Hacia la unión con Dios

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Los vicios capitales en la vida de oración*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2010

 

Es muy frecuente encontrar que a las almas que se determinan a servir a Dios, Él les vaya dando deleites espirituales, del mismo modo que lo hace una madre con su hijo pequeño; por eso, pasan grandes ratos en oración e, incluso, las noches enteras; sus gustos son las penitencias y los ayunos; sus consuelos son usar los sacramentos y la comunicación de las cosas divinas: lo que los mueve a hacer todo es el gusto y el consuelo que encuentran en ello[1].

Y también es frecuente que sufran de los males establecidos por san Juan de la Cruz y que él denomina los vicios capitales:

La soberbia

Por su imperfección, les nace muchas veces cierto grado de soberbia oculta, con la que llegan a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos.

Sienten cierto deseo vano de hablar cosas espirituales delante de otros y, a veces, hasta de enseñarlas, más que de aprenderlas.

Condenan en su corazón a otros cuando no les ven los estilos de devoción que a ellos les gustaría que tuvieran, y hasta a veces lo dicen en voz alta.

A veces, no aceptan que los demás parezcan buenos (solo de ellos mismos se puede decir que son buenos); y así, con obras y palabras, cuando tienen la oportunidad, los condenan y los desprecian.

Otras veces, cuando sus directores o guías espirituales no les aprueban su espíritu o su modo de proceder (porque tienen gran deseo de que los estimen y alaben), juzgan que lo que sucede es que no los entienden o que los directores no son muy espirituales, y hasta procuran tratar con otro director que cuadre con su gusto.

En ocasiones tienen tantas ganas de que les entiendan su espíritu y su devoción, que hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, preferiblemente en público, no en secreto.

Muchos quieren ir por delante de su confesor, de lo que resultan mil envidias e inquietudes. Se privan de decirle sus pecados desnudos para que no los valoren en poco, y los van coloreando para que no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decirle lo malo, de modo el confesor habitual no piense que tienen errores y pecados, sino que todo lo que hacen es bueno.

También algunos de estos creen que sus faltas son pequeñas. Otras veces se entristecen demasiado al verse caer en ellas, pensando que ya deberían ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección.

Tienen muchas veces gran ansiedad de que Dios les quite sus faltas e imperfecciones, no tanto por amor a Dios, sino para no sentirse mal y experimentar paz.

Son enemigos de alabar a los demás y muy amigos de que los alaben.

Por el contrario, los que van avanzando hacia la perfección, valoran sus propias cosas como si fueran nada, y viven muy poco satisfechos de sí mismos; mientras que a todos los demás los tienen por superiores. Conocen cuánto merece Dios y lo poco que es todo cuanto hacen por Él; y así, consideran que hacen siempre muy pocas cosas por Dios. Y están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. Desean también que los demás los valoren poco, que hablen mal de ellos y que desestimen sus cosas. Cuando otros los alaban y estiman, no lo pueden creer, y les parece cosa extraña que digan esas bondades de ellos. Además, aceptan gustosos los consejos y desean que cualquiera les enseñe.

Los principiantes, en cambio, querrían enseñar todo, y hasta cuando alguien les está enseñando algo, ellos mismos toman la palabra, para demostrar que ya se lo saben. En cambio, los más avanzados, lejos de querer ser maestros de nadie, están muy dispuestos a cambiar de camino y a andar por ese nuevo camino, si así se lo pidiera su director espiritual, porque piensan que no aciertan en nada. Tampoco tienen ganas de contar sus cosas, porque las consideran inútiles y pequeñas; más gana tienen de decir sus faltas y pecados, que sus virtudes; hablan con simplicidad, para que su director espiritual los entienda; y se inclinan más a tratar de su alma con quien menos los valora y menos valora sus cosas y su espíritu.

La avaricia

Muchos andan muy desconsolados y quejumbrosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Otros no se cansan de oír consejos y aprender preceptos espirituales, de tener y leer muchos libros que traten de estos temas; y se les va más tiempo en eso que en mortificarse y perfeccionarse en la pobreza espiritual que deben tener.

Se llenan de imágenes, reliquias, cruces y rosarios curiosos: usan unos primero y luego usan los otros, porque los primeros ya no les satisfacen. Se aficionan a unos por ser más curiosos que otros.

No obstante, los que van bien encaminados no se aferran a estos instrumentos, ni les importa saber mucho acerca de ellos, solo lo que se necesita para tener una buena devoción, y agradar así a Dios.

La lujuria

A algunas almas, a veces les aparecen deleites sensuales inferiores cuando están tratando de vivir experiencias espirituales, como por ejemplo cuando están haciendo oración, cosa que no desean, pero de lo cual se aprovecha el demonio, quitándoles la quietud espiritual e inquietándolos, para que aflojen en la oración y hasta para que la dejen de hacer. Luego les viene un temor de que les aparezcan esas representaciones lujuriosas, temor que los hace sufrir.

Otras veces aparece lujuria con otras personas, creyendo que se trata de afectos espirituales. O les nace la tentación de tener deseos o representaciones morbosas, o de recordar algunas pasadas.

La ira

Otros, cuando se les acaba el sabor y el gusto en las cosas espirituales, se sienten mal y se irritan por cualquier pequeñez, como el niño que se aparta del pecho.

Hay otros que se indignan contra los defectos o vicios ajenos, con cierto ardor intranquilo, y a veces les dan impulsos de llamarles la atención por sus errores, y hasta lo hacen, haciéndose dueños de la virtud.

Otros, cuando se ven imperfectos, con impaciencia, se enfurecen contra sí mismos; querrían ser santos en un día. Como no son humildes ni desconfían de sí mismos, cuantos más propósitos hacen tanto más caen y tanto más se enojan.

La gula

Algunos, engolosinados con el sabor y el gusto que hallan en los ejercicios espirituales, procuran más el sabor del espíritu que la pureza y moderación.

Atraídos por el gusto que encuentran, algunos se matan con penitencias, y otros se debilitan con ayunos haciendo más de lo que soportan, sin orden ni consejo del director espiritual, antes “haciéndole trampa”; y hasta se atreven a hacerlo aunque le han mandado lo contrario.

Imperfectísimos, gente sin razón, no saben que el estar sujetos al director espiritual y la obediencia es penitencia de razón y de moderación, y por eso mejor aceptada y preferida por Dios que la penitencia corporal.

Piensan que el gustar y sentirse satisfechos es servir a Dios y satisfacerlo.

Cuando comulgan y no sienten gusto o sentimiento, piensan que no han hecho nada, lo cual es juzgar bajamente a Dios.

Quieren sentir a Dios y gustarlo como si fuese comprensible y accesible.

En la oración piensan que lo importante es hallar gusto y devoción sensible, y cuando no han encontrado ese placer, se desconsuelan mucho pensando que no han hecho nada, y tienen mucha desgana y repugnancia de volver a orar. Y hay quienes a veces dejan la oración.

Son muy flojos y perezosos en ir por el camino áspero de la cruz; el Señor por momentos los cura con tentaciones, sequedades y otros padecimientos.

La envidia

A los principiantes les suele disgustar el bien espiritual de los otros, y les da alguna tristeza que les lleven ventaja en ese camino.

En cambio, los aprovechados, si alguna envidia tienen, es la envidia santa de no tener las virtudes con las que otros le dan gloria a Dios; pero, al ver que otros tienen esas virtudes, se sienten muy contentos. Además, les entusiasma que todos vayan más adelante en el camino de la perfección, ya que así sirven a Dios en lo que ellos fallan.

La pereza espiritual

Otra característica de los principiantes es la pereza espiritual o tedio en las cosas que son más espirituales.

Si alguna vez, haciendo oración, no hallan la satisfacción que deseaban (porque conviene que Dios les quite esa satisfacción para probarlos), no quieren volver a hacerla o van de mala gana o, a veces, la dejan.

Muchos de estos querrían que Dios quisiera lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, sintiendo repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. Por eso creen que lo que no les gusta es porque no es voluntad de Dios; y, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, creen que Dios se satisface. Y también sienten fastidio cuando su director les manda algo que no les gusta.

Son muy flojos para las cosas que exigen fortaleza y, también, para trabajar en su perfección personal.

Se ofenden cuando Dios les manda la cruz, metiéndolos en la noche oscura donde Dios los desteta de estos gustos y sabores, y los deja en puras sequedades y tinieblas interiores, para quitarles todas estas impertinencias y niñerías.

 San Juan de la Cruz


[1] Cf. Noche, san Juan de la Cruz, 1, 1.

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El verdadero enemigo de la felicidad

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2010

EL VERDADERO ENEMIGO DE LA FELICIDAD

 ¿Por qué sufrimos?
 ¿Cómo aparece la depresión?
 ¿Por qué discutimos acaloradamente? ¿por qué peleamos?
 ¿De dónde nace el sentimiento de la envidia?
 ¿Por qué sentimos odios? ¿Por qué sentimos ira?
 ¿Qué nos enfurece?
 ¿Por qué fracasan los matrimonios, las sociedades…?
 ¿Qué hace que nos afecte tanto la falta de dinero?
 ¿Cómo se acaban las amistades?
 ¿Cuál es la causa de este estrés moderno que no nos deja?

Manuel es un muchacho a quien le angustiaba la falta de unión en su familia: su único familiar en la ciudad, su hermano mayor, quien le daba alojamiento mientras estudiaba, estaba peleando con él; ya no se hablaban y se preparaba cada uno su comida, cosa que no habían dejado de hacer nunca. Para él era como no tener familia…
Según contó, los roces se presentaron porque, tratando de ayudar a su hermano, le aconsejó que no arrendara una de las habitaciones de la casa a cualquiera, sin percatarse primero qué tan bueno podría ser el arrendatario. Ambos —según él— son orgullosos y se dejaron de tratar después de una discusión en la que cada uno defendía a gritos sus “derechos”: «Yo soy dueño de esta casa» «Yo también vivo aquí; y acuérdese que soy su hermano».

La causa de todo es la soberbia…

Yendo a misa, en un semáforo que estaba en rojo, se me acercó un niño pequeño y pobre a venderme unos caramelos. Sonriendo le dije que no y le di las gracias. Sin embargo, insistió ofreciéndome “hacer un negocio” conmigo. Tras mi nueva negativa no se retiró, sino que se obstinó en su empeño. Decidí cerrar la ventana del carro, pero el niño se colgó del vidrio impidiéndome hacerlo. Con rabia le cogí el brazo fuertemente y se lo retiré del vidrio y lo logré cerrar con tan mala suerte que se le cayeron varios caramelos. El niño lloraba frotándose el brazo…
No he dejado de pensar en lo sucedido: dejándome llevar por la ira, agredí a un niño pobre que, quizás angustiado por su pobreza, insiste, machaconamente y sin prudencia (porque no tuvo oportunidad de aprenderla), en que le hagan una compra.

