Hacia la unión con Dios

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¿Somos hombres nuevos?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 8, 2014

Charlando de noche con Nicodemo, Jesús le reveló algo grande y misterioso:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»(Jn 3, 3)

Tan misterioso fue, que Nicodemo —que no entendió nada— le preguntó que si, para lograrlo, era posible entrar de nuevo en el seno materno…

La Iglesia siempre ha enseñado al respecto que hay dos etapas: la primera, puramente sacramental y la segunda, espiritual:

1) por el Bautismo dejamos de ser hombres viejos y nos hacemos hombres nuevos: somos integrados a la vida divina, para comenzar una nueva vida en Cristo, dejando atrás el pecado, y

2) por la práctica y el ejercicio de la perfección espiritual —con la gracia de Dios, obtenida de los Sacramentos y la oración asidua— continuar en esa nueva vida en Cristo, ascendiendo hasta la experiencia mística, la contemplación y unión con Dios.

Para la primera etapa, san Pablo nos dejó algunas enseñanzas:

«sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado» (Rm 6, 6)

«a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias» (Ef 4, 22)

«No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras» (Col 3, 9)

Pero no es el deseo divino —ni el de san Pablo— que nos quedemos en esa etapa: Dios desea que no solo dejemos de pecar, sino que todo sea nuevo:

«Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.» (2Co 5, 17)

Se refiere a algo mayor, a algo que está en una dimensión superior:

«a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad.» (Ef 4, 24)

Ese Hombre Nuevo —con mayúsculas— es Cristo, del que debemos revestirnos, hasta convertirnos en el mismo Cristo. Lo dice con gran vehemencia:

«¡hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros»(Ga 4, 19)

Y, ¿cómo veremos a Cristo formado en nosotros?

Cuando actuemos como Él, el Hombre Nuevo. Somos hombres nuevos únicamente si acogemos e integramos en nuestras vidas las enseñanzas divinas.

Hay personas, por ejemplo, que se acercan a Dios para servirse de Él, no para servirlo:

  • Consideran un privilegio pertenecer a un ministerio (el de predicar, por ejemplo), en vez de ser conscientes de que ministerium significa servicio. Dicen: “Gracias por esta oportunidad” —como si fuera un honor—, en vez de prestar el servicio con sencillez y únicamente por amor a Dios, no por otras razones.

  • Creen que lo importante son las estadísticas, como si este ministerio fuera algo terrenal: “Están asistiendo muchos a las predicaciones”, afirman orgullosos, o: “Estoy contento porque me han pedido que predique en tal sitio”. En cambio, quienes ya son hombres nuevos saben que los planes de Dios son distintos a los de los hombres y, por eso, solo ponen los medios para servir a Dios, dejándole a Él sólo los resultados.

  • Preguntan si la predicación gustó o no, con lo que descubren sus vanidosas intenciones.

  • Y, entre quienes los invitan o dirigen a estos predicadores, hay quienes los elogian, como si se tratara de una empresa terrenal y solamente humana; les dicen, por ejemplo: “La labor que estás haciendo es muy bella”, como si no supieran que la labor apostólica es realizada por el Espíritu Santo, a quien simplemente le colaboran.

  • Hacen esos elogios, aunque Jesús aclaró que «no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»(Mt 20, 26).

Los hombres nuevos, por el contrario, recuerdan que Jesús afirmó que «si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35); por eso saben que, para incrementar la eficacia  apostólica, es mejor no solamente ser excluido, sino postergado, olvidado, humillado, tal y como nos lo reiteran tanto los santos místicos.

Es que les quedó muy claro lo que aseveró Jesucristo: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24); están conscientes de que deben morir (mortificarse) a sí mismos, para hacer fructífero su apostolado.

Por otra parte, Dios tiene un plan perfecto de salvación para cada ser humano, y nosotros, sus servidores, entramos en ese plan como una tuerca entra en una maquinaria gigantesca y compleja (que no llegamos a entender): se ajusta al tornillo con una determinada fuerza. Y eso es todo lo que debe hacer: no pretende, por ejemplo, entender el plan de Dios; solo desea servirlo, por amor, haciendo lo que tiene que hacer, aunque sea mínima su participación en ese magnífico plan. Es más: mientras menos entienda los designios divinos sobre las almas, más útil será para Dios y para los destinatarios de su apostolado.

Por eso los negocios divinos tienen metodologías diferentes a los humanos:

1) oración, oración, oración,

2) unión a la Cruz de Cristo y

3) desprendimiento total de intenciones personales y querer solo la Voluntad de Dios: pureza total del corazón.

Esa pureza comienza con la vivencia auténtica de las virtudes teologales:

–   ¿Creemos realmente que la vida terrenal es solo un paso hacia la eternidad?

–   ¿Recordamos continuamente que esta vida es una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor?

