Hacia la unión con Dios

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¿La dirección espiritual ejercida por laicos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 13, 2018

La historia de la Iglesia está plagada de fieles laicos que fueron excelentes directores espirituales: santa Teresita del Niño Jesús, por ejemplo, dirigía a las novicias del convento de Lisieux; santa Catalina de Siena, aun antes de hacerse terciaria dominica, es decir, siendo todavía seglar, fue escogida por muchos para ser dirigidos por ella; se contaban entre ellos varios sacerdotes que la llamaban madre espiritual o simplemente mamá. Como estos dos —una religiosa y otra seglar—, hay varios ejemplos de laicos (no clérigos) y seglares (no religiosos) que fueron directores espirituales.

Otro ejemplo más numeroso: existe la Prelatura Personal del Opus Dei, que está dividida en dos secciones: la masculina y la femenina. Entre ellos, desde su fundación —1928 y 1930, respectivamente—, únicamente fieles laicos han dirigido siempre a todos sus miembros (más de cien mil en la actualidad), pues en esa prelatura los sacerdotes son confesores, no directores espirituales de los fieles laicos: directoras espirituales mujeres para la sección femenina y directores espirituales varones (laicos y, además, seglares) para la sección masculina. Y así está estipulado en sus normas (constituciones), aprobadas por la Iglesia.

Aunque el director espiritual ideal es el presbítero, el Espíritu Santo ha escogido a muchos seglares laicos para ejercer esa delicada e importantísima labor, como lo acabamos de mostrar. En estos tiempos se ha producido una verdadera crisis de directores espirituales sacerdotes, pues muchos de ellos dicen no tener tiempo o no lo tienen, o porque no están preparados para ello, como se verá más abajo. Por eso, el Espíritu Santo ha tenido que suplir esa falta incrementando las personas laicas seglares con los carismas (dones) necesarios para este servicio.

Para complementar este tema, se sugiere leer estos 2 documentos: uno está el escrito de una mujer del Vaticano, profesora del Instituto Superior de Ciencias Religiosas en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), en el que se deduce que las mujeres pueden ser directoras espirituales, si tiene las condiciones. El documento se llama: Cualidades de una buena dirección espiritual:

https://wp.me/pfQgb-O7

El segundo documento es: La dirección espiritual. Allí están consignadas las características clave para la dirección espiritual adecuada y para elegir bien al director espiritual. De dodos modos es muy delicado elegir bien al director espiritual: tiene que ser una persona de oración, de intensa vida interior, lleno del amor de Dios (que se le note en todas sus actitudes), delicadísimo en el trato (aunque fuerte cuando hay que serlo), lleno de la virtudes natural, sobrenaturalcardinal de la prudencia, muy bien formado doctrinalmente y consciente de la grandísima responsabilidad que tiene su misión:

https://wp.me/pfQgb-I3

Son muy pocos quienes afirman que es preferible que el director espiritual sea un hombre (santa Faustina Kowalska, por ejemplo, no estaba de acuerdo con que las mujeres fueran directoras espirituales, pues decía ella que algunas características de la femineidad son un riesgo para desempeñar bien esa delicada y gravísima misión).

 

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¿Libertad religiosa?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 26, 2015

DUDH

La libertad religiosa es un derecho fundamental que se refiere a la opción de cada ser humano de elegir libremente su religión, de no elegir ninguna (irreligión), o de no creer o validar la existencia de un Dios (ateísmo y agnosticismo), y ejercer dicha creencia públicamente, sin ser víctima de opresión, discriminación o intento de cambiarla a la fuerza.

Este concepto va más allá de la tolerancia religiosa, que consiste en el simple respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. También abarca el reconocimiento de inmunidad política a quienes profesan religiones distintas a la admitida oficialmente. Y permite, como una concesión gratuita, el ejercicio de profesar cualquier religión, es decir, la libertad de culto.

En las democracias modernas generalmente el Estado dice garantizar la libertad religiosa a todos sus ciudadanos; pero las situaciones de discriminación religiosa o intolerancia religiosa siguen siendo muy frecuentes en muchas partes del mundo, registrándose casos de preferencia de una religión sobre otras, intolerancia y persecución a ciertos credos, hasta con el homicidio, inclusive.

La libertad religiosa es reconocida por el derecho internacional en varios documentos, como el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; el art. 27 de este mismo pacto garantiza a las minorías religiosas el derecho a confesar y practicar su religión. De la misma forma lo hace la Convención de los Derechos del Niño, en su art. 14, y el artículo 9 de la Convención Europea de Derechos Humanos.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el citado artículo 18, indica:

«Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.»

¿Libertad de culto?

Pero las medidas tomadas en algunos países de Europa —prohibir el uso de los símbolos religiosos de determinadas religiones, para no vulnerar los derechos de los otros— reabre el debate sobre la libertad de cultos y sobre el laicismo:

¿Qué es más libertad de culto: impedir a todos los ciudadanos usar símbolos religiosos o permitirlos todos, en una apertura de mente y de conciencia respetuosa de los derechos de los demás?

