Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Humildad’

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2018

Señor Espíritu Santo, haz que haga todo oculto, fusionado a Jesús, e inmolado con Él en la Eucaristía, como la Santísima Virgen: con profundísima humildad, absoluta confianza e intensa intimidad de amor y de dolor; que sirva al Padre con mis trabajos, penas y oraciones, en penitencia constante, alabanza continua y docilidad total; y que sea para los demás una fuente de tu amor, de tu alegría y de tu paz.

Amén.

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La “sabiduría” de este mundo

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 12, 2017

“Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que se piensa, presentar lo falso como verdadero y lo verdadero como falso” (S. Gregorio Magno, Morales, 10, 48. PL 75, 947); pero nosotros “no debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás sino, al contrario, debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios.” (S. Francisco de Asís, BAC 399, Madrid 1978, p. 57)

 

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¿QUÉ CLASE DE CATÓLICO ERES TÚ?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 22, 2017

Hay algunos católicos que pasan los días buscando encontrar los errores de los demás, los de la Iglesia y los del Papa. Pero hay otros que están concentrados más bien en luchar contra sus propios defectos para alcanzar la santidad.

Hay algunos católicos que no se dan cuenta de todo el tiempo que pierden leyendo artículos, escuchando audios o viendo videos que muestran la terrible situación de la Iglesia, pues nada pueden hacer al respecto; y tampoco se dan cuenta de que no logran nada reenviando esos archivos, escandalizándose con ayes y lamentaciones. Por el contrario, otros se dedican a insuflar santidad a los demás por la comunión de los santos, trabajando en paz por el Reino de Dios y su Justicia.

Hay unos católicos que se creen y se erigen en jueces del Papa y de la Iglesia: afirman con certeza lo que leen, escuchan o ven en las redes sociales, como si hubieran sido testigos de los hechos, sin corroborarlos ni tener en cuenta cuán fácil es hacer montajes con la tecnología de hoy; y si conocieron y verificaron un hecho verídico, olvidan que el Señor advirtió que no debemos juzgar y que con la misma medida con la que juzguemos seremos juzgados. En cambio, hay otros que no se atreven a dudar de sus superiores: dejan a Dios el juicio del Papa, de los Cardenales, de toda la jerarquía eclesiástica, y se dedican a procurar cumplir sus propias responsabilidades de la mejor manera posible, para dar la mayor gloria a Dios.

En fin: hay unos católicos llenos de soberbia, y otros que son verdaderamente humildes y mansos de corazón, como su Maestro, el Señor Jesús.

 

¿Desea ampliar conceptos al respecto?:

https://www.4shared.com/s/f8ykEBC5Vca

 

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Las ‘riquezas’ de la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2017

 

—Ese Vaticano es riquísimo. ¿Por qué no venden todas esas obras de arte y esos edificios, para darle el dinero a los pobres?

—El Papa vive en medio de riquezas, mientras hay millones de personas muriendo de hambre.

—¿No predican la caridad? Y mírenlos: llenos de oro.

—Los curas tienen plata por montones. ¿Dónde está su amor por los pobres y necesitados? ¿Por qué no cumplen el voto de pobreza que emitieron?

—A nosotros nos piden dinero con frecuencia, pero ellos no dan nada.

—La Iglesia Católica es la institución más rica de la Tierra. Y tiene poder político, influencias; no solo dinero.

Estos y muchos argumentos más se emiten, tanto en conversaciones familiares y sociales, como en los medios de comunicación.

 

Al respecto, hay 2 conceptos que suelen no tenerse en cuenta cuando se habla de este tema:

El primero es la función de la Iglesia Católica o, como se diría hoy a nivel empresarial: su misión.

La misión de una empresa contesta la pregunta “¿Cuál es nuestra razón de ser? Sirve como un punto de referencia para que todos los miembros de la empresa actúen en función de esa misión, es decir, lograr que se establezcan objetivos, diseñen estrategias, tomen decisiones y se ejecuten tareas, bajo ese criterio. Además, la misión le da identidad y personalidad a una empresa, permitiendo así distinguirla de otras empresas similares.

Asumiendo esta definición, la misión de la Iglesia Católica es la que le dio su Fundador:

«Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. » (Mt 28, 19)

«Id por todo el Mundo y predicar el Evangelio a toda criatura.» (Mc 16, 15)

Como se ve, en estas frases queda clarísima, pues, la función de la Iglesia: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR.

En ninguna parte de esta definición de su misión se expresa que la Iglesia deba solucionar problemas de orden temporal y, mucho menos, económicos.