¡Soberbia!, peor que la de Manuel… La causa de todos nuestros males.
Efectivamente, en un altísimo porcentaje, la respuesta a las preguntas del recuadro al comienzo de estas líneas es la soberbia.
El Diccionario de la lengua española define con exactitud esta palabra:

Soberbia: del latín superbia.
 Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros.
 Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

Pero son muchas las formas que toma la soberbia:
Unas veces, como orgullo, es decir, arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, a veces disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.
Otras, como presunción, es decir, vanagloriarse, tener alto concepto de sí mismo.
Y, además de estas, hay otras innumerables figuras de la soberbia, que se tratan de exponer y explicar a continuación, junto con el daño que puede ocasionarnos a nosotros mismos, a los demás y al mundo en que vivimos.

La imagen que proyecto a los demás
Casi todos pensamos que actuamos bien; creemos que somos buenos.
Casi todos nos sentimos “expertos” para solucionar las vidas de los demás.
Con frecuencia nos ocultamos a nosotros mismos nuestros defectos; y quizá lo logramos… Pero no a todos podemos engañar. La gente se da cuenta de más cosas y circunstancias que nosotros mismos, y de nuestras verdaderas intenciones. Bajo la apariencia de bondad, salen al exterior nuestros deseos de aplausos, de un “qué dirán” positivo. Muchas veces —no nos engañemos— pretendemos que nos alaben, que nos tomen por buenos.
Algunos son más hábiles que otros en proyectar esa imagen a los demás. Y algunos son más duchos que otros para descubrir el engaño.
Todos conocemos, por ejemplo, ese tipo de personas que “nunca se equivocan”, que “siempre tienen la razón”, que siempre dan una explicación a su mal comportamiento y a sus palabras desacertadas. Y quizá muchos hemos caído en ese error alguna vez… o muchas.

Noemí no permitía que sus compañeros de trabajo cuestionaran la calidad de su labor; según ella, hacía todo perfecto. Un día, el jefe la llamó para encargarle una tarea que otro había hecho mal:
–Señora Noemí, como ya sabe, estos papeles no se entregaron a tiempo la vez pasada; le ruego que los haga llegar lo más pronto posible.
–¡Pero, señor, usted no me había pedido que los enviara!
–¿Le dije acaso que usted había fallado?
–Pero es que…
Noemí volvió la cabeza y se percató de algunas miradas de sus compañeros que, admirados por su conducta, mecían la cabeza de un lado para otro y murmuraban: «No tiene remedio»…

¿Cuántas veces hemos hecho algo parecido? ¿Cuántas veces al día decimos la consabida frase: «Pero es que…»?
¿Por qué nos preocupa tanto nuestra imagen? ¿Qué nos lleva a tratar de mantenerla intacta por todos los medios? ¿A qué le tememos? ¿Es que no somos humanos ni nos podemos equivocar? ¿Acaso conocemos a alguien que nunca yerra?…
Pero, sobre todas esas preguntas se yergue una más importante:
¿Qué pretendemos esconder con esa conducta? La experiencia unida a los estudios científicos han demostrado que bajo esa actitud de querer proyectar una imagen que no poseemos está siempre la conciencia cierta de que somos inferiores a los demás, es decir, una autoestima pobre.

Fernando es un hombre de mediana edad, de cuna humilde (cosa que nunca ha aceptado), a quien no le ha ido bien en la vida.
Aunque, al morir, su padre le confió el cuidado de toda su familia, su hermano fue el que se encargó de hacerlo; fue su hermano el que triunfó en los negocios, el que les dio estabilidad económica, el que les facilitó apoyo para sus empresas, el que les presta dinero para realizar todos sus sueños y poder alardear ante los demás de tener una fortuna apreciable, granjeada —por supuesto—, con sus “inmensas virtudes para hacer negocios, con sus buenas relaciones sociales y con los supuestos pergaminos de la familia”…
Ahora Fernando les dice a todos que las posesiones de su hermano son suyas, y finge triunfos que nunca tuvo. Casi todos los que lo conocen detestan su actitud constante de querer mostrar posesiones y cualidades que no tiene, su altivez y vanagloria persistentes, y un engreimiento que raya en el desprecio de los demás.
Mientras su ex esposa y sus hijos pasan dificultades económicas, viaja con frecuencia y hace gastos suntuarios; ante todos pretende que sus ingresos son altos y muy justos despilfarrando, mientras que al juez que lleva su caso de separación le lleva una relación de inmensas deudas a su hermano y jefe, de quien devenga un salario paupérrimo.
Este pobre hombre trata de encubrir sus faltas ante los demás intentando proyectar una imagen mejor de sí. Lo peor de todo es que quienes lo conocen, no solo se dan cuenta de sus intentonas, sino que se alejan de él cada vez más.

Si somos sinceros, en mayor o menor grado muchos de nosotros hemos caído en esa trampa de nuestro principal enemigo: la soberbia.
Cuando dejemos de decir sin atención aquello de que “nadie es perfecto”, cuando lo comprendamos de veras, cuando nos percatemos de que no somos la excepción, habremos dado el primer paso para no poner una coraza defensiva ante los demás. ¡Somos como todos!: erramos, pecamos, caemos, reaccionamos mal…
Si lo pensamos con un poco de sabiduría, llegaremos a la conclusión de que en las condiciones de los demás seríamos iguales de malos o peores.
Analicémoslo detenidamente: si hubiésemos nacido en el hogar en que nació Hitler, si hubiéramos heredado sus genes, si hubiéramos tenido los amigos que él tuvo y hubiéramos vivido las circunstancias que él vivió, ¿quién se atrevería a negar que habríamos hecho el mal que él hizo a la humanidad?…
¿Qué sería del Fernando de nuestra historia si alguien lo ama por lo que es, y no por lo que dice que tiene? Es probable que se comenzaría a valorar y, en la medida que lo haga, dejará de hacerse propaganda, dejará de inventar virtudes o cualidades, haciendas o propiedades, puesto que él sabe lo que vale por sí mismo, como ser humano que es, con cualidades y defectos, como todos.
Otra de las veladas formas de la soberbia No aceptar las ofensas de los demás.

A uno de mis maestros de kung–fu lo vi combatir con el mejor exponente de artes marciales de mi país. Fue una demostración extraordinaria de conocimientos y de habilidad física; quienes asistimos a este “espectáculo” (si se puede decir así) nos percatamos de qué tan lejos estábamos (y estamos) de llegar a esa destreza, a esa maestría.
Unos días después, mientras mi profesor me dictaba unas clases particulares en su academia, arribaron dos karatecas de otra academia de artes marciales a quienes yo conocía y de quienes tenía la certeza de que eran inferiores en cualidades marciales. Uno de ellos se presentó diciendo que era cinturón negro y que quería verificar cuánto sabía mi maestro. El otro afirmó que cualquiera de ellos le ganaría en duelo, y le pidió, en nombre de la valentía, que aceptara el reto instantáneamente.
Era para mí más que evidente que mi maestro no solo podría vencer a uno de ellos sino a ambos al mismo tiempo pero para mi sorpresa el maestro se negó:
–La valentía se expresa cuando hay que defender una buena causa, no para demostrar nada.
Uno de los retadores le preguntó:
–¿Es usted cobarde?
–Puede comenzar a pegarme. No me defenderé.
Estas últimas palabras fueron mágicas: no siguieron insistiendo…

El hombre que está seguro de su poder no siente la necesidad de demostrarlo porque conoce su fortaleza, y jamás se aprovecha de ella.
Lo mismo sucede cuando dicen cosas de nosotros que, sean verdades o no, hablan mal de nosotros: el sabio calla y el necio dice que “el que calla otorga” y se defiende con todas las armas posibles, incluyendo la ofensa; y de todos los modos posibles, incluyendo la venganza. Todo esto lleva, por supuesto, fácilmente a la pérdida de la paz individual y social.
Por otra parte, la competencia, cualquiera que sea, incita los ánimos para demostrar que somos mejores que los demás en cualquier campo: el deporte, la inteligencia, las artes, la ciencia, la política, los negocios, la habilidad para ganar dinero, la capacidad para conquistar bien sea una pareja o triunfos en la vida… Y lleva fácilmente a la soberbia.
Otra vez se hace indispensable recalcar que siempre habrá críticas contra nosotros, que no hay seres perfectos, que somos uno más —diferente, por supuesto— pero con cualidades y defectos, como todos.
Se podrá pensar que es indispensable negar lo que es falso, que cuando hacen una acusación falsa en contra nuestra, por amor a la verdad, conviene corregir el error. Efectivamente, si de esta acusación se derivan problemas o penalizaciones, es necesario rectificar; pero, en la mayoría de las ocasiones la crítica o la censura de nuestros actos se hace en el ámbito coloquial, sin consecuencias penosas graves para nadie diferente del acusado, que bien puede alzarse de hombros, si se valora por encima de los criterios de los demás, es decir, si es grande espiritualmente.
Gritar o emplear la fuerza física es propio de los que creen débiles sus argumentos o de los que no tienen la razón. La fuerza de los argumentos es intrínseca. La verdad no necesita ser defendida, se sostiene por sí sola.
Y cuando ofendemos al interlocutor estamos haciendo algo peor que cuando gritamos.
En fin, no necesitamos proyectar ninguna imagen para ser valorados ni para ser apreciados, basta un poco de conciencia certera de que somos iguales a los demás; ni superiores ni inferiores: unos tienen unas cualidades y unos defectos; otros poseen otras y otros, respectivamente.

La imagen que creo que proyecto a los demás
Otro error fatal para la felicidad y para la paz interior es el autoengaño. Comienza este por valorarnos poco y querer proyectar una imagen falsa de nosotros mismos; y sigue al creer saber lo que los demás piensan de cada uno de nosotros.
Pretender hacer creer, por ejemplo, que somos bondadosos, al hacer sin convencimiento propio un acto de caridad, sino exclusivamente para que los demás lo vean y nos aplaudan, va cargado de un humor maligno. El humor es el genio o la disposición en que uno se halla para hacer una cosa; y es perceptible:

En su consultorio, cuando un médico se interesaba sólo por el dinero que ganaba, los pacientes eran pocos.
Un día, hace muchos años, alguien le explicó que no era un negocio lo que él tenía, sino que prestaba un servicio. De pronto, su interés por el bienestar de los pacientes fue mayor que el beneficio económico que representaban. Eran seres humanos los que iban a buscar salud, y no bolsillos que podía desocupar.
Y los pacientes, poco a poco, se fueron aumentando…
¿Por qué se dio ese cambio en el número de pacientes?
Porque, al comienzo, ellos advertían fácilmente que no se interesaba en ellos, sino en sus billeteras. Por el humor, ese olor que se expele al hablar, al mirar, al expresarse, al movernos…
Ahora se dan cuenta de que su atención se centra en sus dolencias, en sus malestares, en sus intereses; y en cómo solucionarlos de la mejor manera posible.
Así lo han aprendido sus alumnos de posgrado y, quienes lo han puesto en práctica le han alegrado con sus buenas noticias: son felices sirviendo y, sin buscarlo, ¡ganan más dinero!

