Hacia la unión con Dios

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Las ‘riquezas’ de la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2017

 

—Ese Vaticano es riquísimo. ¿Por qué no venden todas esas obras de arte y esos edificios, para darle el dinero a los pobres?

—El Papa vive en medio de riquezas, mientras hay millones de personas muriendo de hambre.

—¿No predican la caridad? Y mírenlos: llenos de oro.

—Los curas tienen plata por montones. ¿Dónde está su amor por los pobres y necesitados? ¿Por qué no cumplen el voto de pobreza que emitieron?

—A nosotros nos piden dinero con frecuencia, pero ellos no dan nada.

—La Iglesia Católica es la institución más rica de la Tierra. Y tiene poder político, influencias; no solo dinero.

Estos y muchos argumentos más se emiten, tanto en conversaciones familiares y sociales, como en los medios de comunicación.

 

Al respecto, hay 2 conceptos que suelen no tenerse en cuenta cuando se habla de este tema:

El primero es la función de la Iglesia Católica o, como se diría hoy a nivel empresarial: su misión.

La misión de una empresa contesta la pregunta “¿Cuál es nuestra razón de ser? Sirve como un punto de referencia para que todos los miembros de la empresa actúen en función de esa misión, es decir, lograr que se establezcan objetivos, diseñen estrategias, tomen decisiones y se ejecuten tareas, bajo ese criterio. Además, la misión le da identidad y personalidad a una empresa, permitiendo así distinguirla de otras empresas similares.

Asumiendo esta definición, la misión de la Iglesia Católica es la que le dio su Fundador:

«Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. » (Mt 28, 19)

«Id por todo el Mundo y predicar el Evangelio a toda criatura.» (Mc 16, 15)

Como se ve, en estas frases queda clarísima, pues, la función de la Iglesia: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR.

En ninguna parte de esta definición de su misión se expresa que la Iglesia deba solucionar problemas de orden temporal y, mucho menos, económicos.

Al contrario, en la escena en la que una mujer derrama sobre Jesucristo un perfume de alabastro, sus discípulos hablaron sobre el derroche que eso significaba; efectivamente, dijeron: «Podría haberse vendido a gran precio y darlo a los pobres» (Mt 26, 9; Mc 14, 5; Jn 12, 5); pero Él contestó: «Pobres en todo tiempo los tendréis con vosotros» (Mt 26, 11; Mc 14, 7; Jn 12, 8). Esto significa, primero, que la misión de Jesús ni de la Iglesia que fundaba no era acabar con la pobreza material; y segundo, que de todos modos la pobreza material jamás acabará.

Por todo lo dicho, están erradísimos quienes reclaman esa función para la Iglesia.

 

El segundo concepto que se olvida mucho es que, a pesar de que esa no es su función —su misión—, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda en los desastres naturales, en las guerras y en todas las calamidades de cualquier parte del Mundo: no hay ningún gobierno u ONG que ayude más. Y fuera de los momentos en los que hay desastres o calamidades, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda ordinariamente a la humanidad con sus innumerables instituciones de caridad: hospitales, horfanatos, ancianatos, centros educativos, jornadas de salud, etc., etc., etc.

 

En resumen: la Iglesia no fue fundada para solucionar problemas económicos ni para acabar con la pobreza material; a pesar de eso, es la institución que más ayuda a la humanidad.

 

Alguien argumentará que el Papa Francisco, al iniciar su pontificado, afirmó: «Quiero una Iglesia pobre, para los pobres», y es verdad; pero ¿a qué pobreza se refería el Santo Padre? A la misma pobreza a la que se refirió Jesús cuando aseguró: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

Pero este concepto debe entenderse como lo ha enseñado siempre la Iglesia: tal y como lo exponen san Agustín, en el libro De serm. Dom. in monte, y santo Tomás de Aquino, en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69, quienes explican la relación de los Dones del Espíritu Santo con las Bienaventuranzas.

Ellos revelan que, por el don del Temor, ese miedo a ofender a un Ser tan bueno, las personas desarrollan grandemente la virtud de la Humildad, pero entendida según la primera acepción del diccionario: «el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y el obrar de acuerdo con ese conocimiento». Y por eso es que Jesús los llama Pobres de espíritu, es decir, esas personas que ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. En otras palabras, según la enseñanza divina, los pobres de espíritu son los humildes. Y a quienes tienen esa hermosa virtud es a quienes se refería el Papa Francisco: una Iglesia compuesta por hombres y mujeres que conocen sus propias limitaciones y debilidades y que obran de acuerdo con ese conocimiento.

 

Alguno habrá que haya entendido a Su Santidad Francisco, no como lo ha enseñado siempre la Iglesia, sino como el mundo entiende a los pobres: aquellas personas necesitadas, que ni siquiera tienen lo necesario para vivir dignamente.

Y es así como algunos quieren que viva la Iglesia: sin medios para realizar su función: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR: se necesita dinero para construir y mantener los templos donde se puedan congregar los fieles a celebrar la Misa, a recibir los Sacramentos y a que se les proclame y predique la Palabra de Dios; se necesita dinero para editar y publicar los documentos con los que la Iglesia forma a sus fieles; se necesita dinero para que los sacerdotes vivan dignamente, y así puedan ejercer bien su labor, etc.

A nadie le parece bien que los trabajadores carezcan de lo necesario para realizar su labor, pero a la Iglesia algunos le quieren negar ese derecho. Entienden que tanto profesionales como artesanos deben tener lo necesario para vivir, pero no les conceden ese derecho a otros ciudadanos, como los sacerdotes y religiosos. Piden que se venda el Vaticano y todos los tesoros que contiene, pero jamás se les ocurriría pedir que se vendan los edificios y haberes del Gobierno y de los políticos, de las empresas y sus empresarios, de los profesionales, de los negociantes, etc.

Hay quienes piensan que todos los seres humanos tienen derecho a salir de la pobreza material y hasta luchan por ello, pero quieren a la Iglesia en malas condiciones materiales y económicas…

 

No sobra hacer una claridad a quienes afirman que los curas deberían cumplir su voto de pobreza: emiten este voto únicamente quienes se entregan a una vida consagrada; ni los diáconos (hay casi 45.000 en el Mundo) ni los sacerdotes (en la actualidad, casi 416.000 presbíteros y cerca de 52.000 obispos) ni el Papa hacen el voto de la pobreza, a no ser que sean religiosos, es decir, que pertenezcan a un instituto de vida consagrada. A la fecha, son casi 737.000 personas de vida consagrada en la Iglesia; los demás no hacen votos.

 

Por último, sería muy bueno que no generalizáramos: alguna vez alguien dijo:

—Es que los curas son ladrones y viven súper bien.

Uno le respondió:

—¿Y es que los conoces a todos?

—No —dijo el otro—, pero sí conozco a un cura que…

—Entonces di que conoces UN cura que…

 

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Noviembre 9 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

DECICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

Templos de Dios

El Papa san Silvestre consagró este templo el 9 de noviembre del año 324. Es la más antigua de todas las basílicas de la Iglesia Católica. En su frontis tiene esta leyenda: “Madre y Cabeza de toda las iglesias de la ciudad y del mundo”.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos prepara para entender que el templo —todo templo— es la figura de Cristo, que saneará y vivificará las aguas, los peces que contienen y las plantas de sus riberas, que producirán frutos comestibles y tendrán hojas medicinales; con esto significa que quien se acerca a Cristo quedará lleno de salud y de vida: bienestar creciente y vida eterna y feliz.

Para lograr eso, debemos percatarnos de una realidad más profunda: que somos templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en nosotros, como lo escribió san Pablo a los Corintios.

Les añade que si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá; y eso fue lo que enseñó Cristo Jesús cuando, haciendo un azote de cordeles, echó a todos del templo, ovejas y bueyes, y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas, y a los que vendían palomas les dijo: «¡No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre!»

Es que la casa de Dios —nosotros— debe ser santa. Así lo expresa la beata Isabel de la Trinidad:

«¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para establecerme en ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti. […] Pacifica mi alma: haz de ella tu cielo, tu morada predilecta, el lugar de tu descanso.»

Si permanecemos así: santos, como dignos templos de Dios, al final de nuestras vidas podremos experimentar lo que ya vivió Jesús y que quiso significar cuando les dijo a los judíos: «Destruid este templo y lo levantaré en 3 días»: la dicha de la resurrección a la verdadera vida, a la bienaventuranza, a la felicidad eterna.

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Ante los terribles escándalos de la Iglesia*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 15, 2010

 

Homilía del sacerdote Franciscano P. Roger J. Landry, pronunciada en la Parroquia del

Espíritu Santo en Fall River, MA (Estados Unidos)

Fuente: Texto enviado por Raymundo Trujillo

Es un escándalo mayúsculo; muchas personas que durante largo tiempo han tenido aversión a la Iglesia a causa de alguna de sus enseñanzas morales o doctrinales, lo están usando como pretexto para atacar a la Iglesia como un todo, tratando de significar que, después de todo, ellos tenían razón. Muchas personas se han acercado a mí para hablar del asunto. Muchas otras hubieran querido hacerlo, pero creo que por respeto y por no querer sacar a relucir lo que consideran malas noticias, se abstuvieron; pero para mí era obvio que estaba en su mente. Y por eso, hoy quiero atacar el asunto de frente. Ustedes tienen derecho a ello.

No podemos fingir, como si no hubiera sucedido. Yo quisiera discutir cuál debe ser nuestra respuesta como fieles católicos a este terrible escándalo. Lo primero que necesitamos hacer es entenderlo a la luz de nuestra fe en el Señor. Antes de elegir a sus primeros discípulos, Jesús subió a la montaña a orar toda la noche. En ese tiempo tenía muchos seguidores. Habló a Su Padre en oración acerca de a quiénes elegiría para que fueran sus doce Apóstoles, los doce que Él formaría íntimamente, los doce a quienes enviaría a predicar la Buena Nueva en su Nombre. Les dio el poder de expulsar a los demonios. Les dio el poder para curar a los enfermos. Ellos vieron como Jesús obró incontables milagros, y ellos mismos obraron en su Nombre numerosos milagros.

Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue un traidor. Uno que había seguido al Señor, uno de los que le lavó los pies, que lo vio caminar sobre las aguas, resucitar a personas de entre los muertos y perdonar a los pecadores, traicionó al Señor. El Evangelio nos dice que Él permitió que Satanás entrara en él, y luego vendió al Señor por treinta monedas, en Getsemaní, simulando un acto de amor para entregarlo. “¡Judas —le dijo Jesús en el huerto de Getsemaní—, con un beso entregas al Hijo del hombre!”

Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara. Lo eligió para que fuera como todos los demás. Pero Judas fue siempre libre, y usó su libertad para permitir que Satanás entrara en él y, por su traición, termino haciendo que Jesús fuera crucificado y ejecutado.

Así que, de los primeros doce Jesús mismo eligió, uno fue un terrible traidor. A veces los elegidos de Dios lo traicionan. Este es un hecho que debemos asumir. Es un hecho que la primera Iglesia asumió.

Si el escándalo causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los miembros de la primera Iglesia se hubieran centrado, la Iglesia habría estado acabada antes de comenzar a crecer.

En vez de ello, la Iglesia reconoció que no se juzga algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven. En vez de centrarse en aquél que traicionó a Jesús, se centraron en los otros once, gracias a cuya labor, predicación, milagros y amor por Cristo, nosotros estarnos aquí hoy. Los otros once —excepto san Juan— fueron martirizados por Cristo y por el Evangelio;  estuvieron dispuestos a dar sus vidas para proclamarlo. Gracias a esos otros once nosotros llegamos a escuchar la palabra salvífica de Dios y recibimos los Sacramentos de la vida eterna.