Al contrario, en la escena en la que una mujer derrama sobre Jesucristo un perfume de alabastro, sus discípulos hablaron sobre el derroche que eso significaba; efectivamente, dijeron: «Podría haberse vendido a gran precio y darlo a los pobres» (Mt 26, 9; Mc 14, 5; Jn 12, 5); pero Él contestó: «Pobres en todo tiempo los tendréis con vosotros» (Mt 26, 11; Mc 14, 7; Jn 12, 8). Esto significa, primero, que la misión de Jesús ni de la Iglesia que fundaba no era acabar con la pobreza material; y segundo, que de todos modos la pobreza material jamás acabará.

Por todo lo dicho, están erradísimos quienes reclaman esa función para la Iglesia.

 

El segundo concepto que se olvida mucho es que, a pesar de que esa no es su función —su misión—, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda en los desastres naturales, en las guerras y en todas las calamidades de cualquier parte del Mundo: no hay ningún gobierno u ONG que ayude más. Y fuera de los momentos en los que hay desastres o calamidades, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda ordinariamente a la humanidad con sus innumerables instituciones de caridad: hospitales, horfanatos, ancianatos, centros educativos, jornadas de salud, etc., etc., etc.

 

En resumen: la Iglesia no fue fundada para solucionar problemas económicos ni para acabar con la pobreza material; a pesar de eso, es la institución que más ayuda a la humanidad.

 

Alguien argumentará que el Papa Francisco, al iniciar su pontificado, afirmó: «Quiero una Iglesia pobre, para los pobres», y es verdad; pero ¿a qué pobreza se refería el Santo Padre? A la misma pobreza a la que se refirió Jesús cuando aseguró: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

Pero este concepto debe entenderse como lo ha enseñado siempre la Iglesia: tal y como lo exponen san Agustín, en el libro De serm. Dom. in monte, y santo Tomás de Aquino, en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69, quienes explican la relación de los Dones del Espíritu Santo con las Bienaventuranzas.

Ellos revelan que, por el don del Temor, ese miedo a ofender a un Ser tan bueno, las personas desarrollan grandemente la virtud de la Humildad, pero entendida según la primera acepción del diccionario: «el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y el obrar de acuerdo con ese conocimiento». Y por eso es que Jesús los llama Pobres de espíritu, es decir, esas personas que ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. En otras palabras, según la enseñanza divina, los pobres de espíritu son los humildes. Y a quienes tienen esa hermosa virtud es a quienes se refería el Papa Francisco: una Iglesia compuesta por hombres y mujeres que conocen sus propias limitaciones y debilidades y que obran de acuerdo con ese conocimiento.

 

Alguno habrá que haya entendido a Su Santidad Francisco, no como lo ha enseñado siempre la Iglesia, sino como el mundo entiende a los pobres: aquellas personas necesitadas, que ni siquiera tienen lo necesario para vivir dignamente.

Y es así como algunos quieren que viva la Iglesia: sin medios para realizar su función: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR: se necesita dinero para construir y mantener los templos donde se puedan congregar los fieles a celebrar la Misa, a recibir los Sacramentos y a que se les proclame y predique la Palabra de Dios; se necesita dinero para editar y publicar los documentos con los que la Iglesia forma a sus fieles; se necesita dinero para que los sacerdotes vivan dignamente, y así puedan ejercer bien su labor, etc.

A nadie le parece bien que los trabajadores carezcan de lo necesario para realizar su labor, pero a la Iglesia algunos le quieren negar ese derecho. Entienden que tanto profesionales como artesanos deben tener lo necesario para vivir, pero no les conceden ese derecho a otros ciudadanos, como los sacerdotes y religiosos. Piden que se venda el Vaticano y todos los tesoros que contiene, pero jamás se les ocurriría pedir que se vendan los edificios y haberes del Gobierno y de los políticos, de las empresas y sus empresarios, de los profesionales, de los negociantes, etc.

Hay quienes piensan que todos los seres humanos tienen derecho a salir de la pobreza material y hasta luchan por ello, pero quieren a la Iglesia en malas condiciones materiales y económicas…

 

No sobra hacer una claridad a quienes afirman que los curas deberían cumplir su voto de pobreza: emiten este voto únicamente quienes se entregan a una vida consagrada; ni los diáconos (hay casi 45.000 en el Mundo) ni los sacerdotes (en la actualidad, casi 416.000 presbíteros y cerca de 52.000 obispos) ni el Papa hacen el voto de la pobreza, a no ser que sean religiosos, es decir, que pertenezcan a un instituto de vida consagrada. A la fecha, son casi 737.000 personas de vida consagrada en la Iglesia; los demás no hacen votos.

 

Por último, sería muy bueno que no generalizáramos: alguna vez alguien dijo:

—Es que los curas son ladrones y viven súper bien.

Uno le respondió:

—¿Y es que los conoces a todos?

