Hacia la unión con Dios

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¿La Iglesia debe acomodarse a los tiempos?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 31, 2017

Pululan por doquier miembros de la Iglesia Católica que tergiversan la doctrina de Cristo, hasta afirmar que los Evangelios fueron escritos mucho después de los hechos que narran y que, por eso, deben estar equivocados; explican que fueron acomodadizos, según las circunstancias del momento, con lo que niegan la inspiración del Espíritu Santo de las Sagradas Escrituras.

Como se comprende, todo queda al arbitrio de la imaginación de cada persona y, así, se disparan criterios como el de que la Resurrección de Cristo fue solo espiritual o un simple modo de enseñar metafórico, que la Santísima Virgen tuvo más hijos, y mil pensamientos más que socavan los fundamentos mismos de la doctrina perenne de la Iglesia. Y es que para ellos «la Iglesia debe acomodarse a los tiempos»; pero no se dan cuenta de la consecuencia lógica que esa frase entraña: que el Dios-Verdad inmoble debe acomodarse al vaivén humano.

Pero todo esto ya estaba profetizado por la misma Biblia:

Hermanos: Hubo también falsos profetas en el pueblo de Dios, como también entre vosotros habrá falsos maestros. Éstos introducirán sectas de perdición, renegarán del Señor que los rescató y atraerán sobre sí una pronta venganza. Mucha gente los seguirá en sus torpezas y a causa de ellos será difamada la doctrina de la verdad. (2P 2, 1-3)

Haciendo alusión a la lámpara encendida que no debe ponerse bajo el celemín (Mt 5, 15; Mc 4, 21; Lc 11, 33), san Máximo, confesor, abad, nos previno sobre esto:

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la Palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero (es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la revelación divina. (De las Cuestiones a Talasio, n° 63: PG 90, 670)

Dicho en otras palabras, la humildad de quien se somete a la enseñanza de la Iglesia es el único “seguro” contra el error, y nos evita caer en la arrogancia de quien todo lo cuestiona con su “infalible” inteligencia.

 

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Adulterio de los hombres: ¿culpa de las esposas?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 6, 2015

Infidelidad PFMEn una homilía, un sacerdote dijo, dirigiéndose a las mujeres presentes en una Eucaristía:

“¿Saben por qué sus maridos se consiguen otras mujeres? —Porque ustedes no los atienden.”

¿Es posible que alguien crea esto?

Si una esposa no atiende a su marido — y él la ama—, no se va a buscar otras mujeres, precisamente porque la ama, pues el amor auténtico es fiel; la única razón para el adulterio es el desamor.

Además, los seres humanos no se dejan llevar por los instintos: a diferencia de los animales, tienen voluntad, voluntad libre.

Aunque el cura no se dé cuenta, su criterio hace de todos los hombres unos imbéciles, esclavos de sus pasiones —unos animalitos— y, de paso, carga a sus esposas de las culpas de sus maridos: ¡además del sufrimiento que les produce la infidelidad de sus maridos, según este sacerdote, deben asumir el pecado de sus pervertidos esposos! No: san Pablo dice que “cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo” (Rm 14, 12).

 

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¿Perdonar la infidelidad?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2013

 

El amor verdadero consiste en trabajar con todas las fuerzas (cueste lo que cueste) por la persona amada, para procurarle la felicidad; además, no importa si para lograrlo tenemos que sufrir, pues lo único que queremos es la felicidad de esa persona, por encima de nuestra propia felicidad. Es más: las metas que teníamos antes de enamorarnos pasan a un segundo lugar. Lo único que queremos es que esa persona sea feliz: agradarla, consolarla cuando está triste, ayudarla a cumplir sus metas, acompañarla cuando necesita compañía, animarla cuando está desanimada… En fin: nuestra mayor felicidad es la felicidad de ella. ¡Nos olvidamos de nosotros mismos! Así es el amor auténtico.

