Hacia la unión con Dios

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¿Dios castiga?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 1, 2018

Si recurrimos a las definiciones de la Real Academia Española, podemos entender mejor este asunto.

Efectivamente, hay cinco acepciones para la palabra: CASTIGO. Estas son las dos que nos interesan:

  1. m. Pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta.

  2. m.ant. Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección.

La primera definición se refiere a la pena que pagan en el Purgatorio o en el Infierno quienes quedaron debiendo algo, mientras que la otra es la que se aplica aquí en la tierra: Dios, en su infinita misericordia, prefiere amonestarnos amorosamente, para que nos corrijamos y no tengamos que pagar nada en el Purgatorio o en el Infierno.

Por eso es que decimos que Dios es infinitamente misericordioso y también infinitamente justo: infinitamente misericordioso antes de nuestra muerte (nos da miles de oportunidades de enmendarnos) y es infinitamente justo inmediatamente después de que muramos, pues es el momento de la justicia, cuando ya no hay oportunidad de enmendar nada, pues ya nos dio todas las oportunidades para arrepentirnos y cambiar.

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La nueva Jerusalén, ¿aquí?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 3, 2016

 

“Y oí una voz que clamaba desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres; Él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y Él será Dios-con-ellos; Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado. […] Al que tenga sed yo le daré de beber gratuitamente del manantial del agua de la vida. Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí.’ […] A su luz caminarán las naciones, y los reyes de la tierra llevarán a ella sus riquezas. No habrá que cerrar sus puertas al fin del día, ya que allí no habrá noche. Traerán a ella las riquezas y el esplendor de las naciones. Nada manchado entrará en ella, ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.” (Apocalipsis, capítulo 21)

Además se puede leer en Isaías (capítulo 11) algo que, contradiciendo algunas exégesis, tendría el mismo sentido:

“El lobo habitará con el cordero, el puma se acostará junto al cabrito, el ternero comerá al lado del león y un niño chiquito los cuidará. La vaca y el oso pastarán en compañía y sus crías reposarán juntas, pues el león también comerá pasto, igual que el buey. El niño de pecho jugará sobre el nido de la víbora, y en la cueva de la culebra el pequeñuelo meterá su mano. […] No cometerán el mal, ni dañarán a su prójimo en todo mi Cerro santo, pues, como llenan las aguas el mar, se llenará la tierra del conocimiento del Señor.”

Ya es hora de hacer realidad estos pasajes evangélicos:

Veo a un hombre darle el paso a otro en el tráfico, a otro pedirle perdón a alguien después de estrellar su carro y pagarle todos los daños, más allá se observa cómo un joven ayuda a una anciana a pasar la calle y todos los autos se detienen con calma para que no tenga que apurarse. Los transeúntes sonríen y se saludan los choferes, las filas son respetadas…

En los bancos, teatros y demás lugares públicos se ve la cortesía y la urbanidad en las colas, los ancianos son pasados adelante; nadie fuma, el licor es tomado moderadamente; los espectáculos son sanos y preservan la moral; en las tiendas la atención es esmerada y educada, pero no solamente por el interés económico…

La tecnología y la ciencia están al servicio del hombre y no al revés. En los congresos científicos se enseña todo si egoísmos, buscando más que el reconocimiento, el bienestar del hombre en sus aspectos biológico, psicológico y espiritual…

Con la economía sucede lo mismo: es para el hombre y no el hombre para ella.

Ya casi no hay trabajo para los abogados: todos tratan de solucionar sus problemas de común acuerdo. Solo se los busca para llenar algunos requisitos indispensables…

La ecología es prioridad para todos…

Los escritores dedican todos sus esfuerzos a propagar buenas costumbres… En las comunicaciones, los medios destacan lo bueno, informan con veracidad…

Empleados y patrones se tratan con justicia…

En el comercio, se acabó la competencia y fue reemplazada por la cooperación. Solo se venden productos útiles y no se crean necesidades…

Ya no existe la pornografía ni el machismo, ni la degradación de la mujer…

Ellas ganan un buen salario, trabajando medio tiempo, para poder dedicarse a la educación de los hijos…

La política está al servicio del pueblo y no de intereses particulares…

La educación es una de las principales prioridades de los gobiernos…

La gente es consecuente con su manera de pensar: no hay católicos de segunda categoría, todos luchan a diario por ser mejores en todos los aspectos. La ascética es pelea de todas las almas y la mística acompaña a muchos…

Se respetan otras formas de pensar. No se discute ni siquiera con un poco de acaloramiento sobre las diferencias, sino que se habla de lo que unifica y enriquece…

La gloria de Dios y la paz entre los hombres es la meta principal de todos.

Como se ve, a cada uno le corresponde hacer algo por la nueva Jerusalén.

¿Utopía de ingenuos? Lo seguirá siendo hasta que comencemos, con Jesús.

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Llegar a la perfección

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2015

La vida plena de un cristiano es unirse a la de Cristo. Pero esa unión no es la de un amigo que acompaña a otro, sino la del que vive intensamente su vida. Su unión es tan íntima, que sufre con lo que él sufre, goza con lo que él goza, desea lo que él desea…, y así, sucesivamente.

Algunos han vivido así su relación con Él. La gracia de Dios ha sido tan penetrante, que han podido comprender que no hubo en la vida de Jesús un anhelo más grande que el de salvar a las almas del terrible destino a que se veían abocadas por el pecado de soberbia que habían cometido contra su Dios, contra su Hacedor, contra su eterno benefactor.

Entre las muchas cosas que se pueden rememorar, están las palabras de san Pablo: Sufro en mi carne lo que le falta a Cristo. ¡Ese es el verdadero sentido de la vida del cristiano: ayudar a Jesús a redimir a los hombres! Pero no como quien se une a otro para hacer una buena labor en el mundo, no. Es siendo otros Cristos en medio de las gentes, ofreciendo cada instante de la vida a Dios Padre —como hizo Jesús— con afán redentor, pues el panorama es desolador: son muy pocos los hombres que cumplen con la Ley de amor que nos dejó. Conviene recordar que muchos no hacen lo único que les daría la vida eterna, esto es: amar como amó Jesús. ¡Cuántos estarán errando el camino al Cielo! Para completar, son pocos los que ayudan a Cristo a pedir perdón a su Padre por las faltas cometidas.

En el alma sacerdotal, cada acción, cada palabra, cada pensamiento ofrecido al Padre en común unión con Cristo será un acto redentor, y pasará de ser algo pobre o carente de valor a convertirse en un acto valiosísimo, pues tendrá la bendición y la fuerza de todo un Dios. El brazo justiciero del Padre se verá sostenido otra vez y, por un tiempo más, seguirá su curso el tiempo de la misericordia.