La noción del laicismo que se tiene en Francia desde tiempos de la Revolución francesa consiste en que el Estado se defiende de las religiones. Es una posición distinta la norteamericana, laica, en la que el Estado defiende las religiones de la intromisión del mismo Estado.

La posición francesa es laicista y puede llevar a un fundamentalismo laico, que pretende excluir la religión de todo lo público. Esto es lo que han criticado algunos pensadores, como Danièle Hervieu- Leger, que proponen “deslaicizar la laicidad” para abrirse a la situación multicultural y plurirreligiosa del mundo actual. La posición norteamericana es más laica pues pretende que todas las religiones expresen y vivan su fe, sin que el Estado intervenga en ellas, siempre y cuando actúen dentro de los límites de la ley y no caigan en hechos contrarios al Derecho. Así, incluso, se reconocen lo que podríamos llamar seudorreligiones.

En muchos países, en este punto se ha seguido la opción norteamericana: igualdad de todas las religiones ante la ley y posibilidad del uso y manifestación de símbolos religiosos en público, como lo vemos con los símbolos cristianos, católicos, Hare Krishna, Israelitas del Nuevo Pacto Universal, etc., etc., etc.

En cambio, en todos los sitios públicos de varios países de Europa (colegios, universidades, entre otros) está prohibido poner una Cruz cristiana, la Estrella de David judía o la Estrella y la Luna creciente del Islam…, adoptando la posición intolerante y coercitiva de Francia, ¡el país de los Derechos Humanos!

 

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Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

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Ciclo C, IV domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2010

¿Preocupados?

 

Quizá no nos demos cuenta, pero la religión católica es la religión de la Esperanza: ya no pasaremos hambre ni sed, no nos hará daño el sol ni el bochorno. Y Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos. Ni hambre o sed de libertad, de alegría, de paz. Nada nos hará daño. Felices, contemplaremos al Amor mismo, al Bien mismo, a la misma Bondad, cara a cara, todo junto.

Una felicidad que llena pero en la que, a la vez, se desea más.

El Dios que es todopoderoso, que es el dueño de la vida y de todo cuanto existe, no permitirá más sufrimientos, penas o dolores. Él supera a todos, y nadie podrá arrebatarnos de sus manos amorosas… ¡para siempre!

¿No es verdad que esto se nos olvida? ¿No es verdad que, muchas veces, nuestra vida pasa sin el color de la Esperanza? ¿No es verdad que hay algo que no nos deja vivir felices aquí abajo? Sabemos que necesitamos algo que no encontramos en la tierra…

¿Y si viviéramos con esa ilusión? Imaginemos una vida como debe ser la del cristiano —el bautismo nos dio una vida nueva— llena de esperanza en la Resurrección: ningún trabajo será duro, ningún esfuerzo será suficiente para luchar por la Vida que no tiene fin, por la paz y la alegría perennes…

Es más: sin esto, todo es nada: nada vale la pena si no triunfamos en la competencia por la otra vida, si no alcanzamos la inmortalidad, si no hacemos de nuestra muerte el día al nacimiento verdadero. Así es el catolicismo: hasta de lo más negativo para los hombres —la muerte— nace lo más positivo: la Vida eterna, donde habrá fuentes de aguas vivas, como lo dice la Liturgia.

Entre otras, esta es la misión del sacerdote: enseñar el sentido de nuestra existencia, el que aprendió del Buen Pastor: que lo que necesitamos para ser felices no lo encontraremos acá.

Y por eso el laico debe orar, ofrecer sacrificios y apoyar mucho a los sacerdotes, para que sean buenos pastores.

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Ciclo B, IV domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 12, 2009

El buen pastor da su vida por las ovejas

 

¡Qué amor tan singular nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos! Es el mismo amor que enseñó a sus Apóstoles y discípulos: los sacerdotes de hoy. Quería que ellos dieran la vida por sus ovejas, los demás fieles de la Iglesia, como Él la dio; en efecto, dijo claramente: «Yo doy mi vida por las ovejas»; y en otro pasaje: «Ámense los unos a los otros como Yo los he amado».

Si vemos que hoy no todos los sacerdotes se entregan con todas sus fuerzas, con todo su corazón, a ese servicio que el Fundador les encargó, si notamos que algunos no son capaces de dar su vida por el pueblo de Dios; es porque las ovejas han olvidado que hay que orar y ofrecer sacrificios por sus pastores, ya que ellos son atacados más fuertemente por el Demonio, pues él sabe que gana una gran batalla cuando derriba al pastor: las ovejas se dispersan.

Por eso se acierta cuando se dice que toda comunidad tiene el pastor que se merece. No los pueden dejar solos en esa lucha.

Orar y ofrecer sacrificios por los pastores. Si así lo hacen los laicos, verán a los sacerdotes como a san Pedro, que estaba lleno del Espíritu Santo, cuando les dijo a los Jefes del pueblo y a los Ancianos:

«Hoy debemos responder por el bien que hemos hecho a un enfermo. ¿A quién se debe esa sanación? Sépanlo todos ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre que está aquí sano delante de ustedes ha sido sanado por el Nombre de Jesucristo el Nazareno».

