Hacia la unión con Dios

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Ciclo A, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 17, 2011

La justicia y la obediencia

 

Las lecturas de hoy hacen referencia a la Justicia: Isaías presagia que Jesús hará «florecer la justicia en la verdad». Anuncia la llegada de la Verdad a la tierra.

Efectivamente, envuelta como estaba en la oscuridad, la vida de los hombres se parecía a la de los animales: no sabían de dónde venían, para dónde iban ni qué habían venido a hacer en este mundo. Sólo el pueblo elegido por Dios empezaba a entrever algunos de sus mensajes y a alimentar una esperanza: Dios les manifestaría las respuestas a esas trascendentales preguntas cuando llegara el Mesías.

Hace unos dos mil años vino, y nos mostró el camino. Vale la pena preguntarnos: ¿conocemos ese mensaje?, ¿lo estamos siguiendo?

En los hechos de los apóstoles, por ejemplo, san Pedro dijo: «Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas». Esas palabras muestran otra faceta de la justicia: para Dios no hay seres humanos de segunda categoría; todos son sus hijos, simplemente.

Y nosotros, ¿tratamos igual a todos los hombres? ¿Los consideramos siempre nuestros hermanos? Este es el sentido exacto de la justicia. Después de un examen sincero, es seguro que habrá mucho por mejorar.

Siguiendo este sentido de justicia, en el Evangelio se lee cómo Juan, el Bautista, le dice a Jesús: «¿Tú vienes a mí? Soy yo quien necesita ser bautizado por ti». Pero luego tiene que obedecer a Jesús, y lo bautiza.

Esto significa que no podemos pretender entender las razones que Dios Padre tiene para permitir que nos suceda lo que nos sucede.

Por eso, no nos queda otra opción diferente que obedecer al que nunca se equivoca, al que nos ama por encima de todas las cosas, al que dio su vida por nosotros, al que domina el tiempo y el espacio, y que conoce lo que nos conviene.

Obedecer a su Iglesia. Obedecer al Papa, a los Obispos…, a sus directrices. Esa es la mejor forma de vivir la justicia.

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Ciclo A, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Él mismo viene

 

Hoy es un día de espera. Las lecturas nos muestran la espera del Mesías: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?», fue lo que dijo san Juan. Y san Pablo: «Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida del Señor está cerca». «Calma, no tengan miedo, porque ya viene su Dios»: Isaías. ¿Tenemos, en esta etapa de preparación a la Navidad, la misma actitud de espera que tenían los judíos y los primeros cristianos? ¿Cómo nos estamos preparando?

Ya viene el Señor para alojarse en el corazón de cada uno de nosotros.

Viene para abrazarnos —y abrasarnos— con su amor…

Viene para decirnos que no le importan nuestros pecados, que se los entreguemos, que los quiere…, para perdonarlos…, para manifestar su misericordia.

Viene para manifestarnos que su amor está por encima de nuestros defectos, que nos ama tal y como somos, y que nadie nos amará tanto como Él, que Él es el único que nunca traiciona, que podemos contar con Él ahora y siempre… ¿Cómo hacer caso omiso a semejante llamado?

Es el momento de decir que sí: entreguémosle nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación, al sacerdote —Cristo que perdona—, que los borrará de su mente, para siempre. Y, ya reconciliados, vivamos sus mandatos de amor y esperemos a ese Amor (con mayúscula), con una vida más limpia, más pura, más acorde con el acontecimiento que se nos viene encima.

Preparemos la novena de aguinaldos, las invitaciones, la comida, alistemos la sala para los invitados…; pero, muy especialmente, preparemos Pula casa de nuestro corazón para el eminente Inquilino que, a partir de ese día, vivirá en ella… Y que esa casa se mantenga siempre limpia, siempre amable, siempre dispuesta al amor: se convertirá en un hogar luminoso, apacible y alegre, y viviremos así en la verdadera casa del Padre.

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Ciclo A, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 6, 2010

I DOMINGO DE ADVIENTO

La lucha por llegar a la casa del Padre

 

Comienza hoy un nuevo año litúrgico, y las lecturas nos invitan al cambio, a comenzar un nuevo camino. Este año nuevo aparece como el cuaderno nuevo de un colegial: listo para que se inicie sobre él un trabajo limpio, pulcro, perfecto.

