Hacia la unión con Dios

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Junio 24 NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Posted by pablofranciscomaurino en junio 24, 2012

La misión personal

 

Entre los cristianos se celebra el día de su muerte, el llamado: dies natalis, es decir, el día del nacimiento a la vida eterna de los santos.

Pero el nacimiento a la vida temporal solamente se celebra de Jesucristo, de la Santísima Virgen María y de san Juan Bautista. Quizás esto se deba al hecho de que la Biblia cuenta que Juan iba a «estar lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15) y que, desde entonces, «la mano del Señor estaba con él» (Lc 1, 59).

Efectivamente, en la primera lectura hablando como si fuera Juan el Bautista, Isaías dice: «Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: “Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso”.

Y, ¿para qué? San Pablo responde: «Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.”»

Al nacer Juan, a su padre Zacarías que estaba mudo, empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: “¿Qué va ser este niño?”. Y ese niño cumplió la misión para la cual vino a este mundo.

Hoy es un día para reflexionar sobre nuestra misión, sobre la razón de ser de nuestra existencia: ¿Sabemos ya a qué vinimos?, ¿a qué nos enviaron a esta tierra?, ¿cuál es nuestra misión personal?

Y, lo más importante: ¿estamos trabajando en ella?

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Ciclo C, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 20, 2010

El consuelo del Señor

 Las lecturas que se recomiendan para este año C nos hablan de una sensación de consuelo muy grande. Efectivamente, en el capítulo 40 del Profeta Isaías se oye a nuestro Dios gritar:

Consuelen, consuelen a mi pueblo. Hablen a la Iglesia, hablen a su corazón, y díganle que su jornada ha terminado, que ha sido pagada su culpa.

Y es que, según escribió san Pablo a Tito, la generosidad del Dios Salvador acaba de manifestarse a todos los hombres. Ahora nos queda aguardar la feliz esperanza, la manifestación gloriosa de nuestro magnífico Dios y Salvador, Cristo Jesús, que se entregó por nosotros para rescatarnos de todo pecado y purificar a un pueblo que fuera suyo, dedicado a toda obra buena. Pero se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres; no se fijó en lo bueno que hubiéramos hecho, sino que tuvo misericordia de nosotros y nos salvó.

Ese derroche de amor comenzó con un Bautismo: el día que fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo de Juan. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre Él y se manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida.»

En el Bautismo, volvimos a nacer y fuimos renovados por el Espíritu Santo que Dios derramó sobre nosotros por Cristo Jesús, nuestro Salvador. Habiendo sido reformados por gracia, esperamos ahora nuestra herencia, la vida eterna.

Pero también en la primera lectura hay una voz que clama: Abran el camino a Dios en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.

Para lograr esto, para ver estas maravillas, el Apóstol nos enseña el camino: rechazar la vida sin Dios y las codicias mundanas, y viviendo en el mundo presente como seres responsables, justos y que sirven a Dios.

   

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Ciclo B, II domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 20, 2009

El plan de felicidad para el mundo

 

Inspiración con la que Dios llama a algún estado. Esta es la definición de la palabra “vocación”. ¿La hemos sentido?

Hoy todos los textos nos hablan de ese llamado de Dios a cada uno de sus hijos.

Porque a cada uno de nosotros nos corresponde un papel, la función que debemos desempeñar en esta vida, para llevar a cabo el plan que Dios trazó desde la eternidad.

En ese plan se llevará a cabo el ideal de la Nueva Jerusalén: un mundo lleno de amor, paz y alegría, un mundo donde solo habrá felicidad, con el cual soñamos todos y por el cual —aun sin saberlo— luchamos todos.

Pero luchamos a veces equivocadamente: según nuestro propio parecer. Nos olvidamos de que existe un plan maestro, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios.

Por eso, hoy podemos seguir el ejemplo de Samuel, que aprendió del sacerdote Elí a escuchar la voz del Maestro, de Aquél que ideó ese plan perfecto: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. O el de los dos discípulos de Juan Bautista que, al oír sus palabras: “Este es el Cordero de Dios”, dejaron a su antiguo maestro y se fueron en pos de la mismísima Sabiduría encarnada: Jesucristo.

Él está ahí, en frente de nosotros, durante la Eucaristía, llamándonos por nuestro nombre, para darnos nuestra misión, esa pequeñita misión que hace parte de todo el plan de felicidad para el mundo.

Y si queremos que ese plan se lleve a cabo, repetiremos las palabras del salmo, diciéndoselas a Él: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Solo el hecho de hacer parte del grupo que llevará a cabo ese plan ya es una gran alegría: ¡Luchamos por un Reino que no tendrá fin!

Entonces conoceremos dónde vive el Maestro; como a los discípulos, nos dirá: “Venid y lo veréis”. Y veremos que Él vive en el reino del amor, el reino de la felicidad auténtica. ¿No vale la pena?

 

 

 

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Ciclo B, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 19, 2009

Nuestra realización personal

 

En las lecturas de este año B, es Dios mismo por medio de Isaías quien nos grita: A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan; pidan sin dinero y coman, pidan sin pagar. Si me hacen caso, comerán cosas deliciosas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas. Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.

Estas palabras tienen un mensaje más profundo de lo que aparece a primera vista: habla primero de cosas materiales —comida, bebida—, pero termina diciendo que nuestra alma vivirá. Lo que pasa es que, como lo dice esta primera lectura, así como el Cielo está muy alto por encima de la tierra, así también los caminos de Dios se elevan por encima de nuestros caminos y sus proyectos son muy superiores a los nuestros.

Del principal proyecto, precisamente, nos habla san Juan en la segunda lectura: vencer al mundo para llegar a la única meta que realmente importa: la felicidad eterna en el Cielo. Y, ¿qué nos dice? Que quien vence al mundo es el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, que viene por el agua y la sangre: Jesucristo; y el Espíritu Santo también da su testimonio, el Espíritu que es la verdad.

Por eso Juan el Bautista dice: «Yo los he bautizado con agua, pero Él los bautizará en el Espíritu Santo.» Y así ocurrió: nos bautizaron con el agua que brotó del costado de Cristo, fuimos salvados por el derramamiento voluntario de su Sangre y el Espíritu Santo nos lleva misteriosamente hacia la santidad, es decir, al Cielo, donde seremos infinita e inmensamente felices.

Si Dios es amor, podemos decir que Él solo se realiza amando. Y si nosotros fuimos hechos para ser amados por Él, también podemos afirmar que nuestra realización personal consiste en ser amados por la Santísima Trinidad. Por eso, en el momento en el que Juan Bautizaba a Jesús, se vio la gloria de la Santísima Trinidad. Fue un presagio de lo que nos espera allá arriba, donde lograremos la tan anhelada realización personal.

 

 

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