Hacia la unión con Dios

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Tiempo de Navidad*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 11, 2011

 

(Desde la Vigilia de Navidad hasta el Bautismo del Señor)

 

1.- Exposición dogmática

Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida de Juez.

Desde Navidad sigue la Iglesia paso por paso a Jesucristo e su obra redentora, para que nuestras almas, aprovechándose de todas las gracias que de todos los misterios de su vida fluyen, sean —como dice S. Pablo— «la esposa sin mácula, sin arruga, santa e inmaculada», que podrá presentar Cristo a su Padre cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo. Este momento, significado por el postrer domingo después de Pentecostés, es término de todas las fiestas del calendario cristiano.

Al recorrer las páginas que el Misal y la Liturgia de las Horas dedican al tiempo de Navidad, se ve están especialmente consagradas a los misterios de la infancia de Cristo.

La Liturgia celebra la manifestación al pueblo judío (Natividad) y al gentil (Epifanía) del gran Misterio de la Encarnación, que consiste en la unión en Jesús del Verbo «engendrado de la substancia del Padre antes que todos los siglos», con la humanidad, «engendrada de la substancia de su Madre en el mundo». Y ese Misterio se completa mediante unión de nuestras almas con Cristo, el cual nos engendra a la vida divina. A todos cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios. La afirmación del triple nacimiento del Verbo, que recibe eternamente la naturaleza -divina de su Padre, que «eleva a sí la humanidad» que le da en el tiempo la Virgen santísima, y que se une en el trascurso de los siglos a nuestras almas, cons­tituye la preocupación de la Iglesia en esta época.

a. – Nacimiento eterno del Verbo

Dice san Pablo que «Dios habita en una inaccesible luz» y que, precisamente para darnos a conocer a su Padre, baja Jesús a la tierra. «Nadie conoce al Padre si no es el Hijo, y aquel a quien plugiere al Hijo revelarlo». Así el Verbo hecho carne es la mani­festación de Dios al hombre.

A través de las encantadoras facciones de este Niño recién nacido, quiere la Iglesia que columbremos a la Divinidad misma, que, por decirlo así, se ha tornado visible y palpable. «Quien me ve al Padre ve», decía Jesús. «Por el misterio de la Encar­nación del Verbo —añade un prefacio de Navidad— conocemos a Dios bajo una forma visible» y, para asentar de una vez cómo la contemplación del Verbo es el fundamento de la ascesis de este Tiempo, se echa mano de los pasos más luminosos y profundos que hay en los escritos de los dos Apóstoles san Juan y san Pablo, ambos heraldos por excelencia de la Divinidad de Cristo.

La espléndida Liturgia de Navidad nos convida a postrarnos de hinojos con la Santísima Virgen María y san José ante ese Dios revestido de la humilde librea de nuestra carne: «Cristo nos ha nacido, venid, adorémoslo» ; «con toda la milicia celestial» nos hace cantar : «Gloria a Dios» ; y con la sencilla comitiva pastoril nos manda «alabar y glorificar a Dios»; y, por fin, nos asocia a la pomposa caravana de los Reyes Magos, para que con ellos nos «hinquemos delante del Niño y lo adoremos».

b.- Nacimiento temporal de la humanidad de Jesús

«Cuando haya salido el sol en el cielo, veréis al Rey de los reyes, que procede del Padre, como esposo que sale del tálamo nupcial». «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros».

Ese Dios a quien adoramos es la divinidad unida a la humana naturaleza en todo lo que aquélla tiene de más amable y de más débil, de modo que no nos deslumbre su luz, antes nos podamos acercar a Él sin pavor. El ABC de la vida espiritual consiste precisamente en conocer los misterios de la infancia del Salvador y asimilarse su espíritu. Por eso, durante algunas semanas contemplamos a Cristo en Belén, en Egipto y en Nazaret.