Hoy somos confrontados por esa misma realidad. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, aquellos que abusaron en vez de amar a quien estaban llamados a servir; o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servirlos a ustedes por amor. Los medios casi nunca prestan atención a los buenos “once”, aquellos a quienes Jesús escogió y que permanecieron fieles, que vivieron una vida de silenciosa santidad. Nosotros —la Iglesia— debemos ver el terrible escándalo que se presenta ante nuestros ojos bajo una perspectiva auténtica y completa.

El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia, en las que estuvo peor que ahora. La historia de la Iglesia es como la definición matemática del coseno, es decir, una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo de los siglos. En cada una de esas épocas, cuando la Iglesia llegó a su punto más bajo, Dios elevó a tremendos santos que llevaron a la Iglesia de regreso a su verdadera misión. Es casi como si en aquellos momentos de oscuridad la Luz de Cristo brillara más intensamente.

Quisiera centrarme un poco en un par de santos a quienes Dios hizo surgir en esos tiempos tan difíciles, porque su sabiduría realmente puede guiarnos durante este tiempo difícil.

San Francisco de Sales fue un santo a quien Dios hizo surgir justo después de la Reforma Protestante. La Reforma Protestante no brotó fundamentalmente por aspectos teológicos, por asuntos de fe —las diferencias teológicas aparecieron después—, sino por aspectos morales. Había un sacerdote agustino, Martín Lutero, quien fue a Roma durante el papado más notorio de la historia, el del Papa Alejandro VI. Este Papa jamás enseñó nada contra la fe —el Espíritu Santo lo evitó—, pero fue simplemente un hombre malvado. Tuvo nueve hijos de seis diferentes concubinas. Llevó a cabo acciones contra aquellos que consideraba sus enemigos. Martín Lutero visitó Roma durante su papado, y se preguntaba cómo Dios podía permitir que un hombre tan malvado fuera la cabeza visible de su Iglesia. Regresó a Alemania, y observó toda clase de problemas morales:

Muchos sacerdotes vivían abiertamente relaciones con mujeres. Algunos trataban de obtener ganancias vendiendo bienes espirituales. Primaba una inmoralidad terrible entre los laicos católicos. Él se escandalizó, como le hubiera ocurrido a cualquiera que amara a Dios, por esos abusos desenfrenados. Así que inició la Reforma. Eventualmente, Dios hizo sufrir a muchos santos, que combatieran esta solución equivocada y trajeran de regreso a numerosas personas a la Iglesia fundada por Cristo.

San Francisco de Sales fue uno de ellos. Poniendo en riesgo su vida, recorrió Suiza (donde los calvinistas eran muy populares), predicando el Evangelio con verdad y amor. Muchas veces fue golpeado en su camino y dejado por muerto. Un día le preguntaron cuál era su postura con relación a los escándalos que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes. Lo que él dijo es tan importante para nosotros hoy como lo fue en aquel entonces para quienes lo escucharon; no se anduvo con rodeos. Dijo: “Quienes cometen ese tipo de escándalos son culpables, y su culpa es el equivalente espiritual a un asesinato pues, con su pésimo ejemplo, están destruyendo la fe de otras personas en Dios”. Pero al mismo tiempo advirtió a sus oyentes: “Pero yo estoy aquí entre ustedes hoy para evitarles un mal aún peor: mientras que aquellos que causan el escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que acogen el escándalo —los que permiten que los escándalos destruyan su fe—, son culpables de suicidio espiritual.” 

Son culpables, dijo él, “de cortar de tajo su vida con Cristo, abandonando la fuente de vida de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía”. San Francisco de Sales anduvo entre la gente de Suiza tratando de prevenir que cometieran el suicidio espiritual a causa de los escándalos. Y yo estoy aquí hoy para predicarles lo mismo a ustedes. ¿Cuál debe ser entonces nuestra reacción?

Otro gran santo que vivió en tiempos particularmente difíciles también puede ayudarnos: el gran san Francisco de Asís. Fue una época de inmoralidad terrible en Italia central. Los sacerdotes daban ejemplos espantosos. La inmoralidad de los laicos era aún peor. San Francisco mismo, siendo joven, había escandalizado a otros con su manera despreocupada de vivir. Pero se convirtió al Señor, fundó a los Frailes menores, ayudó a Dios a reconstruir su Iglesia y llegó a ser uno de los más grandes santos de todos los tiempos.

Una vez, uno de los hermanos de la Orden le hizo una pregunta; este hermano era muy susceptible a los escándalos. “Hermano Francisco —le dijo— ¿qué harías tú si supieras que el sacerdote que está celebrando la Misa tiene tres concubinas a su lado?” Francisco, sin dudar un sólo instante, le dijo muy despacio: “Cuando llegara la hora de la Sagrada Comunión, iría a recibir el Sagrado Cuerpo de mi Señor de las manos ungidas de ese sacerdote.” 

¿A dónde quiso llegar Francisco? Él quiso dejar en claro una verdad formidable de la fe y un don extraordinario del Señor. Sin importar cuán pecador pueda ser un sacerdote, siempre y cuando tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia —en Misa, por ejemplo, cambiar el pan y el vino en la carne y la sangre de Cristo, o en la confesión, perdonar los pecados del penitente—, Cristo mismo actúa en los Sacramentos a través de ese ministro,  sin importar cuán pecador sea él en lo personal. Así como cuando el Papa celebra la Misa, cuando un sacerdote condenado a muerte por un crimen celebra la Misa, es Cristo mismo quien actúa y nos da su Cuerpo y su Sangre.

Así que lo que Francisco estaba diciendo en respuesta a la pregunta de su hermano religioso, al manifestarle que él recibiría el Sagrado Cuerpo de su Señor de las manos ungidas del sacerdote, es que no iba a permitir que la maldad o inmoralidad del sacerdote lo llevaran a cometer suicidio espiritual. Cristo puede seguir actuando y de hecho actúa incluso a través del más pecador de los sacerdotes. ¡Y gracias a Dios que lo hace!

Si tuviéramos que depender de la santidad personal del sacerdote, estaríamos en graves problemas.

Los sacerdotes son elegidos por Dios de entre los hombres, y son tentados como cualquier ser humano y caen en pecado como cualquier ser humano. Pero Dios lo sabía desde el principio. Once de los primeros doce Apóstoles se dispersaron cuando Cristo fue arrestado, pero regresaron; uno de los doce traicionó al Señor y tristemente nunca regresó.

Es que Dios ha hecho los sacramentos esencialmente “a prueba de los sacerdotes”, en cuanto se refiere  a su santidad personal. No importa cuán santos o cuán malvados sean, siempre y cuando tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia, entonces actúa Cristo mismo, tal como actuó a través de Judas cuando Judas expulsó demonios y curó enfermos.

Así que, de nuevo, les pregunto: ¿Cuál debe ser la respuesta de la Iglesia a estos actos? Se ha hablado mucho al respecto en los medios. ¿Tiene la Iglesia que trabajar mejor, asegurándose que nadie con predisposición a la pedofilia sea ordenado? Absolutamente sí. Pero esto no sería suficiente. ¿Tiene la Iglesia que actuar mejor para tratar estos casos cuando sean reportados? La Iglesia ha cambiado su manera de abordar estos casos, y hoy la situación es mucho mejor de lo que fue en los años ochenta, pero siempre puede ser perfeccionada. Pero aún esto no sería suficiente. ¿Tenemos que hacer más para apoyar a las víctimas de tales abusos? ¡Sí, tenemos que hacerlo, tanto por justicia como por amor! Pero ni siquiera esto es lo adecuado. El Cardenal Law ha hecho que la mayoría de los rectores de las escuelas de medicina en Boston trabajen en el establecimiento de un centro para la prevención del abuso en niños, que es algo que todos nosotros debemos apoyar. Pero ni siquiera esto es una respuesta suficiente La única respuesta adecuada a este terrible escándalo —como San Francisco de Sales lo recomendó, junto con incontables santos en cada siglo— es ¡la santidad!

¡Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el mundo enfrenta, es una crisis de santidad! La santidad es crucial, porque es el rostro auténtico de la Iglesia. Siempre hay personas —un sacerdote se encuentra con ellas regularmente, ustedes probablemente conocen a varias de ellas también—, que usan excusas para justificar por qué no practican su fe, por qué lentamente están cometiendo suicidio espiritual. Puede ser porque una monja se portó mal con ellos cuando tenían 9 años. O porque no entienden las enseñanzas de la Iglesia sobre algún asunto particular.

Indudablemente habrá muchas personas estos días —y ustedes probablemente se encontraran con ellas— que dirán: “¿Para qué practicar la fe, para qué ir a la Iglesia, si la Iglesia no puede ser verdadera, cuando los así llamados elegidos son capaces de hacer el tipo de cosas que hemos estado leyendo?” Este escándalo es como un perchero enorme donde algunos trataran de colgar su fe. Por eso es que la santidad es tan importante. Estas personas necesitan encontrar en todos nosotros una razón para tener fe, una razón para tener esperanza, una razón para responder con amor al amor del Señor.

Las bienaventuranzas que leemos en el Evangelio son una receta para la santidad. Todos necesitamos vivirlas más. ¿Tienen que ser más santos los sacerdotes? Seguro que sí. ¿Tienen que ser más santos los religiosos y religiosas, y dar un testimonio aun mayor de Dios y del Cielo? Absolutamente. Pero todas las personas en la Iglesia tienen que hacerlo, ¡incluyendo a los seglares! Todos tenemos la vocación —el llamado de Dios— a ser santos, y esta crisis es una llamada para que despertemos.

Estos son tiempos duros para ser sacerdote hoy. Son tiempos duros para ser católicos hoy. Pero también son tiempos magníficos para ser un sacerdote hoy y tiempos magníficos para ser católicos hoy. Jesús dice en las bienaventuranzas: “Bienaventurados serán cuando los injurien, los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los Cielos, pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes”. Yo he experimentado de primera mano esta bienaventuranza, al igual que otros sacerdotes que conozco.

A principios de esta semana, cuando terminé de hacer ejercicio en un gimnasio local, salía yo del vestidor con mi traje negro de clérigo. Una madre, apenas me vio, inmediata y apresuradamente, apartó a sus hijos del camino y los “protegió de mí” mientras yo pasaba. Me miró cuando pasé y, cuando me había alejado lo suficiente, respiró aliviada y soltó a sus hijos corno si yo fuera a atacarlos a mitad de la tarde en un club deportivo.

Pero mientras que todos nosotros quizá tengamos que padecer tales insultos y falsedades por causa de Cristo, de hecho debemos regocijarnos. Es un tiempo fantástico para ser cristianos hoy, porque es un tiempo en el que Dios realmente necesita de nosotros para mostrar su verdadero Rostro. En tiempos pasados la Iglesia era respetada. Los sacerdotes eran respetados. La Iglesia tenía reputación de santidad y bondad. Pero ya no es así. Uno de los más grandes predicadores en la historia, el Obispo Fulton J. Sheen, solía decir que él prefería vivir en tiempos en los que la Iglesia sufre en vez de cuando florece, cuando la Iglesia tiene que luchar, cuando la Iglesia tiene que ir contra la cultura.

Esas épocas son para que los verdaderos hombres y las verdaderas mujeres den un paso al frente y digan: “Hasta los cadáveres pueden flotar corriente abajo,”, señalando con esto que muchas personas salen adelante fácilmente cuando la Iglesia es respetada, “pero se necesita de verdaderos hombres, de verdaderas mujeres, para nadar contra la corriente.” ¡Qué verdad es esta!