—No —dijo el otro—, pero sí conozco a un cura que…

—Entonces di que conoces UN cura que…

 

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Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

______________

*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

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En qué consiste la humildad

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 28, 2016

Humildad 1

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Oración a Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 23, 2016

Jesús

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Críticas al Papa

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2016

Papa

Después de que Jesús fundó su Iglesia y nombró al primer Papa, el Espíritu Santo se ha encargado de elegir a los otros 266 papas y de impedir que se equivoquen, tal y como lo prometió Jesucristo. ¿Por qué pensar, pues, que ahora sí Dios abandonó a su Iglesia y permitió que apareciera un papa que enseña errores?

Cuando un erudito lee los documentos que el Papa Francisco ha escrito o lo escucha, verifica que no enseña nada contrario a la doctrina oficial de la Iglesia que Cristo fundó.  En este caso se aplica muy bien el adagio: “Todo texto sacado de su contexto sirve para cualquier pretexto”.

Pero si alguien no sabe mucho acerca del Magisterio de la Iglesia, le debe bastar la humildad de saber que es una simple criatura que no debería ponerse en la actitud de juzgar al Papa.

La soberbia de quienes sí se creen con el derecho de cuestionar al Espíritu Santo, debe llevarnos a orar mucho por su conversión. Pero no debemos exponernos a seguir escuchando cosas que nos pueden confundir: esa soberbia es más peligrosa que otros pecados: incita a muchos a creerse jueces del papa, de la jerarquía eclesiástica y hasta del mismo Dios, con las consecuencias que se pueden imaginar.

A propósito de los juicios, san Agustín afirma: “Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás.” (Sermón 19, 2)

Y san Juan de la Cruz explica que los cristianos avanzados están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. (Cf. Noche, 1, 1-2)

De todos los pecados —aun los más graves— se puede salir si hay humildad; pero cuando falta esta virtud, hasta los más santos pueden caer.

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Oración de entrega amorosa al Señor

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 31, 2015

Padre eterno: haz que haga todo FUSIONADO por el Espíritu Santo a Jesús, e inmolado con Él en la Eucaristía, como la Virgen Dolorosa: con profundísima humildad, absoluta confianza e intensa intimidad de amor y de dolor; que te sirva con mis trabajos, penas y oraciones, en penitencia constante, alabanza continua y docilidad total; y que sea para los demás una fuente de tu amor, de tu alegría y de tu paz. Amén.

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Los mensajes de los videntes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2015

Son tantos los videntes hoy día, que bien vale la pena refrescar algunos conceptos claves:

La Revelación pública y universal (todo lo que Dios reveló a los hombres de Sí mismo, del universo y de la vida humana) terminó cuando san Juan, el Apóstol y Evangelista, finalizó de escribir el Apocalipsis, hacia el año ciento diez de nuestra era; allí está contenido todo lo que debemos saber para alcanzar la salvación. Las revelaciones privadas y particulares no hacen parte de ese mensaje público y universal.

Una vez que la Iglesia ha estudiado una revelación privada y particular (lo cual suele ser demorado, debido a la gran responsabilidad que ello implica), da su concepto favorable, si ese mensaje se adecua y no tergiversa en nada el gran mensaje de la Revelación pública y universal. Y da un concepto desfavorable, indicando a sus hijos, los católicos, que ese mensaje no debe ser creído, por no estar incluido en la Revelación pública y universal.

Debido a que muchas revelaciones privadas y particulares son falsas, mientras la Iglesia se pronuncia, se dan los siguientes criterios:

  • Si la persona tiene un conocimiento doctrinal suficiente y nota algo contrario o que desdice de la Fe católica, debe rechazar esa revelación privada y particular y recomendar lo mismo a cuantos pueda.

  • Como lo único verdaderamente necesario es la Revelación pública y universal, a un católico formado en su Fe, coherente y maduro nunca le harán falta las revelaciones privadas y particulares; le basta el Magisterio de la Iglesia.

  • Aunque no son necesarias, si esas revelaciones privadas y particulares estimulan las virtudes cristianas e invitan a la conversión, a la penitencia, a la oración, pueden ayudar a las personas sencillas, simples y humildes, que no tienen acceso al conocimiento doctrinal.

  • Si en una revelación privada y particular hay mezcla de aspectos buenos y malos (por ejemplo, invitación a orar por la jerarquía eclesiástica y, a la vez, a desconfiar de la Iglesia), debe rechazarse y desaprobar con firmeza, pues se puede afirmar con firmeza que son típicas del demonio.

  • Por último, otro criterio certero: Nadie se equivoca obedeciendo. En el supuesto caso de que las órdenes, recomendaciones y dispensas del Vaticano no fueran según la Voluntad de Dios, quien obedece humildemente da gloria y honra a Dios.

Añadamos que cuando la Iglesia aprueba una revelación privada y particular lo que está afirmando es que sus mensajes están ya contenidos en la Revelación pública y universal; dicho de otro modo: no están diciendo nada nuevo. Por eso, nace la pregunta: ¿Para qué sirven, entonces, las revelaciones privadas y particulares?