María da al mundo su Hijo, lo envuelve en pañales y lo recuesta en el pesebre, y José rodea al Niño de sus cuidados paternales. Es su padre, no ya sólo porque, como esposo de la Virgen, tiene derechos en el Fruto de su vientre, sino también porque —como dice Bossuet— «así como algunos adoptan hijos, así Jesús adoptó un padre».

Por eso, los tres benditos nombres de Jesús, de María y de José son como otras tantas preciosas perlas engastadas en los textos de la Liturgia de Navidad: «María, Madre de Jesús, se había desposado con José»; «Hallaron a María, a José y al Niño», «José y María, Madre de Jesús», «José toma al Niño y a su Madre», « ¡Hijo mío!, ¡tu padre y yo te andábamos bus­cando!»

c. Nacimiento espiritual del Cuerpo místico de Jesús

Pero dice santo Tomás que, «si el Hijo de Dios se encarnó, no fue tanto por Él cuanto por hacernos dioses mediante su gracia»[1].

A la humanización de Dios debe corresponder la divinización del hombre. «El Cristo total —añade san Agustín— lo forman Jesucristo y los cristianos. Él es Cabeza y nosotros miembros». Con Jesús nacemos siempre de un modo más perfecto a la vida sobrenatural, porque el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo[2].

Que toda nuestra actividad no sea sino el resplandor de esa luz del Verbo, que envuelva a nuestras almas. Esa es la gracia propia del tiempo de Navidad, el cual tiene por fin ampliar la divina paternidad, a fin de que Dios Padre pueda decir, hablando de su Verbo encarnado y de todos nosotros: «Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy». Hincadas en tierra las rodillas, digamos con respeto aquellas palabras del Símbolo: «Creo en Jesucristo, que nació del Padre antes que los siglos todos; Dios de Dios, consubstancial al Padre; que bajó de los Cielos y se hizo carne por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre. Creo en la santa Iglesia,que ha nacido a la vida divina por el mismo Espíritu Santo y por el Bautismo.

2. – Exposición histórica

El empadronamiento general que César Augusto mandó hacer por los años de 747-749 de Roma, obligó a José y a María a ir de Nazaret a Belén de Judea. Llegados a aquel lugar, la Virgen benditísima dio al mundo a su Hijo primogénito. Aludiendo a una tradición del siglo IV, que coloca la cuna de Jesús entre dos animales, la Liturgia citaba dos textos proféticos, uno de Isaías: «El buey conoció a su amo y el asno el pesebre de su Señor», y aquél de Habacuc: «Señor, te manifestarás en medio de dos animales».

En los contornos de Belén, los pastores guardaban sus ganados hasta que, avisados por el ángel, corrieron todos presurosos a la gruta. «¿Qué es lo que habéis visto? Decídnoslo. ¿Quién es el que ha aparecido en la tierra?» Y ellos responden: «Hemos visto a un recién nacido y coros de ángeles que alaba­ban al Señor: ¡Aleluya, aleluya!»

Ocho días después el di­vino Infante fue circunci­dado por José, y recibió el nombre de Jesús, según indicación del ángel hecha a José y a María. Cuarenta días después de haber María dado a luz a Jesús, se fue con Él al Templo para ofrecer allí el sacrificio prescrito por la Ley. Entonces vaticinó Simeón que Jesús había de salvar a su pueblo, y que una espada de dolor había también de traspasar el corazón de su Madre.

Tras del cortejo pastoril viene el de los Magos, los cuales llegan del Oriente a Jerusalén guiados por una estrella. Infor­mados por los mismos príncipes de los sacerdotes, caminan hasta Belén, porque allí es donde el profeta Miqueas predijo que había de nacer el Mesías. Y en efecto, allí se encontraron con el Niño y con María, su Madre y, postrándose a sus plantas, lo adoraron. Al regresar a sus tierras no pasaron por Jerusalén, según en sueños se les había advertido.