Hay que aprender a ser bondadosos, no a parecerlo.
Y así como se hace con la bondad, se pueden evaluar las demás virtudes.
Podemos hacer un examen de conciencia al respecto, preguntándonos lo siguiente para cada virtud:

 ¿Vivo diariamente y con sinceridad esta virtud?
 O, por el contrario, ¿solamente intento mostrarla?
 Cuando vivo esta virtud, ¿lo hago para servir o para lucirme?

Una vez hecho este análisis, se puede organizar un plan de lucha interior que busque lograr 3 objetivos:

1. Erradicar defectos,
2. mejorar virtudes o
3. hacer que las cualidades que ya se poseen tengan una recta intención.

El no aceptar los errores, defectos y pecados contrarios a cada una de estas virtudes sería soberbia.
Como se ve, es mucho lo que se puede mejorar en sinceridad, en buena intención. La lucha diaria será muy provechosa para el enriquecimiento de cada uno de nosotros, como también para prosperar en nuestras relaciones familiares, laborales y sociales.

La imagen que intento proyectar a Dios
Si intentamos engañarnos, nos hacemos daño. Si procuramos embaucar a los demás, los alejamos de nosotros. Pero si tratamos de fingir ante Dios, somos unos tontos: el que nos creó, ¿va a caer en nuestras trampas?; el que todo lo ve, ¿va a ser presa de la duda?; el que todo lo sabe, ¿va a ser engañado?…
En la Biblia Jesús cuenta una historia que nos sirve para exponer mejor esta idea:

«Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas”.
Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”.
Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Es de notar que los fariseos eran los más celosos observantes de la ley de Dios; algo así como los católicos convencidos y practicantes de hoy. Por su parte, los publicanos eran considerados pecadores.
Si se mira con detenimiento, la conducta del fariseo era de admirar: cumplía cabalmente sus obligaciones religiosas, hacía ayunos (los ayunos de entonces eran muy fuertes) y daba limosnas generosas…
Pero Jesús explica que la humildad del pecador atrae las gracias divinas, mientras que la soberbia del fariseo las rechaza.
Y nosotros, ¿nos creemos especiales por vivir bien nuestra religión? Eso sería soberbia y rechazaríamos la ayuda del cielo.

Eugenia es una señora muy especial: desde hace 14 años pertenece al grupo de oración de su parroquia, lleva 10 como catequista (da clases de catecismo para preparar niños a la primera comunión) y ahora es ministro extraordinario de la comunión, es decir, reparte la comunión con autorización del obispo. Todos la conocen en el barrio porque recoge comida y ropa para repartirla entre los más necesitados…
Un día, en una reunión social, alguien le dijo:
–Oye, Eugenia, ¿qué tal es el grupo de oración de san Juan Bosco?
Se refería a la parroquia contigua. Ella respondió:
–¡Nooo! Esos no saben hacer oración. Además, su director tiene errores crasos…

La soberbia, en la que todos caemos a diario, fue la responsable de que en la frase de Eugenia se entrevieran dos aspectos: primero, que —según ella— el grupo de oración al que pertenece es mejor que otros, y segundo, que ella es muy buen juez, probablemente debido a sus “muchos conocimientos” y a su trayectoria en la Iglesia.
Así actuamos a veces, cuando nos creemos “dueños” de la verdad.
Como esta, son muchas las formas de soberbia en las que podemos caer, produciendo daño propio y ajeno y, lo que es peor, deteriorando nuestras relaciones con Dios, único que puede ayudarnos a ser mejores y fuente única de nuestra felicidad.
Pero quizá la peor muestra de soberbia en este campo se da en el ecumenismo, el movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas.
Los cristianos, es decir, los que creen en Cristo, se dividen en 4 grandes grupos: los católicos, los cristianos orientales, los protestantes o evangélicos reformados y los anglicanos/episcopalianos.
Esa división es dolorosa: se atacan verbal y aun físicamente, y hasta se matan unos a otros.

Hace algún tiempo, un amigo verificó algo de eso cuando buscaba con quién instruirse más acerca de la vida y obra de san Francisco de Asís. Un día, oyó a un sacerdote que predicaba y que nombraba con frecuencia al pobrecillo de Asís. Lo abordó y le preguntó si era franciscano. Le respondió: «Yo amo mucho a Francisco, pero no amo a los franciscanos». En ese momento comprendió qué tan lejos estaba ese cura del espíritu franciscano… ¡Qué desilusión!
Y Jesucristo dijo precisamente lo contrario: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros».

Es sencillo y simple, entonces, deducir que si atacamos de una u otra forma a otros cristianos no seremos reconocidos como discípulos de Jesús.
No seremos reconocidos como discípulos de Jesús si somos miembros del grupo de oración de nuestra parroquia y criticamos a los de otra parroquia; si afirmamos que los franciscanos renovados son extremistas, porque viven en esa pobreza absoluta; si censuramos al Minuto de Dios y a todos los movimientos católicos carismáticos; si juzgamos fascistas a los integrantes de Tradición, Familia y Propiedad (TFP); si dudamos de la procedencia del dinero con que se mantiene Radio María; si calificamos a la asociación María Santificadora como “un grupo de fanáticos”; si calumniamos a los frailes menores de la iglesia de la Porciúncula —en Bogotá— diciendo que son los dueños del centro comercial que queda a su lado; si la emprendemos contra un párroco que nos cobró un servicio, porque “está llenándose de plata con las cosas de Dios”; si tildamos al Opus Dei como rígido y excesivamente conservador; si solo hablamos de los sacerdotes para destacar sus defectos; si hablamos de la Iglesia para reprocharla por las riquezas que posee en el Vaticano o en el mundo entero; si en los grupos de oración o de apostolado criticamos a nuestros compañeros porque “no se merecen el puesto que les han dado” o porque “no tiene las cualidades para realizar esa labor”; si no somos capaces de soportar los defectos de nuestros compañeros de fe; si destacamos la ineficacia de la labor apostólica de otro; si hacemos juicios a los sacerdotes o, peor, a los obispos o al Papa; si manifestamos pensamientos que desunen a los católicos; si hablamos de sacerdotes de “avanzada” o “retrógrados”…
Los discípulos de Jesús son los que unen, los que excusan siempre a los demás, los que tratan de ocultarles las fallas, los que los perdonan anticipadamente porque se sienten hermanos, los que dejan los juicios a Dios…; en fin, los que cuando no pueden alabar, callan.
Para dejar este defecto, Él mismo nos da el remedio:

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la Vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno».

¡Mordámonos la lengua para hablar de cualquier ser humano, pero hagámoslo más duro si se trata de un hermano!
Además, el nuestro no es “el” camino. De hecho, hay muchos: la infinita sabiduría de Dios ha suscitado múltiples movimientos apostólicos religiosos o seculares, porque así lo ha querido. Pero todos esos caminos deben distinguirse por algo muy particular. Y Jesús fue claro en eso: «En que os amáis los unos a los otros».
Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus discípulos, sino que vino a llamarnos a todos, hasta a los pecadores.
¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos equivocados? ¿Nos atreveríamos a afirmar que son pecadores? ¡Nos equivocamos también nosotros tantas veces! Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no pensaríamos, hablaríamos y actuaríamos como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros en esas circunstancias?
Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros ¡está con nosotros!
Ese ejemplo es Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.
Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia; sino obras, las que nos pide Dios. Y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos; amor ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros».

Ese amor y esa unidad, entonces, son la vacuna contra esta clase de soberbia.
Pero, además, la soberbia, verdadero virus del alma, se mete en todas partes: en la oración, en la comprensión de los mandamientos, en la lectura de la Biblia y del Catecismo de la Iglesia Católica, en la confesión de nuestros pecados, en nuestras devociones, a la hora de asistir a la Santa Misa… En fin, ese virus pequeñito, sin que nos demos cuenta, afecta toda nuestra fe.
Para comprender mejor esto, analicemos las siguientes preguntas con detenimiento:

 ¿Cuál es la imagen que tengo de Dios? ¿lo veo tan inmenso que no lo puedo comprender y dedico mi vida a descubrirlo poco a poco, sabiendo que nunca llegaré a penetrar su ser por completo? O, por el contrario, ¿creo que con mi inteligencia soy capaz de abarcarlo y entenderlo?
 ¿Está mi oración mental llena de palabras adornadas o elegantes? O, en cambio, ¿hablo con sencillez y humildad, sabiéndome siempre una criatura frente a Dios?…
 ¿Tengo una confianza absoluta en que Dios, si quiere, puede darme lo que le pido? O, al contrario, ¿me lleno de dudas a la hora de pedir?
 ¿Tengo miedo de presentarme ante un Dios tan perfecto, siendo yo un pobre pecador, o me da seguridad saber que Él vino a buscar a los pecadores y que me ama tal y como soy, siempre y cuando me arrepienta sinceramente y luche por vencer mis defectos?
 ¿Me rebelo cuando no consigo lo que le pido a Dios, o me digo que Él siempre sabe más y acato su voluntad?
 ¿Critico los mandamientos de la Ley de Dios o los de la Iglesia? ¿Digo que la Iglesia es retrógrada porque no acepta el uso de anticonceptivos, la esterilización o el aborto… O, en cambio, ¿soy humilde al acatar las normas que nos dio Jesús a través de su Iglesia?
 ¿Leo la Biblia por mi cuenta y riesgo, o apoyado en las explicaciones del Magisterio de la Iglesia? ¿Acepto que a la Iglesia la asiste el Espíritu Santo para interpretar la Biblia y que el Catecismo es una buena forma de entender mi Fe?
 ¿No me confieso porque pienso que lo puedo hacer directamente con Dios, o acato la orden que Él dio, y soy capaz de humillarme contándole mis pecados a otro pecador? ¿Acepto que el sacerdote tiene ese poder delegado por Dios?
 ¿Niego la devoción a la Virgen María y a los santos o, siento que no necesito de intercesores, porque soy perfectamente capaz, por mis grandes virtudes, de dirigirme directamente a Dios? O, por el contrario, ¿soy humilde y me acojo a todos los medios que haya a mi alcance para lograr las cosas buenas y nobles que deseo?
 ¿Me comporto en las iglesias como si Dios no estuviera allí? O, ¿creo firmemente en la presencia real de Jesús en la Hostia y el Vino consagrados, arrodillándome con devoción, haciendo un silencio respetuoso, adorándolo como al Señor de señores, Rey de reyes, Dios del universo?
 Como católico, ¿busco a Dios para usarlo en beneficio de mis egoísmos? O, al contrario, ¿pretendo únicamente devolverle a Dios la gloria que le hemos quitado con nuestros pecados y ayudarle a salvar almas?

Los temas son innumerables, pero la última pregunta del listado anterior es quizá la más importante, y se podría expresar de estos 2 modos:
¿Me busco yo o lo busco a Él?
¿Lo que me mueve es la soberbia? ¿o es el amor?

