Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Ignorancia’

PLACER SUBLIME

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 4, 2014

Recién aparecido el ser humano sobre la tierra comenzó a preguntarse sobre su vida, su esencia, su razón de ser… Miles y miles de preguntas más le surgieron y, después de unos doscientos mil años, muchas no se han contestado.

Hay quienes por ejemplo, desde una perspectiva teocéntrica, han postulado la idea de que Dios creó al hombre. Y, más recientemente, con una mirada antropocéntrica, otros afirman que fue el hombre quien inventó la idea de un Dios, creador de todo. Pero se multiplican las creencias, y la cosmovisión de muchos es tan plural que habría que invertir varias vidas estudiándolas todas.

Ante semejante panorama, es admirable descubrir la ignorancia en la que todavía se encuentra el ser humano con respecto a estos temas tan trascendentales para sí mismo y para su vida, transcurridos tantos milenios, sobre todo ante los vertiginosos avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos.

Pero no solo es admirable; aterra saber que miles de millones de personas viven en un sinsentido parecido en muchos aspectos— al de los animales: nacen, crecen, se reproducen y mueren; hacen sus elecciones —profesión, matrimonio, lugar y estilo de vida, etc.— sin criterios claros sobre la razón última de su ser; no le dan más trascendencia a sus vidas que la de prever su futuro más inmediato, sin contemplar siquiera la posibilidad de que la vida siga después de la muerte, tal y como lo comenzó a intuir la especie humana desde sus comienzos. Además, se preguntaba sobre la posibilidad de la existencia de otros seres más allá de lo tangible y visible: seres espirituales, buenos y malos, con quienes quizá podrían interactuar y hasta valerse de ellos para cambiar las leyes de la naturaleza, como se empezó a creer en los inicios de la especie humana…

Sin embargo, siempre se ha oído hablar de algunos que han desarrollado su vida espiritual hasta llegar a la contemplación pura del mundo espiritual y al conocimiento de los espíritus; es decir, que han vivido experiencias místicas.

Entre la inconsciencia de unos y la profunda espiritualidad de otros se encuentran las actitudes que tienen los seres humanos frente a los cuestionamientos más profundos de su existencia, pero es evidente que —y hoy más que nunca— son más quienes viven sin desarrollar su plano espiritual, quedándose satisfechos dándole relieve únicamente a sus otros dos planos: el biológico y el psicológico; queda así truncada la integridad de su esencia, de su naturaleza, de su sustancia, con lo que muy difícilmente lograrán el pleno desarrollo de su ser y, por ende, la felicidad que tanto anhelan y persiguen, a pesar de que se les muestra tan esquiva.

Son varias las religiones que reclaman para sí las experiencias místicas más elevadas, pero no se puede negar que hay 3 características que las hacen más sublimes y, por consiguiente, más plenamente humanas:

1) las que producen la transformación moral del individuo: pasar un hombre de la maldad a la bondad, como es el caso de quienes dejan de matar, robar, ser infieles a sus esposas, etc., para comenzar una vida de bien,

2) las que facultan al individuo a realizar actos sobrenaturales, es decir, actos que no pueden realizar los seres humanos naturalmente (perdonar, por ejemplo, a quienes mataron a un hijo) y

3) el enaltecimiento de la facultad más elevada del ser humano: amar; tal es el caso de las personas que son capaces de olvidarse de sí mismas para conseguir el bien de otro (o de otros), sin esperar nada a cambio, y cuyo mayor ejemplo es el de quienes gastan su vida, día a día, en una labor de servicio humanitario o el de quienes llegan al extremo de morir por otros seres humanos, por amor a Dios, y que son llamados comúnmente mártires o testigos.

Ninguna de estas 3 acciones es posible, a menos de que se reciba una fuerza sobrenatural, un empuje espiritual que viene de lo alto, de una entidad superior, y solo el cristianismo ha mostrado evidencias claras al respecto: conversiones de personas que dejan el mal para siempre, capacidad de realizar acciones verdaderamente sobrenaturales y entrega total al servicio gratuito y desinteresado, a veces hasta la muerte, solo por amor a Dios y a la humanidad.

Efectivamente, al revisar toda la teología espiritual (ascético-mística) del cristianismo, se encuentra una doctrina sólida, amplia y profundamente desarrollada por maestros espirituales llamados los santos místicos.

En esta doctrina se enseña que Dios desciende hacia la criatura, para hacerla primero capaz de actos divinos y, después, de disponerse para una unión cada vez más íntima con Él. Y esa unión es el placer más elevado que puede experimentar el ser humano, puesto que fue creado para disfrutarlo.

Las personas que han experimentado este estado de unión, aun cuando sea incipiente, como suele ocurrir al comienzo, ya no desean en esta vida otra cosa que volver a vivirla y, ojalá, acentuarla cada vez más, pues descubren que todos los placeres biológicos o psicológicos —incluso el más elevado de todos: el amor humano— palidecen frente a un instante de esta unión con Dios: se siente tanto gozo espiritual, tantos consuelos y deleites espirituales, que ya no se desea seguir viviendo; lo único a lo que se aspira desde ese momento es conseguir esa unión con Dios: el máximo placer, el placer más sublime y elevado de todos.

Pero se explica que esto va ocurriendo paulatinamente, en 2 medidas: tanto cuanto Dios quiere participar de su Ser a la criatura y tanto cuanto la criatura se dispone para tal unión.

En este proceso, Dios va llenando a la persona de su gracia, que es un don, un regalo, un favor que le hace sin merecimiento alguno de su parte, con la que la va llenando primero de virtudes sobrenaturales y, después, de los 7 dones del Espíritu Santo, que la facultan para la unión con Dios.

Por su parte, la persona debe ser primero muy humilde: totalmente consciente de su condición de criatura, débil, proclive al mal e incapaz del bien, necesitada de la ayuda divina; y debe, además, vivir en gracia de Dios (cumpliendo los mandamientos), frecuentar los Sacramentos (asistir a Misa y comulgar, ojalá diariamente, y confesarse al menos una vez al mes) y hacer oración mental (dedicar diariamente un tiempo para hablar con ese Dios que la ama inmensa e intensamente y que lo único que quiere es hacerla feliz). Y le conviene conseguir un director espiritual que ya haya experimentado la unión con Dios, para dejarse guiar por él en este asunto de tanta trascendencia.

En la medida en la que la persona va dejando que Dios se acerque a ella, cumpliendo los requisitos dichos, Él le va dando esos regalos que la harán totalmente feliz.

Lo primero que le obsequia es la paz; una paz distinta a la que conocía. Se supo de un hombre que era conocido por todos como uno de los seres humanos más serenos, más tranquilos, más llenos de paz… Él mismo era consciente de ello, pues veía a muchos intranquilos, angustiados, ansiosos, etc. Pero el día en el que Dios lo visitó espiritualmente y le dejó la paz que Él deja en sus primeras visitas, este hombre descubrió que antes de esta experiencia estaba muy lejos de saber lo que era la paz auténtica, que lo que él creía que era paz no era ni un esbozo de la verdadera…

En otra ocasión, Dios le regaló una virtud por la que había luchado durante casi treinta años sin éxito: no controvertir sobre asuntos de Fe, pues siempre terminaba discutiendo acaloradamente con cuantos discrepaban de sus creencias. Se arrepentía después de cada suceso, pero no lograba erradicar su defecto, que atentaba contra la caridad que le debía a los demás. Un día, estando en oración, Dios se le presentó y le mostró su perfección, su santidad, su grandeza; y le dejó ver parte de la gran imperfección a la que este hombre estaba sometido, su miseria y cómo lo afeaban sus pecados… Después de este episodio, jamás volvió a discutir con nadie: quedó convencido de que no tenía autoridad moral para controvertir, y Dios le dio la fuerza para callar, orar y confiar más en Él que en los argumentos que solía poner para defender sus puntos de vista.

Y así, la persona va recibiendo de Dios dones cada vez más elevados, como el de una pareja de esposos que fue a visitar públicamente —los mostraron por la televisión— al asesino de su hijo, para perdonarlo: la audiencia vio aterrada el momento en el que ese par de señores mayores saludaban al sicario y le decían que lo perdonaban por amor a Dios.

La evidencia del Amor de Dios en estas experiencias llega a ser tan fuerte, que las personas adquieren una confianza ilimitada en ese Amor, y nada los perturba, nada los angustia, nada los preocupa… Saben que Dios tiene esta triple condición: 1) es infinitamente poderoso, 2) sabe qué es lo mejor para ellos y 3) los ama tanto, que solo les propiciará o permitirá lo mejor; por eso se abandonan totalmente en el Amor que ya experimentaron místicamente.