Hay que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer para mantenerse a flote y nadar contra la corriente que se mueve en oposición a la Iglesia. Hay que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer para reconocer que cuando se nada contra la corriente de las críticas estamos más seguros, permaneciendo adheridos a la Roca sobre la que Cristo fundó su Iglesia. Este es uno de esos tiempos. Es uno de los grandes momentos para ser cristianos.

Algunas personas predicen que la Iglesia pasará tiempos difíciles; y quizá será así. Pero la Iglesia sobrevivirá, porque el Señor se asegurará de que sobreviva. Una de las más grandes réplicas en la historia sucedió justamente hace unos doscientos años. El emperador francés Napoleón engullía con sus ejércitos a los países de Europa, con la intención final de dominar totalmente el mundo.

En aquel entonces dijo al Cardenal Consalvi: “Voy a desunir su Iglesia”. El Cardenal le contestó: “No, no podrá”. Napoleón dijo otra vez: ¡Voy a destruir su Iglesia!”. El Cardenal dijo confiado: “No, ¡no podrá! ¡Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo!” Si los malos Papas, los sacerdotes infieles y miles de pecadores en la Iglesia no han tenido éxito en destruirla desde su interior —le estaba diciendo implícitamente al general—, ¿cómo cree que Usted va a poder hacerlo?

El Cardenal apuntaba a una verdad crucial: Cristo nunca permitirá que su Iglesia fracase. El prometió que las puertas del infierno no prevalecerían sobre ella; que la barca de Pedro, la Iglesia que navega en el tiempo hacia su puerto eterno en el cielo, nunca se volcará, no porque aquellos que van en ella no cometan todos los pecados posibles para hundirla, sino porque Cristo, que también está en la barca, nunca permitirá que esto suceda. Cristo sigue en la barca y Él nunca la abandonará. La magnitud de este escándalo podría ser tal, que de ahora en adelante ustedes encuentren difícil confiar en los sacerdotes de la misma manera como lo hicieron en el pasado. Esto puede suceder y podría no ser tan malo. ¡Pero nunca pierdan la confianza en el Señor! ¡Es su Iglesia! Aun cuando algunos de sus elegidos lo hayan traicionado, Él llamará a otros que serán fieles, que los servirán a ustedes con el amor con el que merecen ser servidos, tal como ocurrió después de la muerte de Judas, cuando los once Apóstoles se pusieron de acuerdo y pidieron al Señor eligiera a alguien que tomara el lugar de Judas, y escogieron al hombre que terminó siendo san Matías y quien proclamó fielmente el Evangelio hasta ser martirizado por él.

¡Este es un tiempo en el que todos nosotros necesitamos concentrarnos aún más en la santidad! ¡Estamos llamados a ser santos! ¡Cuánto necesita nuestra sociedad ver ese rostro hermoso y radiante de la Iglesia! Ustedes son parte de la solución, una parte fundamental de la solución. Y, cuando caminen hoy para recibir de las manos ungidas de este sacerdote el Sagrado Cuerpo del Señor, pídanle a Él que los llene de un deseo real de santidad, un deseo real de mostrar su autentico Rostro.

Una de las razones por las que yo estoy aquí como sacerdote para ustedes hoy es porque, siendo joven, me impresionaron negativamente algunos de los sacerdotes que conocí. Los veía celebrar la Misa, y casi sin reverencia alguna dejaban caer el Cuerpo del Señor en la patena, como si tuvieran en sus manos algo de poco valor, en vez del Creador y Salvador de todos, en vez de a mi Creador y Salvador. Recuerdo haberle dicho al Señor, reiterando mi deseo de ser sacerdote: “¡Señor, por favor, déjame ser sacerdote para que pueda tratarte como Tú mereces!”. Eso me dio un ardiente deseo de servir al Señor. Quizá este escándalo les permita a ustedes hacer lo mismo. Este escándalo puede ser algo que los conduzca por el camino del suicidio espiritual o algo que los inspire a decir, finalmente, “Quiero ser santo, para que yo y la Iglesia podamos glorificar tu Nombre como Tú lo mereces, para que otros puedan encontrarte en el amor y la salvación que yo he encontrado.” Jesús está con nosotros, como lo prometió, hasta el final de los tiempos. Él sigue en la barca.

A partir de la traición de Judas, Él alcanzo la más grande victoria en la historia del mundo: nuestra salvación por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección; también a través de este episodio, Él puede y quiere atraer un nuevo renacimiento de la santidad, para lanzar unos nuevos Hechos de los Apóstoles en el siglo XXI, con cada uno de nosotros —y esto te incluye a ti—, jugando un papel estelar.

Ahora es el tiempo para que los verdaderos hombres y mujeres de la Iglesia se pongan en pie. Ahora es el tiempo de los santos. ¿Cómo vas a responder tú?

  

 

 

 

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Ciclo A, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 20, 2008

 

 

El traje de fiesta

 

Así como se vio el domingo pasado, nuestra historia es como la de los invitados a las bodas: no hicimos caso, sino que nos fuimos, unos a nuestros campos y otros a nuestros negocios. Otros tomaron a los servidores del rey, los maltrataron y los mataron.

¿No sabemos que la Iglesia busca siempre nuestra felicidad?, ¿que Jesús fundó la Iglesia Católica para auxiliarnos en este mundo y llegar así a la dicha eterna?

¿Hacemos caso a lo que nos dice esa su Iglesia? ¿Averiguamos dónde comprar los escritos del Santo Padre, del Concilio, de los sínodos, para leerlos y llenarnos de esa instrucción? ¿Escuchamos con atención la homilía de la Santa Misa, para ponerlo por obra la semana siguiente? ¿Acudimos a la dirección espiritual?…

O, por el contrario, ¿vivimos concentrados en nuestros negocios?

Si hacemos lo primero habremos, digamos, «comprado» parte de la verdadera paz interior: vivir junto a Dios, llenos de su sabiduría. Con Él sabremos pasar privaciones y vivir en la abundancia. Estaremos entrenados para todo y en todo momento: a estar satisfechos o hambrientos, a vivir en la abundancia o en la escasez. Todo lo podremos —como san Pablo nos lo dice en la segunda lectura— en aquel que nos fortalece.

La Iglesia nos invita a vivir los mandatos de amor que Dios nos dio a través de Moisés y de la Iglesia, y a confesarnos cada vez que los dejamos de cumplir. Y así hallaremos la felicidad que tanto buscamos: nos ganaremos el derecho a entrar en el banquete de la Carne y Vinos escogidos del que nos habla Isaías: se quitará el velo de luto que cubría a todos los pueblos y la mortaja que envolvía a todas las naciones, y se destruirá para siempre a la Muerte. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros.

Una vez conseguido el derecho a entrar a esas bodas, la Eucaristía, hagámoslo con el traje adecuado, pues con pecado mortal sería un sacrilegio comulgar y ofenderíamos de nuevo a nuestro amado bienhechor.

  

 

 

 

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Organización de la Santa Sede*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

Por ACI Prensa

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Recursos relacionados:

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§  Enciclopedia Católica: La Santa Sede

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Cómo está estructurado el Pueblo de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

Son muchas las dudas que existen en cuanto se refiere a la estructura de la Iglesia fundada por Jesucristo, incluso en la legislación, especialmente en lo que se refiere a los términos que se deben usar.

Varios de los documentos del Concilio Vaticano II, el Código de Derecho Canónico, la exhortación apostólica: La vida consagrada y otros documentos de la Iglesia, aportan material e información para lograr hacer un esquema completo, claro y conciso a la vez.

 

Con base en esos documentos, se descubre que hay dos maneras de dividir al Pueblo de Dios: según la constitución jerárquica de la Iglesia y según la condición de vida de sus miembros, así:

 

A. Según la constitución jerárquica de la Iglesia

 

            1. Los ministros sagrados o clérigos

 

            2. Los laicos

 

 

B. Según la situación del fiel según su condición de vida

 

            1. Clérigos seculares

 

            2. Vida consagrada

 

                        a. Institutos

 

1) Institutos religiosos

 

2. Institutos seculares

 

                        b. Vida eremítica o anacorética

 

                        c. El Orden de las vírgenes

 

                        d. Viudas

 

                        e. Nuevas formas de vida consagrada

 

            3. Seglares

 

                        a. Sociedades de vida apostólica

 

                        b. Asociaciones de fieles

 

                        c. Movimientos apostólicos

 

 

He aquí la descripción:

 

A. Según la constitución jerárquica de la Iglesia

 

Debido al principio de igualdad, todos los que pertenecen al Pueblo de Dios reciben un mismo nombre, el de fieles, y todos gozan igualmente de una condición común. El Sacramento que constituye a un hombre en fiel es el Bautismo. Por eso, todos los bautizados forman la Iglesia.

 

Según la voluntad de Cristo, su fundador, no hay más que una Iglesia y solo existe una condición de fiel: se es discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia cuando se está unido al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, por tres vínculos de común unión: fe, sacramentos y unión con el Papa y los obispos.

 

Pero también, porque así lo quiso Dios, por el Sacramento del Orden, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sa­grados, que se denominan también clérigos; los demás se denominan laicos.

 

 

1. Los ministros sagrados o clérigos

 

Por voluntad de Cristo —y por consiguiente no por decisión o delegación de los hombres— existe en la Iglesia unos grados o categorías, llamados jerarquía, dotada de poder y misión recibidos de Cristo para:

 

·        enseñar la doctrina,

·        guardar la fe,

·        gobernar la vida de la Iglesia,

·        administrar los sacramentos y

·        renovar el sacrificio de Cristo en la Cruz mediante la celebración de la Santa Misa.

 

Pero la jerarquía es una participación del sacerdocio de Cristo; por eso se diferencia no sólo por el grado sino por su esencia.

 

El sacerdocio jerárquico es un poder sacramen­tal sobre el Cuerpo de Cristo, del que se origina el poder sobre la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo; es el poder de santificar, gobernar y enseñar a los fieles.

 

El sacerdo­cio jerárquico es participación de un poder de Dios, y sólo por un acto de Dios puede ser otorgarlo, a través del Sacramento del Orden, la ordenación.

 

Este Sacramento tiene tres grados: episcopado (obispos), presbiterado (presbíteros) y diaconado (diáconos). De estos tres grados, los dos primeros son sacerdotes, pero no el tercero, que constituye el grado inferior de la jerarquía y que sólo se destina a servicios relacionados con los otros dos grados.

 

Los obispos son los sucesores de los apóstoles que, unidos entre sí, forman lo que se llama el Colegio apostólico. Este Colegio apostólico no tiene autoridad sino cuando está unido al Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como Cabeza de ese mismo Colegio apostólico.

Los obispos reciben del Señor la misión de enseñar a todas las gentes, de predicar el Evangelio a toda criatura; son los administradores de la gracia del supremo sacerdocio y gobiernan con el poder y las facultades de Cristo y como sus enviados las iglesias particulares que se les han encomendado: a cada obispo se le encomienda una diócesis, una prelatura o un vicariato apostólico, que suelen ser zonas territoriales o geográficas, dentro de las cuales están todos los fieles a los que gobierna.

 

Los presbíteros son los sacerdotes colaboradores de su obispo, como ayuda e instrumento suyo, y lo representan en la diócesis a la que están incardinados, es decir, a la que pertenecen oficialmente.

 

Por su parte, los diáconos sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en la diócesis a la que pertenecen.

 

Prelaturas personales

 

Las prelaturas personales no son una zona territorial o geográfica, como las diócesis, sino un pueblo específico: por eso se habla de prelatura personal, a diferencia de las otras, que son territoriales. Así ocurre, por ejemplo, con los miembros del ejército y sus familias: son guiados por los presbíteros que los atienden y el obispo castrense que los gobierna como su prelado. En algunos casos, también están integradas por aquellos que se incorporan a sus fines y lo hacen mediante contratos o convenciones, en los que se determinan los derechos y deberes mutuos, de acuerdo con los estatu­tos de la prelatura.

