Hacia la unión con Dios

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Bienaventuranzas y Dones del Espíritu Santo en el itinerario hacia la unión con Dios

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 20, 2017

Basados en la clasificación tradicional de los santos místicos —san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y otros muchos— se ha establecido un orden ascendente de las personas que buscan la santidad, a medida que avanzan. Estas etapas se denominan las edades espirituales, y tienen su fundamento en la Biblia, en los Padres de la Iglesia (orientales y latinos), en santos autores de la Edad Media y hasta en el Magisterio apostólico. Todos esto se puede corroborar en el libro: Síntesis de espiritualidad católica, de los sacerdotes José Rivera, y José María Iraburu:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=55&a=47.

Estas edades espirituales han recibido diferentes denominaciones; aquí usaremos la más adecuada a nuestros tiempos:

1. Principiantes

2. Avanzados

3. Perfectos

Ahora bien: en esta clasificación se han insertado los dones del Espíritu Santo, procurando explicar cómo esos dones van ayudando a quienes recorren esas 3 etapas buscando la santidad, la unión con Dios.

San Agustín, obispo de Hipona, en el libro De serm. Dom. in monte, relaciona las bienaventuranzas enumeradas por San Mateo (5,3-12), con los dones del Espíritu Santo; usando como base esta explicación, santo Tomás de Aquino explica también la relación de los Dones con las Bienaventuranzas en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69. Sorprende comprobar tanta similitud en las apreciaciones de san León Magno, en su Sermón sobre las bienaventuranzas (n° 95, 1-9: PL 54, 461-466), con lo que se ratifica la inspiración del Espíritu Santo sobre estos temas.

Primero, es necesario conocer los textos:

Estas son las bienaventuranzas del Evangelio de san Mateo (5, 3-12):

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Por su parte, en la Biblia Vulgata —que es la traducción de la Biblia oficial de la Iglesia—, en el libro de Isaías (11, 2-3) están descritos los dones del Espíritu Santo, así:

Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y piedad de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas.

Principiantes

En los principiantes, los dones son incipientes y, por eso mismo, las bienaventuranzas apenas se desarrollan.

Avanzados

Por su parte, quienes ya son adelantados reciben de Dios la gracia de vivir las primeras 3 bienaventuranzas y afianzar los primeros 3 dones así:

  1. Por el don del Temor, aquel miedo a ofender a un Ser tan bueno, desarrollan grandemente la virtud de la obediencia: al director espiritual, a los superiores, a la jerarquía eclesiástica, a la doctrina oficial del Magisterio de la Iglesia, al Papa. Además, no les gusta gobernar ni mandar; encuentran su gozo en dejarse mandar, aun por los inferiores, en todo lo que no es pecado.

Son los que Jesús llama Pobres en el espíritu, es decir, quienes ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. De ellos es el Reino de los Cielos, según lo afirmó también Jesús.

  1. El don de la Piedad se manifiesta en 2 modos: siendo generosos con todos y desarrollando la virtud de la religión, la que mueve a dar a Dios el culto debido de adoración, alabanza, bendición, glorificación…

Esta generosidad para con Dios y para con los demás es la que los hace verdaderamente Mansos y, al mismo tiempo, su mansedumbre los vuelve generosos en grado muy elevado. Y es por eso que poseerán no solamente esta tierra (la gente valora mucho esta virtud), sino también la Tierra prometida.

  1. Reciben el don de la Ciencia, que consiste en un discernimiento que los faculta para percibir la inmensa gravedad del pecado, con la luz que Dios les da. Por eso no pueden menos que llorar. Lloran los pecados propios y ajenos. Y reciben la promesa de que serán consolados.

Perfectos

En una primera etapa, Dios les afianza:

  1. El don de la Fortaleza, que se manifiesta primero en el dominio sobre los apegos y, después, en el Hambre y sed de justicia, de conocer y ajustarse a los misterios divinos ocultos. Ellos serán saciados del mismo Dios/Justicia, que es el acopio de todas las virtudes.

  1. Con el don del Consejo, aprenden a vivir desprendidos de sí mismos y abandonarse totalmente a la Voluntad divina por una tempestad de amor que el Espíritu Santo hace nacer en sus corazones. Son ahora Misericordiosos con todos, porque están saciados de Dios. Y alcanzarán misericordia: ¡gozarán del objeto de su amor!