Podemos afirmar que—cuando son auténticas— pueden servir a las personas que están alejadas de la Fe, para su conversión; pero, una vez convertidas, conviene que se desapeguen de lo que los acercó a Dios y se concentren en estudiar la doctrina de la Iglesia y en conocer y poner en práctica la teología espiritual católica (ascético-mística) para avanzar en su vida interior, hacia la unión con Dios.

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Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

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Oración para obtener la confianza

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2014

Señor, me da vergüenza admitir que me falta confiar más en ti; no he logrado abandonarme completamente en ti, a pesar de las evidentísimas muestras de tu amor por mí.

Sé que me creaste por amor, y por amor te redujiste al estado de criatura, para compartir mi vida mortal y redimirme, dándolo todo en tu dolorosísima Pasión y agonizar y morir en un abandono total, tanto de los hombres como de tu mismo Padre… Pero quizás no he meditado suficientemente esa prueba de amor…

Sé que constantemente velas por lo único que importa: mi salvación y mi santificación, propiciando en mi vida las circunstancias favorables para que enderece el camino cuando me desvío y para que persevere cuando lo estoy siguiendo acertadamente. Pero a veces no entiendo esos planes tuyos: sólo percibo lo que en mi ignorancia me atrevo a deducir: que me has abandonado. No me doy cuenta de que todo —absolutamente todo— lo planeas para mi bien, para mi verdadero bien; pues de ti solamente puede salir el bien, ya que eres el Amor en esencia y me amas infinitamente. No descubro que hasta en las situaciones que parecen más adversas está tu mano providente, tratando de ayudarme a que encuentre la verdadera felicidad. Soy tan torpe espiritualmente, que uso mis propios criterios para evaluar lo que pasa; y mis criterios son humanos, no divinos; son racionales, no espirituales; tienen una mirada temporal, no eterna. ¡Qué arrogancia la mía!: le creo más a mis juicios que a los tuyos, ¡que eres la sabiduría encarnada!…

¿Cuándo creeré de verdad que me amas? ¿Cuándo tendré la suficiente humildad para no cuestionar tus sapientísimos y amorosísimos planes? ¿Cuándo dejaré atrás los miedos y las preocupaciones, para abandonarme en tu amor infinito? ¿Cuándo?…

La confianza es —lo sé también— inversamente proporcional a la soberbia: cuanta más soberbia tengo, tanto más disminuye mi confianza en ti; esto significa que me falta mucha humildad. Dicho de otra manera: si, para solucionar los problemas, confío en mí (en mis capacidades, en mis talentos, en mi inteligencia…), no podré confiar en ti. Hace falta, pues, que disminuya la confianza que me tengo y así podré confiar más en ti. Además, debo recordar que es tonto —por decir lo menos— confiar en una criatura como yo, en vez de confiar en Dios: Él es todopoderoso y yo, impotente; Él es omnisciente, yo ignorante; Él todo lo tiene y yo soy un indigente.

Pero también en esto me siento incapaz: ¿Cómo conseguiré esa humildad de saber que sin ti nada tengo, nada sé y nada puedo? ¿Cuándo me daré cuenta de que sin ti nada soy?, ¿de qué Tú eres y, en cambio, yo tengo el ser prestado, porque Tú me lo has dado? ¿Cómo recordaré siempre que Tú eres el TODO y yo la nada, una nada pecadora?

Pues, ya que ni siquiera esto puedo, te lo pido, Señor: dame Tú la humildad más profunda y una confianza absoluta en el gigantesco amor que me tienes. Sé que me puedes escuchar más cuando soy humilde; por eso vengo a ti, abatido por la conciencia de mi nada…; o, mejor: de que soy peor que la nada, porque la nada no peca y yo sí, a pedirte lo que no puedo: que me hagas el ser más humilde de toda la tierra y el hijo que más confía en tu amorosa providencia.

Te lo pido por la intercesión de tu santísima Madre, la Virgen María —mi Madre también—, que fue la más humilde de todas las criaturas y la que más confió en tus amorosos designios, aun cuando notaba que las cosas no salían bien, según los criterios mundanos: la pobreza que tuvo que soportar, el tener que ver nacer a su Hijo santísimo en un establo, el huir a otro país con su esposo y su Hijo recién nacido, el perderlo durante 3 días y luego escuchar su sorprendente respuesta, el escuchar cómo lo odiaban los judíos y, finalmente, el verlo —humillado, despreciado, destrozado y abandonado por todos— morir con la muerte destinada a esclavos… Ella me escuchará y abogará por mí. Y sé que Tú nunca dejas de escucharla…

Además, como Ella es la Reina de todos los ángeles y de todos los santos, sé que les pedirá a todos ellos —sus súbditos— que la acompañen en esa petición. Escúchalos, por favor, Señor.

Si lo que más te gusta que se luzca es tu misericordia, sé que escucharás mi súplica y me darás lo que te pido, pues soy la criatura más miserable (la más necesitada de tu infinita misericordia), y no querrás desaprovechar esta oportunidad para mostrar tu bondad y llenarte de gloria.

