Hacia la unión con Dios

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¿QUÉ CLASE DE CATÓLICO ERES TÚ?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 22, 2017

Hay algunos católicos que pasan los días buscando encontrar los errores de los demás, los de la Iglesia y los del Papa. Pero hay otros que están concentrados más bien en luchar contra sus propios defectos para alcanzar la santidad.

Hay algunos católicos que no se dan cuenta de todo el tiempo que pierden leyendo artículos, escuchando audios o viendo videos que muestran la terrible situación de la Iglesia, pues nada pueden hacer al respecto; y tampoco se dan cuenta de que no logran nada reenviando esos archivos, escandalizándose con ayes y lamentaciones. Por el contrario, otros se dedican a insuflar santidad a los demás por la comunión de los santos, trabajando en paz por el Reino de Dios y su Justicia.

Hay unos católicos que se creen y se erigen en jueces del Papa y de la Iglesia: afirman con certeza lo que leen, escuchan o ven en las redes sociales, como si hubieran sido testigos de los hechos, sin corroborarlos ni tener en cuenta cuán fácil es hacer montajes con la tecnología de hoy; y si conocieron y verificaron un hecho verídico, olvidan que el Señor advirtió que no debemos juzgar y que con la misma medida con la que juzguemos seremos juzgados. En cambio, hay otros que no se atreven a dudar de sus superiores: dejan a Dios el juicio del Papa, de los Cardenales, de toda la jerarquía eclesiástica, y se dedican a procurar cumplir sus propias responsabilidades de la mejor manera posible, para dar la mayor gloria a Dios.

En fin: hay unos católicos llenos de soberbia, y otros que son verdaderamente humildes y mansos de corazón, como su Maestro, el Señor Jesús.

 

¿Desea ampliar conceptos al respecto?:

https://www.4shared.com/s/f8ykEBC5Vca

 

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Ponte estas gafas también

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2017

Dice la fábula que una vez iban por un camino un viejo, un burro y un niño. El niño iba montado en el burro y el viejo lo llevaba de cabestro. Pasaron por un caserío, y la gente criticaba: “Qué niño más desconsiderado, no se da cuenta de lo cansado que irá su abuelo”.
Al oír los comentarios, el niño se bajó y el viejo se montó al burro. Pasaron por otra aldea y la gente protestaba: “Qué viejo tan descarado, poner un niño a caminar, no hay derecho”.

Ante esta crítica, el viejo resolvió que su nieto se montara también, al anca, detrás de él. Pero al pasar por el siguiente pueblo la gente murmuraba: “Qué abuso, pobre burrito con semejante peso”.

Al oír esta observación, se apearon los dos y siguieron caminando al lado del burro. Ya iban llegando a su destino, pero al entrar al pueblo la gente los señalaba y se burlaba de ellos: “Miren qué idiotas, tienen un burro y ni siquiera lo usan”.

La moraleja es obvia: haga uno lo que haga, la gente siempre encontrará motivos para criticar nuestros actos.

Pero conviene aquí observar que hay 4 miradas distintas sobre lo que ocurre. Cada una se fija sólo en uno de los aspectos de la historia: la incomodidad del viejo, la del niño, la del burro y, finalmente, la inutilidad del animal.

Es más: hay también otras 2 miradas: la de la moraleja que apuntamos (hagas lo que hagas, siempre te criticarán) y la de quienes consideran estúpido querer dar gusto a todos.

¿De qué depende, pues, el juicio que se hace sobre algo? De la mirada subjetiva que se use. Algunos dirán que se trata de las gafas que nos ponemos en el momento de juzgar: ¿miramos con las gafas del niño, del viejo, del burro, del utilitarismo, de la crítica per se, del miedo al “¿qué dirán?”…

En fin, muy raramente los juicios se hacen con objetividad, es decir, con todas las gafas puestas.