 

No ama, por lo tanto, quien tiene reservas egoístas: el que busca únicamente sus propios intereses: desea que esa persona le dé lo que anhela. El ejemplo más frecuente es el del hombre que quiere usar a su esposa para sentir placer sexual, para que le críe sus hijos, para que le prepare la comida, para que le arregle la ropa y le tenga la casa cuidada, limpia y ordenada… O la mujer que solamente se casa porque quiere sentirse amada por un esposo caballeroso, detallista, amoroso, generoso y, ojalá, adinerado y atractivo… Todo esto no es sino egoísmo, que es precisamente lo contrario del amor: no buscan hacer feliz a su pareja; buscan más bien a alguien que los haga felices.

 

 

1. La infidelidad es la mayor muestra de desamor

 

Esta es la primera verdad: quien es infiel simplemente no ama.

 

La segunda verdad es que él le prometió fidelidad delante de Dios, en un acto sagrado y solemne: le falló a Dios, le falló a ella, les falló también a sus hijos, destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando hirió su propia dignidad incumpliendo lo que libremente prometió.

 

Y en tercer lugar, quien esconde esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

 

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia:

 

 

2. Dios solamente perdona a quien está sinceramente arrepentido

No podemos olvidar que Dios —que posee la misericordia en grado sumo, infinito— perdona únicamente cuando hay arrepentimiento sincero:

 

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

 

Algunas personas aducen que se debe perdonar a todos, incluso a quienes no se arrepienten porque, de no hacerlo, Dios no nos perdonará nuestras culpas; y añaden que si Dios hubiera esperado nuestro arrepentimiento, todavía estaríamos sin redimir. Si esto fuera así, todos seríamos perdonados siempre, aunque no nos arrepintiéramos; no habría, por tanto, necesidad de confesarnos con un sacerdote, ni siquiera de pedir perdón. Tampoco se nos exigiría lo que enseña el Catecismo: contrición de corazón y propósito de la enmienda.

 

¿No es el Sacramento de la Reconciliación una muestra de arrepentimiento? Y sin este Sacramento, no se nos perdonan los pecados mortales.

 

Así, pues, todos debemos perdonar a un ofensor, en el sentido de seguir queriéndolo y procurando su bien, etc. Pero perdonar en un sentido estricto un pecado del esposo o de quien sea no es posible, si no hay arrepentimiento suficiente: tampoco Dios nos perdona si no nos arrepentimos de nuestro pecado, porque seguimos apegados a él.

 

 

3. Dios manda que corrijamos a nuestros hermanos

 

Son varios los casos de madres beatificadas por la Iglesia que aguantaron a sus maridos adúlteros crónicos, sin pedir la separación, buscando que no se rompiese más aún la familia, procurando que el adúltero siguiera contando con la fidelidad de la esposa… y logrando, a veces, después de muchísimos sufrimientos y humillaciones, la conversión del esposo y el restablecimiento de la unión conyugal. Así, estas mujeres actúan como Dios que, aunque le seamos infieles, mantiene la fidelidad de su amor, y nos sigue amando y llamando al arrepentimiento, deseoso de darnos su perdón.

Pero estos casos son muy raros, verdaderamente milagrosos: se dan cuando el Espíritu Santo inspira a la mujer a vivir una forma de martirio conyugal, en el que ella se santifica soportando pacientemente al esposo, orando con constancia y con gran confianza, y ofreciendo a Dios sus sufrimientos por la conversión de su marido.

La evidencia histórica muestra —por el contrario— que los adúlteros que  son perdonados fácilmente recaen, aun cuando parezcan arrepentidos.

 

Por eso, Dios nos advierte que debemos corregir al pecador. Efectivamente, en la Biblia se nos dice:

 

Si no le hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta y viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre te pediré cuentas a ti. Pero si tú adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mala conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida. (Ez 3, 18bc-19)

 

Y también en:

 

Si tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida. (Ez 33, 8-9)

 

El mismo Jesús lo dijo, como vimos más arriba:

 

Si tu hermano peca, repréndelo. (Lc 17, 3)

 

En las enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia esto está consignado en las obras de misericordia; efectivamente, la tercera obra de misericordia espiritual es: Corregir al que yerra.

 

Su mismo nombre lo dice: este es un acto de misericordia, un acto de amor; tanto que, si no lo realizamos, faltamos a la caridad, pecamos por omisión.