Y por eso mismo, aunque trabajan con responsabilidad en los asuntos temporales para hacer de este un mundo mejor y así dar gloria a Dios, les es indiferente la salud o la enfermedad, el bienestar o el malestar, la pobreza o la riqueza, tener trabajo o estar vacantes, la soledad o la compañía… Saben que todo está calculado sabiamente por Dios para conseguirles lo único que importa: la eternidad junto al Amor de los amores. En todas sus empresas e intereses —trabajo, familia, salud, educación, vestido, vivienda, alimentación, servicios a la comunidad…— ponen todos los medios y esfuerzos para que salgan lo mejor posible, pero dejan a Dios los resultados.

A quienes Dios une a Sí mismo de esta manera ya no les importa el cansancio: trabajan infatigablemente por el ideal más grande de todos: enseñar al mundo entero que esta vida es una sombra, es oscuridad; y que con la luz que Dios nos da en esas experiencias místicas comenzamos a ver la verdad: que lo único que importa es lograr cuanto podamos esa unión con Dios ahora —en el tiempo presente—, que después consigamos la unión completa y eterna con el Amor —¡la dicha eterna!—, y que nos llevemos a muchos a ese estado de felicidad, que jamás podremos describir, pues “ni ojo vio ni oído oyó ni llegó jamás a la mente de nadie lo que Dios tiene preparado para los que esperan en Él”.

Están seguros de que los sufrimientos que Dios les permite son para su propio bien y el bien de otros, porque saben que fue con sus sufrimientos como Cristo consiguió esa luz para la humanidad, y se sienten dichosos de sufrir con Cristo para ayudar a muchos a entender la vida tal y como es en realidad. Y por eso, ya no piden nada, fuera de la salvación y santificación (que es la unión con Dios) de todos: conocidos y desconocidos.

Y así como están dispuestos a vivir por este ideal, también lo están, si es necesario, a morir por él. Es por eso que solo en el cristianismo se ven mártires que dan la vida por amor a Jesucristo y por la felicidad auténtica de sus hermanos, los hombres. Muchos de ellos, en medio de sus sufrimientos mientras los martirizan y matan, cantan y alaban a Dios dichosos, pues son los seres humanos más felices; y lo serán plena y eternamente.

 

Posted in Reflexiones, Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en PLACER SUBLIME

¿Somos semipelagianos o voluntaristas?*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2012

El pelagianismo. En el siglo IV, cuando la Iglesia se ve invadida por multitudes de neófitos, surge en Roma un monje de origen británico, Pelagio (354-427), riguroso y ascético, que ante la mediocridad espiritual imperante, predica un moralismo muy optimista sobre las posibilidades naturales éticas del hombre. Los planteamientos de Pelagio resultaban muy aceptables para el ingenuo optimismo greco-romano respecto a la naturaleza: «Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla» (Epist. I Pelagii ad Demetriadem 30,16). Somos libres, no necesitamos gracia.

San Agustín resume así la doctrina pelagiana: «Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice [Pelagio] que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil. La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones [de súplica] de la Iglesia [¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?]. Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original» (De hæresibus, lib. I, 47-48. 42,47-48).

Según ellos, no hay, pues, un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación. La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobre-natural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido.

La Iglesia afirma la verdad católica de la gracia muy pronto. Aunque las doctrinas de Pelagio fueron en principio aprobadas por varios obispos y Sínodos, debido a informaciones insuficientes y malentendidas, pronto la Iglesia rechaza el pelagianismo con gran fuerza en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas, sobre todo a través de las enseñanzas de los pelagianos Celestio y Julián de Eclana (Indiculus 431, Orange II 529, Trento 1547, Errores Pistoya 1794: Denz 238-249, 371, 1520ss, 2616). Gran fuerza tuvieron en la lucha contra el pelagianismo varios santos Padres, como San Jerónimo, el presbítero hispano Orosio, San Próspero de Aquitania y sobre todo San Agustín de Hipona. Se atrevieron a combatir los errores de su propio tiempo.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15,5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).


El semipelagianismo es un grave error que en el siglo V se produjo en algunos monasterios del sur de Francia, como Marsella –de aquí vino el llamarlo error massiliense– y Lérins, isla frente a Cannes. Fue formulado y difundido por hombres de muy santa vida, como los monjes Juan Casiano, abad de Marsella (+430), en su Colación XIII, San Vicente de Lérins (+445), autor del Commonitorium, y San Fausto, Obispo de Riez, antes abad de Lérins (400-490). Ellos, claramente alejados del pelagianismo –reconocían el pecado original, la necesidad de la gracia y de la oración de petición–, erraban, sin embargo, acerca de la primacía absoluta de la gracia. Queriendo reaccionar contra ciertas tesis de San Agustín, que a su entender eliminaban la libertad del hombre en su colaboración con la gracia, vinieron a afirmar que ciertos esfuerzos de la voluntad humana preceden a la gracia y que el principio mismo de la fe (initium fidei) depende del hombre. Eran hombres santos, que erraron en un tiempo en que la Iglesia no había definido suficientemente la doctrina católica sobre la gracia.

San Fausto de Riez es el exponente máximo del semipelagianismo (De gratia Dei: PL 58,783-836). Según él, Dios ofrece igualmente a todos los hombres su gracia salvadora, y aquellos que generosamente la reciben, son los que se salvan. No son éstos, por tanto, propiamente elegidos de Dios (Rm 8,29), sino que más bien son ellos quienes se eligen a sí mismos, mereciendo así la salvación. La predestinación no es, por tanto, sino la previsión divina de aquellos que libremente van a recibir la gracia. Y es la voluntad humana la que hace eficaz la gracia, y la que decide el grado de santidad final según el grado mayor o menor de su generoso esfuerzo personal: «Regnorum cælorum vim patitur» (es el esfuerzo el que gana el Reino celestial, Lc 16,16). A fines del s. V, apenas entre los Obispos del sudeste de las Galias se alzaban voces contra la doctrina semipelagiana de católicos tan fidedignos como Casiano, Vicente y Fausto. El De gratia de Fausto era considerado por el escritor Genadio de Marsella (+500), docto sacerdote, como un «opus egregium».

Rechazo católico inmediato. También eran santos –y probablemente más santos, digo yo– quienes refutaron inmediatamente el semipelagianismo, como San Agustín (+430), San Hilario (401-449), obispo de Arlés, el monje San Próspero de Aquitania (+450), gran defensor del agustinismo, y San Fulgencio (+533), obispo de Ruspe, en el norte de África.

También el Magisterio pontificio, estimulado por esos autores, produjo a lo largo del siglo V varias declaraciones contrarias al semipelagianismo, reunidas en un documento, el Indiculus, que fue reconocido por Roma hacia el 500 (Denz. 238-249). Pero la más perfecta enseñanza de la Iglesia contra el semipelagianismo, en la misma doctrina del Indiculus, se produjo en el Sínodo II de Orange (529), pequeña ciudad al sudeste de Francia (Denz. 238-249). Fue presidido por San Cesáreo, obispo de Arlés (+543), y confirmado por el Papa Bonifacio II (Denz. 370-397).

Es significativo que tanto Hilario, como Próspero y Cesáreo, los tres habían sido monjes de Lérins, y conocían bien la doctrina del «semipelagianismo». Este término, por cierto, nació mucho después, cuando los que contradecían las tesis del P. Luis de Molina, S. J. (1535-1600), expuestas en su libro la Concordia (1588), lo acusaban de profesar las sententiæ semipelagianorum, es decir, de revivir los errores massilienses, ya condenados por la Iglesia.

Cánones principales del Sínodo II de Orange. El sufrido lector me va a permitir –a la fuerza– que transcriba buena parte de los cánones de este maravilloso Sínodo provincial (Arausicano). Su doctrina fue especialmente tenida en cuenta en los debates del Concilio de Trento. Han de ser leídos estos cánones con gran atención porque 1.–como es normal en los antiguos sínodos y concilios, su formulación es sumamente densa, precisa y concisa; y 2.–porque afirman unas verdades grandiosas, muy olvidadas actualmente hasta por los católicos más fieles. Si hoy la mayoría de los católicos no practicantes son apóstatas o pelagianos, una buena parte de los practicantes se ven más o menos afectados de semipelagianismo. Hemos de comprobarlo más adelante. Atención, pues:

Can. 1 y 2: El pecado original existe, y no en el sentido de Pelagio, sino en el de la Iglesia.

Can. 3: «Si alguno dice que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia hace que sea invocado [Dios] por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol: “he sido encontrado por los que no me buscaban. Manifiestamente aparecí a quien por mí no preguntaba” (Rm 10,20; cf. Is 65,1)».

Can. 4: «Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo, que por Salomón dice: “es preparada la voluntad por el Señor” (Prov. 8,35: en LXX), y al Apóstol que saludablemente predica: “Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar, según su beneplácito” (Flp 2,13)».