Herodes, que les había pedido que le dijesen dónde estaba el Niño recién nacido, viéndose burlado por los Magos, se encolerizó sobremanera e hizo matar a todos los niños de Belén, creyendo deshacerse por medio de arte tan inhumano del nuevo rey de los Judíos en quien se temía un terrible competidor. Un ángel se apareció entonces en sueños a José y le dijo que huyese a Egipto con María y con el Niño; y allí vivieron los tres hasta la muerte de Herodes, porque entonces el ángel del Señor se volvió a aparecer a José, mandándole regresar a la tierra de Israel. Mas sabiendo José que reinaba en Judea Arquelao en vez de Herodes su padre, como aquél era también perseguidor, temió por la vida del Niño, y así se retiró a Galilea, al pueblecito de Nazaret.

Los padres de Jesús lo perdieron un día en Jerusalén por las fiestas de Pascua cuando aún sólo tenía doce años; hasta que al cabo de tres días lo encontraron entre los Doctores en el templo. Vuelto a Nazaret, crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres; y de allí fue de donde Jesús salió para el Jordán cuando tenía treinta años, con ánimo de hacerse bautizar por san Juan, y éste, al verlo, declaró a los judíos que Jesús era el Mesías deseado.

 

3. – Exposición litúrgica

Litúrgicamente, el Tiempo de Navidad comienza por la Vigilia de esta solemnidad y termina con la fiesta del Bautismo del Señor (para el santoral este tiempo se extiende hasta la Presentación del Señor y Purificación de la Virgen Santísima, el 2 de febrero).

Se caracteriza por la inmensa dicha que el mundo siente de ver por fin a su Salvador. De ahí que este Tiempo sea de «gran regocijo para todo el pueblo». Con los ángeles, con los pastores, con los Magos sobre todo, primicias de los Gentiles, andemos «embargados de un intenso gozo» y cantemos con la Iglesia un alegre «Gloria in excelsis», ya que sus sacerdotes se revisten de blancos ornamentos, y el órgano recobra su voz melodiosa,

Y esta alegría es tanto mayor cuanto que el nacimiento temporal de Jesús es la prenda de nuestro nacimiento al Cielo cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo.

Jesús nace en medio de las tinieblas, figura de aquellas otras todavía más densas que oscurecían las almas. «Cuando el mundo entero yacía sepultado en el silencio, y la noche había andado la mitad de su carrera, tu Verbo todopoderoso, Señor, bajó de su regio trono» Por eso y por un privilegio especial, se celebra en Navidad una Misa a media noche, seguida de otra a la aurora, y de una tercera ya en pleno día. Y es que, conforme lo hacen notar los santos Padres de la Iglesia, en el momento en que el sol ha llegado a lo más bajo de su carrera y parece renacer, entonces renace también en el mundo el «Sol de Justi­cia». «Cristo nos nació cuando los días empiezan a crecer»[3]. La solemnidad de Natividad el 25 de Diciembre —que corresponde con la fecha del 25 de Marzo—, coincide con la fiesta que los pueblos paganos celebraban en el solsticio de invierno, para honrar el nacimiento del sol. Así cristianizó la Iglesia aquel rito gentil.

La Misa de media noche se celebraba en Roma en la Basílica de Santa María la Mayor —que representa a Belén—, pues en ella se veneran algunos trocitos del pesebre del Salvador, que fue reemplazado por una cuna de plata en la gruta misma en que Jesús nació[4].

Nuestro altar sea el pesebre en que Jesús nace por nosotros, muy especialmente en el día de Navidad, pues en este día los textos de la Misa sólo se refieren al misterio del Nacimiento del Salvador. Al volver a nuestras casas, manifestemos nuestro gusto litúrgico guardando las típicas costumbres de los grandes siglos de fe, en que las fiestas litúrgicas tenían resonancia y se prolongaban hasta el seno íntimo del hogar.