Eso es lo que pasa con lo que dice el Papa:

Bajo la mirada del ideólogo de género, las apreciaciones del Papa tienen un tinte homófobo; con las gafas del tradicionalista a ultranza, el Papa claudica en la defensa de la verdad; a los inquisidores les parece un Papa poco claro, que no se decide por un bando; las mentes poco profundas lo juzgan según sus gustos y criterios personales…

Pero son muy pocos quienes reconocen en todo lo que escribe y habla el Romano Pontífice lo mismo que ha enseñado siempre la Iglesia, y que es lo que nos reveló el mismísimo Dios inmutable: que al pecador hay que verlo y tratarlo con infinita misericordia (como lo hace Dios), pero que el pecado pecado es, como lo fue hace dos mil años y como lo será dentro de dos mil años si los hombres siguen existiendo, y que el pecado le hace mal al pecador, por lo que hay que enseñarle a evitarlo, si desea ser feliz.

Esta es la perenne enseñanza del Creador del género humano, que no busca “estar a la moda”, tener o no seguidores en las redes sociales, ni ser o no aprobado…; lo único que persigue es el bien de su criatura predilecta de la creación visible: el ser humano.

-Ponte estas gafas también.

 

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Santos Vs Uribe

Posted by pablofranciscomaurino en abril 3, 2017

Sorprende siempre verificar cómo la gente puede creer tan fácilmente todo lo que dicen los medios de comunicación o la Internet acerca de los personajes públicos, cualesquiera que sean: políticos, gobernantes, empresarios, deportistas, artistas, profesores, científicos…

Ya sabemos que los medios de comunicación social no están exentos de compromisos con grupos económicos y/o políticos, y que por eso podrían intentar manipular a la opinión pública en beneficio de esos intereses. Y la Red se presta también para lo mismo, con el agravante de que entran en la polémica habladurías al estilo de las más chismosas vecinas de barrio de antaño que, sin embargo, atizan la polarización del pueblo colombiano en una u otra dirección.

Y todo esto junto se riega como polvorín por doquier, a la velocidad creciente de la Internet.

Y la mayoría son personas que simplemente se dejan llevar por lo que leen, oyen o ven, creyéndolo como verdades incuestionables. Y cuando se les pregunta cuáles son sus fuentes de información, dicen: «Lo leí en la prensa, lo vi la televisión o está en Internet…» (!?), ¡como si la prensa, la televisión o la Internet fueran Palabra de Dios!

Ya se ven en los chats y videos acusaciones (falsas o ciertas, pero de apariencia indiscutibles) y actitudes tan agresivas que llegan a las burlas, la violencia verbal, iracundias y hasta odios irracionales de quienes no han sido testigos de los hechos ¡ni han corroborado nada!

No tiene nada de raro que esta bola-de-nieve crezca hasta que se dé una situación social irremediable y se cree un estado de desorden público tan descontrolado, que pueda hacer estallar una guerra civil.

Es hora de parar: No hablemos de lo que no fuimos testigos ni de lo que no hemos comprobado.

Temamos al pensar que Dios nos juzgará con la misma medida que usemos al juzgar a los demás (Mt 7,2). Dios es el único sabe si Uribe o Santos o cualquier político está obrando mal o bien: sólo en la otra vida sabremos lo que había en el corazón de cada persona.

 

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Críticas al Papa

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2016

Papa

Después de que Jesús fundó su Iglesia y nombró al primer Papa, el Espíritu Santo se ha encargado de elegir a los otros 266 papas y de impedir que se equivoquen, tal y como lo prometió Jesucristo. ¿Por qué pensar, pues, que ahora sí Dios abandonó a su Iglesia y permitió que apareciera un papa que enseña errores?

Cuando un erudito lee los documentos que el Papa Francisco ha escrito o lo escucha, verifica que no enseña nada contrario a la doctrina oficial de la Iglesia que Cristo fundó.  En este caso se aplica muy bien el adagio: “Todo texto sacado de su contexto sirve para cualquier pretexto”.

Pero si alguien no sabe mucho acerca del Magisterio de la Iglesia, le debe bastar la humildad de saber que es una simple criatura que no debería ponerse en la actitud de juzgar al Papa.

La soberbia de quienes sí se creen con el derecho de cuestionar al Espíritu Santo, debe llevarnos a orar mucho por su conversión. Pero no debemos exponernos a seguir escuchando cosas que nos pueden confundir: esa soberbia es más peligrosa que otros pecados: incita a muchos a creerse jueces del papa, de la jerarquía eclesiástica y hasta del mismo Dios, con las consecuencias que se pueden imaginar.