Can. 5: «Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe… se muestra enemigo de los dogmas apostólicos… “Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús” (Flp 1,6)… “A vosotros se os ha concedido por Cristo no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis” (1,29), y: “de gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios” (Ef 2,8)»…

Can. 6: «Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas, y no consiente que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: “¿qué tienes tú que no lo hayas recibido?” (1Cor 4,7), y: “por la gracia de Dios soy lo que soy” (1Cor 15,10)».

Can. 7: Es engañado por la herejía quien «afirma que por la fuerza de la naturaleza se puede pensar como conviene, o elegir algún bien que toca a la salud de la vida eterna, o consentir a la saludable y evangélica predicación… “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), y: “no que seamos capaces de pensar nada por nosotros como de nosotros, sino que nuestra suficiencia viene de Dios” (2Cor 3,5)».

Can. 8: Yerra el que «porfía que pueden venir a la gracia del bautismo unos por misericordia, otros en cambio por libre albedrío… El Señor mismo lo prueba, al atestiguar que no algunos, sino “ninguno puede venir a Él sino aquel a quien el Padre atrajere” (Jn 6,44); así como al bienaventurado Pedro le dice: “bienaventurado eres, Simón, hijo de Joná, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17); y el Apóstol: “nadie puede decir Señor a Jesús, sino en el Espíritu Santo” (1Cor 12,3)».

Can. 9: «Sobre la ayuda de Dios. Don divino es el que pensemos rectamente y que contengamos nuestros pies de la falsedad y la injusticia; porque cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros».

Can. 12: «Cuáles nos ama Dios. Tales nos ama Dios cuales hemos de ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento nuestro».

Can. 13: «De la reparación del libre albedrío. El albedrío de la voluntad, debilitado en el primer hombre, no puede repararse sino por la gracia del bautismo. Lo perdido no puede ser devuelto, sino por el que pudo darlo. De ahí que la Verdad misma diga: “si el Hijo os liberare, entonces seréis verdaderamente libres” (Jn 8,36)».

Can. 18: «Que por ningún merecimiento se previene a la gracia. Se debe recompensa a las obras buenas, si se hacen; pero la gracia, que no se debe, precede para que se hagan».

Can. 20: «Que el hombre no puede nada bueno sin Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, en cambio, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre».

Can. 22: «De lo que es propio de los hombres. Nadie tiene de suyo sino mentira y pecado. Y si alguno tiene alguna verdad y justicia, viene de aquella fuente» divina.

Can. 23: «De la voluntad de Dios y del hombre. Los hombres hacen su voluntad y no la de Dios, cuando hacen lo que a Dios desagrada; mas cuando hacen lo que quieren para servir a la divina voluntad, aun cuando voluntariamente hagan lo que hacen, la voluntad, sin embargo, es de Aquel por quien se prepara y se manda lo que quieren».

Can. 24: «De los sarmientos de la vid. De tal modo están los sarmientos en la vid que a la vid nada le dan, sino que de ella reciben de qué vivir»…

Concluye el Sínodo con una profesión solemne de la fe católica, redactada por San Cesáreo de Arlés, en la que reafirma la doctrina conciliar, añadiéndole más argumentos y citas bíblicas. «También profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que Él nos inspira primero –sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte– la fe y el amor a Él».

Bonifacio II confirma el Sínodo II de Orange (531: Denz. 398-400): «Vosotros definís que la recta fe en Cristo y el comienzo de toda buena voluntad, conforme a la verdad católica, es inspirado en el alma de cada uno por la gracia de Dios preveniente». Por tanto, «no hay absolutamente bien alguno según Dios que pueda nadie querer, empezar o acabar sin la gracia de Dios».

La primacía y la gratuidad total de la gracia de Dios es lo que está en juego en estas gravísimas cuestiones. Es muy significativo que la Iglesia dedicó sus primeros Sínodos y Concilios a definir ante todo las realidades más importantes de la fe católica: la Encarnación del Verbo, la santísima Trinidad, la gracia divina… El semipelagianismo –posterior al pelagianismo, ya condenado por la Iglesia–, estimando que la gracia de Dios se ofrece igualmente a todos, y que es la libertad humana personal la que, con su mayor o menor empeño, decide las buenas obras, prácticamente pone la iniciativa de la vida espiritual en el hombre. En consecuencia, la mayor o menor santificación de la persona es principalmente cuestión de su «generosidad» en la colaboración con la gracia. Y consiguientemente… etc. Ya lo iremos viendo.

Hace unos años, en un cursillo que di sobre la gracia divina a una veintena de católicos especialmente cualificados, les puse al inicio –confieso que con una cierta perfidia– un cuestionario previo, con una docena de frases (verdadera / falsa) tomadas textualmente de Concilios, de San Fausto de Riez, de Santo Tomás de Aquino, etc. Creo recordar que había entre ellos tres católicos, tres pelagianos y catorce semipelagianos.

La doctrina de la Biblia y del Magisterio apostólico es muy clara: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Es Dios el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, c. 9)… Cuando se leen estas frases tan claras, parece que la realidad que afirman –otra cosa será la explicación teológica que de ella se dé– es evidente: la gracia mueve la libertad del hombre para que pueda hacer el bien, un bien que no podría hacer ella sola sin la ayuda sobrenatural de Dios.

Sin embargo, son muchos los cristianos que ignoran esta verdad tan absolutamente fundamental, y que incluso se extrañan y eventualmente se escandalizan cuando se afirma de modo explícito. Más adelante, con el favor de Dios, he de exponer con cierta amplitud la doctrina católica. Pero contrapongo ahora, en forma muy abreviada, la fe católica en la primacía y eficacia de la gracia, y el modo semipelagiano de entender estas cuestiones.

Doctrina católica. La libertad humana es causa «subordinada», que se mueve movida por la gracia de Dios, la causa principal, en la producción de la obra buena. Por tanto, la libertad es causa real de la obra buena, pero no causa autónoma, que pueda producir su objeto propio, el bien, por sí misma; sino causa creatural, segunda, subordinada, que necesita la moción de la gracia divina. Puede la libertad humana, si Dios lo permite, resistir la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él. La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la co-operación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

El papa Paulo V mandó que cesaran las disputas entre Dominicos y Jesuitas sobre la explicación teológica de este misterio (1607). Y comunicó en 1611 al embajador español que, si la Santa Sede había sobreseído el pronunciamiento sobre esta disputa, se debía, entre otras causas, a que las dos partes estaban de acuerdo «en la sustancia de la verdad católica, esto es, que Dios con la eficacia de su gracia nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer, y dobla y cambia las voluntades de los hombres» para afirmarlas en las obras buenas salvíficas (Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

Doctrina semipelagiana. La libertad humana es causa «co-ordinada» con la gracia divina. Los semipelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) concurre con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace extrínsecamente eficaz en la producción del bien. Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, aunque adversario de ciertas tesis tomistas de los dominicos, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

«Algunos [semipelagianos] opinan que la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana, de modo que por su resultado se llama eficaz la gracia… y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín [y de Santo Tomás], y en cuanto a lo que yo entiendo, incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras» (De gratia et libero arbitrio I, cp. XII; cf. F. Canals, Gracia y salvación, Anales de la Fund. Fco. Elías de Tejada, 2, 1996, 13-30).

El voluntarismo pone, pues, la iniciativa de la vida espiritual en el hombre, quedando la gracia en la condición de ayuda, de ayuda necesaria, sin duda –«sin mí no podéis hacer nada»–, pero de ayuda. Aunque los cristianos que se ven afectados por esa actitud sean con frecuencia doctrinalmente ortodoxos –no son pelagianos, ni tampoco son semipelagianos conscientes–, en su espiritualidad práctica no alcanzan a vivir del todo, es imposible, la primacía absoluta de la gracia divina, la total gratuidad de la gracia, ni tampoco son conscientes de su intrínseca eficacia. No pueden llegar a la perfecta humildad, y por tanto a la plena santidad. Ellos estiman que ir más o menos adelante en el camino de la santidad «es cuestión de voluntad»; «querer es poder», etc. A veces, más que un error doctrinal, estos desastrosos planteamientos son en ellos una desviación espiritual, debida a tres causas principales:

1.– Una mala instrucción en la fe católica. Sólo un ejemplo. El padre Severino González, S. J., a mediados del siglo pasado, en una de las colecciones de teología dogmática más difundidas, rechaza juntamente las doctrinas agustinianas, tomistas y escotistas en estas cuestiones, y mantiene que «ningún sistema que afirme la gracia intrínsecamente eficaz puede explicar su concordia con la libertad» (Sacræ Theologiæ Summa, BAC, Madrid 1953, III, tract. III, tesis 33, nn. 313 y 324). Los muchachos de esos años no leíamos esas obras académicas, pero sí leíamos no pocos libros (por ejemplo, El joven de carácter, del húngaro Tihamer Toth, 1889-1931) que, si no recuerdo mal, por ahí andaban. Querer es poder. Es cuestión de generosidad… Aquellos libros nos hicieron mucho bien, pero también ocasionaron graves daños espirituales, cuya profunda huella negativa ha permanecido siempre en algunos, por falta de verdad católica. Padre, «santifícalos en la verdad» (Jn 17,17).

