Hacia la unión con Dios

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Por qué se celebra la Exaltación de la Santa Cruz en dos fechas: 3 de mayo y 14 de septiembre

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 14, 2017

A principios del siglo II, el emperador Adriano había cubierto el Calvario y el Santo Sepulcro bajo una capa de escombros, y en aquellos mismos lugares había mandado erigir una estatua de Júpiter y un templo de Venus.

Después de la victoria reportada por Constantino, merced a la Cruz que en los aires se le apareció mientras escuchaba una voz que le decía: «Con este signo vencerás», su madre, la emperatriz santa Elena, se fue a Jerusalén a buscar la verdadera Cruz donde fue crucificado Nuestro Señor. Era el año 320 cuando hizo derribar ambos monumentos y, realizando las excavaciones en la zona, descubrió 3 cruces, por lo que se preguntaba cuál sería la de Nuestro Señor. Se reconoció la Veracruz (verdadera Cruz) junto con los santos clavos, al ponerla en contacto con una difunta que resucitó al instante.

Elena dividió en 3 trozos el precioso leño, que fue digno de cargar con el Rey del Cielo. Uno de aquellos 3 trozos lo envió a Roma, a la iglesia que por ese motivo se llamó: Santa Cruz de Jerusalén; el otro lo llevó a la recién fundada Constantinopla (hoy Estambul); y el tercero lo dejó en Jerusalén.

Quince años después, se hizo la dedicación de la basílica que Constantino hizo construir sobre el Gólgota, llamada Martyrium o Ad Crucem (junto con la de la Anastasis, es decir, de la Resurrección). Era el 14 de septiembre del año 335. La celebración de esta dedicación recibió el nombre de Hypsósis, que significa Exaltación. Desde ese entonces, se celebra con ese nombre —Exaltación de la Santa Cruz— en esa misma fecha.

Siglos más adelante, en el año 614, hacia fines del reinado de Focas, el rey persa Cosroe Parviz robó la reliquia de Jerusalén, durante la conquista de la Ciudad Santa. 14 años después, el emperador Heraclio —sucesor de Focas— ayunó y oró mucho implorando el favor y auxilio de lo alto, con el que derrotó a Cosroe, obligándolo a restituir la Cruz del Señor.

Cuenta la historia que Heraclio la devolvió solemnemente el 3 de mayo del año 628. Entró este emperador bizantino a Jerusalén con la Cruz a cuestas y cargado de oro y pedrería, cuando se sintió detenido por una fuerza irresistible que le impedía pasar por la puerta que conduce al camino del Calvario, y cuanto el Rey más se empeñaba en andar tanto mayor era la fuerza que se lo estorbaba.

Todos, ante el inaudito caso, quedaron atónitos; hasta que el obispo de Jerusalén, Tobías, dijo al monarca: «Mira, Emperador, que con esos atuendos de triunfo no imitas la pobreza ni la humildad con que Jesucristo llevó la Cruz.» Entonces, Heraclio, despojándose de sus ricos vestidos, se descalzó y poniéndose un manto, se echó la Cruz en los hombros y pudo llegar a la cima del Calvario.

Esta fecha —3 de mayo— se convirtió en una segunda celebración, que llevó el nombre de Invención de la Santa Cruz (“invención” significa también: “Hallazgo o descubrimiento de algo”).

Así pues, hubo un momento, antes de las reformas del calendario litúrgico de 1964 y 1969, en que se hacían ambas celebraciones: la Exaltación el 14 de septiembre y la Invención, el 3 de mayo.

Algunos países comenzaron a desarrollar una gran devoción por la fiesta de la Invención, aunque ahora con la denominación: La Cruz de mayo. Esos países son: Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Paraguay, Perú, Trinidad y Tobago, Argentina, Colombia y Venezuela. Además se celebra en algunas ciudades de España y en Lopinot, en la isla de Trinidad.

En los demás países del mundo se celebra la fiesta de la Exaltación el 14 de septiembre.

 

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La nueva Jerusalén

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 26, 2011


Y vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén […] Y oí una voz que clamaba desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres; él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y él será Dios–con–ellos; Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado».

Apocalipsis 21, 2-4

¿Quieres vivir en la nueva Jerusalén?

Entonces comencemos a construirla:

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«La vida huye rápidamente.

Ni un segundo regresa.

Esforcémonos por dar las mayores muestras posibles de amor».

Maximiliano Kolbe

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Ciclo A, XIV domingo del Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2011

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

La paz prometida

Zacarías nos dice hoy a los católicos que saltemos llenos de gozo, que lancemos gritos de alegría. Esas suelen ser las cosas que hacemos al conseguir triunfos, cuando logramos una meta luchada por mucho tiempo: el «sí» de la novia a la propuesta de matrimonio del novio, una graduación, un premio por una investigación, un ascenso en la empresa…

Pero el profeta de la primera lectura nos da la razón más trascendental: el que viene sentado en un burrito dictará la paz a las naciones.

Desdichadamente, ya han pasado más de dos mil años desde que Jesús entró a Jerusalén, triunfante, montado en ese burrito, y no se ve la paz anunciada. ¿Qué pasó? ¿Acaso fracasó Dios?