Esa es la misión del sacerdote: corredimir intensa y profundamente. Y todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo desde que recibimos el Bautismo.

Para eso, es necesario profundizar en la vida de Jesucristo, saber que lo que redimió al mundo fue su Cruz. Si somos generosos, podremos ofrecer al Padre nuestra pequeña cruz de cada día uniéndola a la de Cristo, de manera que, así ofrendada, se potencialice su acción hasta salvar a todos.

Y, si somos realmente libres y amamos de veras, podemos llegar a la perfección: crucificarnos con él en su Cruz, anulando todo ego y poniéndonos en sus manos para decirle que haga de nosotros lo que quiera. Ahí es cuando comenzaremos a ser discípulos suyos. Eso fue lo que logró san Pablo de la Cruz: pudo identificarse tanto con Cristo que vivió místicamente la Pasión y la Muerte de Jesucristo y sintió, como Jesús, los dolores que le produjeron nuestros pecados.

Siguiendo este camino llegará el día en que podamos afirmar con toda verdad y plenitud lo que dijo el apóstol: «Vivo yo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí».

 

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Ciclo C, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2012

La felicidad auténtica

 

Todo lo que anunció el profeta Baruc es la expresión de la felicidad auténtica, como la entendían en el Antiguo testamento: que se abajen todos los montes elevados y las colinas encumbradas, que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, que los hijos de Dios caminen con seguridad guiados por la gloria de Dios, que el boscaje y a los árboles aromáticos le hagan sombra, que Dios los guíe con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia… ¡Que seamos felices de verdad!

Y para conseguir este fin, nos pide san Juan Bautista, ya en el Nuevo Testamento: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios». Esto quiere decir que la felicidad verdadera se da a quien endereza lo torcido en su vida, esto es, a quien se convierte.

Convertirse es todo un itinerario: primero es dejar de pecar; después es reducir los defectos y ganar virtudes; más adelante es buscar y conseguir la unión con Dios, el Amor de los amores, el único que llena nuestras ansias de felicidad.

Por eso, san Pablo, en la segunda lectura, desea que nuestro amor «siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores».

Hagamos caso a Dios, que nos dice por intermedio del profeta Baruc: despojémonos de nuestro vestido de luto y aflicción y vistámonos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da, envolvámonos en el manto de la justicia de Dios y pongámonos en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo».

Así llegaremos al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.

Y podremos gritar eternamente: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres […] La boca se nos llena de risas, la lengua de cantares».

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Ciclo C, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 26, 2012

Quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad

Iniciamos hoy el tiempo de Adviento, recordando ambas venidas de Jesús: la primera —lleno de misericordia— para pagar nuestros pecados; la segunda —lleno de justicia— para dar a cada uno lo que le corresponda, después de habernos dado infinidad de oportunidades para enmendarnos.

Por eso, conviene que revisemos nuestra conducta de modo que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de todos sus santos, nos presentemos santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre, como lo recomienda san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses.

Él mismo nos dice qué y cómo debemos pedir: Que el Señor nos colme y nos haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, y que así nos fortalezca internamente. Asimismo, nos ruega y exhorta: «han aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues procedan así y sigan adelante. Ya conocen las instrucciones que les dimos, en nombre del Señor Jesús.»

Y, ¿cuáles son esas instrucciones? Las mismas que nos hace Jesús: «Tengan cuidado: no se les embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se les eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estén siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manténganse en pie ante el Hijo del hombre.»

Porque «habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad.»

Cuando empiece a suceder esto, como lo dice Jesús, habrá algunos que se levantarán, alzarán la cabeza y se darán cuenta de que se acerca su liberación: se salvarán y vivirán tranquilos. ¿Estaremos entre ellos?

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Ciclo A, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2011

Servir al Rey y reinar con Él

Estamos acostumbrados a recordar con algo de preocupación el Evangelio del día de hoy. Es que asusta un poco eso de que algunos serán puestos a su izquierda y oirán de boca de Dios: «¡Malditos, aléjense de Mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!»

Pero vale la pena revisar las otras lecturas para descubrir que Dios está aquí, que viene en busca de sus ovejas; se ocupará de ellas como el pastor que se ocupa de su rebaño, las llevará a descansar. Incluso buscará a la que esté perdida, volverá a traer a la que esté extraviada, curará a la que esté herida, reanimará a la que esté enferma, velará por la que esté sana; las cuidará con justicia.

Después, el universo entero le quedará sometido, y así vencerá al mal, y pondrá a todos sus enemigos bajo sus pies, hasta el último de sus enemigos: la muerte.

Solo el Rey de reyes, el Señor de los señores, el dueño de la creación puede lograr todo eso. Por tal razón, se celebra hoy la solemnidad de Cristo Rey.

Súbditos de ese eterno soberano como somos, podremos llegar a escuchar su alentadora promesa: «Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo».

¿Vimos hambrientos y les dimos de comer? ¿Vimos sedientos y les dimos de beber? ¿Vimos forasteros y los recibimos, o sin ropa y los vestimos? ¿Vimos enfermos o en la cárcel, y los fuimos a ver? El Rey dijo que cuando lo hicimos con alguno de los más pequeños de sus hermanos, se lo hicimos a Él.

A estas obras de misericordia corporales hay que añadir las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir con cariño y prudencia al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofensas, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por los vivos y por muertos.

¿Queremos vivir inmensamente felices en el Cielo, junto al Rey? En este momento, al final del año litúrgico, ¡qué bien cae este examen de conciencia! Comencemos este año que viene con el propósito firme de servir.

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Ciclo A, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 7, 2011

Dios o el dinero

 

¿Andamos preocupados por la vida? Fijémonos en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros y, sin embargo, el Padre del Cielo, nuestro Padre, las alimenta. ¿No valemos mucho más que las aves? ¡Qué poca fe tenemos!

Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, el Padre nuestro, sabe que necesitamos todo eso. Oigamos lo que nos dice hoy: «¿Puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidara, yo nunca me olvidaría de ti.»

Y, ¿qué hacer para lograr que Él no se olvide de nosotros? Él también nos lo dice: Buscar primero el Reino de Dios y la Justicia de Dios, y se nos darán también todas las cosas que necesitamos.

Pero como nadie puede servir a dos patrones (necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro), no podemos servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. Es necesario que, de ahora en adelante, nos ocupemos más en saber la voluntad de Dios y en cumplirla, que en ganar más dinero o tener más cosas.

