Hacia la unión con Dios

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Esencia y accidentes

Posted by pablofranciscomaurino en enero 17, 2014

A veces respondemos muy rápidamente, en forma poco meditada, no oramos antes de responder, para que sea Dios quien habla… Y quizá por eso no descubrimos que la idea principal del mensaje cristiano —el amor auténtico— está por encima de todo otro tema, por importante que parezca. El amor es el distintivo del cristiano; dicho como Jesús lo hizo: a los cristianos nos conocerán porque nos amamos.

Pero el amor a Dios no es un sentimiento; es un acto de la voluntad. Es cumplir los mandamientos, no sentir cosas. Por eso conviene preguntarnos qué dicen los mandamientos al respecto de las imágenes, para lo cual debemos tener en cuenta algunos criterios exegéticos de gran importancia:

1.     Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

2.     El AT fue superado y sobrepasado por el NT.

3.     El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

4.     El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el AT.

5.     La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

6.     Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

7.     En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Un ejemplo: ya que en la época del AT el pueblo judío estaba rodeado de tribus árabes politeístas e idólatras, debió escribirse un doble mandamiento: 1) no tendrás otros dioses… y 2) no te harás imagen…

Y esto, por una razón: en esas épocas era muy fácil hacer ídolos de las imágenes.

Pero ahora los ídolos son otros: el placer, el tener, el poder, la fama, cosas todas intangibles (ya nadie o casi nadie adora imágenes).

Si bien a los judíos de entonces se les enseñaban los aspectos externos, los cristianos de hoy —por la madurez a la que llegó el mensaje de Jesús— estamos obligados a comprender más profundamente el mensaje divino, a interiorizarlo y extractar su esencia, su sustancia, no sus accidentes.

Haciendo un paralelo con otro tema, podemos afirmar que, como los pueblos árabes obligaban al ladrón a restituir cuatro veces lo robado, en el AT Moisés enseñó la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero en el NT, Jesús mejoró, superó, el AT:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. (Mt 5, 38ss)

La esencia del mensaje es el amor; lo accidental es que primero se enseñó un acto de justicia (rudimento del amor): “Ojo por ojo…”, un pequeño avance. Ahora se enseña lo interior: darlo todo por amor

Asimismo, hoy ya no es tan importante no hacer o tener imágenes (lo accidental), pues nadie las considera dioses. Lo verdaderamente importante es no tener otros dioses, es decir, ídolos.

Hoy, además del placer, el tener, el poder y la fama, muchos tenemos otros ídolos, de los cuales debemos deshacernos, para poder cumplir el primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas.

Tenemos que pedirle mucho a Dios que nos ayude a no convertir en ídolos nuestros caprichos o nuestras ideas, cuando las ponemos por encima de la Voluntad de Dios.

Si, por ejemplo, los cristianos siguiéramos discutiendo más y más sobre el tema de las imágenes, podríamos estar haciendo de nuestras ideas algo más importante que el mismo Dios: unos ídolos.

Como se ve, una cosa es la idea principal, la esencia del mensaje: adorar solamente a Dios, y otra cosa es el accidente: tener o no tener imágenes.

Para no equivocarnos, pues, debemos recordar continuamente la esencia del cristiano: el amor.

 

 

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¿Se les puede pedir cosas a los santos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

¿Dice la Biblia algo de esto?

Efectivamente, son muchos los pasajes en los que la Biblia llama «santo» o «santos» a algunos seres humanos. Veamos algunos.