Y después reciben:

  1. El don de la Inteligencia, que consiste en la simplicidad de la verdad, la caridad y la unidad. Son ahora Puros, Limpios de corazón; y por eso verán a Dios, es decir, experimentarán la contemplación (de los atributos divinos, infinitamente dignos de amor): lo que “ni el ojo vio, mi el oído oyó…”. Es el cognocere de la Verdad: un descanso en el gozo, por encima de toda actividad…

  1. Y el don de la Sabiduría que los induce continuamente a hacer siempre y en todo su Voluntad; por eso, están unidos al Espíritu divino. Son los pacíficos, los que trabajan por la paz. Serán hijos de Dios, serán quienes descansan en su paz.

  1. Finalmente, llegan a adquirir la Caridad perfecta: Padecen persecución por la justicia (por ajustarse a Dios). De ellos es el Reino de los Cielos.

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Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2012

¿Cumplir mandamientos?

 

La segunda acepción de la palabra Sabiduría, según la Academia de la Lengua, es: Conducta prudente en la vida o en los negocios. Es, pues, el secreto de la felicidad, de la felicidad auténtica: quien tenga tal conducta en la vida será feliz.

Y los mandamientos de Dios, como nos lo explica hoy el Deuteronomio, son nuestra sabiduría a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: «Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente». Y, más adelante dice: ¿Cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy nos da Dios?

Quien cumpla esos mandatos será, entonces, feliz.

Santiago, en la segunda lectura, va más lejos: si aceptamos dócilmente cumplir esos mandatos que están en la Palabra de Dios, nos salvaremos, ¡llegaremos a la felicidad eterna en el Cielo, donde no habrá más sufrimiento, estrés, angustia, enfermedades, muerte!…

Pero nos advierte que, para lograr esto, es indispensable llevar esa Palabra a la práctica y no limitarnos a escucharla, engañándonos a nosotros mismos.

Finalmente, en el Evangelio, san Marcos nos recuerda que Cristo, nada menos que la sabiduría encarnada, la infinita sabiduría, nos insta a que no honremos a Dios únicamente con los labios, ni menos aún con preceptos humanos; que cumplamos los divinos.

Y añade que es de dentro, del corazón del hombre, de donde salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad…

Para evitar todas esas maldades, que salen de dentro y hacen al hombre impuro, nos dio los mandamientos.

Cumplirlos es, pues, el acto más sensato, más prudente, el que más nos lleva a la felicidad y, por lo tanto, es el mejor negocio que podemos hacer en esta vida.

¿Cómo despreciarlos, creyendo que son una imposición divina?

 

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Las profundas cavernas del sentido*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 23, 2012

(Nota: el texto entre corchetes [ ] es añadido, para mejor comprensión.)

Estas cavernas son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad, las cuales son tan profundas, que no se llenan sino con infinito. Con lo que sufren cuando están vacías, podremos de alguna manera de ver lo que gozan y deleitan cuando están llenas de Dios.

Estas cavernas de las potencias, cuando no están vacías, purgadas y limpias de todo apego de criaturas, no sienten elvacío grande de su profunda capacidad; porque en esta vida basta cualquier cosita que se les pegue, para tenerlas tan distraídas y embelesadas que no sienten su privación, y no anhelan sus inmensos bienes ni conocen su capacidad. Y es cosa verdaderamente admirable que, siendo capaces de bienes infinitos, les baste el menor de todos los bienes para distraerlas de manera que no puedan recibir el verdadero Bien infinito, que es Dios, hasta que no se vacíen de esas pequeñas criaturas.

Pero cuando están vacías y limpias, es intolerable la sed, el hambre y el ansia de lo espiritual; porque, como son tan profundos los estómagos de estas cavernas, sufren profundamente, ya que el manjar que echan de menos tam¬bién es infinitamente profundo: es Dios.