Cuando falta el dinero, ¿nos angustiamos más que cuando nos falta la Eucaristía del domingo? ¿Qué pensamientos ocupan más nuestra mente: nuestras posesiones o el estar en paz con Dios, confesados? ¿Llegamos a hacer cosas deshonestas por ganar un poco más de dinero? ¿Cobramos lo justo? ¿Pagamos lo justo? ¿Damos o pedimos comisiones «por debajo de cuerda»? ¿Cumplimos nuestro horario de trabajo o le robamos unos minutos a la empresa?…

Los hechos hablan más que las palabras. No podemos servir a Dios y al dinero.

Si queremos que nunca nos falte lo necesario —ni lo material ni lo espiritual—, tenemos que escoger.

«Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios lo que se merece.»

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Ciclo A, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 17, 2011

La justicia y la obediencia

 

Las lecturas de hoy hacen referencia a la Justicia: Isaías presagia que Jesús hará «florecer la justicia en la verdad». Anuncia la llegada de la Verdad a la tierra.

Efectivamente, envuelta como estaba en la oscuridad, la vida de los hombres se parecía a la de los animales: no sabían de dónde venían, para dónde iban ni qué habían venido a hacer en este mundo. Sólo el pueblo elegido por Dios empezaba a entrever algunos de sus mensajes y a alimentar una esperanza: Dios les manifestaría las respuestas a esas trascendentales preguntas cuando llegara el Mesías.

Hace unos dos mil años vino, y nos mostró el camino. Vale la pena preguntarnos: ¿conocemos ese mensaje?, ¿lo estamos siguiendo?

En los hechos de los apóstoles, por ejemplo, san Pedro dijo: «Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas». Esas palabras muestran otra faceta de la justicia: para Dios no hay seres humanos de segunda categoría; todos son sus hijos, simplemente.

Y nosotros, ¿tratamos igual a todos los hombres? ¿Los consideramos siempre nuestros hermanos? Este es el sentido exacto de la justicia. Después de un examen sincero, es seguro que habrá mucho por mejorar.

Siguiendo este sentido de justicia, en el Evangelio se lee cómo Juan, el Bautista, le dice a Jesús: «¿Tú vienes a mí? Soy yo quien necesita ser bautizado por ti». Pero luego tiene que obedecer a Jesús, y lo bautiza.

Esto significa que no podemos pretender entender las razones que Dios Padre tiene para permitir que nos suceda lo que nos sucede.

Por eso, no nos queda otra opción diferente que obedecer al que nunca se equivoca, al que nos ama por encima de todas las cosas, al que dio su vida por nosotros, al que domina el tiempo y el espacio, y que conoce lo que nos conviene.

Obedecer a su Iglesia. Obedecer al Papa, a los Obispos…, a sus directrices. Esa es la mejor forma de vivir la justicia.

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La justicia infinita de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en enero 14, 2011

 

Dios es misericordioso. Nada más veraz, nada más cierto. La mayor evidencia de la misericordia de Dios se muestra en la tríada del cristiano: la creación, la Encarnación y la Redención. Efectivamente, esas tres realidades definen más que nada ese atributo divino poseído en forma infinita, como todos los suyos: nos creó, nos hizo los reyes de la creación visible, y cuando nos alejamos voluntariamente de la felicidad eterna en el Cielo vino como uno de nosotros y murió para pagar nuestra deuda…

Pero también es infinitamente justo. Lo dicen innumerables pasajes de la Biblia. Solamente de uno de sus 73 libros, el Evangelio de san Mateo, se extractan a continuación algunas palabras del Hijo de Dios, nuestro salvador Jesús:

El Amor de los amores dijo un día:

«El que ignore el último de los mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

Y añadió, para que quedara muy claro:

«Yo os lo digo: si no hay en vosotros algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley, vosotros no podréis entrar en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20).

Parece duro que aquél que lloró por su amigo Lázaro predicara un día lo siguiente:

«Yo os digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22).

El que perdonó al ladrón en la cruz fue bastante claro:

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (Mt 5, 29).

El que sentía compasión de todos, pues estaban como ovejas sin pastor les decía:

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9).

El que contó la bella historia del hijo pródigo habló de la senda que lleva a la perdición:

«Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran.» (Mt 7, 13-14)

¡Y esto es palabra de Dios!

El que se compadeció de la mujer cananea decía refiriéndose a los hombres:

«Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego» (Mt 7, 19).

Aquél que sintió dolor por la mujer que perdió a su hijo y lo resucitó dijo:

«Entonces yo les diré claramente: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, vosotros que hacéis el mal!» (Mt 7, 23).

El que curó a un paralítico proclamó una vez:

«Os digo que, en el día del Juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que vosotros» (Mt 11, 24).

El que curó a los endemoniados dijo otro día:

«Yo os digo que, en el día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho» (Mt 12, 36).

El que curó a un leproso le dijo a Pedro, cuando él no quiso aceptar la pasión de su maestro:

«Apártate de mí Satanás» (Mt 16, 23).

Leamos lo que hizo el que decía que había que perdonar las ofensas y poner la otra mejilla:

Entró en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo. Derribó las mesas de los que cambiaban monedas y los puestos de los vendedores de palomas. » (Mt 21, 12).

El que habló del amor a los enemigos, una vez sintió hambre y veamos lo que pasó:

Divisando una higuera cerca del camino, se acercó, pero no encontró más que hojas. Entonces dijo a la higuera: «¡Nunca jamás volverás a dar fruto!» Y al instante la higuera se secó. Al ver esto, los discípulos se maravillaron: «¿Cómo pudo secarse la higuera, y tan rápido?» (Mt 21, 18-20).

El que multiplicó los panes para que comiera la gente no dejó entrar a las vírgenes necias:

Más tarde llegaron las otras jóvenes y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero él respondió: «En verdad, os lo digo: no os conozco.» Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis el día ni la hora. (Mt 25, 11-13).

El que sanó al siervo del Centurión contó alguna vez la historia de alguien invitado a las bodas de un rey:

Le dijo: «Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas?» El hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a sus servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Sabed que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.» (Mt 22, 12-14).