 

Ejemplo de prelatura personal es el Opus Dei, cuyos miembros, esparcidos por todo el mundo, están bajo la autoridad de su obispo–prelado y tienen sus presbíteros, que los asisten espiritualmente. Dicha ayuda espiritual se extiende a quienes participan de los medios de formación que imparte la prelatura a toda clase de personas

 

Por sus poderes y funciones, los obispos, presbíteros y diáconos no se pueden reunir en una sola categoría, pero sí con relación con el sacramento del Orden que reciben y que:

 

o   produce en ellos una consagración personal, que los hace personas sagradas para ser destinados al culto divino, y —en los que son sacerdotes— su condición es la de personas que obran en Persona de Cristo cuando ejercen su sacerdocio;

o   los destina a los asuntos eclesiásticos, de modo que deben apartarse, al menos en gran parte, de los asuntos seculares (o temporales);

o   causa en ellos un estilo de vida.

 

Este es un tipo de fieles que reciben el nombre de ministros sagrados o clérigos y su conjunto se llama clero o clerecía.

 

Respecto a la condición del fiel no hay ninguna distinción entre varón y mujer: la mujer tiene todos los derechos de los fieles al igual que el varón. La ordenación sagrada no es un derecho de los fieles, pues responde a una específica voluntad de Cristo y exige, a la vez, llamada divina y de la jerarquía; por eso, que solo los varones sean sujetos para la válida ordenación no constituye ninguna discriminación de derechos respecto de las mujeres. La capacidad para ordenarse no pertenece al plano de igualdad, sino a la variedad y distinción de funciones y, por lo tanto, la diferencia entre varón y mujer no atenta contra la igualdad. El sacerdocio ministerial actúa en la Persona de Cristo, y Cristo realizó el sacrificio de la Cruz como Nuevo Adán, esto es, no solo como hombre, sino también como varón y como Esposo. Por eso, la actuación en la Persona de Cristo requiere ser varón; la mujer no puede actuar en la Persona de Cristo.

 

 

2. Los laicos

 

Por contraste con los clérigos, el resto de los fieles han recibido, ya en los primeros siglos, el nombre de laicos.

 

En este sentido, el término laico significa el no clérigo, con todos los derechos, capacidades y deberes del fiel. Laico no implica otra cosa que la ausencia de ordenación sagrada. Al no tener ningún elemento positivo de especificación, el laico en este sentido no forma ningún tipo específico de fiel, sino que equivale al que es fiel, sin otra circunstancia específica.

 

Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el servicio estable (se llaman ministros instituidos) de lector y acólito, mediante el rito litúrgico prescrito. También se deja abierta la puerta a que otros servicios laicales sean solicitados por las conferencias episcopales.

 

Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en la ceremonia litúrgica; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, según las normas.

 

Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores, ni acólitos, suplirlos en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la Palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho.

 

Los laicos que de modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial de la Iglesia tienen el deber de adquirir la formación conveniente que se requiere para desempeñar bien su función, y para ejercerla con conciencia, generosidad y diligencia.

 

 

 

B. Según la situación del fiel según su condición de vida

 

En los dos grupos descritos —clérigos y laicos— hay fieles que se obligan a cumplir de los consejos evangéli­cos de obediencia, pobreza y castidad, a través de una ceremonia que se llama la profesión. Y lo hacen mediante votos u otros vínculos sagrados, reconocidos y aprobados por la Iglesia, con los que se consagran a Dios según una ma­nera particular, contribuyendo así a la misión salvadora de la Iglesia.

 

Este estado no afecta a la estructura jerárquica de la Iglesia; pertenece, sin embargo, a la vida y santidad de la mis­ma.

 

Aparece así la tripartición, según los tipos de fieles:

 

1.      Los clérigos seculares, aquellos sacerdotes que se dedican a los asuntos de la Iglesia.

 

2.      La vida consagrada, aquellos que hacen la profesión los consejos evangéli­cos, y que se caracterizan por la separación del mundo.

 

Para evitar confusiones, en esta clasificación se prefiere usar el término: vida consagrada, en vez del anterior, menos amplio: religiosos.

 

3.      Los seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

 

También para evitar la confusión que se puede presentar al utilizar la palabra laico que, como se dijo más arriba es aquel fiel que no es clérigo, en esta tripartición se utiliza el término: seglar: aquel fiel que no es consagrado ni sacerdote secular.

 

En resumen, mientras la bipartición —clérigos y laicos— tiene por criterio la recepción del sacramento del Orden y su fundamento es la constitución jerárquica, la tripartición —clérigos seculares, vida consagrada y seglares— tiene por criterio la condición de vida y por fundamento la diversa posición jurídica del fiel respecto de la Iglesia y del mundo.

 

Aquí cabe muy bien recordar la oración con la que el sacerdote unge a los que son bautizados: “Yo te unjo para que seas como Jesucristo: sacerdote, profeta y rey”. De esta incorporación a Jesucristo por el Bautismo surgen todas las vocaciones: el sacerdocio ministerial (Cristo sacerdote), la vida consagrada (Cristo profeta) y la vida seglar (Cristo rey).

 

 

1. Clérigos seculares

 

De los clérigos se habló ya lo suficiente, más arriba, cuando se explicó que son aquellos que recibieron el Sacramento del Orden sagrado, los ministros sagrados.

 

La palabra secular significa aquí que estos ministros ordenados no profesan los consejos evangélicos y, por lo tanto, pertenecen a una diócesis (son sacerdotes diocesanos), a una prelatura o a un vicariato apostólico.

 

 

2. Vida consagrada

 

El estado de los consagrados no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia; ni es un estado intermedio entre la condición clerical y la condición laical.

 

La vida consagrada por la profesión pública y sagrada de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo se dedican totalmente a Dios como su amor supremo. Entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, buscan conseguir la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, anuncian la gloria que nos espera en el Cielo. Esto es lo que identifica la vida consagrada y la distingue de cualquier otra forma de vida consagrada producida por la simple recepción del Bautismo o la del Orden sagrado.

 

 

a. Institutos

 

Son dos los institutos de vida consagrada: los institutos religiosos y los institutos seculares, y tienen las siguientes características:

 

v Los miembros de los institutos de vida consagrada adquieren en la Iglesia una forma estable de vivir que se llama estado.

v Es una nueva consagración, añadida a la consagración bautismal: están entregados a Dios por un título nuevo y propio.

v La nueva consagración es un valioso testimonio público que anuncia la gloria del Cielo.

v Todo ello se realiza a través de estos tres factores esenciales:

¨      la profesión formal en presencia de la Iglesia de los tres consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia,

¨      la asunción de esta obligación mediante votos, u otros sagrados vínculos asimilados teológicamente a los votos como pueden ser juramentos, promesas, etc. y

¨      la observancia de las Reglas propias de cada instituto.

 

Se llama instituto clerical aquel que se halla bajo la dirección de clérigos, que ejercitan del Orden sagrado y está reconocido como tal por la autoridad de la Iglesia.

 

Se denomina instituto laical aquel que no incluye el ejercicio del Orden sagrado. Hoy, sin embargo, para expresar adecuadamente la vocación de sus miembros, se prefiere usar el término de instituto religioso de hermanos.

 

 

1) Institutos religiosos

 

La vida religiosa, como consagración total de la persona, manifiesta el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida futura. De este modo el religioso consuma la plena donación de sí mismo como sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda su existencia se hace culto continuo a Dios en la caridad.

 

Un instituto religioso es una sociedad en la que los miembros emiten votos públicos perpetuos o temporales (que han de renovarse, sin embargo, al vencer el plazo), y viven vida fraterna en común. El voto es una promesa deliberada y libre, hecha a Dios, de un bien posible y mejor, que debe ser cumplido en virtud de la religión.

 

El testimonio público que han de dar los religiosos a Cristo y a la Iglesia lleva consigo un apartamiento del mundo.

 

Los rasgos específicos de un instituto religioso son los siguientes:

 

§  La profesión de los consejos evangélicos mediante votos públicos perpetuos (o que lo vayan a ser). En un instituto religioso no caben otros sagrados vínculos que los originados por los votos, a diferencia de los institutos seculares.

§  La vida común, no entendida sólo como incorporación a una sociedad como miembro, sino en cuanto significa vida en comunidad dentro de la misma casa y bajo una común disciplina.

§  La separación del mundo según la índole y finalidad de cada instituto. Esto se fundamenta en el hecho de que el estado religio­so, en cuanto que deja a sus miembros más libres de los cuidados terrenos, ma­nifiesta también mejor a todos los creyentes los bienes celestiales ya presentes en esta vida, al tiempo que da un testimonio de la vida nueva y eterna conse­guida por la Redención de Cristo, y anuncia la resurrección futura y la glo­ria del Reino celestial.

 

Nadie piense que los religiosos por su consagración, se hacen extraños a los hombres o inúti­les dentro de la ciudad terrena. Porque, aunque en algunos casos no estén di­rectamente cerca de sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes de un modo más profundo en las entrañas de Cristo y cooperan con ellos espiritualmente para que la edificación de la Ciudad terrena se fundamente siempre en Dios y a Él se dirija, no sea que hayan trabajado en vano los que la edifican.

 

Los institutos puramente contemplativos son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, el esfuerzo (la ascesis) personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios.

 

En los institutos de vida activa y contemplativa, las diversas familias se dedican, además de la contemplación, a la actividad apostólica y misionera o a obras de caridad.

 

 

2. Institutos seculares

 

Son institutos de vida consagrada: se consagran, tienden a la perfección de la caridad, pero sus fieles viven en el mundo, y se dedican a procurar la santificación del mundo haciendo apostolado en el mundo; esa es la razón de su existencia..

 

Son institutos de vida consagrada por la profesión verdadera y completa de los consejos evangélicos reconocida como tal por la Iglesia, pero si los institutos religiosos profesan los consejos evangélicos necesariamente mediante votos públicos, los institutos seculares —también de modo público— los asumen mediante otros vínculos sagrados, como juramentos, promesas, etc., según lo que establezcan las constituciones en cada caso.

 

Otra diferencia con los institutos religiosos consiste en que sus miembros han de vivir en las circunstancias ordinarias del mundo, ya solos, ya con su propia familia, ya en grupos de vida fraterna, de acuerdo con las constituciones, es decir: no tienen la vida fraterna en común.

 

La tercera diferencia es que no se les exige separación del mundo, sino inserción en el mismo. Secular no es sinónimo de laico; aquí la secularidad es la condición de clérigos o laicos que abrazan esta forma de vida permaneciendo en el siglo, por contraposición a los religiosos, a quienes se les exige una separación del mismo.

 

Los institutos seculares suelen estar formados por miembros laicos (no sacerdotes), pero hay también institutos seculares clericales, que dan una valiosa aportación. En ellos, sacerdotes diocesanos se consagran a Cristo según un carisma específico, para ser fermento de comunión y generosidad apostólica entre los hermanos del instituto.

 

Está establecido que los miembros se incorporan en forma definitiva al instituto mediante vínculos temporales que, en cuanto tales, deben ser siempre renovados periódicamente. Y se incorporan en forma perpetua, cuando asumen los vínculos sagrados perpetuos y, por tanto, no renovables.

 

 

b. Vida eremítica o anacorética

 

Además de los institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce a los ermitaños o anacoretas quienes, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo.

 

Un ermitaño es reconocido por el derecho como entregado a Dios dentro de la vida consagrada si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante votos u otro vínculo sagrado, en manos del obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo su dirección.