Y este gran sentimiento comúnmente le ocurre a la persona hacia el final de la fase iluminativa, cuando ya está purificada su alma, pero todavía no ha llegado a la unión con Dios, donde ya se satisfará. Porque, como el apetito espiritual está vacío y purgado de toda criatura —y, por lo tanto no tiene apegos—, pierde el temple para lo natural y está templada para lo divino: tiene ya el vacío dispuesto y, como todavía no se le comunica lo divino, sufre intensamente por este vacío, y siente una sed de Dios que es más que el morir, especialmente cuando se le trasluce algún rayo divino que no se le comunica. Estos son los que padecen con un amor tan impaciente, que no pueden durar mucho sin recibir ese amor de Dios o morir.

La primera caverna es el entendimiento. Su vacío es una sed de Dios tan grande, que la compara David (Sal 41, 1) a la del ciervo (que dicen que es vehementísima), diciendo: Así como desea el ciervo las fuentes de las aguas, así mi alma desea a ti, Dios. Y esta es sed de las aguas de la sabiduría de Dios, que es el objeto del entendimiento[: Jesucristo, la sabiduría encarnada].

La segunda caverna es la voluntad, y el vacío de ésta es un hambre de Dios tan grande que hace desfallecer al alma, según lo dice también David (Sal 83, 3): Codicia y desfallece mi alma a los tabernáculos del Señor. Y esta hambre es de la perfección de amor que el alma pretende[: el Espíritu Santo].

La tercera caverna es la memoria, y el vacío de ésta es deshacimiento y derretimiento del alma por la posesión de Dios, como lo nota Jeremías (Lm 3, 20): Como con memoria me acordaré, y de Él mucho me acordaré, y se derretirá mi alma en mí; revolviendo estas cosas en mi corazón, viviré en esperanza de Dios Padre[, que todo lo da].

Es, pues, profunda la capacidad de estas cavernas, porque lo que en ellas puede caber, que es Dios, es profundo de infinita bondad; y así será en cierta manera su capacidad infinita, y así su sed es infinita, su hambre también es profunda e infinita, su deshacimiento y pena es muerte infinita. Que, aunque no se padece tan inten¬samente como en la otra vida, pero padécese una viva imagen de aquella privación infinita, por estar el alma en cierta disposición para recibir su lleno. Aunque este penar es a otro temple, porque es en los senos de! amor de la voluntad, que no es el que alivia la pena, pues cuanto mayor es el amor, es tanto más impaciente por la posesión de su Dios, a quien espera por momentos de intensa codicia.

Pero, ¡válgame Dios!, si es verdad que, cuando el alma desea a Dios con entera verdad, tiene ya al que ama, como dice san Gregorio sobre san Juan, ¿cómo sufre de ansias por lo que ya tiene? Porque en el deseo que —dice san Pedro— tienen los ángeles de ver al Hijo de Dios (1 Pe 1, 12), no hay alguna pena o ansia, porque ya lo poseen. Aquí el alma, cuanto más desea a Dios más lo posee, y la posesión de Dios le da deleite y satisfacción. Es lo mismo que les ocurre a los ángeles, que desean y se deleitan en la posesión de Dios, saciando siempre su alma, sin el fastidio de llenarse; por lo cual, porque no hay fastidio, siempre desean, y porque hay posesión, no sufren. Así mismo, el alma siente aquí este deseo, con tanta sensación de saciedad y de deleite, cuanto mayor es su deseo, pues tanto más tiene a Dios.

En esta cuestión viene bien notar la diferencia que hay en tener a Dios por gracia, y en tenerlo también por unión: cuando se tiene a Dios únicamente por la gracia, se da el amor entre Dios y la criatura; pero cuando se lo tiene también por unión, se dan las comunicaciones de Dios al alma y del alma a Dios, que tanto placer producen. Entre estos dos modos de tener a Dios se puede deducir la diferencia que hay entre el desposorio y el matrimonio espiritual.
Porque en el desposorio se dan una semejanza y una sola voluntad de ambos y, además, el Esposo le regala al alma dones y virtudes; pero en el matrimonio hay también comunicación de las personas entre sí y la vivencia de una unión auténtica.
Cuando el alma ha llegado a tanta pureza en sí y en sus potencias, la voluntad está muy pura y purgada de otros gustos y apetitos, según la parte inferior [los sentidos corporales] y la superior [inteligencia, memoria, sentimientos, sensaciones, afectos, emociones…], por lo que también está dándole enteramente el sí a Dios, siendo ya la voluntad de Dios y la del alma una. Entonces la persona, en un consentimiento propio y libre, ha llegado a tener todo lo que puede a Dios (por vía de voluntad y gracia). Y esto se da porque Dios le ha dado en el sí de ella su verdadero sí y entero de su gracia.