En toda casa cristiana debiera haber un pequeño pesebre, para rezar en torno de él durante este tiempo las oraciones de la mañana y de la noche. De ese modo, los niños comprenderían que en estos festivos días, tan propios para las alegrías infantiles, deben asociarse a los pastorcitos y los Magos, e ir con ellos a adorar a Jesús, reclinado sobre la paja, honrando allí también a su Madre y a su Padre nutricio, que de rodillas le contemplan.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] S. Thom. Summa, III q. 37 a. 3, ad 2

[2] S. León VI, Sermón de la Natividad

[3] Agustín, Sermón de la Natividad.

[4] Aquella gruta era ya a mediados del siglo II visitada por numerosos pere­grinos, y la emperatriz santa Elena hizo erigir en aquel santo lugar una basílica, que quiso que fuera muy modesta, pues Jesús nació en la pobreza. Cuidó de dejar visible parte de la roca, y cuando hacía el siglo VIII la cuna de plata desapareció, se puso un altar en el lugar en que se creía haber nacido el Señor.

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¿Por qué María estaba desposada con José, si tenía el propósito de permanecer siempre virgen?*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2010

 

S.S. Juan Pablo II, 21 de agosto de 1997

1.  El evangelio de Lucas, al presentar a María como virgen, añade que estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1, 27). Estas informaciones parecen, a primera vista, contradictorias.

Hay que notar que el término griego utilizado en este pasaje no indica la situación de una mujer que ha contraído el matrimonio y por tanto vive en el estado matrimonial, sino la del noviazgo. Pero, a diferencia de cuanto ocurre en las culturas modernas, en la costumbre judaica antigua la institución del noviazgo preveía un contrato y tenía normalmente valor definitivo: efectivamente,  [el desposorio] introducía a los novios en el estado matrimonial, si bien el matrimonio se cumplía plenamente cuando el joven conducía a la muchacha a su casa. En el momento de la Anunciación, María se halla, pues, en la situación de esposa prometida. Nos podemos preguntar por qué había aceptado el noviazgo, desde el momento en que tenía el propósito de permanecer virgen para siempre. Lucas es consciente de esta dificultad, pero se limita a registrar la situación sin aportar explicaciones. El hecho de que el evangelista, aun poniendo de relieve el propósito de virginidad de María, la presente igualmente como esposa de José constituye un signo de que ambas noticias son históricamente dignas de crédito.

2.  Se puede suponer que entre José y María, en el momento de comprometerse, existiese un entendimiento sobre el proyecto de vida virginal. Por lo demás, el Espíritu Santo, que había inspirado en María la opción de la virginidad con miras al misterio de la Encamación y quería que ésta acaeciese en un contexto familiar idóneo para el crecimiento del Niño, pudo muy bien suscitar también en José el ideal de la virginidad.

El ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le dice: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). De esta forma recibe la confirmación de estar llamado a vivir de modo totalmente especial el camino del matrimonio. A través de la comunión virginal con la mujer predestinada para dar a luz a Jesús, Dios lo llama a cooperar en la realización de su designio de salvación. El tipo de matrimonio hacia el que el Espíritu Santo orienta a María y a José es comprensible sólo en el contexto del plan salvífico y en el ámbito de una elevada espiritualidad. La realización concreta del misterio de la Encarnación exigía un nacimiento virginal que pusiese de relieve la filiación divina y, al mismo tiempo, una familia que pudiese asegurar el desarrollo normal de la personalidad del Niño.

José y María, precisamente en vista de su contribución al misterio de la Encarnación del Verbo, recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio. La comunión de amor virginal de María y José, aun constituyendo un caso especialísimo, vinculado a la realización concreta del misterio de la Encamación, sin embargo fue un verdadero matrimonio (cf. exhortación apostólica Redemptoris custos, 7).

La dificultad de acercarse al misterio sublime de su comunión esponsal ha inducido a algunos, ya desde el siglo II, a atribuir a José una edad avanzada y a considerarlo el custodio de María, más que su esposo. Es el caso de suponer, en cambio, que no fuese entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevaba a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María.