2.– Un antropocentrismo cultural ampliamente predominante, no solo en el mundo, sino también en las zonas mundanizadas de la Iglesia. El teocentrismo humilde que caracterizó tan profundamente la cristiandad antigua y medieval fue debilitándose mucho, como bien sabemos, a partir sobre todo del Renacimiento. Desde entonces, el antropocentrismo voluntarista, inevitablemente soberbio –aunque no se trate a veces de una soberbia personal, sino de especie humana– ha producido frecuentemente en los últimos siglos un cristianismo falsificado, en el que se ignora en gran medida la primacía de la gracia. Son muchos los católicos que son pelagianos –entre los no practicantes la mayoría–, y piensan que ir a la santidad está en la fuerza natural del hombre. Por eso, como no son tontos, no lo intentan, y dejan la vida cristiana. Y otros son semipelagianos –bastante numerosos entre los practicantes–, pues piensan que el bien que han de hacer procede en parte de Dios, y en parte, la más decisiva, por supuesto, de su propia voluntad libre.

3.– Un bajo nivel espiritual de sacerdotes y laicos. Entre los cristianos todavía carnales (1Cor 3,1-3), también entre aquellos que tienden con fuerza a la perfección, el voluntarismo suele ser el error más frecuente, pues si la pereza a veces, muchas veces, les daña, todavía hace en ellos peores estragos la soberbia, que unas veces es perezosa y otras activa, pero que siempre tiende a poner en el hombre la iniciativa, quitándosela a Dios, aunque sea inconscientemente.

En cambio los santos –ya lo comprobaremos– todos profesan la doctrina católica de la gracia, porque todos son perfectamente humildes. Y como dice Santa Teresa, «la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira» (6 Moradas 10,8). Es cierto que algunos santos, en sus comienzos, cuando todavía eran carnales, andaban no poco engañados, y fueron voluntaristas por carácter personal o por una formación incorrecta; pero cuando por la gracia de Dios llegaron a una condición espiritual, todos ellos descubrieron la primacía absoluta de la gracia, pues de otra manera no hubieran llegado a la santidad. La plena santidad se da en la perfecta humildad y verdad.

Un San Ignacio, por ejemplo, cuando se convierte en Loyola leyendo Vidas de santos, se decía a sí mismo: «Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer» (Autobiografía 7). Por narices. Pero en cuanto va entrando en Dios y en la vida espiritual, muy pronto alcanza por don del Señor un supremo conocimiento de la gracia. Y en sus Ejercicios dispone: «pedir a Dios Nuestro Señor quiera mover mi voluntad y poner en mi ánima lo que yo debo hacer»… (17). «Aquí será pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea» (152). Por ahí vamos mejor. Sus maravillosas reglas de discernimiento muestran claramente que en la vida espiritual la pretensión fundamental ha de ser dejar hacer a Dios, haciendo lo que Él quiera hacer en nosotros, incondicionalmente.

La operatividad caracteriza al voluntarismo semipelagiano. Es cierto que a veces el semipelagianismo, al cifrar tanto la obra de la santificación en el esfuerzo de la voluntad libre del hombre, lleva al voluntarista a abandonar la vida cristiana. Sabiendo bien por experiencia aquello de San Pablo: «no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Es el pecado que mora en mí» (cf. Rm 7, 15-19), concluye: «si así es el camino de la perfección, yo no tengo nada que hacer. Mejor será abandonar el intento». Y confiándose sin más a la misericordia de Dios –en el mejor de los casos–, pasa del semipelagianismo al luteranismo protestante.

Pero el voluntarismo semipelagiano lleva normalmente a los cristianos fieles y practicantes a una operatividad malsana. Ya sabemos, sí, que «la fe, si no tiene obras, está muerta» (Sant 2,17). Y no olvidamos las exhortaciones de Santa Teresa: «que no, hermanas, no: obras quiere el Señor» (5 Moradas 3,11); «vosotras diciendo y haciendo, palabras y obras» (Camino Perf. 55,2). Pero en una vida espiritual católica –sinergia de gracia y libertad–, que da siempre la iniciativa a Dios y a su gracia, el florecimiento en la santidad va siempre de la persona a las obras, del interior al exterior, con paz y suavidad, aunque a veces con gran cruz. Bajo el impulso del Espíritu Santo, en gran medida imprevisible, la oración y el ejercicio de las virtudes, el cultivo de la persona, de sus modos de pensar, de querer y de sentir, la cruz de cada día, va haciéndole florecer en buenas obras, al ritmo que marca Dios, no al señalado por la propia persona o por su director espiritual o su grupo: «es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,7). Hay cactus que, bien regados y cuidados, siguen espinudos y feos tiempo y tiempo, hasta que, de pronto, dan lugar a una flor maravillosa.

En el voluntarismo, por el contrario, se produce una cierta subordinación de la persona a las obras concretas. Se tira de la planta para que crezca más rápidamente, con el peligro de quedarse con ella en la mano. El crecimiento espiritual se pretende sobre todo por la prescripción –personal o ajena– de un conjunto de obras buenas, bien concretas, cuya realización se estimula y se controla con frecuencia.

Si las obras no se cumplen, vendrán juicios temerarios («soy un flojo; yo no valgo para esto»; «es un flojo; no vale, dejémoslo»; «puede, pero le faltó generosidad»). Y si se cumplen, vendrán juicios igualmente temerarios («soy un tipo formidable»; «es un tipo formidable»). Más aún. La operatividad voluntarista lleva a la prisa, que se hace crónica, y al activismo, al mismo tiempo que pone límites muy tasaditos a los tiempos de oración (personas tensas, comunidades siempre super-ocupadas). Lleva inevitablemente a la obra mal hecha, aunque la apariencia exterior de la misma sea buena. Cuantifica la vida espiritual (dos horas de oración santifican el doble que una; evidente). Da ocasión para los escrúpulos con gran frecuencia. Fija objetivos («este año tiene Ud. –o su comunidad– que conseguir al menos dos vocaciones para el Instituto, y una docena de vinculaciones de laicos»). Controla los resultados pretendidos, con mal desánimo o con peor satisfacción, según se hayan conseguido las metas. Lleva a un normativismo y a un legalismo detallista, y no advierte que leyes y normas señalan siempre obras mínimas, que no pocos voluntaristas tomarán como máximas, contentándose con su cumplimiento: todo lo que pase de ahí es para ellos exageraciones. Mediocridad congénita. «El viento [del Espíritu Santo] sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo nacido del Espíritu» (Jn 3,8).

El voluntarismo es tremendamente insano, tanto espiritual como psicológicamente. No capta la vida cristiana como un don constante de Dios, «gracia sobre gracia» (Jn 1,16), sino como un incesante esfuerzo laborioso del hombre. Sus errores y los daños que produce en personas y en grupos son tantos que resultan indescriptibles.

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/0912190950-indice-de-reforma-o-apostasia-51

Posted in Doctrina de la Iglesia, La conducta del cristiano | Etiquetado: , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Somos semipelagianos o voluntaristas?*

¿Quién va ganando?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2011


La cruz magnética del gran poder, las velitas de «la virgen», la casa del «equeco», la aromaterapia y todas las demás «variadoterapias» existentes están tomando la delantera en las creencias de la gente.

Los libros que se venden más son los que tratan temas esotéricos; las casas o templos que propagan religiones orientales se llenan de neófitos; los centros de enseñanza de yoga y técnicas de relajación mental no se han perjudicado económicamente sino que, por el contrario, están más boyantes que nunca…

Asimismo, un porcentaje creciente de católicos abandona su credo, para ir tras creencias protestantes (evangélicos o cristianos), testigos de Jehová, mormones, culto al Espíritu Santo y sectas de las más variadas denominaciones.

Hoy se puede decir que por cada parroquia existen aproximadamente unas tres iglesias cristianas y uno o dos centros con creencias contrarias a la Fe católica.

Y, si se le pregunta a diez personas de las que asisten a esos lugares, se puede verificar que nueve fueron bautizadas en la Fe católica.

Algo está sucediendo. Y conviene averiguar qué es. En la superficie de esta situación se ve una especie de «cansancio» de los feligreses, falta de «atractivo» de la Iglesia católica, cierta monotonía en los ritos, malas «estrategias de venta» y, por otra parte, el descrédito producido por los escándalos publicados de algunos miembros de la Iglesia…

Pero en el fondo está la realidad patente: primero, una ignorancia garrafal de muchos católicos en su Fe: no se saben el Credo o lo que significa cada uno de sus artículos, desconocen el efecto interior y espiritual que Dios obra en las almas con los Sacramentos (los viven por costumbre o simplemente como otra opción), no se saben los mandamientos o si se los saben no los ponen en práctica, no oran o ignoran cómo hacerlo; son muy pocos los que saben de la existencia del Catecismo de la Iglesia Católica y de la necesidad de leerlo para aprender las verdades de la Fe (algunos leen la Biblia, pero sin guía que los aleje de erróneas interpretaciones).