Asimismo, sé que lo que te pido es lo que Tú más quieres: que sea santo, y bien sabemos que no hay santidad sin humildad; por eso, sé que no dejarás de dármela.

Finalmente, te lo pido, como nos lo dijiste en el Evangelio y como lo hizo san Pedro con aquel paralítico, en tu Nombre:

«Jesús Nazareno, que en tu Nombre yo, el más pequeñito de tus hijos, eche a andar por los caminos de la humildad, de la confianza y del amor.»

Amén.

 

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‘Hay que ambicionar’

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2014

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca!; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mayor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

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El demonio ataca a María

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2014

Veamos lo que le pasó a san José cuando se enteró de que María estaba embarazada, para entender un modo que todavía usa el demonio para atacar a la Virgen y, con ello, destruir al cristianismo.

Dice el primer capítulo del Evangelio de san Mateo que José era un hombre justo. Así son la mayoría de los cristianos que no veneran a María, los protestantes o evangélicos: hombres y mujeres buenos, como José. Pero, como José, deciden abandonar a María, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre justo, es probable que tengan miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel, y que está narrada en el primer capítulo del Evangelio de san Lucas.

Debe notarse que allí María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos simplemente cumpliendo las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo. Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del mismo fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama Madre del Señor?

Pero lo que más exalta su personalidad es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima respondió diciendo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava”.

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la más grande criatura, sino la más humilde de todas.

Y para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María: «Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» [1]

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido: «¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la estrella! Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» [2]

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús: «Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» [3]

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María: «Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» [4]

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

[1] Lc 2, 16

[2] Mt 2, 10-11

[3] Jn 2, 1-2

[4] Jn 19, 25

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Ciclo B, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 23, 2013

El primer puesto

 

Jesús les explicó a los apóstoles que el principal puesto en el Reino de Cielo será para quienes sean capaces de sufrir por ese Reino, como Él, que cumplió la profecía de Isaías que leemos hoy:

«El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos.»

Efectivamente, en la carta a los Hebreos se nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, es el Sumo Sacerdote que sufrió y que, por eso, después penetró en el Cielo.

Y, ¿cómo vamos a ser capaces de sufrir así?

El autor de esa misma carta nos contesta: primero, «permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe» y segundo, «vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.» En otras palabras: vivir de la fe, con la ayuda de la gracia.

El primer paso, entonces, consiste en creer en Jesús y en todo los que nos enseña la Iglesia fundada por Él. El segundo es conseguir esa fuerza espiritual, la gracia, que nos hará capaces de cumplir la misión que nos puso a cada uno de nosotros, pues nosotros no lo lograríamos con nuestras propias fuerzas.

Esa gracia se consigue pidiéndola continuamente a Dios y recibiendo con frecuencia los Sacramentos: Eucaristía y Reconciliación.

Pero, además de esos dos medios —fe y gracia—, es necesario asumir una nueva actitud de vida: la humildad.

Santiago y Juan querían ser los primeros; y por eso los otros diez se indignaron. Santiago y Juan tenían soberbia; y los otros también.

Por eso Jesús los corrigió: «el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos», porque ni yo mismo he venido a ser servido sino a servir.

La humildad, pues, es necesaria para conseguir el mejor puesto en el Cielo. ¡Y vale la pena, porque ese puesto será vitalicio, eterno!

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Suicidio, Fe y humildad

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 3, 2012

Hay una íntima relación entre la Fe y la humildad: quien es consciente de su condición de criatura tiene pocas probabilidades de perder la Fe; por el contrario, quien comete el error de subordinar la Fe a la razón —trastrocando la esencia del ser humano— corre el riesgo de ponerse “por encima de las creencias” y llegar hasta establecer la inexistencia de Dios.

Por eso, siempre se ha explicado que el ateo es el menos humilde de los seres humanos, ya que se erige a sí mismo como el principio rector de las cosas, por encima de Dios: no acepta más criterio que el suyo propio.

Y también por eso, la Iglesia enseña que el suicidio es un pecado: Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella.” (Catecismo, 2280). Y los “trastornos psíquicos graves, la angustia, el temor grave de la prueba, el sufrimiento pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (2282), pero no eliminarla. Hubo una época en la que —sin que esta fuera jamás la posición oficial de la Iglesia— casi ningún sacerdote sepultaba cristianamente a un suicida: le negaban las pompas fúnebres a sus deudos, por más tristes que estuvieran y por más insistentes que se mostraran.