El que resucitó a una niña recriminó con todos estos insultos a los escribas y fariseos:

«¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos, que sois unos hipócritas! […] ¡Ay de vosotros, que sois guías ciegos! […] ¡Torpes y ciegos! […] no cumplís la Ley en lo que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe. […] ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos, que sois unos hipócritas! Vosotros sois como sepulcros blanqueados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Vosotros también aparentáis ser personas muy correctas, pero en vuestro interior estáis llenos de falsedad y de maldad. […] ¡Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo lograréis escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 13-33)

 Todas estas son citas de uno solo de los libros de la Biblia. Si se escribieran todas las citas que hay en los otros 72 libros sobre la justicia de Dios, este artículo sería de unas trescientas páginas.

Como se ve, Dios posee en grado infinito, no solamente la misericordia, sino también la justicia.

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La infinita misericordia de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2010

Dios es perfecto; si no, no sería Dios. Y si es perfecto, tiene todos los atributos en grado sumo: es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo.

Sin embargo, hoy se está extendiendo en muchos ambientes cristianos la idea de que Dios es únicamente misericordioso. Según quienes así piensan, los pecados que cometemos serían siempre perdonados por Dios, aunque no nos arrepintiéramos ni procuráramos mejorar. Con este modo de pensar, el amor a Dios y al prójimo serían solo sentimientos que no nos exigen responsabilidades. Amar a Dios sobre todas las cosas significaría «sentir» que lo amamos, aunque incumplamos todos sus mandamientos. Así hablan:

«Practiquemos el satanismo o el espiritismo. Creamos en la Nueva Era, leamos temas esotéricos; ¿qué importa?»

«Asistamos a Misa los domingos y fiestas de precepto sólo cuando nos nazca. Y si vamos, podemos llegar a la hora que queramos. »

«Ofendamos a nuestros padres, y no les pidamos perdón.»

«Llegado el caso, matemos, pues todos los asesinos son perdonados por Dios. No importa cuántos homicidios cometamos: el amor de Dios es tan grande que hasta Hitler y todos los magnicidas de la historia viven en el Cielo, inmensamente dichosos, junto a Dios… »

«Los que practican el aborto, las que se los mandan a hacer, los que pagan esos abortos y los que lo promueven pueden seguir haciéndolo tranquilos. Lo mismo sucede con la eutanasia: Dios nos hizo dueños de la vida de los demás, especialmente de la de los más débiles… »

«Herir física, psicológica o moralmente a los demás puede que sea malo, pero Dios es tan bueno que perdonará a los torturadores, a los esposos y padres que usan los golpes o los insultos o la coacción psicológica o la humillación, a los maestros y a los patronos que atormentan psicológicamente a sus estudiantes y empleados…»

«Él sabrá comprendernos si, para evitar los hijos, usamos anticonceptivos. »

«Nada de malo hacen quienes tienen relaciones prematrimoniales.»

«La unión libre o el matrimonio civil son una opción más; por lo tanto, eso nunca ofenderá a Dios. Tampoco es malo masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.; nada de esto es pecado.»

«Los que roban, cobran injustamente, retienen cosas de propiedad de los demás, demoran los pagos de los empleados o les pagan muy poco, pueden continuar haciéndolo: es verdad que todo esto son injusticias que causarán más y más desorden social, pero a la misericordia divina no le gana nada.»

«Levantar falsos testimonios podrá causar infamias, pero no el castigo de Dios. Las mentiras —todas—, la difamación, los engaños…, no son nada malo: ¡Dios es tan bueno!»

«Ser infiel es siempre objeto de la compasión de Dios; no importa todo lo que sufran los hijos ni la mujer burlada; tampoco importa el daño que se le hace a la sociedad: el caos producido por estas traiciones no impedirá la bondad de Dios.»

En resumen, estas personas nos invitan a ofender a Dios, a burlarnos de sus mandamientos. Y si lo pensamos bien, también nos están invitando a ser malos con el prójimo y a acabar con el poco orden social que existe.

Se les olvidó que «amar a Dios es guardar sus mandatos» (1Jn 5, 3); se les olvidó que Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14, 15); se les olvidó que si Dios no fuera infinitamente justo, no sería Dios, pues no sería perfecto.

  

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Ciclo C, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 11, 2010

¿De verdad tenemos fe?

 

Quizá algún día hayan sido nuestras las palabras de Habacuc: ¿Hasta cuándo, Dios mío, te pediré socorro sin que Tú me hagas caso? ¿Por qué me obligas a ver la injusticia? ¿Acaso tus ojos soportan la opresión? Sólo observo robos y atropello, y no hay más que querellas y altercados…

Dios le respondió a él, diciendo: «El que vacila nunca contará con mi favor, el justo sí vivirá por su fidelidad».

Por eso nunca debemos vacilar en nuestra fe; por eso debemos ser fieles, y creer en Él, que nos amó hasta dar su vida por nuestra felicidad, derramando hasta la última gota de su santísima Sangre…

Él nunca nos faltará en los momentos de necesidad; y, si parece que lo hace, es para que nosotros nos beneficiemos en algo que no alcanzamos a ver. Él ve las situaciones de nuestra vida con un telescopio de largo alcance; nosotros, con microscopio: así, situaciones que parecerían beneficiosas resultan desastrosas a largo plazo; y al revés. Solo Dios sabe cuánto provecho nos hará cualquier situación en la que nos encontremos, por mala que parezca.

San Pablo nos invita hoy a que reavivemos el don que recibimos en el Bautismo, «porque Dios no nos dio un espíritu de timidez, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de buen juicio», sostenidos por la fuerza de Dios.

Los apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Hagamos nosotros lo mismo, con constancia, y llegaremos a tenerla —como dijo Jesús— más grande que un granito de mostaza: no solo le diremos a un árbol: Arráncate y plántate en el mar, y el árbol nos obedecerá, sino que haremos mayores milagros.

Eso fue lo que hicieron los ya innumerables santos: ¡milagros! La fuerza y el poder de Dios no se han debilitado: lo que faltan son mujeres y hombres de fe.

Y cuando hayamos hecho todo lo que se nos haya mandado, digamos como los santos: «Somos simplemente servidores; no hemos hecho sino lo que teníamos que hacer, lo que era nuestro deber».

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Cilclo C, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 30, 2010

Sorpresas a la hora del juicio

 

El profeta Isaías, en la primera lectura, nos entreabre el aspecto místico del fin de los tiempos, cuando toda la humanidad se entregará a adorar a su Creador…

Si obtenemos la misericordia de Dios, en ese momento la paz inundará nuestros corazones; no nos dejará la alegría de haber obtenido la meta; y nos embragará la felicidad de sabernos amados infinita y eternamente por Dios, pues ya no seremos estorbo para su amor.