Y, segundo, un antitestimonio generalizado: muchos, aferrados a las cosas materiales, a su imagen o a su honra, a los placeres desordenados o al poder, viven un ateísmo práctico rampante.

Concentrados en las cosas temporales, olvidan con frecuencia que poseen un alma espiritual y que están llamados a una vida eternamente feliz. No se acuerdan de agradecer a Dios Padre el habernos creado; ni a Jesús, el inmenso favor que nos hizo al morir por nuestros pecados; ni de rogar al Espíritu Santo para que nos ayude en nuestra santificación.

Y, entre los piadosos, se ven casos de personas que rechazan la cruz como camino de perfección o que se olvidan de los demás, ensimismados, sin pensar en la salvación de las almas.

Y, en su vida personal, familiar, laboral y social se ven como los que no son católicos: apáticos, abúlicos, anhelando un poco de placer, luchando por ganar más dinero o por acreditarse ante los demás… No tienen la paz que da la Fe ni la alegría que da la Esperanza ni la felicidad que da el Amor.

 

Posted in Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Quién va ganando?

Ciclo A, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en julio 5, 2011

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Lo que le falta al mundo

«He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los ellos no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio.»

Fueron las palabras que escuchó santa Margarita María de Alacoque.

Dice el Deuteronomio que el Señor se enamoró de nosotros y, por eso, nos eligió: somos su pueblo, el pueblo de su predilección.

Y san Juan nos muestra que Dios ha querido revelársenos explícitamente como el Amor: amor tan grande que se entrega como Víctima por nuestros pecados.

A cambio de ese desbordante e infinito amor, no nos pide sino que tengamos un corazón como el suyo: manso y humilde.

La mansedumbre y la humildad nos harán tener buenas relaciones tanto con los demás seres humanos como con Dios, pues nos ubica en el lugar que nos corresponde: somos simplemente pequeñas criaturas, llenas de imperfecciones, pecadoras, necesitadas de la gracia para corresponder a todo ese amor.

Si permitimos que la gracia de Dios haga su trabajo en nosotros, llegará un día en el que nos percataremos de nuestra indigencia, de nuestra impotencia y de nuestra ignorancia. Entonces seremos conscientes de la verdad —la humildad es la verdad, decía santa Teresa de Jesús—: nuestra pequeñez, unida a la herida que nos dejó el pecado original y a las seducciones del Maligno, requiere de la ayuda de la gracia divina que dan los Sacramentos que brotaron del costado del Corazón de Jesús, que se sigue poniendo como ejemplo, con su mansedumbre y humildad, para destruir nuestras violencias y soberbias.

Pidiéndole estas virtudes al Señor, destruiremos el pecado que hay en nosotros, aparecerá la paz entre los hombres y, sumisos al Señor, terminaremos por fin la tarea que nos señaló desde el comienzo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».

Será entonces una realidad la fraternidad universal, que propiciará la formación de la Nueva Jerusalén aquí en la Tierra: la plenitud del amor.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, El Sagrado Corazón de Jesús

Estudio sobre el Evangelio de Judas*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 19, 2010

La National Geographic presentó un documental sobre “El Evangelio prohibido de Judas”, preguntándose si esta nueva revelación no pondría en tela de juicio las creencias cristianas en general y a la Iglesia católica en particular.

Este manuscrito, formado por 13 planchas de papiro antiquísimo (26 páginas), fue encontrado en el año 1978 en Egipto, a orillas del río Nilo en la zona de Al—Minya, pero fue pasando por varias manos, hasta que se hizo público el pasado 6 de abril en Washington.

El manuscrito fue sacado ilegalmente de Egipto y permaneció durante casi 20 años guardado en un banco de Long Island, en Nueva York, sin que se advirtiera la importancia del hallazgo, hasta que en el 2002, una fundación suiza lo compró y financió la restauración del mismo. La organización quiso venderlo a varios museos, pero por su salida ilegal no pudo hacerlo y decidió hacer un acuerdo con la National Geographic para su divulgación internacional, y así llega hasta nosotros.

¿CUÁL ES SU ORIGEN?

Hay importantes datos que pasan inadvertidos para muchos “especialistas” que nos hablan de la “nueva revelación”. Y es que, este hallazgo es una traducción copta del siglo IV d.C., de un original anterior escrito en griego entre el 180 y el 190 d.C., o sea, que el original es de finales del siglo II y también sabemos que no es cristiano, sino un escrito de sectas gnósticas, cuyas doctrinas saltan a la vista en el texto.

El mismo Ireneo de Lyon lo menciona en su obra Adversus Haereses (s. II), atribuyendo este “evangelio de Judas” a la secta gnóstica de los cainitas ( A.H. 1,31,1). En el siglo II en esas zonas rendían culto a Caín (el primer asesino) y también a la Serpiente (Ofitas).

Stephen Emmel, profesor de paleografía copta de la Universidad de Münster y estudioso del manuscrito, afirmó que una vez analizado, será enviado al museo de El Cairo en Egipto en forma permanente.

Este manuscrito es muy importante para la historia de las religiones, como fue el resto de los escritos gnósticos hallados en Nag Hammadi en 1945 y probablemente sea uno de los tantos que se extravió en aquel primer hallazgo de textos gnósticos en Egipto. Vale mucho más para la historia de la teología y para conocer el gnosticismo del siglo II que para revelar algún secreto sobre el cristianismo primitivo o sobre Jesús de Nazareth.

Entenderlo como un documento sobre verdades cristianas, es tan ingenuo como si dentro de 2000 años encontraran el Código Da Vinci o un libro de la delirante “Metafísica Cristiana New Age” de Conny Méndez y se dijera que eran textos cristianos porque hablan de Jesús y buscaran encontrar en ellos lo que creían los católicos del año 2006. Estarían muy lejos de la realidad.

Además, el género literario parece que no lo tienen en cuenta, lo quieren leer como si estuviera escrito al estilo de la historia moderna y el texto tiene casi 1800 años. ¿Ingenuidad? ¿Rentabilidad?

EL “BOOM” DE LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS

En los últimos años ha resurgido un gran interés por documentos antiguos y por la literatura apócrifa, y mucho de ello se debe a una búsqueda ingenua de querer encontrar en estos escritos algunas verdades misteriosas que las iglesias habrían ocultado por miedo a que alguien descubriera “la verdad sobre Jesús” o que “la Iglesia se derrumbe en sus creencias”. Muchos piensan que porque se llamen “evangelios” y aparezca el nombre de un “apóstol” ya eso acreditaría su autenticidad. Pero esto es por falta de información histórica al respecto.

A todo el mundo le gusta que le cuenten la versión “no oficial” o “no autorizada” de los hechos. Lo “no—dicho”, lo oculto, aunque sea inexistente, suena interesante y atractivo. Lo misterioso y extraño tiene mayor público que los buenos libros de historia, como sucede con los divagues de Dan Brown y sus novelas pseudohistóricas.

Muchos han afirmado que el estreno mundial del documental sobre “Judas” en el comienzo de la Semana Santa y a un mes del estreno del Código Da Vinci, sea una estrategia sensacionalista de comercialización. Y es probable.
DISTINGUIENDO UN POCO

Los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, son los aceptados por el cristianismo (no solo por católicos, sino por todas las iglesias cristianas) como fuente cierta y segura de la Revelación de Dios, desde comienzos del siglo II hasta hoy y se los llama canónicos (de la lista oficial).

En cambio se llaman apócrifos — a veces peyorativamente — a los considerados como ajenos a la tradición cristiana. Sin embargo, el término apócrifo (que significa “oculto”) fue usado por los mismos autores de estos textos “ocultos”, dando a entender su perfil esotérico, reservado a una elite de iniciados en sus misteriosas doctrinas. No se los llamó ocultos por estar escondidos, sino por su origen esotérico y luego se hizo costumbre identificar apócrifo con no canónico, no inspirado, etc.

Los cuatro evangelios canónicos (que son regla de fe para los cristianos, y son considerados como inspirados) de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, fueron escritos entre el año 60 y el 95 según los especialistas. Estos escritos pertenecen a las comunidades cristianas de los primeros testigos y tienen un origen apostólico y eran de uso generalizado en los primeros siglos de la era cristiana. No fueron cambiados ni corregidos, y esto lo sabemos porque se dispone de gran cantidad de reproducciones y traducciones hechas en la antigüedad. También se poseen textos de autores de los primeros siglos que citan y comentan estos textos, lo cual nos permite comparar y ver la fidelidad en la trasmisión hasta nuestros días. No sería posible ocultar algo que fue dado a conocer desde el principio. Además, el criterio de canonicidad tiene que ver con el serio conocimiento del origen de tal o cual evangelio como vinculado directa y realmente a un Apóstol o discípulo del mismo, acreditado a su vez por las otras comunidades cristianas que servían de referentes por estar conectadas también con un origen apostólico.