 

Los anacoretas nunca han sido considerados como instituto; se trata de la vida eremítica pura (hay algunas órdenes, por ejemplo camaldulenses, que dentro de sus constituciones tienen la posibilidad de vivir la vida eremítica, pero no son anacoretas).

 

 

c. El Orden de las vírgenes

 

Asemejadas a las forma de vida consagrada eremítica están las vírgenes quienes, formulando el propósito santo de seguir más de cerca a Cristo, son consagradas a Dios por el obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran los desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia.

 

Esta forma de vida es para algunas mujeres fieles (y únicamente para mujeres). Sólo practican un consejo, aunque queda plenificado por ser sólo uno y solemnizado litúrgicamente. Aunque en el canon están dentro de la vida consagrada, por ser sólo un consejo evangélico, la mayor parte de los comentaristas dicen que no es vida consagrada, sino que se le asemeja.

 

El ritual y las normas de la Santa Sede establecen los requisitos que se han de cumplir: no ser viudas, no haber vivido pública o manifiestamente en estado o condición contraria a la castidad; edad, prudencia y costumbres —según quienes las conocen— que garanticen la perseverancia en su propósito.

 

Pueden asociarse, pero su asociación no da lugar a un instituto de vida consagrada; si se asocian se rigen por lo establecido para las asociaciones de fieles (que se describen más abajo).

 

 

d. Viudas

 

Hoy vuelve a practicarse también la consagración de las viudas, que se remonta a los tiempos apostólicos, así como la de los viudos. Estas personas, mediante el voto de castidad perpetua como signo del Reino de Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración y al servicio de la Iglesia.

 

 

e. Nuevas formas de vida consagrada

 

Se deja abierta la puerta a nuevas formas de vida religiosa o consagrada, cuya aprobación se reserva la Sede Apostólica, encomendando entre tanto a los obispos el discernimiento sobre las mismas.

 

 

3. Seglares

 

Finalmente, ya no como vida consagrada, están lo seglares, que se pueden asociar, si así lo desean.

 

 

a. Sociedades de vida apostólica

 

Sociedades de vida común sin votos era su nombre anterior.

 

Sus miembros no profesan votos, aunque algunas sociedades pueden abrazar los consejos evangélicos mediante otros vínculos que determinen las constituciones; en estos casos, la profesión sería privada. Buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de las constituciones.

 

No son institutos de vida consagrada, porque les falta por definición el elemento fundamental de la consagración: la profesión pública de los tres consejos evangélicos.

 

Se asemejan, no obstante, a los institutos de vida consagrada y más específicamente a los institutos religiosos, por los fines que persiguen y, simultáneamente, por la vida en común a la que se comprometen sus socios. La vida en común es el elemento esencial de estas sociedades.

 

Esta asimilación —no identificación— implica, como principal consecuencia que buena parte de las normas por la que se rigen sea según los institutos de vida consagrada o los institutos religiosos.

 

 

b. Asociaciones de fieles

 

Existen en la Iglesia asociaciones en las que los fieles, clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos, buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, como iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación del orden temporal con espíritu cristiano.

 

Se llaman clericales las que están bajo la dirección de clérigos, hacen suyo el ejercicio del Orden sagrado y son reconocidas como tales por la autoridad competente.

 

Se llaman órdenes terceras, miembros asociados o con otro nombre adecuado, las que, viviendo en el mundo y participando del espíritu de un instituto religioso, se dedican al apostolado y buscan la perfección cristiana bajo la alta dirección de ese instituto.

 

Las asociaciones públicas de fieles son las que han sido erigidas por la autoridad eclesiástica competente, y llevan consigo la posibilidad de actuar en nombre de la Iglesia, dentro del ámbito de los fines que se proponen alcanzar.

 

Las asociaciones privadas en ningún momento pueden actuar en nombre de la Iglesia; son fruto de la iniciativa privada de los fieles, aunque pueden adquirir personalidad jurídica por decreto de la autoridad si bien, aunque no deseen obtener esa personalidad jurídica, deben someter sus estatutos a la revisión de la autoridad eclesiástica.

 

 

c. Movimientos apostólicos

 

Como un apartado más, además de hablar de las asociaciones de fieles, habría que hablar hoy, también, de los movimientos apostólicos. Jurídicamente es posible que estén englobados dentro de las asociaciones de fieles, pero en el ámbito eclesial y magisterial se habla de estos movimientos como una realidad con autonomía propia.

 

 

 

 

 

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Las indulgencias (1)

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 15, 2008

Las indulgencias están relacionadas con la confesión, los pecados, la redención y la comunión de los santos.

Una persona que comete un pecado adquiere obviamente la condición de pecador, se aleja del Señor y queda más inclinado al mal. Además, la justicia reclama una reparación, llamada también pena, expiación o penitencia.

La confesión borra la culpa del pecado y también perdona parte de la penitencia que debía realizarse. Lo que falta por expiar se purifica mediante los sufrimientos y buenas obras de esta vida, con las penas del purgatorio, y mediante las indulgencias.

Las indulgencias

La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto —y cumpliendo determinadas condiciones— consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la Redención, distribuye y aplica con autoridad del tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos, (cf. Mt 16, 19).

Las indulgencias siempre son aplicables o a sí mismo o a las almas de los difuntos que están en el Purgatorio; no son aplicables a otras personas vivas en la tierra. Algunas indulgencias sólo pueden aplicarse a los difuntos; por ejemplo, rezando por ellos en un cementerio, se consigue una indulgencia parcial, que será plenaria si se hace los días 1 al 8 de noviembre (una cada día).

Para lucrar las indulgencias, tanto plenarias como parciales, es preciso que el fiel se halle en estado de gracia, es decir, que esté confesado de sus pecados mortales.

Indulgencias plenarias

Esta indulgencia tiene un valor muy grande y requiere varias condiciones:

·Que tenga la disposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial;

·Que se confiese sacramentalmente de sus pecados;

·Que reciba la sagrada Eucaristía (ciertamente, es mejor recibirla participando en la Santa Misa, pero para la indulgencia sólo es necesaria la sagrada Comunión);

·Que ore según las intenciones del Romano Pontífice: el Credo, un padrenuestro y un aventaría.

Es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la sagrada Comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos sagrados ritos y oraciones se realicen dentro de algunos días (una semana antes o después del acto indulgenciado).

Los confesores pueden conmutar, en favor de los que estén legítimamente impedidos, tanto la obra prescrita como las condiciones requeridas (obviamente, excepto el desapego del pecado, incluso venial).

La indulgencia plenaria sólo se puede obtener una vez al día.

Las indulgencias parciales proporcionan una remisión total de la pena temporal.

Cualquier día se puede obtener una indulgencia plenaria, cumpliendo los requisitos expuestos más arriba, en los siguientes casos:

üAdoración a la Eucaristía durante media hora

üRezo del Vía Crucis, recorriendo las catorce estaciones meditando la Pasión del Señor

üRezo del Santo Rosario en un templo o en familia o acompañado de otros

üLectura o audición de la Sagrada Escritura durante media hora

Hay también indulgencias plenarias en circunstancias especiales; por ejemplo:

ØEn el momento de la muerte a quien hubiere rezado algo durante su vida (es muy consolador). En este caso no se precisa la confesión, ni la comunión, ni la oración por el Papa; pero es necesario estar bien dispuesto: en gracia de Dios, rechazando cualquier pecado, y habiendo deseado alguna vez ganar esta indulgencia

ØRezar un padrenuestro y un credo en un santuario o basílica (se concede una vez al año por santuario; santuario es una iglesia con muchos peregrinos, aprobada como santuario por el Obispo correspondiente)

ØRecibir la bendición papal Urbi et Orbi (o escucharla por radio o televisión, en directo)

ØRealizar ejercicios espirituales de al menos tres días completos

ØAsistir a una primera comunión

Hay varios días al año en los que se pueden conseguir indulgencias plenarias, con algunas condiciones; por ejemplo:

v1 de enero: recitando solemnemente el himno: Veni Creator en un templo

vLos viernes de Cuaresma: después de comulgar, rezando ante un crucifijo la oración: Miradme, oh mi amado y buen Jesús

vJueves Santo: recitando el canto: Tantum ergo, durante la exposición que sigue a la Misa

vViernes Santo: asistiendo a los oficios

vSábado Santo: renovando las promesas bautismales en la Vigilia Pascual

vPentecostés: recitando solemnemente el himno: Veni Creator en un templo

vCorpus Christi: participando en la procesión eucarística

v2 de agosto: rezando un padrenuestro y un credo en la catedral o parroquia

v2 de noviembre: visitando un templo

vDesde el día 1 al 8 de noviembre: visitando un cementerio y haciendo oración por los difuntos (aplicable solo a difuntos)

v31 de diciembre: recitando solemnemente el himno: Te Deum en un templo, dando gracias a Dios por los beneficios recibidos el último año

Indulgencias parciales

Cada día pueden ganarse muchas indulgencias parciales, con cumplir sólo tres condiciones:

1.estar en gracia de Dios,

2.realizar las obras que la Iglesia premia con esa indulgencia y

3.tener intención de ganarla.

Las indulgencias parciales proporcionan una remisión de la pena del mismo valor que el mérito ganado por esa misma acción. Dicho de otro modo: en las indulgencias parciales, la Iglesia duplica el mérito de esas acciones.

Algunas de las oraciones premiadas con indulgencia parcial (todas ellas deben rezarse piadosamente, como es lógico):

oEl Ángelus

oEl Magníficat

oLa Salve

oEl Acordaos

oLas Letanías u otras oraciones marianas aprobadas

oLetanías a san José

oLetanías al propio ángel custodio

oEl Credo

oRezar con devoción filial por el Papa una oración aprobada.

oRrezar agradecido la oración por los benefactores

oRezar antes (una oración aprobada de súplica) y después de comer (una de acción de gracias)

oRezar una oración aprobada al empezar y acabar el día o el trabajo

oVisitar al Santísimo adorándolo

oRezar una comunión espiritual

oRecitar una de las oraciones aprobadas de acción de gracias tras la Comunión (Alma de Cristo; Miradme o mi amado y buen Jesús)

oHacer examen de conciencia con propósito de enmendarse

oRezar el Yo pecador… u otro acto de contrición aprobado

oHacer la señal de la cruz diciendo: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Otros ejemplos de indulgencias parciales.

§Decir mentalmente una oración breve al trabajar o al soportar los sufrimientos de la vida.

§Dedicarse uno mismo o gastar bienes en servicio a los demás, por amor a dios

§Privarse libremente de algo grato y correcto, con espíritu de penitencia

§Dar testimonio de la propia fe; trabajar en la enseñanza o trasmisión de la doctrina cristiana

§Usar piadosamente un objeto de piedad bendecido (crucifijo, rosario, escapulario o medalla)

§Dedicar un tiempo a la oración

§Asistir devotamente a cualquier predicación de la palabra de dios

§Asistir piadosamente a una novena pública (a la inmaculada concepción, por ejemplo)

(Adaptado de un documento del Movimiento de Schoenstatt, 2008)

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Lo que debe saber un cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

¿Dónde está lo que debe saber un cristiano? ¿En la Biblia?, ¿en lo que el Espíritu Santo nos hace interpretar cuando lo invocamos?, ¿en los mensajes de las apariciones de la Virgen?, ¿en lo que dicen los videntes?, ¿en lo que declara el Papa?, ¿en lo que enseña la Iglesia?…

Hay algunos cristianos que se guían únicamente por la interpretación personal de la Biblia: escogen (casi siempre al azar) un texto, le piden inspiración al Espíritu Santo, y la interpretación que intuyen la consideran Palabra de Dios.

Debe recordarse, sin embargo, que ahí, en la Biblia, el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Entonces, ¿cómo leer e interpretar correctamente la Biblia?