Pero no todos alcanzarán esa dicha: muchos serán enviados a llorar y a rechinar los dientes eternamente, como nos lo advierte el Señor en el Evangelio de hoy.

Sus palabras están dirigidas a nosotros. Efectivamente, nos dice: «No sé quiénes son ustedes. Aléjense de Mí, malvados. Ustedes serán echados fuera. Hay últimos que serán los primeros y primeros que serán últimos».

Es que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó, y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, cultura, viajes, talentos, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo.

Pero Dios no quiere que vayamos al Infierno. Por eso nos amonesta diciéndonos lo que nos podría pasar. Y por eso también nos corrige: en la segunda lectura, se nos explica en qué consisten las correcciones divinas:

«No menosprecies la corrección del Señor, pues Él corrige a quien ama». Como a hijos nos trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Y lo hace para hacernos partícipes de su santidad, de la felicidad auténtica.

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¿Justicia o misericordia?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2010

 

Somos solamente criaturas y, por lo tanto, somos imperfectos; Dios no. Por eso, porque Dios es perfecto, Él no puede dejar de ser infinitamente justo: aunque es verdad que es infinitamente misericordioso, también debe ser infinitamente justo; si no lo fuera, no sería perfecto y, por lo tanto, no sería Dios.

Y, ¿cómo puede ser a la vez infinitamente misericordioso e infinitamente justo?

Hay una regla establecida por el mismo Dios que combina con perfección ambos atributos suyos: habrá misericordia hasta el último instante de nuestras vidas. Pero habrá un momento en el que Dios —por su infinita sabiduría— sabrá que, por más tiempo y oportunidades que nos dé para corregir el mal y hacer el bien, ya no mejoraremos; entonces determinará el final de la vida temporal que nos dio, y nos llevará inmediatamente después de nuestra muerte a un juicio, y hará justicia.

Por eso, no son mentiras las que decimos cuando afirmamos que nosotros mismos nos condenamos, porque para ese momento Dios habrá agotado todos los medios que se le ocurrieron a su infinita misericordia para que nos arrepintiéramos durante esta vida terrenal.

La posibilidad que tenemos de sufrir un castigo eterno depende de dos privilegios que Dios nos regaló: un alma inmortal y la libertad. Es un gran acto de amor de Dios el que nos haya dado esas facultades, porque así nos parecemos más a Dios, pero por ellos tenemos el riesgo de caer y pecar. Los animales y las plantas, aunque son seres vivos, no tienen alma inmortal: al morir dejan de existir. Tampoco tienen la libertad de hacer el mal; por eso no tienen posibilidad de pecar y de condenarse.

En esta vida no hay premios: los premios se nos darán en el Cielo. Lo mismo ocurre con los castigos con los que pagaremos nuestras culpas: se llevarán a cabo en el purgatorio o en el infierno.

Aquí, los castigos que recibimos son correcciones amorosas, con las que Dios procura únicamente llevarnos al Cielo para hacernos felices, totalmente felices, inmensamente felices, eternamente felices…

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Ciclo C, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 21, 2009

La predicación del bautista

 

Era en Israel grande la expectación por la venida del Mesías, la promesa de la redención. Ya desde el año 737 antes de Cristo, Isaías había anunciado a la «voz que grita en el desierto», a Juan, el bautista, el último de los profetas mesiánicos.

Todos acudían a Él en busca del alimento espiritual: la preparación, con penitencia, para el acontecimiento más grande en la historia de la humanidad: el nacimiento de quien habría de reconciliarnos con Dios Padre.

Las muchedumbres, ansiosas, le preguntaban: «¿Qué hemos de hacer?»

Hoy, cuando faltan pocos días para la llegada de Jesús, ¿qué hemos hecho para prepararnos?

El Adviento es la época de preparación para que Cristo entre en las vidas nuestras: Dios con nosotros y en nosotros. Si sabemos aprovechar estos momentos, podremos desechar de nuestra vida lo malo, y encaminarnos por caminos de paz, de alegría y de amor.

Al ver a Juan, la gente se daba cuenta del momento histórico que estaban viviendo. Si abrimos los ojos del alma, descubriremos el momento espiritual que se nos acerca: podremos, a partir de ahora, tener a Dios en el corazón y llevarlo a nuestros hogares, a nuestro trabajo, a nuestra vida familiar y social, y seguir la lucha que emprendiera hace dos siglos el que venció a la muerte y al mal. ¿Cómo? Oigamos lo que el bautista contestaba:

El que tiene dos túnicas dé una al que no tiene, y el que tiene alimentos haga lo mismo. No exigir nada fuera de lo que está tasado. No hacer extorsión a nadie ni denunciar falsamente y contentarse con lo que se recibe.

Esto quiere decir que conviene que seamos caritativos y desprendidos. Hay muchos que no tienen lo necesario para vivir. ¿Qué haremos por ellos en esta Navidad?

Y, por otra parte, después de confesarnos (porque es época de penitencia), ¿por qué no nos decidimos hoy a evitar hacer el mínimo daño o perjuicio a los demás?

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Dios, ¿solamente misericordioso?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 19, 2009

 

Dios es infinitamente misericordioso. Nada más veraz, nada más cierto. La mayor evidencia de la misericordia de Dios se muestra en la creación, la Encarnación y la Redención, la tríada del cristiano.

Pero también es infinitamente justo. Lo dicen innumerables pasajes de la Biblia. Examinemos algunos de ellos, del Evangelio de san Mateo:

El Amor de los amores dijo un día: «Yo os lo digo: si no hay en vosotros algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley, vosotros no podréis entrar en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20).

No parece que aquél mismo que lloró por su amigo Lázaro predicara un día lo siguiente: «Yo os digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (5, 22).

El que perdonó al ladrón en la cruz fue bastante claro: «Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (5, 29).

El que contó la bella historia del hijo pródigo habló de la senda que lleva a la perdición: «Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran» (7, 13-14). ¡Y esto es palabra de Dios! 

El que se compadeció de la mujer cananea decía refiriéndose a los hombres: «Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego» (7, 19).

Aquél que sintió dolor por la mujer que perdió a su hijo y lo resucitó dijo: «Entonces yo les diré claramente: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, vosotros que hacéis el mal!» (7, 23).

El que curó a los endemoniados dijo: «Yo os digo que, en el día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho» (12, 36).

El que decía que había que perdonar las ofensas y poner la otra mejilla, «entró en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo. Derribó las mesas de los que cambiaban monedas y los puestos de los vendedores de palomas. » (21, 12).