A propósito de los juicios, san Agustín afirma: “Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás.” (Sermón 19, 2)

Y san Juan de la Cruz explica que los cristianos avanzados están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. (Cf. Noche, 1, 1-2)

De todos los pecados —aun los más graves— se puede salir si hay humildad; pero cuando falta esta virtud, hasta los más santos pueden caer.

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Juzgar o comprender

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 18, 2012

 

Nos hiere profundamente la actitud de muchas personas a través de la cual expresan su desprecio, su interés por mostrar su superioridad sobre nosotros o su absoluta falta de interés en nuestras necesidades. Y a veces no nos quedamos sin hacer algo al respecto: reiteramos que todos ellos merecían una reprensión, y la hacemos o de algún modo la propiciamos.

Y esta actitud la tenemos tanto en el ámbito laboral como en todos los campos de nuestra vida: familia, relaciones sociales, vendedores, trato con dependientes de cualquier empresa… Y así llegamos a ganarnos la animadversión de muchos… Y lo que es peor: no la pasamos muy bien, puesto que con cada evento nos enfadamos o, al menos, sentimos algún disgusto, a pesar de la supuesta satisfacción lograda al haber defendido “mi causa” o “la causa de otros”…

Pero hay un camino hermoso por recorrer:

Así como nosotros mismos tenemos defectos, los demás tienen también —digamos— ese “derecho” a ser defectuosos. Nadie es perfecto. Y, en consecuencia, también ellos tienen derecho a que nosotros seamos capaces de pasar por alto sus errores, así como lo esperamos de ellos.

Los defectos de cada persona tienen sus raíces en causas muy profundas, y que casi todos ellos nacen de carencias afectivas en la primera etapa de la vida: antes de los doce años. En esa etapa de nuestra vida todos necesitamos recibir una dosis suficiente de amor por parte de nuestros padres, y que nuestros padres, porque no la recibieron, no pudieron dárnosla en medida suficiente. Y esto se remonta, generación tras generación, en orden ascendente, quién sabe desde cuando…

Lo peor de esta situación es que en esa época no somos capaces de entender por qué no nos aman suficientemente (ni siquiera tenemos clara esa idea en el cerebro); sólo nos duele…

Y, como somos tan pequeños, no tenemos las herramientas para encarar esa realidad y, mucho menos, darle solución.

Por estas causas, hay miles de personas llenas de agresividad o, por el contrario, de pusilanimidad, simplemente porque no recibieron el amor necesario para que sus vidas —desde el punto de vista afectivo y emocional— se desarrollaran adecuada y normalmente.

La mayoría de ellos tratan de suplir esas carencias afectivas ahogándolas en cuatro actitudes que toman como la razón de ser de sus vidas: el tener, el poder, el placer y/o la fama, tratando de llenar inútilmente con ellas ese vacío (si tienen dinero, acuden a las ciencias de la psicología clínica o la psiquiatría).

Y es por esto que encontramos personas que quieren imponerse de alguna manera sobre los demás (así sea aprovechando que tienen poder para manejar al público), altivos, arrogantes, displicentes, déspotas, despreciadoras, despectivas, desdeñosas, totalmente desinteresadas en los problemas de otros, frías y hasta sin la más mínima cultura para saludar…

¡Pobres seres humanos!: unos tratan de llenar sus vacíos afectivos infantiles con esas actitudes mientras que otros reaccionan agresivamente para ocultar su vulnerabilidad. Sí; porque gritar o emplear la fuerza (física o con palabras) es la mayor muestra de debilidad: el hombre que está seguro de su poder no siente necesidad de demostrarlo. Por eso son dignos de nuestra compasión, no de nuestra reprensión.

