Hacia la unión con Dios

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Ciclo C, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2010

La verdadera libertad

 

Los nazarenos debieron quedar estupefactos cuando Jesús leyó el pasaje: «Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista», y peor quedarían cuando dijo que esa Escritura se estaba cumpliendo en ese momento.

¿Quién era él para hacer esa afirmación tan atrevida? ¿Se creía tan importante como para ser el Enviado descrito por el profeta Isaías?

Su infinita humildad hizo que no realizara los signos y milagros que en otras regiones demostraron que el Espíritu del Señor sí estaba sobre Él.

Ese es el estilo de la sabiduría: quieta, callada y ocultamente, sin que se sepa, llega a los humildes —no a los sumisos, como se acostumbra a definir hoy esa virtud—, a quienes obran en concordancia con el conocimiento propio, a quienes saben que nada es suyo (que todo es prestado por Dios), a los pobres.

La pobreza no es no tener sino saber que nada es propio. A estos llega el Mensaje de Dios, la Noticia de su salvación, por la Cruz de Cristo.

También llegó a los cautivos, que saben ahora que existe la auténtica libertad: la emancipación de las malas inclinaciones, de las dependencias, de las esclavitudes…

El hombre está oprimido por ellas, y la manera más fácil de liberarse es seguir el camino que Cristo ya recorrió: darse a los demás, si es necesario hasta el dolor, y hasta la muerte, aunque no creamos tener suficiente para dar, ya que Él nos prestará lo que tengamos que dar.

Y, además, llegó a todos los ciegos… A nosotros, por ejemplo, que olvidamos a menudo que Él está con nosotros, y que debemos cumplir la misión que nos corresponde en este mundo.

¿Qué nos detiene para convertirnos por fin en parte del Cuerpo de Cristo, el único hombre que ha sido verdaderamente libre, el Único que nos llevará a la auténtica libertad, que tanto perseguimos?

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Ciclo B, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 26, 2009

¡Se ha cumplido el plazo!

 

Cuando Jonás pregonó a los ninivitas, creyeron en Dios, y se convirtieron. Vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo. Hoy, ese mismo Señor dice en el Evangelio: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; conviértanse y crean la Buena Noticia”.

Antes predicaba Jonás a un pueblo antiguo; hoy es el mismísimo Jesús quien se dirige a nosotros. ¿Hacemos lo mismo que el pueblo de Nínive o seguimos con nuestra mala vida?

Y, ¿qué es eso de la Buena Noticia? Para poder entenderlo, debemos orar con humildad tal como lo dice el salmo de hoy: “Señor, instrúyeme en tus sendas. Señor, enséñame tus caminos, enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador”, porque, como dice el mismo salmo, Él hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

El humilde, pues, aprende que esta vida no es permanente; el humilde se deja enseñar que existirá otra vida —esa sí definitiva, infinita—, por la cual vale la pena luchar; el humilde se empieza a hacer consciente de que aquí, en esta tierra, las cosas son temporales, pasajeras, secundarias: no se preocupa tanto por estar bien ahora, sino por saber cómo llegar allá: a la felicidad auténtica, ni se ocupa tanto en los negocios de este mundo como en invertir para la vida eterna.

Por eso, el apóstol san Pablo nos apremia diciéndonos: “Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en este mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina”.

¡Se termina! ¡Y cuántos esfuerzos se perdieron!, ¡cuántas angustias!…

En cambio, cualquier sacrificio que nos lleve a la verdadera Vida, la eterna, no solo no se perderá sino que fue nuestra mejor inversión. Y, ¿cuál  es esa inversión? Nuestra conversión.

  

 

 

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