El que habló del amor a los enemigos no dejó entrar a las vírgenes necias: «Más tarde llegaron las otras jóvenes y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero él respondió: «En verdad, os lo digo: no os conozco.» Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis el día ni la hora. (25, 11-13).

El que sanó al siervo del Centurión contó la siguiente historia: «Le dijo: Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas? El hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a sus servidores: Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Sabed que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.» (22, 12-14).

El que resucitó a una niña recriminó a los escribas y fariseos: «¡Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo lograréis escapar de la condenación del infierno?» (23, 33)

Por eso, «No digas: “¡La misericordia del Señor es grande, perdonará mis pecados por numerosos que sean!”. Porque aunque es misericordioso también castiga; y su cólera caerá sobre los pecadores. […] Se encenderá de repente la cólera del Señor y tú perecerás.» (Sir 5, 6-9)

 

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Ciclo A, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 12, 2008

La misión de cada católico

Dios, el creador y dueño del universo, tenía unos planes para todos nosotros, ya que habíamos quedado heridos por el pecado original y, por eso, tendemos al mal: decidió que en sus planes debíamos participar todos, para poder ayudarnos.

Así, cada uno tiene una misión específica que cumplir: ser buenos como seres humanos y buenos cristianos, desarrollando al máximo nuestras capacidades. Cada uno, haciendo lo que le corresponde, pondrá su «granito de arena» en el proyecto salvador de Dios, y así toda la humanidad se verá beneficiada.

Pero, ¿hemos cumplido nuestra misión? Dios se queja en la primera lectura, y parece que esa queja es para nuestros días: esperaba rectitud y va creciendo el mal; esperaba justicia y sólo se oye el grito de los oprimidos…

Él plantó una viña: la Iglesia, compuesta por todos los bautizados. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló al Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que todos los fieles cristianos trabajemos en esa viña y demos muchos frutos buenos.

Pero, a veces, nosotros no hacemos caso a lo que ellos, la jerarquía, nos pide; criticamos a la Iglesia; aceptamos mezclar nuestra Fe con la Nueva Era y otros modos de pensar; no cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios ni los de su Iglesia, sino que nos inventamos nuestras propias leyes; rechazamos la Confesión y los demás Sacramentos; hablamos mal de los sacerdotes y poco es lo que oramos por ellos; vivimos la vida lejos de Dios…

¿Qué tal que Dios hiciera lo que le sugirieron a Jesús los sacerdotes de su época: hacernos morir sin compasión, por ser gente tan mala?

¿No sería mejor que pongamos en práctica lo que nos recomienda san Pablo?:

Presentemos nuestras peticiones a Dios y juntemos la acción de gracias a la súplica. Y, sobre todo, vivamos lo que es verdadero, noble, justo, limpio, todo lo que es fraternal y hermoso, todos los laudables valores morales.

Esta es la misión de todo cristiano.

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Ciclo A, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 5, 2008

¿Como Dios o como los hombres?

Todo el texto de la primera lectura es útil para comprender la asombrosa diferencia entre los pensamientos de Dios y los de los hombres:

«Ustedes dicen: La manera de ver las cosas que tiene el Señor no es la correcta. Oigan, pues, gente de Israel: ¿así que mi manera de ver las cosas no es correcta? ¿No lo será más bien la de ustedes? Cuando el justo se aparta de la justicia y comete el mal y por eso muere, muere por culpa de la injusticia que cometió. Del mismo modo, si el malvado se aparta de la mala vida que llevaba y actúa según el derecho y la justicia, vivirá. Si se aparta de todas las infidelidades que cometía, debe vivir, pero no morir.»

Muy frecuente es que la soberbia humana se crea con el derecho a juzgar a Dios.

Cuando decimos, por ejemplo: «Dios se cobra nuestros pecados», deberíamos decir: «Dios nos corrige por amor».

Del mismo modo, cuando afirmamos que la Iglesia está equivocada, estamos erigiéndonos en «sabios» poseedores de la verdad, por encima de Jesucristo, el fundador de la Iglesia Católica, y a la que le prometió su asistencia infinita.

En cambio, aquellos que aceptan la voluntad de Dios y las directrices de su Iglesia, como dice san Pablo en la segunda lectura, se ponen de acuerdo, están unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hacen nada por rivalidad o vanagloria. Tienen la humildad de no creer que son mejores que los demás. No buscan los propios intereses, sino que se preocupan por los demás. Es decir, piensan como Dios, no como los hombres.

Los que piensan como Dios tienen, los unos con los otros, la misma actitud que tuvo Cristo Jesús: no se apegó a su categoría de Dios, sino que se redujo a la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres, y se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Este es el camino de nuestra felicidad: pensar como Dios y ser tan humildes como Él; no como los hombres.

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Ciclo A, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

¿Pensamos como Dios?

 

Nuestros caminos son diferentes de los caminos de Dios. ¿Por qué? Porque nosotros vivimos en el tiempo, mientras que Él vive en la eternidad. Él sabe lo que ocurre y lo que ocurrirá; como nos dice en la primera lectura, Él está por encima del tiempo, por encima del espacio y por encima de nuestros proyectos.

Quienes entienden esto e intentan adecuar su existencia a esta realidad son capaces de comprender las palabras de san Pablo: por una parte siento gran deseo de irme para estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor; pero, pensando en ustedes, conviene que yo me quede aquí, ya que podré seguirles enseñando el camino a la felicidad verdadera.

Y, consecuentemente, los que se dan cuenta de que esta vida es pasajera, de que luego vendrá otra infinita, advertirán que las disposiciones de Dios son más sabias, aunque a primera vista el hombre crea lo contrario, pues Él ve desde la perspectiva eterna; además, nos ama infinitamente más de lo que podríamos llegar a imaginar.

Por esto, Jesús dice en el Evangelio que los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos. Estas palabras significan mucho más de lo que se deduce inicialmente:

Para el prototipo del hombre de hoy, por ejemplo, los “triunfadores” son los que poseen dinero y cosas materiales, los que experimentan más placeres, los que logran acceder al poder o a la fama…

Pero para el Señor lo que vale es vivir en gracia de Dios: amarlo a Él y al prójimo y, cada vez que pecamos gravemente, confesarnos; ser humildes y sencillos, sin engreírnos por nada; vivir las virtudes que nos distinguen como cristianos, es decir, la Fe, la Esperanza y el Amor; practicar las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; hacer oración, saber ofrecer y agradecer a Dios la vida: dichas y desdichas, trabajo y descanso, etc.

Lo que Jesús quiere es que hagamos, con y por amor, lo que debemos hacer para llevarnos al Cielo, y allá, derramar sobre nosotros todo su amor, eternamente.

