Hacia la unión con Dios

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¿Quieres unirte místicamente a la Santísima Trinidad?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 30, 2020

Recita con frecuencia esta oración:

 

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“¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro!, ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme en ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me sumerja más íntimamente en la profundidad de tu misterio. Pacifica mi alma; haz de ella tu cielo, tu morada predilecta, el lugar de tu descanso. Que nunca te deje allí solo, sino que permanezca totalmente contigo, vigilante en mi fe, en completa adoración y en entrega absoluta a tu acción creadora, redentora y santificadora.
¡Oh, mi Cristo amado, crucificado por amor!, quisiera ser una esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria; quisiera amarte… hasta morir de amor. Pero reconozco mi impotencia. Por eso te pido ser revestida de ti mismo; identificar mi alma con todos los sentimientos de tu alma, sumergirme en ti, ser invadida por ti, ser sustituida por ti, a fin de que mi vida sea solamente una irradiación de tu vida. Ven a mí como adorador, como reparador y como salvador.
¡Oh, Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme dócil a tus enseñanzas, para aprenderlo todo de ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero mantener mi mirada fija en ti y permanecer bajo tu luz infinita. ¡Oh, mi Astro querido!, fascíname de tal modo que ya no pueda salir de tu irradiación divina.
¡Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor, ven a mí para que se realice en mi alma como una encarnación del Verbo. Quiero ser para Él una humanidad suplementaria donde renueve todo su misterio.
Y Tú, oh Padre, protege a tu pobre criatura, «cúbrela con tu sombra», contempla solamente en ella al Amado en quien has puesto todas tus complacencias.
¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, me entrego a Vos como víctima. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, hasta que vaya a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas.

(Beata Isabel de la Trinidad)

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Noviembre 9 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

DECICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

Templos de Dios

El Papa san Silvestre consagró este templo el 9 de noviembre del año 324. Es la más antigua de todas las basílicas de la Iglesia Católica. En su frontis tiene esta leyenda: “Madre y Cabeza de toda las iglesias de la ciudad y del mundo”.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos prepara para entender que el templo —todo templo— es la figura de Cristo, que saneará y vivificará las aguas, los peces que contienen y las plantas de sus riberas, que producirán frutos comestibles y tendrán hojas medicinales; con esto significa que quien se acerca a Cristo quedará lleno de salud y de vida: bienestar creciente y vida eterna y feliz.

Para lograr eso, debemos percatarnos de una realidad más profunda: que somos templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en nosotros, como lo escribió san Pablo a los Corintios.

Les añade que si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá; y eso fue lo que enseñó Cristo Jesús cuando, haciendo un azote de cordeles, echó a todos del templo, ovejas y bueyes, y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas, y a los que vendían palomas les dijo: «¡No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre!»

Es que la casa de Dios —nosotros— debe ser santa. Así lo expresa la beata Isabel de la Trinidad:

«¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para establecerme en ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti. […] Pacifica mi alma: haz de ella tu cielo, tu morada predilecta, el lugar de tu descanso.»

Si permanecemos así: santos, como dignos templos de Dios, al final de nuestras vidas podremos experimentar lo que ya vivió Jesús y que quiso significar cuando les dijo a los judíos: «Destruid este templo y lo levantaré en 3 días»: la dicha de la resurrección a la verdadera vida, a la bienaventuranza, a la felicidad eterna.

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