Hacia la unión con Dios

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Ciclo C, domingo de Resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2010

Una vida sin sentido

 

Es muy triste encontrarse con tantas personas que viven inconscientemente: no saben de dónde vienen, para dónde van ni cuál es el sentido de su existencia; nacen, crecen, se reproducen y mueren, como los animales. Sí: usan la inteligencia que Dios les dio para trabajar, ganar dinero y disfrutar, pero no saben por qué o para qué lo hacen… Se podría decir que simplemente sobreviven.

Desconocen que Dios los creó con una finalidad, que el ser humano dañó con su libertad el plan de Dios y que ese mismo Dios vino hecho hombre, entre otras cosas, para dar un sentido a sus vidas.

Como lo dice hoy san Pedro, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, es decir: liberando al hombre de sus esclavitudes: el placer, el tener, el poder y la fama.

Pero parece que ese ser humano todavía no se hubiera enterado: son muchos los que siguen esclavizados… Y esas esclavitudes le impiden hacer consciencia de su gran valor, de su dignidad: se olvidan de que son inmensamente superiores a los animales y que, por lo tanto, nunca se satisfarán si su vida no tiene una finalidad.

San Pablo lo grita en la segunda lectura: «Hermanos: Ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.» ¡Hemos resucitado con Cristo!: esto significa que somos criaturas nuevas, que debemos aspirar a los bienes de arriba: ¡a la vida eterna!

Es que el Ser Humano —con mayúscula, porque fue hecho a imagen del mismo Dios— no fue creado para menos y, en consecuencia, no se debe contentar con menos: ¡fuimos creados para la eternidad! Y mientras no la aseguremos no seremos felices.

Hagamos lo que hizo el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro de Jesús: vio y creyó, pues hasta entonces no había entendido que la vida tiene un sentido. Y ahora nosotros también lo sabemos.

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Ciclo B, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 18, 2009

Para que el hombre no muera

 

Elías, a quien creían que Jesús llamaba desde la Cruz, comió y bebió pan y agua, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios. En cambio, los judíos —los escogidos— comieron en el desierto el maná enviado por el mismo Dios y, sin embargo, murieron.

Hoy, Jesús se nos presenta como el pan de la vida: el que coma de este pan vivirá para siempre.

¿Somos conscientes de lo que significa vivir para siempre? ¡No morir!… ¿Creemos realmente en esto? ¿No es verdad que muchas veces durante el día pensamos en lo de hoy, en lo de los días próximos, en las preocupaciones económicas, de salud,… y hasta en los afanes y en el tráfico?

Cristo vino a decir a todos que el Padre existe, que Él lo conoce desde siempre y que nos espera otra vida después de esta. Los cristianos hemos sido escogidos por ese Padre amoroso para ser sus imitadores, como hijos queridos, y para que vivamos en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros, para pagar nuestros pecados.

¡Estamos marcados con una marca divina! La marca de la liberación final. Y por eso no podemos ser iguales a los demás: debemos desterrar de nosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Seamos, como nos dice san Pablo, buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros, como Él nos perdonó. No más maldad, no más rencor, no más venganzas (ni siquiera pequeñas), ¡no más que amor de Dios!

Los que, como nosotros, están marcados por Dios y que, además, reciben el Cuerpo de Cristo, pan para la eternidad, sólo pueden estar listos para el amor.

Solo así la vida será como un mar, en el que muchos pasan grandes trabajos para mantenerse a flote, y la fe como la fuerza de Dios que nos hace nadar en la superficie, sin hundirnos. Y, como si fuera poco, seguros de que iremos a la vida eterna, a la felicidad sin fin.

   

 

 

 

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Ciclo B, domingo de resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

 

 

Busquen las cosas de arriba

 

Es muy triste encontrarse con cristianos que todavía no han entendido el mensaje de Jesús. Él no vino a solucionar nuestros problemas terrenales: personales, familiares, laborales, económicos o sociales; Él vino para pagar nuestras culpas y llevarnos al Cielo, a la felicidad absoluta. Y nos enseñó todo lo que debemos saber para conseguir este objetivo.

Debemos dar por supuesto que, si cumplimos lo que nos pide, seremos también felices aquí y, como si fuera poco, solucionaremos muchos de nuestros problemas terrenales; pero eso será una consecuencia, no la finalidad de la vida del cristiano.

La vida terrenal es apenas “una mala noche en una mala posada”, como dijo santa Teresa de Jesús. El mensaje cristiano se centra en la Resurrección: Jesús resucitó, y nosotros lo haremos también: a una vida feliz, inmensamente feliz, eternamente feliz, absolutamente feliz. En la tierra la felicidad que se puede alcanzar es relativa; no absoluta.

Es más: de hecho ya estamos resucitados si hemos sido bautizados, pues vivimos con esa meta en la mira: quien todavía pone todas sus esperanzas en las cosas temporales está muerto; muerto en vida, como si no se hubiera bautizado.

Por eso, san Pablo nos enseña en la segunda lectura que si hemos sido resucitados con Cristo, debemos buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Nos dice que por lo único que vale la pena luchar es por las cosas de arriba, no por las de la tierra.

También Jesús le dijo a Marta que una sola cosa es la necesaria: el Reino de Dios, el Cielo. ¿Es así? ¿Se nos nota que es eso lo único que buscamos? ¿Está nuestro interés centrado ahí?

Recordemos que dijo que al que busque el Reino de Dios todo se le dará por añadidura. ¡Felicidad absoluta allá y felicidad relativa aquí! ¿Qué más queremos?

¿O es que estamos todavía como los apóstoles, que no habían entendido todavía la Escritura, como dice el Evangelio de hoy?

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