Hacia la unión con Dios

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El problema no es el celibato*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 11, 2010

 

     ¿Se puede vivir hoy el celibato? ¿Se puede ofrecer como alternativa de amor a un hombre o a una mujer moderna? ¿Es razonable o es locura hablar del celibato ahora, en el siglo XXI?  La respuesta obvia es la siguiente: son centenares de miles las personas que encuentran hoy la felicidad en el celibato cristiano. Es la simple observación de un hecho indiscutible. Pese a todas las advertencias freudianas y a las publicaciones acerca del comportamiento sexual escandaloso, dentro como fuera de la Iglesia, tanto entre sacerdotes como entre personas casadas, hay millares de personas normales que actualmente viven célibes, se sienten interiormente libres y aman con un amor fuerte, valiente, rebelde. Sin embargo, viene bien plantearse su significado y justificación en el mundo actual.   

     En primer lugar, cabría aclarar un equívoco. La pregunta: ¿por qué no se casan los curas?, está mal formulada. Lo correcto sería preguntar: ¿por qué la Iglesia no ordena sacerdotes a hombres casados? Porque nunca se casaron los sacerdotes y, si nos atenemos a los datos que brinda el Evangelio, del único que  sabemos que estuvo casado es de San Pedro, porque se menciona a su suegra. Los apóstoles abandonaron todo para seguir al Señor y, desde temprano, muchos de los  que se consagraban al servicio de la comunidad cristiana lo hacían en estado de virginidad. Hubo también, en esta primera fase de propagación y de desarrollo del cristianismo, todavía en vías de organización y, por decirlo así, de experimentación, hombres casados que fueron sacerdotes, elegidos y ordenados siguiendo la tradición judaica.              

Asimismo, en las Iglesias orientales, no se casan los sacerdotes, aunque sí se pueden ordenar legítimamente personas casadas. Pero los obispos, y un buen número de sacerdotes, viven célibes. La diferencia de disciplina se explica por el hecho de que la continencia perfecta no pertenece a la esencia del sacerdocio. Incluso hoy, dentro de la Iglesia Católica Romana hay sacerdotes casados que proceden de la Iglesia Anglicana o de otras confesiones cristianas, en las cuales vivían en matrimonio. Son conversos que han pedido ser admitidos en la Iglesia Católica y ésta los acoge en la totalidad de su condición.  

     Impresiona, por otro lado, constatar cómo los tiempos de crisis del celibato coinciden con tiempos de crisis del matrimonio. Son los dos sacramentos de la Iglesia que tienen que ver con la generación de la vida: de la vida humana y de la vida sobrenatural. Actualmente no sólo se ven grietas en el celibato; también el matrimonio como fundamento de la sociedad es cada vez más frágil y el esfuerzo por vivir bien la relación conyugal no es menos pequeño. El matrimonio para los sacerdotes no arregla los problemas. Si se aboliera el celibato pasaríamos, en la práctica, a la separación de matrimonios de sacerdotes y se tendría que lidiar por añadidura, con el nuevo problema que implicarían los curas divorciados. Cuando una fidelidad no es posible, la otra tampoco lo es: una lealtad conduce a otra.   

     Lo que sorprende es la insistencia en que la Iglesia, debería suprimir la imposición del celibato sacerdotal. Es una conclusión equivocada.  En primer lugar, porque la Iglesia no impone el celibato a nadie. Hacerlo sería un ultraje al derecho natural. Cada persona es libre de elegir su propio estado de vida y sólo tiene que responder ante Dios de su elección. Otra cosa es que la Iglesia contemple, en su sabiduría, entre las señales de vocación sacerdotal, la previa recepción del don del  celibato. Estamos aquí ante un nuevo orden de ideas: el sobrenatural y esto es lo que, quizás, muchos no logran entender.  

     Antes de la ordenación el candidato da fe, bajo juramento, de haber recibido el don del celibato.  Ya sacerdote  lo vive, fortalecido en la fe y en la oración, lo único que puede sostenerlo en su decisión a lo largo de la vida. Y se espera de él, que una vez asumido, permanezca fiel al compromiso. Y la puerta queda abierta para que, quien no se vea en capacidad de vivirlo, pida la dimisión. Nadie puede ser sometido a sobrellevar una obligación más allá de su fuerza de espíritu o su carácter. Si es incapaz de hacerlo, que se dedique a otra causa. Lo deshonesto es traicionar la palabra dada, engañar a la comunidad religiosa y a los fieles, llevar una doble vida en contra de los principios morales que, en teoría, proclama. Es cuestión de hombría de bien, de lealtad, que es un valor humano apreciable.  