Sanación. ¡La gente quedará sana con la acción de los sacerdotes!: resucitarán los que estaban muertos por el pecado, oirán los que estaban sordos a las cosas de Dios, caminarán los que eran paralíticos para avanzar en la vida espiritual, los ciegos espirituales comenzarán a ver las maravillas de Dios…; en fin: el mundo será como lo quiere Dios.

Así, pues, laico: en tus manos está la salvación del mundo.

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Instrucción Redemptionis Sacramentum*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía

(selección de los números más importantes)

 

[183.] De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor.

 [51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarística que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas», ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.

[53.] Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, «no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales», salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de que se hablará más adelante.

[55.] En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.

[63.] La lectura evangélica, que «constituye el momento culminante de la liturgia de la palabra», en las celebraciones de la sagrada Liturgia se reserva al ministro ordenado, conforme a la tradición de la Iglesia. Por eso no está permitido a un laico, aunque sea religioso, proclamar la lectura evangélica en la celebración de la santa Misa; ni tampoco en otros casos, en los cuales no sea explícitamente permitido por las normas.

[64.] La homilía, que se hace en el curso de la celebración de la santa Misa y es parte de la misma Liturgia, «la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico. En casos particulares y por justa causa, también puede hacer la homilía un obispo o un presbítero que está presente en la celebración, aunque sin poder concelebrar».

[65.] Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.

[66.] La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.

[72.] Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él». «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles». «En cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos», con el reconocimiento de la Sede Apostólica, «según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».

[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la Comunión sacramental de la Eucaristía en la misma Misa y en el momento prescrito por el mismo rito de la celebración, esto es, inmediatamente después de la Comunión del sacerdote celebrante. Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos». Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohíba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

[100.] Para que, en el banquete eucarístico, la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies también los fieles laicos, en los casos indicados en los libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta materia estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.

[104.] No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

[119.] El sacerdote, vuelto al altar después de la distribución de la Comunión, de pie junto al altar o en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el cáliz; después purifica el cáliz, como prescribe el Misal, y seca el cáliz con el purificador. Cuando está presente el diácono, este regresa al altar con el sacerdote y purifica los vasos. También se permite dejar los vasos para purificar, sobre todo si son muchos, sobre el corporal y oportunamente cubiertos, en el altar o en la credencia, de forma que sean purificados por el sacerdote o el diácono, inmediatamente después de la Misa, una vez despedido el pueblo. Del mismo modo, el acólito debidamente instituido ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados, ya sea en el altar, ya sea en la credencia. Ausente el diácono, el acólito litúrgicamente instituido lleva los vasos sagrados a la credencia, donde los purifica, seca y arregla, de la forma acostumbrada.

[151.] Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. Pero esto, no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional. Además, donde por necesidad se recurra al servicio de los ministros extraordinarios, multiplíquense especiales y fervientes peticiones para que el Señor envíe pronto un sacerdote para el servicio de la comunidad y suscite abundantes vocaciones a las sagradas órdenes.

[153.] Además, nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.

[154.] Como ya se ha recordado, «sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando in persona Christi». De donde el nombre de «ministro de la Eucaristía» sólo se refiere, propiamente, al sacerdote. También, en razón de la sagrada Ordenación, los ministros ordinarios de la sagrada Comunión son el Obispo, el presbítero y el diácono, a los que corresponde, por lo tanto, administrar la sagrada Comunión a los fieles laicos, en la celebración de la santa Misa. De esta forma se manifiesta adecuada y plenamente su tarea ministerial en la Iglesia, y se realiza el signo del sacramento.

[155.] Además de los ministros ordinarios, está el acólito instituido ritualmente, que por la institución es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, incluso fuera de la celebración de la Misa. Todavía, si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición. Sin embargo, este acto de designación no tiene necesariamente una forma litúrgica, ni de ningún modo, si tiene lugar, puede asemejarse la sagrada Ordenación. Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum.

[156.] Este ministerio se entienda conforme a su nombre en sentido estricto, este es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, pero no «ministro especial de la sagrada Comunión», ni «ministro extraordinario de la Eucaristía», ni «ministro especial de la Eucaristía»; con estos nombres es ampliado indebida e impropiamente su significado.

[157.] Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

[158.] El ministro extraordinario de la sagrada Comunión podrá administrar la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono, cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada, o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado. Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente, según la cultura y las costumbres propias del lugar.

Esta Instrucción, preparada por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo Pontífice la aprobó el día 19 del mes de marzo, solemnidad de San José, del año 2004, disponiendo que sea publicada y observada por todos aquellos a quienes corresponde.

En Roma, en la Sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo del 2004.

Francis Card. Arinze
Prefecto

Domenico Sorrentino
Arzobispo Secretario

   

 

 

 

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Redemptionis Sacramentum

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 4, 2008

INSTRUCCIÓN
Redemptionis Sacramentum

Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía

(Selección de los números más importantes)

 

[183.] De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor.

 [51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarística que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas», ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.