  

 

 

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Ciclo B, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 31, 2009

«Y no tenían tiempo»

 

Basta mirar a nuestro alrededor para comprender la autodestrucción paulatina que emprendió la humanidad hace tiempo: homicidios que se producen por todas las «causas» (¡hasta por simples juegos!), secuestros, guerras fratricidas, eliminación de las buenas costumbres, valoración de los demás como sólo peldaños… Urge trabajar por la reedificación de los valores perdidos.

Si analizamos la vida de Jesucristo, nuestro modelo, podremos ver que, desde su infancia en el taller de José hasta los días de su predicación, fue intenso su trabajo por los demás, pues pasó haciendo el bien.

Cuenta san Marcos que Él y sus apóstoles «no tenían tiempo ni para comer». Por eso los invitó a un lugar desierto para descansar un poco. Luego reemprendería su labor salvífica hasta su muerte ignominiosa en el patíbulo de los ladrones, derribando el muro de la enemistad entre el hombre y Dios: el pecado.

Sin embargo, contrasta hoy la actitud de las propagandas de los medios de comunicación, cuando nos invitan a colocar el descanso por encima del trabajo y la diversión como algo más importante que el servicio.

Si bien es verdad que después de una ardua labor conviene restituir las fuerzas para seguir adelante con las metas que nos hemos impuesto, muchos hombres desconocen aún ese milagro de amor que nos acercó, por la Sangre de Cristo, de nuevo a la paz.

Es necesario que todos sepan que Dios los amó y los ama con un amor infinito, que «anuló» en su carne la ley de los mandamientos formulada solo en decretos, dándole así plenitud por la caridad.

Esta labor es imposible sin que participemos todos los hombres bautizados, especialmente nosotros.

El mundo se derrumba y el único que puede salvarlo quiere necesitar de nosotros para hacerlo. ¿Qué vamos a hacer?

¡Respondámosle!

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Ciclo B, La Sagrada Familia

Posted by pablofranciscomaurino en enero 2, 2009

 

 

 

 

La salvación de la humanidad

 

Para no repetir las mismas lecturas del año anterior, este año B se nos recomienda que meditemos en los capítulos 15 y 21 del Génesis, en donde se nos cuenta que Abraham creyó al Señor y su esposa Sara, vieja —como él— y estéril, quedó embarazada, y con ello se inició una descendencia como el número de las estrellas del firmamento y, según la segunda lectura, la carta a los Hebreos, como la arena incontable de las playas.

Añade este libro sagrado que Abraham pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos, y así recobró a Isaac como figura del futuro.

Esta fe es una muestra de la que debemos tener en toda ocasión y circunstancia, en nuestras familias, tal y como la vivieron los miembros de la Familia de Nazaret.

Por eso, estos tres seres humanos —uno también divino— se nos presentan como el paradigma de la familia cristiana: la vida doméstica más ejemplar de todas cuantas ha habido, hay o habrá.

Por eso, vale la pena que revisemos nuestra fe. ¿Actuamos de acuerdo con ella? ¿Confiamos infinitamente en Dios en cualquier circunstancia, como lo hacían Jesús, María y José? O, por el contrario, ¿nos angustiamos cuando en el hogar falta lo necesario?, ¿cuándo hay problemas conyugales?, ¿cuándo no salen las cosas como queríamos?…

Si vivimos esa fe, con la gracia de Dios —que no faltará—, nuestros hijos crecerán y se desarrollarán, como Jesús, llenos del don de la sabiduría, y la gracia de Dios permanecerá con ellos.

Así, cuando lleguen a la edad madura, serán mujeres y hombres de bien, llenos del Espíritu Santo, de sus dones y de sus frutos, ciudadanos anticipados del Cielo y ejemplo de vida cristiana en la tierra.

Con hombres así, ya no habrá familias enfermas psicológicamente y, ya que la célula de la sociedad estará sana, sana también será la humanidad. Esto es lo que quiere Dios y nos da la gracia suficiente para lograrlo.

  

 

 

 

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¿Por qué tanto interés en la Virgen María?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace unos cien mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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