     Partiría de una premisa equivocada quien aspirara al sacerdocio pensando que, en el fondo, no le interesan las mujeres, o que su preferencia sexual no está del todo definida y que por tanto el celibato no le significaría mayor problema. Condición para la ordenación de un sacerdote es ser hombre viril, en todo el sentido de la palabra. Virilidad que se traduce en madurez afectiva y plena salud en el funcionamiento de sus órganos sexuales. El sacerdocio no es refugio  de débiles emocionales, ni lugar para encubrir pervertidos sexuales, ni para quienes tienen problemas a la hora de definir su identidad.              

Otro equívoco es la relación que se quiere establecer entre el celibato y los desahogos de carácter sexual, incluso aberrante. El problema no es el celibato, sino la infidelidad. Y esto afecta tanto a sacerdotes como a personas casadas. El día que los paparazzi persigan a los maridos infieles para mostrar sus debilidades, quizás no tendrían noticieros y periódicos otro tema qué tratar. Y esto, dicho con dolor, porque la lealtad y la fidelidad son virtudes humanas, necesarias en toda sociedad civilizada. Ante los casos recientes cabría decir, con todo respeto, que una persona que vive una doble vida y se niega a cumplir obligaciones asumidas libremente,  está haciendo traición a su conciencia y a su hombría de bien. Y hace mejor si pide honestamente la dimisión a su ministerio, aunque el carácter sacerdotal, nunca lo perderá. Pero la Iglesia, no puede ser sujeto de modificaciones basadas en las veleidades de unos pocos. Ni se la puede señalar como la culpable de sus debilidades. Y menos pretender que ofrezca una disciplina light, para acomodarla dócilmente a las flaquezas humanas o mundanas.  

Padre Javier Abad Gómez  

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Cómo actuar con otros cristianos

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 2, 2009

Desafortunadamente, entre los cristianos se han producido divisiones: en el siglo XI, los cristianos orientales (llamados ortodoxos) se separaron de los cristianos católicos; y, en el siglo XVI, otro tanto hicieron los protestantes y los anglicanos.

De entre los protestantes han proliferado innumerables iglesias, comunidades, movimientos religiosos, grupos y sectas de mayor o menor afinidad entre sí. Se llamaron después evangélicos y, más recientemente, simplemente cristianos. Y para agravar la situación, por desgracia, muchos de ellos se excluyen mutuamente.

No hay justificación teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de esta pluralidad, estén genuinamente separadas o no. Jesús, por ejemplo, orando a su Padre, dejó ver que le interesa mucho la unidad de los cristianos:

«No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» (Jn 17, 20-21)

El problema se presenta cuando tenemos que conversar con nuestros hermanos cristianos no católicos, sobre todo esos que pretenden convencernos para que dejemos el catolicismo y vayamos a su culto o que nos congreguemos en tal o cual denominación.

En ese caso, es preciso tener claro el modo como nos debemos comportar, porque muchas veces podemos llegar a actuar como si no fuéramos cristianos.

1) Orar mucho por todos los cristianos (católicos, orientales, protestantes y anglicanos).

2) Dar testimonio de amor, paz y alegría, en el que se incluye un respeto grande por la forma de pensar de los demás.

3) Una vez que ellos se persuadan de que los respetamos y —sobre todo— de que los amamos, debemos dejar que sea el Señor quien los toque con su gracia, lo que significa confiar en Dios y, por lo tanto, no propiciar  ni permitir las polémicas ni las discusiones:

«Es honra del hombre evitar discusiones. (Pr 20, 3)

«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.» (1Tm 2, 8)

«Esto has de enseñar; y conjura en presencia de Dios que se eviten las discusiones de palabras. »  (2Tm 2, 14)

«Evita las discusiones.» (2Tm 2, 23)

4) Si se presenta la oportunidad (que por ejemplo hablen de algún tema), podemos contarles cómo vivimos nuestra vida cristiana, haciéndolos participes de nuestra felicidad, sin quererlos convencer.

5) Si se muestran inquietos, intransigentes o polémicos, les diremos que a nosotros lo único que nos interesa es amarlos, porque aprendimos que Jesús dijo: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35). Así los haremos entender que solo nos interesa seguir a Cristo en el amor; y esta actitud será la que permita que Dios actúe en ellos (aunque lo haga después de pasado un tiempo).

Mientras el cristiano continué actuando de una manera diferente a la que se acaba de describir, no solamente estará negando en la práctica lo que en la teoría profesa, sino que presentará al mundo un escándalo. ¡Las disensiones entre los cristianos son un escándalo! Y esto es grave: ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el escándalo! (Mt 18, 7)

Es hora de parar. Jesús nos dijo cómo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Él? ¡Hasta dar su vida! ¿Daríamos la vida por uno de nuestros hermanos separados? Si la respuesta es negativa, todavía nos falta mucho para llamarnos cristianos católicos.

 

 

 

 

 

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