–   ¿Estamos convencidos de que Dios está pendiente de nosotros y que lo dispone todo para nuestro bien?

–   ¿Confiamos realmente en el amor de Dios por nosotros? ¿Estamos seguros de que solo Él sabe qué nos conviene? ¿Creemos que todo lo puede y que lo que permite —aunque a veces nos parezca malo— es para nuestro bien?

Contestemos con sinceridad estas preguntas:

·   ¿Estamos seguros del amor de Dios o nos angustiamos cuando hay peligros?

·   ¿Cómo tomaríamos la noticia de una enfermedad terminal: nos desesperaríamos, aceptaríamos la Voluntad de Dios o nos sentiríamos dichosos al saber que vamos a llegar a la felicidad eterna?

·   ¿Cómo recibiríamos la muerte de un ser querido?

El hombre viejo todavía huye del sufrimiento; el nuevo lo acepta gozoso, pues sabe que Dios lo usa en beneficio de otros, como lo hacía san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

El hombre nuevo sabe que Dios todo lo dispone para nuestro bien y que de las manos de Dios solo pueden salir cosas buenas para sus hijos, aunque no las entienda. Paradójicamente, va entrando en un conocimiento nuevo, perfecto:

«revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3, 10)

El conocimiento perfecto al que se refiere es la Cruz:

«la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde,el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no demostró Dios que la sabiduría del mundo es necedad? Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.» (1Co 1, 18-20. 22-24).

Es una sabiduría sobrenatural:

«hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra» (1Co 2, 7).

Por eso, el hombre nuevo sabe que debe negarse a sí mismo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24; Mc 8, 34).

Y carga todos los días la Cruz con Cristo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»(Lc 9, 23).

Es lo mismo que decir que el verdadero servidor de Jesús, el que sí lo ama, el hombre nuevo:

*  sirve a Dios, no se sirve de Él,

*  no considera su labor un privilegio sino un servicio de amor,

*  no se ocupa por saber los resultados de su servicio, sino en tener contento al Señor,

*  no admite ni da elogios,

*  no se preocupa de las opiniones de nadie; solo quiere agradar a Dios,

*  se niega a sí mismo en todo,

*  se oculta para no aparecer,

*  se mortifica (carga con Jesús la Cruz) para ayudar a realizar el plan de Dios,

*  ora intensamente, sabiendo que solo Dios convierte a las personas y

*  ofrece sus mortificaciones para que se cumpla ese plan, trazado desde la eternidad por la infinita sabiduría.

Estas son palabras dirigidas a hombres nuevos, porque ya son espirituales; no son para hombres viejos (carnales).

Con personas así se encontró san Pablo, y tuvo que escribirles:

«Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente; […]  porque ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?» (1Co 3, 1-3)

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La purificación del amor*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2010

 

El amor en las almas de elección es una tendencia hacia Dios y hacia cuanto se relaciona con Él; tendencia que con el ejercicio y el sacrificio crece y crece hasta poder llamarse incendio. Este incendio lleva al alma hacia la unión con Dios de un modo irresistible, por decirlo así.

No sucede esto del mismo modo en las almas ordina­rias, en las cuales el amor no es una tendencia sino un esfuerzo del alma hacia Dios. Este esfuerzo naturalmente va haciéndose fácil a medida que el alma se ejercita en las obras del amor, y si es fiel puede granjearse la predilección de Dios, y su amor crece y crece hasta ha­cerse incendio, como se ha dicho, en las almas de espe­cial elección de Dios.

Pero en ambos casos el Amor se resiente de nuestra imperfección, y es como el agua que toma la forma de la vasija que la contiene, porque el Amor se va amoldando al ser y modo natural del sujeto que lo recibe, resultando imperfecto como es él. Como Dios es la pureza y simplicidad por excelencia, natural­mente le desagradan estas imperfecciones; por eso el Espíritu Santo mismo se encarga de purificar este amor por medio de un admirable proceso, lento a veces, pero seguro siempre. A esto llamamos la purificación del amor y por ella, como se ha dicho, Dios se convierte para el alma en amarguísima mirra[1].

El proceso se verificará más o menos así:

El alma plena de este divinísimo amor, fuente de ale­grías celestiales, origen de plenitudes desconocidas fuera de él, siente que se entrega a él, con dulzuras y alegrías inefables que la hacen exclamar llena de júbilo, palabras de amor.

Otras veces se muestra satisfecha por la perfección de su Amado, y convida a todas las criaturas para que la ayuden a cantar su amor. Su vida es un festín de alegrías y dulzuras incom­prensibles para los mundanos. Ella, es decir, el alma herida por este amor, echa lejos de sí los afectos de la tierra, y ama la soledad porque en ella se le comunica el Amado de su corazón; por eso guarda su secreto llena de júbilo.