La imagen que realmente proyecto a Dios
Como ya se dijo, a Dios no lo podemos engañar. Él, incluso, sabe más de nosotros que nosotros mismos. Por eso, se da cuenta de nuestras más recónditas intenciones, de nuestros pensamientos más íntimos…
El primer obstáculo que solemos poner en nuestra relación con Dios es la concepción que tenemos de nosotros mismos: nuestras virtudes, nuestras cualidades y nuestras habilidades son, como nuestra vida, obsequios de Dios; nada de eso merecíamos.
Nacemos y vivimos porque Él lo quiso, no porque nos lo hayamos ganado por nuestros méritos. Tenemos inteligencia, salud, destrezas mentales o manuales, simplemente porque a Él le dio la gana. Todo lo bueno que hay en nosotros es un regalo de Dios.
Entonces, ¿de qué nos gloriamos, de qué nos ufanamos, de qué nos sentimos engreídos, de qué nos jactamos…? ¿Qué tenemos bueno que no nos lo haya dado Dios?
Asimismo, si no robamos, si no matamos, si no le hacemos mal a nadie, eso es, sencillamente, lo normal (aunque no sea lo común).
Lo mismo sucede con las acciones buenas que realizamos: el cumplir las obligaciones que tenemos como hijos, padres, hermanos, esposos, amigos, empleados o patrones: no es meritorio hacer el bien, simplemente es ser consecuentes con nuestra condición.
Ser buenos seres humanos o buenos católicos es lo que se espera de nosotros.
Nosotros ya hicimos la prueba que Dios nos puso y la perdimos: caímos en el pecado original. Habíamos perdido el derecho a la felicidad eterna en el cielo. Fue el Hijo de Dios, Jesucristo, quien gratis —por amor— pagó la deuda que teníamos con Dios Padre y, gratis, nos ganó de nuevo la posibilidad de ser dichosos por siempre junto a Él.
Dios quiere hacer de nosotros hombres santos y nos da la gracia para lograrlo; una gracia que proviene de los méritos de Jesús, no de nuestros méritos. Si nos ponemos en disposición para recibir esa gracia, si ponemos todos los medios materiales y espirituales, el Espíritu Santo actuará en nuestras vidas para hacernos como Él nos quiere: santos. Pero, a veces, estorbamos esa acción del Espíritu Santo.
En cambio, santos son los que simplemente hicieron lo que debían hacer. No estorbaron la acción del Espíritu Santo; Él pudo hacer su obra en ellos.
Por lo tanto, lo único que nos corresponde es no estorbar. Y si lo logramos, habremos hecho lo que Dios quería.
Él sabe que somos simplemente criaturas; que caímos con el pecado original y que, por lo tanto, somos débiles y susceptibles; que podemos volver a caer y que, de hecho, lo hacemos cada momento.
Pero Él nos ha querido llenar de sus tesoros de amor: la gracia de Dios conferida por los Sacramentos. El mismo san Pablo dice que llevamos esos tesoros en vasos de barro.
Y así, simples vasos de barro, Dios nos ama, con un amor infinito, como infinito es todo lo de Él.
Si Dios nos ama tal y como somos, ¿por qué no aceptar nuestra condición de criaturas, de pecadores?
Junto a Dios somos pequeños, pobres, pecadores… ¡Las tres “P” que nos distinguen!
Y así, con esas tres “P”, Dios nos ama tanto que su Hijo dio la vida por nosotros.
Con estos pensamientos, hemos llegado a la concepción más cercana a la verdadera humildad, lo contrario a la soberbia. Cuanto más nos alejemos de esta idea, tanto más cerca estaremos de la soberbia.
Porque eso es lo que soy cuando me siento mejor de lo que soy; cuando hablo como si fuera un “doctor”, un sabio; cuando actúo con vanagloria, esto es, con vana gloria, ¡porque la gloria es solo para Dios!
Y si miro mis soberbias, mis codicias, mis envidias, mis odios, mi gula, mi lujuria, mi pereza… siento que aterrizo en mi pequeña, pobre y pecadora realidad…
Pero Dios me llena de esperanza, porque Él me puede levantar cuantas veces me caiga: la confesión de mis pecados ante un sacerdote borra de su mente todos mis pecados, me limpia y me llena de gracia para seguir adelante en mis luchas por darle gusto… ¡Me da siempre una nueva oportunidad! ¡Qué muestra de amor tan grande!
Y si mis pecados son veniales puedo hacer un acto de contrición y un propósito firmes, y ¡arriba otra vez!
Además, en ambos casos, puedo recibir fuerza adicional en la Eucaristía: asisto a la Santa Misa con devoción y comulgo con el mismo Cristo que murió por mí en la Cruz, y me lleno de Él para vencerme en la próxima escaramuza contra la soberbia.
Sé que así, con su gracia, al final venceré: con Dios el triunfo está sellado con anticipación.
Por eso ahora paladeo, despacio, las palabras de esa oración tan corta que nos enseñaron cuando éramos niños:
«Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.: No quiero las alabanzas ni la gloria para mí, sino para ti, Dios Padre; no te la quitaré nunca más, Dios Hijo; ayúdame a glorificarte a ti, Dios Espíritu Santo. Porque la gloria es tuya desde el principio, desde la eternidad; la gloria es todavía hoy únicamente para ti; y seguirá siendo para ti siempre, por los siglos de los siglos, hasta después de que se acabe el mundo, por toda la eternidad.

Querer obligar a los demás

Sucedió con Andrés. Su esposa no le colaboraba en nada: todos los negocios los hacía él, había instalado varias veces almacenes que atendía él solo.
Le pregunté qué hacía su esposa y me contestó: «Lo de la casa, doctor, pero no me ayuda en nada…»
Tenían 4 hijos y no tenían empleada del servicio doméstico; la pobre mujer debía encargarse de mantener el aseo del hogar, de la comida y de la ropa de todos, de los estudios y de la educación de los niños (todos escolares), de hacer el mercado, de atender a su marido en todo, de asistir a las reuniones de padres de familia en el colegio, de sacarlos al parque y a las diversiones en vacaciones… Todo eso le tocaba hacerlo a ella, porque Andrés no tenía tiempo, ya que estaba muy ocupado en sus negocios… Él no hacía nada de eso y —según él— ¡ella no le colaboraba en nada!
«¿Colaborar?», le pregunté. Y me respondió: «Bueno, yo sé que no es colaborarme, porque es su obligación…»
Esto ya era el colmo. Pretendía que la esclava que se había conseguido como esposa, además de lo que ya hacía, le atendiera el almacén, quién sabe para hacer qué, mientras ella se mataba; además, Andrés llegaba tan cansado a la casa que no podía atender a ninguno de sus hijos, según me dijo. ¡Pobrecito!

Nos aterra esta historia y, sin embargo, ¡cuantas veces actuamos como Andrés! No siempre somos tan injustos, pero, ¿no es verdad que muchas veces deseamos que los demás piensen como nosotros, sin dejarles la más mínima libertad?
Y nos creemos “expertos” en solucionar los defectos de los demás: «Si fulanita me hiciera caso…» «Es que mengano debería…» «¡Si zutano se dejara ayudar!…» Los ejemplos podrían llenar muchas páginas y no acabaríamos de exponerlos.
Y si se trata de querer manejar la vida de los demás, qué mejor ejemplo que el de exigir que todos cumplan las leyes (las objetivas y las que nosotros inventamos) o el de reclamar nuestros derechos.

Ayer iba manejando mi carro por la calzada que me correspondía.
Por la vía contraria se acercaba un autobús que se detuvo, detrás del cual venía también un taxi, que no quiso esperar e, irrespetando mi legítimo derecho, se pasó a mi camino quedando frente a mí. La verdad, yo había podido pasar por un lado (había espacio), pero me resistía a darle paso a un infractor; por eso recibí un insulto (el consabido por todos), que me hizo reaccionar arracionalmente: lo reté (como un animal que muestra los dientes).
Por fortuna, sentí miedo de que tuviera un arma, y eso me hizo pensar en que lo que estaba haciendo era completamente contrario a mi dignidad de ser humano y a mi calidad de cristiano.
Además, lo que pretendía era inaudito: educar ¡por la fuerza! (qué contradicción: educar con la fuerza a un ser humano) a un hombre adulto en unos segundos, cuando durante toda su vida le habían enseñado a ser violento para defenderse…
Y lo peor de todo es que —¡qué horror!— este supuesto “educador de hombres” estaba a la altura de un animal que no posee inteligencia…

De estos errores se pueden aprender cosas positivas:
1. Primero, que, por ser pequeños, pobres y pecadores, nunca llegaremos a conseguir la perfección… Esto es bueno, ya que siempre que caiga en el error de la vana–gloria, habrá algo que me recuerde que soy de barro: frágil y quebradizo; de ese modo, quedará perpetuamente salvaguardada la gloria de Dios.
2. Segundo, debemos aprender que la aspiración de doblegar a los demás a nuestra forma de pensar es siempre soberbia. Por el contrario, el respeto a la libertad ajena es propio del alma grande que, como Dios, desea que el bien obrar nazca del interior de los demás —sin forzamientos—, y sabe esperar con paciencia hasta que se decidan a hacerlo y, en el peor de los casos, tolera las decisiones opuestas a su parecer, sabiendo que los demás son hermanos que pueden equivocarse, como nosotros. No quiere decir esto que se tolere el error; se tolera al hermano que cae en él, se lo ama y se lo aconseja, y se ora por él insistentemente, hasta que encuentre la verdad y, con ella, parte de la felicidad.
3. La tercera lección de este episodio es que las acciones pacíficas evitan los encuentros dañosos: si hubiera pensado en mi interior que aquel taxista tenía afán por llegar a algún lugar, que pensó que el bus se había detenido indefinidamente, que yo podía pasar por un lado sin estorbarle y sin perjudicarme (lo único que debía hacer era virar un poco), que nada puedo enseñar “a las malas” y que podría haber ofrecido esa pequeña molestia por la salud espiritual de ese taxista, me habría evitado un disgusto y se lo habría evitado a él, nos habría ahorrado unos minutos, habría actuado a la altura de un ser humano, habría sido consecuente con mi condición de católico y, lo que es mejor, habría convertido esa situación en una ocasión para orar por el taxista —en una actitud cristiana— y, por lo tanto, nos habríamos enriquecido ambos…
En menor medida, siempre que criticamos a alguien estamos tratando de decir que somos mejores que los demás, que sabemos más que ellos, que poseemos la verdad o que los demás caen más en el error, etc.
Por eso la crítica es doblemente mala: por más pequeña que sea, suscita nuestra soberbia e incita a la comparación, siempre con resultados adversos al amor de Dios.