En el Concilio de Trento (s. XVI) se define dogmáticamente el canon actual de la Biblia, pero ya desde el siglo IV hay elencos completos de los libros canónicos (Concilio de Cartago, 397), y el decreto Gelasiano del Sínodo de Roma, 383, es el primer documento romano autorizado con la lista completa del canon. Por lo tanto, ya en los comienzos de la Iglesia, la totalidad de los textos del Nuevo Testamento ya eran considerados como los auténticamente inspirados y de autoridad apostólica.

En torno al Antiguo Testamento, en el siglo XVI la reforma protestante en una deseada vuelta a las fuentes acepta el canon de la Biblia hebrea, que no contiene algunos libros que sí tiene la traducción griega (LXX), que era la que se usaba en la primitiva comunidad apostólica. Si bien la Biblia católica incluye 7 libros más del Antiguo Testamento en comparación con las protestantes, en cuanto al Nuevo Testamento siempre se mantuvieron los 27 libros que hoy conocemos.

Obviamente los textos gnósticos, por no ser cristianos, nunca formaron parte de la lista de libros revelados y auténticos entre los cristianos de todos los tiempos.
NO HAY NADA OCULTO

Por otra parte, existen otros escritos posteriores, escritos entre el s. II y el IV, los cuales tienen por autores a miembros de distintas sectas gnósticas de la antigüedad y de otros grupos pseudocristianos, cuyos textos fueron llamados también “evangelios” y bajo pseudoepígrafes de Apóstoles —sin conexión histórica con los mismos—, como: “Tomás”, “Pedro, “María Magdalena”, “Santiago”, “Felipe”, “Andrés”, “Judas”, etc. ¿Qué quiere decir esto? Que usaban el nombre de un apóstol para darle mayor autoridad a esos textos tardíos, y no tenían ninguna relación con las comunidades apostólicas. Y obviamente no fueron escritos por los apóstoles, que murieron en el siglo I.

Estos textos fueron rechazados por las comunidades cristianas desde sus comienzos, ya que sus contenidos además de ser bastante fantasiosos sobre la vida de Jesús (acomodados a las doctrinas gnósticas y esotéricas, con un Jesús lejano al histórico) eran inconciliables con lo transmitido oralmente y por escrito en las primeras comunidades cristianas. Sólo unos pocos escritos apócrifos judeocristianos —algunos contaminados de gnosticismo— influyeron en la liturgia, en historias populares y en el arte, pero nunca entraron en el canon. Aunque se los llame ocultos (apócrifos), no están escondidos en ninguna parte, ya que se pueden adquirir, hace ya varios años, en cualquier librería que tenga textos religiosos.

Y los originales tampoco están en algún lugar secreto del Vaticano —como afirma la película Estigma—, sino en diferentes museos, como el evangelio apócrifo “de Tomás”, que está en el Museo de El Cairo (Egipto) desde su hallazgo en 1945. Cualquiera los puede leer, pero la Iglesia nunca los aceptará como regla de fe, ya que estos no fueron aceptados desde el principio y no son fuente de revelación para el cristianismo, sencillamente porque no transmiten la fe de los Apóstoles, sino un Jesús reinventado por las sectas gnósticas y esotéricas que mezclaban doctrinas de religiones orientales con la fe de la Iglesia primitiva y elementos de la literatura apocalíptica judía (apócrifa).

Sencillamente no son evangelios cristianos, aunque se llamen “evangelios”, ni tienen por autor a ningún apóstol o sucesor directo del mismo por que fueron escritos fuera de las comunidades cristianas y entre el fin del siglo II y el siglo IV.

En la época del Canon Muratoriano —que data aproximadamente del año 190 DC— el reconocimiento de cuatro evangelios como canónicos y la exclusión de textos gnósticos era un proceso que se encontraba ya sustancialmente completo. No es como muchos creen que en la época postapostólica andaban cientos de evangelios circulando entre las comunidades. Porque todos estos textos apócrifos son muy posteriores.

Para el cristianismo existen textos muy antiguos de autores de gran importancia que, sin embargo, no entraron en el canon y son poco conocidos. Muchos de ellos nos muestran interesantes datos sobre el cristianismo primitivo, sus celebraciones, sus creencias y enseñanzas, y no por ello se los integró al canon de la Biblia, ni tampoco se los escondió en ningún lado (Didajé o Enseñanza de los Apóstoles, Pastor de Hermas, Carta de Bernabé, 1ª Clemente, etc.).
LOS PRIMEROS CRISTIANOS Y LOS EVANGELIOS

Si leemos a un gran escritor de la antigüedad como Taciano (110 —?), quien en el siglo II escribió el Diatessaron (una vida de Jesús que mezcla los evangelios que conocía), constataremos al leerlo, que sus únicas fuentes son los cuatro evangelios que hoy llamamos canónicos. En sus escritos, la humanidad y divinidad de Cristo, así como su mensaje, están tal y como los conocemos por la tradición cristiana. Y eso que Taciano al final de su vida fue excomulgado por hereje, por pasarse al gnosticismo de los marcionitas, llegando a liderar una secta conocida como encratitas.

Siendo el Diatessaron la historia más antigua que se conoce sobre Jesús y de un autor no ortodoxo, está fundamentada solamente en los Evangelios auténticamente apostólicos, de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y algunos elementos de fuentes apócrifas judeocristianas; pero nunca fuentes gnósticas.

Es importante resaltar, contra nuestro gusto y curiosidad por el género biográfico, que los evangelistas no quisieron escribir una biografía de Jesús; no fue ésta su intención. Ellos entregaban a sus comunidades la verdad del acontecimiento Jesucristo como fundamento de su fe, el testimonio de lo vivido y la enseñanza concerniente a la salvación. Su objetivo no fue hacer un documental, sino testimoniar y transmitir lo recibido fielmente. Como acertadamente escribe Jesús Álvarez M: “La fe de los evangelistas no inventa los hechos. Les busca el sentido y los interpreta. La misma fe los obligaba a la más estricta fidelidad a los hechos. Incluso llegaron a morir por ella. Con razón decía Pascal: Creo de buen grado las historias de cuyos testigos se dejan degollar. No suele suceder esto cuando las ideologías dirigen la mente del historiador”.

Conclusión: La iglesia no ocultó ningún evangelio, simplemente descartó desde sus orígenes aquellos escritos que no tenían origen apostólico y cuyas historias fantásticas contrastaban con los textos más antiguos. Los verdaderos evangelios para el cristianismo son los que encontramos en la Biblia (Marcos, Mateo, Lucas y Juan), son los más antiguos y no fueron modificados.
QUIENES ERAN LOS GNÓSTICOS Y QUÉ CREÍAN

En 1945, se encontraron en Nag Hammadi (Egipto) una serie de textos antiguos, cuya composición fue entre los siglos II y IV D.C.

Para comprender el origen y la doctrina de estos textos tardíos conocidos como “evangelios gnósticos” es necesario introducirnos brevemente en el movimiento que les dio origen, y así comprender el rechazo cristiano por estos textos, como su no—vinculación con el Jesús histórico.

El gnosticismo (gnosis: conocimiento) es un movimiento espiritual precristiano fruto del sincretismo de elementos iranios con otros mesopotámicos, de escuelas filosóficas griegas como el platonismo y el pitagorismo, y de la tradición apocalíptica judía. “Estalla públicamente a mediados del siglo II como una tendencia poderosa e identificable con numerosos maestros, diversidad de escuelas y amplia expansión (Palestina, Siria, Arabia, Egipto, Italia y la Galia)” (García Bazán). Se caracterizan por buscar la salvación a través del conocimiento reservado a unos pocos y por un marcado dualismo cosmológico y antropológico. No buscaban un conocimiento de tipo intelectual, sino espiritual e intuitivo, a saber: el descubrimiento de la propia naturaleza divina, eterna, escondida y encerrada en la cárcel del cuerpo y la psique. Un conocimiento reservado a una elite de hombres “espirituales”.

Con el nacimiento del cristianismo, el gnosticismo tomará contacto con éste y dará lugar a una larga lista de sectas que mezclaban elementos gnósticos y cristianos, confundiendo a las mismas comunidades cristianas (como hoy pasa con la literatura New Age).

Los llamados “Evangelios Gnósticos” encontrados en Nag Hammadi y el de Judas son producto de estas sectas, que son posteriores a la época apostólica y no tienen un origen verdaderamente cristiano, de ahí que no se los reconozca como auténticos evangelios. Sin embargo, son un importante hallazgo para conocer el gnosticismo de esa época.