  • «No nos retires tu misericordia, por Abraham, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu santo.» (Dn 3, 35)
  • «La sabiduría hizo que lo que ellos emprendían tuviera éxito gracias a un santo profeta.» (Sb 11, 1)
  • «Envidiaron a Moisés, en el campamento, y a Aarón, el santo del Señor.» (Sal 106, 16)
  • «Le colocó también el turbante en la cabeza, y puso en su parte delantera la lámina de oro: ésta era la corona de santidad que el Señor había mandado a Moisés.» (Lv 8, 9)
  • «Por eso el varón santo te suplica en la hora de la angustia.» (Sal 32, 6)
  • «La dama dijo entonces a su marido: «Mira, este hombre que siempre pasa por nuestra casa es un santo varón de Dios.» (2R 4, 9)
  • «Herodes veía que Juan era un hombre justo y santo.» (Mc 6, 20)

Además, en la Biblia se llama «santo» al pueblo de Dios:

  • «Cuando el pueblo santo sea totalmente aplastado y sin fuerza, entonces se cumplirán estas cosas.» (Dn 12, 7)
  • «Pues tú eres un pueblo santo y consagrado al Señor, tu Dios.» (Dt 14, 2)
  • «El Señor hará de ti su pueblo santo, como te ha jurado si tú guardas sus mandamientos y sigues sus caminos.» (Dt 28, 9)
  • «Yo soy el Señor, quien los hace santos.» (Ez 20, 12)
  • «Para tus santos, sin embargo, resplandecía la luz.» (Sb 18, 1)
  • «Teme al Señor, pueblo de los santos, pues nada les falta a los que lo temen.» (Sal 34, 10)

Y la Palabra de Dios nos pide constantemente que seamos santos:

  • «Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: Sean santos, porque yo, el Señor, Dios de ustedes, soy Santo.» (Lv 19, 2)
  • «Pues Dios no nos llamó a vivir en la impureza, sino en la santidad.» (1Ts 4, 7)
  • «En Cristo, Dios nos eligió antes de que creara el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha.» (Ef 1, 4)
  • «Si es santo el que los llamó, también ustedes han de ser santos en toda su conducta.» (1Pe 1, 15)
  • «Que el bueno siga practicando el bien y el santo creciendo en santidad.» (Ap 22, 11)
  • «Revístanse, pues, del hombre nuevo, el hombre según Dios que él crea en la verdadera justicia y santidad.» (Ef 4, 24)
  • «Serán santos para su Dios y no profanarán su Nombre porque son ellos los que ofrecen los sacrificios por el fuego, alimento de su Dios; por esto han de ser santos.» (Lv 21, 6)

Por eso, es frecuente que los cristianos, con alegría, se llamen «santos»:

  • «Así, pues, ya no son extranjeros ni huéspedes, sino ciudadanos de la ciudad de los santos; ustedes son de la casa de Dios.» (Ef 2, 19)
  • «Recíbanla bien, como debe hacerse entre cristianos y santos hermanos, y ayúdenla en todo lo que necesite, pues muchos están en deuda con ella, y yo también.» (Rm 16, 2)
  • «¡Feliz y santo es el que participa en la primera resurrección! La segunda muerte ya no tiene poder sobre ellos: serán sacerdotes de Dios y de su Mesías y reinarán con él mil años.» (Ap 20, 6)
  • «Respecto a la colecta en favor de los santos, sigan también ustedes las normas que di a las Iglesias de Galacia.» (1Co 16, 1)
  • «Y si es esto lo que esperamos de él, querremos ser santos como él es santo.» (1Jn 3, 3)
  • «Si alguno, pues, trata de no cometer las faltas de que hablo, será como vajilla noble: será santo, útil al Señor, apropiado para toda obra buena.» (2Tm 2, 21)

Y es que Dios mismo nos pide que manifestemos con nuestra vida santa la santidad de Dios:

  •  «Recuerda que ustedes se rebelaron contra mis órdenes en el desierto de Zin, cuando la comunidad murmuró por el asunto del agua, y a ustedes les mandé que manifestaran mi santidad delante de ellos. (Estas son las aguas de Meribá en Cadés en el desierto de Zin.)» (Nm 27, 14)
  •  «Por tu Sabiduría formaste al hombre para que domine a todas las criaturas por debajo de ti, para que gobierne al mundo con santidad y justicia, y tome sus decisiones con recta conciencia.» (Sb 9, 2-3)
  • «Entonces Moisés dijo a Aarón: “Esto es lo que el Señor había declarado: Daré a conocer mi santidad a través de los que se allegan a mí, y a vista de todo el pueblo seré glorificado.” Aarón no agregó palabra.» (Lv 10, 3)
  • «Quisiera que saquen provecho de cada cosa y cada circunstancia, para que lleguen puros e irreprochables al día de Cristo, habiendo hecho madurar, gracias a Cristo Jesús, el fruto de la santidad. Esto será para gloria de Dios, y un honor para mí.» (Flp 1, 10-11)
  • «…de este modo el que comunicaba la santidad se identificaría con aquellos a los que santificaba.» (Hb 2, 11)

Por otra parte, es importante que progresemos en la santidad:

«El que se queda con la leche no entiende todavía el lenguaje de la vida en santidad, no es más que un niño pequeño.» (Hb 5, 13)

Y Dios mismo nos ayuda:

«Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad.» (Hb 12, 10)

Para nunca apartarnos de esa santidad:

«Más les valdría no haber conocido los caminos de la santidad, que después de haberlos conocido, apartarse de la santa doctrina que les fue enseñada.» (2Pe 2, 21)

Por eso no debe admirar que se les diga «santos» a todos los que han vivido bien su cristianismo; que a Pablo se le diga san Pablo; a Pedro, san Pedro; y así, a muchos.

Sin embargo, algunos niegan la inmortalidad del alma. En ese caso, no existirán los santos en el Cielo, y no podrían interceder por nosotros.

Por eso, conviene revisar la Escritura:

Pero Dios creó al hombre a imagen de lo que en él es invisible, y no para que fuera un ser corruptible. (Sb 2, 23)

Porque Dios no hizo la muerte, y no le gusta que se pierdan los vivos. Él creó todas las cosas para que existan; las especies que aparecen en la naturaleza son medicinales, y no traen veneno ni muerte. La tierra no está sometida a la muerte. (Sb 1, 13-14)

Y, si no está sometida a la muerte, ¿en qué consiste la muerte para la Biblia?

El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y el espíritu sube a Dios que lo dio. (Qo 12, 7)

Quiere decir esto que hay algo que sobrevive.

Por eso, Jacob espera, después de muerto, irse a reunir en el más allá con su hijo, a quien cree muerto:

Todos sus hijos e hijas acudieron a consolarlo, pero él no quería ser consolado, y decía: «Estaré todavía de duelo cuando descienda donde mi hijo al lugar de las Sombras.» Y su padre lo lloró. (Gn 37, 35)

Lo mismo se explica en el Antiguo Testamento cuando hablan de los que mueren:

Abraham murió luego de una feliz ancianidad, cargado de años, y fue a reunirse con sus antepasados. (Gn 25, 8)

Ismael vivió ciento treinta y siete años. Luego murió y fue a juntarse con sus antepasados. (Gn 25, 17)

Isaac vivió ciento ochenta años; murió muy anciano y fue a reunirse con sus antepasados. Lo sepultaron sus hijos Esaú y Jacob. (Gn 35, 28-29)

Cuando Jacob hubo terminado de dar estas instrucciones a sus hijos, recogió sus pies en la cama y expiró, y fue a reunirse con sus antepasados. (Gn 49, 33)

Aunque no fueran enterrados con sus antepasados, el libro sagrado afirma repetidas veces que se reunirían con ellos.