 

 

4. A los hombres no se los corrige con palabras

 

Las mujeres suelen escuchar más; los hombres no tanto. Por eso, quien quiere corregir a un hombre, lo debe hacer con hechos, no con palabras.

 

Pero, ¿cuál hecho? ¿Cómo hacer?

 

La mejor forma de enseñar a un hombre que está equivocado es la indiferencia: si él no le muestra su amor o se porta mal con ella o comete algún error, ella debe ser indiferente; por ejemplo: hacer silencio y no demostrarle nada, no atenderlo, no mostrarse cariñosa con él, no servirle la comida, no plancharle la ropa…, y seguir así varios días…

 

Y, si su falta es grave, ni siquiera le contesta una palabra.

 

Si él le pregunta: «¿Qué te pasa?», ella no le contesta… Si sigue preguntando, lo máximo que le dice es: «Nada».

 

Si varios días después le vuelve a preguntar, le contesta algo así:

 

«Lo que estás haciendo me duele, es verdad, pero más me preocupa el daño que te estás haciendo tú mismo: has fallado gravemente a la responsabilidad que adquiriste libremente, y le estás dando un malísimo ejemplo a tus hijos. Le estás fallando a Dios, y a Él nada se le pasa por alto: Él te está mirando… Piensa en tu salvación; no juegues con fuego.»

 

Los adúlteros —pecadores— ordinariamente no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Aunque los hay, no hay que esperar siempre milagros; por eso, si la mujer no le muestra una indiferencia total y un rechazo por sus malas acciones, lo más posible es que jamás se convierta de su mala vida.

Pero, después de exhortarnos a corregir al prójimo, Jesucristo dijo:

Y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

Exige una condición para perdonar: que se arrepienta sinceramente. Es la misma condición que nos exige Él —que es infinitamente misericordioso— para perdonarnos: que estemos verdaderamente arrepentidos. Si no nos ve arrepentidos, no recibiremos su perdón.

Y, para saber si está realmente arrepentido, es necesario, no solamente que el hombre infiel se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vida, sino que pase mucho tiempo pidiéndole perdón a su esposa y mostrándole su sincero arrepentimiento (con regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando, y continua orando intensamente por él.

 

Repito: sincero arrepentimiento, demostrado con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque parezcan muy sinceras y honestas.

 

De no actuar así, es decir, cuando la mujer no tiene paciencia y lo perdona a la primera palabra, puede tener la seguridad casi absoluta —así lo demuestra la experiencia— de que él le fallará de nuevo, pues un hombre jamás valora a una mujer que no se valora.

 

Además, ¿cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

 

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe pedir la mujer burlada por su marido.

 

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significa que no había ni la más mínima semillita de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, ya nada había por rescatar.

 

 

5. Mientras tanto, la esposa debe estar muy unida a Dios

 

Para que Dios ayude a su esposo a caer en la cuenta de sus errores y para que la ayude a ella a ser fuerte, he aquí lo que debe hacer.

 

Primero, en una situación como esta, necesita del único que la puede ayudar: debe estar en gracia de Dios (sin pecado mortal), para que Él pueda socorrerla, tanto para tomar las decisiones correctas como también para conseguir la paz que requiere en estos momentos. Con ese fin, es necesario que se reconcilie con Dios, confesándose cuanto antes.

 

Segundo: ya reconciliada con Dios, acercarse a un oratorio o iglesia, ponerse de rodillas ante el sagrario, y entregarse a Dios, diciéndole, con sus propias palabras y estilo, algo así:

 

“Señor, vengo a ti, porque no puedo más; a ti, que lo puedes todo, que me amas más de lo que yo puedo imaginar, que sabes qué es lo que nos conviene: te entrego mi ser, mi matrimonio, mi hogar, mi hijo y mi esposo, para que hagas en nosotros lo que yo no puedo hacer: tu voluntad.”

 

Tercero: debe orar diariamente con mucha insistencia y confianza, muchos días, y ofrecer todo, incluyendo su misma situación anímica, como un sacrificio, que unirá al Sacrificio de Cristo (la Misa), todas las veces que pueda asistir, ojalá diariamente.