Podemos estar por encima de esas lides. Podemos decidir verlos como lo que son: víctimas que lloran porque no recibieron cariño, aunque lloren equivocadamente. Pensemos por un momento: ¿Qué hacemos cuando vemos el berrinche de un niño? ¿No es verdad que no le damos la trascendencia que le damos a la de un adulto? Pues bien: ¿por qué hacemos esta diferencia? Porque no hemos descubierto que entre la actitud infantil de un niño y la de un adulto que no supo cómo solucionar las carencias afectivas de su infancia no hay diferencia: son adultos en el porte, no en el interior. ¡La correcta actitud de un adulto que se siente atacado de alguna manera por estos sufrientes seres es la lástima! Y, tras ella, la comprensión Y después el perdón. ¡Aunque nos estén hiriendo!, pues ya sabemos de qué herida viene su agresión.

Quien comienza a actuar así empieza a descubrir algo maravilloso: que esas agresiones ya no lo hieren tanto, que esos errores ya no le afectan. ¡Se ha comenzado a liberar! Se ha comenzado a curar; ¡y sin medicamentos ni terapias de ninguna clase! Poco a poco empieza a verificar que puede llegar al estado en el que nada lo afecta; como dicen ahora los muchachos: ¡Todo le resbala!

Pensemos: “Si yo hubiera nacido en el hogar en el que nació Hitler, hubiera vivido en sus circunstancias históricas, hubiera tenido los padres y amigos que él tuvo, hubiera sufrido lo que él sufrió, etc., me pregunto: ¿No sería igual o peor que él?” ¿No es verdad que, en su situación, nosotros seríamos peores que esos que nos agreden o nos ignoran y desprecian…? Lo repito: ¡Pobres seres humanos! Necesitan de nuestra comprensión y corremos a corregirlos, sin saber de dónde les vienen todos sus males…

¡Qué serenidad produce el dejar de sentir las agresiones y desprecios que nos hacen! Pero más enriquecedor es acabar con ese deseo de “dejar sentada nuestra posición” ante los demás, de corregir, de reprender, de exigir respeto (cuando sabemos que no pueden darlo). Se reducen —y hasta se acabarían— las disputas acaloradas, y el mundo comenzaría a caminar hacia la paz auténtica: esa que viene de dentro, esa que no se pierde fácilmente, esa que fortalece y da ejemplo.

Finalmente, solo así estableceríamos el cristianismo en el mundo. Jesús dijo: “En esto conocerán que sois mis discípulos: En que os amáis unos a otros. ¿Hay mayor muestra de amor auténtico que comenzar a dejar de juzgar a los demás y comprenderlos?

Muy a menudo los cristianos nos engañamos pensando que es mejor seguidor de Jesús quien va a Misa y ora con frecuencia y, a pesar de eso, no es capaz de entender que los demás tienen razones para equivocarse. No; el verdadero católico es quien va a Misa y ora con frecuencia para llenar su corazón de ese amor divino con el que nunca juzga a los demás, y admite en su mente que, como él, también son seres falibles.

Aunque hayamos recorrido un buen trecho con la gracia de Dios, es posible que todavía nos falte cumplir en ocasiones estos criterios… Pero sé que Dios se complace más con nuestra lucha que con nuestros logros, que en realidad son suyos y no nuestros.

Oremos para que Dios nos dé la gracia de la verdadera pureza de corazón: la absoluta indiferencia a todo lo que no sea amor.

 

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Ciclo A, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 3, 2011

¿Como Dios o como los hombres?

Todo el texto de la primera lectura es útil para comprender la asombrosa diferencia entre los pensamientos de Dios y los de los hombres:

«Ustedes dicen: La manera de ver las cosas que tiene el Señor no es la correcta. Oigan, pues, gente de Israel: ¿así que mi manera de ver las cosas no es correcta? ¿No lo será más bien la de ustedes? Cuando el justo se aparta de la justicia y comete el mal y por eso muere, muere por culpa de la injusticia que cometió. Del mismo modo, si el malvado se aparta de la mala vida que llevaba y actúa según el derecho y la justicia, vivirá. Si se aparta de todas las infidelidades que cometía, debe vivir, pero no morir.»

Muy frecuente es que la soberbia humana se crea con el derecho a juzgar a Dios.

Cuando decimos, por ejemplo: «Dios se cobra nuestros pecados», deberíamos decir: «Dios nos corrige por amor».

Del mismo modo, cuando afirmamos que la Iglesia está equivocada, estamos erigiéndonos en «sabios» poseedores de la verdad, por encima de Jesucristo, el fundador de la Iglesia Católica, y a la que le prometió su asistencia infinita.