En resumen: quien es humilde reconoce a un ser superior, no solamente creador, sino dueño de la vida y rector de todas las criaturas. Y, basados en este criterio, tanto los santos místicos como los padres de la Iglesia han explicitado en sus escritos que al soberbio le queda muy difícil aceptar la Fe. Es por esto que Jesucristo afirmó: “El que crea se salvará. El que no crea se condenará.” (Mc 16, 16). Eso mismo han dicho siempre los santos y los Padres de la Iglesia, como san Policarpo, obispo y mártir: “Cristo ha de venir como juez de vivos y muertos y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en Él” (Flp 3).

Y también por esto la vida es simplemente una prueba de Fe (también es prueba de obediencia y de amor).

Queda, pues, patente que es un error poner la razón por encima de la Fe. Es que, según el mismo Dios, “el conocimiento llena de orgullo”(1Co 8, 1).

Somos simples criaturas a las que no solamente se les dio la razón sino también la Fe —infinitamente superior a la razón— para que alcancemos la dicha eterna, para la cual fuimos creados.

Quien se hace consciente de su condición de criatura, quien es humilde, es capaz de llegar más lejos en el camino de la auténtica felicidad: no se martiriza con dudas ni se pone a estudiar filosofía y religiones para elaborar criterios de vida… Vive en la simplicidad, en la sencillez y en la humildad de quien se sabe pequeño frente al Dios omnipotente, sapientísimo y misericordioso en extremo, que vela por él, que lo ama y que no permite sino lo que le conviene; y no duda del amor divino, porque sabe que Jesucristo demostró ese amor infinito al dar la vida por él. Por eso repite con san Pablo: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga 2, 20).

Así se llega a la conclusión de que es más sabio no tratar de explicar la Fe a través de la razón, pues a la razón le es imposible alcanzar cosas tan elevadas.

Para ser feliz basta asumir —de una vez y para siempre— que Dios existe, que somos simples criaturas y que debemos pasar esta prueba de Fe, de obediencia y de amor.

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Ciclo B, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2012

‘Es que somos humanos’

 

Esta frase es la disculpa más utilizada: «Es que soy humano, y por eso…», como si ser humanos consistiera siempre en hacer lo malo. ¿Acaso no es humano servir, hacer obras de caridad, ser generoso, etc.? Efectivamente, lo humano no es solo lo negativo: porque somos humanos también hacemos el bien. No son los animales —ni tampoco los ángeles— los que hacen los orfanatos, ancianatos, dispensarios de salud gratuitos…

En realidad, cuando hablamos así, lo que queremos decir es que no somos aún muy espirituales, sino que somos todavía muy carnales, como dice san Pablo.

Y son carnales, como nos explica hoy el apóstol Santiago, quienes tienen envidias y rivalidades, los que viven en guerras y contiendas…

También lo son quienes acechan al justo, porque les resulta incómodo: porque se opone a sus malas acciones, les echa en cara sus pecados, les reprende su educación errada; tal y como nos lo explica hoy el libro de la Sabiduría.

Dicen esos carnales: «Veamos si sus palabras son verdaderas; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él».

En cambio, el espiritual posee la sabiduría que viene de arriba, que ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

Otra característica del hombre carnal es que quiere ser el primero, el más reconocido, el más apreciado y respetado…; es decir: el que más soberbia tiene.

Para prevenirnos de este error, Jesús sentenció:

«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Somos humanos; por supuesto. Pero podemos —y debemos— ser humanos espirituales; no humanos carnales.

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Ciclo B, XVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 23, 2012

Multiplicar el pan del amor

Tanto el profeta Eliseo —en el Antiguo Testamento— como Jesús en el Evangelio —Nuevo Testamento— multiplican milagrosamente el pan para la gente. Porque así dice el Señor: «Comerán y sobrará».

Es que el Antiguo Testamento (AT) fue superado y sobrepasado por el Nuevo Testamento (NT). El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT. El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo. Por eso, todo lo valioso del AT está interiorizado en el NT: menos acciones externas y más conversión del corazón.

Y también por esto, san Pablo, en la carta a los Efesios, nos ruega que andemos como pide el nuevo llamado al que hemos sido convocados los cristianos: ser siempre humildes y amables, ser comprensivos, sobrellevarnos mutuamente con amor; esforzarnos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz: que vivamos en un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que hemos sido convocados; que creamos en un solo Señor, un solo Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo; que todos una misma fe, por el único Bautismo que hemos recibido.

Vivir así es como decir que de ese único Pan Jesús repartió a los que estaban todo lo que quisieron. Y, a pesar de repartirlo, sobrará: llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido; esto significa que le podemos dar de este pan a muchos, y les seguirá sirviendo a más y más personas, hasta que hagamos de este un mundo donde reinen el amor (la servicialidad), la paz y la alegría, ¡un mundo cristiano!

La gente entonces, al ver el signo que había hecho Jesús, decía: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo».

Tenemos que darnos cuenta de que Él ya vino y multiplicó el pan del amor, de la paz y de la alegría para que lo repartamos a todos y lo multipliquemos. ¿Empezamos?

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Ciclo B, XIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2012

¿Predicarles a los parientes?