Es éste es un alto estado de desposorio espiritual del alma con el Verbo, en el cual el Esposo la da grandes dádivas y la visita amorosísimamente muchas veces, en las que ella recibe grandes sabores y deleites.
Pero todo esto no se compara con los deleites del matrimonio espiritual, porque apenas son disposiciones para la unión del matrimonio; que, aunque es verdad que esto pasa en el alma que está purgadísima de todo apego de criatura (porque de otro modo no se hubiera hecho el des¬posorio espiritual, como dijimos), todavía es necesario que el alma tenga otras disposiciones positivas de Dios, de sus visitas y sus dones, con las que la va purificando, hermoseando y afinando más, para que esté decentemente dispuesta para tan alta unión. Y en esto pasa tiempo (en unas más y en otras menos), porque Dios lo va haciendo a la velocidad que tiene cada alma. Y esto está figurado por aquellas doncellas que fueron escogidas para el rey Asuero (Est 2, 2-4; 12, 4), que, aunque ya las habían sacado de sus tierras y de la casa de sus padres, antes que las llegasen al lecho del rey, las tenían un año (aunque en el palacio) encerradas: durante el primer semestre se estaban disponiendo con ciertos ungüentos de mirra y otras especies, y el otro medio año con otros ungüentos más finos; solo después de ello iban al lecho del rey.

Es en este tiempo de este desposorio y espera del matrimonio con las unciones del Espíritu Santo, cuando son más valiosos los ungüentos de disposiciones para la unión de Dios, cuando se dan las ansias de las cavernas del alma, extremadas y delicadas. Es que estos ungüentos disponen más próximamente a la unión con Dios, y por eso engolosinan a alma más finamente de Dios: el deseo se hace más fino y profundo, porque el deseo de Dios es disposición para unirse con Dios.

San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 3ª, verso 3, 18ss

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Ciclo A, XVII domingo de Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 2, 2011

El mejor negocio del mundo

Las palabras: «Te doy sabiduría e inteligencia como nadie la tuvo antes de ti ni la tendrá después» pueden parecer anecdóticas, porque ser inteligentes y sabios es algo poco valorado actualmente. Hoy, para muchos, lo que importa es tener dinero y poder para disfrutar de la vida presente: placeres, admiración, fama…

Por eso, resulta también pintoresca la historia de Salomón y la de otros muchos que llenan las páginas de las biografías de hombres célebres que, según el juicio del mundo, no supieron vivir.

Sin embargo, al revisar las vidas de quienes se llenaron de posesiones, placer, dinero, fama y aplausos, podemos encontrarnos con la sorpresa de que las estadísticas muestran que en ellos hubo —y hay— más tratamientos psicológicos y psiquiátricos, más búsqueda infructuosa de la verdad… y más suicidios.

Al leer hoy la carta de san Pablo a los Romanos podemos descubrir en ella algo que puede ayudar a tantos problemas psicológicos, algo que da la paz. En uno de sus apartes dice: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman». Esto quiere decir que el Creador nuestro ofrece a sus criaturas el verdadero bienestar, la auténtica felicidad.

Es indispensable que recordemos lo que pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí ya no habrá oportunidad para arrepentirse; ahora sí.

En el Evangelio, Dios mismo nos lo repite de una manera más clara: El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo; el hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo. También es como un comerciante que busca perlas finas; si llega a sus manos una de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra. Esta es, pues, la mejor inversión de la vida: vender todo el egoísmo, el afán desmesurado de placer, los apegos a las cosas y el deseo insano de alabanzas o de poder, y cambiarlos por bienestar eterno, por felicidad imperecedera, por Cielo.

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La mayor bendición

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2009

«¡Se curó milagrosamente!» «¡Me gané la lotería!» «¡Salió bien de la operación que le hicieron!» «¡Conseguí el trabajo que quería!»… Todo esto lo llamamos bendiciones. Y también llamamos bendiciones el hecho de tener salud, dinero, bienestar…

Pero, ¿por qué las personas buenas sufren? ¿Por qué a un católico comprometido le ocurren cosas malas? Los buenos cristianos se enferman y sufren como los demás; y reciben bendiciones como los demás. ¿De qué sirve, entonces, esforzarse por mejorar?