En la misma Biblia está la respuesta: Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

En ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Por lo tanto, sólo a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

La autoridad de los apóstoles quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Pero Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios? Sus sucesores, los obispos unidos al Papa, es decir, el Magisterio de la Iglesia.

Hay también algunos cristianos que se “forman” únicamente leyendo, oyendo y tratando de experimentar manifestaciones sobrenaturales (apariciones, locuciones, visiones, mensajes, olores a rosas, caída de escarcha, etc.), cosas que, casi siempre, provienen de apariciones todavía no aprobadas por la Iglesia. La Iglesia tarda mucho en estudiar estas cosas, pues lo hace con gran seriedad y profundidad. Mientras tanto, se puede caer fácilmente en errores.

Dejarse guiar únicamente por el Magisterio de la Iglesia, no por cosas que pueden estar erradas, es garantía para no equivocarse nunca.

Quien quiera saber lo básico, debe leer el Catecismo de la Iglesia Católica, meditarlo, estudiarlo; después hacer lo mismo con la Biblia: leerla, meditarla y estudiarla; y, por último, leer, meditar y estudiar el Código de Derecho Canónico. Es lo mínimo que debería saber un cristiano.

Y después, leer las cartas y encíclicas del Papa, los documentos de la Iglesia, los emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos, el derecho canónico, la Liturgia, los escritos de los Padres de la Iglesia, de los doctores, de los santos, etc.

Esta es la doctrina segura.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

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Interpretar la Escritura

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

Al leer la Biblia desprevenidamente, sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Se da el caso de quienes afirman que Jesús fue un extraterrestre, que aprobó la prostitución o la homosexualidad; que los cristianos pueden tener varias esposas; que la Biblia prohíbe las transfusiones de sangre y la celebración de cumpleaños; que en sus líneas se habla de la reencarnación; que cada cual puede interpretar las Escrituras como quiera; que se puede matar en nombre de Dios…

Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

Entonces, cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

Ahora bien, ¿cómo se fueron sucediendo los apóstoles escogidos por Jesús? Veamos:

«Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo, y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado.” Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron.» (Hch 13, 2-3)

Otro tanto nos recuerda Pablo:

«No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos.» (1Tm 4, 14)

«No impongas a nadie las manos a la ligera, pues te harías cómplice de los pecados de otro.» (1Tm 5, 22)

«Por eso te invito a que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos.» (2Tm 1, 6)

Queda claro que los sucesores de los apóstoles se elegían a través de la imposición de las manos. Estos sucesores eran llamados ancianos o presbíteros en Jerusalén y, fuera de Palestina, apóstoles u obispos (obispo quiere decir superior de una diócesis, a cuyo cargo está la cura espiritual y la dirección y el gobierno):

«Pues el obispo, siendo el encargado de la Casa de Dios, debe ser irreprensible: no debe ser autoritario ni de mal genio, ni bebedor, ni peleador o que busque dinero.» (Tt 1, 7)

«Carta de Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a los filipenses, a todos ustedes, con sus obispos y sus diáconos, que en Cristo Jesús son santos.» (Flp 1, 1)

«En cada Iglesia designaban presbíteros.» (Hch 14, 23)

«Se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 2)

«Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 4)

«Los presbíteros que son buenos dirigentes recibirán doble honor y remuneración, sobre todo los que llevan el peso de la predicación y de la enseñanza.» (1Tm 5, 17)

«Entonces, los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: “Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia.”» (Hch 15, 22-23)

«A su paso de ciudad en ciudad, iban entregando las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén y exhortaban a que las observaran.» (Hch 16, 4)

«Pablo envió un mensaje a Éfeso para convocar a los presbíteros de la Iglesia.» (Hch 20, 17)

«Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo los ha puesto como obispos (o sea, supervisores): pastoreen la Iglesia del Señor, que él adquirió con su propia sangre.» (Hch 20, 28)

A estos pronto se añadieron los diáconos.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Así quedaron constituidos los tres grados fundamentales de la jerarquía de la Iglesia, que todavía hoy subsisten: obispos, presbíteros (llamados comúnmente sacerdotes) y diáconos.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Y esa autoridad comenzó a ejercitarse así:

«Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: “No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.” Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos.» (Hch 6, 1-6)

Son los Doce los que promueven la elección de los siete diáconos, son los Doce los que explican lo que conviene hacer y por qué y, aunque la asamblea escoge y propone los postulantes, son los Doce quienes establecen en su cargo a los primeros diáconos, con el rito de oración e imposición de manos.

Los Doce, es decir, los apóstoles u obispos, son los que designaban a los presbíteros:

«En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.» (Hch 14, 23)

El apóstol Pablo hace lo suyo, dirigiéndose a Tito:

«Te dejé en Creta para que solucionaras los problemas existentes y pusieras presbíteros en todas las ciudades, de acuerdo con mis instrucciones.» (Tt 1, 5)

Además, Jesús mismo prometió estar con ellos, los obispos, hasta el fin de la historia:

«Por su parte, los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.» (Mt 28, 16-20)

Debe notarse que Jesús no dijo: «Vayan, pues, y hagan que todos lean la Biblia.» Son los apóstoles los encargados de enseñar. Es más: si se perdiera la Biblia, los obispos seguirían poseyendo el mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios.

Tampoco dijo Jesús: «Tomen la Biblia y funden cada uno una Iglesia». Lo que dijo fue:

«Habrá un solo rebaño con un solo pastor.» (Jn 10, 16)

La parte más importante de la Biblia surgió de la predicación de los apóstoles, de la Tradición, es decir, de la Iglesia fundada por Cristo; por el contrario, otras Iglesias y grupos surgieron de la Biblia.

Fue la Iglesia Católica la que se encargó de reunir los libros de la Biblia. Si tenemos la Biblia es gracias a la Iglesia Católica. Por eso, el argumento del que dice que «Yo leo la Biblia y creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia Católica» no tiene soporte ni es racional: la Iglesia Católica le dio vida a la Biblia: si no hubiera habido Iglesia Católica, la Biblia no estaría como está hoy.

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

El que, comparándose con los demás apóstoles, dijo una vez: «he trabajado más que todos» (1Co 15, 10), averigua con ellos si su misión es la que él cree:

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos.» (Ga 2, 6-7)

Y, ¿por qué se sometía a esa autoridad Pablo, el apóstol que dijo que el evangelio que predicaba lo recibió por revelación del mismo Cristo Jesús (Ga 1, 12)?

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

Ese mismo comportamiento tuvo la primitiva Iglesia, cuando se presentaban controversias acerca de loa que se debería enseñar:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés». Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. (Hch 15, 1-2.6)

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Lo que sucede es que no hay posibilidad de error cuando la Iglesia está cimentada sobre los apóstoles:

La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. (Ap 21, 14)

Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús. (Ef 2, 20)

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

 

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

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¿Leer la Biblia?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Muchos cristianos creen que la Biblia es el libro que les enseña todas las verdades de su Fe.

Es habitual, por ejemplo, oír la pregunta: «¿Dónde está eso en la Biblia?»; y si lo dice la Biblia lo creen, pero si no lo dice la Biblia, lo rechazan. Parece que la hubieran endiosado, que la hubieran convertido en un ídolo.

 

 

La Palabra de Dios

 

Al examinar la historia del cristianismo, podemos asegurar que durante muchos años no existió la parte más importante de la Biblia, la que precisamente habla de Jesucristo y de los primeros cristianos: el Nuevo Testamento.

El primer libro que se redactó de los 27 que componen el Nuevo Testamento fue la Primera Carta de Pablo a los Tesalonicenses, escrita a comienzos de los años cincuenta de nuestra era. Posteriores a este, fueron apareciendo los otros libros. El último, el Apocalipsis, se terminó un poco después del año cien.

Hacia el año trescientos había confusión acerca de cuántos eran los verdaderos libros del cristianismo: en muchos lugares se afirmaba que los libros eran 19; en otros, 22; en Egipto, 35…

Fue hasta fines del siglo IV cuando la Iglesia Católica —en el Sínodo Romano (año 382) y en los Concilios de Hipona (393) y de Cartago (397)— seleccionó y certificó los 27 libros que componen el Nuevo Testamento.

Como se ve, pasaron alrededor de veinte años desde que Jesús murió hasta que se comenzó a escribir el Nuevo Testamento; asimismo, transcurrieron cerca de setenta años mientras se terminó de escribir; y se cumplieron casi cuatro siglos hasta que se estableció el número y autenticidad de sus libros, es decir, el canon de libros inspirados.

¿Qué sucedió con el cristianismo durante todo ese tiempo? ¿Cómo se enseñaba el cristianismo? ¿En qué libro se basaban los pastores para predicar? ¿Dónde estaba la Palabra de Dios?

Las respuestas a estas preguntas están en la misma Biblia:

Poco antes de su partida, Jesús les dijo a sus apóstoles:

«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.» (Mt 28, 19-20)

«Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación.» (Mc 16, 15)

Y, como lo cuenta la Biblia, así lo hicieron. Toda la doctrina contenida en esa predicación se llama la Tradición Apostólica. Tradición significa transmisión de noticias: según la orden de Jesús, se anunciaba, se transmitía la Buena Noticia o Evangelio, verbalmente.

Y esto lo cuenta también la Biblia:

«Pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, y el Dios de la paz estará con ustedes.» (Flp 4, 9)

Nótese que Pablo no dice: «pongan en práctica únicamente lo que les escribí»; dice: «pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído».

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles capaces de enseñar a otros.» (2Tm 2, 2)

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos» significa que se predicaba oralmente.

La primera carta de Pablo a los Corintios se escribió mucho tiempo antes que los Evangelios, y en ella dice:

«Yo he recibido del Señor lo que a mi vez les he transmitido. El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía”. De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía”.» (1Co 11, 23- 25)

En esta carta, el apóstol dice que lo recibió del Señor y lo transmitió, antes de escribirlo; los Evangelios que cuentan este mismo pasaje se escribieron después. Esto significa que primero se dio la transmisión verbal —la Tradición Apostólica— y luego se escribió.

«Los alabo porque me son fieles en todo y conservan las tradiciones tal como yo se las he transmitido.» (1Co 11, 2)

«Hermanos, les ordenamos en nombre de Cristo Jesús, el Señor, que se aparten de todo hermano que viva sin control ni regla, a pesar de las tradiciones que les transmitimos.» (2Ts 3, 6)

El vocabulario de Pablo tiene mucha relación con la Tradición:

«Quiero recordarles, hermanos, la Buena Nueva que les anuncié [es decir, oralmente]. Ustedes la recibieron [así debe hacerse con ese anuncio verbal] y perseveran en ella, y por ella se salvarán si la guardan [significa que, además de recibir este mensaje hablado, debe guardarse para salvarse] tal como yo se la anuncié, a no ser que hayan creído cosas que no son. En primer lugar les he transmitido esto, tal como yo mismo lo recibí.» (1Co 15, 1-3)

En esa misma carta, Pablo dice:

«Les envío a Timoteo, mi querido hijo, hombre digno de confianza en el Señor. Él les recordará mis normas de vida cristiana, las mismas que enseño por todas partes.» (1Co 4, 17)

Como se observa, se trata de la enseñanza recibida oralmente, es decir, la Tradición.

Jesús ni siquiera pidió que se escribiera la Biblia. Es más: todos los apóstoles predicaron; solo algunos de ellos escribieron algo años después de haber predicado.

Durante los primeros siglos se anunciaba a un Cristo muerto y resucitado; esa era la Palabra de Dios. Lo importante para los apóstoles nunca fue la Biblia, pues sus libros principales —los del Nuevo Testamento— no se comenzaron a escribir antes del año 51, la Biblia tampoco se terminó de escribir antes del año cien, ni se determinó el número de libros que la componían hasta finales del siglo IV.