[53.] Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, «no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales», salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de que se hablará más adelante.

[55.] En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.

[63.] La lectura evangélica, que «constituye el momento culminante de la liturgia de la palabra», en las celebraciones de la sagrada Liturgia se reserva al ministro ordenado, conforme a la tradición de la Iglesia. Por eso no está permitido a un laico, aunque sea religioso, proclamar la lectura evangélica en la celebración de la santa Misa; ni tampoco en otros casos, en los cuales no sea explícitamente permitido por las normas.

[64.] La homilía, que se hace en el curso de la celebración de la santa Misa y es parte de la misma Liturgia, «la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico. En casos particulares y por justa causa, también puede hacer la homilía un obispo o un presbítero que está presente en la celebración, aunque sin poder concelebrar».

[65.] Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.

[66.] La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.

[72.] Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él». «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles». «En cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos», con el reconocimiento de la Sede Apostólica, «según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».

[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la Comunión sacramental de la Eucaristía en la misma Misa y en el momento prescrito por el mismo rito de la celebración, esto es, inmediatamente después de la Comunión del sacerdote celebrante. Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos». Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohíba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

[100.] Para que, en el banquete eucarístico, la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies también los fieles laicos, en los casos indicados en los libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta materia estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.

[104.] No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

[119.] El sacerdote, vuelto al altar después de la distribución de la Comunión, de pie junto al altar o en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el cáliz; después purifica el cáliz, como prescribe el Misal, y seca el cáliz con el purificador. Cuando está presente el diácono, este regresa al altar con el sacerdote y purifica los vasos. También se permite dejar los vasos para purificar, sobre todo si son muchos, sobre el corporal y oportunamente cubiertos, en el altar o en la credencia, de forma que sean purificados por el sacerdote o el diácono, inmediatamente después de la Misa, una vez despedido el pueblo. Del mismo modo, el acólito debidamente instituido ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados, ya sea en el altar, ya sea en la credencia. Ausente el diácono, el acólito litúrgicamente instituido lleva los vasos sagrados a la credencia, donde los purifica, seca y arregla, de la forma acostumbrada.

[151.] Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. Pero esto, no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional. Además, donde por necesidad se recurra al servicio de los ministros extraordinarios, multiplíquense especiales y fervientes peticiones para que el Señor envíe pronto un sacerdote para el servicio de la comunidad y suscite abundantes vocaciones a las sagradas órdenes.

[153.] Además, nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.

[154.] Como ya se ha recordado, «sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando in persona Christi». De donde el nombre de «ministro de la Eucaristía» sólo se refiere, propiamente, al sacerdote. También, en razón de la sagrada Ordenación, los ministros ordinarios de la sagrada Comunión son el Obispo, el presbítero y el diácono, a los que corresponde, por lo tanto, administrar la sagrada Comunión a los fieles laicos, en la celebración de la santa Misa. De esta forma se manifiesta adecuada y plenamente su tarea ministerial en la Iglesia, y se realiza el signo del sacramento.

[155.] Además de los ministros ordinarios, está el acólito instituido ritualmente, que por la institución es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, incluso fuera de la celebración de la Misa. Todavía, si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición. Sin embargo, este acto de designación no tiene necesariamente una forma litúrgica, ni de ningún modo, si tiene lugar, puede asemejarse la sagrada Ordenación. Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum.

[156.] Este ministerio se entienda conforme a su nombre en sentido estricto, este es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, pero no «ministro especial de la sagrada Comunión», ni «ministro extraordinario de la Eucaristía», ni «ministro especial de la Eucaristía»; con estos nombres es ampliado indebida e impropiamente su significado.

[157.] Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

[158.] El ministro extraordinario de la sagrada Comunión podrá administrar la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono, cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada, o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado. Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente, según la cultura y las costumbres propias del lugar.

Esta Instrucción, preparada por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo Pontífice la aprobó el día 19 del mes de marzo, solemnidad de San José, del año 2004, disponiendo que sea publicada y observada por todos aquellos a quienes corresponde.

En Roma, en la Sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo del 2004.

Francis Card. Arinze
Prefecto

Domenico Sorrentino
Arzobispo Secretario

  

 

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Cómo está estructurado el Pueblo de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

Son muchas las dudas que existen en cuanto se refiere a la estructura de la Iglesia fundada por Jesucristo, incluso en la legislación, especialmente en lo que se refiere a los términos que se deben usar.

Varios de los documentos del Concilio Vaticano II, el Código de Derecho Canónico, la exhortación apostólica: La vida consagrada y otros documentos de la Iglesia, aportan material e información para lograr hacer un esquema completo, claro y conciso a la vez.