El remedio
“La humildad es la verdad”, dijo santa Teresa de Ávila; y tenía razón: humildad es saberse criatura, saberse de barro, saberse débil, auxiliarse en Dios, acogerse a la intercesión de los ángeles y de los santos. Es saber que si Dios nos deja un instante, no solo caemos, sino que dejamos de existir. Pero hay más: es actuar con concordancia con ese modo de pensar.
Así como se vio la definición del Diccionario para la palabra soberbia, leamos la de la humildad, su contraria:

Humildad: del latín humilitas, -atis.
Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

De acuerdo con lo que se ha dicho hasta ahora, nadie ha sido totalmente humilde. Algunos, como san Francisco de asís y san José, se han convertido en verdaderos paradigmas de esa virtud. Pero quienes nunca fallaron al vivirla son la Santísima Virgen María y Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Por eso, vale la pena analizar someramente alguno de sus actos o actitudes al respecto:
Empecemos por san Francisco de Asís. Su vida de entera, tras su conversión, fue una oda a la humildad. Leamos sólo un pasaje de su biografía:

«Celebrado por todos y por todos ensalzado, solo para él era un ser vilísimo, solo él se consideraba con todo ardor objeto de menosprecio. Con frecuencia se veía honrado de todos y por ello se sentía tan profundamente herido, que, rehusado todo halago humano, se hacía insultar por alguien. Llamaba a un hermano y le decía: “Te mando por obediencia que me injuries sin compasión y me digas la verdad contra la falsedad de estos”. Y mientras el hermano, muy a pesar suyo, lo llamaba villano, mercenario, sinsustancia, él, entre sonrisas y aplausos, respondía: “El Señor te bendiga, porque dices la verdad; esto es lo que necesita oír el hijo de Pedro Bernardone”. De este modo traía a su memoria el origen humilde de su cuna.
Con objeto de probar que en verdad era digno de desprecio y de dar a los demás ejemplo de auténtica confesión, no tenía reparo en manifestar ante todo el público, durante la predicación, la falta que hubiera cometido. Más aún: si le asaltaba, tal vez, algún mal pensar sobre otro o sin reflexionar le dirigía una palabra menos correcta, al punto confesaba su culpa con toda humildad al mismo de quien había pensado o hablado y le pedía perdón.
La conciencia, testigo de toda inocencia, no lo dejaba reposar, vigilándose con toda solicitud en tanto la llaga del alma no quedase enteramente curada.
No le agradaba que nadie se apercibiera de sus progresos en todo género de empresas; sorteaba por todos los medios la admiración, para no incurrir en vanidad.»

En estos párrafos se ve una de las expresiones históricas más bellas de la virtud de la humildad.
Bien lejos nos sentimos de este santo al comparar nuestras vanidades, orgullos y soberbias con esa purísima humildad, pero también es edificante e iluminador este ejemplo que invita a seguirlo. La lucha será dura, pero bien sabemos que, con la ayuda del Espíritu Santo, nos acercaremos cada día un poco más.
Adentrémonos ahora en las vidas de dos seres humanos muy especiales, para comprender mejor esta virtud y para aprender a vivirla, ya que en ellos residió de forma maravillosa.
Se trata, en primer lugar, de la Virgen María, aquella mujer en la que esperaban todas las generaciones, puesto que sería ella la Madre del Salvador de la humanidad.
Anunciada con siglos de anterioridad, el pueblo judío la ansiaba tanto, que la esterilidad femenina, ya una gran pena, tenía una connotación adicional: “De esta no nacerá el Mesías”.
Madre de Dios, título extraordinario, imposible de emular y solo explicable para quienes se han dado cuenta del poder infinito de Dios; y, sin embargo, ¿quién era ella? ¿Una reina o emperatriz, llena de títulos nobiliarios y de posesiones, que nacería y viviría en la ciudad más importante del reino más poderoso del mundo, ante cuyo esposo se doblaban todas las rodillas…?
No. Era, simplemente la esposa de un humilde carpintero, que vivía en una ciudad desconocida si no fuera por los muchos ladrones y prostitutas que la habitaban… Cicerón, hacía poco, escribía que quienes dedicaban su vida a trabajos manuales no debían ser considerados seres humanos…
Cuando fue visitada por el ángel que le informó que la tercera Persona de la Santísima Trinidad la fecundaría para traer al mundo visible al Hijo de Dios, no salió a la calle gritando: «¡A mí, a mí me escogieron para ser la madre del Mesías! ¡Soy yo!…» Ella, según el Evangelio, guardaba todas esas cosas en su corazón:
Ubiquémonos en Nazaret, en la casa paterna de María:

«Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo.
Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás”.
María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible”.
Dijo María: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí tal como has dicho”. Después la dejó el ángel».

Se nota claramente que, después de preguntar lo necesario para hacer lo que Dios le mandaba hacer, la actitud de María fue ponerse a las órdenes de su Señor, no en calidad de empleada o de asalariada o de “voluntaria”, tal y como lo entendemos hoy día, sino en calidad de esclava. Y esclavo significa la persona que por estar bajo el dominio de otra carece en absoluto de libertad.
Asistir a la Santa Misa, hacer oración, dar limosnas, ofrecer a Dios unos minutos a la semana para trabajar en una obra social o apostólica…, todo eso es nada cuando lo comparamos con el hecho de entregar a Dios nuestra libertad: le estamos dando lo mejor de nuestra vida, toda nuestra vida.

«De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al ángel, y alababan a Dios con estas palabras: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia”.
Después de que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer”. Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre. Entonces contaron lo que los ángeles les habían dicho del niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían.
María, por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior».

Nada de propaganda. Nada de soberbia. Nada de orgullo. Nada de vanagloria…

«Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor. El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.
Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: “Ahora, Señor, ya puedes dejar que tu servidor muera en paz como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos, luz que se revelará a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”. Su padre y su madre estaban maravillados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Mira, este niño traerá a la gente de Israel ya sea caída o resurrección. Será una señal impugnada en cuanto se manifieste, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres”.
Había también una profetisa muy anciana, llamada Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser. No había conocido a otro hombre que a su primer marido, muerto después de siete años de matrimonio. Permaneció viuda, y tenía ya ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo día y noche al Señor con ayunos y oraciones. Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a Dios hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

Como el ángel le contó que su prima estaba embarazada, María la visitó. Leamos el pasaje:

«Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la Madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre! Muestra su misericordia siglo tras siglo a todos aquellos que viven en su presencia. Dio un golpe con todo su poder: deshizo a los soberbios y sus planes. Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su siervo, se acordó de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a sus descendientes para siempre.”»

¡Admirables palabras de elogio las de Isabel! ¡Y verídicas: bendita entre todas las mujeres del mundo y de la historia, bendito más que nada ni que nadie el fruto que hay en tu vientre: el Hijo de Dios. Y, por lo tanto, ella es la Madre de mi Señor, de alegría de mis entrañas, dichosa.
Y, sin embargo, las palabras de María muestran la humildad de la mujer más maravillosa que ha existido:
La grandeza del Señor se fijó en su humilde esclava. ¡Esclava! no más que esclava.
Es el Poderoso el que ha hecho obras grandes: ¡Santo es su Nombre!
Es que Él deshace a los soberbios y sus planes, derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes, colma de bienes a los hambrientos, y despide a los ricos con las manos vacías.
¿Aprenderemos? Si ella, la mayor criatura del universo, más encumbrada que los ángeles (superiores en naturaleza a los seres humanos), Madre de uno que es Dios, se llama a sí misma esclava, nosotros, ¿a qué aspiramos? ¿a llenarnos de nosotros mismos?
Además, ese silencio, esa humildad, esa sencillez y esa pequeñez fueron la causa de que la historia cambiara para nuestro bien.
Y esa eficacia se puede verificar en la historia de cada uno de nosotros, cuando no interrumpimos la acción del Espíritu Santo.
Es que no se trata de “hacer” cosas; el que las hace es Dios. Se trata de “dejar hacer” su obra al Espíritu Santo.
Debemos ser una especie de cristal, a través del cual pase la luz del sol, es decir, la gracia de Dios; pero ese cristal puede estar opacado por las manchas de nuestra soberbia…
En la medida en que desaparezcamos pasará la luz de Dios a los demás, más clara y pura; en la medida en que seamos transparentes se verá la acción del Espíritu Santo en las almas; en la medida en que no nos hagamos sentir, en que no nos notemos, en que pasemos desapercibidos, Dios hará su obra.
Limpios por la humildad que consiste en sabernos nada —Él es que actúa—, seríamos tan transparentes que nos asemejaríamos a nuestra Madre del cielo.
Es también impresionante verificar que la humildad de María, la Madre de Dios, no se ha mermado después de los episodios de la Encarnación, la visita a su prima Isabel, el nacimiento, los elogios de Ana y Simeón e, incluso, después de su paso por la vida temporal.
Los Evangelios la muestran muy pocas veces después de estos acontecimientos: en la pérdida y hallazgo del Niño Dios en el templo y en la realización del primer milagro de Jesús. Después de este último acontecimiento, parece que la Virgen —la humildad personificada— desaparece de la escena, para dar paso a Jesús, con la siguiente frase: «Hagan lo que Él les diga».
Sale Jesús al escenario, comienza su vida pública, y María desaparece, para dejarse ver en el momento del dolor, cuando Jesús es apresado. Humildad y valentía: cuando todos huyen y lo dejan solo, reaparece María…
Hoy, siglos después, María permanece en el corazón de los católicos, oculta en nuestra pequeñez, infundiéndonos brío para seguir adelante… en silencio. Un silencio eficaz como ninguno.
Es, además, despreciada por muchos que quieren destruirla, acabar con la devoción que se le tiene en el mundo entero, sacarla del Evangelio y de la vida de Fe (y esto lo desean hasta sus propios hijos cristianos)…
Y, sin embargo, ¡qué eficacia la de María: nos trajo al Hijo de Dios!
Él mismo quiso venir al mundo a través de María.
Cuando se manifestó al pueblo de Israel, los pastores lo encontraron junto a María, su Madre.
Cuando se manifestó al resto del mundo, los Reyes Magos lo hallaron junto a María, su Madre.
Cuando se manifestó por primera vez como Mesías, en las bodas de Caná, estaba junto a María, su Madre.
Cuando nos redimió con su Sangre, junto a Él se encontraba María, su Madre.
Cuando la Iglesia oraba unida, lo hacía junto a María, su Madre.
He aquí la primera paradoja cristiana: cuanto más importante es alguien para los designios de salvación, tanto más sencilla y humilde la escoge Dios.
Por lo tanto, si queremos ser buenos instrumentos de Dios, debemos ser muy humildes.
La segunda paradoja cristiana: cuanto más humilde es el instrumento, tanto más eficaz es.
¡Tachemos nuestro ego de nuestras vidas, para ser eficaces en las manos de Dios!
La tercera paradoja cristiana es palabra del mismo Dios: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».
Y, si María permaneció y permanece tan oculta, ¿qué pretenderá Dios con la vida escondida de san José?