En cambio, aquellos que aceptan la voluntad de Dios y las directrices de su Iglesia, como dice san Pablo en la segunda lectura, se ponen de acuerdo, están unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hacen nada por rivalidad o vanagloria. Tienen la humildad de no creer que son mejores que los demás. No buscan los propios intereses, sino que se preocupan por los demás. Es decir, piensan como Dios, no como los hombres.

Y los que piensan como Dios tienen, los unos con los otros, la misma actitud que tuvo Cristo Jesús: no se apegó a su categoría de Dios, sino que se redujo a la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres, y se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Este es el camino de nuestra felicidad: pensar como Dios y ser tan humildes como Jesús; no como los hombres.

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¿CREES QUE TIENES ENEMIGOS?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 26, 2009

Antes de tomar cualquier decisión al respecto, lee lo que dicen un santo y el mismo Cristo y medítalo un poco:

El siguiente texto es de la Carta de Pablo a los Colosenses, capítulo 3, versículos 12 al 15:

 

“Pónganse, pues, el vestido que conviene a los elegidos de Dios, sus santos muy queridos: la compasión tierna, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia. Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo.

Por encima de esta vestidura pondrán como cinturón el amor, para que el conjunto sea perfecto. Así la paz de Cristo reinará en sus corazones, pues para esto fueron llamados y reunidos. Finalmente, sean agradecidos.”

 

Y, en el Evangelio según Lucas, Capítulo 6, versículos 27 al 38, Jesús dice lo siguiente:

 

“Yo les digo a ustedes que me escuchan: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan. Al que te golpea en una mejilla, preséntale también la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames.

Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Hasta los malos aman a los que los aman. Y si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué gracia tiene? También los pecadores obran así. Y si prestan algo a los que les pueden retribuir, ¿qué gracia tiene? También los pecadores prestan a pecadores para que estos correspondan con algo.

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande, y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los pecadores. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará; se les echará en su delantal una medida colmada, apretada y rebosante. Porque con la medida que ustedes midan, serán medidos ustedes.”

 

   

 

 

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Ciclo A, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 5, 2008

¿Como Dios o como los hombres?

Todo el texto de la primera lectura es útil para comprender la asombrosa diferencia entre los pensamientos de Dios y los de los hombres:

«Ustedes dicen: La manera de ver las cosas que tiene el Señor no es la correcta. Oigan, pues, gente de Israel: ¿así que mi manera de ver las cosas no es correcta? ¿No lo será más bien la de ustedes? Cuando el justo se aparta de la justicia y comete el mal y por eso muere, muere por culpa de la injusticia que cometió. Del mismo modo, si el malvado se aparta de la mala vida que llevaba y actúa según el derecho y la justicia, vivirá. Si se aparta de todas las infidelidades que cometía, debe vivir, pero no morir.»

Muy frecuente es que la soberbia humana se crea con el derecho a juzgar a Dios.

Cuando decimos, por ejemplo: «Dios se cobra nuestros pecados», deberíamos decir: «Dios nos corrige por amor».

Del mismo modo, cuando afirmamos que la Iglesia está equivocada, estamos erigiéndonos en «sabios» poseedores de la verdad, por encima de Jesucristo, el fundador de la Iglesia Católica, y a la que le prometió su asistencia infinita.

En cambio, aquellos que aceptan la voluntad de Dios y las directrices de su Iglesia, como dice san Pablo en la segunda lectura, se ponen de acuerdo, están unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hacen nada por rivalidad o vanagloria. Tienen la humildad de no creer que son mejores que los demás. No buscan los propios intereses, sino que se preocupan por los demás. Es decir, piensan como Dios, no como los hombres.

Los que piensan como Dios tienen, los unos con los otros, la misma actitud que tuvo Cristo Jesús: no se apegó a su categoría de Dios, sino que se redujo a la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres, y se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Este es el camino de nuestra felicidad: pensar como Dios y ser tan humildes como Él; no como los hombres.

