humanidad, y están plasmadas en la primera lectura de hoy, extractada de un escrito antiquísimo, mucho antes de Jesucristo. Pero, ¿las hemos respondido?

Ya hace cerca de veinte siglos, cuando vino Jesús, Él mismo nos ayudó a contestar esas preguntas, diciéndonos que evitemos toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son las posesiones las que le dan vida, como lo expresó en el Evangelio de hoy.

San Pablo, por su parte, completando lo que Cristo nos reveló, nos explicó que, si hemos sido resucitados con Cristo, debemos buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; que si queremos ser felices debemos preocuparnos por las cosas de arriba, no por las de la tierra; porque nosotros estamos hechos para estar con Dios, en la gloria eterna, la felicidad para la que fuimos creados.

Y añade que, en consecuencia, debemos hacer morir en nosotros lo que es terrenal, es decir, libertinaje, impureza, pasión desordenada, malos deseos y el amor al dinero, que es una manera de idolatría.

Vivir tras lo terrenal lo llama él «el hombre viejo y sus vicios»; hay que vivir como hombre nuevo, que no cesa de renovarse a la imagen de su Creador, hasta conseguir el perfecto conocimiento para alcanzar la meta de la felicidad.

¿Qué pasaría si, como dice Jesús, esta misma noche nos reclaman nuestra alma?

Nos preocupamos mucho por lo que nos pase en esta vida temporal y, como dice santa Teresa de Jesús, es apenas una mala noche en una mala posada.

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Ciclo B, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 31, 2009

«Y no tenían tiempo»

 

Basta mirar a nuestro alrededor para comprender la autodestrucción paulatina que emprendió la humanidad hace tiempo: homicidios que se producen por todas las «causas» (¡hasta por simples juegos!), secuestros, guerras fratricidas, eliminación de las buenas costumbres, valoración de los demás como sólo peldaños… Urge trabajar por la reedificación de los valores perdidos.

Si analizamos la vida de Jesucristo, nuestro modelo, podremos ver que, desde su infancia en el taller de José hasta los días de su predicación, fue intenso su trabajo por los demás, pues pasó haciendo el bien.

Cuenta san Marcos que Él y sus apóstoles «no tenían tiempo ni para comer». Por eso los invitó a un lugar desierto para descansar un poco. Luego reemprendería su labor salvífica hasta su muerte ignominiosa en el patíbulo de los ladrones, derribando el muro de la enemistad entre el hombre y Dios: el pecado.

Sin embargo, contrasta hoy la actitud de las propagandas de los medios de comunicación, cuando nos invitan a colocar el descanso por encima del trabajo y la diversión como algo más importante que el servicio.

Si bien es verdad que después de una ardua labor conviene restituir las fuerzas para seguir adelante con las metas que nos hemos impuesto, muchos hombres desconocen aún ese milagro de amor que nos acercó, por la Sangre de Cristo, de nuevo a la paz.

Es necesario que todos sepan que Dios los amó y los ama con un amor infinito, que «anuló» en su carne la ley de los mandamientos formulada solo en decretos, dándole así plenitud por la caridad.

Esta labor es imposible sin que participemos todos los hombres bautizados, especialmente nosotros.

El mundo se derrumba y el único que puede salvarlo quiere necesitar de nosotros para hacerlo. ¿Qué vamos a hacer?

¡Respondámosle!

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