El profeta Isaías nos muestra la meta: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas; en ese lugar ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. ¡La paz que tanto buscamos será nuestra!

Pero para que la paz verdadera llegue a nosotros, es necesario que escuchemos la voz de san Pablo cuando dice que ya es hora de espabilarse. La paz es primer logro de nuestra lucha interior por acercarnos a Dios: dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con la dignidad de los hijos de Dios, dignidad de reyes, de señores, de hombres bañados por la gracia, de templos del Espíritu Santo: nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni contiendas. Habremos dado así honor a nuestra condición de hombres y de cristianos, y tendremos las virtudes necesarias para acceder a la auténtica paz y a la alegría verdadera.

Revestidos de Nuestro Señor Jesucristo, dueños de nosotros mismos, sin malos deseos —producto casi siempre del excesivo cuidado personal— estaremos preparados, en vela, para la hora decisiva, la hora en que vendrá el Hijo del hombre.

Él nos llevará a la eterna e imperturbable felicidad: junto a Dios–Padre, en donde sentiremos que por fin nos realizaremos como seres humanos.

Por eso ya hoy podemos cantar presagiando nuestra conquista: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Y cuando lleguemos a la Jerusalén celestial, nos diremos a nosotros mismos: ¡Valió la pena!

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Ciclo C, domingo de Ramos

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 30, 2010

Un buen negocio

 

Cuenta Isaías, en la primera lectura, que el Señor no se resistió, ni se hizo atrás. Ofreció su espalda a los que lo golpeaban, sus mejillas a los que arrancaban su barba. No retiró su rostro a los insultos y salivazos.

Pero en el salmo 21 ese mismo Señor está gritando: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»

¿Por qué? La respuesta está en la segunda lectura: «siendo de condición divina, no codició esa posición igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz», como san Lucas nos lo presenta en el Evangelio.

En cambio, nosotros seguimos haciendo lo contrario: cada vez que pecamos lo que hacemos es desobedecer las leyes de Dios, mientras que Jesús obedeció hasta la muerte.

En el fondo, lo que pretendemos es precisamente lo opuesto: tomar la condición de Dios, pues desobedecer es poner nuestras propias reglas y seguirlas, como si creyéramos más en ellas que en las que nuestro mismo Creador nos dio.

Creemos que encontraremos la felicidad haciendo nuestra voluntad, no la suya; y esto es el acto más tonto que podemos realizar: Él nos ama mucho más que nosotros mismos y Él sabe lo que nos conviene; nosotros no.

Además, aunque no lo pensemos explícitamente, no obedecer la voluntad de Dios es el acto de arrogancia más grande, pues supone que nos creamos más sabios que Dios.

En cambio, a quien obedece, le pasará lo que le ocurrió a Jesucristo: Dios lo exaltó, cumpliéndose así sus palabras: Que todo el que se ensalza será humillado, mientras que todo el que se humilla será ensalzado.

Repasemos la narración de la Pasión de san Lucas, y aprendamos a obedecer: seremos los beneficiados.

  

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Ciclo C, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2010

La verdadera libertad

 

Los nazarenos debieron quedar estupefactos cuando Jesús leyó el pasaje: «Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista», y peor quedarían cuando dijo que esa Escritura se estaba cumpliendo en ese momento.

¿Quién era él para hacer esa afirmación tan atrevida? ¿Se creía tan importante como para ser el Enviado descrito por el profeta Isaías?

Su infinita humildad hizo que no realizara los signos y milagros que en otras regiones demostraron que el Espíritu del Señor sí estaba sobre Él.

Ese es el estilo de la sabiduría: quieta, callada y ocultamente, sin que se sepa, llega a los humildes —no a los sumisos, como se acostumbra a definir hoy esa virtud—, a quienes obran en concordancia con el conocimiento propio, a quienes saben que nada es suyo (que todo es prestado por Dios), a los pobres.