Se puede afirmar que la Biblia surgió de la Iglesia, y no al revés.

Además, sólo una pequeña parte de la predicación apostólica se escribió en la Biblia:

«Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. Él tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes.» (Jn 16, 12-15)

«Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro.» (Jn 20, 30)

«Tendría muchas más cosas que escribirles, pero prefiero no hacerlo por escrito con papel y tinta.» (2Jn 1, 12)

«Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.» (Jn 21, 25)

En la Segunda Carta a los Tesalonicenses, Pablo lo afirma más categóricamente:

«Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y guarden fielmente las tradiciones que les enseñamos de palabra o por carta.» (2Ts 2, 15)

Dos versículos antes decía:

«De ahí que no cesemos de dar gracias a Dios, porque al recibir de nosotros la enseñanza de Dios, ustedes la aceptaron, no como enseñanza de hombres, sino como Palabra de Dios. Porque eso es realmente y como tal actúa en ustedes los creyentes.» (2Ts 2, 13)

Por otra parte, de lo que se escribió no todo se ha conservado. Pablo, por ejemplo, nombra una carta anterior a la primera que les envió a los corintios, carta que desconocemos:

«En mi carta les decía que no tuvieran trato con la gente de mala conducta.» (1Co 5, 9)

Por todo esto, se puede deducir que la Biblia no sustituyó a la predicación.

Recientes estudios en torno al Nuevo Testamento muestran que los cuatro Evangelios son la expresión escrita de las tradiciones conservadas en Palestina, Roma, Antioquía y Éfeso, tal como se retenían de la predicación apostólica.

Así lo explica Lucas, al comenzar su evangelio:

«Algunas personas han hecho empeño por ordenar una narración de los acontecimientos que han ocurrido entre nosotros, tal como nos han sido transmitidos por aquellos que fueron los primeros testigos y que después se hicieron servidores de la Palabra. Después de haber investigado cuidadosamente todo desde el principio, también a mí me ha parecido bueno escribir un relato ordenado para ti, ilustre Teófilo.» (Lc 1, 1-4)

 

 

Interpretar la Escritura

 

Al leer la Biblia desprevenidamente, sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Se da el caso de quienes afirman que Jesús fue un extraterrestre, que aprobó la prostitución o la homosexualidad; que los cristianos pueden tener varias esposas; que la Biblia prohíbe las transfusiones de sangre y la celebración de cumpleaños; que en sus líneas se habla de la reencarnación; que cada cual puede interpretar las Escrituras como quiera; que se puede matar en nombre de Dios…

Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

Entonces, cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

Ahora bien, ¿cómo se fueron sucediendo los apóstoles escogidos por Jesús? Veamos:

«Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo, y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado.” Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron.» (Hch 13, 2-3)

Otro tanto nos recuerda Pablo:

«No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos.» (1Tm 4, 14)

«No impongas a nadie las manos a la ligera, pues te harías cómplice de los pecados de otro.» (1Tm 5, 22)

«Por eso te invito a que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos.» (2Tm 1, 6)

Queda claro que los sucesores de los apóstoles se elegían a través de la imposición de las manos. Estos sucesores eran llamados ancianos o presbíteros en Jerusalén y, fuera de Palestina, apóstoles u obispos (obispo quiere decir superior de una diócesis, a cuyo cargo está la cura espiritual y la dirección y el gobierno):

«Pues el obispo, siendo el encargado de la Casa de Dios, debe ser irreprensible: no debe ser autoritario ni de mal genio, ni bebedor, ni peleador o que busque dinero.» (Tt 1, 7)

«Carta de Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a los filipenses, a todos ustedes, con sus obispos y sus diáconos, que en Cristo Jesús son santos.» (Flp 1, 1)

«En cada Iglesia designaban presbíteros.» (Hch 14, 23)

«Se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 2)

«Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 4)

«Los presbíteros que son buenos dirigentes recibirán doble honor y remuneración, sobre todo los que llevan el peso de la predicación y de la enseñanza.» (1Tm 5, 17)

«Entonces, los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: “Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia.”» (Hch 15, 22-23)

«A su paso de ciudad en ciudad, iban entregando las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén y exhortaban a que las observaran.» (Hch 16, 4)

«Pablo envió un mensaje a Éfeso para convocar a los presbíteros de la Iglesia.» (Hch 20, 17)

«Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo los ha puesto como obispos (o sea, supervisores): pastoreen la Iglesia del Señor, que él adquirió con su propia sangre.» (Hch 20, 28)

A estos pronto se añadieron los diáconos.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Así quedaron constituidos los tres grados fundamentales de la jerarquía de la Iglesia, que todavía hoy subsisten: obispos, presbíteros (llamados comúnmente sacerdotes) y diáconos.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Y esa autoridad comenzó a ejercitarse así:

«Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: “No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.” Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos.» (Hch 6, 1-6)

Son los Doce los que promueven la elección de los siete diáconos, son los Doce los que explican lo que conviene hacer y por qué y, aunque la asamblea escoge y propone los postulantes, son los Doce quienes establecen en su cargo a los primeros diáconos, con el rito de oración e imposición de manos.

Los Doce, es decir, los apóstoles u obispos, son los que designaban a los presbíteros:

«En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.» (Hch 14, 23)

El apóstol Pablo hace lo suyo, dirigiéndose a Tito:

«Te dejé en Creta para que solucionaras los problemas existentes y pusieras presbíteros en todas las ciudades, de acuerdo con mis instrucciones.» (Tt 1, 5)

Además, Jesús mismo prometió estar con ellos, los obispos, hasta el fin de la historia:

«Por su parte, los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.» (Mt 28, 16-20)

Debe notarse que Jesús no dijo: «Vayan, pues, y hagan que todos lean la Biblia.» Son los apóstoles los encargados de enseñar. Es más: si se perdiera la Biblia, los obispos seguirían poseyendo el mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios.

Tampoco dijo Jesús: «Tomen la Biblia y funden cada uno una Iglesia». Lo que dijo fue:

«Habrá un solo rebaño con un solo pastor.» (Jn 10, 16)

La parte más importante de la Biblia surgió de la predicación de los apóstoles, de la Tradición, es decir, de la Iglesia fundada por Cristo; por el contrario, otras Iglesias y grupos surgieron de la Biblia.

Fue la Iglesia Católica la que se encargó de reunir los libros de la Biblia. Si tenemos la Biblia es gracias a la Iglesia Católica. Por eso, el argumento del que dice que «Yo leo la Biblia y creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia Católica» no tiene soporte ni es racional: la Iglesia Católica le dio vida a la Biblia: si no hubiera habido Iglesia Católica, la Biblia no estaría como está hoy.

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

El que, comparándose con los demás apóstoles, dijo una vez: «he trabajado más que todos» (1Co 15, 10), averigua con ellos si su misión es la que él cree:

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos.» (Ga 2, 6-7)

Y, ¿por qué se sometía a esa autoridad Pablo, el apóstol que dijo que el evangelio que predicaba lo recibió por revelación del mismo Cristo Jesús (Ga 1, 12)?

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

Ese mismo comportamiento tuvo la primitiva Iglesia, cuando se presentaban controversias acerca de loa que se debería enseñar:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés». Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. (Hch 15, 1-2.6)

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta:  «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Lo que sucede es que no hay posibilidad de error cuando la Iglesia está cimentada sobre los apóstoles:

La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. (Ap 21, 14)

Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús. (Ef 2, 20)

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

 

 

Pedro, con más autoridad

 

Jesús, desde el día que lo conoció, ya había establecido que Pedro sería la piedra sobre la que construiría su Iglesia. Y para eso le cambió el nombre:

«Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas” (que quiere decir Piedra).» (Jn 1, 41-42)

Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, los nombres se cambian para darle una misión específica a las personas; basta ver el caso de Abrán por Abrahán, esto es, padre de muchos. En este caso, Jesús le cambia el nombre a Simón por el de Pedro queriendo significar así la misión que Él le encomendaba: ser la piedra donde se asentaría la Iglesia fundada por Jesucristo, la piedra donde se edificaría y se sostendría esa Iglesia, tras su partida de este mundo; porque para Jesús era muy importante que su Iglesia estuviera bien construida:

«Se parece a un hombre que construyó una casa; cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Vino una inundación, y la corriente se precipitó sobre la casa, pero no pudo removerla porque estaba bien construida.» (Mt 7, 24-25; cf. Lc 6, 48)

Leamos ahora lo que sucedió cuando Jesús les preguntó a sus discípulos quién creían que era Él:

«Pedro contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le replicó: “Feliz eres, Simón Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”.» (Mt 16, 18-19)

Con esto, Jesús dejó claro que Pedro, por decisión de Dios, es la piedra sobre la que Jesús edificó su Iglesia, la Iglesia fundada por Jesucristo; además, le dio el poder de atar y desatar: la autoridad que ejerce hoy el Papa, su sucesor.

Con frecuencia se presenta el problema de interpretar quién es la piedra o la roca, dado que en 1Co 10, 4, Pablo afirma que «bebieron la misma bebida espiritual; el agua brotaba de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo». En este pasaje es obvio deducir que Pablo mostraba a la roca como representación de Cristo, que es la fuente de todos los bienes.

Pero Pablo no hablaba de construcción ni de cimiento, como sí lo hizo Jesús en Mt 16, 18: «edificaré mi Iglesia». Aquí Cristo es el constructor mientras que el cimiento es Pedro.

Eso quedó patente en la última aparición de Jesús a sus apóstoles cuando, como despedida, les enseñó quién debía apacentar su rebaño, es decir, los bautizados, los pertenecientes a la Iglesia:

«Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Le preguntó por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro volvió a contestar: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas”.

Insistió Jesús por tercera vez: “Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Entonces Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.» (Jn 21, 15-17)

Jesús mismo había dicho:

«Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas.» (Jn 10, 11)

Lo que ordenó a Pedro, apacentar las ovejas de Jesús, consiste entonces en representar a Jesús aquí en la tierra, ya que Él se iba pronto al Cielo. Ese fue su testamento: se encuentra en el último capítulo del Evangelio de Juan.

Y, según la Biblia, después de su muerte, había que reemplazar a cada apóstol para «que otro ocupe su cargo. » (Hch 1, 20)

Así, cuando murió Pedro, fue elegido Lino; a Lino lo reemplazó Anacleto; al morir éste fue sucedido por Clemente…; y así hasta Juan Pablo II; con él, van 265 Papas.

Esa misión, ese servicio, no hace a Pedro ni a sus sucesores más digno que los demás hombres, solamente le da una autoridad que proviene del mismo Jesús: «Apacienta mis ovejas»: sé tú el Pastor, como lo fui Yo.

Ya antes, Jesús le dijo a Pedro algo que nos hace ver que lo estaba preparando para darle autoridad, como administrador de su Iglesia:

«Pedro preguntó: “Señor, esta parábola que has contado, ¿es sólo para nosotros o es para todos?” El Señor contestó: “Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido tiempo la ración de trigo. Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra cumpliendo su deber. En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo que tiene”.» (Lc 12, 41-44)

¿Por qué le habló de un administrador después de la parábola de los trabajadores fieles? Porque quería pedirle esa fidelidad a su trabajador principal: el primer Papa.

Pero quizá una de las muestras mayores de la preocupación de Jesús por quien iba a ser la cabeza visible del cuerpo de Cristo, la Iglesia, es la siguiente:

«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 32)

Es de notar que Jesús dice aquí que «Satanás va a sacudirlos a ustedes», es decir, a todos los apóstoles. Sin embargo, Jesús no ruega por todos, sino «por ti para que tu fe no se venga abajo», porque sabía la responsabilidad que se derivaba de la autoridad que la había conferido. Además, añade: «Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos».