 En el universo, en la creación entera, soy sólo una simple y pequeña criaturita. Por eso mi vida a partir de ahora será adorar, glorificar y servir con toda humildad y sencillez al Dios todopoderoso que me dio la vida, lo que tengo, la capacidad de amar y la promesa de la eterna felicidad junto al Él, único que puede saciar las ansias de sus criaturas.

  
 Nada tengo, nada sé, nada puedo, nada valgo, nada soy… Nada merezco… Pero «todo lo puedo en aquél que me fortalece».

 Sólo el humilde puede ver el poder de Dios.

 Señor, que tu gloria resplandezca en mi humildad.

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El «edificio» espiritual

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

Existe una especie de edificio espiritual, donde viven todos los seres humanos.

Cada uno puede ubicarse para saber en qué piso se encuentra. Así podrá ir subiendo, hasta llegar a la unión verdadera e íntima con Dios, fuente única de la felicidad.

 

El sótano

Aquí están los que se encuentran en pecado mortal.

Por fortuna, son muy pocos los que están en este subterráneo: la mayoría de las veces se trata de almas que por ignorancia han actuado mal; otras, por coacciones psicológicas; y otras, por otras causas. Todas estas, por lo tanto, no viven en este sótano, sino en pisos superiores.

Por eso es doloroso oír, de vez en cuando, a las personas que teniendo plena advertencia y pleno consentimiento hacen algo malo y grave.

En esta cueva hace mucho frío y hay mucha oscuridad. Falta el amor, eso que nos hace sentir vivos, eso que da sentido a la vida del hombre, eso que le da el calor y la luz. No hay amor porque no está presente Dios, fuente única del Amor verdadero. Aunque lo nieguen o no se percaten de ello, las almas que viven aquí son infelices, confunden el amor con las pasiones o con el sentimentalismo, y así hieren a sus parientes, amigos y conocidos, y se alejan cada vez más de la posibilidad de encontrar la felicidad verdadera.

Además, se dejan llevar por las tentaciones de los espíritus malignos que habitan en esta, su cueva, y se van sumergiendo cada vez más en el mal. Helados y pasmados por el frío más intenso del desamor, pasan las horas impulsados constantemente por los demonios a pensar mal, a hablar mal, a hacer el mal, a no cumplir con sus obligaciones. Heridos por el pecado mortal como están, son presa fácil del demonio. A veces llegan con tentaciones difíciles de vencer o en condiciones peores. Es impresionante, por ejemplo, ver acá personas con obsesiones por un tema determinado: su supuesto o real desequilibrio psicológico, una persona en particular, el odio, el sexo, su orgullo, el dinero y las riquezas, su envidia o su pereza para salir de la situación en la que están… Todas estas son obsesiones demoníacas.

Es que en las paredes, por todas partes, se ven imágenes que invitan al mal. Las principales son siete: la soberbia, la lujuria, la codicia, la envidia, la gula, la pereza y la ira: los pecados capitales.

Hay, además, un túnel que conduce a una habitación inferior más sombría y tenebrosa, a través del cual algunos están entrando, muchas veces sin saberlo, al satanismo…

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

Debemos dar gracias a Dios porque siempre, en su infinita misericordia, pone al alcance del pecador una oportunidad, pues lo único que desea, por el amor tan grande que le tiene, es que se convierta y viva, pues Él murió por los pecadores[1]: todos los que estén en pecado mortal, antes de cualquier otra cosa, deben ir al único lugar del sótano por el que pueden salir de este atolladero: el ascensor, es decir, el confesionario. Allí está la única pero pequeñísima fuente de luz: el minúsculo botón que se oprime para llamar al ascensor. Sin la confesión, será imposible que surtan efecto en ellos las terapias psicológicas o psiquiátricas, o asesorías de otro tipo.

Y Dios desea que todos los que están en este lugar salgan pronto de Él; para eso vino al mundo. Veamos lo que le dice Jesús a una de estas almas:

«Hijo querido, yo soy Jesús, y este nombre quiere decir Salvador. Por eso mis manos están traspasadas por los clavos que me sujetaron a la Cruz, en la cual he muerto por tu amor. Mis pies llevan las mismas señales y mi Corazón está abierto por la lanza que me introdujeron en él después de mi muerte.

Así vengo a ti, para enseñarte quién soy y cuál es mi Ley. No te asustes: ¡es de amor!… Y cuando ya me conozcas, encontrarás descanso y alegría. ¡Es tan triste vivir huérfano! Venid, pobres hijos… Venid con vuestro Padre.

Tú me has ofendido, yo te perdono.

Tú me has perseguido, yo te amo.

Tú me has herido de palabra y de obra, yo quiero hacerte bien y abrirte mis tesoros.»[2]

 

El primer piso

En esta primera planta están aquellos seres humanos que viven ajenos al amor de Dios, porque no lo conocen o porque sus vidas han sido influidas por un materialismo muy fuerte, que no los deja vivir en el espíritu.

Los hay de dos tipos: los ateos, quienes niegan la existencia de Dios, y los que viven el llamado ateísmo práctico: aceptan teóricamente que Dios existe, pero actúan, hablan y piensan como si Dios no existiera.

Muchos cristianos que viven en esta planta baja, pegados a la tierra, sin miras superiores. Permanecen olvidados de Dios en su vida personal, familiar, laboral y social. Los atraen únicamente las imágenes de felicidad que hay pintadas en las cuatro paredes, los dioses del mundo: el placer, el tener, el poder y la fama.

«Yo no hago mal a nadie», suelen repetir machaconamente, pues no saben amar.

Bautizados pero no convertidos, se acuerdan de Dios únicamente en los momentos de apremio, para olvidarse de Él tan pronto como salen de sus problemas o cuando no los auxilia de inmediato, de acuerdo con sus exigencias, renegando —a veces— de su Creador.

El suelo está lleno de huecos, cubiertos con una tela negra, por donde caen con facilidad al sótano, especialmente uno que está en el centro, y que es el mayor. Estos huecos son todas las ocasiones de pecar gravemente que se les presentan de continuo. Un simple descuido y ¡caen a las tinieblas del pecado! Inmediatamente después, los demonios se apresuran a colocar una nueva tela negra con la que se oculta el hueco y se evita que entre luz al sótano.

En este primer piso no hay ventanas; la poca luz que le llega proviene del ascensor, cuando se abren sus puertas, el Sacramento de la Reconciliación.

Pero, además, se divisa otro sitio donde hay algo de luz: una escalera que tiene únicamente tres gradas altas. Estos visos de luz provienen de la ley natural que, con la gracia de Dios, puede llevar a las almas al conocimiento de Dios, a aceptarlo y a iniciar su búsqueda: es necesario que la persona haga el esfuerzo de subir el primer peldaño, el cual consiste en escuchar con atención el Evangelio: que existe un Dios–Padre que la ama entrañablemente y que desea todo lo mejor para ella; así podrá acercarse a conocer a ese Dios–Amor. El segundo escalón es, para algunos, un poco más difícil, por lo alto que es para ellos: aceptar que somos simplemente criaturas, que nuestro ser depende del Creador, que no podemos manejar nuestra vida tan acertadamente como Él, pues nos ama infinitamente y, como nos hizo, sabe mucho mejor qué es lo mejor para nuestra felicidad. Una vez en esta grada, se puede pasar al tercer escalón: como Creador, Dios tiene una Ley, «pero una Ley llena de suavidad y de amor»[3]: vivir las obligaciones del bautismo.

 

El segundo piso

Aquí están todos los que, movidos más por interés que por amor, ejecutan lo estrictamente necesario para merecer, al fin de la vida, la recompensa de sus trabajos. Cumplen los mandamientos, no tanto para ganarse el Cielo cuanto para no ir al infierno.

Con frecuencia, en este sitio se ven los que pertenecen a «grupos de oración» y a espectáculos de sanación en los estadios; asisten asiduamente a la celebración de la Eucaristía y oran con continuidad; cuentan las maravillas realizadas en ellos desde que se acercaron a Dios, están enfervorecidos animando a otros a seguir ese camino… Pero no está centrado su interés en dar gloria a Dios, sino en conseguir, bien cosas materiales, bien espirituales, como encontrar alivio a sus penas, llenar sus vacíos interiores, «huir» de la cruda realidad, llenarse de paz y de gozo espirituales, etc.

Y esa paz y ese gozo se les van, cuando no «sienten» la presencia de Dios, cuando las cosas no les salen como querían, cuando tienen un percance, cuando su supuesta fortaleza se derrumba con la muerte de un ser querido o una tragedia o un percance económico o la traición de un amigo…

Acá viven también los que se complacen porque son «de los buenos, no como los demás pecadores». A veces se ufanan ante los demás de ser buenos cristianos. Los hay también orgullosos de sus buenas obras, de sus rezos, de su «amor» para con los demás…

Como se puede deducir fácilmente, todos ellos se acercan a Dios por interés, para sacar utilidades. No han leído a Dios, quien dice:

«La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón»[4].

Las paredes, en este piso, tampoco tienen ventanas. A cambio de eso, en la parte alta de las paredes hay unas pequeñas claraboyas que dejan pasar algo de luz al recinto. Desdichadamente son pocos los que pueden empinarse para ver algo del Cielo, debido al peso que llevan a sus espaldas: su egocentrismo.

Esas paredes estás tapizadas con espejos, donde la mayoría se la pasan mirándose y aumentando su egoísmo, ese inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de Dios ni del de los demás. Hasta los hay ya ególatras, con un amor excesivo de sí mismos.

Todos los que aquí viven, caerán fácilmente por los huecos pequeños que hay en el piso, cubiertos también engañosamente por una tela gris oscura, cuando sean atraídos por las llamadas provocativas de los ángeles malos, es decir, las tentaciones a las que son sometidos, especialmente en el agujero de su soberbia.

Pero sí sabrán cuidarse mucho del agujero grande que está en el centro, tapado por una tela negra: les aterra la idea de pecar gravemente y, si caen, pronto se reconciliarán con Dios; pero están mucho más lejos de Dios de lo que creen.

Ese autoengaño les causa muchas penas cuando alguna otra persona los delata o cuando ellos mismos se percatan de su verdadera situación.

Además del ascensor —el perdón divino a través de la confesión—, pueden tomar la escalinata que hay para subir a pisos superiores: aprender que amar a Dios consiste en cumplir los mandatos amorosos que nos dejó a través de Moisés y de la Iglesia:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos»[5].

 

El tercer piso

Permanecen en esta planta los que no han comprendido el amor con que su Dios los ama; no les falta buena voluntad; viven bajo la Ley, pero sin amor; siguen la inclinación natural hacia el bien que la gracia depositó en el fondo de su corazón.

En términos generales son hombres buenos: cumplen los mandamientos, asisten a la Santa Misa, son honestos con los demás, con su trabajo y, en cierto sentido, con Dios.

En este habitáculo también hay agujeros, pero es más fácil descubrirlos, pues la tela que los cubre es gris clara. También se encuentra el hueco del centro, mayor que los demás, pero menor en tamaño que el de los pisos uno y dos.