 

Con base en esos documentos, se descubre que hay dos maneras de dividir al Pueblo de Dios: según la constitución jerárquica de la Iglesia y según la condición de vida de sus miembros, así:

 

A. Según la constitución jerárquica de la Iglesia

 

            1. Los ministros sagrados o clérigos

 

            2. Los laicos

 

 

B. Según la situación del fiel según su condición de vida

 

            1. Clérigos seculares

 

            2. Vida consagrada

 

                        a. Institutos

 

1) Institutos religiosos

 

2. Institutos seculares

 

                        b. Vida eremítica o anacorética

 

                        c. El Orden de las vírgenes

 

                        d. Viudas

 

                        e. Nuevas formas de vida consagrada

 

            3. Seglares

 

                        a. Sociedades de vida apostólica

 

                        b. Asociaciones de fieles

 

                        c. Movimientos apostólicos

 

 

He aquí la descripción:

 

A. Según la constitución jerárquica de la Iglesia

 

Debido al principio de igualdad, todos los que pertenecen al Pueblo de Dios reciben un mismo nombre, el de fieles, y todos gozan igualmente de una condición común. El Sacramento que constituye a un hombre en fiel es el Bautismo. Por eso, todos los bautizados forman la Iglesia.

 

Según la voluntad de Cristo, su fundador, no hay más que una Iglesia y solo existe una condición de fiel: se es discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia cuando se está unido al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, por tres vínculos de común unión: fe, sacramentos y unión con el Papa y los obispos.

 

Pero también, porque así lo quiso Dios, por el Sacramento del Orden, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sa­grados, que se denominan también clérigos; los demás se denominan laicos.

 

 

1. Los ministros sagrados o clérigos

 

Por voluntad de Cristo —y por consiguiente no por decisión o delegación de los hombres— existe en la Iglesia unos grados o categorías, llamados jerarquía, dotada de poder y misión recibidos de Cristo para:

 

·        enseñar la doctrina,

·        guardar la fe,

·        gobernar la vida de la Iglesia,

·        administrar los sacramentos y

·        renovar el sacrificio de Cristo en la Cruz mediante la celebración de la Santa Misa.

 

Pero la jerarquía es una participación del sacerdocio de Cristo; por eso se diferencia no sólo por el grado sino por su esencia.

 

El sacerdocio jerárquico es un poder sacramen­tal sobre el Cuerpo de Cristo, del que se origina el poder sobre la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo; es el poder de santificar, gobernar y enseñar a los fieles.

 

El sacerdo­cio jerárquico es participación de un poder de Dios, y sólo por un acto de Dios puede ser otorgarlo, a través del Sacramento del Orden, la ordenación.

 

Este Sacramento tiene tres grados: episcopado (obispos), presbiterado (presbíteros) y diaconado (diáconos). De estos tres grados, los dos primeros son sacerdotes, pero no el tercero, que constituye el grado inferior de la jerarquía y que sólo se destina a servicios relacionados con los otros dos grados.

 

Los obispos son los sucesores de los apóstoles que, unidos entre sí, forman lo que se llama el Colegio apostólico. Este Colegio apostólico no tiene autoridad sino cuando está unido al Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como Cabeza de ese mismo Colegio apostólico.

Los obispos reciben del Señor la misión de enseñar a todas las gentes, de predicar el Evangelio a toda criatura; son los administradores de la gracia del supremo sacerdocio y gobiernan con el poder y las facultades de Cristo y como sus enviados las iglesias particulares que se les han encomendado: a cada obispo se le encomienda una diócesis, una prelatura o un vicariato apostólico, que suelen ser zonas territoriales o geográficas, dentro de las cuales están todos los fieles a los que gobierna.

 

Los presbíteros son los sacerdotes colaboradores de su obispo, como ayuda e instrumento suyo, y lo representan en la diócesis a la que están incardinados, es decir, a la que pertenecen oficialmente.

 

Por su parte, los diáconos sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en la diócesis a la que pertenecen.

 

Prelaturas personales

 

Las prelaturas personales no son una zona territorial o geográfica, como las diócesis, sino un pueblo específico: por eso se habla de prelatura personal, a diferencia de las otras, que son territoriales. Así ocurre, por ejemplo, con los miembros del ejército y sus familias: son guiados por los presbíteros que los atienden y el obispo castrense que los gobierna como su prelado. En algunos casos, también están integradas por aquellos que se incorporan a sus fines y lo hacen mediante contratos o convenciones, en los que se determinan los derechos y deberes mutuos, de acuerdo con los estatu­tos de la prelatura.

 

Ejemplo de prelatura personal es el Opus Dei, cuyos miembros, esparcidos por todo el mundo, están bajo la autoridad de su obispo–prelado y tienen sus presbíteros, que los asisten espiritualmente. Dicha ayuda espiritual se extiende a quienes participan de los medios de formación que imparte la prelatura a toda clase de personas

 

Por sus poderes y funciones, los obispos, presbíteros y diáconos no se pueden reunir en una sola categoría, pero sí con relación con el sacramento del Orden que reciben y que:

 

o   produce en ellos una consagración personal, que los hace personas sagradas para ser destinados al culto divino, y —en los que son sacerdotes— su condición es la de personas que obran en Persona de Cristo cuando ejercen su sacerdocio;

o   los destina a los asuntos eclesiásticos, de modo que deben apartarse, al menos en gran parte, de los asuntos seculares (o temporales);

o   causa en ellos un estilo de vida.