Otro pasaje de la Biblia nos enseña que para Jesús, Pedro tenía una misión y una autoridad muy especiales:

«Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora?”» (Mc 14, 37)

Llama la atención que el texto diga que Jesús los encontró dormidos, pero no se preocupó por todos, sino únicamente por Pedro, quien tampoco había podido «permanecer despierto una hora». Es que Él sabía cuán importante iba a ser la autoridad de Pedro.

Por eso, en la Biblia, Pedro ocupa siempre el primer lugar:

«Estos son los Doce: Simón, a quien puso por nombre Pedro…» (Mc 3, 16)

«Allí estaban Pedro…» (Hch 1, 13)

«Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro…» (Mc 9, 2)

«Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» (Lc 24, 34)

«Que se apareció a Pedro y luego a los Doce.» (1Co 15, 5)

Veamos lo que sucedió después de la resurrección de Jesús:

«El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. Fue corriendo en busca de Simón Pedro.» (Jn 20, 1-2)

María había podido ir corriendo en busca de los discípulos de Jesús. Pero no lo hizo: prefirió buscar a la máxima autoridad.

Y él mismo Juan muestra el respeto por esa autoridad:

«Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Como se inclinara, vio los lienzos tumbados, pero no entró. Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro, y vio también los lienzos tumbados. El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó.» (Jn 20, 3-8)

Sólo hasta que el primado —Pedro— entró, Juan se permitió entrar y ver. De nuevo queda patente la autoridad de Pedro.

Al final del Evangelio de Marcos se lee cómo un joven instruye a las mujeres que lo vieron resucitado:

«Ahora vayan a decir a los discípulos, y en especial a Pedro, que Él se les adelanta camino de Galilea.» (Mc 16, 7)

Pablo va también en busca de esa máxima autoridad:

«Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro y permanecí con él quince días.» (Ga 1, 18)

La Biblia nos muestra que Pedro, ejerciendo esa autoridad, es quien decide reemplazar a Judas:

«Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: “Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura, pues el Espíritu Santo había anunciado por boca de David el gesto de Judas; este hombre, que guió a los que prendieron a Jesús, era uno de nuestro grupo, y había sido llamado a compartir nuestro ministerio común. Sabemos que con el salario de su pecado se compró un campo, se tiró de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas. Este hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que llamaron a aquel campo, en su lengua, Hakeldamá, que significa: Campo de Sangre. Esto estaba escrito en el libro de los Salmos: Que su morada quede desierta y que nadie habite en ella.

“Pero también está escrito: Que otro ocupe su cargo. Tenemos, pues, que escoger a un hombre de entre los que anduvieron con nosotros durante todo el tiempo en que el Señor Jesús actuó en medio de nosotros”.» (Hch 1, 15-21)

Pedro empieza así a ejercer su autoridad.

Autoridad que no solo se ejerce para las decisiones importantes, sino también para castigar:

«Pedro le dijo: “Ananías, ¿por qué has dejado que Satanás se apoderara de tu corazón? Te has guardado una parte del dinero; ¿por qué intentas engañar al Espíritu Santo? Podías guardar tu propiedad y, si la vendías, podías también quedarte con todo. ¿Por qué has hecho eso? No has mentido a los hombres, sino a Dios”. Al oír Ananías estas palabras, se desplomó y murió. Un gran temor se apoderó de cuantos lo oyeron.» (Hch 5, 3-5)

Tal sería la autoridad de Pedro, que toda la Iglesia oraba por él, cuando lo apresaron:

«Mandó detener también a Pedro: eran precisamente los días de la fiesta de los Panes Ázimos. Después de detenerlo lo hizo encerrar en la cárcel bajo la vigilancia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, pues su intención era juzgarlo ante el pueblo después de la Pascua. Y mientras Pedro era custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba incesantemente por él a Dios. (Hch 12, 3-5)

Además, es Pedro el primero que predica cuando Jesús es proclamado por primera vez:

«Entonces Pedro, con los Once a su lado, se puso de pie, alzó la voz y se dirigió a ellos diciendo: “Amigos judíos y todos los que se encuentran en Jerusalén, escúchenme, pues tengo algo que enseñarles…”» (Hch 2, 14)

Y así comenzó la predicación apostólica, la Tradición.

Y es él quien dirige las discusiones y les da conclusión:

«Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. Después de una acalorada discusión, Pedro se puso en pie y dijo:…» (Hch 15, 6-7)

La Iglesia, entonces, lo reconocía como el Pastor universal.

Esto es, precisamente, lo que significa la palabra «católico»: universal, es decir, que está abierta a todas las razas y culturas de todos los tiempos.

Recién comenzado el cristianismo, un obispo que conoció a los apóstoles y de quienes recibió la imposición de manos, Ignacio de Antioquía, fue el que, para designar a la Iglesia fundada por Jesucristo, usó la expresión: «católica». Efectivamente, escribiendo a los cristianos de Esmirna les decía: «Donde está Cristo, allí está la Iglesia Católica».

 

 

El Magisterio

 

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

 

v  Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.

v  Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.

v  Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.

v  Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.

v  Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

 

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

 

è  Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

è  El AT fue superado y sobrepasado por el NT.

è  El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

è  El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.

è  La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

è  Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

è  En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

 

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

 

q  Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)

q  Documentos eclesiales (de la Iglesia)

q  Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

q  Derecho canónico

q  Liturgia

q  Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

 

Para informar todo esto al pueblo cristiano de una manera más asequible se editó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde están todos los postulados de nuestra Fe, reunidos de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, y adaptados a la evolución de los tiempos. Así, el pueblo de Dios puede comprender mejor su Fe.

 

El Catecismo es, por así decirlo, la explicación actualizada de la Palabra de Dios. Una vez leído y comprendido, meditado y estudiado, se puede entender mucho mejor la Biblia.

 Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Algo que no podremos hacer en el Cielo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 9, 2008

 –¿Ustedes se quieren morir?

–Por supuesto que no, padre.

–Yo sí.

La mirada de asombro de los concurrentes no inmutó al veterano presbítero, quien sólo sonrió mientras continuaba:

–Un santo decía que no sabía qué escoger: si el encuentro con ese ser maravilloso que llenaría todas sus ansias de felicidad o quedarse aquí trabajando por su gloria y por la salvación de las almas…

Así se explica en la catequesis de los infantes lo que será ese encuentro maravilloso:

Allí, en el Cielo, estará Dios: todo lo bello reunido en un solo Ser, todo lo bondadoso, lo bueno, lo delicado, lo compasivo, lo comprensivo; toda la ternura, la paciencia, la simpatía, toda la alegría; la tranquilidad… en fin, todo el amor en un sólo ser, Dios, que se nos da para llenarnos de felicidad.

Es una felicidad eterna, en un presente continuo, sin ayer y sin mañana, sin antes ni después, un ahora hermoso que no pasa; ¡y es una felicidad que sacia sin saciar!: cuando ya se siente plena, no llena del todo, pues se desea más…

La narración se hace a veces tan clara y convincente que de vez en cuando un niño dice: “¡Yo quiero irme ya!”. Quien haya tenido esta experiencia lo puede corroborar.

Esos niños aprenden el verdadero valor de la vida si, luego de sus palabras, se les describe la importancia de la vida temporal como preámbulo de la futura y de la conducta que nos ganará el cielo.

–Sin embargo, hay algo que en el cielo perderemos: la Cruz.

–Y, ¿quién quiere la Cruz?

–La quiere quien sabe de amor.

Mientras haya esperanza para que un alma nos acompañe a ese fascinante lugar, en vez de pasar por el purgatorio o, peor aún, llegar a la eterna perdición, bien vale la pena la Cruz.

Mientras cada pequeño sufrimiento de la vida sea esa savia del árbol del cristianismo, la comunión de los santos, bien vale la pena la Cruz.

Mientras haya tiempo, vale la pena corredimir con Cristo.

Mientras se vive en esta vida terrena, en esta vida pasajera, se tiene la potestad de cambiar la historia, después no.

En el cielo ya no habrá Esperanza, ya no habrá Fe… solo quedará el Amor; y ya no quedará esperanza para salvar a nadie, ya no quedará opción para acrecentar la gloria de Dios, si no es alabándolo, cantando para Él  y gozando de Él.

¡Vale la pena vivir un poco más! ¡Vale la pena sufrir un poco más! ¡Vale la pena abrazar (y abrasarse con) la Cruz.

Es por el Amor, es por lograr el Amor para otros, es por Amor.

 

 

 

 

 

 

 

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Amar es…

Posted by pablofranciscomaurino en junio 9, 2008

 Amar significa que valoramos más a quien amamos que a nosotros mismos. Ya no nos importa nuestro bienestar sino el de la persona amada; ya no queremos estar bien sino que ella esté bien; ya no nos importa evitar nuestro sufrimiento sino que ella no sufra; ya no nos importa nuestra felicidad sino la suya, porque nuestra felicidad es que ella sea feliz.

Y eso fue lo que hizo Jesús: desde que dejó la gloria del Cielo y el amor de su Padre para venir a sufrir como cualquier ser humano, hasta que lo mataron haciéndolo sufrir tan intensamente, lo único en lo que pensaba era en nosotros, en pagar todos nuestros pecados, en abrir la puertas del Cielo para que pudiéramos entrar en él, en hacernos felices; a Él no le importó todo lo que tuvo que sufrir: le importó únicamente nuestra felicidad; y si para eso tenía que olvidarse de sí y sufrir inmensamente, lo hizo gustoso, por amor a nosotros.

Amar a Jesús es recorrer ese mismo camino: olvidarnos de nosotros mismos para hallar la felicidad procurándosela a Él; y no hacemos esto porque sea sabroso, sino porque estamos dispuestos a sufrir lo que sea necesario para hacerlo feliz, cueste lo que cueste, y en eso encontramos nuestra propia felicidad, porque El amor hace suyas las penas del amado,  como dice san Pablo de la Cruz.

Así lo hicieron todos los mártires: lo único que querían era consolarlo, compartiendo sus sufrimientos. Así lo hizo san Francisco de Asís, que le pidió a Jesús durante mucho tiempo que le concediera la gracia de amar y sufrir lo que Él amó y sufrió; y el Señor se lo concedió: lo puso a amar todo lo que puede amar un ser humano soportando sus llagas.

Así se comienza a entender en qué consiste el amor; se descubre que amar así es el secreto de la auténtica felicidad, que no hay nada en este mundo que pueda hacernos tan dichosos, que para eso fuimos creados, que por el contrario los que solo intentan pasar sabroso en este mundo nunca lo consiguen…

Cuando dejemos de temerle al sufrimiento seremos inmensamente felices: al unirnos a la Cruz de Jesús no solo lo consolaremos sino que lo ayudaremos a reparar la gloria y honra que le quitamos a Dios Padre, a salvar almas y a instaurar su Reino de amor aquí en la tierra. Pero hay más: nos purificaremos de nuestros apegos para que podamos experimentar los goces y deleites espirituales que Dios tiene reservados a los que lo aman de verdad…

El amor auténtico es efectivo, no solo afectivo. Esta es la prueba que Dios ha puesto para invitarnos a confiar en Él y esperar la auténtica y única posible felicidad.

¿No es un privilegio haber sido escogidos para esta maravillosa misión de amor? ¿Por qué demoramos tanto en responder al Amor? ¿Vamos a hacerlo sufrir más, retardando nuestra respuesta? Mirémoslo ahí, colgado en la Cruz, esperando nuestra respuesta de amor; parece que san Francisco de Asís nos gritara todavía hoy: ¡El amor no es amado! ¡El amor no es amado! ¡El amor no es amado!…

 

 

 

 

 

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