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Las sectas

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

Una de las características más fascinantes del homo sapiens es que fue la especie que, por primera vez en la historia, realizó rituales y ceremonias religiosas. Robert Foley (biólogo y profesor del King’s College of Cambridge, director del Laboratorio de Antropología Biológica Duckworth y autor del libro “Another unique species”) cuenta que el famoso hombre de Neandertal, que vivió entre 130.000 y 35.000 años a. de C., ya enterraba así los cadáveres de sus congéneres.

Los entierros obligan a pensar a los paleoantropólogos que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma, ya que hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

Entre las especies animales, somos los únicos conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás animales experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor, bien con las actitudes, bien con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

Así, se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es la conciencia de que él mismo es, por naturaleza, un ser religioso: en esta etapa del hombre primitivo nacieron las creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad.

El arte simbólico que se encontró en las cavernas con rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre.

De este estado reflexivo nacieron innumerables creencias que denotan la búsqueda de lo divino por parte del hombre, que también es una búsqueda de la verdad última de su ser: de dónde venimos, para dónde vamos, qué vinimos a hacer en esta vida…

Pero el Creador de la especie humana no quiso dejar al hombre solo en esa búsqueda: si bien todas las demás religiones son producto de la reflexión humana que busca a Dios, el cristianismo es la única en la que Dios busca al hombre para descubrirle lo que ignora de Él y para entregarse, dando al hombre una respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que se plantea sobre el sentido y la finalidad de su vida.

Dios se ha revelado al hombre comunicándole gradualmente su propio misterio mediante obras y palabras. Más allá del testimonio que da Dios de sí mismo en las cosas creadas (revelación natural), se manifestó a través de su palabra (revelación sobrenatural):

Primero, habló al padre y a la madre la humanidad y, después de la caída, les prometió la salvación, y les ofreció su alianza (210.000 a 100.000 a. d C.).

Más adelante, selló con Noé una alianza eterna entre Él y todos los seres vivientes, alianza que durará tanto como dure el mundo.

Luego, eligió a Abraham y selló una alianza con él y su descendencia, de la que formó su pueblo (1.800 a. d C.).

A ese pueblo escogido le reveló su ley, por medio de Moisés (1.250 a. d C.).

Por los profetas lo preparó para que acogiera la salvación ofrecida a toda la humanidad.

Finalmente, Dios se reveló en forma plena enviando a su propio Hijo, en quien estableció su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra revelación después de Él.

La historia del cristianismo registra innumerables conquistas espirituales en la mayor parte de las regiones geográficas del mundo. Incluso las opiniones encontradas han dejado resultados provechosos: tras su análisis, han aparecido luces enriquecedoras, especialmente para conformar una doctrina, compacta y fuerte a la vez, cada día más cierta.

Pero, desafortunadamente, también se han producido divisiones: en el siglo V se separaron los Nestorianos y los Monofisistas; luego, en el siglo XI, la Iglesia Ortodoxa Griega; finalmente, en el siglo XVI, los Protestantes y los Anglicanos\Episcopalianos.

De estos dos últimos grupos han proliferado innumerables comunidades, movimientos religiosos, grupos y sectas de mayor o menor afinidad entre sí. Además, entre ellos hay varias denominaciones que técnicamente no son cristianas, porque no aceptan la divinidad de Jesucristo; es el caso de los Testigos de Jehová, los Moon y los Mormones.

No hay justificación teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de una pluralidad de Iglesias, Comunidades Eclesiales, movimientos, grupos o sectas, estén genuinamente separadas o no. Además, por desgracia, muchos de ellos se excluyen mutuamente.

«Personas de la casa de Cloe me han hablado de que hay rivalidades entre ustedes. Puedo usar esta palabra, ya que uno dice: Yo soy de Pablo, y otro: Yo soy de Apolo, o Yo soy de Cefas, o Yo soy de Cristo. ¿Quieren dividir a Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?» (1Co 1, 11-13)

Mientras el cristianismo continué así, no solamente estará negando en la práctica lo que en la teoría profesa, sino que presentará al mundo un escándalo. Y eso es grave:

¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el escándalo! (Mt 18, 7)

Es hora de parar.

Es hora de pedir perdón y perdonar.

Es hora de pensar más en lo que nos une que en lo que nos separa.