La pobreza no es no tener sino saber que nada es propio. A estos llega el Mensaje de Dios, la Noticia de su salvación, por la Cruz de Cristo.

También llegó a los cautivos, que saben ahora que existe la auténtica libertad: la emancipación de las malas inclinaciones, de las dependencias, de las esclavitudes…

El hombre está oprimido por ellas, y la manera más fácil de liberarse es seguir el camino que Cristo ya recorrió: darse a los demás, si es necesario hasta el dolor, y hasta la muerte, aunque no creamos tener suficiente para dar, ya que Él nos prestará lo que tengamos que dar.

Y, además, llegó a todos los ciegos… A nosotros, por ejemplo, que olvidamos a menudo que Él está con nosotros, y que debemos cumplir la misión que nos corresponde en este mundo.

¿Qué nos detiene para convertirnos por fin en parte del Cuerpo de Cristo, el único hombre que ha sido verdaderamente libre, el Único que nos llevará a la auténtica libertad, que tanto perseguimos?

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Ciclo C, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 20, 2010

El consuelo del Señor

 Las lecturas que se recomiendan para este año C nos hablan de una sensación de consuelo muy grande. Efectivamente, en el capítulo 40 del Profeta Isaías se oye a nuestro Dios gritar:

Consuelen, consuelen a mi pueblo. Hablen a la Iglesia, hablen a su corazón, y díganle que su jornada ha terminado, que ha sido pagada su culpa.

Y es que, según escribió san Pablo a Tito, la generosidad del Dios Salvador acaba de manifestarse a todos los hombres. Ahora nos queda aguardar la feliz esperanza, la manifestación gloriosa de nuestro magnífico Dios y Salvador, Cristo Jesús, que se entregó por nosotros para rescatarnos de todo pecado y purificar a un pueblo que fuera suyo, dedicado a toda obra buena. Pero se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres; no se fijó en lo bueno que hubiéramos hecho, sino que tuvo misericordia de nosotros y nos salvó.

Ese derroche de amor comenzó con un Bautismo: el día que fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo de Juan. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre Él y se manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida.»

En el Bautismo, volvimos a nacer y fuimos renovados por el Espíritu Santo que Dios derramó sobre nosotros por Cristo Jesús, nuestro Salvador. Habiendo sido reformados por gracia, esperamos ahora nuestra herencia, la vida eterna.

Pero también en la primera lectura hay una voz que clama: Abran el camino a Dios en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.

Para lograr esto, para ver estas maravillas, el Apóstol nos enseña el camino: rechazar la vida sin Dios y las codicias mundanas, y viviendo en el mundo presente como seres responsables, justos y que sirven a Dios.

   

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Ciclo C, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 21, 2009

La predicación del bautista

 

Era en Israel grande la expectación por la venida del Mesías, la promesa de la redención. Ya desde el año 737 antes de Cristo, Isaías había anunciado a la «voz que grita en el desierto», a Juan, el bautista, el último de los profetas mesiánicos.

Todos acudían a Él en busca del alimento espiritual: la preparación, con penitencia, para el acontecimiento más grande en la historia de la humanidad: el nacimiento de quien habría de reconciliarnos con Dios Padre.

Las muchedumbres, ansiosas, le preguntaban: «¿Qué hemos de hacer?»

Hoy, cuando faltan pocos días para la llegada de Jesús, ¿qué hemos hecho para prepararnos?

El Adviento es la época de preparación para que Cristo entre en las vidas nuestras: Dios con nosotros y en nosotros. Si sabemos aprovechar estos momentos, podremos desechar de nuestra vida lo malo, y encaminarnos por caminos de paz, de alegría y de amor.

Al ver a Juan, la gente se daba cuenta del momento histórico que estaban viviendo. Si abrimos los ojos del alma, descubriremos el momento espiritual que se nos acerca: podremos, a partir de ahora, tener a Dios en el corazón y llevarlo a nuestros hogares, a nuestro trabajo, a nuestra vida familiar y social, y seguir la lucha que emprendiera hace dos siglos el que venció a la muerte y al mal. ¿Cómo? Oigamos lo que el bautista contestaba:

El que tiene dos túnicas dé una al que no tiene, y el que tiene alimentos haga lo mismo. No exigir nada fuera de lo que está tasado. No hacer extorsión a nadie ni denunciar falsamente y contentarse con lo que se recibe.