Quizá lo que ocurre es que no hemos comprendido suficientemente la parábola de los talentos: podríamos descubrir detalles de la Revelación a los que no se les ha dado suficiente relieve:

«Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció enseguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: “Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos. El patrón le contestó: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.”

Vino después el que recibió dos, y dijo: “Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.” El patrón le dijo: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón”.

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.” Pero su patrón le contestó: “¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.”» (Mt 25, 14-30)

Dios nos ha enseñado en esta parábola que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, acceso a la cultura, viajes, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo (esto derriba el principal argumento que defiende la creencia en la reencarnación).

Por eso es que no podemos seguir llamando «bendiciones» a las cosas que recibimos o a los talentos; en realidad son pruebas. El Señor nos da para probarnos. Cuanto más nos dé, más pruebas habrá; y quien menos reciba, será menos probado.

Entonces cabe preguntarnos para qué nos prueba Dios y qué es lo qué es lo que nos quiere probar. ¿Acaso Dios no lo sabe todo? ¿Acaso Dios no sabe de lo que somos capaces? ¿Hay algo que Él necesite saber?

La palabra «prueba» se debe entender aquí como se entiende en las Sagradas Escrituras: una oportunidad que Dios nos da para hacer méritos, para que el esfuerzo que hagamos le dé gloria y honra. Si no hay esfuerzo, no hay mérito.

Por eso, todo lo que llamamos «malo» en esta vida temporal es la posibilidad de hacer algo meritorio ante los ojos de Dios. Y esos méritos, unidos a los de Jesucristo, ayudarán a la salvación de muchas almas y a la instauración del Reino de Dios: un reino de amor, paz y alegría. Pero si la persona no tiene que esforzarse, no hace méritos.

Si, por ejemplo, alguien es probado con una enfermedad, es porque Dios quiere que esa persona haga méritos, que sea santa. Y los hará simplemente si acepta la voluntad de Dios, si le ofrece sus sufrimientos unidos a los de nuestro Salvador y si confía en su infinito amor, a pesar de las circunstancias.

Como se dijo más arriba, si no hay esfuerzo, no hay mérito, no hay santidad. Podemos deducir que no solamente es necesario sufrir, sino que nos conviene mucho, como ninguna otra cosa; concluiremos que sufrir es nuestra mayor bendición.

Pero hay más razones para querer el sufrimiento: el sufrimiento así ofrecido es reparador: le devuelve la honra y gloria que le quitamos a Dios con nuestros pecados, sirve para pagar la pena temporal que merecemos por los pecados propios y los de los demás.

Además, nos fortalece como seres humanos y, lo que es mejor, nos purifica para que no haya intereses escondidos en nuestra relación con Dios: así como una mujer sabe que un hombre la ama si es capaz de sufrir por ella, solo cuando sufrimos por Él se puede asegurar que lo amamos, pues cuando hay gusto personal se puede mezclar el egoísmo.

Finalmente, nuestro sufrimiento así ofrecido consuela el Corazón adolorido de Jesús, que tiene tan pocos amigos aquí en la tierra.

La mejor bendición, pues, son los sufrimientos. ¿Qué otra cosa en este mundo nos puede proporcionar tantos beneficios?

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Los dones del Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Por el cardenal Carlo Maria Martini[1]

 

«Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.» (Is 11, 1-2).

 

A estos seis dones —que leemos en la Biblia hebrea—, en la Biblia griega y en la Biblia latina les añaden el don de la piedad.

 

Cada cristiano vive de Fe, Esperanza y Caridad; la Fe es perfeccionada por el espíritu de entendimiento, ciencia y consejo; la Esperanza, por el espíritu del temor de Dios y de fortaleza; la Caridad se expresa plenamente cuando es perfeccionada por la piedad y la sabiduría.

 

1.    Entendimiento: Potencia del alma, en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce.[2]

El don de la inteligencia lo necesitamos para comprender los misterios divinos, la relación entre la Cruz y la Trinidad, entre la Cruz y la paternidad de Dios; para intuir en este misterio divino el de nuestra vida y de nuestra muerte.

