Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Insultos’

Ciclo A, XXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 5, 2011

El miedo a la cruz

El Evangelio de hoy nos cuenta que Jesucristo comenzó a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén, y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley lo iban a hacer sufrir mucho. Que incluso debía morir y que resucitaría al tercer día.

Uno de los profetas, Jeremías, se queja: «Todo el día soy el blanco de sus burlas, toda la gente se ríe de mí. Pues me pongo a hablar con amenazas, no les anuncio más que violencias y saqueos. La palabra del Señor me acarrea cada día humillaciones e insultos».

Pablo, por su parte, nos ruega que, por la gran ternura de Dios, le ofrezcamos nuestra propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarlo; y afirma que un culto así conviene a criaturas que tienen juicio. Dice: «No sigan la corriente del mundo en que vivimos, sino más bien transfórmense a partir de una renovación interior. Así sabrán distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto».

Las tres lecturas, pues, nos dejan entrever que sin sacrificio no saldremos del egoísmo en que nos movemos. Pero la corriente del mundo en que vivimos es totalmente diferente: se erige el placer a toda costa y se le tiene miedo a hacer cualquier sacrificio por los demás; y eso es indiferencia total ante el mal ajeno.

La humanidad se ha convertido así en una multitud de seres solitarios. Para construir una familia, como Dios quiere, la cruz de cada día que Jesús nos dice que tomemos para seguirlo es la de pensar nuestro hermano y trabajar por él. Esa que hace que el «tú» sea más importante que mi «yo», y que me lleva a servir a los demás, a tratar de hacerlos felices y, así, mejorar este mundo, ideal que no se puede lograr sin miedo a la cruz.

La felicidad seguirá siendo una utopía si queremos conseguirla solamente para nosotros y para nuestro pequeño círculo de seres queridos.

Dios mismo nos muestra el camino: sigámoslo.

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Ciclo C, domingo de Ramos

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 30, 2010

Un buen negocio

 

Cuenta Isaías, en la primera lectura, que el Señor no se resistió, ni se hizo atrás. Ofreció su espalda a los que lo golpeaban, sus mejillas a los que arrancaban su barba. No retiró su rostro a los insultos y salivazos.

Pero en el salmo 21 ese mismo Señor está gritando: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»

¿Por qué? La respuesta está en la segunda lectura: «siendo de condición divina, no codició esa posición igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz», como san Lucas nos lo presenta en el Evangelio.

En cambio, nosotros seguimos haciendo lo contrario: cada vez que pecamos lo que hacemos es desobedecer las leyes de Dios, mientras que Jesús obedeció hasta la muerte.

En el fondo, lo que pretendemos es precisamente lo opuesto: tomar la condición de Dios, pues desobedecer es poner nuestras propias reglas y seguirlas, como si creyéramos más en ellas que en las que nuestro mismo Creador nos dio.

Creemos que encontraremos la felicidad haciendo nuestra voluntad, no la suya; y esto es el acto más tonto que podemos realizar: Él nos ama mucho más que nosotros mismos y Él sabe lo que nos conviene; nosotros no.

Además, aunque no lo pensemos explícitamente, no obedecer la voluntad de Dios es el acto de arrogancia más grande, pues supone que nos creamos más sabios que Dios.

En cambio, a quien obedece, le pasará lo que le ocurrió a Jesucristo: Dios lo exaltó, cumpliéndose así sus palabras: Que todo el que se ensalza será humillado, mientras que todo el que se humilla será ensalzado.

Repasemos la narración de la Pasión de san Lucas, y aprendamos a obedecer: seremos los beneficiados.

  

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Ciclo A, XXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 7, 2008

El miedo a la cruz

El Evangelio de hoy nos cuenta que Jesucristo comenzó a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén, y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley lo iban a hacer sufrir mucho. Que incluso debía ser muerto y que resucitaría al tercer día.

Uno de los profetas, Jeremías, se queja: «Todo el día soy el blanco de sus burlas, toda la gente se ríe de mí. Pues me pongo a hablar con amenazas, no les anuncio más que violencias y saqueos. La palabra del Señor me acarrea cada día humillaciones e insultos».

Pablo, por su parte, nos ruega que, por la gran ternura de Dios, le ofrezcamos nuestra propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarlo; y afirma que un culto así conviene a criaturas que tienen juicio. Dice: «No sigan la corriente del mundo en que vivimos, sino más bien transfórmense a partir de una renovación interior. Así sabrán distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto».

Las tres lecturas nos dejan entrever que sin sacrificio no saldremos del egoísmo en que nos movemos. Pero la corriente del mundo en que vivimos es totalmente diferente: se erige el placer a toda costa y se le tiene miedo a sacrificarse por los demás; y eso es egoísmo e indiferencia total al mal ajeno.

La humanidad se ha convertido así en una multitud de seres solitarios. Para construir una familia, como Dios quiere, la cruz de cada día que Jesús nos dice que tomemos para seguirlo es la de pensar y trabajar por nuestro hermano. Esa que hace que el «tú» sea más importante que mi «yo», y que me lleva a servir a los demás, a tratar de hacerlos felices y, así, mejorar este mundo, ideal que no se puede lograr sin miedo a la cruz.

La felicidad seguirá siendo una utopía si queremos conseguirla solamente para nosotros y para nuestro pequeño círculo de seres queridos.

Dios mismo nos muestra el camino: sigámoslo.

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