Hacia la unión con Dios

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Las experiencias místicas

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 4, 2012

Éxtasis, arrobamientos, levitación, contemplación infusa, unión mística, desposorio y matrimonio espiritual… Todas estas cosas nos inquietan cuando oímos o leemos las vidas de algunos santos: ¿Es esto para todos o para unos pocos privilegiados?

Y cuando los místicos nos dicen que ese es el camino ordinario de la vida espiritual, nos preguntamos: ¿Por qué no “sentimos” las experiencias místicas de los santos? ¿Cómo podremos recorrer los caminos de la contemplación? ¿Será verdad que esas vivencias superan todo lo que hemos vivido o podemos llegar a imaginar y que dan los momentos más felices a los que puede aspirar el ser humano?…

Pero, ¿cómo llegar a experimentar esa vida mística?

Para poder entender esto bien, es necesario saber que el ser humano se maneja en tres planos: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Usamos los sentidos para conocer lo que nos rodea. A través de ellos nos comunicamos con el mundo exterior. Digámoslo al modo de santa Teresa Benedicta de la Cruz: nuestra alma sale a través de los sentidos y se informa de lo que ocurre en el exterior; al regresar, con esa información, deducimos, tomamos decisiones y experimentamos las vivencias que se desprenden de nuestras relaciones con las cosas y con los otros seres.

En el cuerpo están los sentidos inferiores, que son el placer y el dolor y, además, la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto.

En el alma encontramos los sentidos superiores que son: el entendimiento, la memoria y la voluntad (las potencias del alma), las emociones, los afectos, los sentimientos, las sensaciones, la fantasía, la imaginación y las pasiones.

Pero, tanto los sentidos inferiores como los superiores, son incapaces de llegar a Dios, puesto que Dios está muy por encima de las capacidades humanas: la infinitud de Dios es inalcanzable desde la finitud del ser humano.

Por eso, es indispensable que se actúe en el espíritu: con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y para poder estar exclusivamente en este plano espiritual, sin mezcla alguna de los planos del cuerpo y del alma, es necesario eliminar nuestras ordinarias formas de conocer, es decir, eliminar el modo natural de entender: los sentidos.

Esta eliminación se lleva a cabo en la llamada noche oscura del sentido, en la cual todos los sentidos (inferiores y superiores) son purgados, para que el ser humano pase al estado espiritual.

Si bien esta purgación es dolorosa, a la vez es hermosísima y fructífera: así se llega a la Fe pura, la Esperanza cierta (segura) y la Caridad perfecta, con las que el hombre ya quedará dispuesto para la experiencia mística.

La Fe pura es aquella en la solamente participa el espíritu (no participa el alma ni el cuerpo). Hay Fe pura sólo cuando no se sienten emociones, afectos, sentimientos, pasiones ni sensaciones; hay Fe pura cuando no se trata de llegar a Dios por medio de la fantasía o la imaginación; hay Fe pura cuando ya no se pretende conocer a Dios a través del entendimiento (conocimiento teológico de Dios), la memoria y la voluntad. Porque, como se ve arriba, todo esto pertenece al plano del alma.

Esa noche oscura es, pues, el presagio de la vivencia más maravillosa que se puede experimentar aquí en la tierra: un pedacito de Cielo. Con palabras de hoy diríamos: una “muestra gratis” de lo que nos espera allá: la unión con Dios, el sumo Bien, el Amor. Y es la razón para la cual fuimos creados.

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Las distracciones en la oración

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 19, 2008

Se ha dicho siempre: Nadie llega a la santidad si no hace oración; nadie es cristiano sin oración. Por eso, es indispensable que se hable y se escriba sobre uno de los principales obstáculos que se presentan en la oración: las distracciones.

Decía santa Teresa de Jesús que la imaginación es “la loca de la casa”, pues corre de un lado para el otro, impidiendo nuestra concentración, haciendo que olvidemos delante de quién estamos, quién es nuestro interlocutor, distrayéndonos…

¿Qué hacer cuando llegan esas distracciones? Es de gran utilidad conocer el mejor método que hay para evitarlas: aprovecharnos de ellas, convertirlas en oración: hablarle al Señor de eso que nos distrajo; por ejemplo: pedirle a Dios por las personas en las que estábamos pensando, solicitarle la solución a los problemas que nos distrajeron, alabarlo por esas cosas hermosas que nos entretuvieron…

Al hacer que todo se convierta en oración, lograremos mantenernos en comunicación con Dios, aprovecharemos mucho mejor el tiempo y, lo que es mejor, nos acercaremos más a la santidad que Dios nos pide.

Pero hay que distinguir entre las distracciones y las acciones del Espíritu Santo, con las que nos hace sentir cosas bellísimas, subidísimas, inefables…, o nos hace entender mejor las cosas de Dios, como nunca las habíamos entendido…

En este caso, conviene dejar de orar como lo estábamos haciendo: apartar el libro de oraciones o el Rosario que teníamos en las manos, dejar de usar la imaginación o el entendimiento (la inteligencia con la que estábamos discurriendo), para dejarnos llevar por el Espíritu Santo…

No se piense que ese es tiempo perdido, pues debemos recordar lo que decía la santa doctora española: “tengo por muy ganada esa pérdida” (de tiempo). Hemos de tener la certeza de que si hacemos esto, nos aprovechará espiritualmente mucho más que si continuáramos rezando del otro modo, porque ese es el camino para llegar a la auténtica unión con Dios.

El Señor le enseñará más a cada lector, si persevera en este camino.

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