Mas este amor, por muy puro que parezca, en el fon­do tiene algo humano, algo de satisfacción propia, al­guna de tantas malezas de las que sabe producir la naturaleza humana caída, y que le impiden el brillo diamantino que debe tener a los ojos de Dios.

Pero aguardad: Dios va a purificarlo de su escoria para que nada lo empañe.

Esta alma que estaba embriagada de amor, comienza a sentir desolaciones hon­das e inexplicables ansias insaciables,… ¡languideces ex­trañas!… ¡Busca por donde quiera al Amado de su alma, a quien cree haber perdido! Inquiere por todas partes… Pregunta a su propia conciencia… pulsa su corazón… Como no obtiene respuesta, se vuelve al mismo Amado y llorosa dice: “¿En dónde puede encontrarte mi alma que está abrasada en ansias de un amor desolado; dónde he de buscarte, dulzura mía?”

Así, estas desolaciones, ansias y embriagueces amoro­samente dolorosas van arrancando del alma los gustos de la tierra que en ella permanecían, a pesar de todo le van quitando el amor a las satisfaccioncillas; los pequeños in­tereses propios que lleva como ocultos, se le acaban. El amor se hace menos sensible, se simplifica. Desaparece el apego a las prácticas exteriores. El sufrimiento comienza a serle amable y como de imperiosa necesidad.

¡Ay! el alma así herida llega por fin al “Sólo Dios basta” de Santa Teresa y, como quien pasa de un hemisferio a otro, se encuentra en una vida completamente nueva. Nada echa de menos y lo tiene todo, sin tener nada. La vehemencia de los deseos cede su puesto a la dulce tran­quilidad de una plenitud desconocida. Parece que todo calla en su interior y que el exterior, aunque sea turbulen­to, difícil, no penetra en ella. He aquí la transición.

Es que el amor purificado trae su atmósfera propia. Un vacío de criaturas, una como especie de dejadez y abandono amoroso, suceden a aquel abismo insondable de desolaciones y penas interiores. Ella misma cree ha­ber desaparecido y la paz de aquella alma es mar sin riberas. Cierta placidez se refleja en su semblante y la bondad de su corazón hacia el prójimo parece que se refina en condescendencias inesperadas.

Pero, deja alma afortunada que la herida aún no ha adquirido toda su profundidad. Esta plácida tarde de ve­rano ha de transformarse en mar de amarguras dulces y de negruras luminosas. Bien pronto destacará en aquella llaga de amor, un punto nuevo doloroso.

Una amargura que se parece a la ausencia de Dios que sentía en los principios de la desolación amarga se pre­senta entonces; pero bien comprende el alma que Dios está con ella. Es una pena honda… honda… Quizás sea la repercusión sentida y como grabada en la parte supe­rior del espíritu, del reposado deseo que Dios tiene de unírsele, de fundirla en Él, y el alma afortunada no sabe explicársela. Esto constituye un dolor fino y recio que la hiere duramente y que es el medio de Dios para terminar la lenta purificación de aquel amor.

En este estado el alma, libre de todo lazo de interés propio, hace suyos los intereses de Dios. La voluntad lle­na de energía para todo aquello que se refiere al bien de Dios, unificándose con la de Él, parece que se pierde en ella. No sabe ya querer lo que Dios no quiere y quiere lo que Él quiere como en el mismo querer de Dios. Dice entonces con San Pablo: “Vivo mas no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

Y he ahí la etapa del celo que consume. “Dame almas y toma lo demás”, es lo único que dice. El celo, en este estado del alma, es como la válvula que da salida a las avenidas del Amor y alivia el alma que sólo se alimenta del los sacrificios que Él le impone. Como cierva herida, clama por la gloria de su Señor y no tiene consuelo si no la ve cumplida y he aquí el mar de dolor, del cual el alma no quiere por ninguna cosa, ni del cielo ni de la tierra, aliviarse.

Nada busca ya para ella; ya ha muerto místicamente y sólo suspira por la extensión de la gloria de Dios; tiene sed abrasadora de darle lo que Él con tanto afán busca: las almas. Quisiera no sólo darle las que ya están creadas sino crearle millones más para coronarlo. Surgen enton­ces mil deseos imposibles, que Dios recibe como realida­des. Ella quiere darle a Dios lo mismo que tiene, como si de ello careciera. Quiere con vivas ansias que termine pronto el imperio del pecado y gime por no realizar este deseo; quiere tener millones de corazones para amar y entrañas para envolver al prójimo. En medio del casi in­menso dolor que la hace sentir el ver a Dios ofendido, quiere morir y exclama con Santa Magdalena de Pazzis: “Padecer y no morir…”.