En los muros de este piso hay ventanas por las que se ve la creación visible: los reinos mineral, protista, vegetal y animal, como también los seres humanos. En cambio, aquí permanecen casi siempre escondidas esas realidades invisibles —pero realidades—, como la Santísima Trinidad, la Virgen María, los arcángeles, los ángeles, los querubines, los serafines, los santos, las almas del purgatorio o, también, los demonios.

Sin embargo, entra suficiente luz para que, cuando alguien les explique un poco más de lo que ven, puedan observar esas otras verdades espirituales.

También entra algo de calor: cuando se les presenta la posibilidad, los que viven acá se mueven a compasión, se muestran caritativos con los necesitados.

A los que viven aquí, aunque no son servidores voluntarios pues no se presentaron nunca a recibir las órdenes de su Señor, como no tienen mala voluntad, les basta a veces una invitación para prestarse gustosos a los servicios que les piden; es decir, una propuesta a subir por la escalera ancha que lleva al piso siguiente: es bueno recordarles que Dios ya les ha dado la vida, lo que tienen desde el punto de vista material y la Fe; además, conviene recordarles que Jesús se encarnó y los redimió, y que los llenó de privilegios: la Iglesia, los sacramentos y la promesa de la felicidad eterna en el Cielo.

Esa escalera es, por lo tanto, la evangelización.

 

El cuarto piso

En esta etapa espiritual están los que sintieron conmoverse su corazón ante lo que el Hijo de Dios ha hecho por salvarlos y, llenos de buena voluntad, se presentan a Él, buscando cómo podrán publicar la bondad de su Señor y, sin abandonar sus propios intereses, trabajar por los de Jesucristo.

Cumplen con sus obligaciones de hijos, hermanos o padres y, mientras trabajan honradamente, sacan el tiempo necesario para colaborar con Dios en la salvación de las almas y en la extensión de su Reino:

Son, primero, almas de oración diaria; viven intensamente la Eucaristía como centro de su espiritualidad, ya que en ella encuentran la esencia de su salvación; rezan el Santo Rosario con gran devoción y realizan otras oraciones buscando pagar así a Dios todo lo que Él les ha dado.

En segundo lugar, trabajan en obras de apostolado en su parroquia o colaboran con los sacerdotes en todo lo que su tiempo y obligaciones se lo permiten… En fin, aman a Cristo.

La luz que hay en este piso entra por todos lados, ya que sus paredes son cristales: no solamente se puede contemplar la naturaleza, sino que se ven más fácilmente las realidades espirituales; además, la temperatura es cálida, puesto que hay amor a Dios y, consiguientemente, amor por los demás.

Ciertamente hay huecos en el piso, pero están destapados y son, por lo tanto, visibles: es más fácil distinguir el pecado de la virtud. Por otra parte, el agujero del centro, el del pecado mortal, es menor que el del tercer piso. Por eso hay paz…

A estos, el Padre del Cielo les ha dicho:

«Guarden la Ley que les ha dado su Dios y Señor. Guarden mis mandamientos y, sin desviarse a derecha ni a izquierda, vivan en la paz de sus fieles servidores».

 

El quinto piso

Se hallan aquí los que han conocido verdaderamente a Dios y, movidos por impulsos del amor, sienten vivos deseos de entregarse por completo al servicio de Dios Padre, sin ningún interés personal.

Dicen así:

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

Dios Padre les ha respondido:

«Deja tu casa, tus bienes, déjate a ti mismo y ven; haz cuanto yo te pida»[6].

Analicemos esas palabras del Padre: «Deja tu casa» no significa «Deja tu hogar». La casa, el edificio para habitar, es distinto del hogar, palabra que viene de hoguera y que significa sitio donde se hace la lumbre, fuego, calor, «calor de hogar», es decir, familia.

Lo que hay que dejar, entonces, es el amor por lo material. De hecho, Dios nunca querrá que dejemos de amar a nuestros seres queridos; por el contrario, nos pide encarecidamente que nos amemos los unos a los otros:

«Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando.» [7]

Y nos dice, además, cómo debemos amarnos:

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos.»[8]

¡Hasta dar la vida debemos amarnos!

En cambio, sí nos pide que no amemos así la «casa», es decir, todo lo que significa: el edificio mismo, los muebles, los electrodomésticos, la ropa, la comida, el dinero que se debe conseguir mensualmente para mantener esa casa…

Tampoco debemos apegarnos a los demás bienes materiales.

Esas cosas deben representar para nosotros un préstamo que Dios nos hace en esta vida terrenal, para nuestro bienestar y para el de los demás; no más, como a veces ocurre cuando les damos tanta importancia, que se nos olvida lo principal: la gloria de Dios y la salvación de las almas.

«Marta, Marta,    andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»[9]

Luego dice: «déjate a ti mismo», queriendo significar con eso que tampoco nos pongamos a nosotros mismos por encima de esas finalidades fundamentales de nuestra vida. Él lo había dejado claro:

«Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”.»[10]

No quiere Dios que nos despreciemos o que nos odiemos, sino de que dejemos nuestros intereses egoístas por lo único que vale la pena: el amor de Dios.

Luego prosigue diciendo: «y ven». Con esto quiere decir: «ven hacia mí», es decir, deja todo eso y decídete por mí, hallarás lo que necesitas para ser feliz.

Por eso, los que viven aquí, si son casados, aman a su cónyuge y a sus hijos por amor a Dios, para su gloria: conciben que el cónyuge es la imagen de Dios a quien ellos tienden y en quien encuentran su verdadero complemento… Y aman sin reservas egoístas a sus hijos, porque saben que eso alegra el Corazón de Jesús. Si son sacerdotes o religiosos, entregan su sexualidad en una oblación perfecta, directamente, a Dios.

Todos saben que su trabajo será, como su vida espiritual, oración y unión con la Cruz de Cristo. Por eso lo hacen bien, para ofrecérselo diariamente a Dios, como homenaje a su realeza y a su bondad…

Entre sus conocidos son ejemplo de paz y gozo interiores, de amistad sincera y desinteresada, de generosidad, de desprendimiento, etc.

Su lema es:

 

«Como criaturas, vivir para glorificar a Dios Padre;

revestidos de Jesucristo, ayudarlo a salvar almas;

y, llenos del Espíritu Santo, derramar ese amor a todos.»

 

Este último piso es la terraza, desde donde se puede explayar la vista; además, está cerca del Cielo: se viven las realidades espirituales.

Con agujeros más pequeños, tiene poco riesgo de caer en el  pecado, y son verdaderamente libres.

Sin paredes, cerca del calor y de la luz del Dios— Sol, los que habitan este privilegiado lugar no tienen otro deseo ni otra ocupación que no sea hacer la Voluntad de Dios.

Centran su vida en conocer esa divina Voluntad, a través de la oración, y en ponerla en práctica de inmediato y del modo más perfecto, para agradar a su Creador y Redentor. Pasan los días, las horas y los minutos pendientes de cómo satisfacer a Dios y ayudarlo a salvar almas.

Aman entrañablemente a Jesús sacramentado, asistiendo con fervor al Sacrificio incruento de la Santa Misa, comulgando con admiración por el amor de Dios que se empequeñece para ser alimento y vida de los bautizados, visitando con frecuencia a Jesús en el Tabernáculo…

Viven en actitud de agradecimiento, adoración y alabanza: es su vida la que alaba a Dios: con sus obras, con sus palabras y con sus pensamientos… Hasta con sus sentimientos quisieran hacer lo que la Sagrada Escritura llama sacrificios de alabanza…

Y escogen la Cruz: no van a la oración a recibir consuelo sino a dárselo al Sagrado Corazón de Jesús; si el Señor se les muestra esquivo y hay «sequedad» espiritual, la aceptan con tal de agradar a su Dios, y nunca fallan a la cita con su Jesús; su oración ya no es por ellos mismos, es por los demás: para que sean eternamente felices; se concentran sólo en la Gloria de Dios y en la salvación de las almas.

De hecho, aman la Cruz: saben que Jesús nos redimió en la Cruz, no con los milagros ni con la fama ni con el bienestar; ni siquiera con la predicación. Por eso, a la hora de los servicios a los demás o de las tareas apostólicas, escogen las más sacrificadas y escondidas; Prefieren no sobresalir, esconden sus virtudes, dejan que Jesús se luzca…

Recuerdan cómo murió Jesús: sentía dolor físico, sed, los tormentos de la agonía, todos lo habían abandonado, se le iba la vida… Y quiso amar más: sintió hasta el abandono de su Padre:

«Y a esa hora Jesús gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”»[11]

¡Es el colmo del despojo! ¡Es el colmo de la entrega! ¡Es el colmo del amor!

Por eso, los del quinto piso no menosprecian el frío, el calor, el dolor físico, el desprecio, la indiferencia, la pobreza, el hambre, la sed, la enfermedad, la crítica, el irrespeto, la esclavitud, la ira de los demás, la humillación, el desamor, la deshonra, la soledad, el desamparo, el rechazo, el cansancio, la ingratitud, las ofensas, el desconsuelo, la incomprensión, la incomodidad, el desprestigio, la cárcel, el despojo, la mala interpretación de los demás, la injusticia…[12] Aceptan todo eso con amor, por amor a Jesús y a las almas, se unen así al Redentor y se alistan, sin buscarlo, al premio que les espera.

Mientras tanto, sólo desean amar, amar, ¡amar!

De aquí salen los mártires. Por eso podemos decir que el martirio es una consecuencia, no algo que se busca. Asimismo, la santidad no es una finalidad, es un resultado. Resultados ambos del amor a Dios.

Aquí se da la oración de contemplación[13], porque aquí desaparecen los egoísmos, los apegos, y los apetitos; todos quedan desnudos de todo: solo les importa Dios. Hacer eso es poner por obra lo que les dijo Dios Padre: dejar su casa, sus bienes, dejarse a sí mismos y, con Jesús, hacer cuanto el Espíritu Santo les pida.

Solo aquí la muerte es un paso: desde este séptimo piso (contando los sótanos) vuelan las almas, suavemente, sin sobresaltos, hacia el Cielo…

 

 


[1] Cf. Rm 5, 6

[2] Carta de Dios, p. 102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[3] Carta de Dios, p. 101-102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[4] 1S 16, 7b

[5] Jn 14, 15

[6] Carta de Dios, p. 95, MRC editores, 1991, Bogotá, Colombia.

[7] Jn 15, 17

[8] Jn 15, 12-13

[9] Lc 10 41b-42

[10] Mc 8, 34

[11] Mc 15, 34

[12] Cf. Cómo hacer meditación, p. 55, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

[13] Cf. Cómo hacer meditación, pp. 82-86, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

  

 

 

 

 

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Cómo defendernos del Maligno

Posted by pablofranciscomaurino en abril 3, 2009

UNA PARADOJA QUE HAY QUE CONOCER

 

El ser humano fue creado para ser inmensamente feliz, gozando eternamente de la infinita bondad, belleza y sabiduría de Dios; por eso, es atraído continuamente por estos tres atributos divinos: lo cautiva toda bondad, le encanta la belleza y lo seduce la verdad.