 

Este es un tipo de fieles que reciben el nombre de ministros sagrados o clérigos y su conjunto se llama clero o clerecía.

 

Respecto a la condición del fiel no hay ninguna distinción entre varón y mujer: la mujer tiene todos los derechos de los fieles al igual que el varón. La ordenación sagrada no es un derecho de los fieles, pues responde a una específica voluntad de Cristo y exige, a la vez, llamada divina y de la jerarquía; por eso, que solo los varones sean sujetos para la válida ordenación no constituye ninguna discriminación de derechos respecto de las mujeres. La capacidad para ordenarse no pertenece al plano de igualdad, sino a la variedad y distinción de funciones y, por lo tanto, la diferencia entre varón y mujer no atenta contra la igualdad. El sacerdocio ministerial actúa en la Persona de Cristo, y Cristo realizó el sacrificio de la Cruz como Nuevo Adán, esto es, no solo como hombre, sino también como varón y como Esposo. Por eso, la actuación en la Persona de Cristo requiere ser varón; la mujer no puede actuar en la Persona de Cristo.

 

 

2. Los laicos

 

Por contraste con los clérigos, el resto de los fieles han recibido, ya en los primeros siglos, el nombre de laicos.

 

En este sentido, el término laico significa el no clérigo, con todos los derechos, capacidades y deberes del fiel. Laico no implica otra cosa que la ausencia de ordenación sagrada. Al no tener ningún elemento positivo de especificación, el laico en este sentido no forma ningún tipo específico de fiel, sino que equivale al que es fiel, sin otra circunstancia específica.

 

Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el servicio estable (se llaman ministros instituidos) de lector y acólito, mediante el rito litúrgico prescrito. También se deja abierta la puerta a que otros servicios laicales sean solicitados por las conferencias episcopales.

 

Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en la ceremonia litúrgica; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, según las normas.

 

Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores, ni acólitos, suplirlos en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la Palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho.

 

Los laicos que de modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial de la Iglesia tienen el deber de adquirir la formación conveniente que se requiere para desempeñar bien su función, y para ejercerla con conciencia, generosidad y diligencia.

 

 

 

B. Según la situación del fiel según su condición de vida

 

En los dos grupos descritos —clérigos y laicos— hay fieles que se obligan a cumplir de los consejos evangéli­cos de obediencia, pobreza y castidad, a través de una ceremonia que se llama la profesión. Y lo hacen mediante votos u otros vínculos sagrados, reconocidos y aprobados por la Iglesia, con los que se consagran a Dios según una ma­nera particular, contribuyendo así a la misión salvadora de la Iglesia.

 

Este estado no afecta a la estructura jerárquica de la Iglesia; pertenece, sin embargo, a la vida y santidad de la mis­ma.

 

Aparece así la tripartición, según los tipos de fieles:

 

1.      Los clérigos seculares, aquellos sacerdotes que se dedican a los asuntos de la Iglesia.

 

2.      La vida consagrada, aquellos que hacen la profesión los consejos evangéli­cos, y que se caracterizan por la separación del mundo.

 

Para evitar confusiones, en esta clasificación se prefiere usar el término: vida consagrada, en vez del anterior, menos amplio: religiosos.

 

3.      Los seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

 

También para evitar la confusión que se puede presentar al utilizar la palabra laico que, como se dijo más arriba es aquel fiel que no es clérigo, en esta tripartición se utiliza el término: seglar: aquel fiel que no es consagrado ni sacerdote secular.

 

En resumen, mientras la bipartición —clérigos y laicos— tiene por criterio la recepción del sacramento del Orden y su fundamento es la constitución jerárquica, la tripartición —clérigos seculares, vida consagrada y seglares— tiene por criterio la condición de vida y por fundamento la diversa posición jurídica del fiel respecto de la Iglesia y del mundo.

 

Aquí cabe muy bien recordar la oración con la que el sacerdote unge a los que son bautizados: “Yo te unjo para que seas como Jesucristo: sacerdote, profeta y rey”. De esta incorporación a Jesucristo por el Bautismo surgen todas las vocaciones: el sacerdocio ministerial (Cristo sacerdote), la vida consagrada (Cristo profeta) y la vida seglar (Cristo rey).

 

 

1. Clérigos seculares

 

De los clérigos se habló ya lo suficiente, más arriba, cuando se explicó que son aquellos que recibieron el Sacramento del Orden sagrado, los ministros sagrados.

 

La palabra secular significa aquí que estos ministros ordenados no profesan los consejos evangélicos y, por lo tanto, pertenecen a una diócesis (son sacerdotes diocesanos), a una prelatura o a un vicariato apostólico.

 

 

2. Vida consagrada

 

El estado de los consagrados no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia; ni es un estado intermedio entre la condición clerical y la condición laical.

 

La vida consagrada por la profesión pública y sagrada de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo se dedican totalmente a Dios como su amor supremo. Entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, buscan conseguir la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, anuncian la gloria que nos espera en el Cielo. Esto es lo que identifica la vida consagrada y la distingue de cualquier otra forma de vida consagrada producida por la simple recepción del Bautismo o la del Orden sagrado.