 

Después, ella debe aceptar la Voluntad de Dios; solo Él sabe qué es lo mejor para los hijos, si los hay, y para ambos esposos. Por eso, es a Él a quien se le deben dejar los resultados: Él sabe —nosotros no— lo que le conviene a cada pareja. Para unos será mejor la separación; para otros, la reconciliación.

 

Y, tanto para llenarse de autoestima como para estar abandonada a la Voluntad divina, es necesario pedir insistentemente la virtud de la fortaleza, orando constante y confiadamente, frecuentando los Sacramentos y ofreciendo pequeños sacrificios —incluyendo el mismo dolor de la situación que está viviendo— por esta intención.

 

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La caridad que hay que ejercer con el infiel

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2012

 

1. Desde el punto de vista terrenal, la infidelidad es la mayor muestra de desamor: quien es infiel simplemente no ama.

La segunda verdad es que quien prometió fidelidad delante de Dios, en un acto solemne, le falló a Dios, le falló a su esposa (si tienen hijos, les falló también a ellos), destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando incumplió lo que libremente prometió.

Y en tercer lugar, quien esconde durante un tiempo esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia: si se valora, lo olvida para siempre. Para ella él está muerto. Resucitará para ella únicamente, cuando demuestre su sincero arrepentimiento con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque se vean muy sinceras y honestas.

 

2. Desde el punto de vista espiritual, debemos recordar, por una parte, que a todo pecador debe dársele la oportunidad de arrepentirse. Pero tampoco podemos olvidar que ni siquiera Dios perdona cuando no hay arrepentimiento sincero.

Los adúlteros —pecadores— no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Por eso, si ella no le muestras una indiferencia total (“No vale la pena seguir con él si no cambia”) y un rechazo por sus malas acciones, es posible que jamás se convierta de su mala vida.

Y, para saber si está realmente arrepentido, es necesario, no solamente que él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vida, sino que pase mucho tiempo pidiéndole perdón a su mujer y mostrándole su arrepentimiento sincero (con lágrimas, regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando

Si la mujer no hace esto, falta a la caridad: se nos ha enseñado que, para ser buen cristiano, es necesario corregir al que yerra, no con palabras —que casi nunca son eficaces— sino con hechos. ¿Cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe exigir la mujer burlada por su marido.

 

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significaría que no había ni la más mínima semillita de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, nada había por rescatar. Y también significaría que pocas ganas tiene de corregirse y, por lo tanto, de salvarse.

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Ciclo B, IV domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 24, 2009

Un derroche de amor

 

El domingo de hoy presenta una especie de resumen de la historia de las relaciones entre el ser humano y Dios.

En la primera lectura se nos cuenta cómo todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según costumbres abominables de las naciones paganas.

Dios les enviaba desde el principio avisos por medio de mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo. Pero ellos maltrataron a los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se burlaron de sus profetas.

Sin embargo, el amor de Dios es infinito: previó la solución para que sus hijos no se perdieran irremediablemente en el infierno.

Por eso, san Pablo nos dice en la segunda lectura que Dios es rico en misericordia: ¡con qué amor tan inmenso nos amó! Estábamos muertos por nuestras faltas y nos hizo revivir con Cristo: ¡por pura gracia hemos sido salvados! Nos resucitó en Cristo Jesús y con Él, para sentarnos con Él en el mundo de la felicidad. En Cristo Jesús, Dios es todo generosidad para con nosotros, por lo que quiere manifestar en los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia.

Y deja muy claro que fue un don de Dios, de manera que nadie tiene por qué sentirse orgulloso.

Es el mismo Jesucristo quien nos dice en el Evangelio que ese don fue el amor con el que Dios amó al mundo: entregó a su Hijo Único a la muerte para que quien crea en Él no se pierda irremediablemente en el infierno, sino que tenga vida eterna.

Creer es actuar en consecuencia, es decir, tener una vida santa. Por eso san Pablo afirma que quien cree en Él no tendrá juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado.

¿Creemos en Él? ¿Cómo reaccionamos ante ese derroche de amor?, ¿le demostramos nuestro agradecimiento con nuestro comportamiento?

  

 

 

 

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