El gnosticismo antiguo, aunque no era homogéneo en sus doctrinas, tenía un importante desprecio por el mundo material y por el cuerpo.

Los gnósticos creían que el mundo material en el que vivimos es una catástrofe cósmica y que de alguna manera, chispas de la divinidad han caído, quedando atrapadas en la materia y necesitan escapar y volver a su origen. El escape de la materia lo logran cuando adquieren conciencia cabal de su situación y de su origen divino, este conocimiento es la “gnosis”. Por lo tanto, la única forma de salvación no es por obra de Dios, sino por la adquisición de la propia conciencia de tener en sí la “chispa divina”. Muchas de estas doctrinas como una “autosalvación”, “autodivinización”, reencarnación, cierto panteísmo, y la interpretación de Jesús y Cristo como dos realidades separadas, vuelven a aparecer en los movimientos new agers como la Metafísica Cristiana de Conny Mendez, Los Ishayas, y las modernas sectas gnósticas y esotéricas. Una realidad que a muchos cristianos les pasa desapercibido, debido al uso de un confuso lenguaje esotérico con barniz cristiano, por parte de estos grupos.

Es preciso resaltar que las creencias gnósticas son fuertemente anticristianas y niegan la encarnación del Verbo, la muerte y resurrección de Jesús, además de tener una pesimista visión del mundo. Es gracias al testimonio de muchos escritos cristianos contra la doctrina del gnosticismo como conocemos muchas de sus creencias. Los dogmas proclamados por el cristianismo primitivo se fijaron para salvar la fe original de la contaminación de ideas gnósticas que comenzaron a proliferar en el mundo helenístico y dentro del imperio romano entre los siglos II al V D.C. En el seno de estas sectas y creencias gnósticas se dieron los autores de los llamados “evangelios gnósticos”, con los que algunos se ilusionan en encontrar algo más original que lo que sabemos de Jesús, pero para su decepción estos textos no son cristianos, y son muy posteriores a los cuatro que la Iglesia aceptó como auténticos. Eso sí, muchos gnósticos —al igual que algunas sectas de hoy— se autoproclamaban los “verdaderos cristianos”, de ahí la confusión de muchos ante el uso de la terminología cristiana con contenidos y sentidos ajenos a la revelación bíblica.

Tampoco es cierto que el gnosticismo fuera un cristianismo marginal, sino que existía una mutua desacreditación entre dos religiones enemigas. No solo los cristianos rechazaban a los gnósticos por tergiversar el mensaje y la vida de Jesús con doctrinas orientales y filosofías extrañas, sino que los gnósticos también rechazaban y atacaban a los cristianos ortodoxos por considerarlos seres inferiores espiritualmente. El gnosticismo, por su naturaleza sincretista (mezclar elementos de cualquier religión), asimilaba lo cristiano a su manera. Por eso, da impresión de ser tolerante. El historiador anglicano Paul Jonson escribe: “Los grupos gnósticos se apoderaron de fragmentos del cristianismo, pero tendieron a desprenderlos de sus orígenes históricos. Estaban helenizándolo, del mismo modo que helenizaron otros cultos orientales (a menudo amalgamando los resultados)…” Pablo luchó esforzadamente contra algunas ideas del gnosticismo, pues advirtió que podía devorar al cristianismo y destruirlo. En Corinto conoció a cristianos cultos que había reducido a Jesús a un mito. Entre los colosenses halló a cristianos que adoraban a espíritus y ángeles intermedios. Era difícil combatir al gnosticismo porque, a semejanza de la hidra, tenía muchas cabezas y siempre estaba cambiando. Por supuesto, todas las sectas tenían sus propios códigos y en general se odiaban unas a otras. En algunas confluían la cosmogonía de Platón con la historia de Adán y Eva, y se la interpretaba de diferentes modos: así, los ofitas veneraban a las serpientes…, y maldecían a Jesús en su liturgia…” (Historia del cristianismo).

Es un anacronismo imaginar que los gnósticos eran tolerantes y pluralistas por ser sincretistas: eran dogmáticos en su propia doctrina.
UNA MIRADA AL MANUSCRITO GNÓSTICO DE “JUDAS”

En el evangelio gnóstico de Judas, Jesús le dice que será el encargado de liberarlo de su cuerpo, con un claro desprecio del mismo y marcando la identidad de Jesús como un ser puramente espiritual, revestido provisoriamente de materia.

En los versículos se observa claramente la tendencia al elitismo del conocimiento gnóstico por parte del protagonista (Judas) y el pesimismo en la visión del mundo.

Judas no habría sido el traidor que vendió a Jesús por 30 monedas de plata, sino el discípulo privilegiado al que encarga la misión más difícil: sacrificarlo, para ayudar a su esencia divina a escapar de la prisión del cuerpo y elevarse al espacio celestial (cosmovisión gnóstica).

“Apártate de los demás y te contaré los misterios del reino. Es posible que lo alcances, pero será para ti motivo de gran aflicción”.

“Tú serás el decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre ellos. En los últimos días maldecirán tu ascensión a la [generación] sagrada”.

“Tú serás el apóstol maldito por todos los demás. Tú, Judas, ofrecerás el sacrificio de este cuerpo de hombre del que estoy revestido”.

“Y fueron a Judas y le dijeron: Aunque en este lugar no hagas el bien, eres un auténtico discípulo de Jesús. Y él les dijo lo que querían oír. Y lo entregó. Este es el fin del evangelio de Judas”.

Si leemos los “evangelios” gnósticos de María, de Felipe y de Judas, veremos que esos textos siempre posicionan a su apóstol de cabecera como el receptor privilegiado de las revelaciones gnósticas que traería Jesús. En el caso de Judas es clara una preferencia de Jesús por contarle cosas en secreto y le advierte de la oposición de los otros apóstoles.

CUESTIONES DE SENTIDO COMÚN

La Iglesia tuvo que fijar algunas de las creencias fundamentales de la fe primitiva, llamados dogmas, debido a la confusión que armaron los escritos gnósticos en muchos cristianos. Los dogmas no modifican lo que se cree antes, sino que formula la fe de modo claro y explícito en un lenguaje que todos entiendan y no en afirmaciones ambiguas, que darían lugar a cualquier interpretación, alejándose de la fe original de los apóstoles. Servían para aclarar al pueblo creyente cuál es la verdadera fe cristiana y en qué creyeron siempre los discípulos de Jesús, y para no dejarse confundir por nuevas doctrinas extrañas al Evangelio, con las que se quiere acomodar tanto a la persona como a la doctrina de Jesús a algunos caprichos. Eso sucede ahora con el movimiento New Age, el libro de Urantia, Sixto Paz con sus telenovelas cósmicas, J. J. Benitez con su Caballo de Troya, los seguidores del Da Vinci Code y las supuestas nuevas revelaciones extraterrestres sobre Jesús, como las del estigmatizado Giorgio Bongiovanni, donde la fantasía que llena curiosidades siempre quiere ser la versión oculta —esotérica— de la historia. A la hora del delirio, las nuevas versiones de la gnosis se ponen de moda y tienen bastante público entre aquellos que están ávidos de cosas misteriosas y extrañas.

Hace falta que los cristianos se formen mejor en lo concerniente a su fe y de manera especial en las Sagradas Escrituras. Lo ideal es no quedarse con la catequesis de niños (como si fuera todo un tratado de teología) y seguir leyendo la Biblia como si fuera un cuentito o en forma literal y fundamentalista como algunas sectas. Si alguien quiere saber sobre la fe cristiana, no debería basarse únicamente en lo que aprendió de niño como un cuento, sino ahondar madura y profundamente en su fe, ya sea porque su propia fe se lo exige, ya sea para conocer seriamente una religión que no es un cuento de hadas, que se caería con un hallazgo arqueológico.

La Biblia no cayó del cielo, es la Palabra de Dios en palabras humanas, producto de un pueblo y de comunidades creyentes. Y sin la fe y el conocimiento que sólo esa comunidad tiene, ¿puede alguien interpretar bien esos textos?

La misma Biblia advierte: “Ante todo tengan presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1,20).

¿Se puede leer de cualquier manera algo de lo que no se conoce ni su historia, ni su contexto, ni su origen, ni su sentido original, y además pretender que sea más legítima esa interpretación subjetiva?

Como dijera un antiguo proverbio: “La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia”.

NO HAY NADA QUE ESCONDER

La mayoría de las sectas esotéricas y los autores e intelectuales vinculados al ocultismo están convencidos de que el cristianismo tiene “secretos” de contenido religioso que no revela, como si existiese un esoterismo cristiano, y les fascina el tema de los evangelios apócrifos, sobre todo si está mal manejado y lleno de fantasías insostenibles. Y la verdad es que nunca existió ni existen tales verdades ocultas que solo una elite cristiana conoce. Eso es una ilusión de algunos, pero que no pocos alimentan.