Sin embargo, el Demonio pretende constantemente desviar esos intereses por otros bien definidos: el placer, el tener, el poder y la fama.

Y muchos hombres andan tras esos falsos dioses, buscando encontrar un poco de felicidad…, y no la hallan.

 

El placer

Ir tras los placeres deja al alma siempre insatisfecha: cada vez desea más y más, y cada vez se hunde más en el fango del deseo.

Poco a poco pierden la libertad, ya que sus intereses se comienzan a centrar en el hedonismo; y nunca llegan a ser felices, porque sin libertad no es posible encontrar la felicidad.

Quienes buscan el placer como finalidad principal en sus vidas caen con frecuencia en los pecados de lujuria, gula o pereza. Así, sus almas se van enfermando cada vez más y, lo que es peor, por este camino arriesgan su felicidad eterna en el Cielo.

Es necesario, entonces, que luchemos contra cualquier posibilidad de apego a los placeres.

Para ganar esta batalla, debes impedir que tu cuerpo sea el dueño de tu vida y de tu voluntad; que lo puedas someter con facilidad; que sea tu esclavo, no tu amo.

La mejor forma de hacerlo es contraponer al deseo desordenado de placer el espíritu de MORTIFICACIÓN. Como los santos, te puedes proponer dominar tus apetitos y unirte a la Cruz de Cristo en forma real, ofreciendo las penas y dolores que te dé la vida, y tus penitencias y sacrificios voluntarios (especialmente los que le sirvan a los demás). Todo con tres objetivos: para reparar los perjuicios que los seres humanos le hemos causado a la gloria de Dios con nuestros pecados, para ayudarlo a salvar almas y para repartir su Reino de amor, paz y alegría entre los hombres.

Te convertirás así en una víctima que consuela al Señor, a la manera de Cristo, y serás libre…, y feliz.

Repite, para lograrlo:

 

«Nada deseo, fuera de la Cruz del Señor.»

 

El tener

Perseguir el dinero o las cosas materiales también esclaviza. Hay miles de personas que se «matan» trabajando para conseguir un poco de dinero. ¡Cuánto bien harían si esos esfuerzos los pusieran al servicio del prójimo…, Cuántos santos se forjarían si se pusiera ese ahínco para las cosas de Dios…!

La codicia tiene presos e inutilizados a muchos: si no tienen dinero, sufren; si lo tienen, no saben cómo guardarlo, por si lo llegan a necesitar después; y si tienen mucho, se atormentan porque los pueden matar o secuestrar (a ellos o a sus seres queridos)…

Hay también quienes viven pensando en cómo demostrar a los demás que son ricos (o que no son pobres), porque se han rebajado tanto que piensan que no son nada sin posesiones (!?).

¿No es esto perder la libertad? El ser humano está hecho para la eternidad feliz. ¡Qué triste es ver a alguien luchar y trabajar por cosas tan pequeñas! Los bienes materiales duran muy poco, comparados con los espirituales: estos te los puedes llevar a la eternidad.

Los atractivos de esta tierra anulan a muchos hombres y mujeres, que pierden la visión de la auténtica verdad: esta vida es solo una mala noche en una mala posada, como dijo santa Teresa de Ávila. El día que comprendamos esto seremos más libres.

Por eso, el espíritu de POBREZA siempre ha sido y seguirá siendo la elección de los santos. No se trata de no tener, se trata de saber que las cosas son medios, no fines; se trata de poner tu seguridad en Dios, no en los bienes materiales; se trata de ser ricos, porque tenemos a Dios, y eso nos basta, y nos sobra; se trata de que pienses en grande: el Cielo, la auténtica felicidad.

Acostumbra a decir:

 

«Nada tengo; mi riqueza es el Señor.»

 

El poder

El poder no es malo ni bueno en sí mismo: si se tiene para servir, es bueno; si se posee para dominar a los demás o para beneficiarse de ellos, nos dañamos nosotros mismos, porque nos apegamos al poder, como sucede con el tener; es el Demonio quien triunfa.

Aunque los hay, es raro el caso de quien tiene poder y no se ensucia explotando a los demás, sirviéndose de ellos para sacar provecho, llenándose de egoísmo o de ira…

Ir tras el poder para estas malas intenciones es, además de perverso, estúpido: ningún poder temporal llena las aspiraciones del ser humano, puesto que fue hecho para metas más altas, para valores superiores: el amor eterno del que se goza en el Cielo.

Si deseas estos valores, debes estar decidido a servir siempre y a negarte al deseo del poder. Es el Señor quien todo lo puede: en todo dependes de Él.

Por eso, el mejor camino para ser feliz en esta vida y la otra es darte cuenta de que Dios es la fuente de todos tus dones, quien te dio todo lo que tienes, quien da todo a todos, de quien todo procede…; y de que tú no puedes nada por ti mismo.

Llénate de CONFIANZA en Él. Di a diario:

 

«Nada puedo. Todo lo hace el Señor.»

 

La fama

El aplauso, la admiración, el buen nombre, el respeto de los demás, la imagen, el «qué dirán»… Dioses de nuestros tiempos que pretenden reemplazar al Dios único y verdadero: el Amor.

Engreídos, arrogantes, soberbios, petulantes, vanidosos, llenos de sí mismos… Y todo, porque se sienten menos. Qué sabio es el dicho: «Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces».

Pretenden proyectar una imagen de bienestar, y son los más infelices de la tierra. Buscan el aprecio de los demás, y todos les huyen (menos los interesados en su dinero o en el provecho que les puedan sacar). ¡Se jactan de su nada! Qué triste espectáculo el que dan: son seres inflados de… aire.

Y cuando acaban los aplausos y se encuentran consigo mismos, ¡qué desventura verse tan solos y tan vacíos!

A veces la envidia los carcome por dentro; otras, el egoísmo los aísla de la felicidad. Pero siempre la soberbia los aniquila.

¡Lo único que merecemos todos es el infierno! Si nos salvamos es por la misericordia de Dios, si tenemos cualidades son un regalo de la misericordia de Dios, si hacemos el bien es por la misericordia de Dios…

En esto consiste la HUMILDAD: en saber que todo lo bueno que tenemos es por obra y gracia de Dios. Qué virtud tan olvidada y tan tergiversada. ¡Y tan útil  para la felicidad del ser humano!

La humildad es la verdad: tú eres criatura y, aunque te parezca un exabrupto, ¡se nos olvida a menudo que somos criaturas!

Por eso debes repetir constantemente:

 

«Nada valgo sin el Señor, que me sacó de la nada.»

 

Y una de las mejores maneras de ser humildes es la OBEDIENCIA. Obedecer al Creador, porque Él es la sabiduría: nosotros no sabemos nada junto a Él. Y obedecer a la Iglesia que Él fundó, porque en ella dejó todas las indicaciones para que fuéramos inmensamente felices.

No puedes cometer el error de creer que sabes más que Él; di:

 

«Nada sé, mi sabiduría es el Señor.»

 

Obedecer la Ley del Amor: amor a Dios, amor a tus hermanos los hombres y amor a la naturaleza que te dio como hogar…

Amar hasta el extremo, como Jesús, que dio la vida por sus amigos… ¡Es tanto lo que nos falta!

Tú —recuérdalo— dejarías de existir si Él dejara de pensar en ti un solo instante.

Por eso, conviene que te abandones en Dios. Con Él todo lo tienes, con Él todo lo puedes, con Él sabes todo lo que necesitas saber, con Él eres todo; sin Él, nada.

 

«Nada soy; solo el Señor es.»

 

En la lucha contra el Maligno la mejor estrategia es anularse porque, cuando pretendemos ser algo, el espíritu del mal se aprovecha y nos hace fallar en nuestro intento por ser felices. Sé sagaz: di siempre:

 

«No tengo nada, no sé nada, no puedo nada, no valgo nada, no soy nada, pero “TODO LO PUEDO EN AQUÉL QUE ME CONFORTA” (Flp 4, 13)».

 

   

  

 

 

 

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Ciclo B, V domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 30, 2009

 

 

El grano de trigo

 

Jesucristo, quien es la imagen de Dios invisible, la Sabiduría infinita encarnada, la mismísima Palabra de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, dijo algo que hoy nos narra el Evangelio, algo que quizá no hemos meditado con profundidad: «En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.»

Él se refería, primero, a su muerte: si muero por ustedes, daré mucho fruto: repararé la ofensa de los hombres contra mi Padre celestial, muchas almas se salvarán, entrarán al Cielo, y se instaurará mi Reino en la tierra: Reino de amor, paz y alegría.

Pero también quiso explicarnos que, para llegar a la dicha eterna, a la felicidad sin fin, es necesario que muramos a nuestros egoísmos, a la soberbia, a la codicia, a la lujuria, a la envidia, a la pereza, a la gula, a la ira…; y que si no morimos a todo esto, vamos a quedar solos e infelices, y fracasaremos como seres humanos.

Para explicárnoslo mejor, inmediatamente después, añadió: «El que ama su vida la destruye». Con esto quiere significar que todos aquellos que pretenden amar la vida terrenal hasta el extremo de olvidarse de la vida eterna, se autodestruyen para siempre; es decir, que quienes buscan el placer, el tener, el poder o la fama (cosas para la vida presente), por encima de la gloria y honra de Dios, nunca llegarán a ser felices.

Y continuó: «El que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna». Así queda clara la otra opción: si, por el amor a Dios y a los demás somos capaces de despreciar el placer, el tener, el poder y la fama, ganaremos la infinita bienaventuranza.

En esto consiste seguir a Jesús. Fijémonos en las palabras que dijo después: «El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor.» Ese puesto de honor es la auténtica realización del ser humano: el gozo perpetuo junto a Él, el Amor.

   

 

 

 

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Los pecados capitales*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Pecados capitales


Pecado:

Soberbia: Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimien-to por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

Virtud opuesta:

Humildad: Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limita-ciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

Pecado:

Avaricia: Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.

Virtud opuesta:

Largueza: Virtud moral que consiste en distribuir uno generosamente sus bienes sin esperar recompensa.

Pecado:

Lujuria: Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales.

Virtud opuesta:

Castidad: Virtud del que se abstiene de todo goce carnal ilícito.

Pecado:

Ira: Pasión del alma, que causa indignación y enojo. Apetito o deseo de venganza.

Virtud opuesta:

Paciencia: Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Facultad de saber esperar.

Pecado:

Gula: Exceso en la comida o bebida, y apetito desordenado de comer y beber.

Virtud opuesta:

Templanza: Moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón.

Pecado:

Envidia: Tristeza o pesar del bien ajeno.

Virtud opuesta:

Caridad: Amar al prójimo como a nosotros mismos.

Pecado:

Pereza: Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos.

Virtud opuesta:

Diligencia: Cuidado y actividad en ejecutar una cosa. Prontitud, agilidad, prisa.

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