Lo necesitamos para comprender cómo el misterio de Dios se revela en nuestro tiempo; para comprender cómo Jesús crucificado y resucitado vive entre nosotros y podemos encontrarlo; para comprender cómo el Espíritu Santo está actuando en medio de nosotros y podemos dejarnos vivificar por Él.

Lo necesitamos para hacernos descubrir entre los pliegues de la vida cotidiana la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para hacernos contemplar en nuestras cruces la presencia del Resucitado.

 

2.   Ciencia: Conocimiento cierto de las cosas creadas por sus principios y causas.

Es la capacidad de referir a Dios todas las cosas del mundo, yendo más allá de las apariencias y comprendiendo el valor simbólico, relativo, de toda criatura con respecto al ser y al misterio de Dios, de aquel que lo ha creado todo.

Es capaz de contribuir a la búsqueda del significado último y de las urgencias penúltimas frente a las cuestiones y a los desafíos culturales y éticos más variados.

Con él es posible captar los signos de los tiempos y los fermentos evangélicos presentes en todas partes, incluso en las situaciones aparentemente más cerradas a la luz de la verdad revelada.

Es posible comprender las necesidades concretas de una determinada comunidad y trazar para ella un proyecto adecuado.

He aquí donde se halla contenida la ciencia del amor.

 

3.    Consejo: Parecer o dictamen que se da o toma para hacer o no hacer una cosa.

Es el saber orientarse en la complejidad moral de la vida.

Es acudir prácticamente a los motivos de la Fe al obrar.

Nos permite ver todo a la luz de la eternidad, en el querer de Dios, Padre bueno.

Forma personalidades fuertes, tranquilas, seguras de sí mismas; por el contrario, la acción del espíritu del mal consiste en llevarnos a la tristeza, a replegarnos sobre nosotros mismos, a una confusión que bloquea la mente, a una ansiedad que lacera e impide decidirse, haciéndonos permanecer siempre en el mismo punto.

 

4.   Temor de Dios: Miedo reverencial y respetuoso que se debe tener de agraviar a un Dios tan bueno.

Es un amor a Dios consciente de la propia fragilidad y, por consiguiente, de la posibilidad de ofender al Señor, de perder su amistad. Es una actitud de grande reverencia hacia un misterio que nos supera por todas partes, que no poseemos, que no tenemos a la mano, porque nos es dado continuamente como un don, y nosotros tenemos continuamente la posibilidad de rechazarlo, de perderlo, de descuidarlo.

El temor de Dios ve el actuar moral no como simple obediencia a una ley, sino como una relación con una persona; relación personal con Dios Padre, con el Señor Jesús. Por consiguiente, el temor de Dios nos permite vivir el actuar moral con toda la delicadeza, el respeto, la diligencia, el afecto que expresa la relación verdadera con una persona, y que exige la relación con Dios mismo, Padre y Señor.

Es la conciencia de que Dios es Mysterium fascinans, misterio que atrae y fascina por su amabilidad (digno de ser amado); y al mismo tiempo es la conciencia de que Dios es también Mysterium tremendum, con el cual no se puede jugar, que nos interpela profunda y seriamente porque es amor total y exigente, relación personal de alianza y de don.

Es el temor de faltar, de no estar a la altura de tan grande amor y, al mismo tiempo, el fuerte deseo de ser totalmente de Dios.

Las actitudes contrarias al temor de Dios son la superficialidad, el facilismo, la trivialidad en la oración y en la vida.

 

5.    Fortaleza: Vencer el temor y huir de la temeridad.

Es la victoria sobre el miedo a la muerte y a cualquier otro mal, porque sabe que está en los brazos del Padre que no lo abandona nunca.

Es el don que nos da la capacidad de profesar la Fe, incluso en las contradicciones y en los peligros. El caso más serio del don de la fortaleza es el martirio, la superación del miedo a la muerte, simplemente porque estamos en las manos de Dios.

Perfecciona la virtud de la Esperanza, llevándola al heroísmo, al desprecio de la muerte, a la superación del  miedo a la muerte.

 

6.   Piedad: Don que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas; y por el amor al prójimo, actos de amor y compasión.