El punto de partida de la fe cristiana es la aceptación de lo que Dios ha revelado y no de lo que oculta.

El cristiano cree que en Cristo, Dios ha revelado todo lo necesario para la salvación de la humanidad. El cristianismo es una religión universal, que Jesucristo mismo envía a dar a conocer a todos (Mateo 28,20ss).

La Biblia no es Harry Potter, pero tampoco un libro de Historia Universal con biografías de la historiografía moderna.

Debido a la crisis cultural en la que estamos viviendo, está aconteciendo una nueva emergencia gnóstica y esotérica; de ahí el éxito de toda literatura que se vincule a estas temáticas y el sensacionalismo que se genera con supuestos hallazgos de textos gnósticos. Es una pena que pocos conozcan la verdadera historia, y tal vez no quieran saberla porque sus mágicas fantasías caerían al suelo demasiado rápido.
EL GRAN COMPLOT: ¿CONSPIRACIÓN DE 2000 AÑOS?

A raíz de la literatura esotérica, los escritos apócrifos y novelas como el Código Da Vinci, no son pocos los que se unen al cultural prejuicio anticatólico y afirman que la Iglesia conspiró para ocultar estos textos a lo largo de la historia. Pero, con un poco de sentido común vemos que todos los cristianos (una quinta de la humanidad), tanto católicos, como ortodoxos, el protestantismo histórico, anglicanos, bautistas, metodistas, evangélicos y pentecostales, coinciden en los 4 evangelios canónicos del Nuevo Testamento como fuentes fieles de revelación, en la divinidad de Cristo, en la resurrección, y en la mayoría de las verdades fundamentales de la fe cristiana, transmitida por los Apóstoles y sus sucesores.

Sería tonto pensar que la Iglesia católica oculta cosas, y que el resto del cristianismo permanece ingenuo y acrítico ante la verdad sobre Jesucristo y los Evangelios. Esto obligaría a pensar en una conspiración de todo el cristianismo mundial a lo largo de 2000 años —no solo de católicos— por ocultar tantas cosas sobre Jesús. Es insostenible algo así. ¿Nadie se dio cuenta antes de un engaño tan grande?

Y si Judas no hubiese existido, o su historia fuera otra, nada hubiera cambiado para el cristianismo, porque es algo secundario. El problema es que la información que existe sobre el catolicismo es generalmente la de la catequesis de niños y no la teología que cualquier católico formado conoce.

¿IGNORANCIA RELIGIOSA?

A nadie le es ajeno el dato de la extendida y creciente ignorancia en materia de cultura religiosa en nuestro mundo. No tenemos mucha idea de la historia de las religiones, de los símbolos religiosos, del arte religioso, de las distintas mitologías, de los libros sagrados, etc. La religión es un hecho humano específico e innegable, que debe ser estudiado desde las diversas disciplinas académicas. Y las mujeres y los hombres de hoy carecen de conocimiento en lo que a cultura religiosa se refiere. Esto nos deja vulnerables frente a cualquier discurso o interpretación sobre temas religiosos descontextualizados. Hoy proliferan cientos de libros y revistas, sectas, cursos y conferencias, sobre temas que uno no sabe si se trata de religiosidad o ciencia—ficción, y no siempre se tiene herramientas académicas para discernir adecuadamente. Si la gran masa de lectores que se acercan a novelas como El Código Da Vinci tuvieran un acceso posible y serio a la historia del cristianismo, no hubiera tenido tanta trascendencia, porque su pretensión de veracidad es insostenible.

Creemos que la enseñanza seria y objetiva, de las distintas religiones en la historia de la humanidad y del presente, tarde o temprano tendrán que incluirse en los programas curriculares de enseñanza. De lo contrario seguiremos siendo incapaces de discernir entre lo serio y la estupidez, incapaces de reconocer una tontería con halo de sabiduría de una verdad histórica.

Las sensacionalistas interpretaciones sobre el tema de los textos apócrifos está siempre lista para los ávidos clientes de novedades sin mucho fundamento.

CONCLUSIÓN

Finalmente, lo que se puede encontrar en el Evangelio de Judas y en los textos gnósticos de Nag Hammadi son cuestiones de mayor interés para los eruditos de la investigación histórica y arqueológica sobre el gnosticismo antiguo, que para el público en general, que comprende muy poco la cosmovisión gnóstica como para poder interpretar esos textos, y menos aún si se dieran cuenta que no aportan nada sobre el Jesús histórico y su mensaje.

Los especialistas seguirán trabajando en la autentificación del manuscrito y eso será un valioso aporte a la investigación histórica y al conocimiento del gnosticismo antiguo, pero ni sobre Jesús, ni sobre Judas encontraremos algo nuevo, porque obviamente se trata de un texto gnóstico tardío.

Miguel Pastorino

Posted in Precisiones doctrinales | Etiquetado: , , , , | Comentarios desactivados en Estudio sobre el Evangelio de Judas*

Ciclo C, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en abril 19, 2010

Obedecer a Dios antes que a los hombres

 

Azotaron a los apóstoles y les prohibieron hablar en nombre de Jesús.

Y, sin embargo, dijeron: Hay que obedecer primero a Dios que a los hombres.

¿Actuamos igual los cristianos de hoy? Cuando sentimos en nuestro interior la lucha entre las pasiones y la gracia, ¿nos dejamos dominar por el respeto humano o por un excesivo amor propio?

O, por el contrario, obedecemos a Dios sin importar las consecuencias.

¿No es verdad que cuando se nos presenta una tentación o nos vemos en peligro de pecar, dejándonos cegar, procuramos convencernos de que en aquello no hay ningún mal ni corremos peligro alguno, que tenemos bastante talento para juzgar por nosotros mismos y que no necesitamos pedir consejo?

Tememos ponernos en ridículo a los ojos del mundo… Nos falta energía para resistir y, cerrándonos al impulso de la gracia, de esa ocasión caemos en otra, hasta llegar, cediendo como Pilatos, a entregar a Jesús en manos de Herodes.

En cambio, leemos de nuevo lo que hacían los primeros cristianos: obedecían primero a Dios, aunque les costara azotes, ¡o la misma muerte! Eran capaces de dar la vida antes de desobedecer a Dios.

Por eso, porque Jesús sabía de qué serían capaces sus discípulos, es que les dice, después de resucitado: «Echad la red a la derecha» Y, después, no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Que esos ciento cincuenta y tres peces grandes nos quedan como recuerdo de que no vale la pena angustiarse por las cosas materiales, que Dios lo puede todo, que él siempre está con nosotros, que nada es tan necesario como nos parece a nosotros, que lo único que importa es hacer la voluntad de Dios.

Así, esos pobres e ignorantes doce, con la fuerza de Dios, iniciaron la era del cristianismo y la esparcieron por el mundo entero.

Y los cristianos de hoy podemos —¡y debemos!— seguir difundiendo por todas partes este mensaje, para cambiar el mundo.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo C, III domingo de Pascua

Ciclo B, V domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 9, 2009

 

 

El sentido de la vida

 

Al analizar al ser humano del tercer milenio, es fácil descubrir que tiene las mismas inquietudes de hombre antiguo. Hoy leemos que Job, aquel misterioso personaje, se preguntaba acerca de la vida casi trágicamente: «Al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré? Se alarga la noche, los días corren y se consumen sin esperanza…, mi vida es un soplo».

No hay nada más trágico que no saber de dónde venimos, para dónde vamos y qué vinimos a hacer en esta tierra… Vivir así, sin sentido, desgarra el corazón. Los que así lo hacen son unos inconscientes. Pero los hombres que se preguntan por el sentido de sus vidas parece que sufrieran de angustia existencial.

Para sanar estos corazones destrozados vino Jesús. Lo dice el salmo de Hoy: «Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas». Y vino también para sanar las demás enfermedades; lo dice también el Evangelio: La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, Él la levantó y se le quitó la fiebre. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y posesos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos y expulsó demonios.

En estos tiempos necesitamos expulsar principalmente los demonios de la ignorancia acerca del origen, el sentido y el destino de nuestras vidas. Y la única forma de salir de esa ignorancia es escuchar la Palabra de Dios. Él nos creó; por eso sólo Él puede responder preguntas tan trascendentales.

Es en la Palabra de Dios, en la Revelación, donde el ser humano puede hallar respuestas. Por eso el Evangelio nos cuenta que Jesús apremió a los apóstoles diciéndoles: vámonos a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido. Y así recorrió toda Galilea, enseñando el sentido de la vida.

Y así lo entendieron sus discípulos. Por eso se pusieron a predicar. San Pablo decía: «Siendo libre como soy me he hecho esclavo de todos para ganar a todos. Me he hecho débil con los débiles, para ganar débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos».

 

 

 

 

 

 

 

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, V domingo del tiempo ordinario