Hace entonces suyos las lamentaciones de Jeremías por la desolación de la gloria de Dios menoscabada. Ya pide a los peñascos sus cuevas para retirarse a llorar el desconocimiento de Dios, ya quiere como los cautivos de Israel colgar su arpa de los cipreses a orillas de los ríos de Babilonia, porque no quiere cantos en la tierra de los pecadores. No quiere consuelo mientras el Dios de su alma no sea amado de todos.

En fin, esta alma feliz vive de amor muriendo y quiere recibir en sí todos los tiros que el pecado asesta contra la gloria de su Amado. Y en el mar de su dolor, Dios es para ella, como dice el Cantar de los Cantares: “Hacecito de mirra”. Es decir que la amargura que le causa estará siempre con ella.

Efectivamente, esta pena, esta agonía interior, la acom­pañará hasta que, al dejar la tierra, suba como incienso de suave olor, a gozar de la gloria del que tanto amó y por quien tanto sufrió, en compañía de la legión de al­mas, hijas de su celo, frutos de su martirio.

Estas almas, aunque estén en lo más recóndito de una cartuja, son esencialmente apostólicas porque así lo re­quiere la fuerza de su amor; salvan las almas como los más denodados misioneros y son poderosos ante Dios de modo estupendo.

La meditación asidua de la Sagrada Pasión

Las almas que tienen atractivo especial por los miste­rios de la Pasión, se alimentan del amor de compasión y reciben, por medio de él, los fenómenos de purificación de que hemos hablado antes; y aunque sus agonías y penas interiores son ordinariamente de otro género, las llevan a un resultado semejante y terminan en una altura que, delante de Dios, da el rendimiento del más subido apostolado, si el alma es constantemente fiel.

Para estas almas llega del mismo modo Dios a ser manojito de mirra porque se empapan en los dolores de Jesús en su Sagrada Pasión, la meditan contemplando la Divinidad tan inseparable y misteriosamente unida a ese Cuerpo y Alma oprimidos por el dolor y la humilla­ción, y cada uno de los atributos divinos va produciendo en aquellas almas, a través del amor de compasión, una influencia purificadora de conocimiento y de amor. Aún en los menores detalles de la Sagrada Pasión, ven flotar las grandezas de la Divinidad, y por eso su meditación es propiamente una subida contemplación. Los dolores ínti­mos de Jesús tocan la fibra más delicada de esas almas, porque conocen que el origen de su intensidad son los atributos de la divinidad, en ellos reflejada.

Estas almas llegan a reflejar en sí el majestuoso dolor de pésame que brota la Pasión de Jesús, y comprenden de modo estupendo —insondable— la amargura del amabi­lísimo Corazón de Jesús, bajo cuyo conocimiento parece que se aniquilan delante de Dios.

Venturosas almas que purificadas por el amor de com­pasión, abrazando el Crucifijo y con Él, los intereses de Dios menoscabados en el mundo, gritan como la Esposa de los Cantares: “Manojito de mirra es mi Amado para mí”.

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* Introducción del libro: Manojitos de mirra, de la beata Laura Montoya

   Hermanas Lauritas: cra. 4 nº 11-45 sur, Bogotá, Colombia. Tel.: 3335542


[1] Entiéndase que la mirra es una resina fina, olorosa y amarga, perfecto símbolo de la Pa­sión de Jesús que es fino amor, perfume delicado del alma, que la contempla y amargura honda y profunda para el corazón amante y agradecido

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Viernes Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

Aprendió a obedecer

 

Ya no parecía un ser humano; hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Fue maltratado, se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la trasquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado; ¿quién ha pensado suficientemente en su suerte?

Le dijo a su Padre que pagaría nuestra culpa: eran nuestras faltas por las que era castigado; por nuestros pecados era aplastado. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido sanados.

«Si es posible, Padre, que no sufra todo lo que debo sufrir… ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!» A pesar de que nunca cometió un acto de violencia ni salió una mentira de su boca, quiso su Padre destrozarlo con padecimientos, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado del hombre.

Aunque era Hijo, aprendió en su Pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen.

Esta es la esencia de nuestra Redención: la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Y nosotros, ¿somos obedientes a Dios y a su Iglesia? Cada vez que asistimos a la Eucaristía, ¿revivimos esa Pasión y esa Muerte que nos dio la posibilidad del Cielo? Efectivamente, en ese momento se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén y todo el tiempo que ha pasado desde que Cristo entregó su vida para pagar la factura que debíamos.

Estamos ahí, presenciando cómo el Hombre–Dios muere tan horriblemente, por nosotros, por nuestras culpas (aquel que diga que no ha pecado es un mentiroso). Y todo lo hizo por amor. Nace el propósito firme de nunca fallar a la Eucaristía, al menos los domingos y las fiestas, para darle gracias, para ofrecerle nuestro buen comportamiento, para perdonar a todos como Él nos perdonó a nosotros…

 

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