Esto quiere decir que conviene que seamos caritativos y desprendidos. Hay muchos que no tienen lo necesario para vivir. ¿Qué haremos por ellos en esta Navidad?

Y, por otra parte, después de confesarnos (porque es época de penitencia), ¿por qué no nos decidimos hoy a evitar hacer el mínimo daño o perjuicio a los demás?

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Viernes Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

Aprendió a obedecer

 

Ya no parecía un ser humano; hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Fue maltratado, se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la trasquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado; ¿quién ha pensado suficientemente en su suerte?

Le dijo a su Padre que pagaría nuestra culpa: eran nuestras faltas por las que era castigado; por nuestros pecados era aplastado. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido sanados.

«Si es posible, Padre, que no sufra todo lo que debo sufrir… ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!» A pesar de que nunca cometió un acto de violencia ni salió una mentira de su boca, quiso su Padre destrozarlo con padecimientos, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado del hombre.

Aunque era Hijo, aprendió en su Pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen.

Esta es la esencia de nuestra Redención: la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Y nosotros, ¿somos obedientes a Dios y a su Iglesia? Cada vez que asistimos a la Eucaristía, ¿revivimos esa Pasión y esa Muerte que nos dio la posibilidad del Cielo? Efectivamente, en ese momento se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén y todo el tiempo que ha pasado desde que Cristo entregó su vida para pagar la factura que debíamos.

Estamos ahí, presenciando cómo el Hombre–Dios muere tan horriblemente, por nosotros, por nuestras culpas (aquel que diga que no ha pecado es un mentiroso). Y todo lo hizo por amor. Nace el propósito firme de nunca fallar a la Eucaristía, al menos los domingos y las fiestas, para darle gracias, para ofrecerle nuestro buen comportamiento, para perdonar a todos como Él nos perdonó a nosotros…

 

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Ciclo B, VII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 23, 2009

Algo nuevo está brotando…

 

Son tiempos difíciles. El mal ronda por todas partes: secuestros, asesinatos, guerras, robos, políticas gubernamentales que favorecen sólo a unos pocos, hambre, injusticia…

El profeta Isaías escribe lo que dice el Señor al respecto: Tú no me invocas, pueblo mío; ni te esfuerzas por mí; me avasallas con tus pecados, y me cansas con tus culpas.

Pareciera que los hombres no avanzamos: seguimos tan mal como antes o peor quizá… Hemos progresado en tecnología y en ciencia, pero parecemos paralíticos en lo moral y en lo espiritual.

Lo sorprendente es que Él mismo nos anuncia: No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?

Y, ¿qué es eso nuevo? Que nos va a curar la parálisis moral y espiritual, tal y como lo hizo en Cafarnaún: cuando le trajeron al paralítico, les dijo: «¿Qué es más fácil: decirle “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Y luego se dirige a él: “Contigo hablo: levántate; coge tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y se fue a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: “Nunca hemos visto una cosa igual”».

Esto es lo nuevo, lo que había anunciado siete siglos atrás: que Dios, por su cuenta, borra nuestros crímenes, y no se acuerda de nuestros pecados.

Pero lo hace con quien está verdaderamente arrepentido, con quien acata sus reglas, con quien confiesa sus pecados a un sacerdote. Y con quien cambia de conducta.

Él lo prometió y lo cumple, como lo escribió san Pablo a los Corintios: en Cristo Jesús, el Hijo de Dios, todas las promesas se han cumplido.

Y por eso debemos estar felices y darle gloria.

   

 

 

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Ciclo B, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 19, 2009

Nuestra realización personal

 

En las lecturas de este año B, es Dios mismo por medio de Isaías quien nos grita: A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan; pidan sin dinero y coman, pidan sin pagar. Si me hacen caso, comerán cosas deliciosas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas. Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.