 

 

a. Institutos

 

Son dos los institutos de vida consagrada: los institutos religiosos y los institutos seculares, y tienen las siguientes características:

 

v Los miembros de los institutos de vida consagrada adquieren en la Iglesia una forma estable de vivir que se llama estado.

v Es una nueva consagración, añadida a la consagración bautismal: están entregados a Dios por un título nuevo y propio.

v La nueva consagración es un valioso testimonio público que anuncia la gloria del Cielo.

v Todo ello se realiza a través de estos tres factores esenciales:

¨      la profesión formal en presencia de la Iglesia de los tres consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia,

¨      la asunción de esta obligación mediante votos, u otros sagrados vínculos asimilados teológicamente a los votos como pueden ser juramentos, promesas, etc. y

¨      la observancia de las Reglas propias de cada instituto.

 

Se llama instituto clerical aquel que se halla bajo la dirección de clérigos, que ejercitan del Orden sagrado y está reconocido como tal por la autoridad de la Iglesia.

 

Se denomina instituto laical aquel que no incluye el ejercicio del Orden sagrado. Hoy, sin embargo, para expresar adecuadamente la vocación de sus miembros, se prefiere usar el término de instituto religioso de hermanos.

 

 

1) Institutos religiosos

 

La vida religiosa, como consagración total de la persona, manifiesta el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida futura. De este modo el religioso consuma la plena donación de sí mismo como sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda su existencia se hace culto continuo a Dios en la caridad.

 

Un instituto religioso es una sociedad en la que los miembros emiten votos públicos perpetuos o temporales (que han de renovarse, sin embargo, al vencer el plazo), y viven vida fraterna en común. El voto es una promesa deliberada y libre, hecha a Dios, de un bien posible y mejor, que debe ser cumplido en virtud de la religión.

 

El testimonio público que han de dar los religiosos a Cristo y a la Iglesia lleva consigo un apartamiento del mundo.

 

Los rasgos específicos de un instituto religioso son los siguientes:

 

§  La profesión de los consejos evangélicos mediante votos públicos perpetuos (o que lo vayan a ser). En un instituto religioso no caben otros sagrados vínculos que los originados por los votos, a diferencia de los institutos seculares.

§  La vida común, no entendida sólo como incorporación a una sociedad como miembro, sino en cuanto significa vida en comunidad dentro de la misma casa y bajo una común disciplina.

§  La separación del mundo según la índole y finalidad de cada instituto. Esto se fundamenta en el hecho de que el estado religio­so, en cuanto que deja a sus miembros más libres de los cuidados terrenos, ma­nifiesta también mejor a todos los creyentes los bienes celestiales ya presentes en esta vida, al tiempo que da un testimonio de la vida nueva y eterna conse­guida por la Redención de Cristo, y anuncia la resurrección futura y la glo­ria del Reino celestial.

 

Nadie piense que los religiosos por su consagración, se hacen extraños a los hombres o inúti­les dentro de la ciudad terrena. Porque, aunque en algunos casos no estén di­rectamente cerca de sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes de un modo más profundo en las entrañas de Cristo y cooperan con ellos espiritualmente para que la edificación de la Ciudad terrena se fundamente siempre en Dios y a Él se dirija, no sea que hayan trabajado en vano los que la edifican.

 

Los institutos puramente contemplativos son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, el esfuerzo (la ascesis) personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios.

 

En los institutos de vida activa y contemplativa, las diversas familias se dedican, además de la contemplación, a la actividad apostólica y misionera o a obras de caridad.

 

 

2. Institutos seculares

 

Son institutos de vida consagrada: se consagran, tienden a la perfección de la caridad, pero sus fieles viven en el mundo, y se dedican a procurar la santificación del mundo haciendo apostolado en el mundo; esa es la razón de su existencia..

 

Son institutos de vida consagrada por la profesión verdadera y completa de los consejos evangélicos reconocida como tal por la Iglesia, pero si los institutos religiosos profesan los consejos evangélicos necesariamente mediante votos públicos, los institutos seculares —también de modo público— los asumen mediante otros vínculos sagrados, como juramentos, promesas, etc., según lo que establezcan las constituciones en cada caso.

 

Otra diferencia con los institutos religiosos consiste en que sus miembros han de vivir en las circunstancias ordinarias del mundo, ya solos, ya con su propia familia, ya en grupos de vida fraterna, de acuerdo con las constituciones, es decir: no tienen la vida fraterna en común.

 

La tercera diferencia es que no se les exige separación del mundo, sino inserción en el mismo. Secular no es sinónimo de laico; aquí la secularidad es la condición de clérigos o laicos que abrazan esta forma de vida permaneciendo en el siglo, por contraposición a los religiosos, a quienes se les exige una separación del mismo.

 

Los institutos seculares suelen estar formados por miembros laicos (no sacerdotes), pero hay también institutos seculares clericales, que dan una valiosa aportación. En ellos, sacerdotes diocesanos se consagran a Cristo según un carisma específico, para ser fermento de comunión y generosidad apostólica entre los hermanos del instituto.