Nos hace orar con gusto y de buena gana, con entusiasmo, nos hace salir del corazón una oración fluida, serena, calmada.

Nos coloca en condiciones de vivir la oración de los hijos que gritan a Dios invocándolo con el apelativo: «¡Padre!».

Es la capacidad de hablar con Dios filialmente, con ternura; de alabarlo y adorarlo.

Es la orientación del corazón y de toda la vida para adorar a Dios como Padre, para rendirle el culto que lo reconoce como fuente y meta de todo don auténtico.

Es la ternura hacia Dios, el estar enamorados de Él y el deseo de rendirle gloria en cada cosa.

¡Es tan dulce llamar a Dios «Padre nuestro»! Nos hace mirar hacia Dios con sencillez filial y con verdad.

Es, por otra parte, el don de la sensibilidad en la relación humana, que nos permite tratar a todos con la mayor delicadeza, con amabilidad.

Por consiguiente, es un don que compenetra la vida cotidiana, la vida de familia, las relaciones de cada día, haciéndolas hermosas, fáciles, agradables; un don que elimina las espinas, los choques, y suaviza nuestras relaciones.

La actividad contraria es la dureza del corazón, la falta de sensibilidad, el no saber comprender a los otros.

Es difusivo y benéfico, comenzando por la oración filial y afectuosa, en las relaciones de los hijos con los padres, de los padres con los hijos, de los esposos entre sí, en las relaciones de trabajo, de amistad, de parroquia, de comunidad, de grupo…, porque está impregnado de atención, respeto y sensibilidad.

 

7.    Sabiduría: Conducta prudente en la vida.

Es el don de verlo todo con los ojos de Dios, con su mirada, de verlo todo desde arriba. Es el don de ver los acontecimientos y las situaciones como los ve Jesús crucificado y resucitado, desde lo alto de la Cruz y desde la gloria de la Resurrección. Se trata de verlos desde lo alto y desde el centro. No por una inteligencia particular o una luz intelectual, sino por instinto divino.

Sabiduría significa precisamente «sabor». Está ligado a la Caridad, al amor, más que a la inteligencia. Es la inteligencia del amor, del corazón. Es una penetración amorosa que percibe el sabor de los misterios de Dios: del misterio trinitario, del misterio de la Cruz, de los misterios del Reino, del misterio de la historia…

Y esa sabiduría se les da también a las personas más sencillas, e incluso más a ellas que a los otros. ¡Cuán grande es en ellos el sentido de la providencia divina, cuán baja la estimación de las cosas terrenas, cuán grande la paz íntima y el gozo de una vida intachable…!

Es el don que permite enmarcar cada problema en un marco más amplio: el marco de la verdad completa, de la verdad auténtica.

Lo que es opuesto a la sabiduría es la falta de sabor de las cosas de Dios, la carencia del sentido de Dios, del sentido del misterio, del sentido de la providencia…

Es la historia de un hombre que ha hecho sus cuentas sin Dios, sin la muerte, sin tener presente la verdad de la vida; de quien vive sin sentido, preocupado solamente por el presente; de quien no comprende, en los acontecimientos oscuros o contrarios a las expectativas comunes, el designio de Dios; de quien hace sus cálculos sin contar con la Cruz; de un hombre que ha construido su casa sobre la arena, que no ha conocido el orden de la vida evangélica, declarado en el sermón de la montaña.

No reconoce ese orden de la vida evangélica, expresado en hacerse pequeños, en no pretender los primeros puestos, en respetar la autoridad, en amar la oración, en vivir en común, en perdonar las ofensas…

Se trata de un don instintivo, del cual uno se da cuenta después. No es necesario que lo sintamos, por cuanto el Espíritu no tiene necesidad de hacerse sentir para actuar en nosotros.

 

Muchas personas —tal vez con frecuencia también nosotros— se mueven por su voluntad, cuentan con sus propias fuerzas, piensan que todo lo tienen en la mano…

 

Oremos intensamente para que el fuego del Espíritu Santo arda no solo en nuestros corazones, sino que caliente e ilumine los corazones de toda nuestra sociedad.

 

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[1] Arzobispo de Milán

[2] Las definiciones que se presentan en los cuadros fueron extraídas del Diccionario de la Real Academia Española

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