Estas palabras tienen un mensaje más profundo de lo que aparece a primera vista: habla primero de cosas materiales —comida, bebida—, pero termina diciendo que nuestra alma vivirá. Lo que pasa es que, como lo dice esta primera lectura, así como el Cielo está muy alto por encima de la tierra, así también los caminos de Dios se elevan por encima de nuestros caminos y sus proyectos son muy superiores a los nuestros.

Del principal proyecto, precisamente, nos habla san Juan en la segunda lectura: vencer al mundo para llegar a la única meta que realmente importa: la felicidad eterna en el Cielo. Y, ¿qué nos dice? Que quien vence al mundo es el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, que viene por el agua y la sangre: Jesucristo; y el Espíritu Santo también da su testimonio, el Espíritu que es la verdad.

Por eso Juan el Bautista dice: «Yo los he bautizado con agua, pero Él los bautizará en el Espíritu Santo.» Y así ocurrió: nos bautizaron con el agua que brotó del costado de Cristo, fuimos salvados por el derramamiento voluntario de su Sangre y el Espíritu Santo nos lleva misteriosamente hacia la santidad, es decir, al Cielo, donde seremos infinita e inmensamente felices.

Si Dios es amor, podemos decir que Él solo se realiza amando. Y si nosotros fuimos hechos para ser amados por Él, también podemos afirmar que nuestra realización personal consiste en ser amados por la Santísima Trinidad. Por eso, en el momento en el que Juan Bautizaba a Jesús, se vio la gloria de la Santísima Trinidad. Fue un presagio de lo que nos espera allá arriba, donde lograremos la tan anhelada realización personal.

 

 

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Ciclo B, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2008

Dios entre los hombres

 

Los hombres andamos pensando en construir una casa para Dios, el infinito, el que no cabe en ninguna parte, el inconmensurable… Y Dios nos hace reaccionar. Fue lo que le pasó a David:

«Ve y dile a mi siervo David: ¿Eres tú quien me construirá una casa para que Yo permanezca en ella? Yo fijaré un lugar para mi pueblo, yo pondré en el trono a tu hijo, fruto de tus entrañas, y afirmaré su poder. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu descendencia y tu reino estarán presentes ante mí. Tu trono estará firme hasta la eternidad.»

Los planes de Dios no solamente son distintos a los del hombre sino que siempre los superan: de la descendencia de David nacerá el Rey, el Dios–con–nosotros; y así, su descendencia y su reino estarán presentes ante Él; y reinará hasta la eternidad. ¡Él mismo bajará a la tierra! Es una promesa. Promesa que se cumplió siete siglos después de Isaías, como lo cuenta hoy san Lucas:

El ángel le dijo a la Virgen: «No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre y su reinado no terminará jamás.»

Por eso san Pablo grita emocionado: «¡Gloria sea dada al que tiene poder para afirmarlos en el Evangelio y en la proclamación de Cristo Jesús! Pues se está descubriendo el plan misterioso mantenido oculto desde tantos siglos, y que acaba de ser llevado a la luz. ¡A Dios, el único sabio, por medio de Cristo Jesús, a él sea la gloria por siempre! Amén.»

¿Nos damos cuenta de que en esta Navidad estamos alistándonos para esa llegada de Dios? ¿Nos estamos preparando para recibirlo? ¿Ya hicimos una confesión general? Ya viene Dios a vivir entre los hombres; ¿estamos haciendo la novena de aguinaldos conscientes de esto? Todavía hay tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

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Ciclo B, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 8, 2008

 Ya viene. ¿Estamos listos?

 

Dice Isaías que una voz —la de Juan el Bautista— clama: «Abran el camino al Señor en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.» Porque aparecerá la gloria del Señor y todos los mortales a una verán que el Señor fue el que habló.

«¡Aquí está su Dios!» Sí, aquí viene el Señor, el fuerte, el que pega duro y se impone. Trae todo lo que ganó con sus victorias, delante de él van sus trofeos.

Pero más parece que el mundo entero amenaza ruina: la corrupción de las costumbres, la lucha casi enfermiza por el dinero y el placer, la violencia generalizada, el olvido de Dios…

Algunos dicen que Dios se demora en cumplir su promesa, pero no es así: Pedro afirma hoy que ante el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. El Señor es generoso con todos, y no quiere que se pierdan algunos, sino que todos lleguen a la conversión, y les da el tiempo necesario para que lo logren.

Nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y una tierra nueva en que reine la justicia. Con una esperanza así, esforcémonos para que Dios los encuentre en su paz, sin mancha ni culpa.

Sigamos escuchando a Juan, el Bautista:

«Detrás de mí viene uno con más poder que yo. Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, aunque fuera arrodillándome ante él. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo.»

El que viene es Jesús, el Salvador, el que nos bautiza en el Espíritu Santo. Y llegará en pocos días a nuestro corazón. ¿Cómo lo estamos esperando? ¿Cómo nos estamos preparando?

¿Tenemos acaso lleno el corazón de deseos de dinero y de placeres? Si ese corazón ya está ocupado, ¿cómo podrá entrar Jesús?

Nos está dando tiempo. ¿Qué esperamos?

 

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Ciclo A, XX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 24, 2008

Confiar contra toda esperanza

Dios no aceptaba los sacrificios del Antiguo Testamento, pues en esa época Jesús no había pagado todavía nuestra deuda; teníamos el pecado original y nada podía evitar que se nos siguiera teniendo en cuenta ese pecado.

Pero unos setecientos años antes de Cristo apareció Isaías diciendo que había una esperanza: así nos dice el Señor: «Actúen correctamente y hagan siempre lo debido, pues mi salvación se viene acercando.»

A todos, los judíos y los extranjeros que se han puesto de parte del Señor para obedecerlo, amar su Nombre y ser sus servidores, y que cumplen fielmente su compromiso con Él, Él mismo hará que se sientan felices en su Casa de oración. Serán aceptados los holocaustos y los sacrificios que hagan sobre su altar, ya que su casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos.

Pero esa gracia primero debía venir sobre el pueblo judío, el pueblo elegido, antes de llegar a los gentiles, los no–judíos. Por eso Jesús se niega a atender a la mujer del Evangelio de hoy: primero se hace el sordo; luego, ante la insistencia de sus discípulos, contesta: «No he sido enviado sino al pueblo de Israel.»; ella persiste en su empeño y le ruega de rodillas; Jesús le dice: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos.»; la mujer contesta: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.»

¡Dios hace una excepción! Ante la fe inquebrantable de esta no–judía, ante su confianza total y ante la firmeza en seguir pidiendo «migajas», Jesús cede y se obra el milagro. Todo el orden establecido desde la eternidad por la Santísima Trinidad para la salvación del mundo puede cambiar cuando se espera en la misericordia y en el poder de Dios.

Eso mismo pasó en Caná: la Virgen hizo que se cambiaran los planes que Dios tenía planeados desde la eternidad, porque esperaba contra toda esperanza.

Y nosotros, ¿esperamos así?, ¿confiamos así?, ¿tenemos esa fe?

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Los cánticos del quinto evangelista*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

He aquí a mi siervo a quien yo sostengo,

mi elegido, al que escogí con gusto.

He puesto mi Espíritu sobre él,

y hará que la justicia llegue a las naciones.

No clama, no grita,

no se escuchan proclamaciones en las plazas.

No rompe la caña doblada

ni aplasta la mecha que está por apagarse.

sino que hace florecer la justicia en la verdad.

No se dejará quebrar ni aplastar,

hasta que establezca el derecho en la tierra.

Las tierras de ultramar esperan su ley. (Is 42, 1-4)

 

Escúchenme, islas lejanas,

pongan atención, pueblos.

El Señor me llamó desde el vientre de mi madre,

conoció mi nombre desde antes que naciera.

Hizo de mi boca una espada cortante

y me guardó debajo de su mano.

Hizo de mí una flecha puntiaguda

que tenía escondida entre las otras.

Él me dijo: «Tú eres mi servidor, Israel,

y por ti me daré a conocer.»

Mientras que yo pensaba: «He trabajado en balde,

en vano he gastado mis fuerzas, para nada.»

El Señor, sin embargo, protegía mis derechos,

mi Dios guardaba mi salario,

pues soy importante para el Señor,

y mi Dios e hizo mi fuerza.