Es hora de buscar, encontrar y seguir el espíritu de la comprensión.

Y para facilitar esa comprensión, a continuación se plantean algunos análisis sobre temas de controversia a la luz de la Palabra de Dios. Este comienzo podrá dar paso al amor que Jesucristo quería —y quiere— para todos los cristianos.

La verdad

Cada ser humano debe buscar la verdad en conciencia.

En la profundidad de su conciencia, el hombre descubre una ley que no se dicta él a sí mismo. Es una voz que oye con claridad en los oídos del corazón y que lo invita suavemente a amar y a obrar el bien, y a evitar el mal: «haz esto», «evita lo otro».

Esta ley que lleva el hombre en su corazón fue puesta allí por Dios para que con ella pudiera buscar la verdad, la verdad poseída por Dios.

Esa verdad se halla por encima de la conciencia y es independiente de ella. La conciencia, por eso mismo, no es la verdad ni puede crear la verdad: son muchos los hombres que fabrican sus propios errores y los llaman verdades. La verdad auténtica siempre es algo más grande que la mente humana; por eso debe ser respetada y buscada con humildad.

Tampoco se elige la verdad como si fuera «una verdad entre otras posibles verdades». Una verdad, y una sola, se presenta como real y verdadera, y esta se acepta o se rechaza.

La dignidad del ser humano lo obliga a obedecer a la conciencia, ya que según ella será juzgado, como lo explica Pablo:

«Y así demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. Serán juzgados por su propia conciencia, y los acusará o los aprobará su propia razón el día en que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo. Es lo que dice mi Evangelio. (Rm 2, 15-16)

Esa conciencia nos exige que ordenemos toda nuestra vida según las exigencias de la verdad, aun a pesar de que sea difícil de vivir o que no nos guste; y nos pide también que no nos dejemos llevar por comodidades, gustos, conveniencias, afinidades, opiniones personales, caprichos y cosas por el estilo; sino que sigamos la verdad que la voz de la conciencia nos muestra.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia tanta mayor seguridad tendrán las personas para apartarse del subjetivismo y para someterse a las normas objetivas de la moralidad: ya no juzgaremos ni actuaremos de acuerdo con nuestro modo de pensar o de sentir, sino acordes con lo justo, lo equitativo y lo correcto, es decir, de acuerdo con la verdad.

Así obtendremos el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas y ganaremos el derecho a expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas; en esto consiste la libertad de religión.

La libertad de religión implica que no se debe imponer la forma de pensar a los demás ni, mucho menos, juzgarlos o agredirlos. Tampoco se debe ejercer sobre ellos presión psicológica ni coacción externa.

En la Biblia se lee:

«Hermanos, no se critiquen unos a otros. El que habla mal de un hermano o se hace su juez, habla contra la Ley y se hace juez de la Ley. Pero a ti, que juzgas a la Ley, ¿te corresponde juzgar a la Ley o cumplirla? Uno solo es juez: Aquel que hizo la Ley y que puede salvar y condenar. Pero, ¿quién eres tú para juzgar al prójimo?» (St 4, 11-12)

«No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes». (Mt 7, 1-2)

«Por lo tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que se merece». (1Co 4-5)

«Sea todo hombre pronto para escuchar, tardo para hablar, remiso para la cólera. El hombre encolerizado no obra lo que le agrada a Dios. Quien piensa que sirve a Dios y no refrena su lengua se engaña a sí mismo. No vale nada su religión». (St 1, 19-20. 26)

«Yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno. Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda». (Mt 5, 22-24)

Y, ¿por qué pide Jesús que seamos buenos hermanos antes que ser buenos hijos de Dios? El siguiente pasaje nos lo explica:

Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4)

Jesús no decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué persigues a los cristianos?»; decía: «¿Por qué me persigues?»

Es que todo lo que hagamos contra los discípulos de Jesús se lo hacemos a Él.

Perseguir a otros cristianos, acosarlos, criticarlos, decirles reiteradamente que están equivocados, ofender sus creencias o las Iglesias a las que pertenecen, es perseguir a Jesús.

También lo es el sarcasmo, la descalificación, la hostilidad, la demagogia, la coacción psicológica que se ejerza sobre los demás.