 

Muchos sacerdotes enseñan a sus fieles que todo católico debe hacer apostolado y que, como la caridad comienza por casa, es a los de la propia casa a quienes hay que predicar primero. Y es frecuente que quienes los escuchan, obedeciendo tales consejos, lleguen a sus casas a hablar de Dios, con el consecuente —y frecuentísimo— rechazo de sus parientes…

Algunos regresan acongojados a su párroco para contarle lo que les ocurrió, y él les repite lo que leemos en la primera lectura de hoy: «Son un pueblo rebelde, al menos sabrán que hubo un profeta en medio de ellos», como escribió Ezequiel.

Por su parte, Jesús, como nos cuenta el Evangelio, decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Lo que ocurre es que en la casa, entre los parientes y en nuestra tierra debemos predicar, no con palabras, sino con la vida: si les explicamos lo felices que estamos al haber descubierto a Dios en el camino, seremos rechazados; pero si no les hablamos, sino que nos convertimos en una fuentes de amor, de paz y de alegría, y los llenamos de eso mismo: amor, paz y alegría, y ellos quedarán deslumbrados por nuestro cambio.

No se demorarán en preguntarnos de dónde sacamos ese amor, esa paz y esa alegría, y podremos explicarles que nuestro corazón está en paz, porque tenemos Fe: creemos en un Dios que nos ama y nos cuida; les diremos que vivimos alegres, porque tenemos Esperanza: sabemos que vamos para el Cielo, que el final de la vida es la felicidad; y notarán que estamos llenos del amor de Dios, razón por la cual estamos siempre sirviendo a los demás.

Hay que predicar primero en la casa, a los parientes y en nuestra tierra, pero con el ejemplo, no con palabras.

Pero sabemos que la fuerza para convertir a nuestros seres queridos y parientes proviene de Dios; quien crea que puede convencer a alguien se engaña: a san Pablo le dijo Jesús: «Te basta mi gracia; pues la fuerza se realiza en la debilidad».

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Jesucristo, modelo de oración

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 11, 2011

 

Soledad

Pero él buscaba siempre lugares solitarios dónde orar. (Lc 5, 16)

En aquellos días se fue a orar a un cerro y pasó toda la noche en oración con Dios. (Lc 6,12)

Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» (Lc 11, 1)

 

Perdonar antes

«Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo.» (Mc 11, 25)

 

Oración humilde

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. (Mt 11, 25-26; Cf. Lc 10, 21-22)

«Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará. Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se los oiga. No hagan como ellos, pues antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan. (Mt 6, 5-8)

Jesús dijo esta parábola por algunos que estaban convencidos de ser justos y  despreciaban a los demás. «Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto de pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas.” Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.” Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Lc 18, 9-14)

 

Oración confiada

«Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama. ¿Acaso alguno de ustedes daría a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O le daría una culebra cuando le pide un pescado? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡con cuánta mayor razón el Padre de ustedes, que está en el Cielo, dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11)

«Asimismo yo les digo: si en la tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre Celestial se lo concederá.» (Mt 18, 19)

«Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán.» Mc 11, 24)

 

Oración perseverante

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y el otro le responde a usted desde adentro: “No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos”. Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted  se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 5-13)

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: “Hazme justicia contra mi adversario”. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: “Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza”.» Y el Señor dijo: «¿Se han fijado en las palabras de este juez malo? ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos, si claman a él día y noche, mientras él deja que esperen? Yo les aseguro que les hará justicia, y lo hará pronto. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?». (Lc 18, 1-8)

 

Oración agradecida

Y se echó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole las gracias. Era un samaritano. Jesús entonces preguntó: «¿No han sido sanados los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Así que ninguno volvió a glorificar a Dios fuera de este extranjero?» (Lc 17, 16-18)

 

En toda circunstancia

 

Antes de un milagro

Entonces mandó a la gente que se sentara en el suelo y, tomando los siete panes, dio gracias, los partió y empezó a darlos a sus discípulos para que los repartieran. Ellos se los sirvieron a la gente. (Mc 8, 6; Cf. Mt 15, 35-36)

Un día fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: (Lc 3, 21)

Unos ocho días después de estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. (Lc 9, 28)

Y quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos al cielo y exclamó: «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. (Jn 11, 41)

 

Antes de algo importante

Un día Jesús se había apartado un poco para orar, pero sus discípulos estaban con él. Entonces les preguntó: «Según el parecer de la gente ¿quién soy yo?» (Lc 9, 18)

«Pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 32)

 

Para la eficacia apostólica

«Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger su cosecha.»  (Mt 9, 38)

 

Cuando se quiere algo difícil

«Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.» (Mt 17, 21)

 

En la tentación

«Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.» (Mt 26, 41)

 

En el sufrimiento

Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar.»  Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos.» Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú.» Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.» De nuevo se apartó por segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad.» (Mt 26, 36-42; Cf. Mc 14, 32.42; Lc 22, 40-46)

(Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.») Después los soldados se repartieron sus ropas echándolas a suerte. (Lc 23, 34)

Y Jesús gritó muy fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dichas estas palabras, expiró. (Lc 23, 46)

 

Lo que quiere Jesús

«Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde; y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.» (Mt 6, 9-13; Cf. Lc 11 2-4)

Dicho esto, Jesús elevó los ojos al cielo y exclamó: «Padre, ha llegado la hora: ¡glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti! Tú le diste poder sobre todos los mortales, y quieres que comunique la vida eterna a todos aquellos que le encomendaste. Y esta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesús, el Cristo. Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías encomendado. Ahora, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo. He manifestado tu Nombre a los hombres: hablo de los que me diste, tomándolos del mundo. Eran tuyos, y tú me los diste y han guardado tu Palabra. Ahora reconocen que todo aquello que me has dado viene de ti. El mensaje que recibí se lo he entregado y ellos lo han recibido, y reconocen de verdad que yo he salido de ti y creen que tú me has enviado. Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que son tuyos y que tú me diste —pues todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo mío—; yo ya he sido glorificado a través de ellos. Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo, mientras yo vuelvo a ti. Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me diste, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo los cuidaba en tu Nombre, pues tú me los habías encomendado, y ninguno de ellos se perdió, excepto el que llevaba en sí la perdición, pues en esto había de cumplirse la Escritura. Pero ahora que voy a ti, y estando todavía en el mundo, digo estas cosas para que tengan en ellos la plenitud de mi alegría. Yo les he dado tu mensaje, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos mediante la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me has enviado al mundo, así yo también los envío al mundo, y por ellos ofrezco el sacrificio, para que también ellos sean consagrados en la verdad. No ruego sólo por estos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra. Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí. Padre, ya que me los has dado, quiero que estén conmigo donde yo estoy y que contemplen la Gloria que tú ya me das, porque me amabas antes que comenzara el mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocía, y éstos a su vez han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amas esté en ellos y también yo esté en ellos.» (Jn 17, 1-26)

 

En espíritu y en verdad

«Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.» (Jn 4, 23-24)

 

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Lo que merezco

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2011

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Lo único que merezco es el infierno.

El único derecho que tengo es el derecho a pedir perdón.

«Aprendan de mí,

que soy manso y humilde de corazón,

y sus almas encontrarán descanso».

(Mt 11, 29)

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Humildad, sencillez y simplicidad

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 14, 2011

HUMILDAD:

Virtud que consiste en el conocimiento

de nuestras limitaciones y debilidades,

y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

 

 

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SENCILLEZ:

Cualidad de sencillo.

SENCILLO:

Que no tiene artificio ni composición.

 

 

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SIMPLICIDAD:

Cualidad de ser simple, sin composición.

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Ciclo A, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2011

El milagro de la Fe

Cada vez que nos cuentan la escena de san Pedro caminando sobre el agua, su miedo y su caída, nos entra en el corazón la idea de que, como él, también nos hundiríamos por nuestra falta de fe.

Efectivamente, es frecuente que en nuestra vida nos hayamos encontrado con muchos episodios en los cuales dudamos de Dios o, lo que es lo mismo, confiamos más en otras cosas: nuestras capacidades, estudios, experiencia, el haber aprendido a sortear algunos problemas y otras habilidades más…

Otras veces, lo que nos sucede es que pretendemos que Dios actúe siempre en forma extraordinaria, con milagros…

O creemos que se presenta solamente con signos portentosos visibles, como le pasó a Elías, según cuenta la primera lectura. Hoy Dios no acostumbra a venir de un modo prodigioso o extraordinario; lo hace casi siempre en forma callada, velada, en el silencio de la oración, como una suave brisa, como dice el texto.

Y se presenta a las almas sencillas, humildes. Si revisamos la historia de la Iglesia, observaremos que los verdaderos milagros se operan en aquellos seres que no están llenos de sí mismos, que se sienten simples criaturas frente a un Dios todopoderoso, que se dan cuanta de sus limitaciones, que trabajan con sencillez por la felicidad de los demás, por la Iglesia, por el Reino de Dios…

Por eso san Pablo nos cuenta en la segunda lectura que siente una tristeza muy grande y una pena continua, hasta el punto que desearía ser rechazado y alejado de Cristo —que es a quien él más añora— en lugar de sus hermanos. Es que él desea que todos seamos inmensamente felices junto a Dios.

Queda como lección que quien desee, con egoísmo, hacer o ver milagros, nunca los hará ni los verá. Pero aquellos que no se buscan a sí mismos, sino que prefieren servir a Dios y a sus hermanos, calladamente, serán testigos del milagro más grande del amor de Dios: la fe, la suave brisa de la conversión, la paz y el gozo interiores que da Dios a los que lo aman verdaderamente.

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