Y ahora ha hablado el Señor,

que me formó desde el seno materno

para que fuera su servidor,

para que le traiga a Jacob y le junte a Israel:

«No vale la pena que seas mi servidor

únicamente para restablecer a las tribus de Jacob,

o traer sus sobrevivientes a su patria.

Tú serás, además, una luz para las naciones,

para que mi salvación llegue

hasta el último extremo de la tierra.» (Is 49, 1-6)

 

El Señor me ha concedido

el poder hablar como su discípulo.

Y ha puesto en mi boca las palabras

para fortalecer al que está aburrido.

A la mañana él despierta mi mente

y lo escucho como lo hacen los discípulos.

El Señor me ha abierto los oídos

y yo no me resistí ni me eché atrás.

He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban,

mis mejillas a quienes me tiraban la barba,

y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

El Señor está de mi parte,

y por eso no me molestan las ofensas;

por eso puse mi cara dura como piedra.

y yo sé que no quedaré frustrado,

Aquí viene mi juez, ¿quieren meterme pleito?

Presentémonos juntos,

y si hay algún demandante, ¡que se acerque!

Si el Señor está de mi parte,

¿quién podrá condenarme?

Todos se harán tiras como un vestido gastado,

y la polilla se los comerá.

Quien de ustedes respeta al Señor,

escuche la voz de su servidor.

El que camina a oscuras,

sin luz para alumbrarse,

que confíe en el Nombre del Señor,

y que se apoye en su Dios.

Pero todos ustedes que encienden un fuego

y que forman un círculo con antorchas,

¡vayan a las llamas de su hoguera

y que sus antorchas los quemen!

Ustedes se revolverán en sus tormentos

y esto será la obra de mis manos. (Is 50, 4-11)

 

Ahora llega para mi servidor la hora del éxito;

será exaltado, y puesto en lo más alto.

Así como muchos quedaron espantados al verlo,

pues estaba tan desfigurado,

que ya no parecía un ser humano

así también todas las naciones se asombrarán,

y los reyes quedarán sin palabras al ver lo sucedido,

pues verán lo que no se les había contado

y descubrirán cosas que nunca se habían oído.

 

¿Quién podrá creer la noticia que recibimos?

Y la obra mayor del Señor, ¿a quién se la reveló?

Este ha crecido ante Dios como un retoño,

como raíz en tierra seca.

No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él,

y su apariencia no era como para cautivarnos.

Despreciado por los hombres y marginado,

hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento,

semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara,

no contaba para nada y no hemos hecho caso de él.

Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba,

eran nuestros dolores los que le pesaban.

Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado,

y eran nuestras faltas por las que era destruido

nuestros pecados, por los que era aplastado.

Él soportó el castigo que nos trae la paz

y por sus llagas hemos sido sanados.

Todos andábamos como ovejas errantes,

cada cual seguía su propio camino,

y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros.

Fue maltratado y él se humilló y no dijo nada,

fue llevado cual cordero al matadero,

como una oveja que permanece muda cuando la esquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado

¿y quién ha pensado en su suerte?

Pues ha sido arrancado del mundo de los vivos

y herido de muerte por los crímenes de su pueblo.

Fue sepultado junto a los malhechores

y su tumba quedó junto a los ricos,

a pesar de que nunca cometió una violencia

ni nunca salió una mentira de su boca.

Quiso el Señor destrozarlo con padecimientos,

y él ofreció su vida como sacrificio por el pecado.

Por esto verá a sus descendientes y tendrá larga vida,

y el proyecto de Dios prosperará en sus manos.

Después de las amarguras que haya padecido su alma,

gozará del pleno conocimiento.

El Justo, mi servidor, hará una multitud de justos,

después de cargar con sus deudas.

Por eso le daré en herencia muchedumbres

y lo contaré entre los grandes,

porque se ha negado a sí mismo hasta la muerte

y ha sido contado entre los pecadores,

cuando llevaba sobre sí los pecados de muchos

e intercedía por los pecadores. (Is 52, 13—53, 12)

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