Y es que el alma, o dígase el espíritu, deja el cuerpo como quien deja una tienda que ha habitado:

«Sabiendo que pronto será desarmada esta tienda mía, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo.» (2P 1, 14)

Se asegura que habrá vida:

«Pues Cristo quiso morir por el pecado y para llevarnos a Dios, siendo esta la muerte del justo por los injustos. Murió por ser carne, y luego resucitó por el Espíritu. Entonces fue a predicar a los espíritus encarcelados; me refiero a esas personas que se negaron a creer en tiempo de Noé, cuando se iba acabando la paciencia de Dios y Noé ya estaba construyendo el arca. Pero algunas personas, ocho en total, entraron al arca y se salvaron a través del agua.» (1Pe 3, 18-20)

«Sabemos que si nuestra casa terrena o, mejor dicho, nuestra tienda de campaña, llega a desmontarse, Dios nos tiene reservado un edificio no levantado por mano de hombres, una casa para siempre en los cielos. Sí, mientras estamos bajo tiendas de campaña sentimos un peso y angustia: no querríamos que se nos quitase este vestido, sino que nos gustaría más que se nos pusiese el otro encima y que la verdadera vida se tragase todo lo que es mortal. Por eso nos viene incluso el deseo de salir de este cuerpo para ir a vivir con el Señor. (2Co 5, 1. 4. 8)

Cristo es mi vida, y de la misma muerte saco provecho. Pero veo que, mientras estoy en este cuerpo, mi trabajo da frutos, de modo que ya no sé qué escoger. Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de largarme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor. (Flp 1, 21-23)

Jesús mismo le promete la vida eterna al buen ladrón:

Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» (Lc 23, 43)

Definitivamente, en la Biblia encontramos muchas citas que ratifican que las almas siguen viviendo después de la muerte del individuo:

«Cuando abrió el quinto sello, divisé debajo del altar las almas de los que fueron degollados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que les correspondía dar. Se pusieron a gritar con voz muy fuerte: “Santo y justo Señor, ¿hasta cuándo vas a esperar a hacer justicia y tomar venganza por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?”» (Ap 6, 9-10)

Cristo, en este aspecto es enfático:

«¿Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es un Dios de muertos, sino de vivos.» (Mt 22, 32)

«Y en cuanto a saber si los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el capítulo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. (Mc 12, 26-27a) «Y todos viven por Él». (Lc 20, 38)

Por eso Esteban clamó antes morir:

«Señor Jesús, recibe mi espíritu.» (Hch 7, 59b)

La muerte verdadera es la eterna:

Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo. Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas.» Abraham le respondió: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos. Además, mira que hay un abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de ustedes al nuestro.» (Lc 16, 23-26)

Solamente van a morir eternamente los que pecan:

«Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. Quien debe morir es el que peca.» (Ez 18, 4. 20a)

Por eso, Jesús nos dice:

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

Es que todos los que creen en Jesús creen en la resurrección:

«No se asombren de esto; llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán mi voz. Los que obraron el bien resucitarán para la vida, pero los que obraron el mal irán a la condenación.» (Jn 5, 28-29)

«Y espero de Dios, como ellos mismos esperan, la resurrección de los muertos, tanto de los justos como de los pecadores.» (Hch 24, 15)

«Les damos esto como palabra del Señor: nosotros, los que ahora vivimos, si todavía estamos con vida cuando venga el Señor, no tendremos ventaja sobre los que ya han muerto. Cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del cielo. Y primero resucitarán los que murieron en Cristo.» (1Ts 4, 15-16)

«Algunos dirán: ¿Cómo resurgen los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vuelven? ¡Necio! Lo que tú siembras debe morir para recobrar la vida. Y lo que tú siembras no es el cuerpo de la futura planta, sino un grano desnudo, ya sea de trigo o de cualquier otra semilla. Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible. Porque es necesario que nuestro ser mortal y corruptible se revista de la vida que no conoce la muerte ni la corrupción.» (1Co 15, 35-37. 42. 3)

Y, si resucitan, están vivos, y pueden interceder por nosotros:

Luego se le había aparecido, orando en igual forma, un anciano canoso y digno que se distinguía por su buena presencia y su majestuosidad. Entonces el sumo sacerdote Onías había dicho a Judas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ruega sin cesar por el pueblo judío y por la Ciudad Santa. Es Jeremías, el profeta de Dios.» Y Jeremías había extendido su mano derecha entregando una espada de oro a Judas, mientras le decía: «Recibe como regalo de parte de Dios esta espada con la que destrozarás a los enemigos.» (2M 15, 13-16)

Y después de su muerte profetizó y anunció al rey su fin… (Sir 46, 23a)

En vida hizo prodigios, y después de muerto, todavía obró milagros. (Sir 48, 14)

El rico Epulón intercede por sus hermanos:

El otro replicó: «Entonces te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre». (Lc 16, 27)

Los santos participan ya con Cristo de la gloria del Reino del Padre. Por la fe, los cristianos creemos que la acción de los santos es más eficaz que si estuvieran todavía con nosotros. Ellos son nuestros amigos, ya que nos ofrecen un ejemplo qué seguir e interceden por nosotros.

Durante toda la historia de la humanidad, los seres humanos hemos venerado a los grandes hombres y mujeres de la historia, de la ciencia, de la inventiva, de las artes, en fin, de todas las áreas; les hacemos estatuas, fotografías, dibujos o grabados… La veneración se da también a seres humanos vivos: aplausos, flores, ovaciones, diplomas, pergaminos, etc.

El Señor le perdonó sus pecados y quiso que su poder perdurara por los siglos: se comprometió con él en lo que respecta a los reyes futuros, y le prometió que haría gloriosa su dinastía en Israel. (Sir 47, 11)

¡Oh Elías, tus milagros constituyeron tu gloria! ¿Quién podría vanagloriarse de ser como tú? (Sir 48, 4)

Entonces ¿por qué no rendirle homenaje a los santos?

Como el culto a María, el que le rendimos a los santos lleva a Dios y termina en Él.

Por eso, la Iglesia Católica distingue claramente los diferentes cultos u homenajes externos de respeto y amor que tributa el cristiano:

El culto de latría o adoración, que se tributa a Dios.

El culto de dulía o veneración, que se tributa a los ángeles y a los santos.

El culto de hiperdulía, que se tributa a la Virgen.

 

 

 

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¿Prohíbe Dios las imágenes?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2008

La siguiente frase del Éxodo hace creer a algunos que Dios prohíbe las imágenes:

«No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni los sirvas, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso.» (Ex 20, 3–5).

Esta frase es clara desde el comienzo: «No tendrás otros dioses fuera de mí». Por eso, lo que Dios pretendía, en esa época del Antiguo Testamento, era que el pueblo escogido no cayera en algo que los pueblos vecinos trataban de infundirles: la creencia en otros dioses, es decir, tener ídolos.

Así mismo, en el Deuteronomio se lee:

«No tendrás otro dios delante de mí. No te harás ídolos, no te harás figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo o aquí debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. Ante ellas no te hincarás ni les rendirás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.» (Dt 5, 7–9)

También es claro este mensaje desde el principio: «No tendrás otro dios delante de mí.». Quien lea lo anterior con sencillez y simplicidad (sin prevenciones ni prejuicios) puede darse cuenta de que la finalidad de estas palabras es el rechazo de Dios a la idolatría, no a hacer o tener imágenes.

La prueba de esto es que el mismo Dios manda hacer imágenes: la Biblia cuenta que, en el primer templo que Él manda construir en el mundo:

«El Señor habló a Moisés para decirle: “Me harán un santuario para que Yo habite en medio de ellos, y lo harán, como también todas las cosas necesarias para mi culto, según el modelo que Yo te enseñaré. Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta.”» (Ex 25, 1.8-9.18)

Queda claro, entonces, que Dios no solamente permite que se hagan imágenes, sino que Él mismo las manda a hacer.