 

 

 

 

 

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Ciclo A, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 21, 2008

Saber perdonar

Una de las principales causas de estrés, no perdonar o no saber perdonar, es el tema de las lecturas de hoy. Sabemos la teoría: Dios perdonó a todos los hombres el pecado original, su pecado de soberbia.

Al ver que estábamos perdidos, y que en justicia habríamos de sufrir y de morir, decidió venir al mundo y pagar la deuda, para que tuviéramos de nuevo la posibilidad de ir al Cielo a gozar con Él eternamente de la felicidad. Él, sin ser culpable, por amor, cargó en sus hombros nuestro pecado.

Además, sabiendo que quedamos heridos por el pecado original, instituyó el Sacramento del perdón: cada vez que caigamos, por nuestra debilidad, tenemos la oportunidad de volver a reconciliarnos con Él.

Ante esa muestra maravillosa de amor, ¿cómo no perdonar a los demás?

Nosotros ofendimos a todo un Dios y Él nos perdonó; nosotros, al ofendernos unos a otros, injuriamos a una criatura, a un ser humano. Por eso, en teoría, es más fácil que nos perdonemos.

Pero, ¡cuánto cuesta perdonar!… Y es que no sabemos qué es perdonar, porque creemos que se trata de no volver a sentir ira o rencor; y eso, a veces, parece imposible.

Perdonar es no dejarnos dominar por ese sentimiento de ira o rencor cada vez que nos acordamos de la herida que nos produjeron, es no rechazar al ofensor (aunque sigamos rechazando su mal acto), es recordar que el otro tiene debilidades como nosotros, es tratar de ponerse en su lugar: la educación que recibió, las circunstancias que ha vivido durante su vida pasada, lo hicieron actuar de esa manera… Además, ¿no es verdad que, en su situación, nosotros nos habríamos portado igual o peor que ellos?…

Al actuar y pensar así vislumbraremos por qué razón Dios sí fue capaz de perdonarnos a nosotros, habiendo pecado tan gravemente, y podremos comenzar a descubrir el verdadero amor. Y nos liberaremos del estrés que produce no saber perdonar.

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¿Sanación intergeneracional?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 18, 2008

¿Sanación intergeneracional?

 

  1. La herencia

Se cree que todos tenemos ataduras provenientes de nuestros antepasados. Se afirma, por ejemplo, que si alguien fuma en exceso o es alcohólico, esto se debe a que heredó esos hábitos malos de sus padres, abuelos o cualquier ascendiente; que si alguno de nuestros antepasados realizó rituales satánicos o brujería, esto nos producirá efectos secundarios adversos en nuestra alma; que las malas acciones de nuestros antepasados dejan secuelas en su descendencia; que la herencia nos condiciona…

La parte de la biología que trata de la herencia y de lo relacionado con ella es la genética. Esta ciencia ha avanzado mucho en los últimos tiempos y, con las nuevas investigaciones, se han podido descubrir en determinados individuos alguna tendencia a realizar ciertas conductas determinadas, lo que ha llevado a los investigadores a postular la teoría de que algunos factores genéticos pueden tratar de inducirnos o persuadirnos a actuar así.

Si bien esta teoría no está demostrada plenamente, debe advertirse que, de comprobarse, se trataría simplemente de una propensión, una tendencia a repetir esas conductas. No puede asumirse como verdad que, por herencia, el individuo adquiera esas costumbres; lo único que se afirma en las investigaciones es que existe la posibilidad, por la tendencia que existe. Un ejemplo ayuda mucho a entender esto:

Si un individuo tiene problemas depresivos que lo llevan a encerrarse en el alcoholismo, es posible que su hijo adquiera hereditariamente esa tendencia a la depresión; si, además, se dan las condiciones ambientales (poco cariño por parte de su padre, por ejemplo), es factible que repita la conducta paterna de esconder su problema acudiendo al licor.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la ciencia de la psicología ha demostrado hasta la saciedad que el entorno del individuo influye mucho en la conducta: lo que lo llevará al alcoholismo no es tanto la herencia sino el ejemplo de quienes con él conviven.

Por otra parte, es inadmisible pensar que el ser humano pueda estar condicionado a actuar mal o bien. De ser así, no se podría juzgar la bondad o la maldad de sus acciones; nadie sería culpable, nadie sería virtuoso; todos seríamos una especie de robots sin libertad.

Todos podemos dominar las malas inclinaciones que puedan provenir de factores hereditarios: una simple tendencia no obliga a nadie.

No existen las cadenas o ataduras intergeneracionales que producen los mismos daños de generación en generación; lo que parecen cadenas o ataduras son hábitos aprendidos o puras coincidencias que se pueden descubrir también en otras familias. Y si no existen tales cadenas ni ataduras, tampoco hay que tratar de romperlas.

Toda persona es libre; de otro modo no sería persona, pues la libertad es uno de los distintivos de la especie humana.

Por eso, toda oración de sanación puede beneficiar al individuo de algunos hábitos inadecuados que pudo adquirir por aprendizaje.

  1. La sanación «intergeneracional»

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian». (Dt 5, 9)

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron. Pero me muestro favorable hasta mil generaciones con los que me aman y observan mis mandamientos. (Ex 20, 5-6)

Él mantiene su benevolencia por mil generaciones y soporta la falta, la rebeldía y el pecado, pero nunca los deja sin castigo; pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos y nietos hasta la tercera y la cuarta generación». (Ex 34, 7)

Ante todas estas palabras divinas nace la pregunta: Y, ¿dónde está la bondad de Dios?