 

Está establecido que los miembros se incorporan en forma definitiva al instituto mediante vínculos temporales que, en cuanto tales, deben ser siempre renovados periódicamente. Y se incorporan en forma perpetua, cuando asumen los vínculos sagrados perpetuos y, por tanto, no renovables.

 

 

b. Vida eremítica o anacorética

 

Además de los institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce a los ermitaños o anacoretas quienes, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo.

 

Un ermitaño es reconocido por el derecho como entregado a Dios dentro de la vida consagrada si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante votos u otro vínculo sagrado, en manos del obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo su dirección.

 

Los anacoretas nunca han sido considerados como instituto; se trata de la vida eremítica pura (hay algunas órdenes, por ejemplo camaldulenses, que dentro de sus constituciones tienen la posibilidad de vivir la vida eremítica, pero no son anacoretas).

 

 

c. El Orden de las vírgenes

 

Asemejadas a las forma de vida consagrada eremítica están las vírgenes quienes, formulando el propósito santo de seguir más de cerca a Cristo, son consagradas a Dios por el obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran los desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia.

 

Esta forma de vida es para algunas mujeres fieles (y únicamente para mujeres). Sólo practican un consejo, aunque queda plenificado por ser sólo uno y solemnizado litúrgicamente. Aunque en el canon están dentro de la vida consagrada, por ser sólo un consejo evangélico, la mayor parte de los comentaristas dicen que no es vida consagrada, sino que se le asemeja.

 

El ritual y las normas de la Santa Sede establecen los requisitos que se han de cumplir: no ser viudas, no haber vivido pública o manifiestamente en estado o condición contraria a la castidad; edad, prudencia y costumbres —según quienes las conocen— que garanticen la perseverancia en su propósito.

 

Pueden asociarse, pero su asociación no da lugar a un instituto de vida consagrada; si se asocian se rigen por lo establecido para las asociaciones de fieles (que se describen más abajo).

 

 

d. Viudas

 

Hoy vuelve a practicarse también la consagración de las viudas, que se remonta a los tiempos apostólicos, así como la de los viudos. Estas personas, mediante el voto de castidad perpetua como signo del Reino de Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración y al servicio de la Iglesia.

 

 

e. Nuevas formas de vida consagrada

 

Se deja abierta la puerta a nuevas formas de vida religiosa o consagrada, cuya aprobación se reserva la Sede Apostólica, encomendando entre tanto a los obispos el discernimiento sobre las mismas.

 

 

3. Seglares

 

Finalmente, ya no como vida consagrada, están lo seglares, que se pueden asociar, si así lo desean.

 

 

a. Sociedades de vida apostólica

 

Sociedades de vida común sin votos era su nombre anterior.

 

Sus miembros no profesan votos, aunque algunas sociedades pueden abrazar los consejos evangélicos mediante otros vínculos que determinen las constituciones; en estos casos, la profesión sería privada. Buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de las constituciones.

 

No son institutos de vida consagrada, porque les falta por definición el elemento fundamental de la consagración: la profesión pública de los tres consejos evangélicos.

 

Se asemejan, no obstante, a los institutos de vida consagrada y más específicamente a los institutos religiosos, por los fines que persiguen y, simultáneamente, por la vida en común a la que se comprometen sus socios. La vida en común es el elemento esencial de estas sociedades.

 

Esta asimilación —no identificación— implica, como principal consecuencia que buena parte de las normas por la que se rigen sea según los institutos de vida consagrada o los institutos religiosos.

 

 

b. Asociaciones de fieles

 

Existen en la Iglesia asociaciones en las que los fieles, clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos, buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, como iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación del orden temporal con espíritu cristiano.

 

Se llaman clericales las que están bajo la dirección de clérigos, hacen suyo el ejercicio del Orden sagrado y son reconocidas como tales por la autoridad competente.

 

Se llaman órdenes terceras, miembros asociados o con otro nombre adecuado, las que, viviendo en el mundo y participando del espíritu de un instituto religioso, se dedican al apostolado y buscan la perfección cristiana bajo la alta dirección de ese instituto.

 

Las asociaciones públicas de fieles son las que han sido erigidas por la autoridad eclesiástica competente, y llevan consigo la posibilidad de actuar en nombre de la Iglesia, dentro del ámbito de los fines que se proponen alcanzar.

 

Las asociaciones privadas en ningún momento pueden actuar en nombre de la Iglesia; son fruto de la iniciativa privada de los fieles, aunque pueden adquirir personalidad jurídica por decreto de la autoridad si bien, aunque no deseen obtener esa personalidad jurídica, deben someter sus estatutos a la revisión de la autoridad eclesiástica.

 

 

c. Movimientos apostólicos

 

Como un apartado más, además de hablar de las asociaciones de fieles, habría que hablar hoy, también, de los movimientos apostólicos. Jurídicamente es posible que estén englobados dentro de las asociaciones de fieles, pero en el ámbito eclesial y magisterial se habla de estos movimientos como una realidad con autonomía propia.

 

 

 

 

 

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