Además, el libro de Josué narra que él y los sacerdotes se postraron ante esas imágenes:

«Entonces Josué y todos los jefes de Israel rasgaron sus vestidos, se cubrieron de ceniza la cabeza y permanecieron postrados delante del Arca del Señor hasta la tarde.» (Jos 7, 6)

Más adelante, se nos cuenta cómo Dios, otra vez, manda a hacer otra imagen:

«El Señor le dijo a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y colócala en un poste. El que haya sido mordido, al verla, sanará”.» (Nm 21, 8)

Y Moisés obedeció la orden de Dios:

«Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un poste. Cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba la serpiente de bronce y se sanaba.» (Nm 21, 9)

Cuenta la Biblia también que cuando Salomón construyó el templo le hizo imágenes:

«Dentro del Lugar Santísimo, puso dos querubines hechos de madera de olivo silvestre, de cinco metros de alto. Cada una de sus alas tenía dos metros y medio de largo, de manera que había cinco metros de una punta a la otra de las alas. Los dos querubines tenían exactamente la misma hechura y las mismas medidas: cinco metros de alto. Colocó los querubines dentro de la Casa, con las alas desplegadas, de manera que, por el lado exterior un ala tocaba la pared y, en el medio de la Casa, las alas de ambos se tocaban. Salomón cubrió de oro los dos querubines.» (1Re 6, 23-28)

Y, acto seguido, Salomón le hizo más imágenes al templo:

«Sobre el panel que estaba entre los listones había leones, bueyes y querubines. Lo mismo sobre los listones. Por encima y por debajo de los leones y de los toros había adornos.» (1Re 7, 29)

Finalmente, tras esa construcción, Dios se muestra complacido por el templo, lleno de imágenes:

«Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó la Casa del Señor.» (1Re 8, 10)

Dios no se puede contradecir: si Él mismo manda hacer imágenes, no las puede prohibir. Es la idolatría lo que Dios reprueba.

Dios prohibió hacer o tener imágenes para evitar que la fe en el único Dios, el Señor, se contaminara con las prácticas idolátricas, fetichistas y politeístas de los pueblos vecinos:

En efecto, cualquiera que se volvía al objeto de bronce se salvaba, no por lo que tenía a su vista, sino por ti, el Salvador de todos. (Sb 16, 7)

Por eso, la idolatría significa creer que un trozo de papel, yeso, bronce u otro material es un dios, que tiene poderes como tal, y que hay que adorarlo.

Israel fue entendiendo que el Señor es el único Dios de todos los pueblos y que las imágenes, altares, oraciones y cultos sólo a Él estaban destinados. Así, el peligro de la idolatría desapareció.

Entonces, el propio Dios, que se había mantenido invisible hasta ese momento, viendo ya maduro a su pueblo, quiso hacerse una imagen para que todos la pudieran contemplar, oír, tocar: se acercó a los hombres mediante una figura, la de Cristo:

Él es la imagen del Dios que no se puede ver. (Col 1, 15)

Se niegan a creer, porque el dios de este mundo los ha vuelto ciegos de entendimiento y no ven el resplandor del Evangelio glorioso de Cristo, que es imagen de Dios. (2Co 4, 4)

Con esta explicación, ¿cómo se podría pensar en volver a esas épocas anteriores de ignorancia y prohibir de nuevo las imágenes?

Las imágenes de Cristo nos recuerdan su vida y sus hechos en los pasajes que representan, nos impulsan a alabarlo por cuantas bondades realizó cuando vivió entre nosotros. Las imágenes son, y han sido durante mucho tiempo, la Biblia de los analfabetas y de los niños pequeños que todavía no saben leer.

Por otra parte, las imágenes de los santos nos ayudan a elevar nuestro corazón a Dios para bendecirlo por lo que hizo en ellos y a través de ellos, nos recuerdan la santidad a la que estamos llamados y estimulan nuestro esfuerzo por lograrla.

 

 

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