En la segunda lectura se nos empieza a explicar la razón: los bautizados ya no deben estar en la carne, sino vivir en el espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en ellos. Y la paz proviene de quienes viven en el Espíritu de Dios.

Y, ¿quiénes tienen ese espíritu? No los que viven según la carne, pues si viven según la carne, necesariamente morirá en ellos la paz; más bien los que dan muerte a las obras del cuerpo mediante el espíritu, y viven. Preguntémonos: ¿Vivimos todavía según las normas de este mundo, de la carne?

En el Evangelio, Jesús completa la explicación: «Yo te alabo, Padre, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla… Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.» ¡La paz prometida!

Pero, ¿somos gente sencilla? Es una condición que Él exige. ¿O, más bien nos creemos «sabios» y «entendidos»?

¿Somos, como Él, mansos y humildes de corazón? ¿Lo escuchamos cuando nos invita: Vengan a mí los cansados…, carguen con mis leyes suaves y ligeras?

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¿Asistir a Misa?*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2008

Ø    Santa Teresa de Ávila suplicaba un día al Señor que le indicara cómo podría pagarle todas los favores que le había otorgado, y Él le contestó: «Oyendo una Misa».

Ø    Una santa decía a Nuestro Señor: «Quisiera ofrecerte todas las oraciones de los santos, todos los sufrimientos de los mártires, toda la pureza de las vírgenes…» Y Dios le contestó: «No hace falta que me ofrezcas todo eso. Basta una Santa Misa; ella vale más que todo lo que me deseabas ofrecer».

Ø    «Todas las buenas obras del mundo reunidas no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres; mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, quien se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y, al mismo tiempo, le rinde un honor infinito.» (San Juan María Vianney, el santo cura de Ars)

Ø    Con la Misa se tributa a Dios más honor que el que pueden tributarle todos los ángeles y santos en el Cielo, puesto que el de estos es un honor de criaturas, mas en la Misa se le ofrece su mismo Hijo Jesucristo, que le tributa un honor infinito (san Alfonso María de Ligorio)

Ø    Una Misa vale más que irse hasta Jerusalén descalzo o ayunar toda la vida «a pan y agua» o decir todas las oraciones que han dicho los santos o hacer mil sacrificios… Porque una Misa tiene valor infinito, ya que allí se ofrece al mismo Jesucristo, el Hijo de Dios.

Ø    Con razón decía san Bernardo: «Más merece el que devotamente oye una Misa en gracia de Dios que si diera todos sus bienes para sustento de los pobres».

Ø    El Calvario fue el primer Altar, el Altar verdadero; después, todo altar se convierte en Calvario.

Ø    No hay en el mundo lengua con qué poder expresar la grandeza y el valor de la Santa Misa.

Ø    Con cada misa aumentas tu grado de gloria en el Cielo; en ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el Cielo.

Ø    «Al empezar la Misa, póngase bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del Santo Sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para los demás. ¡Ah, si usted pudiese comprender el valor de una sola Misa sobre el Corazón de Dios, y los bie­nes que se podrían conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre Celestial es la Sangre de Jesucristo: ¡con esta Sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar a las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtud más heroicos». (María Sofía Claux, alma del purgatorio)

Ø    La Santa Misa es el acto más sublime y más santo que se puede celebrar todos los días en la tierra. Nada hay más sublime en el mundo que Jesucristo, y nada más sublime en Jesucristo que su Santo Sacrificio en la Cruz, actualizado en cada Misa, puesto que la Santa Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz.

Ø    Misa, Cena y Cruz son un mismo sacrificio.

Ø    «Oír una Misa en vida o dar limosna para que se celebre aprovecha más que dejarla para después de la muerte». (San Anselmo)

Ø    «Más aprovecha para la remisión de la culpa y de la pena, es decir, para la remisión de los pecados, oír una Misa que todas las oraciones del mundo.» (Eugenio III, Papa)

Ø    Con la asistencia a la Misa rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo.

Ø    Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten envidiablemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.

Ø    A la hora de tu muerte tu mayor consolación serán las Misas que hayas oído durante tu vida. Cada Misa que oíste te acompañará al tribunal divino y abogará para que alcances el perdón.

Ø    Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados en proporción con el fervor con que la oigas.

Ø    Si la verdad es que Cristo se ofrece al Padre eterno todos los días en la Santa Misa por la salvación de los hombres, ¿vamos a dejarlo solo?

Ø    Busquemos la media hora diaria para unirnos a Jesús en la Santa Misa, para adorar al Padre y darle el honor que se merece, para darle gracias por tantos favores recibidos, para aplacar su ira irritada por tantos pecados y darle plena reparación por ellos, para implorar gracia y misericordia para todos los hombres del mundo… En fin, para agrandar nuestro Cielo y hacer más gloriosa la Pasión de Cristo.

Ø    Tú, que tanto te gusta hacer el bien, ¿vas a dejar pasar diariamente la ocasión de unirte a la obra más grande que se realiza en la tierra y que es realizada por el mismo Cristo?

Ø    «Si supiéramos lo que ganamos con una Misa, jamás dejaríamos de asistir a ella.» (San Juan María Vianney, el santo cura de Ars)

 

 

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