En otro pasaje se reafirma:

Tú mantienes tu bondad por mil generaciones, pero castigas la falta de los padres en sus hijos. (Jr 32, 18)

Pero después se añade:

¡Oh Dios grande y poderoso, que te llamas Dios de los Ejércitos, grande en tus proyectos y poderoso en tus realizaciones; Tú tienes los ojos fijos en la conducta de los humanos para pagar a cada uno según su conducta y según el fruto de sus obras! (Jr 32, 19)

¿Acaso Dios se contradice? No. Él es la misma verdad; no puede contradecirse:

Se acuerda para siempre de su alianza, de la palabra impuesta a mil generaciones, del pacto que con Abraham concluyó, y de su juramento a Isaac. (Sal 105, 8-9)

¿Cómo se pueden entender estos pasajes aparentemente contrarios? En la Biblia van apareciendo las respuestas:

«Reconoce, pues, que el Señor Dios, tu Dios, es “el” Dios. Es el Dios fiel, que guarda su Alianza y su misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamientos, pero castiga en su propia persona a quien lo odia, y lo sanciona sin demora». (Dt 7, 9-10)

Es verdad que no se encontraría en nuestros días tribu, familia, pueblo o ciudad de las nuestras que se postre ante dioses hechos por mano del hombre, como sucedió en otros tiempos, por lo cual, en castigo, nuestros padres fueron entregados a la espada y al saqueo, y murieron en forma desastrosa ante sus enemigos. En cambio, nosotros no reconocemos a otro Dios fuera de él, y en esto radica nuestra esperanza de que no nos mirará con indiferencia, ni a nosotros, ni a ninguno de nuestra raza. (Jdt 8, 18-20)

Y, en otros pasajes, se refiere claramente a la culpa individual:

Lo mismo pasa con el que va donde la mujer de su prójimo: el que la toca no quedará sin castigo. (Pr 6, 29)

Un severo castigo aguarda al que se sale del camino; si no quiere corregirse, morirá. (Pr 15, 10)

Escucha tú desde los cielos y obra; juzga a tus siervos y castiga al culpable, haciendo recaer su conducta sobre su cabeza y declarando inocente al justo, dándole según lo que merece. (2Cro 6, 23)

Recuerda, pues, ¿cuándo ha perecido un inocente, dónde se ha visto que los buenos desaparezcan? He observado a los que hacen el mal: los mismos que lo siembran lo cosechan. (Jb 4, 7-8)

Después de éste trajeron al sexto, quien dijo a punto de morir: «No te equivoques. En verdad, es por causa de nosotros mismos que sufrimos todo esto, porque pecamos contra nuestro propio Dios; por eso nos han pasado cosas asombrosas. (2Mc 7, 18)

Además, unas son nuestras culpas; otras, las de nuestros padres:

Y ahora, Señor, acuérdate de mí y mírame. Perdona mis pecados, así como el mal que hice por ignorancia. Perdona los pecados de mis padres que pecaron ante ti. (Tb 3, 3)

Quizá donde más luces hay es en el capítulo 18 de Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «¿Por qué al hablar de Israel repiten este proverbio: Los padres comieron uvas verdes y los hijos tienen dentera a los hijos les temblaron los dientes? Yo juro, dice el Señor, que ese proverbio no tendrá más valor en Israel. Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. […] Sea un hombre justo que practica el derecho y la justicia; […] sigue mis mandamientos, observa mis leyes y actúa en todo con fidelidad. Ese hombre es justo y vivirá, palabra del Señor. Pero ocurre que ese hombre tiene un hijo violento, que derrama sangre y comete esas faltas que su padre no cometió. […] ¿Después de eso, vivirá? Ciertamente que no. Si cometió todos esos crímenes, debe morir: él será responsable de su muerte. […] Pero ese hombre, a su vez, tiene un hijo; éste vio todos los pecados que cometía su padre, los vio pero no lo imitó. […] Observa mis leyes y sigue mis mandamientos. Ese no morirá por el pecado de su padre, sino que al contrario vivirá. Quien morirá por su pecado es el padre, el que multiplicó sus violencias, robó a su prójimo e hizo lo que es malo en medio de mi pueblo. […] Quien debe morir es el que peca; el hijo no carga con el pecado del padre, y el padre no cargará con el pecado del hijo. El mérito del justo le corresponderá sólo a él, y la maldad del malo, sólo a él. […] Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento, gente de Israel, dice el Señor.

Esto se corrobora en Dt 24, 16:

No serán ejecutados los padres por culpa de los hijos ni los hijos serán ejecutados por culpa de los padres. Cada cual será ejecutado por su propio pecado.

Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, el Señor, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Todo lo anterior quiere decir que la verdadera sanación intergeneracional es la Redención, dada a través de la muerte y resurrección de Jesucristo, que se lleva a cabo con dos requisitos: la Fe en Jesucristo y el Sacramento del Bautismo.

Una vez bautizados —ya perdonados y sin el pecado original—, cada uno puede cometer pecados personales, por los que será juzgado y castigado. El perdón de los pecados mortales personales, posteriores al Bautismo, requiere también de dos condiciones: un sincero arrepentimiento y el Sacramento de la Reconciliación, mientras que los pecados veniales no exigen el Sacramento.

  1. Interpretar la Biblia

Cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

  • Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.

  • Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.

  • Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.

  • Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.

  • Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

  • Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

  • El AT fue superado y sobrepasado por el NT.

  • El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

  • El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.

  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

  • En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)

  • Documentos eclesiales (de la Iglesia)

  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

  • Derecho canónico

  • Liturgia

  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Con el fin de recoger todos estos documentos de la Iglesia en uno solo, se editó el Enchiridion Symbolorum o Denzinger. Esta labor que se ha seguido realizando hasta ahora.

Pues bien: en ninguno de los documentos oficiales del Magisterio de la Iglesia Católica hay nada escrito acerca de la sanación intergeneracional ni acerca de las llamadas cadenas ni ataduras intergeneracionales. Lo cual significa que estos temas están fuera del depósito de la fe, de la Revelación Universal; es decir: no son cristianos.

Por otra parte, no se puede afirmar que estos temas de la sanación intergeneracional, cadenas ni ataduras intergeneracionales son nuevas revelaciones del Espíritu Santo, pues no debemos olvidar lo que afirma el Magisterio en el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él.» (nº 73).

  1. Castigo

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

A Dios no le importa si sufrimos o no en esta vida temporal: lo único que quiere es que nos salvemos.

  1. ¿Buscar la Sanación?

Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»  (Lc 11, 9-13)

¿Por qué el Señor dice que el Padre dará el Espíritu Santo, en vez de lo que le pedimos? Porque Él sabe que lo importante no son las cosas temporales: un pez, un huevo, la salud, la vida…; lo importante es la vida eterna.

Y para llegar a ella, es necesario que nuestros pecados sean perdonados:

Unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo, para ponerlo delante de él. Pero no encontrando por dónde meterlo, a causa de la multitud, subieron al terrado, lo bajaron con la camilla a través de las tejas y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados». (Lc 5, 18-20)

Así quiso enseñarnos que lo importante no es la sanación, sino la salvación: aunque nos curen mil veces y mil veces nos resuciten, de todas formas moriremos.

Quienes olvidan esto, no entienden la bendición que es el sufrimiento:

Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es su Iglesia. (Col 1, 24)

Y hasta podrían hacerse enemigos de la Cruz de Cristo, como lo dice el apóstol:

Porque muchos viven, según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3, 18).

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