Del mismo modo, si en vez de mostrar lo bueno que tenemos nos dedicamos a exaltar los defectos de los demás, perseguimos a Jesús; también lo es recordar, por ejemplo, las malas actuaciones de alguno para desacreditar a la comunidad a la que pertenece o realzar sus errores.

Todas estas son actitudes sectarias.

Si todos los individuos que conforman un grupo, comunidad o movimiento religioso practican actitudes sectarias, estamos ante una secta.

Jesús nos pone en guardia contra los sectarios:

«Cuídense de los falsos profetas: se presentan ante ustedes con piel de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Ustedes los reconocerán por sus frutos. ¿Cosecharían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos? Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos». (Mt 7, 15-18)

Uno de los frutos de los árboles buenos es la paz:

«Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios». (Mt 5, 9)

«Finalmente, hermanos, estén alegres; sigan progresando; anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes». (2Co 13, 11)

Paz que proviene de la sabiduría:

¿Así que eres sabio y entendido? Si tu sabiduría es modesta, veremos sus frutos en tu conducta noble. Pero si te vuelve amargo, celoso, peleador, no te fíes de ella, que eso sería mentira. Esa clase de sabiduría no viene de arriba sino de la tierra, de tu propio genio y del demonio. Y donde hay envidia y ambición habrá también inestabilidad y muchas cosas malas. En cambio la sabiduría que viene de arriba es, ante todo, recta y pacífica, capaz de comprender a los demás y de aceptarlos; está llena de indulgencia y produce buenas obras, no es parcial ni hipócrita. Los que trabajan por la paz siembran en la paz y cosechan frutos en todo lo bueno. (St 3, 13-18)

El segundo fruto bueno es la unidad.

«¡Qué bueno y qué tierno es ver a esos hermanos vivir unidos! Allí el Señor otorgó su bendición, la vida para siempre.» (Sal 132, 1. 3)

«Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones; que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios». (1Co 1, 10)

Porque donde hay unidad, allá está Dios:

«Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos. (Ef 4, 4-6)

El mismo Jesús deseaba esa unidad. Por eso dijo:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». (Jn 17, 21)

Y el tercer fruto es el amor:

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido con la Ley. Pues los mandamientos: no cometas adulterio, no mates, no robes, no tengas envidia y todos los demás, se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley. (Rm 13, 8-10)

«Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.» (1Jn 4, 7)

Ese amor debe practicarse, incluso, con los que son de otra raza y otra religión:

Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: “Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.”» (Lc 10, 30. 33-35)

Pero el verdadero amor llega más lejos:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo». (Mt 5, 38-48)

Es más, Jesús nos dio una medida para el amor que debemos tenernos los cristianos:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Jesús? Dando su vida por nosotros. Por lo tanto, si queremos ser buenos discípulos de Jesús, nuestro Maestro, es necesario que demos la vida por los demás.

Precisamente por eso nos reconocerán como discípulos de Cristo, porque nos amamos:

«En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35).

No reside la doctrina cristiana en la fuerza que utilicemos para defender los dogmas de fe, no en los argumentos teológicos o filosóficos, no en la evidencia científica… Jesús fue claro: «En que se amen los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus apóstoles, sino que lo hizo por todos los hombres, incluyendo a los pecadores y a los que lo mataban tan injusta y ensañadamente.

Esta es, pues, la característica principal del cristiano: el amor. Amor que Jesús dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua…, por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, tampoco aceptación o tolerancia, sino obras, las que nos pide Dios; y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos, ofrecido por la unión de los cristianos, como quería Jesús.

En busca de la unidad

Las diferencias entre los cristianos se intentan remediar por el camino más acorde con el espíritu de Jesús: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que los cristianos han recomendado a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para «defender» sus ideas o intereses.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución…, a un costo muy alto, mejor, el más alto: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina cristiana está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los más recientes; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —a veces justos, por cierto— llenando la historia de paradigmas que pueden enfervorizar al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos, como todos.

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.» (Jn 15, 12)

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios nos pide.

Por todo el globo terráqueo un gran número de personas ha hecho eco de esas palabras con actos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos a ellos para que, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta: la unión de los cristianos.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

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